CAPÍTULO TRES

En cuanto ese hombre la miró, Candy supo que estaba perdida. Deseó con todo su corazón, por su propio bien, que lo contado por la pelirroja doncella escocesa fuera verdad y el hermoso rubio regresara a sus negocios fuera de la comarca lo antes posible para nunca más volver a verle. No es que ese hombre le haya desagradado, muy al contrario, le gustó en demasía y sintió miedo. Miedo de la avalancha de sensaciones desconocidas que experimentó al sentir su mirada azul clavada en sus ojos: una mezcla de temor, deseo carnal e impulso de salir corriendo a su encuentro.

Tuvo la certeza de que si se presentaba la ocasión de tener cerca a ese hombre tal vez no podría controlarse, lo que al tiempo acabó sucediendo causando terribles consecuencias en la chica.


Candy recuperó la compostura gracias a las sales que le hizo inhalar Dora e indicó al cochero que de nuevo reanudase la marcha a buen paso para llegar a tiempo al convento. Su última esperanza estaba en ese sitio y confiaba en que obtendría el apoyo necesitado en tan crítico momento. Pero nadie había preparado a Candy sobre la dureza de su tía la monja. Siempre había sido cariñosa con ella y su hermana, sobre todo desde que se quedaron huérfanas. Le escribió una carta contándole su desgracia y Gregoria la citó en su convento, pero no exactamente para apoyarla.

-Dios te bendiga, Cándida. Sé que te perdonaré, pero no ahora. Te has comportado como una ramera, has arruinado el compromiso de Patricia con Felipe, y esa era su última oportunidad para casarse. Tu marido es muy amigo suyo.

-Patricia no había decidido nada, tía...

¿Acaso esa monja no sabía de los rumores sobre las preferencias de Felipe lo hacían la peor opción matrimonial para la pequeña de las Blanco?

-Cierra la boca... Ahora entiendo todo... Felipe me estuvo esquivando las últimas semanas que lo hacía llamar para fijar la fecha de la boda y hace dos días vino a decirme que hoy parte a Portugal por negocios y que no volverá en muchos años. Todavía no tengo el valor de decírselo a tu hermana.

-Tía Gre… digo, Hermana Gregoria…

La monja ignoró a Candy y continuó con su discurso mirando hacia el enorme Cristo crucificado que presidía su despacho. Un Cristo que parecía hecho para inspirar miedo más que compasión. Candy pensó que quizás se hizo con ese propósito, ya que el convento tenía a su cargo un colegio de niñas -en donde estudiaron de pequeñas las Blanco- y una inclusa donde las madres solteras dejaban a sus recién nacidos para darlos en adopción. Candy llegó a tener horribles pesadillas en las que ese Cristo la aterrorizaba, porque de niña fue bastante revoltosa y visitó con demasiada frecuencia la oficina de la hermana Gregoria.

Después de unos angustiosos segundos en que la superiora pensaba qué hacer con su sobrina mayor, sentenció:

-Le diré a Dora que vuelva a tu casa para que prepare un veliz con tus artículos personales y lo traiga, porque allá no vuelves, al menos hasta que resuelvas tu problema. ¿O quieres seguir avergonzando a tu hermana y a tu padre, mi difunto hermano?

-No… pero no me he despedido de ella.

-Si regresas a la casa no querrás cumplir tu deber, por eso debes quedarte aquí, sin despedidas ni nada de eso.

-Pero…

-Pero nada. Más tarde escribirás a Patricia y ella se mantendrá callada. Dejarás a la criatura en el hospicio en cuanto nazca, y cuando te recuperes te irás a las misiones de Sonora. Con trabajo y oración podrás reflexionar sobre tu pecado y quizás alcances el perdón divino.

-Un hijo no es un pecado, tía…

-Pero las circunstancias en que lo engendraste sí. No me hagas hablar, Cándida, estamos en un sitio sagrado y no quiero soltar blasfemias.

-Tía, tenga piedad. Es mi bebé, le juro que fue engendrado con el amor más grande.

-Cierra la boca, infeliz pecadora. Y desde este momento ni soy la "tía" Gregoria ni tú eres Lady Candy Leagan. Soy la Madre Gregoria y tú la Hermana Clara. No nos conocemos de nada, ¿estamos?

