Todos los personajes son de J. K. Rowling, menos Sally Jones, Will y Emily Black.


Mientras Sirius cogía el libro, no pudo evitar mirar a Sally de reojo. Parecía que el paso de los años le había sentado bien.

Sally, había sido una Gryffindor del mismo curso que los merodeadores y Lily. Al igual que la última, Sally era hija de muggles. Ella y Sirius desde el primer día se habían llevado mal, hasta que ocurrió eso.

Flashback

La cabeza me dolía una barbaridad. Tenia la impresión de que un trol estaba bailando dentro de ella. Pero podría estar seguro de tres cosas.

La primera, que no me hallaba en mi apartamento.

La segunda, que me hallaba desnudo en una cama desconocida.

La tercera, una chica estaba conmigo, también desnuda.

Sonreí con arrogancia. "Canuto, viejo amigo, lo has vuelto ha hacer." Me di la vuelta para verla, desando que no fuera muy fea. En cuanto la vi, dese que hubiera sido la hermana de Goyle. Porque era imposible, que yo, el gran Sirius "Canuto" Orion Black, hubiera tenido sexo con la malcriada de Sally Jones.

Pero la situación no mentía, había tenido sexo con ella. Me levante con cuidado para no despertarla y salí del apartamento.

Fin del flasback

Y ahí estaba, trece años más tarde, con un cuerpo de infarto. Sirius estaba seguro de que eso era un castigo de Merlín por ser tan mujeriego. Y es que no solo no se presentaba ella, sino con dos críos que decía que eran hijos de Sirius.

El animago suspiro, sabia que tendría que hablar con Sally pronto. Pero por ahora leería la historia de su ahijado.

-Las cartas de nadie.

-¿Como pueden ser las cartas de nadie? -pregunto Will, claramente confuso.

-Ni idea -respondió Hermione, encojiendose de hombros.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano,

-¿Cuando es el cumpleaños del cerdo? -preguntó Emily, sin hacerle caso a la mirada de su madre.

Harry dudo antes de responder.

-Veintitrés de junio -respondió Harry.

-Vamos, que estuviste, por lo menos una semana encerrado, ¿no? -dijo Will, escribiendo en el pergamino.

y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control

remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había

atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.

-Que crió más irresponsable -murmuró Molly. Ella y su marido no tenían mucho dinero para comprar regalos a sus hijos, pero se esforzaban en ellos. En cambio, Dudley tenia todo lo que quería y en una semana lo rompía.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry.

-Más vale que no se acerquen a mi ahijado -siseo Sally.

-Eh, Sally -dijo Harry-. Esto ya ha pasado.

-Ya lo se. Pero no resulta fácil -contesto Sally.

Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria

-No, porque estudiaras en Hogwarts -dijeron Sirius y Fred.

-En ese momento no lo sabia -dijo Harry.

y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo.

-Claro, porque tu iras a Hogwarts -dijeron George y Remus. Harry prefirió no decir nada.

Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall

-Iras a Hogwarts -dijeron Ron, Neville, Will, Hermione, Ginny, Luna y Emily a la vez.

-¡Que es el pasado! -grito Harry, harto de repetirlo.

, de la zona.

Dudley encontraba eso muy divertido.

—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día.

-Más te vale no meterle la cabeza en el inodoro a Cachorro, cerdo mimado -dijo Sirius, con una mirada asesina.

—dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse.

Todos empezaron a reír.

-Muy buena, Harry -dijeron los bromistas.

—Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.

-No hacia falta que corrieras -dijo Ginny-. Seguro que aún no lo ha pillado.

Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting,

Harry empezó a reír, ante la mirada atónita de los demás, mientras se acordaba del uniforme de su primo.

dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.

-Harry, eso es de mala educación -dijeron Molly, Sally, Hermione, Ginny, Emily, Luna y Tonks a la vez.

-Lo siento -murmuro Harry, mientras los hombres le daban señales de apoyo desde detrás de las mujeres.

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.

-Menudo entrenamiento -dijeron Molly, Sally y Tonks a la vez.

Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida.

-Para mi seria el día más VERGONZOSO de mi vida -dijo Remus, que hacia grandes esfuerzos para no reírse.

Tía Petunia estalló enlágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y

crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

Todo lo contrario que en la sala. Los hombres reían rodando por el suelo, las mujeres reían con ganas, los ojos de Dumbledore brillaban con diversión y Alastor tenia una extraña mueca en su cara, que podía interpretarse como una sonrisa.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

-¿Que? -preguntó Ron confuso.

