CAPÍTULO SEIS


Habían pasado unos días desde la entrega en casa de los McLeod, y Candy tenía planeado aprovechar que su marido volvió a Londres para dejarle una carta en la que le decía que le dejaba y el por qué, incluyendo que tenía conocimiento de sus preferencias románticas. Albert le había enviado un rosal de los que cultivaba su sobrino, como una especie de promesa del compromiso que habían adquirido; aunque también le hizo saber a través de una romántica misiva que asuntos mercantiles urgentes requerían su presencia en París, a donde marchó prometiéndole volver en tres semanas.

Eliza había estado evitando a su cuñada pero ese día entró a tropel en aquella salita donde a Candy le gustaba sentarse a tejer y soñar con su amado contemplando las espléndidas vistas al jardín a través de los enormes ventanales, y le mostró una nota de la sección de sociedad del periódico local a su cuñada que hizo estallar en mil pedazos el corazón de la mexicana.

La muy retorcida de Eliza Leagan había sobornado con dinero y sexo a un criado de los McLeod el día de la boda para que le permitiese espiar a lo lejos a Laird William y Candy. Luego hizo lo mismo con un periodista de sociales para que hiciera imprimir un periódico falso una nota informando sobre el incierto noviazgo entre ella y Albert. Como imagen usaron una fotografía retocada, pero Candy no lo supo ver.

-Con que revolcándote con mi futuro marido, ¿eh?

-¿Perdón?

-Conmigo no te hagas la inocente. A estas alturas toda la comarca sabe la clase de ramera que eres. ¿Crees que nadie los vio a ti y a mi William en el rosedal? Pobre estúpida.

Cada palabra de Eliza iba impregnada de veneno y hacía daño en el corazón de la rubia.

-¿"Tu" William? ¿Desde cuándo?

-Desde siempre, querida. William es el único hombre al que amo. Pero primero se interpuso la pecosa esa. Afortunadamente se fue al infierno. Y no permitiré que ahora tú me quites lo que es mío.

-¿Cómo puedes hablar así de la esposa de Albert? ¿No respetas la memoria de los difuntos?

-¿Esa rubia insignificante? Se mereció morir desde el instante en que engatusó a mi William. Y su mocoso también. Por eso la ayudé a hacer el camino…

-¿Qué estás diciendo, víbora?

-Lo que oyes, querida. La señora Andrew-Campbell sufrió una desafortunada caída que aceleró el parto… y su muerte. Pobrecita, jajajajajajajajaja…

La confesión velada de Eliza aterró a Candy. Esa mujer era una auténtica bruja malvada y egoísta capaz de todo por salirse con la suya. Incluso el propio Neal la temía. Por eso siempre trataba de mantenerse lejos de ella y previno a su mujer sobre lo peligrosa que podía ser su hermana. Pero esto era demasiado.

-Tú no quieres perjudicar a William, ¿o me equivoco?

-No, Eliza, yo no permitiría que nada hiciera daño a Albert.

-Entonces no hace falta que te diga lo que debes hacer. Vete y no vuelvas. Él te olvidará y tú reharás tu vida con mi hermano. Estoy segura de que en tu país encontrarás a alguien acorde a tus… costumbres, que sepa compensarte lo que mi hermano no te puede dar. Entiendo tu necesidad: yo tuve un marido que tampoco me hizo feliz, aunque lo suyo no era otra cosa que sus malditos setenta y tres años.

Aunque fingió sonar amable y comprensiva, la voz de Eliza destilaba desprecio. Ella era así.

-No soy de otro planeta. Albert y yo nos entendíamos muy bien.

-A juzgar por lo que vi en el jardín de los McLeod eso es más que evidente, querida. Pero no todo es retozar. Para un médico y hombre de negocios cuya carrera va en ascenso es vital contar con una mujer de su status y cultura. Y tú estás casada con mi hermano y no eres de nuestra clase.

Esto ya era demasiado. Candy alzó la voz enfadada.

-¿Desde cuándo eres la encargada de asignar categoría social a la gente?

-Desde que mi cuñada está a punto de manchar el buen nombre de mi hermano, un Lord inglés, fugándose con su semental. Además, William no te quiere: mi hermano le pidió que te sedujera para dejarte preñada, nada más.

Aquellas palabras cayeron como un balde de agua en la pobre rubia.

