Hola a todos, estoy muy agradecida con la aceptación que está teniendo esta pequeña historia que es parte de mi debut en el campo de la escritura. Hoy les ofrezco un capítulo algo más extenso pero en el que traté de mantener el ritmo y la emoción, esperando que sea de su agrado.
CAPÍTULO 4
En su fría y oscura celda en el convento cada noche Candy recordaba el bello romance vivido en Escocia. Hermosos recuerdos que la ayudaban a vivir para su bebé, pero a la vez la mataban por dentro ante el panorama que se le presentaba y por todo lo que había perdido. Como muchas otras ocasiones en esas últimas semanas, recordó cómo había conocido al padre de su criatura y la forma en que su romance fue creciendo y madurando al mismo tiempo y con el mismo ímpetu que los campos de cebada escoceses.
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-Mmmm… ¿Qué es ese ruido, Neal?
Ambos estaban durmiendo en sus regias camas separadas, debían ser las ocho de la mañana. Ninguno tenía costumbre de madrugar. Y seguían durmiendo separados porque Neal aun no tocaba a su mujer. La pobre Candy estaba resignada, pero a la vez le preocupaban los rumores sobre el comportamiento de su esposo que había oído decir a los criados en la cocina.
-Maldición. Son unos gaiteros escoceses que seguro vienen de parte de los clanes de estas tierras para hacernos los honores y darnos la bienvenida- fue la ronca respuesta de Neal, aun más dormido que su mujer porque, como hacía con cierta frecuencia, había llegado de madrugada y bebido a su hogar. A juzgar por su querencia por el whisky, era lo único que apreciaba de Escocia: ese líquido ambarino que los nativos llamaban uisge-beatha en gaélico escocés.
-¿Y no podía ser más tarde?- Candy intentó taparse los oídos con las almohadas, pero fue inútil. Las gaitas resonaban con la misma potencia, como si estuvieran tocando en la mismísima alcoba.
-Lo mismo me pregunto, querida. Es una de las razones por las que odio tanto esta maldita tierra: la gente parece no funcionar como se espera. Levántate, vamos a prepararnos para recibirlos. Dile a tu hermana que también baje. Querrán saludar a la familia completa.
Candy se arregló rápidamente eligiendo un precioso vestido rosa regalo de su marido, y Patricia uno azul, ambos en tonos pastel que resaltaban su hermosa piel dorada mestiza. Bajaron las escaleras y se dirigieron a la entrada de la mansión, acompañadas por Neal, que como podía intentaba ocultar su disgusto tanto por haber sido levantado tan temprano, por la resaca que llevaba y por ver quién presidía al grupo de gaiteros. Era Laird William Albert Andrew-Campbell.
Lord Leagan siempre envidió secretamente al joven patriarca de los Andrew-Campbell. William Albert desde pequeño se distinguió por su belleza, valentía, inteligencia y bondad; mientras que el heredero del prestigioso Lord Robert Leagan era un niño llorón y caprichoso que no se ganaba el afecto de nadie. Además, en su adolescencia, Neal se sintió atraído por el bello mozo en que se estaba convirtiendo el futuro Laird William y el que éste no le hiciera el menor caso lo frustró mucho. Por eso estudió con ahínco para obtener las mejores notas e irse cuanto antes a Cambridge para tratar de olvidar al apuesto highlander.
Las hermanas Blanco pensaron que se encontrarían con un grupo de campesinos desarrapados, malolientes, borrachos y de aspecto desagradable, tal vez por los comentarios despectivos que el dandy Neal les había estado haciendo sobre la imagen y costumbres las gentes de la región. Pero lo que Candy y Patricia vieron rebasaba cualquier expectativa de "buenas vistas" que pudieran esperar.
Cuatro hermosos jóvenes vestidos con su traje de gala escocés, que Candy había oído llamar "Bonnie Prince Charlie" presidían la comitiva de gaiteros. El tartán azul de los Campbell se les veía endemoniadamente bien. Habían nacido para llevarlo puesto y lo portaban con un orgullo que realzaba su belleza y virilidad. En total eran doce hombres, ocho tocaban gaitas y los demás diversos instrumentos de percusión. Y todos estaban aseados y vestidos con su kilt, pero los más elegantes eran esos cuatro jóvenes pertenecientes a la familia del patriarca del clan.
