Justo cuando Remus dejó el libro sobre la mesa, los estómagos de Ron, Sirius y Will hicieron acto de presencia.

-¿Esto...

-¿Cuando comemos? -preguntó Will, acabando la pregunta del pelirrojo.

Molly, dándose cuenta de que aun no habían cenado, se giro para mirar a Dumbledore.

-Albus, ¿como conseguiremos comida? -preguntó la mujer.

Antes de que Dumbledore contestara, una puerta se materializo en la sala. El anciano directo fue a través de ella y volvió con una gigantesca bandeja llena de comida.

-¡COMIDA! -rugieron Ron, Sirius y Will, abalanzándose sobre la fuente.

-¡Sirius! -exclamó Remus.

-¡Ronald! -gritó Molly

-¡William! -exclamó Sally.

-Tenemos hambre -se defendieron los tres. Los demás rodaban los ojos, divertidos. Por la manera de como se comportaban, cualquiera podria pensar que los tres no comían nada desde hacía días, aunque quizá Sirius si que llevaba días sin comer.

Los demás (más calmados que el trió hambriento) comenzaron a cenar.

Harry se encontraba pensando en su pensamiento de que Ginny Weasley se veía bastante bien cuando sonreía. ¿Por que pensaba en eso? Aunque no podía negar de que Ginny era bonita.

-Para de pensar en eso -dijo una voz en su cabeza-. Es la hermana pequeña de tu mejor amigo.

-Pero es bonita -dijo una segunda voz, más débil que la primera.

-Puede que sea bonita. Pero no es Cho Chang. Ella es un ángel -dijo la primera voz.

-Tienes razón. Ginny sera bonita, pero no es Cho -dijo la segunda voz.

Harry asintió de acuerdo con eso. Ginny puede que fuera bonita, pero no era Cho, quien para Harry, la oriental de Ravenclaw era un ángel. Casi al instante la imagen de Cho se le vino a la mente y Harry sonrío bobamente.

-Harry, ¿estas bien? -preguntó Neville. Y es que a Harry se le había quedado una cara de gilipollas que no podía con ella. Sirius, Remus y Sally sonrieron con nostalgia, ya que más de una vez habían visto a James con esa cara.

-¿Como se llama? -preguntó Sirius.

-¿Quien? -preguntó Harry, aunque ya sabía a quien se refería su padrino. Sin embargo, Ron respondió antes:

-Se llama Cho Chang. Es de Ravenclaw y va un curso por delante -dijo el pelirrojo por delante. Sirius soltó una carcajada.

-Bien hecho, ahijado. Las mayores son las que más saben -dijo Canuto con una sonrisa pícara.

-¡Sirius! -gritaron Remus y Sally. Los demás solo tardaron un par de segundos en darse cuenta de lo que el prófugo de Azkaban había dicho. Molly y Tonks se unieron a los gritos de Sally, mientras los hombres de la sala hacían grandes esfuerzos para no reírse.

-¿Seguimos leyendo? -preguntó una voz. Todos miraron, y vieron a Ginny Weasley que los miraba con el libro en las manos. Todos volvieron a sus puestos y Arthur cogió que libro que su hija le tendía.

-El callejón Diagon -leyó Arthur con una sonrisa. Sirius y Sally también sonrieron. Ambos no pisaban el callejón desde hacía trece años.

-Mamá, ¿el callejón Diagon es lo mismo que Sorcery Street? -preguntó Emily.

-Lo mismo, Emily -respondió Sally.

Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.

«Ha sido un sueño

-Harry eres pesimista -dijo Ron.

-Ron, tu te has criado conociendo la magia. Yo en cambio me he criado con muggles que me castigaban cada vez que decía algo que fuera fantasioso -respondió Harry.

—se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid

vino a decirme que voy a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en

casa, en mi alacena.»

Se produjo un súbito golpeteo.

«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado.

-Pesimista -dijeron todos, haciendo que el último de los Potter rodara los ojos exasperado.

Pero todavía no abrió los ojos. Había sido un sueño tan bonito...

Toc. Toc. Toc.

—Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.

Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.

Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.

Harry tuvo que contener la risa al acordarse de tía Marge inflándose como un globo.

Fue directamente a la ventana y la abrió. La lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó. Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.

—No hagas eso.

-Tienes que pagarla -informó Sally.

-Madrina, esto es el pasado. Ya se que hay que pagarla -dijo Harry y Sally se ruborizó al darse cuenta de que Harry tenía razón.

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta cerró el pico amenazadoramente y

continuó atacando el abrigo.

—¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una lechuza...

—Pagala —gruñó Hagrid desde el sofá.

—¿Qué?

—Quiere que le pagues por traer el periódico. Busca en los bolsillos.

