-El duelo a medianoche -leyó Percy, frunciendo el ceño.

-¡Harry James Potter Evans!-gritó Sally.

-¡Ronald Bilius Weasley Prewett! -gritó, esta vez, Molly.

-¿Que significa esto? -exigieron las dos a la vez.

Ambos amigos se veían asustados.

-Fue culpa de Malfoy -dijeron ambos.

-Mejor empezamos a leer -dijo Dumbledore, deteniendo la pelea que se avecinaba.

Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara más que a Dudley,

-Fijo que habla de Malfoy -dijo Emily.

pero eso era antes de haber conocido a Draco Malfoy.

-Lo sabía.

-Nadie te lo a contradecido -dijo Will, con una sonrisa burlona.

Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de Slytherin la clase de Pociones,

-Fijo que les tocara compartir otra clase -dijo Will, Emily a su lado, asintió. Todos los demás se miraron. Era típico que las clases de vuelo las dieran Gryffindor y Slytherin juntos.

así que no tenía que encontrarse mucho con él. O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala común de Gryffindor; que los hizo protestar a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían el jueves... y Gryffindor y Slytherin aprenderían juntos.

Todos gruñeron.

—Perfecto —dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.

-No hiciste el ridiculo -dijo Ron.

-Además, eres el buscador de Gryffindor -añadió Remus.

Deseaba aprender a volar más que ninguna otra cosa.

—No sabes aún si vas a hacer un papelón —dijo razonablemente Ron—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.

La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicópteros pilotados por muggles.

Todos los que habían vivido con muggles se rieron de eso. Si Malfoy se hubiera acercado a los helicópteros, las aspas lo hubieran despedazado.

Pero no era el único: Por la forma de hablar de Seamus Finnigan, parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba. Hasta Ron

Ron enrojeció al acordarse de lo que le había contado a Harry.

podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi había chocado contra un planeador con la vieja escoba de Charlie.

Todos comenzaron a reír, mientras que a Ron se le ponían las orejas rojas por la vergüenza. Hermione, quien lo vio, no pudo evitar pensar que le parecía adorable.

Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol.

Harry y Neville hicieron una mueca al acordarse de aquella discusión.

Ron no podía ver qué tenía de excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar.

-Yo tampoco -dijo Sirius.

Harry había descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran. Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no se lo permitía. Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes, incluso con los dos pies en tierra.

-Lo siento, Neville -se disculpo Harry.

-No importa, tienes razón -dijo Neville.

Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del vuelo. Eso era algo que no se podía aprender de memoria en los libros, aunque lo había intentado.

En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el vuelo que había encontrado en un libro de la biblioteca,

-Como Lily -dijo Sally, acordándose de lo nerviosa que había estado la pelirroja ese día.

llamado Quidditch a través de los tiempos. Neville estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudará más tarde con su escoba, pero todos los demás se alegraron mucho cuando la lectura de Hermione fue interrumpida por la llegada del correo.

Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo que Malfoy ya había notado, por supuesto. La lechuza de Malfoy siempre le llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa satisfacción en la mesa de Slytherin. Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.

-¿Es una recordadora? -preguntó Ginny.

-Eso parece, aunque en verdad no sirve de nada -contestó Will-. Quiero decir, aunque la recordadora te diga que se te a olvidado algo, sino te dice el que no sirve de nada.

—¡Es una Recordadora! —explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado algo...

Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado,

-El gran defecto de las recordadoras -dijo Remus.

-Mi padre dice que es por culpa de los nargels -dijo Luna. Todos pasaron de preguntarles que eran los nargels.

cuando Draco Malfoy qué pasaba al lado de la mesa de Gryffindor; le quitó la Recordadora de las manos. Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy,

-Ni se os ocurra -gruñeron las dos madres de la sala.

pero la profesora McGonagall, que detectaba problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio, ya estaba allí.

Sally y Molly respiraron aliviadas.

—¿Qué sucede?

—Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.

Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa.

—Sólo la miraba —dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.

-No se puede ir sin sus guardaespaldas -gruñó Ron.

Aquella tarde, a las tres y media, Harry, Ron y los otros Gryffindors bajaron corriendo los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso.

-El día perfecto para volar -dijo Will.

La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.

Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte escobas, cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George Weasley quejarse de las escobas del colegio, diciendo que algunas comenzaban a vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia la izquierda.

-Dumby, ¿no podrías cambiarlas? -preguntó Sirius. Dumbledore pareció pensarlo un momento.

-Creo que seria lo mejor -dijo, finalmente, el director. Todos los amantes del quidditch comenzaron a festejar.

-¿Pueden ser Saetas de Fuego? -preguntó Ron.

-No nos llega el presupuesto -respondió Dumbledore.

-Además, Ron, imagínate darle Saetas de Fuego a chicos que no han volado en su vida. Se matarían en cinco minutos -apuntó Will.

Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.

-Tus descripciones son geniales, Cachorro -dijo Sirius, entre risas.

—Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.

Harry miró su escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja sobresalían formando ángulos extraños.

Todos los amantes del quidditch hicieron un gesto de dolor.

—Extended la mano derecha sobre la escoba —les indicó la señora Hooch— y decid «arriba».

—¡ARRIBA! —gritaron todos.

La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los pocos que lo consiguió. La de Hermione Granger no hizo más que rodar por el suelo y la de Neville no se movió en absoluto. «A lo mejor las escobas saben, como los caballos, cuándo tienes miedo», pensó Harry,

Percy tuvo que leer aquello de nuevo mentalmente, mientras que los demás. incluidos Dumbledore y Alastor, miraban a Harry asombrados.

-Sabes, Potter -habló Alastor-. Puede que tengas razón.

y había un temblor en la voz de Neville que indicaba, demasiado claramente, que deseaba mantener sus pies en la tierra.

Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy que lo había estado haciendo mal durante todos esos años.

-Si le ha enseñado su padre es normal que lo haga mal -dijo Remus con una sonrisa.

—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándos suavemente. Preparados... tres... dos...

Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato.

-Oh, no -gimió Sally. Si Neville había sacado el talento de vuelo de su padre estaba en problemas.

—¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Neville subía en línea recta, como el corcho de una botella...

Cuatro metros... seis metros... Harry le vio la cara pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear; deslizarse hacia un lado de la escoba y..

BUM...

Sally y Molly se habían puesto palidas. Luna, sin saber el motivo, cogió la mano de Neville.

Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba.

Su escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista.

La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.

—La muñeca fracturada

-Por suerte es solo la muñeca -dijo Sirius, quien había cogido la mano de Sally para tranquilizarla. Cuando esta se dio cuenta, se soltó de golpe, completamente roja.

—la oyó murmurar Harry—. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse.

Se volvió hacia el resto de la clase.

—No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.

Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.

Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a carcajadas.

-¿Pero que le pasa a ese tío? -preguntó Ginny furiosa. Neville era su mejor amigo y odiaba que la gente se burlara de él. Este le sonrío en agradecimiento, y Ginny le devolvió la sonrisa. Mientras, Harry y Luna tenían el ceño fruncido.

—¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?

Los otros Slytherins le hicieron coro.

—¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.

-Se nota que es una Gryffindor -dijo Sirius.

—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom?

-¡Neville es un gran tipo! -gritó Ginny. Harry notaba una sensación extraña en el estómago. "¿Serán celos?" se preguntó, pero al instante la descarto. Ginny era la hermana pequeña de su mejor amigo, como su hermana pequeña, no la veía de esa manera. No PODÍA verla de esa manera.

—dijo Pansy Parkinson, una chica de Slytherin de rostro duro. —Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.

—¡Mirad! —dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.

-Más vale que la dejes donde estaba, Malfoy -dijo Will en un susurró siniestro.

La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.

—Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry con calma.

-Bien hecho, Harry -dijo Sirius. Aunque a Sally no le gustaba que su ahijado se fuera peleando, se alegraba ver que defendía a sus amigos.

Todos dejaron de hablar para observarlos.

Malfoy sonrió con malignidad.

—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué os parece... en la copa de un árbol?

-Mal sitio -dijeron los adolescentes de la sala.

—¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba. No había mentido, sabía volar. Desde las ramas más altas de un roble lo llamó:

—¡Ven a buscarla, Potter!

Harry cogió su escoba.

-¡No! —gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.

Sirius gruñó. No le gustaba el comportamiento de Hermione, era la clase de persona que no tenía amigos. Pero entonces se acordó de que ella era la mejor amiga de Harry y Ron. ¿Como había pasado? si estaba claro que se detestaban.

Harry no le hizo caso. Le ardían las orejas. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso. Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.

-Es que era genial -dijo Ron.

Dirigió su escoba para enfrentarse a Malfoy en el aire. Éste lo miró asombrado.

—¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!

—Ah, ¿sí? —dijo Malfoy, tratando de burlarse, pero con tono preocupado.

Harry sabía, de alguna manera, lo que tenía que hacer. Se inclinó hacia delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó sobre Malfoy como una jabalina. Malfoy pudo apartarse justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo firme la escoba. Abajo, algunos aplaudían.

Lo mismo sucedía en la sala.

—Aquí no están Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry.

Parecía que Malfoy también lo había pensado.

—¡Atrápala si puedes, entonces! —gritó. Giró la bola de cristal hacia arriba

-Guardemos un minuto de silencio para la recordadora -dijo Will-. Porque es imposible que Harry la coja a tiempo sin matarse.

-Tu espera -dijo Ron. Will lo miró, confuso.

y bajó a tierra con su escoba. Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia abajo.

Al momento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída, persiguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mezclándose con los gritos de los que miraban. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la Recordadora a salvo.

-¡Imposible! -gritó Will, asombrado-. ¡Eso ha sido genial!

-¡Si! ¡Mi ahijado es es mejor! -exclamó Sirius, antes de empezar un baile improvisado y muy ridículo. Rápidamente se unieron Fred, George y Will.

—¡HARRY POTTER!

-Problemas -dijo Emily, mirando a Harry.

Su corazón latió más rápido que nunca. La profesora McGonagall corría hacia ellos. Se puso de pie, temblando.

—Nunca... en todo mis años en Hogwarts...

La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.

Sirius y Remus se miraron tranquilos. Sabían que McGonagall no estaba furiosa, sino asustada. Pero eso no salvaría a Harry de una buena bronca y castigo.

—¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...

—No fue culpa de él, profesora...

—Silencio, Parvati.

—Pero Malfoy..

—Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.

En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al castillo. Lo iban a expulsar; lo sabía.

-Tranquilo, Cachorro -dijo Sirius-. Solo sera un castigo.

-Sirius, eso ya ha pasado -dijo Harry, intentando ocultar la sonrisa, pero fallando de forma estrepitosa.

Quería decir algo para defenderse, pero no podía controlar su voz. La profesora McGonagall andaba muy rápido, sin siquiera mirarlo. Tenía que correr para alcanzarla. Esta vez sí que lo había hecho. No había durado ni dos semanas. En diez minutos estaría haciendo su maleta. ¿Qué dirían los Dursley cuando lo vieran llegar a la puerta de su casa? Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar. Abría puertas y andaba por los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante Dumbledore. Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el estómago al imaginarse observando a Ron y los otros convirtiéndose en magos, mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.

-¿Por que no eres así siempre? -preguntó George. Harry se encogió de hombros, mientras el resto reía.

La profesora McGonagall se detuvo ante un aula. Abrió la puerta y asomó la cabeza.

—Discúlpeme, profesor Flitwick. ¿Puedo llevarme a Wood un momento?

