La Dama de la Luna

Chapter II: Beautiful

Teana se contempló en el pequeño espejo por varios minutos, pasando un peine sobre su corto y suave cabello, arreglando cualquier imperfección. Sus ojos estaban decorados con el típico kohl, resaltando sus pequeños ojos marrones, una sombra azulada le daba un toque de profundidad a su maquillaje mientras que sus labios estaban teñidos en un rojo intenso.

Teana era una mujer hermosa, de caderas amplias y delgada, su piel tostada siempre ungida de aceites finos y perfumados, su rostro era ovalado y pequeño con un cabello negro que caía a sus hombros.

Avanzó de su tocador hacia la puerta y regresó corriendo hacia el gran espejo dispuesto sobre el otro lado de la habitación, tratando de encontrar el más mínimo error en ella, allí vestida con una túnica de algodón blanca con figuras doradas en los bordes. Unas sandalias delicadas y cómodas. Unos bracaletes de oro y lapislázuli adornaban sus esbeltos y delicados brazos.

Había optado por algo simple, sin nada de pelucas o joyas sobre su cuello, algo que resaltara sus atributos femeninos, y algo que le permitiera moverse con tranquilidad.

Teana era la hija del general del faraón, lo había conocido desde la infancia. Y muchos creían que ella se convertiría en la esposa de Atemu. Sólo ella le conocía lo suficientemente bien, ninguna otra mujer podría entender su naturaleza tímida y dulce que escondía sobre su apariencia de soberano.

Sonrió mientras caminaba por los amplios y bellísimos pasillos, el viento comenzaba a cubrir Egipto mientras que el sol brillaba con fuerza sobre un cielo despejado. Sus pasos la llevaron a dejar el palacio, entrando a un templo dedicado a la enseñanza musical y artística de doncellas.

La amiga del faraón había desarrollado un talento para el arpa que asombraba a sus maestros pues en el poco tiempo que llevaba ya era capáz de tocar melodías a perfección. Su talento, sin embargo, era opacado por otra estudiante de nombre Kisara quien danzaba con tanta naturalidad que pareciera los mismos dioses la habían bendecido con dicha habilidad.

Teana entró al templo donde las bailarinas, entre ellas Kisara, se encontraban perfeccionando sus movimientos. Sus ojos marrones se posaron sobre la joven mujer mientras una suave sonrisa cruzaba sus labios.

Kisara era hija del capitán de la guardia egipcia, de nombre Hatsi, y una mujer griega por lo que su piel era blanca y resaltaba entre todas las demás mujeres. Su cabello era azulado claro como el cielo en un día de primavera, delicado y largo hasta sus caderas como una mujer griega. Sus ojos eran dos puntos azules, penetrantes pero calmados como el Nilo; Kisara había vivido con su madre en Grecia hasta que, lamentablemente, ésta falleció, y su padre la trajo a Egipto hacía unos meses.

El capitán era un hombre de edad grande, inteligente y sabio, siempre portaba una sonrisa y un chiste, su carácter era amable y tenía el don de tranquilizar a las personas, y aún así ser un hombre de mano dura y firme. Hatsi era uno del círculo cercano del faraón, y un buen amigo del padre de Teana, Najt, el gran general.

Los movimientos de Kisara eran perfectos, sin un movimiento errado. Ella era hermosa aún sin portar gota de maquillaje, su cultura griega resplandecía en ella. Teana suspiró acentuando en su mente las grandes diferencias entre ellas pues Kisara era alta, esbelta, y de largas piernas torneadas, caderas femeninas y pechos firmes, su rostro alargado y afilado con pómulos altos y labios carnosos.

La egipcia decidió esperar a que su clase empezara, sus ojos yendo y viniendo de un lugar a otro, entonces su mirada se clavó en Tawi, la maestra de danza, una mujer pequeña y anciana de cuna noble. Kisara le sonrió con suavidad y asintió, sin embargo tuvo que apartar la vista de la escena y correr hacia donde sus demás compañeras estaban dispuestas con sus instrumentos en mano.

-Atención, les pido total concentración el día de hoy -habló Sheri, la maestra de música y canto, y sus ojos mieles se tornaron sobre dos alumnas en particular, Teana rió para sí misma al ver la cara pálida de sus compañeras-. Bien, bien...

La música empezó a llenar el templo, una que otra vez Sheri tuvo que detener a sus alumnas, corrigiendo los deslices musicales.

