Embarcarse fue más sencillo de lo que imaginaba; todos eran los mismos marineros que siempre había visto en la taberna: sucios y descuidados sujetos adictos al sexo y la porquería. Suspiró pesadamente, no había nada de qué arrepentirse de todos modos, ¿qué hombre pulcro y de buena cuna querría embarcarse a una aventura tan irracional como aquella? Tan sólo brutos, ambiciosos y personas con discapacidades mentales, que claro, entraban en los brutos.

El pequeño barco había emprendido su marcha, el viento era bueno y el sol había salido por el horizonte, todo marchaba a la perfección para ser el primer día en mar abierto. Ya no podía arrepentirse, por más que apretara el barandal de madera con sus manos, ya no podía regresarse a su zona de inhumano confort.

El capitán se enorgullecía de aquella belleza, "Ninfa" la había bautizado, y era la protegida por Pan, o así lo pensaba él, en tierras de Poseidón.

Makoto observaba con atención a todos los hombres a bordo, y de todos ellos sólo uno le llamaba la atención, un pequeño con cuerpo de niño, de cabellos rubios, algo ondulado, y esos ojos penetrantes que no parecían naturales. Iba de aquí para allá, escondiéndose de los grandes hombres que pasaban a su lado. Era muy ágil, sabía muy bien lo que estaba haciendo, ¿algún polizón? Quizá, muy probablemente, porque de marinero no tenía nada, parecía que no podría ni con un cargamento chico, y no podía ser un remero tampoco, quizá podría ayudar con las velas debido a su rapidez… pero, ¿en qué estaba pensando? Él no era el capitán. ¿Haría bien en avisar?

Alzó una de sus manos para llamar la atención de uno de los que estaban cerca pero algo lo detuvo, una seña, el pequeño le estaba haciendo una seña con la mano para que se guardara silencio. Entonces sus labios se movieron de una manera que hizo que él abriera los ojos como platos.

-Ma…ko…to…- el rubio movió los labios lentamente para que él pudiera leerlos.

Y Makoto se quedó helado, callado, ¿quién era él y por qué sabía su nombre? Avanzó lentamente hasta que el otro se metió por la puerta de madera donde estaba la cabina del capitán. Makoto avanzó rápido y se metió también, sin ser visto, a aquella habitación espaciosa llena de pergaminos regados por todos lados. Mapas con miles de rutas trazados, monstruos marinos con el mismo nombre y diferentes representaciones. Inclusive la cama estaba repleta de pergaminos y escritos en caracteres que jamás en su vida había visto. Ni una gota de alcohol.

-Todo un caso, ¿verdad?- el pequeño polizón llamó su atención- Todo esto me llega a preguntarme, ¿realmente cree en todos estos mitos? ¿Tanto como para ir a Alejandría a buscar entre los pedazos de pergamino alguno que pudiera trazarle un camino?

Tomó uno de los pergaminos en sus manos, lo examinó cuidadosamente y lo volvió a dejar donde estaba.

-¿Será que busca veneno de Hidra para venderlo en el mercado negro?- rió por lo bajo mientras caminaba por la habitación, empujando con los pies cualquier obstáculo que pudiera atravesársele.

Makoto le miraba fijamente, ¿quién era?

-Oye, no deberías tomar las cosas de los demás- no, eso no era lo que quería decir, lo que quería decir era: ¿quién eres? ¿Por qué sabes mi nombre? ¿Por qué tus ojos parecen joyas? ¿Eres un polizón acaso? Que pequeño eres, ¿cuántos años tienes?

Pero su garganta se había secado y sus cuerdas vocales entumido.

-Yo tomo lo que quiero cuando quiero- se quedó quieto y su rostro se tornó serio- y si no lo tengo, lo consigo; siempre obtengo lo que deseo.

Oh, era un niño de tipo caprichoso.

-Pero Makoto- su semblante se ablandó y sonrió para acercarse más- ¡Hace años que no te miraba! Pero, si haz crecido bastante, ¿qué pasó con el viejo? ¿Cómo es que lograste salir?

