CAPÍTULO DOS


Dios sabe que se casó ilusionada. Tal vez no amaba a su flamante marido, pero le tenía un gran afecto y confiaba en que con el tiempo formarían una familia bien avenida como la suya propia. Ella pondría su mayor empeño en lograrlo; además de que sus padres les habían proporcionado a ella y a su hermana Patricia los mejores maestros e institutrices para que cultivase todas aquellas cualidades que se esperaban en una joven casadera que aspirase a ser una buena esposa para un marido de clase social elevada. Piano, canto, bordado, tejido, cocina, etiqueta, idiomas, formación cultural y otras asignaturas más, completaban la exquisita preparación que las hermanas Blanco habían recibido en Madrid, París y México.

Pero en el matrimonio de Candy con Lord Leagan todo empezó a ir mal desde el mismo banquete nupcial posterior a la boda. Por alguna extraña razón Neal, su marido, estaba de un humor de perros. No bailó con ella más que el vals de apertura. Apenas la besó cuando lo indicó el sacerdote cuando fue bendecida su unión. Casi no probó bocado a pesar de que el delicioso cátering que se sirvió en la boda consistía en exquisiteces francesas elegidas por Candy pero aprobadas por él. Sonrió de mala gana a los invitados que se acercaban a felicitarles.

-Neal, ¿te encuentras bien?

-Oh, sí, querida. Sólo que no sé cómo decirte esto…

-¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?

-Pues sí. Lo siento, Candy… pero debemos partir a Inglaterra hoy mismo. Recibí un telegrama en el que me apremian a volver. Ya sabes, los negocios…

Parecía también asustado, y oteaba sin cesar hacia la puerta, como si temiera que alguien viniese a hacerle daño. Pero Candy no dijo nada. Cuando Terry Grandchester volvió tras desaparecer un rato del banquete y habló con Lord Leagan, Neal pareció calmarse un poco.

«Seguro es que los nervios por regresar a Londres lo tienen así»- pensó la chica.

La noche de bodas fue peor aun.

¿Qué puedes decir de pasar tu primera noche de casada con un marido que está completamente borracho y que lleva más encajes en la ropa de dormir que tú? En tal estado etílico se encontraba Neal que le fue imposible consumar el matrimonio.

Eso la decepcionó mucho, pero Candy hizo gala de su optimismo y pensó que tendrían toda la vida para resarcirse.

Pero empezó a preocuparse cuando tampoco la tocó en el viaje hacia Londres. Hicieron una parada de varias semanas en los cañaverales veracruzanos de Candy, ubicados junto a la majestuosa Hacienda Blanco en las afueras de un pintoresco pueblo entre Orizaba y Córdoba. En la hacienda, Neal dio instrucciones precisas al capataz acerca de la próxima zafra y entre Grandchester y él lo organizaron todo para que cuando volvieran en unos meses obtener más beneficios que nunca porque además se dieron a la labor de reestructurar la cadena de producción en el ingenio azucarero herencia de Patricia Blanco.

Lord Leagan también estaba preparando, con ayuda de la monja Gregoria -tía de las chicas- la boda entre Patricia y Felipe, adinerado socio suyo de la capital mexicana y de quien se rumoreaba era un sodomita contumaz. Se decía que incluso fue uno de "los 41": aquellos homosexuales que estaban en una fiesta, la mitad de ellos travestidos, cuando fueron detenidos en una redada policial en 1901 y condenados a un tiempo de trabajos forzados en Yucatán. Pero a las hermanas Blanco se les había negado todo y además la tía Gregoria no era tan complaciente con las chicas como lo fue el general Blanco, y sencillamente le impuso ese prometido a Patricia. Candy sintió pena por su hermana, pero poco pudo hacer, además de que su marido le había hablado maravillas del joven Felipe al contar con su amistad desde los tiempos en que asistieron a la universidad en Cambridge.