La testosterona parecía flotar libremente en el aire para deleite de las hermanas Blanco y las doncellas de la casa.
«Definitivamente si alguien piensa que las faldas son sólo para mujeres u hombres afeminados es porque no ha visto a un escocés llevando puesto su kilt.»
Candy se reprendió mentalmente por tan atrevido pensamiento, y dio gracias al Altísimo por no ser tan blanca como las europeas, porque eso minimizaría el rubor que estaba quemando sus mejillas. Patricia simplemente se había quedado de piedra, pues a diferencia de Candy ella no había visto nunca antes a un escocés llevando kilt en todo su esplendor. Se había pasado el tiempo encerrada en la mansión preparando su ajuar para su próxima boda con Felipe. Se quedaron hipnotizadas disfrutando del maravilloso espectáculo de las gaitas y esos cuatro jóvenes tan agraciados que estaban en primera fila. Sobre todo Candy, porque el jefe del clan tocaba su gaita sin perder una nota, pero en vez de mirar hacia el instrumento musical dirigía su intensa mirada azul hacia ella.
Cuando los gaiteros terminaron de tocar Neal se acercó a Laird William para saludarlo primero a él por ser el Patriarca.
-¡Pero bueno, qué sorpresa! Hola, mi estimado William Albert, ¿cómo has estado? ¿Hace cuántos años que no nos veíamos? ¿Ocho, diez?
-Creo que más, Neal… todavía no eras Lord Leagan. La última vez que nos vimos estabas a punto de partir a Cambridge y tus padres se quedaron aquí.
La voz del rubio visitante era como un torrente de masculinidad. Modulada, profunda y un poco grave. A pesar de tener un sutil acento escocés era obvio que ese hombre había recibido una educación exquisita fuera de Escocia.
-Es verdad, William. Eso fue hace doce años, a fines de primavera. Yo tenía dieciséis años y tú casi dieciocho. Dios, sí que han pasado los años. Por cierto, siento mucho lo de tu esposa…
Albert hizo una mueca de tristeza, y cambió de tema con su anfitrión.
-Bueno, Neal, ¿en algún momento piensas presentarme a tu familia?- Hizo la pregunta por cortesía hacia las damas, pero también porque no deseaba entrar en detalles ante esa sabandija sobre lo acontecido con su mujer y porque estaba muy interesado en saber quién era la hermosa rubia y qué la unía a Lord Leagan.
-Oh, claro… perdona, William. Mira, esta preciosidad de mujercita es mi querida esposa, Cándida Blanco, pero todos la llamamos Candy por lo dulce y bella que es. Y esta hermosa criatura es Patricia, su hermana menor. Son de México, pertenecen a una muy buena familia y han estudiado en París y Madrid.
Albert se inclinó ante las damas y las saludó caballerosamente besándoles el dorso de la mano como indicaba el protocolo de la época. Los otros tres elegantes jóvenes que lo acompañaban hicieron lo mismo después que el Patriarca.
-A su pies, Lady Leagan. Soy Albert Andrew-Campbell, y estos son mis sobrinos Anthony, Archibald y Alistair. Pertenecemos al clan Campbell y poseo la mayoría de las tierras colindantes a las de Lord Leagan. Seguramente recuerda que nos ha visto a mí o alguno de mis sobrinos por aquí alguna vez, y esto es porque Lord Leagan ha tenido a bien aceptar una "servidumbre de paso" en su propiedad. Una servidumbre de paso es el derecho a que los demás residentes de la comarca transitemos por una vía que cruza por el medio el enorme predio de Neal y así evitamos rodear para llegar antes a nuestro destino. Hace unos días disfruté del mejor paseo de mi vida por dicho camino, señora.
¿Le está recordando delante de su marido que ya se habían visto antes? ¿Y por qué Neal no dice nada? Cualquier hombre con sangre en las venas habría respingado al conocer tal información, pero Lord Leagan permaneció impasible.
-Por cierto, siempre me ha parecido un muy interesante país el suyo, señoras. Espero conocerlo algún día, milady.