-No es verdad, eres una mentirosa…

-Oh, ¿no te habías dado cuenta? Como habrás comprobado a estas alturas a mi querido hermanito nunca le han gustado las mujeres porque él mismo se siente una damisela, jijijijijiji… ¿Conociste a Terrence Grandchester?

-¡Terry...!

-Pues tu marido quería conocerlo aun más a fondo desde que se conocieron en un club de caballeros, pero no se atrevía y aprovechando que el duque de Grandchester lo desheredó temporalmente lo tuvo de "socio" hasta que Terry se cansó de sus insinuaciones y se marchó con Susan, su esposa. Por cierto, él fue el primero a quien consideramos para que te preñase, pero supe que lo rechazaste. Eres muy tonta, querida: muchas en tu lugar habrían matado por una noche con Terry, ¡Yo misma habría estado más que dispuesta!

-Cállate, no tienes derecho a…

-¿A qué? ¿A defender lo que es mío? ¿A ayudar a mi hermano a tener un heredero? ¿Por qué crees que fue a buscarse una esposa en tu país, niña? ¡Porque aquí todo el mundo sabe cómo es!

La bruja tenía razón. Cuando estuvieron en Londres el trato del círculo de "amistades" para con ella y su marido fue bastante frío. Candy pensó que era por causa suya, por no ser de la misma raza. Pero en ese grupo de gente habían otras parejas de inglés con extranjera, mayormente chicas de la India.

Posiblemente su marido haya estado envuelto en algún escándalo y para disipar la nube había viajado por negocios a América. Vio la ansiedad de muchas familias mexicanas por casar a sus hijas con un Lord y simplemente aprovechó la oportunidad. Fue como cerrar un negocio más.

-Seguro te preguntarás por qué mi hermano tuvo que irse de Inglaterra hacia un país donde no se hablara nuestro idioma. Pues bien, lo que pasó fue que hace dos años hubo una redada en un burdel en Londres y encontraron un niño de 11 años muerto, y a otros más que eran utilizados para satisfacer los sucios instintos de depravados con mucho dinero, y conforme a la lista de clientes especiales que encontró Scotland Yard tu esposo era uno de ellos.

-¿Qué me estás queriendo decir, Eliza? ¿Que Neal es un…?- la chica se puso una mano en la boca, horrorizada.

-Así es, Candy: tu marido es un pederasta. Y si no fuese porque me acosté con medio Parlamento, él estaría preso o habría sido ejecutado. Así que me debe mucho, pero yo sólo quiero a William. Mas tú me estorbas porque Albert ya ha pedido mi mano a Neal y gracias al periódico todo el mundo sabe de nuestro noviazgo.

Candy tuvo que usar todo su autocontrol para no vomitar. Desprecio, asco, terror, odio… eran demasiados sentimientos negativos juntos. ¡Por eso la nerviosa prisa de Neal por irse de México el mismo día de su boda! Seguramente había ofendido a algún niño que lo acusó con su familia y el vicioso temió por su vida.

¿En qué momento el sueño se había convertido en pesadilla? Su galante y perfecto marido resultó ser un auténtico monstruo, su amante un bribón que se había reído de ella, y su cuñada regodeándose en su desgracia.

Comprendió que no había más remedio que tomar las maletas que con tanta ilusión había preparado y marcharse, pero no con Albert, sino a México. A casa. Al menos ahí, acompañada por Patricia y la servidumbre, gente que de verdad la quería, podría reflexionar sobre su situación para decidir su futuro.

Candy salió un par horas después con su hermana de la mansión Leagan en Escocia. A pesar de la tristeza que sentía por el engaño de Albert también experimentó una grata sensación de libertad. Entonces se dio cuenta de que, en cuanto se instalara en la hacienda de los cañaverales en México, hablaría con su abogado para disolver su matrimonio.

Patricia no paraba de llorar. Candy pensó que era por dejar aquella vida y entorno que le encantaba; pero la verdad es que la pequeña de las Blanco echaba mucho de menos los el ardoroso abrazo de Alistair. Ellos dos también tuvieron su rato de entrega total durante la boda de los McLeod, en uno de los carruajes de Laird William. Pero Patricia estaba tan avergonzada con su hermana que no dijo nada, sólo pudo enviar una breve nota a Alistar informando sobre su partida a México.

