La Dama de la Luna
Chapter VI.2 Moment II
Isis giraba en su lecho con inquietud, en su rostro estaba plasmado el horror de las pesadillas que, desde hacía unos meses, la acosaban. La egipcia se despertó con turbulencia, el sudor escurría por su cara como el rocío de las mañanas en las hojas. Sus ojos trataban de acostumbrarse a las sombras hasta que sus manos sujetaron con fuerza su frente; su agitada respiración fue menguando hasta convertirse en silencio.
Aún con temblores, la sacerdotisa llevó un vaso de agua a sus labios, bebiendo el contenido completo.
Las pesadillas la plagaban con más intensidad desde que el faraón había regresado. Y era el mismo sueño, al menos fregmanetos de él. Sin embargo no todo estaba perdido, la luz de la esperanza brillaba al final. Una luz suave y casi mortecina; esta vez en se quedaron plasmados unos bellos ojos azulados que servían de escudo para Egipto.
Isis resbaló sus manos por el rostro, suspirando profundamente, con pesadez, su momento de paz terminó cuando cayó en cuenta que, quizá, Atemju debía de buscar a esa mujer de ojos azules y contraer nupcias con ella. La sacerdotisa siguió dándole vueltas al asunto hasta que su energía comenzó a evaporarse de su cuerpo.
La egipcia decidió encontrar paz en la frescura del exterior y abandonó la habitación cubriendo su cuerpo con una bata; sus pasos eran suaves, como el paso del Nilo. Los guardias, a su paso, haciendo una reverencia al encontrarse con dicha mujer.
Isis bajó las escaleras para cruzar el patio principal, giró en torno al jardín y decidió ocultar su presencia detrás de una de las columnas. Sus ojos se encontraron con la figura de Seth y una mujer desconocida que disfrutaban de su mutua compañía con las manos entrelazadas. Ella frunció el ceño, no era típico en Seth tal comportamiento, como sumo sacerdote sólo podía tomar una mujer como esposa, quizá mantenía oculta a la mujer. Quizá simplemente era una concubina... pero aún así Seth no se prestaba a tales actos de muestras públicas de afecto.
Rápidamente, como una sombra, se escurrió detrás de la columna mientras Seth caminaba hacia ella, la mujer en brazos. Su largo cabello escurría de los brazos del sacerdote, ondeando al caminar. Isis le siguió con la mirada hasta que él desapareció en el palacio.
Entonces le restó importancia hasta que una visión la hizo caer, la figura de una mujer que se escondía detrás de una cortina de luz blanca cubrió Egipto.
Isis, iritante y confusa, corrió hacia el palacio, intentando no caer con las grandes zancadas que daban sus piernas. Se alejó de ese lado del palacio, prácticamente corriendo hasta la casa que poseía Mahado, la cual usaba desde que adoptó a Mana. Sin perder tiempo de formalidades no le ordenó al esclavo que dormitaba en la puerta y entró, el esclavo la siguió exclamando palabras que no tenían cabida dentro de la comprensión de Isis en ese instante.
El esclavo le rogó a Isis que esperara en la sala mientras corría al cuarto de su amo, Mahado bajó unos minutos más tarde con un paño corto que dejaba al descubierto su torneadas piernas y su bien musculoso pecho marcado. Su cabello avellana, largo hasta la curva de su espalda, estaba revuelto, y sus ojos luchaban por mantenerse abiertos.
-He de suponer que... -pero su voz se extinguió al contemplar a Isis, su fino rostro cubierto en sudor, las manos a sus lados luchando con contenerse, la sacerdotisa era un desastre-. ¿Isis?
-Me... disculpo por la hora pero... esto es de suma importancia.
Mahado avanzó a la habitación, tomando asiento frente a la sacerdotisa, sin despegar su mirada de ella por un momento.
-Tuve otra visión... -suspiró, tomando la copa de agua fresca que el esclavo le había servido-. Esta vez estoy casi a punto de encontrarla...
-¿Encontrarla?
-A esa mujer, Mahado. Creo que es nuestra única salvación.
-¿Hablas de esa luz que viste?
Ella asintió y bebió el resto de agua, contemplando sus manos.
-¿Y bien?
-Creo que Atemu debería tomar a esa mujer como esposa.
Mahado pareció saborear las palabras de la sacerdotisa, degustándolas una por una.
-No sabemos quien es, Isis. Y el tiempo se nos viene encima. Las festividades de Opet son en tres días. El faraón y su esposa, la Reina, deben de estar presentes.
-Es una locura, lo sé.
-Sin embargo podría tomarla como su segunda esposa, o concubina real.
Isis torció los labios.
-O tal vez no... -suspiró el hechicero-. El faraón accedió a desposar a Teana, y creo que es buena elección. Además si algo ha de suceder nosotros... -su voz se detuvo al momento en que se encontró con Mana frente a él.
La pequeña criatura tenía el cabello revuelto, con una mano frotaba su ojo mientras que en la otra arrastraba un pequeño muñeco de trapo. Esa visión le hizo sonreír dentro de él.
-No puedo dormir...
Mahado suspiró, abriendo los brazos para la niña que corrió hacia él, sentándose en su regazo y rodeando el cuello con ambas manos. Isis sonrió suavemente, relajándose al instante.
-Disculpa...
-No tienes que hacerlo.
-Estoy seguro que si encontramos a la mujer azul -cerró la boca de golpe, volteando hacia Mana quien por fin había caído dormida- la coronaremos como segunda esposa, como tal deberá proteger al faraón.
-Supongo que... estará bien...
-Descansa, Isis... -se levantó con Mana en brazos-. Mañana nos espera un día largo.
La sacerdotisa asintió.
-Que los dioses vigilen tus sueños, Mahado.
-Igualmente, Isis, igualmente...
Isis suspiró mientras regresaba al palacio aún sin poder despegar esa imagen de su mente, imagen que poco a poco, esperaba, cobraba forma.
-Buenas noches, Isis.
-Seth -le miró sorprendida pero después asintió a su gesto-. Buenas noches -entonces recordó-. ¿Tampoco puedes dormir?
-Oh, no, acompañaba a la hija del Capitán de vuelta al palacio, la encontré mientras regresaba del Templo.
Isis prefirió no decir nada y sonrió, encamiándose a su pieza. La hija del capitán era una misteriosa mujer que se había recluído en el Templo de Música y Danza, no había tenido el placer de cruzar palabras o miradas con ella pero esperaba un día hacerlo, por lo que se decía de ella, la hija de Hatsi tenía un don para la danza.
La egipcia se tiró sobre la cama, cerrando los ojos y dejándose llevar por las corrientes del cansancio hasta ahogarse en el sueño.