Mientras Laird William y lady Leagan conversaban, Alistair, el último sobrino que mencionó Albert, no dejaba de mirar a Patricia a través de sus gafas con un claro interés; algo que sus parientes notaron y apenas pudieron reprimir la risa.
-¿Cómo hiciste para encontrar una esposa tan bella, Neal?- preguntó Archibald, coqueto a pesar de estar recién casado con una guapa americana.
-Estuve en México por negocios, Archie. Actualmente es un país tranquilo que va progresando con rapidez, y en una fiesta ofrecida por la familia Blanco fui presentado ante estas bellísimas damiselas. Sólo porque no es legal la bigamia, si no, me habría casado con ambas. Puedo asegurarles que son realmente encantadoras.
-¿Entonces usted sigue soltera, señorita Patricia?- fue la entusiasta pregunta de Alistair que sorprendió a la chica, ruborizándola.
-Oh, lo siento por ti, Stear. Llegas tarde, Patricia está comprometida y se casará dentro de cuatro meses con un querido amigo mexicano. Así que por desgracia Patricia sólo está temporalmente con nosotros.
Neal disfrutó viendo la cara de decepción que puso Alistair, pero no le gustó nada ver que su cuñada parecía corresponder al interés del joven Andrew, ya que el jugoso trato comercial que tenía con los padres de su amigo Felipe dependía de la boda entre Patricia y el mexicano.
-¿Y qué negocios se pueden hacer en México, Neal?
-Ahora es un momento magnífico para invertir en los trenes, la minería o la industria textil, William; aunque estas queridas señoras pertenecen a una familia que hizo fortuna con la caña de azúcar. Mi mujer heredó unos extensos cañaverales y Patricia el ingenio azucarero que procesa la caña.
-Entiendo.
-Lo malo es que mi difunto suegro falleció antes de enseñarles la mínima noción del manejo de estos negocios… y es ahí donde estoy brindando mi ayuda desinteresada.
«Eso de desinteresada no te lo crees ni tú, Neal. Siempre has sido una rastrera serpiente inglesa.» pensó Albert, y no le faltaba razón.
-Espero que quieran acompañarnos a desayunar, William… no aceptaré que rechaces la invitación.
Al contrario de lo que su mujer pensaba, a Neal no le pasó inadvertido el gran interés manifestado por Laird William hacia Candy, así que maniobró rápido para utilizarlo en su beneficio. Ya no le interesaba William sino lo que él, a través de su esposa, podría darle. Algo que él jamás podría obtener por sus propios medios.
-Por supuesto, Neal. Será todo un honor compartir la mesa con ustedes.- fue la respuesta de Albert, aunque más bien iba dirigida, como su mirada, a lady Leagan.
Lady Leagan rápidamente ordenó que se preparase un delicioso desayuno para la familia y los cuatro principales Andrew-Campbell, y dispuso que en uno de los salones adyacentes se les sirviera a los demás gaiteros, trabajadores de las tierras de Albert.
Disfrutaron de un exquisito desayuno con toques mexicanos, como unos humeantes bollos dulces de maíz y chocolate caliente endulzado con miel traída de las colmenas veracruzanas de las Blanco. Los invitados se mostraron muy complacidos con los alimentos y los comieron con sumo gusto.
-Nosotros somos escoceses de varias generaciones, milady; pero hemos viajado por Europa e India debido a asuntos de negocios o estudios. Yo fui a Oxford, señora, y mis sobrinos siguen estudiando ahí- comentó Albert.
-¿Qué estudió en Oxford, Laird William?- preguntó Candy con sincero interés. Estaba realmente impresionada con la apostura del escocés.
-Medicina, milady. Lo dejé por un tiempo a raíz de lo de mi mujer... pero hace un par de años que ejerzo dos días a la semana, y sin aceptar sueldo alguno, en un dispensario médico de Edimburgo.
-¿De verdad? ¡Qué gesto más noble, Laird! En mi ciudad, Puebla, fui enfermera voluntaria en un hospicio, y me sentía muy feliz acompañando a esas pobres criaturas. Lo dejé cuando me comprometí con mi querido Lord Leagan.- Candy contó esta experiencia con nostalgia y tristeza.
