Molly cogió el libro que su marido acababa de dejar sobre la mesa y lo abrió por el nuevo capitulo.

-El viaje desde el andén nueve y tres cuartos -leyo con una sonrisa. Se acordaba perfectamente de aquel día, en que aquel muchacho de once años le había preguntado como entrar en el andén. Y ahora ese chico era el mejor amigo de su hijo Ron.

Los demás estaban felices, ya que eso significaba que los Dursley desaparecerían del libro.

El último mes de Harry con los Dursley no fue divertido.

-¿Era alguna vez divertido? -preguntó Ron.

-No. Pero ese año fue todavía peor -respondió Harry.

-¿Por que, Cachorro? -preguntó Sirius.

-Ya lo veras -se limitó a responder el chico.

Es cierto que Dudley le tenía miedo y no se quedaba con él en la misma habitación, y que tía Petunia y tío Vernon no lo encerraban en la alacena ni lo obligaban a hacer nada ni le gritaban.

Todos estaban confusos. ¿Por que iba a ser deprimente si no lo molestaban?

En realidad, ni siquiera le dirigían la palabra. Mitad aterrorizados, mitad furiosos, se comportaban como si la silla que Harry ocupaba estuviera vacía. Aunque aquello significaba una mejora en muchos aspectos, después de un tiempo resultaba un poco deprimente.

-Y por eso no fue divertido -dijo Harry en voz baja, aunque fue escuchado por una pelirroja, que le sonrío para darle ánimos.

Harry se quedaba en su habitación, con su nueva lechuza por compañía.

Harry sonrío. Desde luego, Hedwig, era la única compañía agradable en Privet Drive.

Decidió llamarla Hedwig, un nombre que encontró en Una historia de la magia.

-¿Has leído el libro? -preguntaron Hermione, Remus, Sally, Ron, Ginny, Neville, Fred y George a la vez, los tres primeros claramente orgullosos y los otros cinco como si Harry hubiera dicho que Voldemort era su mejor amigo.

-¿Es interesante? -preguntó Will interesado.

-Mucho -respondió Hermione, mientras Ron decía:

-Es una tortura.

-Mientras sea de historia el libro, Ron, te puedo asegurar que Will lo mirara -dijo Emily, mirando a su hermano.

-Es tu culpa -acuso Sirius a Sally-. A mi no me gusta el libro y a ti en cambio si; ¡HAS CORROMPIDO A MI PERFECTO HIJO! -acabó gritando Black, dramáticamente.

Sally iba a responder al comentario de Sirius con algo ofensivo, pero fue interrumpida por una Molly que quería seguir leyendo.

-No es que me quiera meter, ¡pero me gustaría acabar estos libros en este siglo! -acabó gritando la pelirroja mayor, haciendo que todos prestaran atención a la lectura.

-Por cierto papá -dijo Will antes de que Molly pudiera seguir leyendo-. Gracias por decir que soy perfecto, pero eso yo ya lo sabía -dijo con una sonrisa arrogante, mientras el resto de la sala reían.

Los libros del colegio eran muy interesantes. Por la noche leía en la cama hasta tarde,

-Eso lo ha sacado de Lily, fijo -dijo Remus con una sonrisa.

mientras Hedwig entraba y salía a su antojo por la ventana abierta. Era una suerte que tía Petunia ya no entrara en la habitación, porque Hedwig llevaba ratones muertos.

-Eso no es suerte, sino mala suerte -dijo Charlie.

Cada noche, antes de dormir, Harry marcaba otro día en la hoja de papel que tenía en la pared, hasta el uno de septiembre.

Sirius sonrío. El también marcaba en un calendario para saber cuantos días faltaban para que pudiera salir de la casa de sus padres.

El último día de agosto pensó que era mejor hablar con sus tíos para poder ir a la estación de King Cross, al día siguiente. Así que bajó al salón, donde estaban viendo la televisión. Se aclaró la garganta, para que supieran que estaba allí, y Dudley gritó y salió corriendo.

-Cobarde -dijeron todos los Gryffindor de la sala, menos Dumbledore.

—Hum... ¿Tío Vernon?

Tío Vernon gruñó, para demostrar que lo escuchaba.

-Ni siquiera puede responder -dijo Sally enojada.

—Hum... necesito estar mañana en King Cross para... para ir a Hogwarts.

Tío Vernon gruñó otra vez.

—¿Podría ser que me lleves hasta allí?

Otro gruñido. Harry interpretó que quería decir sí.

-Tendrías que haber esperado una respuesta algo más elaborada -dijo Will.

—Muchas gracias.

Estaba a punto de volver a subir la escalera, cuando tío Vernon finalmente habló.

—Qué forma curiosa de ir a una escuela de magos, en tren. ¿Las alfombras mágicas estarán todas pinchadas?

-No, morsa -dijo, para sorpresa de todos, Percy-. Están prohibidas.

-Aunque no en todos los países -dijo Luna-. Cuando era pequeña, fui con mis padres a la India para ver si encontrábamos Snorkacks de Cuernos Arrugados y vi a varios magos volando con alfombras.

Nadie dijo nada. En la mente de todos pasaba la misma pregunta, ¿que son los Snorkacks de Cuernos Arrugados?

Harry no contestó nada.

—¿Y dónde queda ese colegio, de todos modos?

—No lo sé —dijo Harry; dándose cuenta de eso por primera vez. Sacó del bolsillo el billete que Hagrid le había dado—. Tengo que coger el tren que sale del andén nueve y tres cuartos, a las once de la mañana —leyó. Sus tíos lo miraron asombrados.

—¿Andén qué?

-Nueve y tres cuartos -dijeron todos, como si Vernon estuviera con ellos.

—Nueve y tres cuartos.

—No digas estupideces —dijo tío Vernon—. No hay ningún andén nueve y tres cuartos.

—Eso dice mi billete.

—Equivocados —dijo tío Vernon—. Totalmente locos, todos ellos.

Ya lo verás. Tú espera. Muy bien, te llevaremos a King Cross.

-Mamá -dijo Bill-. ¿Segura de que pone eso?

-Completamente segura, Bill -respondió Molly.

De todos modos, tenemos que ir a Londres mañana. Si no, no me molestaría.

-Y ahora todo cobra sentido -dijo Will.

—¿Por qué vais a Londres? —preguntó Harry tratando de mantener el tono amistoso.

—Llevamos a Dudley al hospital —gruñó tío Vernon—. Para que le quiten esa maldita cola antes de que vaya a Smeltings.

-¿Y como pudieron explicar que a un ser humano le había salido una cola de cerdo? -preguntó Hermione. Los demás se encogieron de hombros.

A la mañana siguiente, Harry se despertó a las cinco,

Sirius sonrió. El también había despertado a las cinco su primer día.

tan emocionado e ilusionado que no pudo volver a dormir. Se levantó y se puso los tejanos: no quería andar por la estación con su túnica de mago, ya se cambiaría en el tren.

