He aquí con mi sexta entrega de esta humilde historia. De verdad lamento la tardanza, pero los estúpidos exámenes fríen mi cerebro, y por ello es que no he logrado terminar el fic. Pretendía terminarlo con esta entrega, pero estoy falta de ideas para la parte final y con estos exámenes pues menos tiempo tengo.
Bueno, ya no les harto con mis quejas y mejor pasamos al fic, que como dije, no es el capítulo final. Terrorista ya no saldrá sino hasta el capítulo final, y Egoísta aparecerá de forma breve en este cap. Como la vez pasada, cada parte está ambientada en diferentes tiempos.
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Disclaymer: Junjou Romantica no me pertenece
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X.-
"¡No! No puede ser él… él no debería… ¡yo mismo lo maté!"
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–¡No puedes! –vociferó Shinoda sin evitar temblar un poco– ¡Tú estás muerto!
–Lo diré una vez más: quítale tus sucias manos de encima o te llevaré conmigo al Mundo de los Muertos –la voz de Nowaki sonaba tan fría que congelaría el mismo infierno– así termine condenado en el averno por toda la eternidad
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Hiroki aprovechó la distracción para zafarse de Shinoda.
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–¡Lárgate de nuestra casa! –ordenó el castaño– ¡Lárgate y no vuelvas!
–Está bien, mi Hiro-kun –respondió Shinoda, con el orgullo intacto. Luego se dirigió al ánima– Aunque me sorprende que ni siquiera la muerte ha logrado separarlos, al menos ella ni tú podrán quitarme todo lo que Hiro-kun y yo vivimos –y dicho esto salió de la casa, no sin antes ver con suma satisfacción la expresión molesta del que fuera médico del pueblo
–Nowaki... yo… –el mayor se sentía sumamente humillado. A decir verdad todavía le incomodaba el oscuro pasado que compartió con Shinoda, varios años atrás– yo… debí echarlo en el momento en que le abrí la puerta…
–Él tiene razón –su gesto molesto cambió por su habitual actitud gentil. Tomó a su esposo entre sus brazos y recargó su cabeza sobre su hombro– la muerte me quitó todo, menos lo vivido con Hiro-san.
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Estuvieron así otro momento más hasta que Hiroki notó la tardanza de Nana y Chibi-tan así que decidieron salir a buscarlos.
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Akihiko ya se había cansado de correr y no lograba dar con el chico de los ojos color esmeralda. Por alguna razón más allá de las preguntas que quería hacerle, quería encontrarle, acunarlo entre sus brazos, lamer sus cicatrices y borrar la evidente tristeza que opacaba el brillo de esos bonitos ojos esmeralda. Siguió caminando por varios minutos, pero se detuvo y sintió su corazón desgarrarse al encontrar al chiquillo bajo un árbol, acurrucado sobre la húmeda tierra, con rastros de lágrimas en sus ojos cerrados, algunas espinas enterradas en sus pies descalzos y las cicatrices rojas bajo esos malditos adornos causantes de su sufrimiento.
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Misaki abrió los ojos abruptamente en cuanto sintió que el botón de cempasúchil en la bolsita que guardaba dentro de su túnica ardía con más intensidad. Akihiko lo notó y lo primero que pudo hacer fue intentar sacárselo, pero dicho botón le quemaba la piel.
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–¡Basta! –le rogaba el chico con los ojos llorosos, iniciando un forcejeo– ¡Se está haciendo daño! ¡Por favor aléjese de mí!
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Ignorando la advertencia del pequeño, dejó de lado el botón e intentó arrancarle una de las pulseras, pero todas ellas ardieron como metales al rojo vivo, causándoles heridas a ambos.
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–¡No haga eso, duele!
–Aguanta un poco, Misaki
–¡Suélteme! ¡No tiene idea de lo que está haciendo!
–¡Tal vez, pero no tienes que aguantar esto!
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Los ojos esmeraldas se llenaban de lágrimas y el dolor se volvía tan insoportable para ambos, aunado a eso los forcejeos de Misaki no le ayudaban, así que tuvo una idea.
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–Ven conmigo
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Tomó al chico entre sus brazos y lo llevó cargando cual princesa hasta llegar a la casa de Xóchitl. Sin decir agua va, entró al cuarto donde se encontraba el cuerpo del menor.
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–¿Qué significa esto? –musitó trémulamente el ojiesmeralda– ¿Cómo? ¿Por qué?
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Misaki bajó de los brazos de Akihiko y revisó su propio cuerpo, encontrándose con que las tres semillas faltantes de sus brazaletes de ánima eran las mismas tres que faltaban en el cadáver.
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–No es posible… yo mismo me aseguré de que nadie pudiera encontrarme
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XI.-
Nuevo invierno. Transcurrió un año desde su huida del lugar que lo vio nacer. La gente se recuperaba rápidamente de aquella epidemia, incluido él: no sabía si algo tenía que ver el trabajo de Sumi-sama, pero su salud había mejorado notablemente, como si nunca hubiera padecido tal cosa. Como fuera, no podía quedarse mucho tiempo debido a sus pulseras en tobillos y muñecas, sólo haría una visita a sus conocidos y se iría a donde quiera que pudiera vagabundear.
