La Dama de la Luna

Chapter IV Strangers

El jardín del palacio era azotado por una suave brisa, las palmeras a las orillas del Nilo se movían con suavidad, el faraón se encontraba bajo una acacia custodiado de cerca por Shaadi, el guardia personal del faraón, quien tenía una mirada fija en el río, portaba una simple túnica de lino con una capa de piel de antílope; su cabeza estaba rapada y tenía unos ojos oscuros que hacían que cualquiera dudara en mirarle de frente.

Atemu dormitaba con tranquilidad, a su lado se encontraba su más fiel sirviente y compañero: un perro de nombre Matador. El animal descansaba el ocico en las piernas del faraón, mientras la mano del soberano estaba sobre el lomo del animal.

Los ojos de Shaadi brincaron a la figura dispuesta sobre la orilla del Nilo, un hombre delgado de aspecto lánguido que usaba un paño corto dejando a descubierto su vientre y torso, sus piernas eran delgadas y largas; su cabello era corto y oscuro con un pico corto al frente, de nariz respingada y cara afilada, pero poseía unos hermosos ojos miel.

Había cierta agitación en el escriba Handattay que Shaadi encontraba agotante pero necesaria, el pobre hombre siempre portaba sombras negras bajo los ojos que no intentaba cubrir, su esposa Serenett comprendía su ardua tarea pues así mismo servía a la Reina Madre, Tuya, como dama de compañía.

Los guardias permitieron la entrada a Mahado e Isis haciéndoles una pequeña reverencia, Shaadi inclinó la cabeza hacia Atemu y el hechicero simplemente dejó escapar un pequeño suspiro en frustración pero Isis soltó una suave risa. El faraón era sólo un niño.

-¡Ah, allí están! -Hondattay avanzó hacia ellos-. ¡Los esperaba hace horas!

-Escribano -Mahado colocó una mano sobre su huesudo hombro para disgusto de Hondattay.

-Hechicero.

-Hombres -suspiró Isis.

-¿Y qué tan urgente es el asunto? -Mahado se rascó la mejilla, observando al escriba.

-Es Hamadi, se encuentra nuevamente en Egipto y le mandó una carta personal al faraón.

Hamadi era el hermano mayor de Atemu y quien se suponía debería heredar el trono al morir su padre sin embargo Aknamkanon dejó por escrito que su hijo, el menor de todos, Atemu, se coronaría como Señor de Egipto tras su muerte. Hamadi fue sospechoso en un intento frustrado de asesinato contra Atemu la misma noche de su coronación, pero fue salvado por Mahado y Shaadi.

El hechicero frunció el ceño en manera de disgusto y asco, la sacerdotisa a su lado se cruzó de brazos, pensativa como siempre; Shaadi permaneció estoico con la mirada fija sobre el faraón. Ahora comprendían el nerviosismo de Handattay.

-¿Qué ha dicho el faraón? -Isis habló primero.

-Ah, he allí el gran problema. Ha aceptado que su hermano venga y se hospede en el palacio...

-¡¿Qué?!

Isis intentó cubrir sus emociones pero sus labios la traicionaron, morderlos era una manera en demostrar su disgusto. El hechicero se golpeó la frente y suspiró; allí bajo la acacia el faraón abría los ojos, estirándose y moviendo a Matador quien se despertó de un brinco, Atemu frotó sus ojos y miró hacia la junta improvisada que se llevaba frente a él.

Shaadi hizo una reverencia e Isis fue la primera en voltear hacia el faraón, imitando la conducta de Shaadi. Atemu entonces entendió que algo no estaba bien.

-¿Me he perdido de algo?

-¡Atemu, estás loco! -Hondattay lo tomó por los hombros, sacudiéndolo con suavidad, una mirada de terror grabada en su rostro.

-Aya -Asi era como le decía de cariño a su amigo. Entonces lo entendió-. Hamadi es mi hermano sobre todo y él no fue el culpable, sin embargo decidí escucharlos y lo envié lejos de mí... Él es mi familia.

