En los brazos de algunas personas puedes ver, leer el dolor de vidas mutiladas. Que repiten el ciclo una y otra vez, como el día y la noche. Escribiendo siempre la misma historia amarga, que buscan en el silencio el consuelo al dolor.

No siempre lo correcto es lo mejor. Y hay veces que cuando alguien tiende una mano para ayudarte esta es pequeña, carece de respuestas, soluciones y consuelo.

Sientes que te ahogas entre el tiempo devorador, nutriendo a la tierra de tu desgracia y manchándola con tu sangre.

Cada vez te vuelves más débil. Y vas muriendo, muriendo entre agonías y dolor, atorándote con los gritos que nunca gritaste, y ahogándote con tus propias lágrimas.

Consumiéndote poco a poco.


— No mires en mis ojos… reflejan lo que yo contemplo.

— Tú misma te condenas — No trato de lastimarle, solo hacerte ver la realidad.

— No mires mis ojos fijamente — Repites, y agachas la mirada, te ves tan débil y frágil.

— No lo hare si no quieres, estoy aquí para ayudarte — Aunque me encanten tus ojos y crea que son la cosa más bonita del mundo; ya no los mirare, para no molestarle

— ¿Cómo harás eso? Tú no sabes lo que siento, no puedes ayudarme — Una pequeña sonrisa curva mis labios. Tiene razón, no lo sé. Pero igual quiero ayudarle.

— Momoko… tienes razón, no puedo pretender saber cómo te sientes, no puedo asegurarte nada, o si, si puedo asegúrate que te ayudare a salir de esto, y que estaré contigo en todo momento. Ya no estás sola.

— Gracias Brick. Eso es muy lindo — Sus ojos se cristalizan. Me abrasa, yo la abraso y aspiro su aroma.

Quiero verla bien, sonriendo y disfrutando la vida. No una mentira que ella crea a diario y que ella misma comienza a creerse. Quiero que sea feliz.

No quiero perderla. No a ella.


¿Por qué? ¿Por qué justo ahora tienen que comenzar a discutir?

Concéntrate Momoko, el libro, debes de prestar atención al libro.

— ¿¡Por qué siempre haces lo mismo!?

— ¡Tú eres la que siempre se queja por lo mismo!

Estoy segura que la mayoría de los padres discuten sin que sus hijos se enteren.

Mi cabeza comenzó a punzar.

Las voces me dicen que hacer; como escapar, pero sigo estando en un océano sin salida…

No podía seguir leyendo eso, no ahora.

Las matemáticas son tan abrumadoras, como las voces de mis padres en su acalorada discusión.

Tome mi mochila y abrí la ventana de mi habitación. La luz; después de mucho tiempo, baño todo el lugar con su luz. El viento entro, limpiando ese olor a soledad, dolor y sangre.

Comencé a bajar con mucho cuidado por el árbol que daba a mi ventana. Una vez con los pies en el firme suelo, eche a caminar lejos.

No es que me estuviese escapando; no del todo. Solo saldría a tomar un poco de aire y aspirar el olor a la libertad.


La hoja de la cuchilla sobre tu piel. Cortas, la sangre brota.

Te sientes bien, te liberas. Sacas toda la frustración, impotencia y desesperación que te invade.

Pero a la vez, te estás diciendo a ti misma Que patética eres.

Por un lado te importa (Te duele), y por otro quieres oír las voces envenenadas, escuchando esas palabras que aunque sean mentira, son reconfortantes.

¿Por cuánto tiempo?

Luego volverás a caer en el laberinto, y te quebraras, las palabras nunca pronuncias te comenzaran a atormentar (Otra vez)


Me detengo frente al gran edificio que se cierne frente a mí. Tan imponente.

La iglesia. Nunca había estado en una.

A no ser algunas veces cuando pequeña y mi madre me arrastraba a ellas.

Entre lentamente a ella. Vacilando.

Al lugar se veía tranquilo y pacífico. Y un dulce cato ambientaba el lugar. Tranquilo, dulce, armonioso he hipnotizaste. Como el canto de una sirena.

Una joven aparentemente de mi edad esta hasta el final, ella es la que canta. Parece un ángel puesto que su cabello es bañado por los rayos de sol y sus ojos brillan como dos luceros en la oscuridad. Parece sonreír mientras canta.

"I am here

I'm holding you"

Al escuchar eso sentí un cosquilleo en mi interior, y la imagen de Brick vino a mi mente.

La canción término y la chica camino hacia mí, su sonrisa era tan radiante y cálida que hizo que en mi rostro apareciese una sonrisa.

— Hola — Saludo alegre, su vos sonó como el canto de un ángel.

— Ho-hola.

— Mi nombre es Miyako, un gusto ¿Tu eres?

— Momoko, un gusto.

La sonrisa en sus labios se ensancho y algo en sus ojos brillo. Me sentí un tanto incomoda y a la vez una sensación de total confianza hacia la chica se apodero de mi.