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Deambulaba por las solitarias callejuelas bajo la luz de la luna, hasta que dio con la clínica del joven médico que en otro tiempo intentó curarlo de su enfermedad: Kusama Nowaki. Se asomó por una de las ventanas sin que nadie notara su presencia, y observó la escena: éste se encontraba rodeado de varios pequeñines que estiraban sus bracitos para ser cargados por él, en tanto que su sensei, Kamijou Hiroki, trataba de quitarle de encima a un compañero de trabajo, Tsumori, quien abrazaba efusivamente al médico. Un rato más tarde pasó a la casa de uno de sus ex-compañeros de secundaria: Takatsuki Shinobu. El muchacho se encontraba leyendo tranquilamente un libro, con música clásica de fondo. Aunque no lo conocía mucho, sentía pena por él, pues mientras éste anhelaba el reconocimiento de su familia y mostrar su valía –aunque no lo demostrara–, Misaki sólo quería pasar desapercibido, desaparecer de las memorias de todas aquellas personas a las que –de alguna manera que sentía– había dañado. Posterior a eso pasó con varias personas más, cuyas vidas eran igual o más felices, hasta que llegó a la humilde casita en la que vivió tantos años de felicidad al lado de su hermano.
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Tocó un par de veces la puerta de madera, esperando a que saliera. Aunque él no le recordara, quería verlo por última vez antes de desaparecer definitivamente del pueblo y de su vida. Por obvias razones no le diría que él era Takahashi Misaki, su hermano menor. Esperaba pacientemente a que saliera, mas nunca respondió. Preocupado, se marchó de ahí en su búsqueda y suspiró con alivio cuando lo vio en compañía de Manami, ayudándola a cargar con las bolsas de las compras que hicieron para Navidad. Lo siguió hasta su casa, pero había transcurrido un buen rato y en consecuencia sus muñecas le empezaron a arder. Manami ya había entrado a la casa cuando un quejido mal refrenado salió de su boca. Tuvo que ocultarse en el callejoncito que su casa y la de al lado formaban para que Takahiro no lo encontrara, pero no se había percatado de la presencia de otra persona.
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–Pero miren qué cosita tan linda tenemos aquí –espetó un hombre con tono pervertido mientras se ponía en cuclillas y le acariciaba la mejilla, descendiendo por su cuello hasta llegar a su pecho. Inmediatamente el menor se tensó– No temas, no te haré daño si te portas bien –se incorporó encima del muchacho, impidiéndole toda escapatoria. Sostuvo sus manos sobre su cabeza mientras metía la otra bajo el pantalón color café– No pongas esa cara, ya verás lo mucho que vas a disfrutarlo
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Intentó clamar por ayuda, pero recordó que gracias al servicio que solicitó a Sumi-sama, nadie le recordaba por lo que ahora era un completo extraño. Sólo por ese momento deseó que su nii-san recordara y llegara en su ayuda.
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"Nii-san… si he de morir esta noche, al menos será con la satisfacción de verte feliz"
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Justo en el momento en que el que ese malhechor profanaría su cuerpo, llegó su salvación: Takahiro le había dado con un palo en la cabeza y corrió a socorrer al menor. Con lo que ambos no contaban, sin embargo, era que el delincuente portaba un gran cuchillo que sin remordimiento alguno enterró en la espalda del azabache, arrebatándole así la vida.
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Eventualmente se celebró el funeral. Todo el pueblo estaba presente ahí, e incluso había dos o tres personas que no había visto antes, entre ellos un hombre de tez clara como leche, cabello sedoso y brillante cual hilos de plata recién labrados, y unos ojos color violeta que en esos momentos reflejaban un dolor disfrazado con su fría expresión. Sintió culpa por él y por todos ellos.
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"El propósito de esto era precisamente evitarle más penas a nii-san" lloraba internamente el castañito de los ojos color esmeralda, oculto en algún punto ciego del cementerio "Pero al final… aun cuando nunca me reconoció, terminé siendo una carga y él lo pagó con su vida"
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Una vez que se hubo vaciado el panteón, fue a visitar la tumba donde yacía el cuerpo de la persona que le dio todo en la vida. Lloró amargamente, sin importarle que las semillas le quemaran tanto que incluso se le viera la carne bajo la piel.
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"Esto no es nada comparado con haberte perdido, nii-san… lo siento tanto"
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Durante dos años más Takahashi Misaki vivió deambulando de pueblo en pueblo, llorando su pena en silencio, pasando desapercibido como lo había planeado, pensando en todo aquello que pudo haber sido y que nunca fue.
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"¿Así será estar muerto?" se preguntó un día de Muertos, en algún río de algún lugar "¿Así se sentirán las llamadas ánimas olvidadas cuando tienen que deambular por cualquier lugar porque no tienen a nadie que les recuerde?... Si es así, entonces ya no hay diferencia entre estar vivo o muerto para mí"
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Y así, a sus apenas 17 años, Misaki Takahashi se dejó caer a la zona más profunda, rocosa y vertiginosa del río, donde seguramente el agua borraría todo vestigio de su cuerpo. No intentó luchar por su vida, no pidió ayuda, sólo dejó que el aire poco a poco abandonara sus pulmones y el agua ocupara su lugar.
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"Nii-san… donde quiera que estés… perdón… y gracias por todo"
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CONTINUARÁ…