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos, con contenidos de todo tipo:

manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones de menta, saquitos de té...

-Doraemon -susurró Will a su hermana.

Finalmente Harry sacó un puñado de monedas de aspecto extraño.

—Dale cinco knuts—dijo soñoliento Hagrid.

—¿Knuts?

-Ya se que son las de bronce -dijo Harry antes que alguien se lo dijera. Y es que había visto a Hermione y a Emily abrir la boca. Ambas se sonrojaron y bajaron la vista.

—Esas pequeñas de bronce.

Harry contó las cinco monedas y la lechuza extendió la pata, para que Harry

pudiera meter las monedas en una bolsita de cuero que llevaba atada. Y salió volando

por la ventana abierta.

Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.

-Si ya iba a levantarse, ¿no podía pagar él? -preguntó Luna.

-Supongo que quería que Harry tuviera algo de experiencia con el dinero muggle -respondió Hermione.

-Eso o es que es muy vago y prefería quedarse en la cama -dijo Emily.

-Ly, nadie es tan vago como tu -dijo Will. Y es que si a William Black le encantaba comer, a Emily Black le encantaba dormir.

-Te he dicho que no me llames así -dijo Emily, completamente roja.

-Vale, Ly.

—Es mejor que nos demos prisa, Harry. Tenemos muchas cosas que hacer hoy.

Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.

Harry estaba dando la vuelta a las monedas mágicas y observándolas. Acababa de

pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de

pincharse.

-¿Que pasa? -preguntaron algunos.

—Mm... ¿Hagrid?

—¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando sus colosales botas.

—Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vaya a

aprender magia.

Sirius soltó una carcajada ante esto.

-No tienes porque preocuparte, Cachorro. Tienes dinero de sobra.

-Ya se lo de la bóveda, Sirius -dijo Harry.

-Tu te refieres a la bóveda que es para los gastos escolares. Pero también tienes una bóveda para los gastos diarios, para los gastos de la familia, para los gastos de la casa; aparte de una bóveda de alta seguridad para las emergencias y otra de alta seguridad con las reliquias familiares de los Potter. También tienes la Mansión Potter, ubicada en Gales; y mansiones en España, Francia. Italia, América y Alemania -dijo Sirius.

La cara de Harry era para hacerle una foto. Tenía los ojos desorbitados fijos en su padrino, la boca la tenía desencajada y ni siquiera la cerraría cuando una mosca pasara por ahí.

-Eso quiere decir, ¡que eres más rico que Malfoy! -gritó Ron.

-Sigamos con la lectura -dijo Harry, que aun estaba en shock.

—No te preocupes por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la

cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te dejaron nada?

-Definitivamente no -dijo Bill.

—Pero si su casa fue destruida...

-¿Los muggles guardan el dinero en sus casas? -preguntó Neville.

-Algunos si. Otros en un banco -dijo Hermione.

—¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada para

nosotros es Gringotts.

Bill infló el pecho ante la mención del lugar donde trabajaba.

El banco de los magos. Come una salchicha, frías no están mal,

y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.

—¿Los magos tienen bancos?

—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.

-Aparte de las sucursales que tiene en todo el mundo. Pero la primera fue en Londres, fundada por Gringott en 1285 (no se si es así, pero lo pongo) -dijo Will de carrerilla, haciendo que todos lo miraran-. Me gusta la historia.

Harry dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.

—¿Gnomos?

—Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos, puedo decírtelo.

Nunca te metas con los gnomos, Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de Gringotts... él sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.

Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después de la tormenta.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry; mirando alrededor, buscando otro bote.

—Volando —dijo Hagrid.

-¿Volando? -repitieron todos en la sala, consiguiendo que Arthur sonriera.

—¿Volando?

Todos se rieron por la coincidencia.

—Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya te

encontré.

Subieron al bote. Harry todavía miraba a Hagrid, tratando de imaginárselo volando.

-Estamos igual -dijeron los bromistas.

—Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a

Harry una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?

-Como si Harry no quisiera ver más magia -dijo Ginny.

—Por supuesto que no —respondió Harry, deseoso de ver más magia.

-¿Lo veis? -dijo Ginny con una sonrisa de suficiencia.

-Nadie te lo ha rebatido, hermanita -dijo Charlie, divertido por la actitud de su hermana. Ginny le sacó la lengua.

Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

—¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó

Harry.

—Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad.

-¿Es cierto? -preguntó Charlie mirando a Bill.

-No te puedo decir nada, hice un Juramento -respondió Bill, haciendo que Charlie se cruzara de brazos, enfadado.

Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.

