Advertencia: Este capítulo contiene una escena de fuerte contenido erótico (lemon). Si te molesta, perturba o va contra tus ideas y creencias, te invito a no leer a partir de la línea doble. Gracias.
CAPÍTULO CINCO
«Maldita la hora en que aceptaste ir a esa boda, Cándida Blanco», se lo repetía siempre, a cada momento y cada bendito día de encierro que llevaba. Durante esa boda comenzó el infierno que terminó por enterrarla en vida entre las frías paredes de aquel convento sola, arruinada y a punto de perder lo más sagrado que la vida le concedió jamás: su hijo que aun crecía en su vientre.
El día anterior a la boda en casa de los MacLeod Neal había vuelto de su viaje a Londres y trajo muchos regalos a "sus tres mujercitas" -¿cuatro incluyéndolo a él?-. A su cuñada y hermana les obsequió bonitas joyas y vestidos, pero para su esposa eligió un hermoso vestido de la mejor seda en color rojo con espectaculares joyas cuajadas de rubíes a juego. Si algo había que admitir sin discusión era que Lord Leagan tenía un gusto exquisito por la moda, aunque esta vez a Candy le pareció demasiado atrevida la prenda de vestir, pero por no despreciar a su marido ante el resto de la familia, se la probó y aceptó llevarla puesta en la boda.
Sin embargo, lady Leagan estaba asqueada y decepcionada de su esposo por lo que había descubierto unas semanas atrás y que no había confesado ni a su hermana Patricia. Movida por lo que le dijo Albert en aquel ardoroso encuentro junto al lago, Candy se atrevió a hurgar en los cajones del secreter que su marido tenía en el dormitorio y que a pesar de estar cerrado con llave lo pudo abrir gracias a la habilidad de uno de los mozos de la casa a quien pidió que no dijese a nadie que habían abierto dicho cajón.
Cuando el mozo se retiró de la habitación Candy se puso a rebuscar entre los papeles y finalmente encontró unas encendidas cartas de amor escritas de puño y letra por su esposo, dirigidas solamente a M, pero por lo que su marido confesaba en ellas M no era una dama, sino un hombre. Las misivas no habían sido enviadas, y tampoco decían nada sobre si aquel romance era platónico o real. Pero fue horrible para ella tener la certeza de que su esposo jamás la querría como mujer.
Se sintió abatida, derrotada, pero mantuvo el tipo y siguió haciendo su vida normal e incluso tuvo el valor de continuar la farsa delante de su marido, como si aun desconociera su secreto. Había sido educada para aceptar que el matrimonio era para toda la vida aun y las cosas no salieran bien. Se resignó a su suerte y pensó que al menos su marido era gentil, educado, trabajador y generoso.
El día de la boda llegó y a la hora convenida Laird William Albert y sus sobrinos, vestidos otra vez con esos hermosos conjuntos Bonnie Prince Charlie, pasaron a recoger a Lord Leagan y familia. Patricia encandiló con su belleza a Alistair, quien no perdió el tiempo y saltándose el protocolo establecido no se despegó de ella, cosa que divirtió mucho a sus familiares pero molestó a Lord Leagan que vio la escena a lo lejos.
Neal se disculpó con sus invitados y subió al dormitorio para ir a recoger a su mujer quien ayudada por las doncellas estaba dando los últimos toques a su arreglo, rematándolo con unas gotas en las muñecas, el cuello y el escote con el delicioso y elegante perfume obsequio de Lord Leagan quien expresó su satisfacción por el buen trabajo que habían hecho las doncellas resaltando la hermosura de su esposa y besó en la mejilla Candy.
Cuando finalmente apareció Candy de la mano de su marido, Albert no pudo evitar su gratísima impresión. El vestido rojo era hermoso y realmente le sentaba de maravilla, además llevaba un atrevido escote que realzaba la bella piel dorada de su portadora y un corsé que acentuaba sus sinuosas curvas. Era una exquisita tentación hecha mujer, como una deliciosa manzana lista para ser mordida y saboreada hasta la última migaja. Laird William sintió cómo su hombría empezaba a reclamar el cuerpo de ese ángel rubio vestido de rojo.
Albert salió de su ensoñación cuando la ronca voz de Neal interrumpió los pecaminosos pensamientos que estaba teniendo con la mujer de Lord Leagan.