Todos asintieron de acuerdo.

Miró otra vez su lista de Hogwarts para estar seguro de que tenía todo lo necesario, se ocupó de meter a Hedwig en su jaula y luego se paseó por la habitación, esperando que los Dursley se levantarán.

Dos horas más tarde, el pesado baúl de Harry estaba cargado en el coche de los Dursley y tía Petunia había hecho que Dudley se sentara con Harry, para poder marcharse.

-Cobarde -volvieron a decir los de Gryffindor.

Llegaron a King Cross a las diez y media. Tío Vernon cargó el baúl de Harry en un carrito y lo llevó por la estación.

Sirius, Remus y Sally gruñeron. Más le valía a Vernon Dursley no hacerle a Harry lo que ellos pensaban.

Harry pensó que era una rara amabilidad,

Igual que todos en la sala.

hasta que tío Vernon se detuvo, mirando los andenes con una sonrisa perversa.

—Bueno, aquí estás, muchacho. Andén nueve, andén diez... Tú andén debería estar en el medio, pero parece que aún no lo han construido, ¿no?

-Si que lo han construido. Solo que esta camuflado -dijeron todos los adultos de la sala.

Tenía razón, por supuesto. Había un gran número nueve, de plástico, sobre un andén, un número diez sobre el otro y, en el medio, nada.

—Que tengas un buen curso —dijo tío Vernon con una sonrisa aún más torva. Se marchó sin decir una palabra más. Harry se volvió y vio que los Dursley se alejaban. Los tres se reían.

-Malditos desgraciados -dijo Sirius maldiciendo el cuadro.

Harry sintió la boca seca. ¿Qué haría? Estaba llamando la atención, a causa de Hedwig. Tendría que preguntarle a alguien.

Detuvo a un guarda que pasaba, pero no se atrevió a mencionar el andén nueve y tres cuartos. El guarda nunca había oído hablar de Hogwarts, y cuando Harry no pudo decirle en qué parte del país quedaba, comenzó a molestarse, como si pensara que Harry se hacía el tonto a propósito. Sin saber qué hacer, Harry le preguntó por el tren que salía a las once, pero el guarda le dijo que no había ninguno. Al final, el guarda se alejó, murmurando algo sobre la gente que hacía perder el tiempo.

Según el gran reloj que había sobre la tabla de horarios de llegada, tenía diez minutos para coger el tren a Hogwarts y no tenía idea de qué podía hacer. Estaba en medio de la estación con un baúl que casi no podía transportar, un bolsillo lleno de monedas de mago y una jaula con una lechuza.

Hagrid debió de olvidar decirle algo que tenía que hacer, como dar un golpe al tercer ladrillo de la izquierda para entrar en el callejón Diagon. Se preguntó si debería sacar su varita y comenzar a golpear la taquilla, entre los andenes nueve y diez.

-No -dijeron todos en la sala.

-Tranquilos, que conseguí llegar a Hogwarts sin salir en El Profeta -dijo Harry-. Al menos ese año -susurro a Ron, quien ahogo una risa.

En aquel momento, un grupo de gente pasó por su lado y captó unas pocas palabras.

—... lleno de muggles, por supuesto...

Inmediatamente todos los Weasley, menos Arthur, Bill y Charlie prestaron atención.

Harry se volvió para verlos. La que hablaba era una mujer regordeta,

-Lo siento, señora Weasley -se disculpo Harry inmediatamente.

-No te preocupes cielo -dijo Molly, aunque se giro a Arthur y le susurro:

-¿Estoy gorda?

-Estas perfecta, mi amor -respondió Arthur, besándola. Los Weasley varones hicieron una mueca, mientras la única mujer Weasley se preguntaba si ella y Harry algún día podrían ser así de felices.

que se dirigía a cuatro muchachos, todos con pelo de llameante color rojo.

Cada uno empujaba un baúl, como Harry, y llevaban una lechuza.

Con el corazón palpitante, Harry empujó el carrito detrás de ellos. Se detuvieron y los imitó, parándose lo bastante cerca para escuchar lo que decían.

—Y ahora, ¿cuál es el número del andén? —dijo la madre.

—¡Nueve y tres cuartos! —dijo la voz aguda de una niña,

-¡Oh, no! -dijo Ginny, sonrojándose.

también pelirroja, que iba de la mano de la madre—. Mamá, ¿no puedo ir...?

—No tienes edad suficiente, Ginny. Ahora estate quieta. Muy bien, Percy, tú primero.

El que parecía el mayor de los chicos se dirigió hacia los andenes nueve y diez.

Harry observaba, procurando no parpadear para no perderse nada. Pero justo cuando el muchacho llegó a la división de los dos andenes, una larga caravana de turistas pasó frente a él

-Vaya suerte que tienes -dijo Neville.

y, cuando se alejaron, el muchacho había desaparecido.

—Fred, eres el siguiente —dijo la mujer regordeta.

—No soy Fred, soy George —dijo el muchacho—. ¿De veras, mujer, puedes llamarte nuestra madre? ¿No te das cuenta de que yo soy George?

—Lo siento, George, cariño.

-Tengo la impresión de que es broma -dijo Emily sonriendo.

—Estaba bromeando, soy Fred —dijo el muchacho, y se alejó. Debió pasar, porque un segundo más tarde ya no estaba. Pero ¿cómo lo había hecho? Su hermano gemelo fue tras él: el tercer hermano iba rápidamente hacia la taquilla (estaba casi allí) y luego, súbitamente, no estaba en ninguna parte. No había nadie más.

—Discúlpeme —dijo Harry a la mujer regordeta.

—Hola, querido —dijo—. Primer año en Hogwarts, ¿no? Ron también es nuevo.

Señaló al último y menor de sus hijos varones. Era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes y una larga nariz.

Todos se empezaron a reír, mientras que Ron fulminaba a Harry con la mirada.

-Eh, Ron, sabes que... yo...

Harry tartamudeaba, buscando una explicación.

-Supongo que podría ser peor -dijo Ron, e inmediatamente empezó a reír. Harry respiro a salvo.

—Sí —dijo Harry—. Lo que pasa es que... es que no se cómo...

—¿Como entrar en el andén? —preguntó bondadosamente, y Harry asintió con la cabeza.

Sally y Sirius sonrieron a Molly, contentos de que su ahijado tuviera gente que le ayudara.

—No te preocupes —dijo—. Lo único que tienes que hacer es andar recto hacia la barrera que está entre los dos andenes. No te detengas y no tengas miedo de chocar, eso es muy importante. Lo mejor es ir deprisa, si estás nervioso. Ve ahora, ve antes que Ron.

—Hum... De acuerdo —dijo Harry.

Empujó su carrito y se dirigió hacia la barrera. Parecía muy sólida.