Harry permaneció sentado pensando en aquello, mientras Hagrid leía su periódico,

El Profeta. Harry había aprendido de su tío Vernon que a las personas les gustaba que

las dejaran tranquilas cuando hacían eso , pero era muy difícil, porque nunca había

tenido tantas preguntas que hacer en su vida.

-Seguro que a Hagrid no le importa, Cachorro -dijo Sirius.

El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.

—¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Harry, sin poder contenerse.

—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro,

claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el

trabajo. Nunca ha existido nadie tan chapucero.

Percy miró mal el libro. El consideraba a Fudge un buen ministro.

Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.

—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?

—Bueno, su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay

brujas y magos por todo el país.

—¿Por qué?

-Porque todos querrían que nosotros hiciésemos las cosas -dijo Will.

—¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían soluciones mágicas para sus problemas.

No, mejor que nos dejen tranquilos.

Todos asintieron de acuerdo.

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid

dobló su periódico y subieron los escalones de piedra hacia la calle.

Los transeúntes miraban mucho a Hagrid, mientras recorrían el pueblecito camino

de la estación, y Harry no se lo podía reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz alta:

—¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos muggles inventan, ¿verdad?

-Tenemos que enseñarle a disimular a Hagrid, ¿no crees, Lunático? -preguntó Sirius. Remus asintió de acuerdo ante las palabras del animago.

—Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras correteaba para seguirlo—, ¿no

dijiste que había dragones en Gringotts?

—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.

-Es imposible que consiga un dragón -dijo Emily. El trió y Charlie no pudieron evitar mirarse.

—¿Te gustaría tener uno?

—Quiero uno desde que era niño... Ya estamos.

Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde.

Hagrid, que no entendía «el dinero muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los billetes.

La gente los miraba más que nunca en el tren. Hagrid ocupó dos asientos y

comenzó a tejer lo que parecía una carpa de circo color amarillo canario.

-¿Pero eso no lo empezó a tejer en nuestro sexto año? -preguntó Sirius.

-Creo que si -respondió Sally.

—¿Todavía tienes la carta, Harry? —preguntó, mientras contaba los puntos.

Harry sacó del bolsillo el sobre de pergamino.

—Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo lo que necesitas.

Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

— Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

— Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

— Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

-Es igual que nuestro uniforme, salvó que es negro -dijo Emily.

-¿De que color es vuestro uniforme? -preguntó Tonks.

-Azul marino -respondió Will.

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

— El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

— Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

— Teoría mágica, Adalbert Waffling.

— Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

-Esa norma siempre me ha parecido una idiotez -dijo Sirius. -Dumby, ¿no podrías cambiar la norma?

-La hacemos para asegurarnos de que los más pequeños no tengan accidentes volando -respondió Dumbledore.

—¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se preguntó Harry en voz alta.

—Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.

Harry no había estado antes en Londres.

Todos gruñeron acordándose de los Dursley, así que el olvidado cuadro, pensándose que ya estaba a salvo sufrió otra lluvia de maleficios.

Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria.

Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.

—No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia —comentó, mientras subían

por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.

Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre.

Todos se rieron.

Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley?

-No tienen sentido del humor -dijo Will.

-Así, que joven Potter -dijo Fred.

-No hace falta que te preocupes -acabó George.

Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor,

-Exactamente -dijeron los tres de antes.

podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

—Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar

famoso. Era un bar diminuto y de aspecto mugriento.

Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían.

-Esta encantado de manera que solo los magos lo vean -aclaró Hermione.

Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.

Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado.

Las mujeres (menos Emily) asintieron con el libro. Los hombres (menos Will) miraban el libro incrédulos.

Unas ancianas estaban

sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa.

Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero,

que era completamente calvo y parecía una nuez blanda.

se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:

—¿Lo de siempre, Hagrid?

—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid,

poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.

—Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede

ser...?

-Si, lo es -dijo Will.

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.

—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry Potter... todo un honor.

Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.

-Una reacción muy exagerada -susurró Harry a Ron y Hermione.

—Bienvenido, Harry, bienvenido.

Harry no sabía qué decir.

Sirius y Remus se miraron. Sin duda James hubiera disfrutado de eso.

Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.

—Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido.

—Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.

—Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy complacido.

—Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus

Diggle.

—¡Yo lo he visto antes! —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su

sombrero a causa de la emoción—. Usted me saludó una vez en una tienda.

—¡Me recuerda! —gritó Dedalus Diggle, mirando a todos—. ¿Habéis oído eso?

¡Se acuerda de mí!

Harry estrechó manos una y otra vez.

Doris Crockford volvió a repetir el saludo. Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.

Harry, Ron y Hermione gruñeron al reconocer al joven.

—¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Harry, el profesor Quirrell te dará clases en

Hogwarts.

—P-P-Potter —tartamudeó el profesor Quirrell,

Harry gruño más fuerte que antes, haciendo que todos lo miraran.