Le encantaba su trabajo con los niños, pero la tía Gregoria y Neal señalaron que sería incorrecto socialmente que la mujer de un lord pasara varios días a la semana limpiando, curando y alimentando a niños menesterosos. Tal vez la dejarían asistir a alguna rifa o inauguración, pero nada más.
A Albert también le costaba dejar de mirar a la preciosa mexicana. Finalmente se cansó de luchar por evitarlo y se pasó el resto del desayuno lanzando miradas furtivas a la mujer de su vecino, el "bastardo tory" Lord Leagan.
Jamás había visto una mujer tan hermosa. Delicada piel que recordaba más a la fragante canela que a la leche, pelo rubio oscuro cuidadosamente peinado pero que dejaba caer algunos mechones traviesos y una preciosa cara rematada con dos bellísimas esmeraldas por ojos. Además, era de charla agradable, de nobles sentimientos, culta e inteligente. Para más inri tenía muy buenas hechuras de mujer. Curvas marcadas y sinuosas.
«Demasiada mujer para este sodomita»- pensó el escocés con desagrado.
Ese era uno de los secretos de Neal. Se rumoraba que siempre iba por ahí buscando compañía masculina joven, aunque obviamente su mujer no lo sabía. Pero Neal iba más allá y pronto se iba a descubrir hasta dónde.
Alistair y Patricia congeniaron enseguida. Hablaron de la Enciclopedia, de astronomía –el tema favorito de la chica- y de inventos y máquinas –el chico de gafas estaba a punto de terminar su carrera de ingeniería-. Patricia lamentó por primera vez el estar comprometida, pero Alistair no, porque se fijó la meta de que la chica rompiera ese compromiso para casarse con él. Se vio a sí mismo trabajando en el ingenio azucarero de la Patricia durante el día y disfrutando de su cuerpo en las noches.
El desayuno transcurrió demasiado rápido para el grupo, especialmente para esas dos parejas. Neal no decía nada, como siempre, ante el interés de un hombre hacia su mujer –en este caso, Albert-, pero es que ese era su plan: que el intercambio entre su Laird William y Candy fuera más allá del simple coqueteo.
Frank, el mayordomo de Lord Leagan, anunció la llegada de un familiar de Neal. Uno que ni el propio dueño de la casa soportaba a pesar de ser de la misma sangre. Tanto le odiaba que no le invitó a su boda.
-Lord Leagan, su hermana lady Elizabeth acaba de llegar.
-Oh, mi hermana, tú siempre tan… intempestiva.
Eliza había estado casada con un anciano Lord que murió al poco tiempo de la boda. No tuvieron hijos y los últimos años la viuda había dedicado su tiempo y energías a viajar por el mundo, coleccionar amantes y gastar la herencia de su difunto marido; por lo que la relación con su hermano era prácticamente nula para bien de los dos porque nunca se toleraron. La hermana de Neal era una mujer francamente insoportable.
-¿Es que no te alegras de verme, Neal? Hola, William. ¿Así que éstas son tu mujer y su hermana? Vaya, las hacía menos… bronceadas. En París no vi nada igual.
Además de caprichosa y grosera, racista. Candy y Patricia no dijeron nada, pero quisieron que la Tierra se las tragara. Albert y sus sobrinos se quedaron sorprendidos y Neal entró en su defensa rápidamente.
-Hermanita, ¿podrías guardarte tus comentarios? Mi mujer y su hermana son preciosas tal como son. Discúlpala, Candy, tú también, Patricia… mis padres la consintieron demasiado. Lo siento de verdad.
-No te preocupes, Neal. Ella es muy agradable. Estoy segura de que nos llevaremos muy bien.- Candy ante todo, educada.
-William, ¿vas a quedarte en Escocia? ¿Irás a la boda de la hija de los McLeod? ¿Querrías acompañarme a ella?- Elizabeth mostraba hacia el hermoso escocés más confianza de la que el decoro aconsejaba, pues ya no era una niña sino una mujer viuda al igual que el rubio. Y Candy, sin saber por qué, se enfadó mucho de ver a su cuñada aferrándose al brazo de Albert.
