Dissclaimer: Digimon y sus personajes no me pertenecen. Son creación de Akiyoshi Hongo y la Toei Animation. La canción "Maldita amiga" pertenece al grupo musical chileno Super Nova, por lo tanto, la lírica escrita en negrita y cursiva tampoco es mía. Esta historia la escribo sin ánimos de lucrar.

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Previamente, en El Ex Novio de mi Mejor Amiga: En el festival de otoño, el curso de Mimi hizo un maid café, donde Mimi hizo de maid y coqueteó con Yamato. Durante el mismo festival, Sora y Taichi se besaron. Y después de que terminara, Mimi fue besada por Yamato. Taichi cree que tiene una oportunidad con Sora y no la va a desperdiciar. Takeru y Hikari discuten acerca de a quién le puede gustar Sora, pues Hikari está preocupada por su hermano, pero Takeru la tranquiliza, diciéndole que todo va a estar bien y ella le cree. Taichi y Mimi tienen su última salida de amigos, donde él le comenta que ama a Sora y quiere estar con ella. Mimi, en medio de la cita, recuerda que fue besada por Yamato, pero no se lo comenta a Taichi. Y eso es lo que ha ocurrido en "El Ex Novio de mi Mejor Amiga"

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Capítulo Once.

Amigos con beneficios.

Taichi se quedó vigilando a Mimi, mientras ella tomaba el metro para ir a su casa. Sólo se quería asegurar que la castaña llegara bien hasta el andén y que ojalá no hiciera nada estúpido en el camino. Aunque tampoco podría hacer algo relevante como para evitarlo, pero se quedaba más tranquilo al vigilarla por un rato.

Cuando Mimi se perdió de su vista, Taichi dio la vuelta para marcharse. Eran recién las siete de la tarde y debía esperar un poco hasta saber si la chica había llegado bien a su casa. Se mordió la parte interna de la mejilla, con impaciencia. Tendría que hacer tiempo para llamar a Mimi.

Caminó por las calles de Odaiba con aire despistado. En realidad, estaba preocupado por Mimi. Taichi no era estúpido. Mimi se había puesto nerviosa ante la mera mención de su mejor amigo y si llegó al punto de ponerse pálida, es porque algo extraño estaba ocurriendo entre ellos dos. Y como él se preocupaba por sus amigos (o en realidad era muy curioso y metiche), decidió ir a preguntar qué había ocurrido al otro involucrado en el asunto.

Así, guardó sus manos en los bolsillos de su largo abrigo azul (que parecía que siempre lo acompañaba en las situaciones importantes) y decidió visitar a Yamato, mientras silbaba distraídamente.

Yamato, quien no era consciente de que Taichi se dirigía a su casa, estaba haciendo lo que siempre hacía cuando no tenía nada que hacer: estar echado en el sofá viendo televisión.

Su papá se encontraba trabajando en la televisora en esos momentos y su hermano Takeru había salido con Hikari y se había olvidado alimentarlo (de nuevo). Por lo que el rubio se encontraba solo, hambreado y aburrido como nadie. Y lo peor de todo, es que no tenía planes para esa maldita noche de sábado.

Yamato apretó otro botón del control remoto para cambiar el canal de mala gana, mientras gruñía por su día tan aburrido, porque tenía hambre, porque quería ver a Mimi y porque le daba flojera levantarse a preparar comida decente.

Cambió de nuevo el canal que estaba viendo, medio frustrado porque no había nada bueno en la televisión a esa hora. Aprovechó el impulso y se desparramó aún más en el sofá, mientras seguía cambiando de canal.

Rayos, no pasaba nada interesante los sábados por la tarde. O eso pensaba él, hasta que sintió un golpeteo impaciente en la puerta principal de su departamento.

Recobrando la compostura, se sacudió los rubios cabellos con una mano, mientras lanzaba el control remoto a alguna parte de la sala. Luego se incorporó del sofá y se encaminó a la entrada, mientras la persona que lo había ido a visitar golpeaba su puerta como si quisiera derribarla.

Ni que fuera el impaciente de Taichi. Pensó con simpleza. Luego tomó aire y pensando que nuevamente a Hiroaki se le había olvidado llevar las llaves del departamento por ir atrasado a su turno, comenzó a reírse de la desgracia de su padre. Al final, abrió la puerta con una sonrisa burlona. Pero apenas notó un revoltijo de cabello castaño despeinado, cambió su expresión y cerró de un golpe, casi como un reflejo.

– ¡Auch! – gruñó la persona que estaba detrás de la puerta principal. En efecto, era Taichi. – ¡Qué mierda te pasa Ishida! – le gritó Taichi, mientras volvía a pegarle a la puerta.

– ¿Qué mierda haces aquí, Tai? – preguntó el rubio, completamente extrañado de la presencia de su mejor amigo en su apartamento un sábado por la noche.