-Vamos, Patricia. En México te espera tu futuro marido. Felipe es un buen hombre.

Por desgracia, el joven Alistair Andrew no estaba en Escocia. Había partido a Nueva York a un congreso tecnológico y no volvería hasta un mes después. Cuando el mensajero enviado por Patricia llegó a la casa de los Andrew el ayuda de cámara de Alistair estaba a punto de partir con el recado de su patrón; pero decidió que el mensajero de Patricia llevase la nota y él guardaría la de la chica para cuando su señor volviera y actuase en consecuencia.

El ayuda de cámara de los Andrew telegrafió de inmediato a Alistair a Nueva York, y éste a su vez a Albert, quien se encontraba en París por negocios. Aun dándose la mayor prisa no iban a llegar a Escocia en menos de una semana.

Cuando las hermanas pararon en Londres antes de ir a Southampton rumbo a México Candy decidió enfrentar a Neal en su oficina londinense. Iba caminando hacia su destino -un escándalo en una época donde una dama no debía andar sola por la calle- cuando escuchó una aterciopelada voz familiar llamándole por su nombre de pila.

-Cándida, qué sorpresa... ¿Querría escucharme un momento?

-Buenos días, señor Grandchester... Lo siento, llevo mucha prisa.

-Por favor, necesito pedirle perdón por mi patanería y advertirle sobre...

-¿Neal? No se preocupe, lo sé todo. Lo de mi marido, la situación en la que usted estaba cuando se "asoció" con mi marido y la propuesta que él le hizo aprovechando las malas relaciones que usted tenía con su padre. Me alegro de que ahora estén bien.

La expresión de Terry era de auténtico pesar por la situación de Candy. Sin duda era un buen hombre.

-Lo siento mucho, Cándida... Le aseguro que usted realmente me agradaba, bueno, me agrada. Neal me aseguró que usted estaba al tanto de sus planes y yo creía que las negativas que usted me daba eran parte del juego. Lo lamento. Muchísimo. Por favor, perdóneme... En estos días iba a ir a Escocia a buscarla y hablar con usted, pues me he enterado de cosas terribles sobre Lord Leagan, y también tenía la intención de rogarle una disculpa por mi mal proceder.

-Le perdono, Terrence, de verdad. Creo que en este repugnante juego sólo mi marido y mi cuñada conocían las reglas... Usted y yo fuimos sólo unas piezas de ajedrez para ellos.

-Oh, Dios... ¿Esa bruja de Eliza está entrometida en el embrollo? Tenga mucho cuidado con esa mujer, Candy. Es peor que la rata inmunda de Neal. Si me permite una sugerencia, aléjese de ellos cuanto antes. Vuelva a su país, disuelva como pueda ese matrimonio y empiece de nuevo. Aun es joven y muy bella, seguro que más de uno querrá desposarla. Yo lo haría encantado. Susana y yo nos hemos divorciado, ¿sabe?

-Lo siento mucho, señor Grandchester. En cuanto a su propuesta, no puedo aceptarla, pero gracias por su cortesía.

Terry tomó delicadamente la mano de la chica y mirándola a los ojos le habló en voz baja:

-No es sólo por cortesía, señora. Mi propuesta es muy seria. Como le dije antes, me sigue agradando mucho. Es usted una dama encantadora, gentil y amable. A su disposición ofrezco unas propiedades que generan ingresos más que respetables, el título de mi familia y mi propia persona, que la amaría y respetaría toda la vida. Por lo menos considérelo. Puedo esperar a que me escriba su respuesta.

-Lo siento, señor Grandchester... debo ser sincera con usted: no podría aceptarle nunca. Yo... yo...

-Ama a otro hombre.

-En efecto.

-¿Y ese hombre ha sido digno de su amor?

Candy se echó a llorar.

-Entiendo. Señora, con más razón debería considerar mi propuesta. Le aseguro que soy un hombre decente y formal: mi época de correrías ya terminó hace mucho tiempo. Sería un buen marido para usted.

-Déjelo estar, señor Grandchester. Le deseo lo mejor en su vida, que encuentre una buena mujer para formar una familia. Yo volveré a mi tierra a comenzar de nuevo, lejos de cualquier cosa o persona que me recuerde a los Leagan.

