Bueno, chicos y chicas... aquí termina la aventura de mi Divino Tormento haciendo de rudo escocés. Ojalá que haya sido de su agrado, estoy sorprendida con la aceptación que ha tenido esta pequeña historia. ¿O quieren un epílogo?

CAPÍTULO SIETE


Cuando la hermana María le informó lo que iba a suceder, Candy se quedó en blanco un momento. Luego, sin creer lo que había oído, dijo:

-No bromee, hermana María. Es muy cruel jugar con las ilusiones de los desesperados.

Sor María la miró con seriedad y ternura.

-No es broma, querida. Su hermana viene mandará por usted en menos de quince minutos. Aprovecharemos la hermana Gregoria está fuera para ayudarle a escapar.

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Sor Gregoria disfrutaba de un delicioso té auténticamente inglés y unas exquisitas pastas de mantequilla en la mansión poblana de los Blanco gracias a la invitación de Patricia. Comía con avidez y no dejaba de alabar a su anfitriona, aunque en realidad estaba esperando a que su joven sobrina sacara de una vez el dinero que había prometido darle. Sus arpías monjas-guardianas esperaban en la cocina, con la servidumbre de la casa. La hermana Gregoria sospechaba que su sobrina la había llamado para algo más que hacer un donativo, habida cuenta de que en mucho tiempo no lo había hecho.

-Hija, ¿y dices que estos meses ha hecho mucho calor en Veracruz?

-Así es, tía... la verdad es que este año ha habido mucho bochorno en el aire. O a lo mejor es que estos vestidos que compré con mi hermana en Inglaterra no son para estos climas tan tórridos, sino para los de allá, que son mucho más fríos. En Escocia es raro el día que hace calor de verdad, ¿sabe?

Patricia hacía lo posible para seguir entreteniendo a su tía mientras William y George iban por Candy. Stear, su amadísimo esposo, no debía tardar en volver de ir a ver a sor María para continuar con el plan de rescate a su hermana, pero el ardoroso marido de la pequeña de las Blanco también era muy despistado y aunque llevara un mapa era muy probable que se hubiese perdido o distraído mirando los monumentos de la ciudad. La recién señora Andrew esperaba que a su esposo se le ocurriera contratar los servicios de un coche de punto y volviera a casa pronto. Ya no sabía cómo entretener a la monja y echaba en falta el apoyo de Stear..

Como si lo hubiera llamado, se escuchó un carruaje en la calle y a continuación Alistair entró en la casa. Sin verlo Patricia sabía que era él porque se le oyó tropezar con algo y maldecir vivamente en una mezcla de inglés y escocés. Aunque en vez de ir a donde su esposa, se oyeron poderosas zancadas escaleras arriba, como si el joven marido de Patricia se dirigiera al dormitorio nupcial.

La hermana Gregoria se sobresaltó al escucharlo. No sólo porque era una masculina y desconocida voz, sino porque, para colmo de males, había pasado unos años en un convento estadounidense de manera que entendía perfectamente la lengua de Shakespeare.

-Patricia, ¿vas a decirme qué pasa ahora? ¿Quién anda por aquí?

La pobre chica temblaba de miedo por la mirada furiosa de sor Gregoria. La superiora no era ninguna tonta y Patty los nervios la estaban agobiando. Nerviosismo por el intento de retenerla hasta que volviesen Laird William y Candy, y también porque su marido no regresaba de la segunda planta. Pero esos miedos se disiparon cuando Stear irrumpió como una tromba en la habitación del té, se inclinó hacia su mujer y la besó el la boca con un descaro impropio para las rígidas normas sociales de la época, máxime que no estaban solos: había una religiosa católica ante ellos.

-Buenas tardes, señora. Me presento: mi nombre es Alistair Andrew-Campbell. Tengo el privilegio de ser el esposo de Patricia. Usted debe ser la hermana Gregoria... Mi Patty me ha hablado mucho de usted.

Sor Gregoria simplemente no podía ni reaccionar. El atrevido beso que había presenciado, la extraña vestimenta del guapo mozo y sobre todo la noticia que de él había recibido, le habían dejado completamente perpleja. Stear había subido al vestidor para quitarse el incómodo traje de paño inglés y volver a su habitual kilt con ghillie shirt.

Patricia temió que a la anciana religiosa le diese una apoplejía por la impresión.

-Tía, ¿Está bien? Contésteme por favor...