«¿Wood? —pensó Harry aterrado—. ¿Wood sería el encargado de aplicar los castigos físicos?»

-Harry -dijo Remus, quien no se creía que Harry pudiera pensar eso de McGonagall-, en Hogwarts jamas se aplican los castigos físicos.

-Lo sé, Remus -dijo Harry-. Pero he vivido toda la vida en una casa donde si hacia algo mal me pegaban.

Todos gruñeron al oír eso. Odiaban que Harry hubiera pasado por todo eso.

Pero Wood era sólo un muchacho corpulento de quinto año, que salió de la clase de Flitwick con aire confundido.

-Tiene ese aire siempre que no esta sobre una escoba -aclaró Fred.

—Seguidme los dos —dijo la profesora McGonagall. Avanzaron por el pasillo, Wood mirando a Harry con curiosidad.

—Aquí.

La profesora McGonagall señaló un aula en la que sólo estaba Peeves, ocupado en escribir groserías en la pizarra.

—¡Fuera, Peeves! —dijo con ira la profesora.

Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo. La profesora McGonagall cerró la puerta y se volvió para encararse con los muchachos.

—Potter, éste es Oliver Wood. Wood, te he encontrado un buscador.

-¿Así fue como entraste en el equipo? -preguntó Remus con la boca abierta. Harry asintió.

-McGonagall es la mejor -dijo Sirius con una sonrisa-. Lunático, tenemos que agradecérselo a Minnie.

Remus asintió.

La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite.

—¿Está segura, profesora?

—Totalmente —dijo la profesora con vigor—. Este chico tiene un talento natural. Nunca vi nada parecido. ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba, Potter?

-Si -respondió toda la sala.

Harry asintió con la cabeza en silencio. No tenía una explicación para lo que estaba sucediendo, pero le parecía que no lo iban a expulsar y comenzaba a sentirse más seguro.

-Claro que no te expulsaran -dijo Ginny con una sonrisa que el chico le devolvió.

—Atrapó esa cosa con la mano, después de un vuelo de quince metros —explicó la profesora a Wood—. Ni un rasguño. Charlie Weasley no lo habría hecho mejor.

-Tiene razón -dijo Charlie sonriendole a Harry.

Wood parecía pensar que todos sus sueños se habían hecho realidad.

—¿Alguna vez has visto un partido de quidditch, Potter? —preguntó excitado.

—Wood es el capitán del equipo de Gryffindor —aclaró la profesora McGonagall.

—Y tiene el cuerpo indicado para ser buscador —dijo Wood, paseando alrededor de Harry y observándolo con atención—. Ligero, veloz... Vamos a tener que darle una escoba decente, profesora, una Nimbus 2.000 o una Cleansweep 7.

-Claro que tiene que darle una escoba decente -dijo Sirius-. ¡Mi ahijado no puede ir con una birria de escoba!

—Hablaré con el profesor Dumbledore para ver si podemos suspender la regla del primer año.

-Normalmente no se haría, pero eso sería desaprovechar el talento de Harry -dijo Dumbledore.

Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el del año pasado. Fuimos aplastados por Slytherin en ese último partido. No pude mirar a la cara a Severus Snape en vanas semanas...

-¡No puede ser! -gritó Sirius-. ¡Gryffindor no puede perder contra Slytherin!

-Paso -dijo Fred, George a su lado asintió.

La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de sus gafas.

—Quiero oír que te entrenas mucho, Potter, o cambiaré de idea sobre tu castigo.

Luego, súbitamente, sonrió.

—Tu padre habría estado orgulloso —dijo—. Era un excelente jugador de quidditch.

-Era un gran cazador -dijo Sirius con una sonrisa. Remus y Sally asintieron con él.

—Es una broma.

Era la hora de la cena. Harry había terminado de contarle a Ron todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. Ron tenía un trozo de carne y pastel de riñón en el tenedor; pero se olvidó de llevárselo a la boca.