Curiosamente, mientras atendía los negocios Neal era un hombre distinto: inteligente, enérgico y hasta encantador. Eso es lo que a su mujer le atrajo de él, no el fantasma borracho con el que dormía cada noche en camas separadas. Aunque era la costumbre entre los matrimonios de clase alta, Candy había escuchado a algunas amigas suyas que a pesar de guardas las apariencias colocando las dos camas en el dormitorio, en realidad acaban durmiendo -y mucho más- con sus maridos en el mismo lecho.

-Candy querida, estoy agotado. Ya viste cuántos pendientes hay que atender en tus cañaverales y en el ingenio. Se nota que hacía falta un hombre por aquí.

-Lo entiendo, Neal, pero… es que ya hace un mes que nos casamos y…

La chica se había atrevido a besar a su esposo y acariciarle el pecho. Era firme y le añadía atractivo a su bien plantado marido. Pero él le quitó las manos de su pecho y las apartó con violencia y ¿asco?

-Quieta. No te portes como una cualquiera, Candy. Cuando yo tenga ganas iré a buscar lo mío que tú tienes. Por ahora cállate y sigue con tus bordados. ¿O quieres conocerme enfadado?

Ella se acostó y empezó a sollozar empañando sus hermosos ojos verdes. Su marido se mesó los inmaculados cabellos castaños de su cabeza y salió del dormitorio dando un portazo. A beber con Terrence, de seguro, pensó Candy. Ese maldito mujeriego que le estará presentando cientos de rameras para seguir coqueteándole a la mujer de su patrón. Porque Terry se le insinuaba a la mexicana un día sí y otro también pero ella no aceptaba sus avances.

Finalmente embarcaron en Veracruz rumbo a Southampton pero la flamante lady Leagan no estaba en absoluto contenta, a pesar de ser una recién casada y de los ánimos que Patricia intentó darle. Durante el trayecto Neal evitó a su mujer todo el tiempo con la excusa de estar planificando los movimientos que haría en sus negocios en cuanto llegaran a Londres, pero el señor Grandchester continuaba intentando granjearse los favores de la esposa de su socio sin demasiado éxito, aunque esta circunstancia le daba más ánimos para seguir luchando. ¿Le gustaban los retos, o había algo más?

Apenas llegaron a Southampton Lord Leagan se apresuró a dirigirse hacia Londres, disculpándose con su mujer por no darle tiempo a descansar del viaje debido a que algunos socios venidos de Sudáfrica e India lo esperaban en la capital del Támesis.

Cuando arribaron a Londres Neal dejó a su mujer a las puertas de un lujoso hotel y con la excusa de tener asuntos de negocios pendientes se marchó acompañado de Terrence, no sin antes saludar a los conocidos que se encontró en los alrededores del hotel y presentarles a su recién formada familia. Por lo menos tuvo el detalle de permitir que Patricia viniese con ellos para que Candy no se sintiera sola en Europa. Además Patri hablaba mucho mejor el inglés que su hermana mayor.

-Vamos de compras, hermanita. Neal me dio su tarjeta de visita y una lista de tiendas donde tiene crédito ilimitado. Ha escrito a todas y enviado los recados con un mozo para que nos atiendan cuando lleguemos. Verás qué lindos vestidos y sombreros estrenaremos gracias a mi maridito.

Al menos Neal era un hombre generoso. No todo maldad… todavía.

Compraron montones de ropa, zapatos, sombreros, ajuar de cama y comedor, tanto para el matrimonio Leagan como para el futuro hogar de Patricia; además de encargar mucho más vestidos para ambas mujeres. Candy estrenó un precioso vestido verde pastel y se modernizó el peinado para que su marido la viese bella y escotada en la cena. A ver si así se animaba a consumar el matrimonio.

En la mesa Neal comentó con entusiasmo lo complacido que estaba por el buen gusto de las hermanas, alabando su belleza y elegancia; pero no vio a su mujer con deseo, sino más bien examinando el género de la confección que llevaba puesta. Como si fuese un amigo al que estuviera evaluando la calidad de su ropa. Ni un gramo de lujuria. Decepcionante.