La monja dirigió a la pareja, que estaba tomada de las manos, una feroz mirada y respondió escupiendo amargas palabras.

-¿Este es el gañán que te había deshonrado en Escocia? ¿El que hizo que el bueno de Felipe rompiera su compromiso contigo?

-Tía, por favor, ya estamos casados. Dios ha bendecido nuestra unión.

Patricia estaba nerviosa, asustada y avergonzada, pero su marido mantenía su mano firme entre la suya, apoyándola en silencio. Sin embargo, Alistair Andrew estaba a punto de estallar. No le gustaba la forma en que la monja se estaba dirigiendo a su mujer.

-Pues por cómo le permites tratarte, como si fueras una meretriz, no parece que sea tu esposo. ¿Eres una señora casada o una ramera de mancebía, Patricia? ¿Acaso convivir con la otra perdida de tu hermana te ha hecho caer tan bajo como ella?

Alistair no pudo más. Se levantó enérgicamente del sillón que compartía con Patricia y la tela de su kilt azul ondeó desafiante, enseñando las musculosas piernas del escocés. Se dirigió a la madre superiora en el español más correcto que pudo:

-Mire usted, sor Gregoria, con todo respeto no le permito que hable así a MI esposa. Me da igual que sea su tía o Santa Rita: a mi mujer nadie la insulta y menos en mi presencia. Nos amamos, nos hemos casado por la iglesia y somos muy felices. Si esto no le gusta, puede hacer un paquete con su disgusto y comérselo con patatas. ¡Que le aproveche!

La hermana Gregoria se quedó de piedra otra vez. Indignada, cogió el cheque que Patricia había puesto en la mesita de té, se incorporó, llamó a las otras monjas y salió sin despedirse de su sobrina.

-Vámonos, hermanas, esta casa ha perdido todo rastro de decencia. Ay, Manuel, pobrecito hermano mío... si vieras cómo han acabado tus hijas te vuelves a morir de pura vergüenza.

Patricia estuvo a punto de ir tras ella para tratar de explicar mejor las cosas, para pedirle perdón... pero el cálido abrazo de su marido la envolvió con firmeza mientras Alistair le besaba el pelo y susurraba delicadamente:

-Déjala, mo gradh... tú no necesitas explicar nada. Eres perfecta y somos felices, ¿qué importa lo demás?

Y besándola tiernamente la condujo al dormitorio para venerar de nuevo ese cuerpo femenino que lo tenía loco.

.*


Mientras tanto en el convento la hermana María se aseguró de cerrar bien la puerta que comunicaba la inclusa con el convento, y a continuación quitó el cerrojo de la puerta que daba a la calle. Estaba arriesgando mucho por alguien que no conocía, por lo que Candy quiso saber las motivaciones de la religiosa.

-¿Por qué me ayuda, Hermana María?

La monja lo pensó un segundo, pero finalmente habló no sin antes mirar hacia todos lados, como si temiera que alguien escuchara lo que iba a decirle a la rica heredera.

-Porque quiero que usted tenga la oportunidad que yo no tuve, Candy. Le llamo así porque su hermana Patricia dijo que ese era su nombre y no Clara.

-¿Perdón?

-En efecto, hace once años también fui abandonada por mi familia a las puertas de este convento. ¿Mi pecado? Escuchar las zalamerías de un desaprensivo que se burló de mí dejándome embarazada y soltera, porque él era el hijo del dueño de la sedería donde trabajaba y obviamente ya estaba comprometido con una dama de su posición, aunque no me lo dijo hasta que le confesé mi estado. Yo tenía dieciséis años recién cumplidos.

Candy se estremeció por la confesión de la monja. Nadie mejor que ella para entender la situación: seducida, engañada, abandonada. Pero al menos la heredera Blanco sabía que contaba con el cariño de su hermana y una cuantiosa fortuna de la cual disponer cuando hubiera pasado la tormenta. Por charlas anteriores se había enterado de que la familia de sor María era de ingresos modestos, aunque muy observante de la religión católica y siempre pendiente del qué dirán. Pobre mujer.

-Dios mío, ¡cuánto lo siento!

El pesar de lady Leagan era auténtico. Sor María era su única amiga en ese horrible lugar.

-Mi hija fue dada en adopción inmediatamente al nacer. Sólo supe que había sido mujercita. Ni siquiera me dejaron verla, pero yo hablo con ella en mis sueños y sé que Dios me ha perdonado; aunque sigo aquí dentro porque no tengo a dónde ir. Váyase, Candy, a usted sí la esperan- María no pudo contener las lágrimas. Los recuerdos, la vergüenza y el sentimiento de abandono tanto por su hija como por su amiga la ahogaron cual losa invisible.

