El hombre que había entrado a la cabina parecía amenazador, con el sol por detrás y los ojos clavados en la figura de Makoto. ¿Por qué lo miraba con aquella intensidad? Sentía escalofríos pasear por su columna, ¿quién era aquel sujeto?

-Parece que ha habido una equivocación- pero siempre era así, aunque la situación se tornara tensa, hacía lo necesario para ablandar las cosas. Makoto era así, un pan de Dios en tierras áridas.

-¿Confusión?- el pelirrojo pasó sus radiantes ojos a la pequeña figura de Nagisa.

-Al parecer este pequeño se ha adentrado al navío sin saber a dónde nos dirigíamos.

Pero el chico tiburón era lo suficientemente inteligente como para dejarse llevar por la ternura de Makoto, él no era como los demás, torpes y sin sentido de la percepción, él era mejor que todas esas basuras. Aunque no podía negarse a sí mismo que sus nervios se tranquilizaban un poco al ver aquellos orbes verdes, le recordaban a algo que aún no estaba dispuesto a aceptar por completo.

Chasqueó la lengua con algo de fastidio y se dio la media vuelta para salir a cubierta.

-Si estás dispuesto a dar la cara por él…

-Lo estoy.

Nagisa se refugiaba detrás de la gran figura del otro, porque aunque fuese la inocencia encarnada, daba la impresión de ser un hombre grande y violento, como aquellos que rondaban en las afueras.

-Las aguas saladas no están hechas para pequeñas criaturas- sonrió con una mueca casi maliciosa, pero ninguno de los dos pudo verla- no pasará mucho antes de que caiga por la borda.

-Entonces, tendrán que tirarnos a los dos.

-¿Quién se supone que eres?- viró con fastidio para mirarlo nuevamente- ¿algún misionero cristiano en busca de la salvación de su alma?

-Mi nombre es Makoto- y aunque sus ojos seguían llenos de seriedad, alcanzó una mano hasta el otro por educación.

Los modales de una persona linda son irresistibles a cualquier monstruo.

-Rin- apretó su mano por un reflejo hipnótico que dominó su aparato nervioso en aquel momento.

-¡Ah!

Pero Nagisa había descubierto algo muy peculiar, y entonces los dientes de Rin ya no parecían del todo amenazadores, en verdad, ahora podía verlo como un hombre diferente, era un chico guapo a pesar de todo, con una tonalidad muy clara de piel y unos ojos impresionantemente radiantes, como reflejos de un sol moribundo; era precioso.

-¿Se dan cuenta de todo esto?- se paró en medio de los dos- los tres tenemos algo en común, tenemos nombres extraños, que no concuerdan con nuestras apariencias- soltó una pequeña risa- Rin podría ser de un país muy lejano- clavó la mirada en el chico que antes le había parecido una amenaza latente- ¿quién te puso ese nombre? ¿Eres como nosotros? ¿Fuiste abandonado? ¿Estás buscando a tu familia? ¿Cómo te hiciste los dientes así? ¿Te gusta roer piedras? Con esos dientes debes de ser muy popular entre los marineros.

Makoto podría jurar que, ahora, lo que Nagisa sentía por Rin era una admiración profunda y bien fundada en su dentadura, que aunque poseía la anormalidad de ser puntiaguda, le daba un toque de belleza extraña.

Rin volvió a chasquear la lengua y dio un paso hacia atrás. Volvió a darse la media vuelta, recuperó su porte iracundo y salió de la cabina sin decir nada más con palabras. Sólo Makoto pudo darse cuenta que aquella salida no había sido más que una desesperada línea de "no me interesa relacionarme con nadie" o era porque, ¿no debía?

-Quizá Rin es un chico tímido.

La Luna estaba llena, se reflejaba en las aguas tranquilas de un viaje peligroso y observaba en silencio la travesía de aquellos que seguían las marcas de un hombre que sólo deseaba volver a casa. Pero Odiseo había sido demasiado descuidado, protegido de Atenea, elegido por el rapsoda… ellos sólo eran un bonche de marineros con mentes entrecruzadas. El mundo había cambiado, ya no era el paisaje desconocido que los griegos pintaban, ahora era una mancha de hombres que codiciaban oro. Sin embargo, seguía escondiendo sus delicias en lo profundo, también sus horrores, claro, algo que los pequeños hombres ni siquiera podrían llegar a imaginarse.

-Quizá le avergüenza llamarse "Rin" o "Rin" sea un seudónimo y su verdadero nombre sea algo feo, como "Baba".

Sólo podían escuchar los sonidos del mar que guardaba secretos en sus más profundas aguas. Susurros de coral que chocaban con las maderas de una embarcación sin nombre conocido. No había nada, ni siquiera un delfín o un calamar gigante esperando a despedazarlos a todos; nada.

-Tal vez sea que no tiene amigos y le da miedo relacionarse con las personas. Pero debería hacernos caso, digo, somos los más decentes de todos los que estamos a bordo… y el capitán claro.

Todos bebían bajo cubierta, cantaban y bailaban al ritmo de canciones que habían pasado a la historia de generación en generación de marineros, esas que llegaban a cantar en las tabernas y luego las llevaban a poblar las mentes de otros marineros en otros barcos. El capitán había visto a Nagisa, por supuesto, pero los ojos de Makoto le habían hecho no decir nada. "Tachibana" había susurrado con resignación "te harás cargo" pero en su ambición no cabía el ser estricto, algo que a Rin no le había caído nada bien, pues esperaba que fuese comida de tiburones hambrientos.

-Quizá es porque su cabello es rojo… ¿sabías que las brujas tienen el cabello rojo?

Había decidido poner a Nagisa a trabajar con las velas, era pequeño y muy ágil, podría ser de gran ayuda, no como todos los demás, que eran muy toscos o muy grandes para hacer ese trabajo. Pero ya estaba pensando como si fuera el capitán, se rió de sí mismo.

Ambos estaban en la cubierta, recargados en el barandal de madera tallada, observando el mar, la luna y las constelaciones que predecían sus desventuras. Makoto no había querido "celebrar" con la tripulación. Toda su vida la había pasado limpiando orines de piratas ebrios y no quería volver a esos días, prefería escuchar el canto del viento a mar abierto y la palabrería del pequeño rubio que sólo revoloteaba de aquí para allá dentro de su cabeza. Pero su verdadera pasión era ver el reflejo de la Luna, el mar tranquilo, invitándolo a todo aquello que no conocía.

Sus ojos estaban puestos en el trazo blanco que dejaba la luna en las aguas azules cuando algo salpicó allí mismo. Abrió grande los ojos para fijarse nuevamente y con más atención, una pequeña cola había salpicado nuevamente pero sólo un poco, casi imperceptible.

-…pero cuando Rin se dé cuenta…

-¡¿Viste eso!?

Nagisa paró su plática por un instante y miró a donde Makoto señalaba, pero no había nada, sólo el agua tranquila y la sombra sin perturbar de lo inevitable.

-Yo no veo nada, ¿qué viste? ¿Un calamar gigante? ¿Una ballena?

-No, no, no- volvió a buscar con insistencia, pero no había nada por ningún lado- una cola, una pequeña cola de pescado, como de…

-¿Delfín?

-… Sirena.

Y ambos tragaron saliva para sus adentros. El avistamiento de una sirena sólo podría significar una cosa; que se adentraban a la inminente fatalidad.