-Harry, ¿que pasa? -preguntó Sirius.

-Nada, Sirius. Ya te enteraras -respondió Harry-

A Alastor le pareció que el chico Potter odiaba a Quirrell, así que presto atención.

apretando la mano de Harry—. N-no

pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte.

—¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?

—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si

no quisiera pensar en ello—.

-Pues vaya maestro si le da miedo su propia clase -dijo Tonks.

N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter?

—Soltó una risa nerviosa—. Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que b-buscar

otro l-libro de va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

Pero los demás, no permitieron que el profesor Quirrell acaparará a Harry. Éste

tardó más de diez minutos en despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.

—Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry.

-Por fin -exclamaron Molly, Sally, Hermione, Ginny y Emily que se habían molestado de como molestaban a Harry.

Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a

través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de

basura y hierbajos.

Hagrid miró sonriente a Harry

—Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba

al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla.

—¿Está siempre tan nervioso?

—Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos

libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias

directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable

problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los

alumnos, tiene miedo de su propia asignatura...

-Vaya profesor que es si le dan miedo los alumnos -dijo Remus

Ahora ¿adónde vamos, paraguas?

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino.

-Y aun te faltan las acromántulas, dragones, perros de tres cabezas...

-Ron, cierra la boca -dijo Harry, antes de que alguien se enterara a lo que se había enfrentado.

Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry

Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un

pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban

contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

Will y Emily se inclinaron para escuchar con atención.

Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en el pasaje. Harry miró rápidamente por

encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.

El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más

cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos -

Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero mejor que vayamos primero a

conseguir el dinero. Harry deseó tener ocho ojos más.

Ron se estremeció. Ocho ojos más, ¡como las arañas!

-Entiendo la sensación -dijeron Hermione y Sally.

Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...».

-¿Podria ser usted, señora Weasley? -preguntó Harry.

-A lo mejor -respondió ella-. Recuerdo que fuimos a hacer las compras a finales de julio ese año.

-Era mamá -dijo Ginny-. Estaba con ella y vi a Hagrid. No es un tipo que pase desapercibido.

Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco».

Harry sonrió al acordarse de Hedwig.

Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.»

-Ya no lo es -dijo Harry acordándose de su Saeta de Fuego.

Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto.

Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes

montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con

pociones, globos con mapas de la luna...

—Gringotts —dijo Hagrid.

Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las

pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

—Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los

escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un

rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos.

Todos se estremecieron ante la descripción. Desde luego, los gnomos no eran tipos con los que te querías cruzar.

Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta

vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

Bill, para diversión de la sala, iba recitando el poema con voz solemne.

—Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Hagrid.

-Tiene razón -dijo Bill.

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un

amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos

taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas,

pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos

guiaban a la gente para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.

—Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar

algún dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter.

—¿Tiene su llave, señor?

—La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el

mostrador, desparramando un puñado de galletas de perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz.

Todos rieron por la imagen que se le vino a la cabeza.

Harry observó al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como carbones brillantes.

—Aquí está —dijo finalmente Hagrid, enseñando una pequeña llave dorada.

El gnomo la examinó de cerca.

—Parece estar todo en orden.

—Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose

importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece.

-Mal movimiento. Si Harry a sacado la curiosidad de su padre, combinada con la testarudez de su madre no parara hasta descubrir el secreto -dijo Sally.

El gnomo leyó la carta cuidadosamente.

—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los

acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!

Griphook era otro gnomo.

-¡No! ¿En serio? -dijeron los gemelos.

Cuando Hagrid guardó todas las galletas de perro en sus

bolsillos,

Sirius se relamió, ante la mirada divertida de su amigo.

él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del

vestíbulo.

—¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

-Lo que yo dije -dijo Sally.

-Nadie te lo rebatió, Sally -dijo Sirius.

-No hablaba contigo, Black. Y es Jones para ti -dijo Sally molesta.

—No te lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un

asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

-Y así parara -dijo Ginny sarcásticamente, sonriendo a Harry. El chico le devolvió la sonrisa, pero no pudo evitar darse cuenta de que Ginny tenía una sonrisa preciosa.

"Piensa en Cho, Potter. A ti te gusta Cho" pensó Harry, y la imagen de la oriental se le vino a la cabeza.

Griphook les abrió la puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible.

El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos.

En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio

la vuelta para ver si era un dragón,

Charlie se inclinó emocionado.

pero era demasiado tarde.

Charlie gruño frustrado, ante la mirada divertida de Bill, que parecía decir "Yo se algo que tu no sabes".

Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.

—Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid, para hacerse oír sobre el estruendo

del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre una estalactita y una estalagmita?