Candy permitió que Terry la acompañara al despacho de Lord Leagan y aceptó de buen grado los sinceros consejos de Grandchester. Se despidieron cortésmente intercambiando buenos deseos para sus respectivas familias y Candy tocó la puerta de las oficinas de Neal con el corazón acelerado por la rabia, el miedo y la repulsión.

-Busco a mi marido, Lord Neal Leagan. Es urgente.- dijo Candy al malencarado sujeto que abrió la puerta.

-Por aquí, milady- el hombre intentaba ser educado, pero sonó seco y áspero en el trato.

-Adelante- se oyó la voz de Neal a través de la puerta de madera sólida del despacho principal.

-¿Candy? ¿Qué haces aquí, querida? ¿Ha pasado algo con mi hermana?

-No Neal. De hecho ella está muy bien. El problema lo tenemos nosotros, más bien tú. Lo sé todo, ¡todo! ¡Eres un monstruo!

-Déjame explicarte, querida...

-Ni querida ni nada. No quiero saber de tus asquerosidades, sólo verte me repugna. Escúchame bien, Neal: esta misma tarde me regreso a México. No quiero que me busques, me comunicaré contigo a través de nuestros abogados únicamente mientras dura el proceso de nuestra separación legal.

-No puedes hacer eso, ¿has pensado el escándalo en que te verás envuelta?

-Mira, Lord Leagan, de escándalos tú sabes ya mucho. Así que comprenderás que si yo tiro de la manta y destapo tus secretos el que pierde eres tú. Será mejor que lo dejes por la paz y te busques a otra que tenga menos escrúpulos para proporcionarte un heredero. Que Albert, Eliza y tú sean muy felices, "que-ri-do".

-Candy, te prohíbo que te vayas...

Pero ella lo ignoró y dando un portazo salió a toda prisa. Providencialmente un coche de punto pasaba y pudo abordarlo para dirigirse al hotel donde Patricia la esperaba. No supo ni de dónde sacó las fuerzas para enfrentarse tan enérgicamente a Neal.

Para cuando las hermanas desembarcaron en Veracruz, los jóvenes Andrew se encontraron en Londres a fin de buscar información sobre las chicas e ir tras ellas. Sin embargo, Albert insistió en primero hundir de una maldita vez a esos cerdos ingleses de Lord Leagan y su hermana para que no intentasen separarlo de Candy otra vez.

Para empezar, Albert contrató al mejor bufete de abogados y a los detectives más expertos que rastrearon todos los movimientos de los hermanos Leagan. Descubrieron que Lord Neal se pasaba la vida en la capital británica porque iba casi cada noche a los oscuros y sucios callejones del East End londinense buscando compañía masculina… infantil; aprovechando su riqueza para comprar la inocencia de las criaturas. Sólo fue cuestión de comunicarlo a Scotland Yard y le sorprendieron cuando entraba en una pensión clandestina del brazo de un pobre niño cockney de doce años.

-Lord Leagan, será mejor que no intente escapar...

Neal supo que estaba acabado, que su prestigio y quizás su fortuna se hundirían con tal escándalo y antes de que lo arrestaran sacó una pequeña pistola y se dio un tiro en la boca. Además de pervertido, cobarde. La versión oficial que publicó la prensa fue que murió en un asalto e informó que al no haber testamento su viuda Cándida Blanco era la única heredera.

Gracias a los informes obtenidos por los detectives, los abogados de Albert contactaron con personas que habían sido estafadas por Eliza Leagan. La mujer tuvo que responder a muchas cosas en la Comisaría. Entre ellas, los negocios turbios que hizo en París y que la obligaron a esconderse en la mansión escocesa. Los hermanos eran tal para cual. A cambio de evitar un escándalo que la haría entrar en prisión y salpicaba a muchas de las grandes familias inglesas Eliza aceptó ser desterrada a Australia. Se llevó sus cosas, cambió su nombre y desapareció.

Mientras Albert se encargaba de estos desagradables asuntos, sus sobrinos apoyaban a Alistair en la búsqueda de la hermanas. Sabían que estaban en México, pero no dónde; y su apellido resultó ser bastante común en esas tierras. Al borde de la desesperación la luz se les hizo gracias a Annie Britter, la americana esposa de Archibald que recién había vuelto de Chicago de visitar a sus padres.