Una sombra de tristeza cubrió el amigable rostro del faraón, Hondattay se sintió culpable y simplemente soltó a su viejo amigo, suspirando. Isis y Mahado se encontraba meditando.

-Faraón, si me permite...

-Adelante, Isis -le regaló una suave sonrisa.

-No me opondré a sus deseos si escucha y cumple nuestros deseos -Atemu sintió como un escalofrío recorrió su cuerpo-. Como bien sabe todo faraón necesita una esposa, Egipto necesita una reina.

-Ah... Lo sé -Atemu bajó la mirada hacia Matador el cual se acurrucaba a sus pies.

-Entonces...

-Tendrás tu respuesta mañana, Isis.

Mahado miró a Atemu incrédulo aunque algo esperanzado, tal vez su amigo estaba reconciderando tomar a Teana por esposa, lo cual era de todo favorable. Isis asintió, ocultando su larga sonrisa.

-Hoy es un lindo día -miró al cielo, girando hacia la salida.

Shaadi le siguió junto con Matador, dejando a sus amigos con dudas en la mente. Atemu avanzó sin pensar a donde le llevaban sus pies hasta que se encontró frente a la entrada de aquel templo de música y danza, el lugar estaba en silencio y dudó en entrar pero una fuerza mayor le llevó a caminar dentro del lugar, sus ojos se llevaron la mayor sorpresa al encontrarse con esa misteriosa mujer blanca que danzaba sin darse cuenta de su presencia.

Atemu le ordenó a Shaadi que se quedara en la entrada, y caminó hacia una de las columnas dispuestas a los lados de la edificación, sentándose y disfrutando de los movimientos perfectos de esa hermosa bailarina. Su cabello era como una suave melodía que se repetía en la mente de Atemu constantemente desde aquella vez que visitó a Teana tras su llegada a Egipto.

Kisara se detuvo, tal vez sintiendo la presencia de unos ojos detrás de ella, con algo de timidez giró hacia Atemu, cayendo rápidamente contra el suelo en manera de saludo.

-No, no, no -el faraón se levantó, avanzando hacia ella-. Por favor... levántate.

La joven bailarina alzó su cuerpo, llevando su mirada azulada hacia él, una sonrisita nerviosa se dibujaba en sus labios. Atemu la contempló con detenimiento, y el tiempo se detuvo para él. Esa mujer era la encarnación de una diosa, tenía que serlo.

-Tu nombre... Dime tu nombre.

-Kisara, mi Señor.

-Kisara... -su boca disfrutó el placer de su nombre-. Por favor, levántate -alzó una mano hacia ella, Kisara dudó unos segundos antes de tomarla.

-Gracias...

Su voz era tan delicada como ella, como plumas que rosaban la piel, así de suave era su presencia. Kisara era unos centímetros más alta que el faraón, sus largas piernas, su esbelta figura y su cabellera le daban un aspecto impactante, esa mujer era irreal.

-Dime, Kisara... ¿Quién eres? -Su mano aún sujetaba la de ella.

-Sólo una pequeña bailarina, mi Señor.

-Quiero conocerte...

-Soy hija del Capitán de la Guardia Real, pero mi madre era griega.

-¿Eres hija de Hatsi? Él nunca lo había mencionado...

-Me crié en Grecia... Llegué a Egipto hace unos meses, Majestad.

-Ah, ya veo -Atemu enmarcó una sonrisa amplia, sus ojos brillando en alegría-. ¿Te gustaría acompañarme, Kisara?

-Sería un gran honor, Majestad.

Atemu soltó la mano de Kisara al darse cuenta que aún se encontraba asida a la de él, un intenso rojo de pena coloreó las mejillas del faraón pero a Kisara pareció no importarle, pues después de todo él era el faraón. Ambos caminaron fuera del templo hacia unos jardines, Shaadi les seguía como una sombra, a unos pasos detrás de ellos dándoles privacidad. Matador había salido corriendo a perseguir unos patos.