-Una estalactita es una espeleotema que se forma como resultado de los depósitos minerales continuos transportados por el agua que se filtra, normalmente en una cueva -dijo Hermione.

-Y una estalagmita es una espeleotema se forma del agua que cae de las estalactita -dijo Emily.

—Las estalagmitas tienen una eme

-Prefiero la respuesta de Hagrid. Es más directa -dijo Neville, divertido.

—dijo Hagrid—. Y no me hagas preguntas

ahora, creo que voy a marearme.

Su cara se había puesto verde y, cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña

puerta de la pared del pasillo, Hagrid se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las rodillas.

Griphook abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió.

Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando. Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.

—Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.

-Aparte de las demás bóvedas y mansiones -dijo Luna.

Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se habrían apoderado

de todo en un abrir y cerrar de ojos.

¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry?

-¿Mantener? ¡Si no lo mantenían! -gritó Molly.

Y durante todo aquel tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.

Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en una bolsa.

—Las de oro son galeones —explicó—. Diecisiete sickles de plata hacen un galeón

y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy fácil.

Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

—Una sola velocidad —contestó Griphook.

Fueron más abajo y a mayor velocidad.

-Y eso que era a una sola velocidad -dijo Neville.

-Hacen siempre lo mismo -respondió Sirius.

El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.

-Gracias a Merlín -dijo Sally.

La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

—Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de

sus largos dedos y ésta desapareció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.

—¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso

saber Harry.

-Me da la sensación de que no quiero saberlo -dijo Ron.

-Estoy contigo -dijo Will.

—Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

-Definitivamente no quería saberlo -dijo Will con una mueca.

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima

seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó anhelante, esperando ver por lo menos

joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo.

Algunos, Remus, Alastor, Tonks, Bill y Charlie sospechaban que el paquete era la Piedra Filosofal. El resto, menos el trió y Dumbledore estaban confusos.

Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.

—Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será

mejor que mantengas la boca cerrada —dijo Hagrid.

Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de

Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No

necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.

-Puedes estar seguro de eso -dijo Percy.

—Tendrías que comprarte el uniforme —dijo Hagrid, señalando hacia «Madame

Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—. Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto los carros de Gringotts.

-Ya. Por los carros -dijo Sirius.

—Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.

Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta, vestida de color malva.

—¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry empezó a hablar—. Tengo muchos

aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.

En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y puntiagudo,

-Me huele a Malfoy -dijo Sirius con una mueca de despreció.

estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra. Madame Malkin puso a Harry en un escabel al lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle el largo apropiado.

—Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

—Sí —respondió Harry.

—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido

calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.

Harry recordaba a Dudley.

-Se parece demasiado -dijo Emily, a quien ya no le gustaba el chico.

—¿Tú tienes escoba propia? —continuó el muchacho.

—No —dijo Harry.

—¿Juegas al menos al quidditch?

—No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué diablos sería el quidditch.

Sirius cayó al suelo de rodillas, mientras se sujetaba el corazón.

-No puede ser. Mi ahijado que es un Potter ¡NO CONOCE EL QUIDDITCH!

-Sirius, ¡cálmate! -le gritó Remus mientras lo abofeteaba. -¿Mejor?

-Sí, gracias -dijo Sirius-. Arthur sigue leyendo.

Todos rieron ante la actitud de Sirius.

—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa,

-Si juega como Lucius el crimen seria dejarlo jugar -dijo Sirius.

y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?

—No—dijo Harry, sintiéndose cada vez más tonto.

—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de

Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff?

-¡Hufflepuff es genial! -gritó Tonks, defendiendo su casa.

Yo creo que me iría, ¿no te parece?

-Te aseguro que en Hufflepuff no queremos gente como tu -dijo Tonks.

—Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante.

—¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la

vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y señalando dos grandes

helados, para que viera por qué no entraba.

—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.

—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

-¡Sirviente lo sera tu p*** madre! -gritó Sirius.

-¡Sirius! -gritaron Sally y Molly.

-Mamá, si digo palabrotas es por culpa de papá -dijo Will.

-No creo que papá diga lo que tu le dijiste a Steve Bon -dijo Emily.

-¿Que le dijistes? -preguntó Luna curiosa.

-Nada. No le dije nada -dijo Will, fulminando a Emily con la mirada.

—Es el guardabosques —dijo Harry. Cada vez le gustaba menos aquel chico.

-A mi igual -dijeron los hermanos Black.

—Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en

los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama.

-Vale. Este crío me esta sacando de mis casillas -dijo Will con enojo.

—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

—¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí contigo?

¿Dónde están tus padres?

—Están muertos —respondió en pocas palabras. No tenía ganas de hablar de ese

tema con él.

—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—.

-Fijo que no le importa. Es un Malfoy -dijo Sirius.

