La Dama de la Luna
Chapter VI Moment
La noche caía sobre Egipto, el vientre estrellado de la diosa alumbraba el Nilo.
El palacio se encotraba en tranquilidad, como la mayor parte del tiempo al caer la noche, allí dentro de una de las habitaciones se encontraba Kisara, la belleza de la danza acompañada de velas, inciensos y una pequeña copa de vino; en su regazo descansaba un gato que había caído bajo los encantos del sueño, las manos de la mujer sostenían un pergamino que contenía poemas griegos.
Ella extrañaba su hogar, quizá no... pero extrañaba a su madre. Y prácticamente era lo mismo. Su madre era una mujer sonriente que siempre estaba pendiente de su jardín, y sus caballos. Andrómeda era su nombre, y el cómo sus padres se habían conocido aún seguía siendo un misterio para ella pero para su deleite, su imaginación tejía historias de amor como que su padre rescató a aquella mujer griega de un destino cruel y se amaron desde ese mismo instante.
La mujer de descendencia griega era una soñadora empedernida. Y una belleza de misterio. Kisara aún temía a la vida en la cohorte pero, a pesar de su apariencia, pasaba desapercibida. No hablaba mucho y se dedicaba a la danza y sus poemas, y, aunque contaba con la compañía de su padre, pasaba su tiempo libre acompañada de la belleza que Egipto le brindaba, dando ligeras caminatas a la orilla del Nilo, o en los jardines del palacio. A veces acompañada de Seth, el Sumo Sacerdote.
Una sensación de calor cubrió sus mejillas.
Seth se mostraba como una persona silenciosa, culta, de agudos y penetrantes ojos azules, casi como los suyos. Pero había algo que ocultaba, un brillo que Kisara veía con facilidad: esa sonrisa que le regalaba al momento que se encontraban solos, incluso el tono de su voz se volvía suave y frágil, temeroso de lastimarla.
La mujer suspiró, levantando al gato de sus piernas y colocó los pergaminos bajo su almohada; su interior estaba intranquilo por lo que decidió retomar sus hábitos de dar una pequeña caminata antes de dormir.
Acompañada de un guardia, Kisara siguió su camino hacia los jardines y descubrió que no había sido la única que pensó en dicha idea.
-Sumo Sacerdote -la mujer hizo una suave reverencia a lo que Seth respondió con un signo de disgusto.
-Kisara...
Ella le regaló una risa que iluminó el rostro de Seth.
-¿No puedes dormir, Seth?
-Hay voces en el viento que intento escuchar con atención pero... se esfuman rápidamente.
-Entonces no estás escuchando con atención.
Y de la nada una ráfaga los cubrió de frescura. Una risita estalló en los labios de Kisara y, frente a la mirada de Seth, la mujer se convirtió en una diosa viviente. Su largo cabello ondenado en el viento como una bandera de libertad.
-Kisara... -Y sin pensarlo sus manos encajaron con la mandíbula de la bailarina, levantando su mirada hacia él.
Ella se dedicó a sonreír, nerviosa y con ansiedad que palpitaba en su corazón.
Él tampoco habló, posando sus labios sobre los de ella con timidez y agitación.
Seth se tornó agresivo, golpeando a Kisara con oleadas de besos desesperados, ella correspondía a sus ataques con calma y suavidad, permitiéndole explorar cada centímetro de su boca. El Sacerdote se volvió posesivo, cubriendo las caderas de la mujer con sus brazos, asiéndola con delicadeza contra su pecho.
Ambos rompieron dichas caricias por aire, sus bocas jadeaban de excitación.
Entonces los ojos de Seth se convirtieron en el cielo de Kisara.
-Perdona mi osadía.
-Perdona mi complicidad -rió Kisara, enmarcando más la sonrisa del sacerdote.
Y mantuvieron su compañía en silencio, una conversación que ambos disfrutaban más que la típica charla bulliciosa de la corte. Seth, deslizando su mano como serpiente, cogió la mano de Kisara a su lado, apretándola con delicada y posesiva fuerza, la mujer recargó la cabeza sobre el ombro de Seth, cerrando los ojos, disfrutando de su presencia y el ambiente.
A la mañana siguiente Kisara despertó en su pieza, ¿había sido todo un sueño? Las cortinas danzaban al ritmo del viento que corría con cierta timidez. Suspiró. Entonces sus ojos se posaron sobre la mesa de noche al lado de su cama, allí descansaba un brazalete de oro en forma de serpiente, sin duda pertenecía a Seth. Rápidamente sus manos lo cogieron, llevándolo al pecho y apretujándolo contra sí.
Sus ojos curiosos examinaron la pulsera, tragando cada relieve con la mirada, sus dedos recorrieron los bordes una y otra vez como si su vida dependiera de ello. Una sonrisa se alzó en sus labios y con cuidado llevó la joya a su brazo, contemplándola.
Un sonido la sacó de sus recuerdos, su criada apareció tan silenciosa como siempre y abrió la puerta.
-Mi señora, la señora Teana busca hablar con usted.
-Gracias Iye -le regaló una sonrisa mientras se levantaba de la cama-. Déjala entrar.
La criada asintió, feliz de complacerla y observar sus sonrisas, y avanzó hacia la puerta, Teana apareció con prisa, la agitación dibujada en sus mejillas, con ojos brillosos y cabello revuelto.
-¡Teana! -Corrió hacia ella, alarmada-. ¿Qué sucede?
-¡Vine lo más rápido que pude! -Sujetó las manos de su amiga y no pudo más-: ¡Voy a casarme con el faraón!
-¡Oh, Teana! -La abrazó con fuerza.
Y su amiga se dedicó a llorar de felicidad, Iye sirvió dos copas de vino fresco, brindando higos y fruta para las damas. Teana empezó contándole como Atemu le había pedido su mano en matrimonio al General y que éste, sin duda alguna, aceptó.
-Soy tan feliz...
-Y me alegro por tí... -Suspiró soñadoramente.
-Se llevará a cabo en dos días... Estoy tan nerviosa... ¿Qué tal si tropiezo o... o golpeo a alguien?
-¿Quién sería capáz de decirle algo a la Reina de Egipto?
-Oh... -suspiró, intentando tranquilizarse-. ¿Esa joya es nueva? -Los ojos de Teana parpadearon inquisitivamente.
Las mejillas de Kisara nuevamente se calentaron.
-Sí... ¿Es bella no?
Teana asintió con alegría, regresando a su plática de la boda. Kisara escuchaba cada palabra de su amiga con extrema felicidad pero dentro de su cabeza aún palpitaba el recuerdo de Seth sobre su boca.