Comenzó a andar. La gente que andaba a su alrededor iba al andén nueve o al diez.

Fue más rápido. Iba a chocar contra la taquilla y tendría problemas. Se inclinó sobre el carrito y comenzó a correr (la barrera se acercaba cada vez más). Ya no podía detenerse (el carrito estaba fuera de control), ya estaba allí... Cerró los ojos, preparado para el choque...

-¡PUM! -dijo Sirius de golpe, ganándose una colleja de parte de la madre de sus hijos.

Pero no llegó. Siguió rodando. Abrió los ojos.

Una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén lleno de gente.

Un rótulo decía: «Expreso de Hogwarts, 11 h».

Harry miró hacia atrás y vio una arcada de hierro donde debía estar la taquilla, con las palabras «Andén Nueve y Tres Cuartos». Lo había logrado.

Todos aplaudieron.

El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que gatos de todos los colores iban y venían entre las piernas de la gente. Las lechuzas se llamaban unas a otras, con un malhumorado ulular, por encima del ruido de las charlas y el movimiento de los pesados baú primeros vagones ya estaban repletos de estudiantes, algunos asomados por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutiendo sobre los asientos que iban a ocupar. Harry empujó su carrito por el andén, buscando un asiento vacío. Pasó al lado de un chico de cara redonda que decía:

—Abuelita, he vuelto a perder mi sapo.

Neville enrojeció al instante.

—Oh, Neville —oyó que suspiraba la anciana.

Un muchacho de pelos tiesos estaba rodeado por un grupo.

—Déjanos mirar, Lee, vamos.

El muchacho levantó la tapa de la caja que llevaba en los brazos, y los que lo rodeaban gritaron cuando del interior salió una larga cola peluda.

-¿Que era eso? -preguntó Emily con desconfianza.

-Algo a lo que no te gustaría acercarte -dijo Ron.

Harry se abrió paso hasta que encontró un compartimiento vacío, cerca del final del tren. Primero puso a Hedwig y luego comenzó a empujar el baúl hacia la puerta del vagón. Trató de subirlo por los escalones, pero sólo lo pudo levantar un poco antes de que se cayera golpeándole un pie.

-Igualito a James -dijo Sirius con una sonrisa.

—¿Quieres que te eche una mano? —Era uno de los gemelos pelirrojos, a los que había seguido a través de la barrera de los andenes.

-Bien hecho, George -dijo Molly.

-¿Como sabes que fue George? -preguntó Fred.

-Porque George es más caballeroso que tu -dijo Molly, y Fred tuvo que darle la razón a su madre.

—Sí, por favor —jadeó Harry.

—¡Eh, Fred! ¡Ven a ayudar!

-Lo dicho -dijo Molly.

Con la ayuda de los gemelos, el baúl de Harry finalmente quedó en un rincón del compartimiento.

—Gracias —dijo Harry, quitándose de los ojos el pelo húmedo.

—¿Qué es eso? —dijo de pronto uno de los gemelos, señalando la brillante cicatriz de Harry.

—Vaya—dijo el otro gemelo—. ¿Eres tú...?

—Es él —dijo el primero—. Eres tú, ¿no? —se dirigió a Harry.

—¿Quién? —preguntó Harry.

—Harry Potter —respondieron a coro.

—Oh, él —dijo Harry—.Quiero decir, sí, soy yo.

Todos comenzaron a reírse.

-¿En serio, Harry? -preguntó Will-. ¿No sabias quien eras?

-¿Que quieres? Había pasado de ser un don nadie a ser alguien importante -dijo Harry, consiguiendo que las risas desaparecieran.

Los dos muchachos lo miraron boquiabiertos y Harry sintió que se ruborizaba.

Entonces, para su alivio, una voz llegó a través de la puerta abierta del compartimiento.

—¿Fred? ¿George? ¿Estáis ahí?

—Ya vamos, mamá.

Con una última mirada a Harry, los gemelos saltaron del vagón.

Harry se sentó al lado de la ventanilla. Desde allí, medio oculto, podía observar a la familia de pelirrojos en el andén y oír lo que decían.

Todos los Weasley que habían estado en el andén miraron a Harry sorprendidos.

-Harry, ¿escuchaste lo que dijimos? -preguntó Ginny, completamente roja. Este asintió, y la chica se tapo la cara, completamente avergonzada.

La madre acababa de sacar un pañuelo.

—Ron, tienes algo en la nariz.

El menor de los varones trató de esquivarla, pero la madre lo sujetó y comenzó a frotarle la punta de la nariz.

Ron estaba completamente rojo, mientras que Sirius y Remus reían.

-¿Que pasa? -preguntó Harry.

-Pues que tu abuela Dorea hacia lo mismo con nosotros -dijo Remus, señalándose a Sirius y a él.

—Mamá, déjame —exclamó apartándose.

—¿Ah, el pequeñito Ronnie tiene algo en su naricita? —dijo uno de los gemelos.

—Cállate —dijo Ron.

—¿Dónde está Percy? —preguntó la madre.

—Ahí viene.

El mayor de los muchachos se acercaba a ellos. Ya se había puesto la ondulante túnica negra de Hogwarts, y Harry notó que tenía una insignia plateada en el pecho, con la letra P.

-Prefecto perfecto -dijeron Sirius, Fred y George.

—No me puedo quedar mucho, mamá —dijo—. Estoy delante, los prefectos tenemos dos compartimientos...

—Oh, ¿tú eres un prefecto, Percy? —dijo uno de los gemelos, con aire de gran sorpresa—. Tendrías que habérnoslo dicho, no teníamos idea.

—Espera, creo que recuerdo que nos dijo algo —dijo el otro gemelo—. Una vez...

—O dos...

—Un minuto...

—Todo el verano...

-Sois geniales -dijeron Sirius, Will y Remus, mientras que los gemelos se ponían de pie y hacían reverencias.

—Oh, callaos —dijo Percy, el prefecto.

—Y de todos modos, ¿por qué Percy tiene túnica nueva? —dijo uno de los gemelos.

—Porque él es un prefecto—dijo afectuosamente la madre—. Muy bien, cariño, que tengas un buen año. Envíame una lechuza cuando llegues allá.

Besó a Percy en la mejilla y el muchacho se fue. Luego se volvió hacia los gemelos.

—Ahora, vosotros dos... Este año os tenéis que portar bien. Si recibo una lechuza más diciéndome que habéis hecho... estallar un inodoro o...

-Mal movimiento, Molly -dijo Sirius.

-A un bromista no se le puede dar ideas -lo secundo Remus.

—¿Hacer estallar un inodoro? Nosotros nunca hemos hecho nada de eso.

—Pero es una gran idea, mamá. Gracias.

-Lo dijimos -dijeron los de antes.

—No tiene gracia. Y cuidad de Ron.

—No te preocupes, el pequeño Ronnie estará seguro con nosotros.