Pero eran de nuestra clase, ¿no?

—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.

-Buena respuesta -le felicito Remus.

—Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no te parece? No son

como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres.

-Que él no hable de educación, que se nota que no la tiene -dijo Molly.

Algunos nunca

habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos.

Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?

-No te importa -gruñó toda la sala.

Pero antes de que Harry pudiera contestar, Madame Malkin dijo:

—Ya está listo lo tuyo, guapo.

Y Harry, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajó del escabel.

—Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el muchacho.

-Por desgracia -dijo Harry.

Harry estaba muy silencioso, mientras comía el helado que Hagrid le había

comprado (chocolate y frambuesa con trozos de nueces).

-Mi favorito -dijeron Harry y Ginny a la vez, antes de mirarse sorprendidos.

—¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.

—Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar pergamino y plumas. Harry se

animó un poco cuando encontró un frasco de tinta que cambiaba de color al escribir.

Cuando salieron de la tienda, preguntó:

—Hagrid, ¿qué es el quidditch?

-Aun no asimilo que mi ahijado no sepa lo que es el quidditch -dijo Sirius.

—Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que sabes... ¡No saber qué es el quidditch!

—No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le contó a Hagrid lo del chico pálido de

la tienda de Madame Malkin.

—... y dijo que la gente de familia de muggles no deberían poder ir...

—Tú no eres de una familia muggle. Si hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!

-Buen ejemplo -dijo Sally, quien había conocido a Petunia en una ocasión y se sorprendió de que Lily tuviera una hermana así.

—Entonces ¿qué es el quidditch?

—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.

-Sobretodo si eres James -dijo Sally.

-¿Por que lo dices? -preguntó Harry.

-Veras, cuando tus padres comenzaron a salir, tu padre, un día quiso explicarnos las reglas del quidditch a tu madre y a mi. Solo tengo que decirte que estuvo tres horas y no nos enteramos de nada.

-¿Tres horas? -preguntó Harry incrédulo. Wood le había explicado las reglas y no había tardado más de diez minutos.

-Tu padre era un obsesivo del quidditch (ahí me quedo corto) y le gustaba explicar las cosas al detalle -dijo Sirius-. Y cuando dijo al detalle me refiero a las escobas, pelotas, partidos, reglas, faltas que han habido en la historia del quidditch. No hacia falta que te leyeras Quidditch a través de los tiempos si tenias a James Potter como amigo.

—¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?

—Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Hufflepuff son todos inútiles,

-¿¡Como que inútiles!? -dijo la metamorfomaga con el pelo rojo, como los Weasley.

-Hagrid no lo dice con mala intención -dijo Remus y Tonks se relajó.

pero...

—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desanimado.

-¿Desanimado? -preguntó Tonks con una mirada que daba miedo a Harry.

-Lo siento, Tonks -dijo Harry-. Juzgue a Hufflepuff sin conocerla del todo.

Tonks lo miro fijamente, pero acepto sus disculpas.

—Es mejor Hufflepuff que Slytherin

-En efecto -dijeron todos en la sala.

—dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien-tú-sabes fue uno.

—¿Vol... perdón... Quien-tú-sabes estuvo en Hogwarts?

-Y tu coincidiste con él -susurró Harry.

—Hace muchos años—respondió Hagrid.

Compraron los libros de Harry en una tienda llamada Flourish y Blotts, en donde

los estantes estaban llenos de libros hasta el techo. Había unos grandiosos forrados

en piel, otros del tamaño de un sello, con tapas de seda, otros llenos de símbolos

raros y unos pocos sin nada impreso en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía

nada, habría deseado tener alguno de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a

Harry para que dejara Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.

—Estaba tratando de averiguar cómo hechizar a Dudley.

-Bien dicho -lo felicitaron los bromistas.

—No estoy diciendo que no sea una buena idea, pero no puedes utilizar la magia en

el mundo muggle, excepto en circunstancias muy especiales —dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a ese nivel.

Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un sólido caldero de oro

Harry bajo la cabeza avergonzado.

(en la lista decía de peltre) pero consiguieron una bonita balanza para pesar los ingredientes de las

pociones y un telescopio plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan

fascinante como para hacer olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco knuts la cucharada).

Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez la lista de Harry

—Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños.

Harry sintió que se ruborizaba.

—No tienes que...

—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué será, te compraré un animal. No un

sapo,

-Hagrid esta loco -dijo Neville, causando las risas de los demás.

los sapos pasaron de moda hace años, se burlaran ... y no me gustan los gatos,

-Definitivamente loco -dijo Hermione.

me hacen estornudar. Te voy a regalar una lechuza. Todos los chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y todo lo demás.