-¿Cómo dice?

-Su hermana Patricia ha estado viniendo varias veces, pero la hermana Gregoria se niega a recibirla. Escuché que le había mandado decir que usted fue enviada a Sonora y desde entonces no había vuelto.

-¿Qué le dijo? ¿Aun me odia por lo que hice?

-No, Candy. Al contrario. La echa mucho de menos y a su vez ha estado haciendo hasta lo imposible para que huya de aquí. Esta mañana vino un joven en su representación para decirme que había un plan de escape que le beneficiaría y acepté colaborar. No me importa el castigo que se me imponga. Lo hago por usted, por mí y por mi hijita. Por eso le estoy ayudando abriendo la puerta. Pero no perdamos el tiempo, ¡váyase ahora mismo!

-No puedo salir con mi barriga y este hábito…

-Su hermana envió con el joven este vestido para que lo usase el momento propicio. Ese momento ha llegado, Candy… ¡vuelva a casa! ¡Dese a sí misma la oportunidad de ejercer de madre!

-Si está en mi mano, no permitiré que mi tía Gregoria le haga daño por mi culpa, hermana María. Así que, ¡se marcha conmigo! Mi padre era primo de un obispo y él nos ayudará con sus papeles, además mi abogado también podrá socorrernos si las cosas se ponen feas. Incluso le pagaría a usted un viaje fuera de México para que escape de la bruja de mi tía Gregoria.

Sor María se quedó de piedra al escuchar esas palabras. Aunque cada uno de los miles de días que llevaba encerrada en el convento había rezado por un milagro, nunca se esperó que vendría de parte de aquella frágil niña rica a la que las primeras semanas había catalogado mentalmente como una más de tantas señoras de alta sociedad que se encerraban unos meses en el convento mientras el escándalo y la "molestia" (¡sus propios hijos, aunque bastardos!) pasaban. Pero Candy era diferente a ellas y por eso hicieron buenas migas, aunque María jamás se habría espero tanta generosidad de su parte. Después de todo, procedían de entornos sociales muy distintos.

-¿Cómo dice, Candy? No, sólo sería una carga económica para usted.

-De ninguna manera, María. Mi hermana y yo contamos con posibles y pagaremos sus estudios. Me dijo que le hubiera gustado ser maestra, ¿no? Dígame, ¿cuál es su nombre "real"? Quisiera llamarla así de ahora en adelante.

-Me llamo Rosa María... Bueno, vístase de una vez y vámonos pues... vendrá a un carruaje a recogerla en menos de diez minutos, pero la hermana Gregoria tampoco tarda en volver.

La monja no había terminado de hablar ni Candy de vestirse cuando se escuchó un furioso galope de un caballo en la tranquila calle. La hermana María se asomó para ver y apenas tuvo tiempo para quitarse de la puerta.

Un apuesto jinete rubio y de hermosos e intensos ojos azules vestido con una extraña falda a cuadros entró en las dependencias de la inclusa dejando el caballo sin atar en la calle, pero éste fue asegurado por George, el apuesto secretario del rubio caballero, quien dirigió con sus ojos oscuros una tierna mirada a sor María que la hizo estremecer.

El imponente jinete rubio era él. Laird William Albert Andrew en persona.

-Perdone mi descortesía, hermana –dijo en claro español aunque con un fuerte acento inglés- pero la bruja de la superiora está en camino y debo darme prisa en llevarme a mi mujer para casarme con ella. Y no es que le tenga miedo a esa monja, pero tampoco quiero que esta ciudad se lleve una mala impresión de los escoceses por todo lo que le diría a esa mujer si la tuviera enfrente.

-¿P-perdón? ¿Tu mujer? ¡Esa es Eliza Leagan! ¡Lo sé todo, barbaján!

María los animó a salir de la inclusa. En parte porque quería que se fueran ya, pero también por el pudor de no querer escuchar conversaciones o discusiones de enamorados. Además, estaba nerviosa porque el hombre moreno que había atado el caballo de Laird William -George- seguía mirándola, como si no le importara que fuese una monja.

-A-Albert… ¿qué haces aquí?- preguntó una Candy aterrada, enfadada y emocionada a partes iguales. No había visto al escocés desde la boda en casa de los McLeod.