Pero todo el deseo que Neal no le brindaba, Terry se lo ofrecía con descaro. La estuvo mirando depredadoramente durante toda la cena, clavando sus ojos en la hermosa piel dorada de su escote. Lo que más fastidiaba a Candy es que su marido no hiciese nada al respecto, es como si le diera igual o, peor aún, como si estuviera de acuerdo en tan atrevido escrutinio visual por parte de aquel hombre. ¿Por qué?

Terminada la cena, las hermanas se excusaron con los caballeros, los dejaron hablando en la biblioteca y volvieron a sus habitaciones. Candy fue primero al dormitorio de su hermana para ayudarle a guardar en los baúles de viaje todo el ajuar de casa que se llevaría a México para su boda con Felipe y además se quedó un rato charlando con ella sobre sus impresiones del viaje.

Cuando Candy volvió a la recámara que iba a compartir con Neal se llevó una sorpresa al encontrarse a Terry en su propio dormitorio.

-¿Qué hace aquí, señor Grandchester?

-¿Usted qué cree, milady? No podría dormir sin despedirme como deseo… No después de verla tan increíblemente hermosa como esta noche.

Terry rodea como lobo hambriento a Candy, se complace en mirar descaradamente sus curvas y su escote. Ella siente cómo le clava la mirada y suda frío. Está confusa, asustada y hasta cierto punto... complacida. Su esposo jamás la había mirado así.

-Pero… ¿quién se cree usted, Grandchester? Le diré a mi marido que lo despida por su atrevimie…

No terminó de hablar. Terrence la envolvió en sus brazos y la besó con pasión. Ella, a pesar de la sorpresa, lo disfrutó. ¡Vaya que sí!

Grandchester era un conquistador experto, y ella estaba necesitada de cariño por la indiferencia de su marido. Así pues, Candy no pudo oponer resistencia los primeros segundos y Terry lo aprovechó para acariciarla y besarla con fruición. Sin que ella pudiese evitarlo apenas, comenzó a desabrocharle el vestido para acceder mejor a su piel.

-Me tienes loco, Candy. Romántica, lista y hermosa… Tu marido es un imbécil que no sabe lo afortunado que es. Yo te demostraré lo que un hombre apasionado puede ofrecer a una mujer.

La joven recupera un poco de cordura. La suficiente para coger un cepillo del tocador y con él golpear en el vientre al atrevido y echarlo de su habitación, no sin decirle que le contaría todo a su marido. Terrence sólo se echó a reír, como si no temiese la probable ira del marido de Lord Leagan. ¿Tan amigos eran como para perdonar que uno de ellos retoce con la mujer del otro?

Ella escuchó que su marido se encerraba de nuevo con Terry en la biblioteca y los escuchó hablar en voz alta, pero sin gritar. Al día siguiente, Neal dispuso que esa misma tarde partieran a sus posesiones en Escocia. Las odiaba, pero tenía que atender asuntos de negocios. No dijo nada sobre Terry, ni Candy se lo mencionó.

Sin embargo, el señor Grandchester pasó a despedirse de la pareja, acompañado por su una encantadora mujer a la que presentó como su esposa. La señora Susana Marlowe que acababa de volver de Nueva York de visitar a su familia. ¿Así que Terry estaba casado y aun se quería enredar con ella?

Candy hizo un enorme esfuerzo para soportar su indignación y saludó cortésmente a aquella distinguida mujer que la trató con igual distinción pero sin embargo la miraba con una especie de lástima, como si de compadeciera de ella por alguna razón desconocida.


Tras un viaje hacia el norte sin contratiempos, gracias al empeño de Lord Leagan por conseguir el mejor transporte disponible, los recién casados y Patricia se instalaron en la hermosa casa de campo que los Leagan poseían cerca de Perth. Los primeros días no paró de llover y Candy, temiendo resfriarse, ni siquiera se asomó a la ventana. De todas formas, poco había para ver: niebla y lluvia; y tenía bastante trabajo decorando la casa a su gusto y conociendo a los empleados de la misma.

