La Dama de la Luna

Chapter III Blue

Los días siguientes a la llegada de Atemu Mahado había sido citado por Isis, la hermosa y escultural sacerdotisa cuyas predicciones siempre eran acertadas. La mujer ya estaba retrasada, algo común en ella, Mahado no le tomó importancia y simplemente se dedicó a contemplar con orgullo a su pequeña aprendiz de nombre Mana.

Mana era una niña huérfana que había rescatado hacía tres años en la última guerra que el faraón Aknamkanon, padre de Atemu, había luchado protegiendo la seguridad de una aldea egipcia contra los nubios. En esa guerra el Señor de las Dos Tierras había partido, dejando al joven príncipe Atemu como el próximo Señor de Egipto.

Mana podía ser testaruda en cuanto a reglas de etiqueta y procedimientos reales pero no había duda alguna que era fiel y confiable para hacia la familia Real. La dulce aprendiz tenía el cabello marrón, el cual caía unos centímetros bajo sus hombros en forma de picos, revelde y salvaje, tenía unos preciosos ojos esmeraldas y una inocencia en su mirada. Era de baja estatura para ser una joven de doce años.

Las puertas se abrieron y un sirviente de Mahado le informó que Isis estaba llegando, el hechicero asintió. Unos segundos después Isis avanzaba con ese porte que poseía, su hermoso cabello oscuro siempre cubierto por un velo. Mahado sonrió suavemente al encontrarse con la mirada de la egipcia.

-Un placer como siempre, Isis...

Ella asintió tomando asiento frente al hechicero que comenzaba a mirarle con curiosidad; Isis era conocida por guardar tantos secretos y ser la única en guardar compostura ante situaciones de pánico y estrés.

-Y como siempre ocultas algo.

Esta vez la sacerdotisa sonrió con suavidad, una fina línea curvándose en sus labios rosados. Isis era una mujer hermosa y altamente deseada entre la mayoría de los hombres pero ella estaba dedicada a ser fiel sirviente de Hathor y tomar a alguien por esposo era la última de sus preocupaciones.

-No lo oculto, simplemente no lo esoty gritando.

-Ah... -Mahado suspiró-. ¿Entonces? -Esta ve su mirada se cubrió de seriedad, Isis, finamente sentada, lanzó una mirada hacia el bello jardín donde la pequeña Mana corría detrás de un perro de nombre Tuli.

-Ha crecido tan rápido...

Mahado sintió como su cuerpo regresaba a la normalidad, una tranquilidad pareció invadir su cuerpo al momento en que Isis hizo alución a su alumna, su mirada se corrió a la figura que se divertía a la sombra de una acacia, escuchó con atención la suave voz que viajaba en el viento de su dulce Mana.

-Entonces...

La mirada del hechicero regresó a Isis, la sacerdotisa tenía esa mala costumbre de hacer que él siempre se sintiera culpable e indefenso.

-Cierto, te preguntaba ¿qué está sucediendo?

-Hondattay salió temprano del taller hoy por la mañana, llevaba prisa... No desayunó y no se detuvo a hablar conmigo. Algo importante debió pasar.

-Eso o su esposa estaba molesta con él.

-Estamos hablando de Serenett...

Mahado suspiró, soltando un largo y profundo hmm al cerrar los ojos, llevando sus manos a las sienes y masajeándolas con lentitud.

-Esto no está nada bien.

Hondattay era el escriba real, quien portaba el sello del faraón para cualquier asunto que fuera enviado, se encargaba de supervisar a los escribas de todo Egipto y como si eso no fuera suficiente era el porta sandalias de Atemu, uno de los puestos más influyentes y demandantes del reino. En él había una gran y pesada confianza. Y Atemu confiaba ciegamente en él.

-Sin embargo -Mahado retomó la conversación mientras Isis se llevaba una copa de suave vino a los labios- si fuese urgente el faraón nos mandaría llamar...

Isis asintió.

-Cambiando de tema... acerca de mi visión...

-¿La luz? ¿Qué con eso?

-Tengo una hipótesis interesante... Que no será agradable para el faraón.

-¿Estás hablando de una eposa?

-Él es el faraón. Y como tal necesita su balance. Es el padre de Egipto, y el dios viviente, todo dios necesita su otra parte.

-¿Y tienes a alguien en mente? -Mahado la miró con atención-. ¿Quién es?

-Teana, la hija del General Najt.

El hechicero contempló la idea en su mente por unos minutos mientras que Isis miraba a Mana y Tuli con diversión, aquella niña era capáz de sacar una sonrisa en Seth.

-¿Crees que el faraón acepte?

-No tenemos opción. No dejaré al faraón en manos que no confío. Teana tiene buena cuna familiar y un linaje impresionante, no olvidemos que Atemu confía plenamente en ella.

-Sí, pero-

La voz del hechicero fue abruptamente interrumpida por el sonido de las largas puertas al abrirse, ambos personajes de la cohorte íntima del faraón tornaron su mirada hacia el mensajero que jadeaba.

-¡Mi señor, noticias urgentes del faraón!

-Y tenías razón.

-Como siempre...

-¿Ya te vas?

Una suave voz hizo a Mahado voltear, frente a él se encontraba la pequeña Mana llena de polvo y pelos de Tuli, un perro callejero de color avellana. Sus ojos demostraban la inocencia pura de cualquier niño de dicha edad, la mirada de Mahado se relajó al encontrarse con sus verdes ojos.

-El faraón lo ordena.

-¡Atemu! ¿Y puedo ir también?

-No creo que sea buena idea, Mana, te veré más tarde. Compórtate en mi ausencia... y aléjate de mi estudio.

-¡Bien! ¡Saluda a Atemu de mi parte! -Y salió corriendo seguida de Tuli.

Isis observó a Mahado mientras él suspiraba y salía de la habitación, siguiendo al mensajero el cual tenía literas listas para transportar a ambos sacerdotes. Mahado era, después de Seth, la figura de la seriedad. Con su cabello largo castaño y sus ojos violetas, un porte alto e imponente, era de esperarse una personalidad serena y propia del hechicero y amigo del faraón. Pero Isis lo conocía mejor que nadie y podía decir sin temor a equivocarse que Mahado tenía el corazón más grande de todos, la prueba viviente era la adopción de Mana y Tuli.

Una visión cruzó la mente de Isis con flashes de mil y un formas pero la figura de profundos ojos azules se quedó grabada en su mente, una sonrisa alargada y suave. Y esa hermosa luz que parecía alejar la oscuridad de Egipto. Tenían que encontrar a la dueña de esos ojos cuanto antes, la seguridad de Egipto y la vida del faraón dependían de ello.