Kisara, junto a otras dos alumnas, danzaba al ritmo de la música frente a los ávidos y penetrantes ojos de Tawi quien observaba desde lejos los pasos de las mujeres. Teana no pudo evitar mirarla, sus movimientos eran tan hipnóticos y perfectos, sus piernas largas dando zancadas y sus caderas moviéndose de un lado a otro como una rama dejándose llevar por el viento, estilizada y hermosa. Como el vuelo de un ibis con sus largas alas y delgada figura al caminar.

La música y todo movimiento se detuvo, los cuerpos del templo cayendo al suelo en signo de reverencia, Teana rápidamente siguió a sus compañeros y esperó hasta que el farón ordenara levantarse, su voz llena de confianza pero Teana sabía que dichas formalidades eran odiadas por su viejo amigo.

Atemu portaba sus ropas finas sin el tocado del faraón, mostrando su cabello de picos negro con franjas rosadas y doradas. A su lado se encontraba Seth quien se mostraba tan tranquilo, y apático, como siempre.

-Majestad, Sumo Sacerdote... -Tawi hizo una reverencia, portando una jovial sonrisa-. Es un placer tenerlos aquí, ¿qué pueden hacer estas humildes servidoras para ustedes, mis señores?

-Mi dulce señora Tawi -sonrió el faraón-. Sólo venimos a admirar. Pasé tiempo lejos de Egipto y ahora quiero escuchar algo hermoso.

El corazón de Teana comenzó a latir con fuerza mientras aferraba el sistrum sobre su pecho mientras mordía sus labios, esa sonrisa de Atemu le cautivaba cada vez más y más. Sus ojos recorrieron cada centímetro de su amigo, ¿desde cuándo le consideraba atractivo? ¡Habían crecido juntos desde niños! Ciertamente había crecido, su voz era más gruesa y autoritaria, sus brazos eran más fuertes y musculosos, incluso sus piernas mostraban una significante cantidad de musculatura. Su pecho desnudo, en el cual descansaba un collar de oro, estaba marcado con líneas de más músculos.

-¿Teana?

La joven abrió y cerró los ojos volteando su mirada hacia Tawi quien seguía al lado del faraón, Atemu sonrió al verla, una sonrisa casual y pequeña reservada para ella.

-¿Sí?

-Ella es una de las mejores, faraón. -La voz de Sheri brillaba con orgullo-. Y sólo tiene dos meses, debería escucharla.

-Me encantaría la idea, mi dulce Sheri.

Sheri le indicó que avanzara, Teana asintió y avanzó hacia el arpa que se encontraba dispuesta en una de los lados del templo, con delicadeza sus manos y dedos recorrían los hilos dando vida a tranquilas melodías que envolvían a todos los espectadores.

Atemu concentró su atención en aquella mujer, su vieja amiga, la cual sin duda alguna había crecido desde la última vez que se vieron hacía cinco meses. Una dulce sonrisa de cariño se marcó en sus labios, ella ya no era la niña revoltosa que solía vencerlo en el fango y lodo a orillas del Nilo mientras peleaban por asuntos infantiles que ahora no recordaba.

Entoces sus curiosos ojos se posaron sobre otra figura, extraña a su memoria. Una joven de cabello largo e irreal y una piel tan clara como leche. Ella se esforzaba por perderse entre sus demás compañeras pero lograba resaltar fácilmente entre ellas, no pudo evitar despegar sus ojos de ella entonces el sonido de aplausos le regresó a la realidad. Rápidamente juntó sus manos y comenzó a aplaudir para su vieja amiga, ella agachó la cabeza algo apenada y avanzó hacia ella para felicitarla personalmente.

-Me honra ser reconocida por el faraón.

-Atemu -le susurró suavemente mientras besaba su mejilla.

Teana sintió como sus mejillas se inflamaban de calor, y nuevamente su corazón comezó a latir con fuerza. La proximidad de Atemu ahora le causaba un conflicto interno que jamás había experimentado antes.

-Mi Señor -la voz de Tawi estalló detrás de ellos-. Si me permite...

-Por supuesto -y avanzó con Tawi.

Las festividades de Opet estaban por dar inicio y Egipto se inundaría en alegría de comenzar el segundo mes de la inundación del Nilo, dando finalización al verano. Tawi y Sheri eran las maestras de la danza y de la música, quienes escogían, año con año, a los participantes que consagrarían su arte en las calles de Egipto, marchando detrás de la cohorte del faraón.

Teana no podía apartar la mirada de su viejo amigo, el faraón de Egipto. Sin embargo, la mirada de Atemu trataba de encontrar a la mujer de misteriosa belleza. Pero lo que Atemu no sabía es que había otro par de ojos sobre aquella bailarina.