-¿Verdad que mi mujer se ve preciosa esta tarde, mi estimado William?
-¿Eh...? Oh, sí. Lady Leagan, hoy luce realmente encantadora. Usted también, señorita Patricia. Debe ser cosa de familia- dijo Albert al tiempo que saludaba con caballerosidad a las mujeres besándoles el dorso de sus pequeñas manos enguantadas, protocolo que a continuación cumplimentaron sus sobrinos.
De repente, la ensoñación de Albert vuelve a ser interrumpida por un odioso Leagan. Esta vez, la hermanísima de Neal.
-¿Te gusta mi vestido, William? ¡Lo compré al mejor modisto de todo París!- Eliza, como siempre, importunando con su desagradable presencia y chillona voz.
Pero Albert ni siquiera la miró. Estaba absorto contemplando a esa hermosa criatura de hechicera belleza, rostro angelical, piel color ligeramente dorado y expresivos ojos verdes por los que estaba bien seguro que, como contaba aquella delicada leyenda escrita por español Bécquer[1], se tiraría a un pozo sin pensárselo por ir tras ellos.
-Bueno, deberíamos marcharnos. La mansión de los McLeod está a casi dos horas de camino- apremió Neal más impaciente que celoso.
«Algo trama este cerdo inglés», masculló en español Laird William mientras Lord Leagan se encendía un puro y hacía lo mismo con el puro de Archibald mientras charlaba con él sobre su esposa que seguía en América visitando a sus padres. Lo hizo para que Candy supiera que hablaba español, para que ella entendiera lo que él quería decir y porque aun tenía presente la leyenda de Bécquer en su mente.
En casa de los McLeod las hermanas Blanco fueron el centro de todas las miradas, a ratos incluso por encima de la novia, una simpática irlandesa que hablaba sin parar y estaba fascinada con las chicas haciéndoles cientos de preguntas sobre México y tomándose fotos con ellas. Sólo algunas personas de las ahí congregadas habían tenido ocasión de ver mujeres morenas, pero en la India; así que estas chicas eran diferentes. Su belleza, educación y clase las hacía especiales. Sus padres se habían esmerado en educarlas en los mejores colegios y ellas lo estaban demostrando en esta oportunidad siendo simpáticas, educadas y corteses.
Patricia hizo sufrir a Alistair unos terribles celos al verse acosada por varios viriles muchachos escoceses de diferentes clanes como atestiguaban los distintos tejidos y colores de sus tartanes. Pero la pequeña de las Blanco rechazó cortésmente todas las invitaciones a bailar de aquellos jóvenes, señal que Alistair Andrew advirtió para de inmediato pedirle una pieza, a lo que Patricia aceptó encantada.
Fue todo un espectáculo, porque Stear Andrew jamás había bailado en ninguna celebración. Era un chico tímido, serio, soñador, que vivía enfrascado en sus estudios y a sus veinticuatro años no se le conocía interés romántico alguno. Hasta ese día. No soltó a Patricia ni ella quiso soltarse de el hermoso chico de gafas que a pesar de sus iniciales movimientos torpes por la falta de práctica en el baile rápidamente aprendió. Algo le dijo a Patricia al oído que la chica se ruborizó y hasta perdió el paso del baile, pero se recompuso y continuaron hasta que terminó la pieza, siempre sostenida por los cálidos brazos del joven Andrew.
Lord Leagan no perdía detalle de lo que ocurría entre Patricia y Alistair, pero concluyó que de momento no se podía ocupar de Alistair si quería que su objetivo con Albert se lograra. Así pues, sacó a la pista a Candy y bailó varias piezas con ella, y a pesar de saberse envidiado por el resto de hombres porque su mujer decididamente era la más bella que se hubiera visto en esas tierras, eso no le importó en absoluto. Estaba representando un papel y tenía un plan preparado para hacer caer en su trampa a un solo hombre: Laird William Albert Andrew. Ya se encargaría del cegato Andrew más tarde.
Con esa idea, ubicó visualmente a Albert, y en cuanto lo encontró discretamente, sin que Candy lo notara y sin dejar de bailar, se la llevó hacia esa zona. La idea era que Laird William lo mirase bailar con su esposa, a la que se pegaba casi obscenamente y posaba su cabeza en el femenino cuello. Ella estaba sorprendida por tales muestras de afecto en público, pero a la vez muy contenta. Quizás esa noche por fin su marido consumaría el matrimonio después de meses de casados y lo que había encontrado en el secreter sería sólo una aventura. Era poco probable, pero, ¿por qué no?