—Cállate —dijo otra vez Ron. Era casi tan alto como los gemelos y su nariz todavía estaba rosada, en donde su madre la había frotado.

—Eh, mamá, ¿adivinas a quién acabamos de ver en el tren?

Harry se agachó rápidamente para que no lo descubrieran.

—¿Os acordáis de ese muchacho de pelo negro que estaba cerca de nosotros, en la

estación? ¿Sabéis quién es?

—¿Quién?

—¡Harry Potter!

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaah!¡Es Harry Potter! -gritó Will, como si fuera un fan histérico.

Harry oyó la voz de la niña.

—Mamá, ¿puedo subir al tren para verlo? ¡Oh, mamá, por favor...!

-¡Oh, no! -dijo Ginny, tapándose la cara completamente avergonzada. ¿Por que tenia que escuchar eso?

Algunos, (como Sirius, Fred, George, Ron, Will) se estaban riendo; mientras que las mujeres veían a Ginny con cariño.

Harry no podía dejar de pensar que Ginny, se veía bastante adorable.

—Ya lo has visto, Ginny y, además, el pobre chico no es algo para que lo mires como en el zoológico. ¿Es él realmente, Fred? ¿Cómo lo sabes?

—Se lo pregunté. Vi su cicatriz. Está realmente allí... como iluminada.

-Ni que tuviera un Lumos -se quejo Harry.

—Pobrecillo... No es raro que esté solo. Fue tan amable cuando me preguntó cómo llegar al andén...

—Eso no importa. ¿Crees que él recuerda cómo era Quien-tú-sabes?

La madre, súbitamente, se puso muy seria.

—Te prohíbo que le preguntes, Fred. No, no te atrevas.

-Gracias -dijeron Sirius, Remus y Sally a Molly.

Como si necesitara que le recuerden algo así en su primer día de colegio.

—Está bien, quédate tranquila.

Se oyó un silbido.

—Daos prisa —dijo la madre, y los tres chicos subieron al tren. Se asomaron por la ventanilla para que los besara y la hermanita menor comenzó a llorar.

Ginny se tapo completamente la cara, que ya la tenia igual de roja que su pelo. Ella no solía llorar, pero al ver al tren marcharse y darse cuenta de que se quedaba sola, las lágrimas habían comenzado a salirle solas.

—No llores, Ginny, vamos a enviarte muchas lechuzas.

—Y un inodoro de Hogwarts.

-Nunca me lo mandasteis -dijo Ginny a los gemelos.

-Se lo regalamos a otra persona -dijeron los gemelos.

—¡George!

—Era una broma, mamá.

El tren comenzó a moverse. Harry vio a la madre de los muchachos agitando la mano y a la hermanita, mitad llorando, mitad riendo, corriendo para seguir al tren,

Ginny solo tenia la cara tapada. Deseaba que pasara ya esa parte.

hasta que éste comenzó a acelerar y entonces se quedó saludando.

Harry observó a la madre y la hija hasta que desaparecieron, cuando el tren giró.

Las casas pasaban a toda velocidad por la ventanilla. Harry sintió una ola de excitación.

No sabía lo que iba a pasar... pero sería mejor que lo que dejaba atrás.

La puerta del compartimiento se abrió y entró el menor de los pelirrojos.

—¿Hay alguien sentado ahí? —preguntó, señalando el asiento opuesto a Harry—. Todos los demás vagones están llenos.

Harry negó con la cabeza y el muchacho se sentó. Lanzó una mirada a Harry y luego desvió la vista rápidamente hacia la ventanilla, como si no lo hubiera estado observando.

Harry notó que todavía tenía una mancha negra en la nariz.

-Gracias, amigo -dijo Ron.

-No hay de que -dijo Harry sonriendo.

—Eh, Ron.

Los gemelos habían vuelto.

—Mira, nosotros nos vamos a la mitad del tren, porque Lee Jordan tiene una tarántula gigante y vamos a verla.

-Las tarántulas no tienen cola -dijo Will, confuso.

-Era una tarántula -dijo George.

-Supongo que lo que vi fue una de las patas y la confundí con una cola -dijo Harry, encojiendose de hombros.

—De acuerdo —murmuró Ron.

—Harry —dijo el otro gemelo—, ¿te hemos dicho quiénes somos? Fred y George Weasley. Y él es Ron, nuestro hermano. Nos veremos después, entonces.

—Hasta luego —dijeron Harry y Ron. Los gemelos salieron y cerraron la puerta.

—¿Eres realmente Harry Potter? —dejó escapar Ron.

-No, es Henry Parker -dijo Sirius.

Harry asintió.

—Oh... bien, pensé que podía ser una de las bromas de Fred y George —dijo Ron—. ¿Y realmente te hiciste eso... ya sabes...?

Señaló la frente de Harry. Harry se levantó el flequillo para enseñarle la luminosa cicatriz. Ron la miró con atención.

—¿Así que eso es lo que Quien-tú-sabes...?

—Sí —dijo Harry—, pero no puedo recordarlo.

—¿Nada? —dijo Ron en tono anhelante.

-¡Ron! -dijo Molly, interrumpiendo la lectura -¡Dije que no le preguntarais nada!

-Se lo dijiste a los gemelos, no a mi -dijo Ron.

—Bueno... recuerdo una luz verde muy intensa, pero nada más.

—Vaya —dijo Ron. Contempló a Harry durante unos instantes y luego, como si se diera cuenta de lo que estaba haciendo, con rapidez volvió a mirar por la ventanilla.

—¿Sois una familia de magos? —preguntó Harry, ya que encontraba a Ron tan interesante como Ron lo encontraba a él.

Ron miro a Harry incrédulo. ¿Como podía encontrarlo interesante si era pobre?

—Oh, sí, eso creo —respondió Ron—. Me parece que mamá tiene un primo segundo que es contable, pero nunca hablamos de él.

-Es porque él nos lo pidió -dijo Molly al instante a Hermione.

-Ya suponía que ustedes no tenían la culpa -dijo Hermione sonriendole.

—Entonces ya debes de saber mucho sobre magia.

Era evidente que los Weasley eran una de esas antiguas familias de magos de las que había hablado el pálido muchacho del callejón Diagon.

-Ni por asomo -corrigió Harry a su yo del libro-. Los Weasley son mejores.

La familia pelirroja lo miro, agradecida.

—Oí que te habías ido a vivir con muggles—dijo Ron—. ¿Cómo son?

—Horribles... Bueno, no todos ellos. Mi tía, mi tío y mi primo sí lo son. Me hubiera gustado tener tres hermanos magos.

—Cinco —corrigió Ron. Por alguna razón parecía deprimido—.

El resto de Weasley frunció el ceño.