Candy se echó a llorar desgarradoramente. La insensible superiora llamó con la campanilla a otras monjas que se llevaron a la chica a una celda y donde le indicaron que debía cambiarse su fino vestido inglés por el rudo hábito de novicia. Como una autómata Candy obedeció. Al menos la dejaron sola mientras se cambiaba de ropa y pudo escribir una breve carta para Patricia que entregó a Dora escondida en el paquete donde iba su vestido. En dicha epístola Candy explicaba a su hermana -omitiendo detalles- lo que había oído de Neal, su historia de amor con otro hombre que no era su marido y le pedía perdón por las actuales circunstancias ya que por las palabras que le diho la tía Gregoria también se sintió culpable de condenar a la soltería a su hermana.

Los días fueron pasando y aunque Candy había escrito de nuevo a su hermana varias veces no recibió correspondencia de Patricia. Al final, dejó de hacerlo, aunque se quedó con la duda de si Patricia siquiera había recibido sus cartas. Pero gracias a que estaba segura de la fidelidad de Dora tuvo la certeza de que al menos aquella primera carta que escribió a toda prisa sí fue entregada a su destinataria.

Por desgracia la hermana pequeña de Candy no pudo leer más que la primera carta porque fue enviada por su tía la monja a la hacienda azucarera de Veracruz, a la espera de que Gregoria le encontrase un pretendiente con la suficiente alcurnia pero que tuviera la tolerancia -o necesidad económica- de pasar por alto las máculas de las hermanas. Porque Patricia también disfrutó en su cuerpo la ardiente pasión escocesa gracias a un joven de la región, y el remordimiento la hizo confesárselo a su sacerdote; quien a su vez informó a la madre superiora al haberse erigido ella como la cabeza de la familia Blanco tras la muerte de su hermano y su cuñada.

Pasaron algunas semanas y poco a poco Candy se fue acostumbrando a la rutina conventual. Levantarse muy temprano a rezar, comer frugalmente, trabajar en diferentes tareas e irse a la cama antes del anochecer. Debido a su estado gestante, a Candy se le había asignado la tarea de bordar las casullas, estolas y otros accesorios para sacerdotes.

-No llore más hermana. Dios proveerá- una amable monja se apiadó de ella al oírla sollozar desesperadamente en un rincón del claustro.

-Lo siento, hermana- se disculpó Candy.

-Soy la hermana María, y sé por lo que está aquí. Yo no soy quien para cuestionar los asuntos familiares de nadie ni las decisiones de la madre superiora, pero me gustaría que supiera que su bebé estará en buenas manos. Soy la encargada de la inclusa.

Candy no contestaba nada, sólo miraba al vacío. Su vientre ya era notorio, estaba de casi seis meses, y el momento de entregar a su recién nacido se iba acercando cada vez más.

-Vamos, hermana. Le aseguro que su hijito será entregado a una buena familia. Cristiana y de buenas costumbres. Siempre averiguamos sobre los futuros padres antes de dar a los niños en adopción.

-¡Basta! ¿No ve que me duele? ¡Es mi bebé, no un perrito abandonado!

La hermana María se quedó de piedra, no era su intención hacerla sentir mal. Pero decir esas palabras había funcionado con otras mujeres que antes que Candy habían pasado una temporada en el convento hasta que su "problema" se hubiese solucionado y creyó, dada la evidente clase de Candy, que también con ella iba a funcionar la explicación.

-¿Quiere a ese bebé, cierto?- preguntó la monja encargada de la inclusa.

-Con toda mi alma, hermana María. Es lo único que me queda del gran amor que su padre y yo vivimos. Sé que lo que hice es pecado y que posiblemente me condene por ello, pero… no me arrepiento. Amo a Albert y lo amaré siempre.

La hermana María se conmovió con la firme y sincera declaración de Candy. Entendió que ese bebé realmente había sido engendrado con amor.

-Nunca había escuchado algo así. Quiero decir, las damas en su misma situación que han pasado por este convento sólo piensan en acabar pronto con su "problema" y seguir adelante.

