La fatalidad no necesitaba invitación, nunca lo había hecho, simplemente se colaba por las pequeñas trazas de fortuna y felicidad para infestarlo todo; un brote de esperanza marchita, un falso señuelo. Eran cosas que Makoto había aprendido a lo largo de su desafortunada vida, y aun así, sus ojos tristes irradiaban con la misma intensidad de siempre, como el faro perdido del que se hablaba en aquellos perdidos escritos.
Oh si, tenía que ser, no podía ser otro, tenía que ser él.
Nagisa se había quedado callado por un instante, era verdad que la noche estaba demasiado calmada, daba la bienvenida a aquel esperado infortunio, y los demás, borrachos bajo cubierta, ni siquiera podían sentir el escalofrío que les había dejado el rastro de aquella palabra en la lengua. ¿Por qué temer a aquellas criaturas? Muchas veces Makoto había escuchado maravillas de ellas, que los marineros se encontraban con ellas en sus ratos desolados y se dejaban arrastrar… y jamás se les volvía a ver. Otros contaban cosas espantosas, que devoraban carne humana, que eran horribles criaturas que atraían a los monstruos marinos a los navíos para después destazarlos a todos. Homero decía que su melodiosa voz era lo que había llevado a muchos al desastre; fingían, fingían ser el alivio de un largo viaje para después saciar sus más bajos instintos.
Ah, sirenas, un pensamiento impuro por supuesto, maravilla de la naturaleza, castigo divino, guía de las malas decisiones, ¿qué más podría atraerle de aquel cuento sin final?
Tan sólo una pisca de lo que podría ser su destino entero, un fragmento de memoria, una pequeña luz en medio de la neblina que cubría su entero ser… tan sólo un poco…
-¡Makoto!- No sólo Nagisa estaba abrazado de su cintura intentando que no se aventara por la borda, sino también Rin estaba allí, sosteniendo a Nagisa de la misma manera.
¿Rin? ¡Rin!
Makoto tomó conciencia de lo que estaba haciendo y se hizo para atrás en un instante, haciendo que los demás cayeran junto con él. La madera crujió celosamente cuando los tres estuvieron en el suelo de cubierta.
-¿¡Pero qué diantres estás pensando?!- esa era la amable, melodiosa y cuidadosa voz de Rin timbrando en sus oídos- ¿¡Acaso perdiste el juicio!? ¡Podría haber tiburones en estas aguas!
Pero ya no había nada. Makoto miró de reojo a las aguas que le habían seducido a tirarse por la borda sin darse cuenta y admiró su normal tranquilidad; ya no había nada allí, ni rastro de lo que pudo ser.
-Parecía que habíamos visto algo- Nagisa miró a Rin con algo de preocupación- una cola o algo y entonces Mako ya no contestó, se quedó como hipnotizado, aunque traté de hablarle varias veces, lo único que hacía era balancearse hacia delante.
Rin había llegado justo a tiempo, se había cansado de los borrachos de ultramar y había decidido que un poco de aire no le caería nada mal, así que salió. Fue entonces cuando escuchó los gritos del pequeño polizón, luchando inútilmente por cargar a Makoto fuera del peligro. No tenía por qué ayudarles, ¿cierto?
-¿Qué tienes que decir a eso?- los ojos rojizos se clavaron en su alma- ni loco me hubiera lanzado a salvarte en estas aguas.
-¿Qué tienen de especial estas aguas?- como siempre, Makoto quería preguntar más, quería saber más de ese especio de memoria que había sido reemplazado, nuevamente, con imágenes mitológicas de explicaciones que no existían. Pero su garganta se hacía nudo y no decía más que lo que menos quería.
El pelirrojo suspiró pesadamente, paseó su lengua por sus afilados dientes y apuntó hacia el mar con descaro.
-El capitán nos ha metido en aguas infestadas de tiburones- se tronó el cuello con altanería.
-¿Cómo lo sabes?- Nagisa era más que un curioso en potencia.
-Porque lo sé.
Makoto volvió sus ojos al mar, ese espeso universo líquido que escondía los más grandes misterios, como su vida misma, estaba revolcado y se agitaba cada vez más, no parecía el mar que le había invitado a tirarse en él. ¿Tiburones? Ahora podía imaginar la trampa mortal en la que hubiera caído sin siquiera fijarse.
-Las sirenas los atraen- murmuró sin dirigirse a ellos.
-¿Sirenas?- Rin arqueó una ceja- ¿Cómo sabes eso?
Makoto le sonrió amablemente.
-Porque lo sé.