Tal como calculó Neal, en cuanto la orquesta paró un momento Laird William dando grandes zancadas se acercó a la pareja y pidió a Lord Leagan permiso para bailar con Candy, a lo que inglés accedió encantado. Haciendo una reverencia a la señora, Albert la sujetó con discreción, pero a la vez con firmeza, y se la llevó a la pista de baile para comenzar la danza en pareja y hablar con ella. A pesar de saber lo que era Neal, Albert estaba celoso, y mucho.
-¿Qué le pasa al cerdo de tu marido?
La pregunta descolocó completamente a Candy, aun sorprendida por el extraño proceder de Neal.
-¿Perdón?
-Lo que dije, cariño. ¿Qué demonios le pasa a Lord Leagan? ¿Desde cuándo es tan afectuoso contigo si el bastardo nunca lo ha sido?
¿Pero quién se creía este atrevido escocés?
-Tú… digo, usted, no sabe nada. No vive con nosotros.- dijo Candy evitando mirar la furiosa mirada azul de Laird William.
-Pero sé más de tu marido que tú, querida. No es que no te quiera a ti. No quiere a ninguna mujer, seguro lo sabes. Apostaría a que ni siquiera te ha tocado.
-Es usted un ser malvado que disfruta torturándome, Laird William- fue lo único que una escandalosamente ruborizada Candy pudo decir.
-En realidad sí que me encantaría torturarte, cielo, pero de una forma digamos que más… íntima. Te espero en diez minutos en la pérgola del jardín, justo donde está el rosedal. Si no vas, te juro que vendré a por ti. No me importará el escándalo.
Dicho esto, el vals terminó y el apuesto escocés entregó a la chica a su marido, como era costumbre. Albert, aun enfadado, fue a la mesa de los dueños de la casa, habló un poco con los hermanos McLeod, ellos asintieron a lo que Laird William les dijo y éste se levantó para salir al jardín. Dos de los McLeod fueron tras él y se aseguraron de que nadie anduviese por ahí, se notaba que entre ellos y el patriarca Andrew había complicidad y amistad sinceras.
Después de unos angustiantes minutos, Albert vio la menuda pero deliciosamente curvilínea figura de aquella hermosa mujer abriéndose paso entre el rosedal. Ella fue a rechazarlo para evitar el escándalo, pero como si lo hubiera adivinado, el escocés la tomó en sus brazos y la besó con vehemencia. No quería darle oportunidad alguna de pensar.
-¡Suélteme, Laird William!
-Dime que no sientes lo mismo que yo, mo gradh…- exigió Albert tomándola de los hombros y clavando su intensa mirada azul en las pupilas de la mexicana.
-No, déjeme, sólo vine a decirle que me dejase en paz. ¿Ha olvidado que soy una mujer casada? Mire, Laird William, yo no sé cómo funcionan las cosas aquí, pero en mi país se le debe fidelidad al esposo.
-Y aquí también, mo gradh, ¿o piensas que todos somos unos infieles como tu querido esposo? Porque tu marido no te es fiel. Nunca lo será. ¿Comprobaste lo que le dije el otro día?
Ella agachó la mirada, sonrojada y empezó a derramar las amargas lágrimas contenidas durante semanas desde que supo parte de la doble vida del prestigioso Lord Leagan. Albert supo que había descubierto aunque sea parcialmente las inclinaciones de Neal y que eso la hería y asqueaba a partes iguales. Posiblemente pensara que no pudo "enderezar" a su marido por no ser lo suficientemente bella o lo bastante mujer.
«A veces las mujeres piensan así» concluyó el apuesto escocés.
Albert la tomó por la barbilla, se agachó a su altura y pegó su frente a la de ella mientras con la otra mano limpiaba las lágrimas de la chica. Casi rozando sus labios susurró.
-No es culpa tuya ni lo puedes arreglar. Esa ha sido su naturaleza desde pequeño. Tú eres la mujer más hermosa e interesante que pudo encontrar esa repugnante escoria. Y ahora quiero demostrarte ahora mismo cuán loco me tienes por ti, lo que provocas en un hombre de verdad. ¿Acaso no has visto cómo te miraban los otros hombres de la fiesta?