—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.

—Tu nuevo uniforme del colegio

-¿Que? -preguntaron todos a la vez, claramente enfadados.

El cuadro se estremeció bajo una nueva tanda de maleficios.

—dijo.

Harry volvió a mirar en el recipiente.

—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.

Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall.

-Seguramente parecerá que llevas puesto pedazos de piel de un elefante viejo -dijo Will. Harry lo miro con asombro-. ¿Que?

Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.

Ahora era Will quien miraba a Harry con asombro.

Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio,

-Maleducado -dijo Molly.

que llevaba a todas partes.

Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

—Trae la correspondencia, Dudley

Sirius soltó el libro y comenzó a correr por la sala gritando:

-Correr, es el fin del mundo. La morsa con sobrepeso va hacer trabajar al cerdo mimado de su hijo.

Sally se levanto y le dio una colleja.

-Compórtate, Black -le dijo.

-Solo si me besas -respondió Sirius.

-En tus sueños -contraataco Sally. "Como se atreve a pedirme que lo bese, si me dejo abandonada después de acostarse conmigo y mentirme diciendo que me amaba." pensó Sally.

—dijo tío Vernon, detrás de su periódico.

—Que vaya Harry.

—Trae las cartas, Harry.

-Todo el mundo tranquilo -dijo Will, poniendose de pie-, era una falsa alarma.

—Que lo haga Dudley.

—Pégale con tu bastón, Dudley.

-Ni se te ocurra -sisearon Ron, Will, Hermione, Ginny, Emily, Luna y Neville.

-Tranquilos, que no me dio -dijo Harry.

Harry esquivó el golpe

-Lo veis -dijo Harry. Los demás solo asintieron.

y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge,

Harry comenzó a reír al recordar a Marge siendo inflada como un globo.

la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.

-Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts -cantaron Sirius, Remus, Fred, George, Ron, Neville, Bill y Charlie ante la mirada divertida de los demás.

Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

-Hogwarts... -seguían cantando los de antes, aunque ahora se habían unido Ginny, Luna, Tonks, Will y Emily.

El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello. Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

-El mejor escudo del mundo.

—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.

-¿Eso era un chiste? -preguntó Fred con voz horrorizada.

Harry volvió a la cocina,

-Harry, tenias que haberlo abierto ahí -dijo Emiliy.

-Ahora lo se, Emily.

todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.

Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.

—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.

—¡Papá! —dijo de pronto Dudley

-¡Cállate! -gritaron todos en la sala.

—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!

Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.

-¡Devuelve le la carta a mi ahijado, morsa con sobrepeso! -gritaron Sirius y Sally.

—¡Es mía!

-Carácter Evans a la vista -dijo Remus.

—dijo Harry; tratando de recuperarla.

—¿Quién te va a escribir a ti?

-¡Mucha gente, idiota! -gritó Ginny.

-¡Ginevra! -dijo Molly-. Modera tu lenguaje.

—dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada.

Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.

-¡Exagerado! -gritaron los bromistas.

—¡Pe... Pe...

-Pobrecillo, ya no sabe como se llama su esposa -dijo, para sorpresa de todos, Neville. Todos lo miraron con asombro, y el chico al notar las miradas, enrojeció y se encogió en su asiento.

Petunia! —bufó.

Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

Fred y George se pusieron de pie.

-Damas y caballeros... -dijo Fred.

-... nosotros, los grandes Gred y Feorge... -dijo George.

-...tenemos el orgullo de presentarles... -continuo Fred.

-...a Vernon y Petunia Dursley... -continuo George.

-...¡LOS REYES DEL DRAMA! -finalizaron los dos.

La sala empezó a reír.

—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí.

Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

Molly frunció el ceño, claramente disgustada ante el comportamiento del primo de Harry.

—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

—Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.

Harry no se movió.

—¡QUIERO MI CARTA!

-Definitivamente es carácter Evans -dijo Sirius con un temblor.

—gritó.

—¡Déjame verla! —exigió Dudley

—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote,

Nuevos maleficios alcanzaron al cuadro.

los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.

-Vamos Harry -gritaron Sirius, Fred y George.

Ganó Dudley

Los tres de antes hicieron un berrinche.

, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja,

No pudieron evitar reírse de la imagen, ante la mirada indignada de Harry.

se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.

—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

-Tenemos mejores cosas que hacer -dijo Alastor.

—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos

-Lo que tu digas -dijeron Bill, Charlie y Percy.

—murmuró tío Vernon, agitado.

—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...

Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la

cocina.

—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

-Si no contestan seguiremos mandando cartas -dijo Dumbledore.

—Pero...

—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

-¿Como que peligrosa tontería? -dijeron todos indignados.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

-Milagro -dijeron Will y Emily.

—¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?

—Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.

-¿Que? -dijeron todos en la sala indignados.

-¡Esa carta no era tuya! -grito Sally.

Will ya había comenzado a escribir en el pergamino de bromas.

—No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.

—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo.

Ron se estremeció.

Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.

-¿Tenían otro dormitorio y te hacían dormir en la alacena? -pregunto Sirius a Harry.

-En realidad, tenían dos más -dijo Harry. Sirius le lanzo una maldición al cuadro y volvió a leer.

—¿Por qué? —dijo Harry

—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.

-El cerdo mimado tenia dos dormitorios y Harry durmiendo en una alacena -dijo Hermione.

En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

-Eso tenlo por seguro -dijo Hermione.

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

—No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...

-Harry la necesita más que tu, cerdo mimado -dijeron Ginny, Ron, Will, Emily, Luna, Neville y Hermione.

Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

-Te entiendo -dijo Ron.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.

-Fastidiate -dijo Ginny.

Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo.

-¿Ahora te das cuenta? -preguntaron Will y Emily a la vez.

Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente. Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley. Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

—¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...

Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiento y corrió hacia el

vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la

carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello.

-Soltad esa carta -gritaron Sirius, Remus, Sally y Tonks.

Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.

—Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.

Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo?

-Si -dijo Dumbledore, sonriendo.

Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.

Ron y Hermione gimieron.

-Harry, tus planes no funcionan casi nunca -dijo Hermione.

-Seguimos vivos, ¿no? -dijo Harry.

-Por los pelos, colega. Por los pelos -dijo Ron.

Los tres se miraron antes de empezar a reír.

El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.

-Buen plan -dijo Will.

-Tu espera -dijo Harry.

Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.

—¡AAAUUUGGG!

-¿Que ha pasado? -pregunto Molly, preocupada.

-Nada, señora Weasley -la tranquilizo Harry.

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!

Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

Todos empezaron a reírse.

Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer.

-¿Como ha podido ser más listo que tu? -preguntó Neville.

-Aún me lo pregunto -respondió Harry.

Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té.

-¡No es tu esclavo! -gritó Luna.

Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo

había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.

—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos

ante sus ojos.

-Maldita morsa con sobrepeso -dijeron Sirius y Will.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

—¿Te das cuenta? —aexplicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no

pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

—No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son

como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de

pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

-Tiene razón -dijo Fred. Todos lo miraron confusos.

-Si, porque nosotros podemos distinguir un martillo de un pedazo de pastel -dijo George. Ahora todo el mundo se reía.

El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.

Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.

-¡Paranoico! -dijeron los bromistas.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse.

Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.

—¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba Dudley

-Mucha gente, idiota -volvió a decir Ginny.

a Harry, con asombro.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

—No hay correo los domingos

-Si que hay correo los domingos -dijo Neville, confuso.

-No en el mundo muggle -respondió Emily.

—les recordó alegremente, mientras ponía

mermelada en su periódico

-Idiota -murmuro Charlie.

—. Hoy no llegarán las malditas cartas...

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó

con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la

chimenea como balas.

-¿Que hoy no llegarían las malditas cartas? En tu cara, morsa con sobrepeso -dijo Will.

Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando

de atrapar una.

-¿Y no podías cogerla del suelo? -pregunto Luna.

-Todo un Potter -dijo Sirius con una mezcla de orgullo y nostalgia-. Tratando de coger las cosas en el aire.

—¡Fuera! ¡FUERA!

Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor.

Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al

mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

-Definitivamente se ha vuelto loco -dijo Will para aliviar la tensión.

Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a

contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas

tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley

lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando

lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.

Will, Hermione y Emily miraron el libro con asombro.

-¿Es en serio? -pregunto Hermione.

-Si -respondió Harry.

-Merlín, que idiota -dijo Emily.

Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle

adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en

sentido contrario.

—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo

hacía.