-Eh… bueno, desde que mi mujer se fue de este mundo no he ido a evento social alguno. Así que a este seguro que tampoco.- Albert trató de no ser cortante, pero la voz chillona de esa mujer era sumamente desagradable.
-Anda, vamos… Neal irá con su linda esposa, y además necesitamos que alguien sea la compañía de su hermanita y alguno de tus sobrinos podría hacerlo. ¡Di que sí!
-Anímate, Albert. Nosotros no nos quedaremos mucho tiempo aquí y me gustaría volver a vivir aquellos tiempos en que nos divertíamos en las fiestas escocesas.
-Está bien. Vendré ese día por tu hermana y saldremos en mis carruajes, Neal.
Y así, los caballeros escoceses se despidieron de la familia Leagan con el compromiso de asistir juntos a la boda que tendría lugar casi tres meses después de aquel encuentro en casa de Lord Neal.
Afortunadamente había sido un verano espléndido y el otoño daba todas las señales de ser igual de agradable, así que Candy, que no se llevaba bien con Elizabeth, pudo disfrutar de gratos paseos a caballo por las posesiones de su marido. Éste había partido a Londres por negocios pero volvería para la boda. Como sea, su esposa no le echaría de menos: ¿cómo puedes extrañar a alguien que pasa olímpicamente de ti cuando estás a solas con él?
En sus paseos Candy se había encontrado varias veces con Albert, quien le comentó que por asuntos agropecuarios en sus tierras había decidido retrasar su marcha de la comarca. Aunque en realidad se quedó por ella.
Disfrutaba charlando brevemente con lady Leagan, observándola en la distancia o viéndola ponerse nerviosa cada vez que sus ojos azules se posaban en las esmeraldas de la chica. Pero su contacto no había ido más allá de los socialmente aceptados por el protocolo de la época.
Una soleada mañana en que la mexicana paseaba montada en su corcel por los alrededores de la mansión descubrió un precioso lago azul y se acercó para contemplarlo mejor. Pero la vista que iba a disfrutar era perturbadoramente hermosa. Ahí en la orilla del lago estaba él, Albert. Tocando con su gaita alguna triste melodía quizás en recuerdo a su difunta esposa. Candy lo contempló arrobada, apenas mantuvo la cordura suficiente como para esconderse tras un árbol y observar con deleite de tan maravillosas vistas.
Ese hombre era hermoso y demasiado masculino. Su cabello dorado reflejaba la luz del sol como si resplandeciera por sí mismo. El ancho torso y los musculosos brazos se adivinaban bajo esa ghillie shirt. Candy se ruborizó preguntándose si era cierta la leyenda de que bajo el kilt un escocés no llevaba nada, y una deliciosa humedad la estremeció en su interior.
Como si ese hombre le hubiera leído la mente, dejó de tocar y depositó con cuidado su gaita en el césped para comenzar a desvestirse y tomar un baño en el lago. Primero se despojó de la camisa dejando al aire su hermoso pecho musculado, después se quitó las rústicas botas de piel para dejar ver unas poderosas pantorrillas.
Cuando se desprendía del kilt, Candy sintió que le faltaba el aire pero no podía dejar de mirar, ni siquiera parpadeó. Efectivamente, Laird William no llevaba nada bajo su falda, así que la joven pudo ver el maravilloso panorama de ese hombre, no, ese dios del Olimpo, tal y como su madre lo trajo al mundo.
Era la primera vez que veía a un hombre desnudo. Su marido seguía sin tocarla, dormían separados y nunca se desnudaba delante de ella. Aunque no lo entendía.
Laird William Albert se arrojó al agua y la rubia no se movió un ápice mientras el hermoso hombre se bañaba y nadaba a gusto. Cuando salió del lago y se mostró a ella frontalmente en su esplendor la chica sintió que se desmayaba. Pero seguía sin poder moverse.
«Vete. Vete, Candy. Eres una inmoral, deja de mirar a ese hombre, ¡estás casada…!»