La besó de nuevo para luego conducirla de la mano hacia el final del rosedal, detrás de éste había una diminuta construcción y la invitó a pasar a ella. A Candy le temblaba todo el cuerpo del miedo y la excitación, pero le obedeció.
-¿Aquí? ¡Es una caseta de aperos de jardinería!
-¿Y qué más da? Los dormitorios están demasiado lejos, y este sitio es seguro- respondió el rubio mientras acariciaba la piel dorada de los hombros de Candy paseando sus dedos por las tenues pecas que adornaban la piel de esa mujer.
Mientras las notas de un vigoroso reel[2] escocés se escuchaban de fondo provenientes del salón de los McLeod, los dos amantes dieron por fin rienda suelta a su pasión. Tras ese hermoso y discreto rosedal, escondida justo al lado de la esplendorosa pérgola, había una pequeña caseta para aperos de labranza y jardinería que se convirtió en el tierno nido de amor donde nadie les vería cómo se estaban devorando entre sí.
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[1] "Los Ojos Verdes" cuento escrito por Gustavo Adolfo Bécquer y publicado en 1861 que narra la historia de un espíritu del agua en forma de mujer que atrae a los hombres para llevárselos con ella al fondo de un pozo de agua. Actualmente existen ediciones que compilan versos y cuentos de Bécquer bajo el título "Rimas y Leyendas".
[2] "Reel" Música tradicional irlandesa y escocesa.
«Lemon»
Albert entró después que la mujer, cerró la puerta, le puso el pestillo y la estancia quedó iluminada sólo por un quinqué, lo que le dio una atmósfera romántica que hacía olvidar lo modesto del lugar. A continuación miró intensamente a Candy y besó con avidez a la hermosa mujer. Le saboreó la boca con deleite apasionado, pero a la vez fue dulce y tierno con ella. Su lengua delineaba los labios carnosos de la chica y consiguió que ella le correspondiera lamiendo suavemente la boca masculina utilizando su propia lengua. Las manos del rubio reconocían con delicada pasión las curvas de la mujer, aun con su ropa puesta. Pero no duraría mucho con esas prendas.
A Laird William le costó mucho ir despacio con Candy, porque la deseaba demasiado, pero sabía que la chica era doncella y por ello tenía que ser gentil y delicado para no lastimar a esa criatura frágil que temblaba de miedo y placer en sus brazos pero que a la vez le estaba entregando la mayor pasión que jamás había sentido en su vida y empezaba a mojarse íntimamente para él.
-Eres tan suave, tan dulce, tan tierna… me pareces una delicada pieza de cristal que podría romperse en mis manos- le dijo el escocés a Candy mientras aspiraba el sensual aroma de su cabello y retiraba las dos pinzas que lo sostenían el sencillo peinado para dejar caer una cascada de rubios rizos.
-Oh, Albert…- ella no podía decir más, los gemidos de placer habían monopolizado su garganta en cuanto sintió los labios del rubio explorando con delicada pasión su cuello, lamiéndolo sensual y delicadamente. Se tomaba su tiempo, como si explorarla con suavidad fuese lo único que tuviera que hacer los próximos años. Las manos expertas del rubio se pasearon con ternura por las curvas de la chica, masajeando suavemente los pezones morenos y vírgenes de la dama, pero ella dio un respingo cuando él movió sus manos hacia su espalda, las bajó y las apretó contra sus nalgas a la vez que saboreaba sus tiernos y suaves pechos.
Desde que la vio por primera vez paseando a caballo por las tierras de Lord Leagan enfundada en su traje de equitación se había fijado en redondeado trasero de la chica y llevaba todo ese tiempo fantaseando con posar sus manos y algo más ahí. Pero ya habría tiempo para pasear su miembro por aquellas redondeces.
Candy estaba en el mayor dilema que se le había presentado jamás. Su parte racional le exigía alejarse del lujurioso toque de aquel "highlander salvaje" como despectivamente lo llamaba Neal, pero su corazón y sobre todo su cuerpo palpitante y cubierto de pequeñas gotitas de ardiente sudor la conminaban a continuar disfrutando de las deliciosas atenciones que el escocés le brindaba. Quería sentirse amada, plena, mujer, y sabía perfectamente que con su esposo podía esperar sentada a que llegara el momento.