Soy el sexto en nuestra familia que va a asistir a Hogwarts. Podrías decir que tengo el listón muy alto. Bill y Charlie ya han terminado. Bill era delegado de clase y Charlie era capitán de quidditch. Ahora Percy es prefecto. Fred y George son muy revoltosos, pero a pesar de eso sacan muy buenas notas y todos los consideran muy divertidos. Todos esperan que me vaya tan bien como a los otros, pero si lo hago tampoco será gran cosa, porque ellos ya lo hicieron ás, nunca tienes nada nuevo, con cinco hermanos. Me dieron la túnica vieja de Bill, la varita vieja de Charles y la vieja rata de Percy.

Ron buscó en su chaqueta y sacó una gorda rata gris,

A la mención de la rata. Todos los de la sala, menos Sally, Will y Emily gruñeron furiosos.

que estaba dormida.

—Se llama Scabbers y no sirve para nada, casi nunca se despierta. A Percy, papá le regaló una lechuza, porque lo hicieron prefecto, pero no podían comp... Quiero decir, por eso me dieron a Scabbers.

Las orejas de Ron enrojecieron. Parecía pensar que había hablado demasiado, porque otra vez miró por la ventanilla.

Harry no creía que hubiera nada malo en no poder comprar una lechuza. Después de todo, él nunca había tenido dinero en toda su vida, hasta un mes atrás, así que le contó a Ron que había tenido que llevar la ropa vieja de Dudley y que nunca le hacían regalos de cumpleaños. Eso pareció animar a Ron.

-Me pensaba que lo decías para que no me sintiera mal -dijo Ron a Harry.

—... y hasta que Hagrid me lo contó, yo no tenía idea de que era mago, ni sabía nada de mis padres o Voldemort...

Ron bufó.

—¿Qué? —dijo Harry.

—Has pronunciado el nombre de Quien-tú-sabes —dijo Ron, tan conmocionado como impresionado—. Yo creí que tú, entre todas las personas...

—No estoy tratando de hacerme el valiente, ni nada por el estilo, al decir el nombre —dijo Harry—. Es que no sabía que no debía decirlo.

-Es que tienes que decir el nombre -dijo Will-. Al no decirlo solo le muestras respeto a ese bastardo hijo de puta.

Sally no dijo nada a Will, ya que pensaba lo mismo que él.

-Will tiene razón -dijo Ginny en voz baja-. No pasa nada por decir el nombre de V... Vo...

-Vamos, Ginny, tu puedes -dijo Harry cogiéndole la mano. Eso pareció infundirle valor a Ginny, ya que respiro profundamente y dijo:

-Voldemort.

-¡Ginevra! -exclamo Molly, como si Ginny hubiera pronunciado un terrible insulto. Pero fue acallada por los aplausos de Will, Emily, Sally, Remus, Sirius y Harry, quienes no paraban de felicitar a Ginny.

Cerca de media hora mas tarde, Molly pudo seguir leyendo.

¿Ves lo que te decía? Tengo muchísimas cosas que aprender... Seguro —añadió, diciendo por primera vez en voz alta algo que últimamente lo preocupaba mucho—, seguro que seré el peor de la clase.

-No eres el peor de la clase -dijo Hermione.

-Hermione tiene razón -dijo Neville-, el peor de la clase soy yo.

-Eso no es cierto, Neville. Tu eres muy bueno, solo que no confías en ti -dijo Hermione.

-Ademas, no hay nadie peor que Crabbe y Goyle -dijo Ron, haciendo reír a sus compañeros.

—No será así. Hay mucha gente que viene de familias muggles y aprende muy deprisa.

-Hermione, por ejemplo -dijo Ron, haciendo sonrojar a la chica.

Mientras conversaban, el tren había pasado por campos llenos de vacas y ovejas. Se quedaron mirando un rato, en silencio, el paisaje.

A eso de las doce y media se produjo un alboroto en el pasillo, y una mujer de cara sonriente, con hoyuelos, se asomó y les dijo:

—¿Queréis algo del carrito, guapos?

-Si fueran James y Sirius ya habrían arrasado el carrito -dijo Remus.

-Ya. Pero tu te comprabas todo lo que tenia chocolate -dijo Sirius, haciendo sonrojar al licántropo.

Harry, que no había desayunado, se levantó de un salto, pero las orejas de Ron se pusieron otra vez coloradas y murmuró que había llevado bocadillos. Harry salió al pasillo. Cuando vivía con los Dursley nunca había tenido dinero para comprarse golosinas y, puesto que tenía los bolsillos repletos de monedas de oro, plata y bronce, estaba listo para comprarse todas las barras de chocolate que pudiera llevar. Pero la mujer no tenía Mars.

En cambio, tenía Grageas Bertie Bott de Todos los Sabores, chicle, ranas de chocolate, empanada de calabaza, pasteles de caldero, varitas de regaliz y otra cantidad de cosas extrañas que Harry no había visto en su vida. Como no deseaba perderse nada, compró un poco de todo y pagó a la mujer once sickles de plata y siete knuts de bronce.

-Exactamente igual a James -dijeron Sirius y Remus.

Ron lo miraba asombrado, mientras Harry depositaba sus compras sobre un asiento vacío.

—Tenías hambre, ¿verdad?

—Muchísima —dijo Harry, dando un mordisco a una empanada de calabaza.

Ron había sacado un arrugado paquete, con cuatro bocadillos. Separó uno y dijo:

—Mi madre siempre se olvida de que no me gusta la carne en conserva.

-Pero si a ti te encanta -dijo Molly, confusa.

-Eso es a mi -dijo Charlie. Molly parecía completamente apenada por el error.

—Te la cambio por uno de éstos —dijo Harry, alcanzándole un pastel—. Sírvete...

—No te va a gustar, está seca —dijo Ron—. Ella no tiene mucho tiempo —añadió rápidamente—... Ya sabes, con nosotros cinco.

—Vamos, sírvete un pastel —dijo Harry, que nunca había tenido nada que compartir o, en realidad, nadie con quien compartir nada.

Era una agradable sensación, estar sentado allí con Ron, comiendo pasteles y dulces (los bocadillos habían quedado olvidados).

Harry y Ron se encogieron en su sitio al notar la mirada de Molly Weasley, sin embargo no dijo nada.

—¿Qué son éstos? —preguntó Harry a Ron, cogiendo un envase de ranas de chocolate—. No son ranas de verdad, ¿no?—Comenzaba a sentir que nada podía sorprenderlo.

-La primera vez que estas en el mundo mágico es así -dijo Sally sonriendo.

—No —dijo Ron—. Pero mira qué cromo tiene. A mí me falta Agripa.

—¿Qué?

—Oh, por supuesto, no debes saber... Las ranas de chocolate llevan cromos, ya sabes, para coleccionar, de brujas y magos famosos. Yo tengo como quinientos, pero no consigo ni a Agripa ni a Ptolomeo.

-Yo esos los tengo -dijo Will y los ojos de Ron se iluminaron-. Los que me faltan son Slytherin i Tilly Toke.