-Entonces... ¿te gusta vivir aquí?

-Egipto es muy hermoso, Majestad, sobre todo cuando la luz de Ra cubre al Nilo... Es un paisaje hermoso. Los templos están adornados con murales hermosos, divinos, todo está lleno de color y majestuosidad. Mi padre siempre decía que disfrutaría vivir aquí.

-¿Por qué dejaste Grecia?

-Ah... -La mirada de Kisara pareció apagarse en ese instante y Atemu se maldijo mentalmente.

-No me lo tienes que decir si te hace sentir mal... Lo siento.

Ella le regaló otra sonrisa y el corazón de Atemu volvió a latir.

-Mi madre... Ella estaba enferma y Egipto era muy agotante para ella, regresamos a Grecia pero ella falleció tiempo atrás.

-Disculpa...

-Ella ya no sufre, Majestad.

-No, y te está cuidando desde donde quiera que esté -Atemu alzó la mirada al cielo, un viento bailaba con sus cabellos-. Escuché que Tawi eligirá a cinco bailarinas ¿estás entre ellas?

Kisara asintió.

-Es por eso que estaba practicando, tiene que ser perfecto.

-Ya es perfecto, tus movimientos...

-Me honran sus palabras, Majestad -una sonrisa cruzó sus labios.

-Atemu... Mi nombre es Atemu.

-Pero usted es el faraón.

-No me agrada ninguno de mis títulos... Es... cansado portarlos.

-Usted es el padre de Egipto.

Atemu sonrió ante la voz de Kisara, sus ojos azules plasmados con sorpresa al mirarle.

-Entonces te ordeno que me llames por mi nombre.

-Sería como cometer traición -rió, y Atemu clavó sus ojos en ella, era una melodía fresca, llena de vida.

-Bueno, te ordeno llamarme Atemu sólo en mi presencia.

-Bien -asintió.

Atemu y Kisara disfrutaron de una caminata en el jardín, jugando con Matador quien acababa de llegar mojado y con lodo en sus patas. Kisara rápidamente le acarició, ganando su confianza con facilidad. Y en Matador era extraño que alguna persona ajena a la cohorte del faraón le agradara al animal, Atemu cada vez parecía más y más atraído hacia aquella mujer.

-¡Seth! -La voz de Kisara se cubrió de alegría, agitando los brazos al aire.

La túnica de Kisara estaba cubierta de lodo gracias a Matador, el cual agitaba la cola con fuerza. El faraón volteó hacia el Sumo Sacerdote y frunció el ceño, ¿acaso Seth tenía algo que ver con esa mujer?

-Majestad -el sacerdote hizo una reverencia al faraón y volteó hacia Kisara, quizá buscando una explicación.

-No sabía que conocías a la mejor bailarina de Egipto -Le miró Atemu.

-Ah -Seth cerró los ojos y sonrió con suavidad-. Su padre me pidió que velara por su seguridad.

Entonces era eso, el viejo amigable Hatsi hizo que el sacerdote cuidara de Kisara.

-Seth es muy amable conmigo -aquella sonrisa se convirtió en un sol, radiante de felicidad.

-Y si tu padre te ve así seguramente va a leccionarme, Kisara.

Atemu contempló a su primo, el Sumo Sacerdote y la bailarina que parecía ignoraban su presencia, tan metidos en un mundo donde existían ellos dos solamente. La sonrisa de Seth era tan evidente y notoria al lado de la mujer, y Kisara había perdido todo el nerviosismo y la pena que portaba con ella. Atemu torció los labios, esa mujer debería ser suya, era digna de una reina.

A los ojos de Atemu, Kisara era digna de ser la Reina de Egipto. Y él era el faraón, Seth simplemente el Sumo Sacerdote.