La servidumbre era muy amable con Lady Leagan aunque no dejaban de mirar con curiosidad e interés su piel dorada y sus rasgos exóticos. Sin embargo, las mexicanas percibieron que a diferencia de la servidumbre y amistades londinenses de Neal, estas personas eran sinceramente cordiales con ellas y las trataban con verdadero respeto. Se entendieron muy bien con las doncellas y la cocinera, a pesar de que Lord Leagan les había dicho que por ser escocesas no serían de fácil trato. Estúpidos prejuicios raciales, pensaban las chicas.

Las damas inglesas que habían conocido en la capital no les agradaron porque estaban tan obsesionadas con conseguir la piel más blanca que jamás se exponían al sol, bebían vinagre y se maquillaban con polvos de arroz y mercurio. Les parecieron demasiado "catrinas" -estiradas, pedantes- y hasta hacían chistes entre ellas imitando sus ademanes afectados.

Por fin, un jueves alguien allá arriba cerró el grifo y la lluvia cesó. Candy vio la oportunidad de disfrutar del bellísimo panorama hacia las posesiones escocesas de su marido que ofrecía el elegante balcón de la casa. Colinas, campos verdes, cebada creciendo, animales pastando. Utilizó sus gemelos para la ópera a fin de observar de cerca el campo y los bellos detalles que ofrecía la naturaleza. El sol hacía lucir especialmente intenso el verde natural de la comarca, muy diferente al de los cañaverales de su familia, pero igual de majestuoso.

-Oh, qué maravillosas vistas. ¡Todo es tan verde! No sé por qué Neal odia este lugar, es mucho más hermoso que Londres y su aire repleto de hollín.

Oteando el horizonte con sus gemelos, a lo lejos vio bajar de una verde colina a cinco jinetes vestidos de escoceses, cuatro de ellos con gaitas, y todos vestidos kilt en el que dominaba el azul y ghillie shirts[1].

Un vigoroso y guapísimo rubio de penetrantes ojos azules, nada que ver con su delicado marido, era quien comandaba al grupo. Se veían sucios y cansados, pero cabalgaban sin perder un ápice de dignidad mostrando generosamente sus musculosas piernas gracias al kilt. Conforme se acercaban a la vereda que cruzaba las propiedades de Lord Leagan y servía de paso de servidumbre para todos los habitantes de la comarca, la curiosidad de lady Leagan iba en aumento, pues los jinetes eran sumamente atractivos.

-¿Quiénes son esos hombres, Mary? ¿Son trabajadores de mi marido?- preguntó Candy a una doncella de la casa nacida en el pueblo escocés próximo a la mansión de Lord Leagan.

-No, milady. Son hombres del clan Andrew-Campbell, la familia más acomodada de la región junto con la de Su Gracia Lord Leagan. Ese rubio que va a la vanguardia es William Albert, el patriarca del clan. Los otros son sus sobrinos y su hombre de confianza. No recuerdo bien sus nombres porque hace muchos años que viven en Edimburgo o en Londres, no estoy segura.

-¿Vendrán de cacería o excursión, Mary?- Candy preguntaba con un extraño entusiasmo que la abochornó pero que tampoco pudo evitar.

-No, mi señora. Laird[2] William Albert va cada año por estas fechas a un claro en el bosque para rendir homenaje tocando la gaita a su amada esposa Candice. La pobre mujer murió hace cinco años con su bebé en su vientre aun. A Laird William no se le ve el resto del año por aquí, dicen que no ha superado la pérdida y que por eso prefiere manejar sus negocios desde Londres o Edimburgo a la vez que se hace cargo de sus sobrinos porque son huérfanos y es el patriarca de su clan.

-Oh, Dios, ¡qué triste historia! ¡Pobre hombre!- dijo la mexicana, y miró a aquel imponente escocés con piedad, interés y casi deseo.

Y él le devolvió una intensa mirada azul que la traspasó. A partir de ese momento Candy estaba perdida: lo supo al instante.

.

CONTINUARÁ...


[1]Ghillie shirt: camisa tradicional escocesa que abrocha con cintas.

[2]Laird: Terrateniente escocés también poseedor –a veces- de una baronía. No equivale al Lord inglés.


Gracias por seguir esta pequeña historia (son siete capítulos) y por sus hermosos comentarios.