-Se ha vuelto loco -dijo Bill con asombro.

No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley

aullaba.

Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido

cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin

hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.

-¿Que es un ordenador? -pregunto Arthur-. Lo habia oido antes...

-Un ordenador es una máquina electrónica que recibe y procesa datos para convertirlos en información útil -dijo Emily de carrerilla. estaba claro que no había solucionado nada.

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de

una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y

sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto,

-Con los ronquidos de un cerdo no me extraña -dijo George.

sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que

pasaban y deseando saber...

Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de

lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.

—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en

el mostrador de entrada.

-¿Cien? -pregunto Will, con asombro-. Como se pasan.

Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:

Señor H. Potter

Habitación 17

Hotel Railview

Cokeworth

Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró

asombrada.

-Normal que los mire así -dijo Tonks.

—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.

—¿No sería mejor volver a casa, querido?

-Hazle caso -pidió la mitad de la sala. La otra mitad, principalmente los bromistas, estaban divertidos ante la reacción de Vernon en el libro.

—sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla.

Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

—Papá se ha vuelto loco,

-¿Ahora te das cuenta? -pregunto Ron.

¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.

Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.

Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.

—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a

algún lugar donde haya un televisor.

Arthur miro a Emily y Hermione.

-Un televisor es un sistema para la transmisión y recepción de imágenes en movimiento y sonido a distancia que emplea un mecanismo de difusión -dijo Hermione.

Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se

podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la

televisión)

-Entonces si que puedes confiar -dijo Remus.

, entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de

Harry.

-¡Feliz cumpleaños! -gritaron todos en la sala.

-Es mi cumpleaños en el libro, no aquí -dijo Harry, pero nadie le hizo caso.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior,

por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío

Vernon.

Nuevos maleficios alcanzaron el cuadro.

Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

-Ahí tienes razón -dijo Will, acordándose de su cumpleaños número once en Estados Unidos.

Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado

Harry se estremeció ante lo que recordaba que había en ese paquete.

y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar.

-¿Es una broma? -pregunto Sally a Harry.

-No -respondió el azabache.

-Además, mamá -dijo Will-, no tiene la suficiente inteligencia como para gastar bromas.

Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.

—¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon,

aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!

Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba

en el agua grisácea.

-¿No se hundirá con el peso de la morsa y el cerdo el bote? -pregunto Emily.

—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!

En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les

golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las

rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda.

Todos se estremecieron.

Sólo había dos habitaciones.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.

-Eso no es cierto, Cachorro. Seguro que encuentran la manera de hacerlo -dijo Sirius.

-Ya lo se -respondió Harry con una sonrisa, acordándose de Hagrid y de la cola de cerdo de Dudley.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaban contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas.

Todos volvieron a estremecerse por el frío que hacia en el libro.

Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

Todos gruñeron y volvieron a atacar el cuadro, mientras que los bromistas seguían con su pergamino de bromas.

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre.

Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegará la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

-Llegando -susurro Harry a Ron y a Hermione, aunque Will, Emily y Ginny también escucharon. Los tres se miraron, confusos.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo,

-Merlín que no caiga -rezo Molly.

aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría.

Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.

-Buena idea -dijo Bill.

Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

-Espero que no -dijo Sally, preocupada.

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez

despertara a Dudley, sólo para molestarlo.

-Hazlo -suplicaron los bromistas.

... tres... dos... uno...

-¡FELIZ CUMPLEAÑOS! -gritaron todos.

BUM.

-¿Que pasa? -preguntaron Molly y Sally, preocupadas.

-Nada -les aseguro Harry, sin dejar de sonreír.

Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta.

Alguien estaba fuera, llamando.

-Aquí acaba el capitulo -dijo Sirius, dejando el libro sobre la mesa.


En primer lugar, siento el retraso, pero he estado de exámenes.

Nuevo capitulo, recién sacado del horno.

La verdad es que en este capitulo estaba poco inspirado, pero siempre pueden haber altibajos.

Por cierto, para escoger los nombres merodeadores de Will y Emily me basare en sus patronus. Vosotros los escogéis hay tres opciones para los dos:

-Will: perro lobo, tigre siberiano, halcón peregrino.

-Emily: perro lobo, lince, delfín.

Elegir en este capitulo, podéis hacerlo hasta el siguiente viernes, que es cuando subiré el nuevo capitulo.

Se despide, Grytherin18