Nada. Su cuerpo no respondía a más estímulo que el de contemplar a ese adonis cómo se secaba y vestía tan lentamente como si lo estuviera haciendo para que la rubia lo apreciase mejor. Ella sintió gotitas de sudor helado humedeciendo su cuerpo, las mejillas ardiendo, su más íntima privacidad palpitando y la respiración entrecortada. Sin embargo, quiso morirse de la vergüenza cuando él habló.
-¿Contenta con lo que ha visto, milady?- Le dijo Albert mirándola a los ojos con sus dos hermosos lapislázulis y una maliciosa sonrisa.
¡Siempre supo que ella estaba ahí! Maldito hombre, todo el tiempo fue consciente de que era observado y no le dijo nada.
-Yo… y-yo… Laird William… usted…
-¿A estas alturas me seguirás llamándome así, Candy? La gente que me conoce me dice Albert. Y créeme: la mayoría de las personas de mi entorno más íntimo ha visto de mí mucho menos de lo que tú has visto ahora.
Se acercó peligrosamente a ella, pero la pobre chica no podía moverse, era como si el árbol en que había intentado esconder ahora la hubiera atrapado con sus raíces por una orden mental de Albert.
Albert no esperó a que Candy le dijera nada. Simplemente la rodeó con sus brazos y le dio el beso más arrebatador que la chica hubiera pensado recibir jamás. Nunca la habían besado así a pesar de ser mujer casada porque su marido se limitaba a besar su mano, y sólo el día de su boda le dio unos castos besos, tal vez para quedar bien o acallar rumores.
El viril escocés supo enseguida que había sido un poco excesivo con la pobre mujer. Se le olvidó que a pesar de estar casada lo estaba con el afeminado de Neal y por lo tanto era altamente probable que nunca haya sido besada con ardor y que con toda seguridad siguiera siendo virgen. Pero esa idea en vez de calmarlo, lo excitó aun más.
-Oh, mo gradh, an toir thu dhomh pòg?[1] - susurró Albert mientras mordisqueaba suavemente el lóbulo izquierdo de Candy sin dejar de acariciarle los brazos y los costados.
Ella mentalmente mandó al diablo a su frío marido, perdiéndose en el azul intenso de los ojos del escocés a quien miró entornando sus hermosas esmeraldas, llena de deseo contenido.
-Candy, escúchame bien: te deseo desde aquel día en que te vi en el balcón de tu casa. No me había pasado con ninguna otra más que con mi fallecida mujer. Tuve que hacer un terrible esfuerzo por no bajar del caballo e ir por ti para llevarte al dormitorio.
-Oh…- la confesión de Albert y sentir su boca explorando su cuello la tenía aturdida, sin poder responder más que tomándolo de los rubios cabellos para darle ella un apasionado beso que sorprendió pero agradó, y mucho, al escocés.
-Eres muy hermosa, y una buena mujer, y el afeminado imbécil de tu marido no te merece, mo gradh. El día que fui a tu casa con mis sobrinos lo vi claro. Además, he hablado con gente que sirve en tu casa, los conozco de toda la vida y todos ellos dicen maravillas de ti. Tu Lord nunca podrá reclamarte como su esposa en la cama, y yo me muero por hacerte sentir mujer en mis brazos...
Cuando el joven hizo el movimiento levantar con su mano la falda y retirar las enaguas de la chica ella reaccionó y lo apartó de sí misma. Corrió hacia donde estaba su montura y se alejó asustada.
Pero él ni se inmutó porque apenas había empezado su conquista. Para empezar, hizo llegar a Candy rosas a diario, recién cortadas del invernadero de su sobrino Anthony. Gracias a Alistair, quien lo supo por Patricia, el patriarca se enteró de la devoción que lady Leagan sentía por las rosas. Por supuesto, para no comprometerla enviaba las rosas sin remitente; aunque Candy por alguna razón siempre tuvo claro que no venían de su marido.
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CONTINUARÁ...
[1]"Mi amor, ¿me das un beso?" (en gaélico escocés).
¡Hola de nuevo! Estoy sorprendida y al mismo tiempo encantada con la gran aceptación que ha tenido este humilde trabajo. Espero que siga siendo de su gusto.
Recibo con mucho gusto sus mensajes y los contestaré todos.
