La Dama de la Luna
Chapter V Thief
Bakura contempló el paisaje egipcio que comenzaba a cubrir las planicies del desierto, sus labios curvándose en signo de disgusto. Su cabello blanco ondeaba en el viento mientras montaba en su caballo, un macho negro de fino linaje.
El asesino de Anatolia calmó el paso al entrar a un pueblo el cual estaba adornado con miles de colores, olores y figuras, varios artistas callejeros entreteniendo a las personas que se reunían a su alrededor para disfrutar sus actos, música en cada esquina, niños corriendo y gritando con felicidad. Otro disgusto se plasmó en sus labios.
Bakura seguía sin tener un plan fijo pero en su mente sólo se encontraba la misión de asesinar al faraón, aquel joven gobernante se veía inexperto, algo torpe y sin carácter para gobernar, su padre había sido un estúpido para confiar en él y firmar la paz si fácilmente pudo haberle derrotado en el campo de batalla.
El príncipe bajó de su caballo, buscando un hostal; decidió caminar por la orilla, escapando del ruido pueblerino.
-¿Estás perdido, extraño?
Una voz estalló detrás de él, mientras se había agachado para beber un sorbo del Nilo.
-¿Y quién lo pregunta?
-Fennis, a su servicio.
La mujer era una fina pieza de arte, con caderas amplias y curvadas, unos pechos que llevaba al descubierto tras la fina y transparente tela egipcia, su piel brillaba en aceites y su aroma era suave como una fruta.
-¿Y de qué provincia nos visitas?
Bakura enmarcó una sonrisa elegante y tentadora.
-Quizá pueda mostrártelo pero me temo estoy buscando un buen hostal que cubra mis necesidades.
-¡Estamos de suerte, mi buen señor! Soy comerciante y mi casa se encuentra a unos cuantas casas de aquí, es muy amplia. -Agistó su cabello con las manos, haciendo sonar las pulseras que decoraban su largo brazo.
La egipcia llamó a sus esclavos que cargaban con su litera, Bakura siguió a dicha mujer montando su caballo. Al parecer por fin los dioses estaban de su lado, tendría un buen descanso merecido tras su larga y agitada travesía. Quizá pudiera usar las influencias de la mujer para su beneficio, después de todo Bakura era conciderado como uno de los mejores amantes de Anatolia.
A kilómetros del pueblo, en Memphis, en el palacio del la familia Real, Atemu disfrutaba de una buena comida acompañado de su hermana Jounoses quien se mostraba más calmado de lo normal, hacía días que no soltaba unos pergaminos y no hablaba con nadie más.
-Jou...
El príncipe alzó la mirada hacia su hermano, regalándole una sonrisa. Jounoses había sido adoptado por Tuya, su madre, cuando ella y su padre, el anterior faraón, se encontraban dando una acostumbrada caminata por los jardines que se extendían por el Nilo. Tuya encontró al pequeño Jounoses en una cesta, a su lado un cocodrilo que mostraba ningún interés en la cesta. Aknamkanon tomó la seña como signo de poder y decidió adoptarlo, en ese entonces Atemu contaba con dos años de vida.
-¿Qué pasa? -La voz del pequeño príncipe era amable y suave.
La diferencia entre ellos era muy obvia, Atemu era de cuerpo pequeño aunque musculoso y aguerrido, por otra parte Jounoses era alto aunque lánguido, era un intelectual y erudito, elogiado por sus maestros y tutores. Atemu era de carácter rebelde e incomprensible, algunas veces actuaba sin pensarlo.
-¿Sucede algo, faraón? -Jounoses enmarcó una sonrisa y su hermano sólo torció los labios.
-Ahora no te lo diré.
-Bien -y regresó a su lectura.
Atemu pinchó la codorniz en el plato y volvió a levantar la mirada a su hermano.
-Hamadi vendrá al palacio.
-Hondattay me lo contó -suspiró, dejando el pergamino sobre la mesa-. Pero es tu decisión, quizá no como faraón, pero como su hermano. Yo no cruzaba tanto palabras con él, y lo sabes.
¡Alabado sean los dioses por poner al buen Jounoses en su camino! Él siempre era el hermano comprensivo.
-Sin embargo... -el castaño llevó una mano a la barbilla.
Y unos minutos transcurrieron antes de que Atemu se desesperara.
-¡¿Y?!
-La paciencia no es tu virtud, hermano... -Los ojos verdes del príncipe se clavaron en Atemu, una sombra de seriedad cubría su rostro-. ¿Qué hay de Teana? Digo, él siempre mostró interés en ella.
El faraón luchó contra el intenso deseo de arrojarle la jarra de cerveza a su hermano.
-¿Teana qué tiene que ver en esto?
-Si Teana fuera a ser mi esposa no me agradaría tener a Hamadi cerca.
-¿Quién te dijo eso?
-Hondattay.
-¡Aya! ¡Ese traidor!
-¿Entonces es cierto?
-¿Qué?
-Sólo bromeaba con lo de Hondattay... Él es una tumba cuando oculta tus secretos.
-Quizá...
-Bien.
Y volvió a su pergamino. Atemu le contempló por unos minutos antes de hablar.
-Isis pensó que sería buena idea...
-Un faraón necesita una esposa. Es extraño que no te hayas casado ya. Además Teana es linda y siempre ha estado a tu lado.
-¿Y por qué no te has casado tú?
-Querido hermano, mis pergaminos son mis esposas -Una sonrisa burlona se enmarcó en sus labios.
-Ya decía yo...
-¿Y cuándo le dirás? ¿En las festividades?
-Tal vez...
-Hay algo en tu rostro, Atemu... ¿Qué estás ocultando?
El faraón se levantó de la mesa, haciendo señas para que su hermano le siguiera, ambos caminaron en silencio hacia un balcón que daba la vista hacia el pueblo, allí a la distancia se destacaba el templo de artes.
-Existe alguien más...
Los ojos de Jounoses se abrieron a su máxima extensión, un hueco se formó en sus labios. Si conocía tan bien a su hermano todos estos años, Atemu jamás mostró interés en alguna mujer, incluso en su amiga de la infancia o las bellezas que estaban en la corte.
-¿Quién?
-Eso es lo que quiero saber, ella es un misterio.
-Uh, un misterio...
-Su nombres es Kisara, es hija del capitán Hatsi.
-¿Hatsi tiene una hija? Espera... ¿Hatsi está casado?
Atemu rió suavemente. Hatsi es un hombre reservado en asuntos personales pero un hombre tan alegre y amigable, abierto con las personas, que algunas veces le vió como una figura paterna.
-Su nombre es Kisara y es una de las bailarinas del Templo.
Jounoses se detuvo contra la orilla del balcón, lanzando su mirada hacia el templo.
-¿Y?
-No encuentro una manera de decirlo.
-Voy a golpearte, juro por los dioses que lo haré...
Atemu rió.
-Pensé que por ser el faraón podía ordenar la vida de todos pero...
-Y lo haces.
-Lo sé. Es sólo que con ella es diferente. No podría encontrar una pizca de autoridad para ordenarle tal cosa. No podría enfrentarme a su rostro de tristeza día a día.
-En verdad estás enamorado -Su hermano le miró aún sin poder creer las palabras que había dicho.
Atemu simplemente volteó su mirada hacia el templo, deseando con ansias que llegara el día de mañana cuando la procesión comenzaría. Y sin duda alguna Kisara se encontraría entre la compañía que iría detrás del faraón. Sus labios se torcieron, un nudo en el estómago se formó con fuerza... Seth también se encontraría entre la cohorte. Y eso no era de su agrado.