«Al diablo con Neal…»
Así pues, Candy finalmente dejó que Albert le mostrara el dulce y placentero camino del deseo entre un hombre y una mujer que se aman.
Él comprendió que la hermosa mujer se le estaba rindiendo cuando dejó de luchar y se limitó a sentirlo en su piel. Con sumo cuidado la fue despojando de sus joyas y el lujoso vestido sin dejar de acariciarla y besarla con ternura. Candy sólo se dejaba hacer, y era comprensible: se trataba de su primera experiencia amatoria a pesar de llevar varios meses casada. ¡Pero qué bien se sentía! Oleadas de placer la invadieron cuando Laird William la despojó de su última prenda y miró con avidez su pilosa intimidad femenina. Se sintió bella y deseada, no sintió ningún pudor de mostrarse desnud ante aquel hombre porque era su hombre, al que había entregado el corazón.
-Dios, e-eres tan hermosa…- fue lo único que pudo decir Albert al contemplar extasiado la dorada desnudez de la chica. A estas alturas él también estaba casi desnudo, sólo llevaba puesto su kilt, y a la vista del gran bulto que se erguía en ella, no llevaba ropa interior. Otra vez.
El rubio puso su capa de tartán azul en el suelo del pequeño cuarto de aperos, depositó en ella delicadamente a la chica en él y procedió a cubrirla de tiernos besos por todo su cuerpo. No tuvo prisa, quería disfrutarla y que ella disfrutara, además de prepararla para lo que vendría después. Volvió a comenzar con el ritual de delicados ósculos comenzando por la frente de la chica y bajando poco a poco. Besó aquellos párpados que protegían sus hermosas esmeraldas, en su linda cara vio que tenía pecas que casi se habían borrado y con la punta de la lengua trató de tocarlas una por una, cosa que agradó mucho a lady Leagan.
De nuevo la besó apasionadamente hasta casi dejarla sin respirar y luego contempló orgulloso y fascinado por la expresión de placer que le ofrecía la chica con esos labios rojos e hinchados por los besos y los ojos entornados porque él era quien la estaba llevando a ese punto. Esa mujer que hace unos minutos estaba dispuesta a mandarlo muy lejos ahora se deshacía en sus brazos porque todo arde si se le aplica la chispa adecuada.
En el cuarto de aperos había silla con una jofaina llena de agua tibia y un paño limpio al lado. Albert entendió la idea del ayuda de cámara de Angus McLeod: lavarse las manos antes de tocar a esa mujer para no hacerle mal. Como si hubiera adivinado que pensaba tocarla hasta el rincón más secreto.
Después de lavarse, Albert continuó su erótico trayecto hacia el sur del cuerpo de la chica, haciendo calientes paradas en las zonas más sensibles de ella. Lamió su cuello, cubrió con sus manos los senos de la chica y los masajeó delicadamente sintiendo el duro tacto de los pezones erectos de Candy en las palmas. No pudiendo resistirlo más, aprisionó con su boca uno de ellos a la vez que con una mano seguía disfrutando del otro seno y con la otra mano exploraba el exterior de a intimidad de la chica arrancándole ardientes jadeos que lo estaban volviendo loco. Y eso que apenas iba empezando.
-Eres increíble, mo gradh. Caliente, húmeda, sensual... y pronto serás mía.- dijo Albert entre jadeos mientras cambiaba de seno para saborearlos por igual. Él dominaba completamente la situación, pero a ella no le importaba, al contrario, se dejó conducir encantada.
Candy no entendía lo que estaba sucediendo con su cuerpo al tacto del viril escocés. Jadeaba sin control, el sudor invadía su cuerpo y placenteros temblores hacían contonear su cuerpo instintiva y provocativamente rozándose con la cálida piel de Albert. Nunca le habían dicho que esto podría pasarle, pero, ¡era condenadamente delicioso!
-Albert, ¿qué estás haciendo...? Ohhhh!