La mañana era muy ajetreada, iban y venían de aquí para allá cargando barriles llenos de asuntos de piratería mientras el capitán, encerrado en su cabina, descifraba los mapas y rayaba en las paredes para acoger la ruta que más le conviniera, sin embargo, tenía problemas graves. Las aguas que cruzaban estaban llenas de tiburones y eso era una buena señal, pero no había rastros del inicio de la ruta de Odiseo por ningún lado.
Makoto releía apaciblemente el libro que traía consigo, sentado en cubierta, con los pies colgando hacia el mar.
-No es recomendable que vuelvas a intentar saltar- Rin se acercó, dejó su cargamento a un lado y se sentó a un lado suyo.
-No lo haré- dejó de leer por un instante, por educación- Rin… tu- había algo acerca de él que no le terminaba de cuadrar.
-¿Si?
Y parecía que aquella mañana el pelirrojo estaba de buen humor, así que no habría manera en que pudiera desperdiciar eso.
-¿Por qué tus dientes son así? No es que… me moleste o algo… pero es peculiar.
Rin sonrió de oreja a oreja, había esperado esa pregunta desde la primera vez que se habían visto, pero Makoto no era el tipo de persona que preguntaba lo que quería preguntar a la primera impresión.
-Es extraño, lo sé.
-Bueno no… si…- se sonrojó de la vergüenza- si no quieres responder… no tienes que hacerlo.
-Es un buen día, ¿por qué no?- se pasó la lengua por los dientes, algo que pasaría a ser una de sus mañas más notables- cuando era pequeño, me golpeé con un coral.
-¡¿Te refieres a que te los rompiste todos?!- Abrió grande sus ojos verdes imaginando el dolor por el que pudo haber pasado un niño que terminaba rompiéndose todos los dientes contra una pared de coral.
-Yo, me críe en Alejandría…
Rin había sido un niño como ellos, en realidad, no recordaba de dónde venía, ni que había hecho antes, pero cuando se dio cuenta, ya estaba allí, en Alejandría, la ciudad mítica y señorial en donde las historias de Alejandro le harían un hueco en la cabeza. Tenía que ser grande, grande como el gran Alejandro. También estaba la Biblioteca, la historia que a todos los investigadores termina por volverlos locos, y Rin, siendo un niño con aspiraciones de grandeza, no tardó en hacerse un profundo investigador y recolector de todos los fragmentos que pudiera recuperar. Aquí y allá, había pasajes ocultos, de personas que habían logrado salvar aunque sea un pedazo de pergamino a medio chamuscar.
-El viejo fue siempre una gran ayuda…
No había sido adoptado, ni vendido, vagaba por las calles de Alejandría sin ton ni son, no había peligros que no pudiera afrontar, y sin embargo hubo siempre alguien que estuvo al pendiente de él, el viejo que solía contarle las historias y proponerle nuevos viajes de exploración.
-Dijo que donde estaba el faro…
Le había contado que donde yacía el perdido faro de Alejandría, encontraría un pedazo de profecía, algo que nadie más había visto, metido en una de las grietas; y claro que lo encontraría, porque Rin era un niño elegido por los dioses. Con los ojos centellantes y la sola idea de ser grande como nadie más, se aproximó a dónde había estado el faro, guiado solamente por su intuición, y las olas del mar lo envolvían hasta las rodillas. ¿Dónde estaba el maldito pergamino? Sus cabellos se mecían con violencia mientras el mar crecía poco a poco y la sal le picaba la piel. ¿Dónde dónde, qué roca, qué cavidad, en dónde buscar? ¿Sería posible que el viejo sólo estuviera jugando con su juvenil mente? ¡No era posible! ¡No podía jugar con él! ¡Si lo hiciera se las pagaría! Buscó entre la tormenta que le amenazaba las espaldas y por fin miró, entre las rocas, donde el mar le abría una pequeña ventana para que pudiera ver, una pequeña caja con incrustaciones verdes. ¡Sus ojos debían estarle jugando una broma! Pero no, estaba allí, una caja protegida por el Dios del Mar, una caja que el mismo Poseidón le estaba destinando.
Rin tomó la caja y la apretó contra su pecho, pero las olas le hacían imposible el escapar de aquella tormenta; se encontraba dentro, y no habría manera de que pudiera escapar, tendría que nadar por su vida y no estaba dispuesto a abandonar la caja… y todo se fragmentó en su joven mente, las olas, el agua, su incapacidad para respirar, la roca cubierta de coral con la que chocó y la sangre que le envolvía por completo.
-Después de eso, me encontraron en una red de pesca- se llevó uno de sus dedos a uno de sus colmillos- estas bellezas se afilaron con el tiempo, la comida y unas piedras.
-¿Y la caja?- lo que más había impresionado a Makoto de aquella historia, no había sido la caja, sino la facilidad con la que Rin se la había confiado.