-Chicos, chicos, tranquilos. Yo conozco a una familia mexicana emparentada con los Blanco que buscamos. Un día me enseñaron una foto de un bautizo y Candy y Patricia aparecían en ella, estoy segura.

Fue cosa de enviar unos cuantos telegramas, comprar los boletos y embarcarse tío y sobrino a toda prisa hacia una dirección segura: la hacienda veracruzana de Candy Blanco. Decidieron que no irían vestidos a la moda inglesa, sino con sus kilts y ghilllie shirts. Después de todo, estaban orgullosos de su identidad cultural y las que serían sus mujeres iban a verlos así siempre. En el barco y durante el viaje por tierra, fueron la sensación.

Albert se sintió muy decepcionado por encontrar sólo a Patricia en la hacienda, aunque se alegró por la felicidad de su sobrino.

-¿Qué hacen aquí? Pasen, pasen por favor- una sorprendida y feliz Patricia los recibió en la hacienda.

Alistair se dejó el protocolo en casa, pues delante de la servidumbre y de su tío besó con pasión a su querida Patricia, como si quisiera compensar el tiempo que estuvieron separados. Poco faltó para que la arrastrara al dormitorio para volver a poseerla como aquella tarde en el carruaje.

-Me importa un demonio si te has casado, Patricia, de ti me llevaré este beso y puede que algo más.

-Sigo soltera, Alistair, mi prometido rompió el compromiso…

«¿Ese hombre es idiota? ¿Quién en su sano juicio rechazaría a mi Patty?» pensó Alistair.

El joven Andrew volvió a tomarla en sus brazos para besarla, pero fueron interrumpidos por la impaciente voz de Albert.

-¿Dónde está Candy?- Exigió saber Albert.

Su sobrino le dirigió una mirada severa, sin dejar de soltar las manos de Patricia, y Albert suavizó el tono de su voz.

-Lo siento, Patricia. Es sólo que han sido unos meses terribles sin ella. ¡Más de cinco meses!

-No sé con qué derecho pide información de mi hermana, Laird William. ¿Es que no tuvo bastante con deshonrarla y dejarla para casarse con lady Eliza Leagan?

-¿Yo, casado con esa arpía? ¡Ni en sueños! ¿Quién les contó esa patraña?

-La propia Eliza le mostró un periódico a mi hermana donde un artículo de sociedad hablaba del compromiso entre ella y usted. Como comprenderá, Candy hizo acopio de dignidad y prefirió volver a casa antes de estar en boca de media Inglaterra.

Albert se enfureció al imaginar la soledad, la decepción y la tristeza de su Candy por culpa de Eliza. Más que nunca estuvo satisfecho de haberse erigido como el justiciero que destruyó a esa familia, siempre por el cauce legal.

-Hace días que no sé dónde está mi hermana. Ella fue a pedir consejo a mi tía Gregoria, y mi tía, que es madre superiora de un convento; la hizo encerrar. He ido muchas veces a Puebla a verla, pero mi tía primero me la negaba y hace unos días me dijo que ya no está ahí, que la había enviado a un convento en Sonora hasta que se deshiciera de…

Patricia frenó su relato de improviso, como si se hubiese dado cuenta de que había hablado de más.

-¿Deshacerse de qué, Patricia? ¿El bastardo de Leagan le causó algún problema?

-En realidad usted se lo causó. Estoy segura de que fue sin querer, pero así ha sido.

-Por favor, Patricia, déjate de rodeos…

-Candy está esperando un hijo suyo, Albert. Y Eliza le dijo que usted formaba parte de un retorcido plan para proporcionarle un heredero a Lord Leagan, habida cuenta el vicio de mi cuñado. Por cierto ¿dónde está él? ¿Por qué no ha respondido a las cartas de nuestro abogado?

Al hermoso rubio se le fue el aire de la impresión.

-¿Un hijo? ¿Un hijo mío? ¡Jesucristo! ¡Santo Dios del cielo!

Laird William Albert Andrew-Campbell, siempre tan seguro de sí mismo, ese escocés rebosante de testosterona todo el tiempo, estaba temblando y balbuceando como una nena por tal noticia apoyándose en la pared.

-Sí, Laird William. Mi hermana está casi de seis meses, pero no sé si está bien porque no la he visto desde que fue a visitar a mi tía a su convento.