-Yo los tengo repetidos. Cuando quieras los cambiamos -dijo Ron y Will asintió entusiasmado. Parecían críos de ocho años en vez de chicos de catorce años.

Harry desenvolvió su rana de chocolate y sacó el cromo. En él estaba impreso el rostro de un hombre. Llevaba gafas de media luna, tenía una nariz larga y encorvada, cabello plateado suelto, barba y bigotes. Debajo de la foto estaba el nombre: Albus Dumbledore.

—¡Así que éste es Dumbledore! —dijo Harry.

—¡No me digas que nunca has oído hablar de Dumbledore!

-Dado que vivía con muggles, era un poco difícil -dijo Luna.

—dijo Ron—. ¿Puedo servirme una rana? Podría encontrar a Agripa... Gracias...

Harry dio la vuelta a la tarjeta y leyó:

Albus Dumbledore, actualmente director de Hogwarts. Considerado por casi todo el mundo como el más grande mago del tiempo presente, Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tenebroso Grindelwald

Nadie se dio cuenta de la mirada de tristeza que tenia Dumbledore.

en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón, y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Flamel. El profesor Dumbledore es aficionado a la música de cámara y a los bolos.

Harry dio la vuelta otra vez al cromo y vio, para su asombro, que el rostro de Dumbledore había desaparecido.

—¡Ya no está!

—Bueno, no iba a estar ahí todo el día —dijo Ron—. Ya volverá. Vaya, me ha salido otra vez Morgana y ya la tengo seis veces repetida... ¿No la quieres? Puedes empezar a coleccionarlos.

Los ojos de Ron se perdieron en las ranas de chocolate, que esperaban que las desenvolvieran.

-No eres muy disimulado, Ron -dijo Ginny.

—Sírvete —dijo Harry—. Pero oye, en el mundo de los muggles la gente se queda en las fotos.

—¿Eso hacen? Cómo, ¿no se mueven? —Ron estaba atónito—. ¡Qué raro!

-Lo que me faltaba. Que tu también sacaras esa obsesión con las cosas muggles, como tu padre -dijo Molly, mientras que Arthur observaba a su hijo con orgullo.

Harry miró asombrado, mientras Dumbledore regresaba al cromo y le dedicaba una sonrisita. Ron estaba más interesado en comer las ranas de chocolate que en buscar magos y brujas famosos,

-Como Sirius/Black -dijeron Remus y Sally.

-Como Will -dijo esta vez Emily.

Hijo y padre estaban igual de rojos.

pero Harry no podía apartar la vista de ellos. Muy pronto tuvo no sólo a Dumbledore y Morgana, sino también a Ramón Llull, al rey Salomón, Circe, Paracelso y Merlín. Hasta que finalmente apartó la vista de la druida Cliodna, que se rascaba la nariz, para abrir una bolsa de grageas de todos los sabores.

—Tienes que tener cuidado con ésas —lo previno Ron—. Cuando dice «todos los sabores», es eso lo que quiere decir. Ya sabes, tienes todos los comunes, como chocolate, menta y naranja, pero también puedes encontrar espinacas, hígado y callos. George dice que una vez encontró una con sabor a duende.

Bill, Charlie, Percy y Ginny se miraron. Creían saber de donde venia cierta parte del sentimiento de ser menos que los demás de Ron.

Ron eligió una verde, la observó con cuidado y mordió un pedacito.

—Puaj... ¿Ves? Coles.

Pasaron un buen rato comiendo las grageas de todos los sabores. Harry encontró tostadas, coco, judías cocidas, fresa, curry, hierbas, café, sardinas y fue lo bastante valiente para morder la punta de una gris, que Ron no quiso tocar y resultó ser pimienta.

-No soporto las de pimienta -dijo Will, estremeciéndose.

-¿Que paso con las de pimienta? -preguntó Tonks.

-Resulta que retaron a Will a comerse diez grageas de pimienta a la vez, y el muy idiota acepto.

-No pase peor noche en mi vida -dijo Will, mientras los demás se reían.

En aquel momento, el paisaje que se veía por la ventanilla se hacía más agreste.

Habían desaparecido los campos cultivados y aparecían bosques, ríos serpenteantes y colinas de color verde oscuro.

Se oyó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró el muchacho de cara redonda que Harry había visto al pasar por el andén nueve y tres cuartos. Parecía muy afligido.

—Perdón —dijo—. ¿Por casualidad no habréis visto un sapo?

-Solo Neville -dijeron Harry, Ron, Hermione y Ginny con cariño, mientras que el chico los miraba tímidamente.

Cuando los dos negaron con la cabeza, gimió.

—¡La he perdido! ¡Se me escapa todo el tiempo!

—Ya aparecerá —dijo Harry.

—Sí —dijo el muchacho apesadumbrado—. Bueno, si la veis...

Se fue.

—No sé por qué está tan triste —comentó Ron—. Si yo hubiera traído un sapo lo habría perdido lo más rápidamente posible.

Aunque en realidad he traído a Scabbers, así que no puedo hablar.

-Definitivamente no puedo hablar -dijo Ron.

La rata seguía durmiendo en las rodillas de Ron.

—Podría estar muerta y no notarías la diferencia

-Ojala estuviera muerta -dijo Sirius con odio impregnado en su voz.

—dijo Ron con disgusto—. Ayer traté de volverla amarilla para hacerla más interesante, pero el hechizo no funcionó. Te lo voy a enseñar, mira...

Revolvió en su baúl y sacó una varita muy gastada. En algunas partes estaba astillada y, en la punta, brillaba algo blanco.

Los Weasley estaban completamente rojos por la vergüenza, pero nadie dijo nada.

—Los pelos de unicornio casi se salen. De todos modos...

Acababa de coger la varita cuando la puerta del compartimiento se abrió otra vez.

Había regresado el chico del sapo, pero llevaba a una niña con él. La muchacha ya llevaba la túnica de Hogwarts.

—¿Alguien ha visto un sapo? Neville perdió uno —dijo. Tenía voz de mandona, mucho pelo color castaño y los dientes de delante bastante largos.

Hermione golpeo a Harry en el hombro.

-¿Voz mandona? Yo no tengo la voz mandona -dijo Hermione, ofendida.

-Si la tienes -dijeron Harry y Ron a la vez.

La chica los miro ofendida, antes de acurrucarse en su sitio.

—Ya le hemos dicho que no —dijo Ron, pero la niña no lo escuchaba. Estaba mirando la varita que tenía en la mano.

—Oh, ¿estás haciendo magia? Entonces vamos a verlo.

Se sentó. Ron pareció desconcertado.

—Eh... de acuerdo. —Se aclaró la garganta—. «Rayo de sol, margaritas, volved amarilla a esta tonta ratita.»

Las risas no se hicieron esperar.