Por respuesta sólo recibió un delicioso e impúdico beso. Posesivo, tierno, amoroso, desesperado y en cierta medida, obsceno.

-Lo que dije allá adentro mo gradh. Vine por mi mujer. Por la madre de mi heredero- dijo señalando el abultado vientre de la impresionada rubia.

-Pero… ¿y tu compromiso con Eliza Leagan? ¿Y mi marido? ¡Será un escándalo!

-Ese compromiso sólo estaba en la cabeza de Eliza y en el periódico falso que te mostró. Tu marido ha rendido las cuentas que debía. Los malditos hermanos Leagan ya no te molestarán más. Neal ha muerto y Eliza ha sido desterrada a Australia.

-¿Neal murió? ¿Cómo, cuándo? Oh, mi esposo…- realmente lo sentía.

Lord Leagan siempre fue atento con ella, a pesar de las terribles atrocidades que había cometido.

-De pobre nada, mo gradh. Sabes bien la sabandija asquerosa que era. Por lo pronto debes saber que eres su heredera universal.

Ella no escuchó nada de lo que Albert decía. Estaba extasiada con su imponente presencia y completamente rebasada por los acontecimientos.

-Ahora no hay ningún obstáculo entre nosotros. Yo no soy perfecto, pero sí honesto. Lo que ves es lo que soy. No sé si seré el mejor hombre, pero sí el que te ama con más intensidad. Tampoco sé si mi forma de quererte, de sentirte, de anhelarte, sea la mejor; pero es lo que mi corazón te ofrece con todas sus fuerzas.

-Yo…

-¿Cuánto tiempo de penitencia me pensabas aplicar? ¿Toda la vida? ¿No te has dado cuenta de que no puedo estar sin ti? ¿Pensaste que no iba a encontrarte? Mi pequeña ilusa…

Ella se pegó a su cuerpo y él la cubrió con sus brazos. Salvo la barriguita de seis meses, su preciosa Candy era tal y como Albert la recordaba, No, en realidad su estado de buena esperanza le confería un halo de tierna belleza muy especial.

-No quería perjudicarte. Tu carrera, tus negocios, tus sobrinos… Si yo te hubiera causado, aunque sea sin intención, el mínimo perjuicio no me lo habría perdonado. Y la noticia de tu compromiso me destruyó. Me sentí herida y engañada por todos.

-Pues mira tú por dónde. Querías ahorrarme sufrimiento y me destrozaste por completo.

-Yo no quería…

-Para no querer la has hecho grande, ¿eh? Ven aquí, mi preciosa…-dijo riendo tiernamente, mostrándole su hermosa sonrisa.

Le acunó la cara con sus cálidas, tiernas y firmes manos masculinas y le dijo mirándola con sus hermosos ojos azules que estaban ligeramente más oscurecidos por la determinación y el amor:

-Tha gaol agam ort, Candy. Te amo, Candy.

-Tha gaol agam ort-fhèin, Albert… Yo también te amo, Albert.

Él se sorprendió con la respuesta de Candy en su idioma, y sin importarle que estuvieran en plena calle la tomó en sus brazos para fundirse en un beso que selló su amor para siempre incluso antes de hacer los votos ante el altar.

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FIN

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Colorín colorado, este cuento sobre mi Divino Tormento ha terminado...

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¿QUIEREN UN EPÍLOGO?

Si lo desean, pídanlo y haré un "final-final" (epílogo).


Paso a contestar reviews que tenía atrasados...

JENNY

C-3 ¡Esperemos que no lo haga, pero la viejilla se ve de armas tomar! ¡Nos seguimos leyendo!

C-5 Es correcto, pero mi tocaya recibirá su merecido por arpía.

Blackcat2010
C-3 Hola! Pues sí, lamentablemente en aquellos tiempos no había demasiadas opciones para las madres solteras.
C-4 Con respecto a Albert bañándose, ¡imagínate lo que sentí yo al describir la situación! Efectivamente, la pecosa es una suertuda y Neal una rata (en este fic).
C-5 Indeed! La víbora mayor fue quien vio a nuestros rubios... pero tenía que haber suspenso en la historia. En cuanto a nuestro Wero sexy-lover, sencillamente suscribo todo lo que has dicho.
C-6 Mi tocaya es una perra, pero yo soy bueeenaaa ... Tuvo que decirle eso a Candy para quitarle al Wero, pero ya recibirá lo suyo. Nuestro rubio precioso ha impartido justicia a los hermanos. Lo del Gafitas ha sido sólo un anticipo de lo que leeremos en su fic... ya verás. La dieta del Wero terminará pronto. En cuanto a Neal, espero pronto sacar a la luz algo donde le pueda demostrar mi amor, él es mi Malote Sentimental y se merece algo digno de su alcurnia (sin dejar de ser orgulloso y dominante, ya sabes que así me mola mucho!).