Se olvidó de pensar cuando sintió la nariz de Albert aspirando profundamente el aroma sensual que su intimidad femenina irradiaba por la excitación. Él murmuró algo ininteligible y desde aquel sitio la miró a los ojos con una mezcla de amor y deseo. Ella lo miró ruborizada, le sonrió y él escocés delicadamente con sus dedos hizo a los lados los pliegues que protegían la pequeña hendidura más íntima de Candy, coronada por aquella diminuta pero ultrasensible protuberancia que rozó con su lengua tibia.
-Diooooooooooossssssss, no te detengas por favor- la chica sintió que se moriría de tanto placer. Jamás pensó sentirse tan dichosa, desbordada, feliz. Millones de chispas cegaron su mirada cuando apretó los párpados al sentir la boca de Albert explorando con avidez su intimidad, lamiendo, succionando, introduciendo suavemente un dedo en su más húmeda cavidad.
-Me encanta tu sabor de mujer, derramas el néctar más delicioso que he probado jamás... ¿Querrás mojarte un poco más sólo para mí?- Albert hablaba jadeando, pero quería seguir estimulando el placer de la chica y sabía que las mujeres son muy receptivas a las palabras.
Dicho eso, aumentó el ritmo de sus atenciones con la lengua y los dedos. Sabía a dónde quería llevar a Candy: al mismísimo cielo. Y lo consiguió. La hizo explotar de placer, vio complacido cómo se arqueaba temblando y sintió cómo sus dedos quedaban aprisionados por los espasmos internos. Era el condenado cielo para él.
Se incorporó rápidamente para verla rendida de placer, con las pupilas dilatadas y bañada en sudor. Con orgullo y deseo la observó unos instantes para luego besarla con ardiente posesividad haciéndola probar su propio sabor de mujer y acariciándola apasionadamente.
Cuando ella notó que Albert se posicionaba encima de ella y a la vez levantaba su kilt comprendió que había llegado el momento cumbre de la posesión. El escocés le pidió permiso rozando su húmeda e hinchada intimidad con su hombría mientras la miraba intensamente a los ojos, y ella aceptó, no, suplicó, la invasión arqueando las caderas. Sabía que le iba a doler, lo había escuchado de sus amigas, pero el instinto y el deseo la dominaban.
Primero con lentitud para minimizar el dolor y acostumbrarla a él, pero luego aumentando poco a poco el ritmo de sus envites. Albert la hizo suya, y ella correspondió con tiernos besos, ardientes caricias y deliciosos gemidos que entusiasmaban más al joven. La pobre chica sintió que se perdía en un abismo de placer cuando Albert la llevó al éxtasis y casi pierde la conciencia del puro gozo. A los pocos segundos él también se acababa, derramándose dentro del tierno rincón privado de la que ahora era su mujer.
-Te amo, Candy.- Albert le hizo tal confesión en español quizás para que le quedase muy claro.
-Y yo a ti, Albert.
-¿Cómo te sientes, mo gradh?- preguntó el escocés a la mexicana, mientras depositaba pequeños besos en su cara y cuerpo lamiendo a la vez el delicioso néctar aromático en forma de sudor por la excitación que desprendía la chica.
-Fue maravilloso. Nunca había sido tan feliz. Me hiciste sentir hermosa, deseada, amada… Neal jamás ha sido así.
De repente Albert se puso muy serio y mirándola a los ojos le hizo una propuesta.
-Deja a tu marido. Vente conmigo, lo arreglaremos todo. No vuelvas hoy a tu casa. No quiero que te vea siquiera.
-No puedo, mi hermana vive con nosotros y no conoce a nadie en este país, tengo que hablar con ella y enviarla a México. Dame un par de días, por favor.
-Que se venga a vivir con nosotros. A mi sobrino Alistair le encantará tenerla en casa…
-¿Q-qué dices?
-Lo que oyes: mi sobrino, el atolondrado inventor que nunca se había fijado en una chica, está loco por tu hermana. ¿Ustedes son dos mujeres o dos hechiceras?
Ambos se echaron a reír, se besaron y empezaron a vestirse. Había muchas cosas por hacer, pero debían volver a la boda si esperaban que nadie sospechara de ellos, más que nada por proteger a Candy, su tesoro más preciado.
Pero alguien los vio salir del cuarto de aperos abrazados, besándose y dirigiéndose tiernas miradas. Los celos le cegaron y juró venganza.
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CONTINUARÁ...
Mañana contesto los posts. Espero que les guste!