-Has conseguido lo imposible, que Ron deje de comer -dijo Ginny con asombro. Ron le dirigió una mirada envenenada, mientras que el resto de la sala se reía.

—¿Buscador? —dijo—. Pero los de primer año nunca... Serías el jugador más joven en...

—Un siglo —terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca. Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo dijo.

Ron estaba tan sorprendido e impresionado que se quedó mirándolo boquiabierto.

—Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene —dijo Harry—. Pero no se lo digas a nadie, Wood quiere mantenerlo en secreto.

-Fue un secreto... durante dos horas. Luego ya lo sabía todo el colegio -dijo Hermione.

Fred y George Weasley aparecieron en el comedor; vieron a Harry y se acercaron rápidamente.

—Bien hecho —dijo George en voz baja—. Wood nos lo contó. Nosotros también estamos en el equipo. Somos golpeadores.

-Como yo -dijeron Sirius y Will, antes de mirarse.

—Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de quidditch este curso —dijo Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno. Tienes que hacerlo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó.

-Un poco más y nos besa -dijo George riendo.

—Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo pasadizo secreto, fuera del colegio.

—Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gregory Smarmy, que nosotros encontramos en nuestra primera semana.

Sirius y Remus se miraron.

-Nos ganaron, Lunático, nos ganaron -dijo Sirius.

-Nosotros hasta finales de segundo no lo encontramos -explicó Remus. Fred y George se pusieron de pie y comenzaron a hacer reverencias.

Fred y George acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos visitantes mucho menos agradables. Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle.

—¿Comiendo la última cena, Potter? ¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles?

-En junio -respondió Harry.

—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry.

-Bien hecho, Harry -dijo Sirius.

Por supuesto que en Crabbe y Goyle no había nada que justificara el diminutivo, pero como la Mesa Alta estaba llena de profesores, no podían hacer más que crujir los nudillos y mirarlo con el ceño fruncido.

-Son más inteligentes de lo que me pensaba -dijo Emily.

—Nos veremos cuando quieras —dijo Malfoy—. Esta noche, si quieres. Un duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de duelos de magos, ¿verdad?

—Por supuesto que sí —dijo Ron,

-¡Ronald Weasley! -gritó Molly.

interviniendo—. Yo soy su segundo. ¿Cuál es el tuyo?

Malfoy miró a Crabbe y Goyle, valorándolos.

—Crabbe —respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.

-Pues tendremos que empezar a cerrarlo -dijo Dumbledore.

Cuando Malfoy se fue, Ron y Harry se miraron.

—¿Qué es un duelo de magos? —preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seas mi segundo?

—Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan —dijo Ron sin darle importancia. Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo que podéis hacer Malfoy y tú es mandaros chispas uno al otro. Ninguno sabe suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.

-Pues le a fallado la jugada. Harry es un Gryffindor -dijo Sirius con orgullo.

—¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?

-La tiras y le das un puñetazo en la nariz -sugirió Sirius.

-O mejor, le das una patada en la entrepierna -dijo Will.

—La tiras y le das un puñetazo en la nariz —le sugirió Ron.

-Sirius y Ronnie son iguales, Sirius y Ronnie son iguales -canturrearon los gemelos.

—Disculpad.

Los dos miraron. Era Hermione Granger.

—¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Ron.

-Lo siento -dijo Ron al instante, al ver la cara de dolor de Hermione.

Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry

—No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais diciendo...

—No esperaba otra cosa —murmuró Ron.

Molly negaba con la cabeza la actitud de su hijo. Ron parecía cada vez más avergonzado y Hermione cada vez más adolorida.

—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy egoísta de tu parte.

—Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.

—Adiós —añadió Ron.

Los dos chicos se disculparon con Hermione, mientras que el resto los miraba confusos. No entendía que ahora fueran amigos y antes se odiaran.

De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto final para el día.

-En serio -dijo Sally sarcásticamente, fulminando a Harry con la mirada.

Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean (Neville no había regresado de la enfermería).

Ginny, preocupada, le cogió la mano a Neville, mientras que Harry y Luna los veían con el ceño fruncido.

Ron había pasado toda la velada dándole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo». Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.

-Claro que no puedes perderla -dijo Will.

-Once y media —murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.

Se pusieron las batas, cogieron sus varitas y se lanzaron a través del dormitorio de la torre.

-Ha combatir con bata -Bill soltó una carcajada, siendo seguido por el resto. Harry y Ron estaban completamente rojos.

Bajaron la escalera de caracol y entraron en la sala común de Gryffindor. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato, cuando una voz habló desde un sillón cercano.

—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.

-Seguro que es Hermione -dijo Ginny.

Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ceñudo y una bata rosada.

—¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!

-¡Ronald! -gritó Molly.

—Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione—. Percy es el prefecto y puede deteneros.

-Tendrías que habérmelo dicho -dijo Percy, mirando a Hermione ceñudo. Esta solo bajo la mirada.

Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.

-¡Harry! -gritó Sally.

—Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por el agujero. Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.

-Perdona, Hermione -dijo Harry al instante.

-Te perdono -dijo Hermione tras unos segundos de incomodo silencio. Harry suspiró aliviado, e inconscientemente se acercó un poco más a Ginny. Sirius los miró, e hizo aparecer un pergamino, escribió rápidamente y se lo pasó a Remus y Sally.

Ginny es una pelirroja de armas tomar. ¿Cuando creéis que Harry se le declarara? Marcar la opción que creáis.

En la sala: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7

En los libros: 4, 5, 6, 7

Remus marcó el 3 y el 7; Sally el 1 y el 5 y Sirius el 2 y el 6.

-¿Habéis acabado con la conspiración? -preguntó Emily-. Porque quiero seguir leyendo.

—No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas

-¿Y te piensas que ellos si que quieren? -preguntó Sirius, mirando a Hermione mal.

-Sirius, déjala en paz -dijo Harry, saliendo en defensa de la persona a la que quería como a una hermana. Ron y Ginny no pudieron evitar fruncir el ceño.

y vosotros vais a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.

—Vete.

—Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...

Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retrocedido hasta el retrato de la Dama Gorda, para volver; y descubrió que la tela estaba vacía. La Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor.

-Merlín, no me acordaba que a veces le por daba salir por ahí -dijo Remus, preocupado. Los demás estaban iguales.

—¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.

—Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.

No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.

—Voy con vosotros —dijo.

—No lo harás.

—¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de deteneros, y vosotros me apoyaréis.

-Eso es chantaje en toda regla -dijo Will asombrado-. ¡Es genial!

—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.

—Callaos los dos —dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.

Era una especie de respiración.

—¿La Señora Norris?

-Espero que no -dijo Sally, que se había acercado a Sirius.

—resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.

No era la Señora Norris. Era Neville.

-¿Qué pasó? -preguntó Ginny preocupada, abrazando a su amigo. Este se ruborizo, y Luna frunció el ceño. Harry soltó un gruñido que solo Ginny pudo oír. Al principio lo miro sorprendida, pero luego sonrío.

Estaba enroscado en el suelo, medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.

—¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! Hace horas que estoy aquí. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.

-El hijo de Alice -susurró Sally.

—No hables tan alto, Neville. El santo y seña es «hocico de cerdo», pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.

—¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry.

-Alguien que se preocupa por Neville -dijo Luna, que quería saber como estaba Neville, a pesar de que apenas lo conocía, le tenía mucho cariño.

—Bien —contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto.

—Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio. Nos veremos más tarde...

—¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaléandose—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.

-Y ya son cuatro -dijo Fred.

-Esto mejora por momentos -añadió George.

Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Hermione y Neville.

—Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra vosotros.

-Ron, no amenaces a tus amigos -le riño Molly.

-Lo siento -dijo Ron.

Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara

-Gracias -dijo Hermione a Harry, dándose cuenta de que ese momento no era bueno para empezar una discusión.

y les hizo señas para que avanzaran.

Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos. Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado.

Alastor frunció el ceño. No le gustaba como sonaba eso. A Sirius, Remus, Bill y Charlie tampoco les gustaba.

Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes, vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si Malfoy aparecía de golpe. Los minutos pasaban.

Alastor seguía con el ceño fruncido, hasta que entendió lo que pasaba. Era un plan astuto, pero cobarde.

—Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Ron.

Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Malfoy.

—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.

Los demás, al entender que era una trampa de Malfoy comenzaron a insultarlo.

Era Filch, hablando con la Señora Norris.

Aterrorizado, Harry gesticuló salvajemente

-Y ahí Harry entra en modo líder -dijo Ron, divertido.

para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. Neville acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los trofeos.

-Justo a tiempo -dijo Emily.

—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se han escondido.

—¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura.

Todos gimieron. Solo ellos podían tener esa mala suerte.

Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.

—¡CORRED! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin darse la vuelta para ver si Filch los seguía.

-Bien -los alabo Alastor-. Si estas huyendo del enemigo lo peor que puedes hacer es mirar hacía atrás.

Pasaron por el quicio de la puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de dónde estaban o adónde iban.

Los bromistas se miraron. Si seguían corriendo a ciegas las posibidades de que los pillaran eran altas.

Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.

—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con dificultad.

—Te... lo... dije —añadió Hermione, apretándose el pecho—. Te... lo... dije.

—Tenemos que regresar a la torre Gryffindor —dijo Ron— lo más rápido posible.

—Malfoy te engañó —dijo Hermione a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.

Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.

-Harry -le dijo Hermione, intentando sonar enojada, pero se notaba a kilómetros que esta divertida.

—Vamos.

No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos, cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos. Era Peeves.

-El que faltaba -dijo Sally.

-Tranquila, si no le molestan no avisara a Filch, le odia -dijo Sirius, sonriendole a Sally. Esta le sonrío al principio, pero luego se acordó de que estaba enfadada con él y le dio la espalda. Sirius suspiró.

Los vio y dejó escapar un grito de alegría.

—Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.

Peeves cacareo.

—¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, os agarrarán del cuellecito.

—No, si no nos delatas, Peeves, por favor.

—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por vuestro bien, ya lo sabéis.

—Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves.

-¡NO! -gritaron Sirius, Remus, Fred y George-. La habéis hecho buena -dijo Remus.

Aquello fue un gran error.

—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!

Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.

-No -suspiró Will. Estaba claro que Harry tenía mucha mala suerte.

—¡Estamos listos! —gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la puerta—. ¡Esto es el final!

Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.

—Oh, muévete —ordenó Hermione. Cogió la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: ¡Alohomora!

-Genial -dijo la sala.

-Y con la varita de Harry -añadió Tonks-. Eso no puede hacerlo mucha gente.

-Cierto -corroboró Remus, sonriendole a Tonks, quien se ruborizo.

El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.

—¿Adónde han ido, Peeves? —decía Filch—. Rápido, dímelo.

—Di «por favor».

-Oh, si. Va hacer "eso" -dijo Fred con una sonrisa.

-¿"Eso"? -preguntó Charlie.

-Algo que le enseñamos Gred y yo -respondió George con otra sonrisa.

—No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.

—No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta vocecita.

—Muy bien... por favor.

—¡NADA! Ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por favor. ¡Ja, ja!

Todos en la sala comenzaron a reír.

-Muy buena -dijo Sirius con una sonrisa.

-Genial -dijo Will.

-Fabuloso -aportó Emily sonriendo a los gemelos. Estos le devolvieron la sonrisa, mas Fred le guiño un ojo. Emily se sonrojo, pero luego cambio su expresión a una de dolor y se quedó mirando el suelo. Fred se la quedo mirando, extrañado.

—Y oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.

—Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos vamos a escapar. ¡Suéltame, Neville! —Porque Neville le tiraba de la manga desde hacia un minuto—. ¿Qué pasa?

Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un momento, pensó que estaba en una pesadilla:

-No me gusta como suena eso -dijo Remus, mirando a su "sobrino" y a sus amigos con preocupación.

aquello era demasiado, después de todo lo que había sucedido. No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido.

Todos se inclinaron hacía delante. Querían saber porque el pasillo estaba prohibido. Harry, Ron, Hermione y Neville lo sabían, y no querían a volver a cruzarse con una bestia como ella.

Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo.

-¡QUE! -gritó toda la sala. Molly se apoyo en Arthur y comenzó a sollozar. Sally agarraba la mano de Sirus, mientras este la acariciaba el brazo y miraba a su ahijado con miedo. Remus y Tonks estaban cogidos de la mano. Al igual que Harry y Ginny, Ron y Hermione y Neville y Luna. El resto de hermanos Weasley miraba a Ron con horror.

Tenía tres cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos. Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos gruñidos eran inconfundibles.

Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.

-Bien pensado -dijeron en la sala.

-Aunque más o menos es igual -dijo Will para aliviar la tensión. Unas sonrisas tímidas aparecieron en la sala.

Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del monstruo.

Molly y Sally asintieron de acuerdo.

No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda en el séptimo piso.

—¿Dónde os habíais metido? —les preguntó, mirando sus rostros sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, colgando de sus hombros.

—No importa... Hocico de cerdo, hocico de cerdo —jadeó Harry, y el retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones. Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte, parecía que nunca más podría decir una palabra.

-Pobre -dijo Sally, mirándolo con cariño.

—¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio? —dijo finalmente Ron—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.

-Muy buena esa, Ronnie -dijeron los gemelos. Ron sonrío complacido por el alago, pero frunció el ceño ante el mote.

Hermione había recuperado el aliento y el mal carácter.

Hermione se sonrojo y se levantó para darle a Harry un golpe en la nuca.

—¿Es que no tenéis ojos en la cara? —dijo enfadada—. ¿No visteis lo que había debajo de él?

-Hermione, tenían un perro de tres cabezas delante, no iban a mirar el suelo -comentó Charlie a Hermione.

—¿El suelo? —sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas.

-Exactamente -dijo el pelirrojo de antes.

—No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está vigilando algo.

-Te referías a eso -dijo Charlie. Hermione rodó los ojos.

-Sí, Charlie. Me refería a eso.

Se puso de pie, mirándolos indignada.

—Espero que estéis satisfechos. Nos podía haber matado. O peor, expulsado.

-Creo que es peor que te maten, pero bueno -dijo Will.

-En esa época tenía que aclarar mis ideas -dijo Hermione.

Ahora, si no os importa, me voy a la cama.

Ron la contempló boquiabierto.

—No, no nos importa —dijo— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?

Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera ocultar... excepto tal vez Hogwarts.

Parecía que Harry había descubierto dónde estaba el paquetito arrugado de la cámara setecientos trece.

-Increíble -dijo Tonks-. Nunca se me habría ocurrido que el paquete estuviera en Hogwarts.

-Ni a mí tampoco, Tonks -dijo Alastor-. Esta claro que Potter tiene madera de auror.

-¿Auror? -preguntó Harry.

-Cazador de magos tenebrosos -explicó Neville, que parecía algo triste.

Todos esperaron a que Percy continuara leyendo, pero este, solo dejo el libro sobre la mesa, dando así, concluido el capítulo.


Hola gente,

decimoprimer capitulo de esta historia. Como podéis ver las parejas serán canons, a excepto la de Neville/Luna.

Harry ya empieza a sentir cosas por Ginny, pero tendrá que pasar por mucho antes de entender que esta enamorado de ella. Bueno nos veremos en el próximo capitulo. (Dios, con esto parece que sea una serie de televisión XD).

Se despide,

Grytherin18