Veinte minutos más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, que era oscuro y

lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una

hermosa lechuza blanca, medio dormida, con la cabeza debajo de un ala.

Y no dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el profesor Quirrell.

Ron y Hermione le dieron una colleja a Harry.

-No te vuelvas a comparar con él -dijeron los dos.

-Ya lo sé -replicó Harry, quien no podía creerse que se hubiera comparado con un tipo como Quirrell.

Los demás observaron el intercambio confusos, mas no dijeron nada. Seguro que en el libro saldría.

—Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley te

hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde

venden varitas, y tendrás la mejor.

Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente había estado esperando.

-Tu y todo el mundo -dijo Bill.

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas,

se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.».

-Will, dijiste que Gringotts se había fundado en el 1285, ¿entonces porque Ollivander se fundo en el 382 a.C? -preguntó Neville.

-La tienda de Ollivander fue fundada en el 1290, cinco años después de que se fundara Gringotts, pero la familia Ollivander lleva desde el 382 a.C haciendo varitas -explicó Will.

En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita.

-Dicen que fue la primera varita que la familia Ollivander hizo -dijo Will.

Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar

pequeño y vacío, salvo por una silla larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta.

Se tragó una cantidad de preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

Dumbledore, Ginny, Remus y Alastor asintieron con el libro. Ellos también lo habían notado. El resto de la sala miraba a Harry incrédulos.

—Buenas tardes —dijo una voz amable.

Harry dio un salto. Hagrid también debió de sobresaltarse porque se oyó un crujido

y se levantó rápidamente de la silla.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en

la penumbra del local.

—Hola —dijo Harry con torpeza.

—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verte pronto. Harry Potter.

—No era una pregunta—. Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encantamientos.

-Siempre me pregunto como lo hace para acordarse de todas las varitas -dijo Sirius.

El señor Ollivander se acercó a Harry. El muchacho deseó que el hombre

parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco lúgubres.

Los que conocían a Ollivander asintieron de acuerdo.

—Tu padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y

medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones.

Bueno, he dicho que tu padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz contra nariz.

Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

—Y aquí es donde...

El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo

dedo blanco.

Sally gruño. No le gustaba que le tocaran la cicatriz a su ahijado.

—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso

-¿Os imagináis a Voldemort yendo a comprar su varita? -preguntó Will.

Todos se estremecieron. La idea de que Voldemort había sido un chico como cualquiera de ellos se le antojaba horrorosa.

—dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las

manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer en el

mundo...

Negó con la cabeza y entonces, para alivio de Harry, fijó su atención en Hagrid.

—¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de verlo otra vez... Roble, cuarenta

centímetros y medio, flexible... ¿Era así?

—Así era, sí, señor —dijo Hagrid.

—Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando lo expulsaron —dijo

el señor Ollivander, súbitamente severo.

—Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió Hagrid, arrastrando los pies—. Sin

embargo, todavía tengo los pedazos —añadió con vivacidad.

—Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en tono severo.

—Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente. Harry se dio cuenta de que sujetaba

con fuerza su paraguas rosado.

-Tenemos que enseñar a Hagrid a disimular, ¿no crees, Feorge? -dijo Fred.

-Estoy de acuerdo, Gred -respondió George

—Mmm —dijo el señor Ollivander, lanzando una mirada inquisidora a Hagrid—.

-Sospecha -canturrearon los bromistas.

-Cualquiera sospecharía -dijo Ginny.

Bueno, ahora, Harry.. Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con marcas

plateadas—. ¿Con qué brazo coges la varita?

—Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.

—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry del hombro al dedo, luego de la

muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza.

Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

De pronto, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en aquel momento le

medía entre las fosas nasales,

-¿Por que mide las fosas nasales? -preguntó Emily.

-Como ya sabrán -comenzó Dumbledore-. La magia se nutre de nuestra energía vital. Esa energía la recogemos del aire. Por esa razón, cuando inspiramos, concentramos nuestra energía dentro nuestro y los hechizos nos salen con más potencia.

-Yo me he quedado igual -le susurró Will a Harry, quien tuvo que reprimir una carcajada.

lo hacía sola. El señor Ollivander estaba revoloteando

entre los estantes, sacando cajas.

—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se enrolló en el suelo—. Bien, Harry

Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros.

Bonita y flexible. Cógela y agítala.

Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto)

-Como todos -le aseguro Tonks.

la agitó a su alrededor, pero el señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.

—Arce y pluma de fénix. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...

Harry probó, pero tan pronto como levantó el brazo el señor Ollivander se la quitó.

—No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio.

Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.

Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el señor Ollivander.

Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos,

-¿Cuantas varitas probaste? -quiso saber Remus.