-Es… maravilloso. Mi mujer va a darme un hijo. Un hijo mío… sangre de mi sangre...

-El degenerado de Neal lleva más de cuatro meses criando malvas en el cementerio. Apostaría cien libras a que ni los gusanos se lo han querido comer- comentó Alistair en respuesta a la pregunta de Patricia sobre su cuñado.

-¿Perdón?

Albert le contó a Patricia con mucho tacto los repugnantes delitos de su cuñado y las circunstancias de su muerte, omitiendo los detalles más escabrosos para no perturbar a la dama. También le explicó lo sucedido con Eliza.

-No está bien esto, pero me alegro de que esa mujer haya sido desterrada.- dijo la pequeña de las Blanco.

En la hacienda los Andrew y Patricia prepararon un plan para traer a Candy de regreso de Sonora o del convento si aun seguía en él. Patricia iría a Puebla a sonsacar información a la hermana María, la monja encargada de la inclusa y única religiosa que había sido amable con ella en sus visitas. A continuación, Albert iría a buscar a Candy, ahora una rica viuda, para traerla a casa y casarse con ella.

Pero antes de partir el rubio patriarca haría algo para agradecer a su sobrino Alistair el apoyo que le dio. Hizo traer un cura, consiguió la dispensa necesaria y su sobrino se casó con Patricia en la hacienda.

Verles juntos y felices fue como una premonición.

«Pronto lo serás tú, Albert… con tu Candy», pensó el patriarca.

Esa noche Albert no pudo dormir por las ansias de tener a Candy de una buena vez... y porque Alistair y Patricia estaban siendo demasiado efusivos demostrándose su amor en el dormitorio de matrimonio de la hacienda. Los jadeos de ambos eran épicos.

«Maldito cuatro ojos, ¿quién iba a pensar que fueses tan...?» masculló Albert sonriendo pícaramente. Como no iba a poder dormir, salió al establo a buscar un caballo y estuvo varias horas paseando por los alrededores de la hacienda, contemplando maravillado el paisaje iluminado por las estrellas y una espléndida luna llena. Montañas, un arroyo y los aromáticos cultivos cercanos hicieron el paseo muy agradable. Laird William se prometió que pasearía muchas veces con su Candy por esos lugares.

Al día siguiente los tres partieron hacia Puebla, y tras descansar un par de días pusieron en marcha el plan. Primero, Patricia fue a hablar con sor María y ella aceptó ayudar a Candy. Ese mismo día llegó a Puebla George, el hombre de confianza de Albert, con los papeles necesarios para el matrimonio entre Laird William y Cándida Blanco.

Alistair, vestido con un impecable traje de paño inglés y aprovechando que hablaba con cierta fluidez español, se anunció en el convento como un respetable cabeza de familia interesado en adoptar junto con su esposa a un bebé próximo a nacer. Fue conducido a la oficina de la inclusa donde entregó a la hermana María el recado de Patricia Blanco para dejar la puerta abierta para Candy a determinada hora.

Patricia a su vez mandó un recado al convento invitando a su tía Gregoria a visitarla en su casona poblana con el cebo de entregarle un importante donativo para el convento. La codiciosa monja fue acompañada de otras tres religiosas, las más arpías del claustro y quienes vigilaban celosamente a Candy por órdenes de la superiora. Finalmente Albert esperaría al otro lado de la calle a que la puerta de la inclusa se abriera y su rubia asomara, para llevársela.

-Hermana Clara, venga conmigo a la inclusa, por favor.- Candy seguía siendo llamada Clara dentro del claustro.

-Sí, hermana María. ¿Hay trabajo pendiente?

-Así es, tengo que preparar un nuevo expediente de adopción, pero también hay que escribir algunas cartas de agradecimiento y ahí es donde la necesito.

En cuanto salieron del tenebroso claustro, la hermana María tomó de la mano a Candy y la hizo acelerar el paso. La monja se veía feliz, estaba sonriendo nerviosamente.

-¿Le pasa algo, hermana? ¿Encontró la botella de coñac de mi tía… digo, de la hermana Gregoria?

-Nada de eso, Clara. Vendrán por usted en unos minutos y debemos estar en la inclusa para que la saquen.

-¿Q-ué?

CONTINUARÁ...


El próximo será el último episodio. No se me da bien escribir historias largas porque carezco de experiencia.