-Oh, eso después… fue una carga que vendí a este pedazo de estiércol a cambio de un pedazo de botín- se refería al capitán.
Había encontrado a un hombre que bramaba sobre la ruta de Odiseo y todos a su alrededor huían espantados. Él sonrió hacia el destino, había encontrado la clave que le faltaba para todo aquel rompecabezas que le llevaría hacia la grandeza.
-Vaya- Makoto miró las aguas en las que no se reflejaba nada y sonrió con algo de tristeza. La vida de Rin estaba llena de aventuras y desgracias grandiosas, dignas de una epopeya, y sin embargo allí estaba él, que no tenía nada que ofrecer más que una memoria dañada y lagunas mentales de vez en cuando- ¿Por qué me has contado esa historia?
-Porque es la única historia feliz de mi infancia- se puso de pie para seguir con sus tareas- sin ese pedazo de pergamino, yo seguiría siendo un Don Nadie.- le estiró una mano para ayudarle a ponerse de pie.
Y entonces sus ojos se quedaron fijos en la encía del más grande, había allí…
-Mako…- cuando el otro se puso de pie, apuntó su dedo a lo que parecía ser- …alga.
-¿Eh?- hurgó en su propia boca y sacó lo que parecía ser un pequeño pedazo de alga.
-Pero, ¿de dónde…
-Pues yo, no lo sé- rió ante el suceso- debe ser porque soñé que estaba nadando, quizá comí algo de pescado que no estaba del todo limpio, no lo sé.
-…Pues yo creo…- comenzó a acercarse para mirar mejor.
¡HOMBRE AL AGUA!
Esa era la voz de Nagisa, desde arriba, avisaba a un lado de la embarcación. Makoto y Rin corrieron hacia el lugar y se sorprendieron al ver a un hombre inconsciente flotando arriba de un barril que se resbalaba poco a poco.
-¡Va a ahogarse!
Rin se quitó la camisa y se aventó al agua sin pensarlo si quiera, nadó con gran habilidad hasta llegar al cuerpo para salvarlo, o al menos, sacarlo del agua.
-¡No!- el capitán se asomó por la borda- ¡Salven el barril! ¡Quizá sea de vino tinto!
Todos le miraron de reojo y lanzaron cuerdas para que el pelirrojo pudiera amarrar, tanto el cuerpo como el barril. Nagisa corrió hacia donde habían puesto al hombre y le tomó los signos vitales. Claro, su padre era un mercader pero había aprendido miles de cosas interesantes con él.
-¡Esta vivo!- sus ojos reflejaron cierto tipo de alegría.
Comenzó a apretar el pecho de aquel hombre con fuerza para sacar todo el agua que pudiera haber tragado y hacerlo reaccionar. Makoto se quedó mirando la escena, no era un marinero como todos aquellos que estaban a bordo, era un muchacho como ellos, de cabellos azulados y vestimenta de noble.
-¿Podría ser que… podremos pedir recompensa por él?- el capitán analizaba el barril y su sorpresa al descubrir que estaba vacío, le puso de mal humor- Al menos recompensa por haberle salvado la vida.
El muchacho comenzó a toser, se puso de lado y agarró su estómago con fuerzas mientras abría los ojos de par en par.
-¡¿Dónde estoy!?- pero sus palabras se atragantaron en su garganta.
-No intentes hablar- Nagisa le dio unas palmadas en la espalda- acabas de salir del agua, no es recomendable tratar de incorporarte de una vez.
-Pero si… el barco… la explosión…- se le veía algo alterado, pero el sólo hecho de que Nagisa estuviera tan cerca, le reconfortaba de alguna manera sin procedencia.
-Después nos contarás bien todo, ¿sí?
Todos alrededor estaban boquiabiertos de la amabilidad con la que el rubio estaba manejando la situación. Su lindo rostro, la manera en que le rozaba con sus pequeñas manos. Parecía que en cualquier momento le saltarían encima de no haber sido porque el capitán los hizo a un lado.
-¡Perros sarnosos! ¡Vuelvan a sus mierdas!- se paró frente al que iba vestido de noble- tu… es mejor que lo llevemos a mi camarote- le indicó a Nagisa, quien no tuvo más remedio que acatar la orden.
A fin de cuentas, si allí estaba él, no habría manera de que pudiera extorsionarlo o algo por el estilo.
Cuando se hubieron llevado al hombre misterioso, Rin comenzó a secarse el cabello con la camisa que se había quitado y Makoto se quedó mirándolo extrañamente.
-Pensé que las aguas estaban infestadas de tiburones.
Rin se detuvo por unos instantes y sonrió de lado.
-A veces uno tiene suerte.