Todas las preguntas le abrumaron, y el otro se dio cuenta de inmediato.

-Tu… si eres Makoto, ¿no es así?

-…Si, soy yo, ¡pero!

-¡Shh!- hizo un rápido movimiento con la mano- No grites, nos descubrirán.

-¿Nos?

-Bueno, me descubrirán.

-Entonces si eres un polizón.

-Pero eso no es importante ahora, ¿o sí?- se acercó un poco más hasta quedar a centímetros de distancia- eres Makoto, jamás podría olvidar esos penetrantes ojos verdes… los ojos que le daban miedo a aquellos idiotas.

-¡Espera!- lo tomó de los hombros con algo de violencia- ¿quién eres? ¿Por qué sabes eso sobre mí? ¿Por qué sabes cosas que yo no sé?- y en sus ojos podía ver la verdad, sus recuerdos estaban vacíos, no había nada más allá que un hueco lleno de sinceridad y desolación.

-Makoto- susurró clavando sus ojos en el suelo- ¿por qué lo haz olvidado todo?- en su tono había algo de decepción inminente, y la luz que irradiaban se opacó de un momento a otro. Había algo preocupante en todo aquello, no era normal, ¿verdad? que Makoto lo hubiera olvidado todo, ¿¡por qué?! Él había sido el causante de todo y ahora- Soy Nagisa- su voz había adoptado un tono tranquilo, como quien busca explicarle a un pequeño niño algo alarmante en un ambiente hostil- cuando estábamos en manos de los traficantes, me protegiste en todo momento, aunque no tengo muchos recuerdos de aquello pues era muy pequeño.

Makoto trató de recordar aquello, pero no había más que una mancha borrosa en su mente. El capitán había tenido razón, era un pequeño de siete años que había perdido la memoria en aquel entonces, sólo podía recordar su nombre. Fue por medio del dueño del hostal, que se había dado cuenta de que era un niño comprado. Su nombre lo sabía porque era el nombre escrito en una de las páginas interiores del libro. ¿Dónde había aprendido a leer? No lo recordaba.

-Mi padre me compró- Nagisa siguió con su narración como si fuera un alivio para su propia alma- era un japonés, y me alegré mucho porque entonces tendríamos algo más en común: un nombre japonés- soltó una pequeña risa- y aunque papá fue bueno siempre conmigo...

-Escapaste- terminó la frase, era algo obvio- y te inmiscuiste en una tripulación de marineros salvajes porque querías vivir una aventura- no era que lo supiera, pero esa era la historia siempre, de todos los que huían de sus casas y se lanzaban a mar abierto... y luego morían, claro.

Nagisa se paseó por el cuarto, nuevamente, acariciando con la yema de sus dedos los mapas pegados a las paredes.

-Papá no me dejaba acercarme al mar- continuó- decía que por las noches, caminaba sin rumbo hacia el mar, como si me llamara y yo sólo quisiera entregarme a él- volteó a ver a Makoto- siempre he pensado que la respuesta está allí, y no moriré sin saber a donde pertenezco en realidad.

La decisión había tomado forma en la habitación. Los ojos de Nagisa irradiaban y los de Makoto se reflejaban. Ahora comprendía, que no sólo tenía en común con ese pequeño muchas cosas, sino un futuro incierto.

-Creo que, puedo hablar con el capitán- Makoto se pasó una de las manos por la cabeza- pero tendrás que ser un excepcional marinero o te echarán por la borda.

-Lo sé, lo sé, nadie tolera...

-¡Polizones!- una tercera voz de hizo presente en la habitación.

Y cuando los dos voltearon, la puerta se había abierto de golpe y uno de aquellos enlistados voluntariamente se abría paso por la cabina. Un muchacho alto, con un cuerpo atlético y bien cuidado, unos cabellos pelirrojos hasta los hombros y unos dientes... más bien... afilados como cuchillos.