-La verdad, creo que casi toda la tienda, o al menos esa fue mi sensación -respondió Harry.

pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta

por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual,

acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Harry, inconscientemente, acarició su varita.

Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su

cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes.

Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor Ollivander dijo:

—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente

qué curioso...

-¿Que es lo curioso? -preguntó Sirius mirando a Harry.

-Saldrá enseguida -respondió Harry, preguntándose como reaccionarían cuando descubriesen que él tenia la varita gemela de Voldemort.

Puso la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía

murmurando: «Curioso... muy curioso».

—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

El señor Ollivander fijó en Harry su mirada pálida.

—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz.

En la sala se hizo un silencio sepulcral.

-¿Por que no nos dijiste que tu varita era la hermana de la de Quien-tu-sabes? -preguntó Hermione.

-Tenia miedo que os alejaseis de mi si lo descubríais -dijo Harry. Al instante Ron y Hermione lo abrazaron.

-Harry, a veces eres muy tonto. No nos hubiésemos alejado de ti. Somos amigos -dijo Hermione.

-Harry, tienen razón -dijo Sirius-. La varita no hace al mago.

-Unas palabras muy sabias viniendo de ti, Black -dijo Sally.

Harry tragó, sin poder hablar.

—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La

varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti,

Harry Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas.

-Suena como si lo admirara -dijo Will, frunciendo el ceño.

-Creo que más bien admira la varita y no a Voldemort -dijo Emily.

Harry se estremeció.

No estaba seguro de que el señor Ollivander le gustara mucho.

Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor Ollivander los acompañó hasta la

puerta de su tienda.

Al atardecer, con el sol muy bajo en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino

otra vez por el callejón Diagon, a través de la pared, y de nuevo por el Caldero

Chorreante, ya vacío. Harry no habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la

cantidad de gente que se quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry.

-Seria muy raro ver a alguien con una lechuza y un monton de cosas raras -dijo Emily con una sonrisa.

-Acuérdate de cuando fuimos a comprar el material. Una señora me preguntó si estábamos rodando una peli -dijo Will.

-Y tu le respondiste que si -contestó Emily con una carcajada-. La pobre señora se hizo una foto contigo y luego fue a presumir.

-No es mi culpa si soy fotográfico -dijo Will, muy serio. Los demás en la sala reían al imaginarse a la pobre señora sacándose una foto con Will, y luego presumiendo a sus amigas de que había conocido a un actor famoso.

Subieron por la escalera mecánica y entraron en la estación de Paddington. Harry

acababa de darse cuenta de dónde estaban cuando Hagrid le golpeó el hombro.

—Tenemos tiempo para que comas algo antes de que salga el tren —dijo.

Le compró una hamburguesa a Harry

-Le debemos muchas cosas a Hagrid -dijo Remus a Sally y Sirius. Ambos asintieron de acuerdo con el licántropo.

y se sentaron a comer en unas sillas de

plástico. Harry miró a su alrededor. De alguna manera, todo le parecía muy extraño.

—¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso —dijo Hagrid. Harry no estaba

seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin

embargo, masticó su hamburguesa, intentando encontrar las palabras.

—Todos creen que soy especial —dijo finalmente—. Toda esa gente del Caldero

Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia.

¿Cómo pueden esperar grandes cosas?

-Has hecho grandes cosas -respondieron Ron y Hermione.

-La mayoría fue pura suerte -dijo Harry.

Ron y Hermione se miraron. Sabían que era inútil discutir con él.

Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres murieron.

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de la barba enmarañada y las espesas cejas

había una sonrisa muy bondadosa.

—No te preocupes, Harry. Aprenderás muy rápido. Todos son principiantes cuando

empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es

difícil. Has estado lejos y eso siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en

Hogwarts,

Harry sonrio. Definitivamente, quitando el hecho de que un sádico psicópata lo quería muerto, en Hogwarts se lo pasaba bastante bien.

yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.

Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo llevaría hasta la casa de los Dursley y

luego le entregó un sobre.

—Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiembre, en Kings Cross. Está

todo en el billete. Cualquier problema con los Dursley y me envías una carta con tu

lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré pronto, Harry.

-No te dijo como entrar en el anden -dijo Sally, preocupada.

-Lo prefiero así -dijo Harry, sonriendo a los Weasley. Que Hagrid no le dijera como entrar era lo mejor que le podría haber pasado.

El tren arrancó de la estación. Harry deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de

vista. Se levantó del asiento y apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y

Hagrid ya no estaba.

Arthur dejó el libro en la mesa, dando así por concluida la lectura del capitulo.


Sexto capitulo de esta historia.

Cada vez nos acercamos a Hogwarts. Y a una charla que tendran Sirius y Sally muy pronto.

Se despide,

Grytherin18