Agitó la varita, pero no sucedió nada. Scabbers siguió durmiendo, tan gris como siempre.

—¿Estás seguro de que es el hechizo apropiado? —preguntó la niña—. Bueno, no es muy efectivo, ¿no? Yo probé unos pocos sencillos, sólo para practicar, y funcionaron. Nadie en mi familia es mago, fue toda una sorpresa cuando recibí mi carta, pero también estaba muy contenta, por supuesto, ya que ésta es la mejor escuela de magia, por lo que sé. Ya me he aprendido todos los libros de memoria, desde luego, espero que eso sea suficiente... Yo soy Hermione Granger. ¿Y vosotros quiénes sois?

Dijo todo aquello muy rápidamente.

-¿En serio? -preguntó Will, mientras que Harry y Ron asentían y Hermione se sonrojaba.

Harry miró a Ron y se calmó al ver en su rostro aturdido que él tampoco se había aprendido todos los libros de memoria.

-Eso ni lo hacía Lily -dijo Sally, sorprendida.

—Yo soy Ron Weasley —murmuró Ron.

—Harry Potter —dijo Harry.

—¿Eres tú realmente? —dijo Hermione—. Lo sé todo sobre ti, por supuesto, conseguí unos pocos libros extra para prepararme más y tú figuras en Historia de la magia moderna, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX.

—¿Estoy yo? —dijo Harry, sintiéndose mareado.

-Y esos son los libros históricos, porque Ginny creo que tiene toda la colección de cuentos infantiles de Harry Potter -dijo Ron. Ginny fulmino a Ron con la mirada.

-¡Cállate, Ronald! -grito completamente roja. Algo que hizo que Harry sonriera.

—Dios mío, no lo sabes. Yo en tu lugar habría buscado todo lo que pudiera —dijo Hermione—. ¿Sabéis a qué casa vais a ir? Estuve preguntando por ahí y espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas. Oí que Dumbledore estuvo allí, pero supongo que Ravenclaw no será tan mala... De todos modos, es mejor que sigamos buscando el sapo de Neville. Y vosotros dos deberíais cambiaros ya, vamos a llegar pronto.

Y se marchó, llevándose al chico sin sapo.

—Cualquiera que sea la casa que me toque, espero que ella no esté —dijo Ron.

Hermione golpeo a Ron en el hombro con fuerza.

Arrojó su varita al baúl—. Qué hechizo más estúpido, me lo dijo George. Seguro que era falso.

—¿En qué casa están tus hermanos? —preguntó Harry

—Gryffindor —dijo Ron. Otra vez parecía deprimido—. Mamá y papá también estuvieron allí. No sé qué van a decir si yo no estoy. No creo que Ravenclaw sea tan mala, pero imagina si me ponen en Slytherin.

—¿Esa es la casa en la que Vol... quiero decir Quien-tú-sabes... estaba?

—Ajá —dijo Ron. Se echó hacia atrás en el asiento, con aspecto abrumado.

—¿Sabes? Me parece que las puntas de los bigotes de Scabbers están un poco más claras —dijo Harry, tratando de apartar la mente de Ron del tema de las casas—. Y, a propósito, ¿qué hacen ahora tus hermanos mayores?

Harry se preguntaba qué hacía un mago, una vez que terminaba el colegio.

—Charlie está en Rumania, estudiando dragones,

-Guay -dijo Sirius.

-Mami, ¿puedo...

-No vas a trabajar con dragones, William -dijo Sally.

y Bill está en África, ocupándose de asuntos para Gringotts —explicó Ron—. ¿Te enteraste de lo que pasó en Gringotts? Salió en El Profeta, pero no creo que las casas de los muggles lo reciban: trataron de robar en una cámara de alta seguridad.

-¿Que? -exclamaron Bill, Charlie, Sirius, Sally, Emily y Will a la vez.

Harry se sorprendió.

Igual que los anteriores mencionados.

—¿De verdad? ¿Y qué les ha sucedido?

—Nada, por eso son noticias tan importantes. No los han atrapado. Mi padre dice que tiene que haber un poderoso mago tenebroso para entrar en Gringotts, pero lo que es raro es que parece que no se llevaron nada. Por supuesto, todos se asustan cuando sucede algo así, ante la posibilidad de que Quien-tú-sabes esté detrás de ello.

"Estaba detrás de ello" pensó el trío.

Harry repasó las noticias en su cabeza. Había comenzado a sentir una punzada de miedo cada vez que mencionaba a Quien-tú-sabes.

Suponía que aquello era una parte de entrar en el mundo mágico, pero era mucho más agradable poder decir «Voldemort» sin preocuparse.

Dumbledore, Sirius, Sally, Alastor, Remus, Will, Emily y Ginny (esta en menor grado) asintieron de acuerdo con Harry. El resto negaba incrédulo.

—¿Cuál es tu equipo de quidditch? —preguntó Ron.

—Eh... no conozco ninguno —confesó Harry.

—¿Cómo? —Ron pareció atónito—. Oh, ya verás, es el mejor juego del mundo...

—Y se dedicó a explicarle todo sobre las cuatro pelotas y las posiciones de los siete jugadores, describiendo famosas jugadas que había visto con sus hermanos y la escoba que le gustaría comprar si tuviera el dinero. Le estaba explicando los mejores puntos del juego, cuando otra vez se abrió la puerta del compartimiento, pero esta vez no era Neville, el chico sin sapo, ni Hermione Granger.

-Que no sea quien pienso -dijo Bill.

Entraron tres muchachos, y Harry reconoció de inmediato al del medio: era el chico pálido de la tienda de túnicas de Madame Malkin.

-Mierda -dijo Bill.

Miraba a Harry con mucho más interés que el que había demostrado en el callejón Diagon.

—¿Es verdad? —preguntó—. Por todo el tren están diciendo que Harry Potter está en este compartimento. Así que eres tú, ¿no?

—Sí —respondió Harry. Observó a los otros muchachos. Ambos eran corpulentos y parecían muy vulgares.

Situados a ambos lados del chico pálido, parecían guardaespaldas.

-Todo Malfoy necesita guardaespaldas -dijo Sirius.

—Oh, éste es Crabbe y éste Goyle —dijo el muchacho pálido con despreocupación, al darse cuenta de que Harry los miraba—. Y mi nombre es Malfoy, Draco Malfoy.

-Parece que mi querida prima sigue con la estúpida tradición de ponerle nombres de estrellas a los hijos -dijo Sirius. Se alegraba de que sus hijos tuvieran nombres normales, como William y Emily.

Ron dejó escapar una débil tos, que podía estar ocultando una risita. Draco (dragón) Malfoy lo miró.

—Te parece que mi nombre es divertido, ¿no? No necesito preguntarte quién eres. Mi padre me dijo que todos los Weasley son pelirrojos, con pecas y más hijos que los que pueden mantener.

Se volvió hacia Harry.

—Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Potter. No querrás hacerte amigo de los de la clase indebida. Yo puedo ayudarte en eso.

Extendió la mano, para estrechar la de Harry; pero Harry no la aceptó.

—Creo que puedo darme cuenta solo de cuáles son los indebidos, gracias —dijo con frialdad.

-Bien dicho -dijeron en la sala.

Draco Malfoy no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pálidas mejillas.

—Yo tendría cuidado, si fuera tú, Potter —dijo con calma—. A menos que seas un poco más amable, vas a ir por el mismo camino que tus padres. Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos. Tú sigue con gentuza como los Weasley y ese Hagrid y terminarás como ellos.

-Maldito crío -dijeron en la sala. Esperaron a que apareciera un cuadro de Malfoy, pero este no hizo acto de presencia.

Harry y Ron se levantaron al mismo tiempo. El rostro de Ron estaba tan rojo como su pelo.

—Repite eso —dijo.

—Oh, vais a pelear con nosotros, ¿eh? —se burló Malfoy.

—Si no os vais ahora mismo... —dijo Harry, con más valor que el que sentía, porque Crabbe y Goyle eran mucho más fuertes que él y Ron.

Ron asintió con Harry. Crabbe y Goyle parecían dos gorilas a los que habían enseñado a hablar (supuestamente, ya que nunca los habían escuchado).

—Pero nosotros no tenemos ganas de irnos, ¿no es cierto, muchachos? Nos hemos comido todo lo que llevábamos y vosotros parece que todavía tenéis algo.

Goyle se inclinó para coger una rana de chocolate del lado de Ron. El pelirrojo saltó hacia él, pero antes de que pudiera tocar a Goyle, el muchacho dejó escapar un aullido terrible.

Scabbers, la rata, colgaba del dedo de Goyle, con los agudos dientes clavados profundamente en sus nudillos.

-No me lo creo -dijo Sirius.

-Ni yo, y eso que estaba delante -dijo Harry.

Crabbe y Malfoy retrocedieron mientras Goyle agitaba la mano para desprenderse de la rata, gritando de dolor, hasta que, finalmente, Scabbers salió volando, chocó contra la ventanilla y los tres muchachos desaparecieron. Tal vez pensaron que había más ratas entre las golosinas, o quizás oyeron los pasos porque, un segundo más tarde, Hermione Granger volvió a entrar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, mirando las golosinas tiradas por el suelo y a Ron que cogía a Scabbers por la cola.

—Creo que se ha desmayado

-Estas ignorando a Hermione -dijo Molly, sorprendida.

—dijo Ron a Harry. Miró más de cerca a la rata—. No, no puedo creerlo, ya se ha vuelto a dormir.

Y era así.

—¿Conocías ya a Malfoy?

Harry le explicó el encuentro en el callejón Diagon.

—Oí hablar sobre su familia —dijo Ron en tono lúgubre—. Son algunos de los primeros que volvieron a nuestro lado después de que Quien-tú-sabes desapareció. Dijeron que los habían hechizado. Mi padre no se lo cree. Dice que el padre de Malfoy no necesita una excusa para pasarse al Lado Oscuro.

-Completamente cierto -dijo Arthur.

—Se volvió hacia Hermione—. ¿Podemos ayudarte en algo?

—Mejor que os apresuréis y os cambiéis de ropa. Acabo de ir a la locomotora, le pregunté al conductor y me dijo que ya casi estamos llegando. No os estaríais peleando, ¿verdad? ¡Os vais a meter en líos antes de que lleguemos!

Scabbers se estuvo peleando, no nosotros —dijo Ron, mirándola con rostro severo—. ¿Te importaría salir para que nos cambiemos?

-Me parece que a Hermione no le importara ver a Ron cambiándose de ropa -susurro Ginny a Harry. Este asintió.

—Muy bien... Vine aquí porque fuera están haciendo chiquilladas y corriendo por los pasillos —dijo Hermione en tono despectivo—. A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz?

Ron le lanzó una mirada de furia mientras ella salía. Harry miró por la ventanilla.

Estaba oscureciendo. Podía ver montañas y bosques, bajo un cielo de un profundo color púrpura. El tren parecía aminorar la marcha.

Él y Ron se quitaron las camisas y se pusieron las largas túnicas negras. La de Ron era un poco corta para él, y se le podían ver los pantalones de gimnasia.

Una voz retumbó en el tren.

—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.

El estómago de Harry se retorcía de nervios y Ron, podía verlo, estaba pálido debajo de sus pecas. Llenaron sus bolsillos con lo que quedaba de las golosinas

-Como James y Sirius -dijo Remus a Harry-. Antes de bajar a la estación, tu padre y este perro (mirada de odio de Sirius, mode on) se llenaban los bolsillos de golosinas, y después de cenar se las comían todas. Pero peor era Peter.

y se reunieron con el resto del grupo que llenaba los pasillos.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Harry se estremeció bajo el frío aire de la noche.

Entonces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y Harry oyó una voz conocida:

—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry?

La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas.

—Venid, seguidme... ¿Hay más de primer año? Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!

Resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un estrecho sendero.

-Siempre me he preguntado como Hagrid podía ir por ese sendero -dijo Sally.

Estaba tan oscuro que Harry pensó que debía de haber árboles muy tupidos a ambos lados. Nadie hablaba mucho. Neville, el chico que había perdido su sapo, lloriqueaba de vez en cuando.

-¿Es mi imaginación, o ese año me lo pase llorando? -preguntó Neville, sonrojado.

-Es tu imaginación -respondió el trío.

—En un segundo, tendréis la primera visión de Hogwarts —exclamó Hagrid por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.

Se produjo un fuerte ¡ooooooh!

El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. En la punta de una alta montaña, al otro lado, con sus ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torrecillas.

-Es increíble -dijeron Will y Emily.

—¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la orilla. Harry y Ron subieron a uno, seguidos por Neville y Hermione.

—¿Todos habéis subido? —continuó Hagrid, que tenía un bote para él solo—. ¡Venga! ¡ADELANTE!

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago,

que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía.

—¡Bajad las cabezas! —exclamó Hagrid, mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco. Todos agacharon la cabeza y los botecitos los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco.

Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon por entre las rocas y los guijarros.

—¡Eh, tú, el de allí! ¿Es éste tu sapo? —dijo Hagrid, mientras vigilaba los botes y la gente que bajaba de ellos.

—¡Trevor! —gritó Neville, muy contento, extendiendo las manos.

-¿Como pudo acabar el sapo desde Londres hasta Hogwarts? -preguntó Will.

-Ni idea -respondió Neville.

Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo.

Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.

—¿Estáis todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo?

Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.

-Es el final -dijo Molly, dejando el libro sobre la mesa.


Séptimo capitulo de esta historia.

Me parece que después del siguiente capitulo haré la conversación entre Sirius y Sally.

Se despide,

Grytherin18