-Supongo que ninguna de esas damas ha querido al padre de su hijo tanto como yo…

-Eso creo, hermana Clara. Pero hay que aceptar las pruebas que Dios nos envía, y ser fuertes. Le aseguro que me encargaré personalmente de encontrarle la mejor familia posible.

Candy perdió los estribos y gritó desesperada:

-¡Pero es que yo no quiero entregarlo en adopción! ¡Sólo quería que mi… la madre superiora me acogiera unos meses y me ayudase a irme lejos con mi bebé!

-Por supuesto, pero… ¿de qué iban a vivir? -dijo María mientras le pasaba a Candy la mano por el hombro para tranquilizarla- Seamos realistas: usted es una joven de clase pudiente, no tiene oficio alguno, como mucho sabrá tocar el piano y chapurrear algo de francés. ¿Cree que con un hijo sin padre alguna buena familia le confiaría la enseñanza de sus hijos?

-Buscaría otro trabajo. Saldríamos adelante… por favor… no me lo quiten...

-¿Quiere que le diga dónde terminan las mujeres como usted y sus hijos? Pidiendo caridad en las calles o viviendo en alguna mancebía donde la madre malvende sus favores carnales mientras el niño es señalado por todo el mundo por ser el hijo de una meretriz. ¿Es lo que quiere para su bebé? No sea egoísta, mujer, no le niegue a su bebé la oportunidad de criarse bajo el amparo de una familia sólida que le brinde un futuro decente.

Como respuesta, Candy se echó a llorar resignada a su destino.

Pero no contaba con que aquel hombre rubio e intensos ojos azules que vestía tartán del mismo color no se daría por vencido ante su partida.

Laird William Albert Andrew-Campbell estaba removiendo Roma con Santiago para encontrarla, y a la vez se encargaba de que el depravado Lord Leagan y su viperina hermana recibiesen su merecido. Candy era su mujer y su amor, sólo era cuestión de tiempo que también fuese su esposa.

CONTINUARÁ...


Con esos amigos-familia, para qué quiere uno enemigos, ¿verdad? En el próximo episodio aparece nuestro macho-man favorito: ¡Albert en persona! Ahora paso a contestar sus amables comentarios, en orden de llegada:

Gatita Andrew.- Gracias por tus comentarios, la verdad es que me pareció bonito ambientar la historia en esa época y con una Candy mexicana, why not? En cuanto a Neal, efectivamente está para que lo quemen en leña verde, al menos en esta historia.

Cielo Azul A.- Siento no haberte avisado con antelación, pero tuve un rato libre y me arranqué a publicar. Me alegro de que te esté gustando esta versión 2.0 de la historia que creé para ti. Porque sepan todas: Cielo Azul fue la primera destinataria del fic, y por ello aquí muchas cosas son azules. Sí, yo también la envidio ;)

JENNY.- ¡Me alegro de que te guste! Ya verás lo que viene, ¡se pondrá mejor!

Lupita.- Me siento honrada por tu comentario, y en cuanto a la paternidad del bebé de Candy... ¿pues quién va a ser? Pero esperemos a la continuación ;)

Carito Andrew.- Te agradezco tu apreciación hacia la historia :)

Black Cat 2010.- Jajajajaja, tuve un lapsus examinis, pero ya hice la corrección. ¿Dices que Neal es nauseabundo? ¡Pues a mí me encanta! Ya verás, tengo algo muy cachorrón para él, mi felino se lo merece. Aunque en este fic has dado en el clavo y efectivamente es julandrón, sin embargo, eso no es lo malo, sino otras cosas que hace. En cuanto al Gafitas, es tan tierno y comprensivo que ni se enojó, me espera pacientemente que actualice porque sabe que con él voy a hacer muchas travesuras en su fic ;)

Laila.- Pronto verás qué pasó cuando los rubios se encontraron en una situación más... propicia.

Maxima.- Sí, este Albert macho-man hasta a mí se me antoja. Ya verás más adelante ;)

Grau Grey.- Aquí tienes otro capítulo, iré lo más rápido que pueda, esperando que esta misma semana termine las correcciones; tengo un fic de Stear esperándome a ser continuado.

Fersita.- Gracias por tu comentario, se agradece la apreciación, aquí tienes otro episodio y pronto más :)