Olimpia
C-3 Ojalá y el rubio llegue a tiempo. En cuanto a Neal, c'est la vie, pero ya le dedicaré un fic a él solito...
C-4 Jajajajaja... ¡todas nos habríamos tirado encima de semejante monumento de hombre!
C-6 Gracias por tus ánimos, esto me motiva a seguir intentando escribir cosas que les gusten.

Gatita Andrew
C-3 Claro que leo los comentarios, ¡son mi incentivo para seguir! En cuanto a la monja, pues es lo que había en esos tiempos: una señorita de buena familia que diera un "mal paso" no tenía muchas opciones. Iremos juntas a darle un rapapolvo a la monja.
C-4 Sí, lo que faltaba, ahora Eliza anda por ahí. Pero la visión del Wero no nos la quita nadie ;)
C-5 Jajajajajaja... no conocía ese dicho de "a la de rojo, me la cojo" ¡buenísimo! Muchas gracias por tus comentarios :)
C-6 Es cierto, esos Leagan eran unas escorias. Me alegro de que te esté gustando este fic.

Fersita
C-3 El Rubio hará hasta lo imposible por salvar a su chica. Gracias por tus comentarios!
C-4 Me alegro que te guste el fic!
C-5 Venganza y de las malas...C-6 Pronto aparecerá el último episodio. Al menos los Leagan ya no molestarán más.

Laila
C-3 Se ve que como no trataba con hombres, la hermana Gregoria no sabe ver cuando se les hace agua la canoa, jejeje... Gracias a ti por leerme!
C-4 ¡Me alegro de que te haya gustado el rubio que creé, ¡es justo como a mí me encantaría verlo!
C-6 Huy, a ver si no tienes problemas en el trabajo! A mí ya me pillaron un par de veces escribiendo, jejejeje... pero al menos mis compañeros no se meten conmigo y no le han dicho nada al jefe. En cuanto a la duración del fic, me lo había planteado en siete capítulos solamente, pero si ustedes quieren hacemos un epílogo. ¡Pidan y se os concederá!

Guest
C-4 Muchas gracias!

Jake
C-4 Me alegro de que te guste la historia y sigas leyéndola.

verito
C-4 Bueno, creo que Neal siempre fue una nena porque no era feliz en su familia. Aunque no lo creas, este personaje me encanta y de hecho quiero dedicarle un fic donde sea el héroe, pero sin dejar de ser orgulloso, pedante y dominante. A Eliza sí que se la cargue la peste. En cuanto a Albert... ¿qué se puede añadir? Es un hombre delicioso, bello y casi perfecto!

Carito Andrew
C-4 Es que hay que darle emoción, por eso corté. Coincido contigo: me fascinan los "Alberts" decididos y enérgicos, no blandengues.
C-5 Gracias. Mi rubio no se anda por las ramas y lo que quiere lo consigue. Ya verás quién los espió a los rubios.
C-6 Yo también prefiero las historias cortas, de lo contrario me aburro y me pierdo.

esmeralda andry
C-5 ¡Niña! Me dejaste babeando con el kilt de Albert y tu juego, jajajajaja... ya casi termina el fic.

Guest

C-5 Gracias!

maria1972
C-6 Encantada de que te guste!

maripili
C-6 Muchas gracias por tus ánimos. Espero pronto sacar más.

Melisa Andrew
C-6 Gracias por tu amable comentario. Saludos para ti también!

Friditas
C-1 ¡Gracias por pasarte por aquí!
C-3 No, no tengo el gusto de conocer Puebla, pero lamentablemente estas historias de monjas psicópatas y familias desnaturalizadas que abandonaban a sus hijas por "dar un mal paso" eran el pan de cada día en muchos sitios. Buscaré el libro que me has dicho.
C-6 A mí también me encanta Albert, aunque lo mismo amo a Stear. Gracias por tus hermosos comentarios, he visto tu trabajo y es muy bueno. Además también compartimos el gusto por el rock clásico ;)