– ¡Ábreme la puerta, maldita sea! – gritó Taichi por toda respuesta. Y el rubio le hizo caso. – ¡Qué alegría verte, Yama! – Lo saludó Taichi con una sonrisa vengativa en los labios. Yamato lo miró impasible. – Quería pedirte un autógrafo para venderlo en internet. Nada más. – gruñó y lo miró, fulminándolo con la mirada.

– Ajá. – replicó el rubio, sin humor. – Ándate a tu casa, Taichi.

– Lo haría, pero Hikari salió con tu hermano y no tengo a nadie a quien molestar, así que vine a verte. – replicó Tai, con sinceridad.

Yamato puso su mejor cara de póker y se hizo a un lado para hacer pasar al castaño a su casa. Ambos se adentraron a la casa del rubio, como entendiendo su dolor. Taichi aprovechó de sacarse el abrigo y colgarlo por ahí, mientras caminaba hacia la sala de estar. Notó el televisor prendido y el desparramo de cojines del sofá.

– Veo que tú tampoco tenías algo importante que hacer. – dijo solemnemente. Yamato lo fulminó con la mirada. Pero Taichi comenzaba ya a reírse a carcajadas. – Quién te ha visto y quién te ve. Yama, tus fans estarían vueltas locas al saber que tú no haces nadalos fines de semana.

– Qué simpático. – masculló Ishida, con ironía.

– ¿Tienes algo para comer? – preguntó Taichi, dejando el tema por la paz. – ¡Me muero de hambre! – exclamó, mientras comenzaba a dirigirse a la cocina de la familia Ishida.

El rubio lo siguió, mientras suspiraba. Cuando notó a Taichi revisando su refrigerador, se revolvió el cabello y le preguntó si quería algo especial para la cena. Pero Taichi estaba más atento al reloj de su cocina, así que se sorprendió un poco por la respuesta que le dio.

– ¿Me dejas hacer una llamada antes?

Yamato asintió, mientras cortaba distraídamente algunas verduras.

Mimi, por otro lado, se encontraba en la tranquilidad de su hogar. Satoe había salido a recibirla con una porción enorme de arroz con crema y frutillas, que en cualquier otro día habría engullido con apetito. Pero, ahora, sinceramente, le daban ganas de vomitar.

La castaña se alejó de su madre, mientras argumentaba tener jaqueca, la que era falsa. Esto alarmó más a Satoe, convirtiéndose todo en una jaqueca real.

Tranquilidad de su hogar: Sí, claro.

Mimi fue encerrada en su habitación, mientras su mamá le cerraba las cortinas de su ventana y la empujaba hacia la cama, con toda la intención de que Mimi se acostara como a las 6 de la tarde un día sábado. También le estaba prohibiendo las salidas nocturnas, fijando una hora al médico y apagando las luces para que no molestaran a su bebé.

Mimi, en medio de todo ese alboroto, realmente pensó que su mamá echaba mucho de menos a su papá. Y pensó en eso un buen rato.

La relación de sus padres siempre había sido muy linda. Es decir, el matrimonio Tachikawa era perfecto de por sí. De hecho, Mimi agradecía al cielo nunca haber tenido que presenciar alguna pelea de sus padres (como era el caso de Yamato y Takeru). Sus padres eran una bendición.

De hecho, ella admiraba mucho la relación entre sus papás. Independientemente de que su mamá se volviera histérica sin su papá al lado o que su papá fuera tan manejable sin su mamá cerca.

Si Mimi tuviera que pedir un deseo en la vida, sería el de tener una relación amorosa como la de sus papás. Porque, claro, Mimi nunca había entendido porqué si era la hija de un matrimonio perfecto, ella no era la hija perfecta. ¡Vamos!, que calificaciones promedio, belleza que tendía a resaltar y una voz hermosa, no lo eran todo en la vida. Y, aunque incluso llegó a ser digielegida, y si consideramos que eso era algo exclusivo hacía unos siete años, no era suficiente para ella.

¿Qué más se podía pedir?

Amor.

Ella nunca había vivido el llamado amor verdadero. Tenía nociones de ello, sí, pero nunca lo había vivido. Y ese era su punto sensible. Algo que una vocecita muy molesta en su cabeza le hacía hincapié en sus días más depresivos. Esto porque, a pesar de que en Estados Unidos, Mimi no tuvo tanta mala suerte en el amor, salvo un detallito muy importante; ahora en Japón, todo parecía estar desenfocado: Es decir, ¿ella y el ex novio de su mejor amiga? ¿Juntos?

Really?

Mimi comenzó a pensar en la posibilidad de que todo esto no era más que un sueño muy largo. O quizás a su imaginación le gustaba gastarle bromas pesadas, durante mucho tiempo seguido.

– O, a lo mejor me volví loca y recién me estoy dando cuenta de eso. – suspiró de mala gana.

Ya le estaba doliendo más fuerte la cabeza. Por lo que el sonido del teléfono hizo que gruñera de dolor. Definitivamente tendría jaqueca en algún momento de la noche.

– Mimi, hijita. – le llamó Satoe, con ternura. – Es para ti.

– ¿Qué cosa? – preguntó, confundida.

– La llamada, mi amor. – aclaró la mujer, con dulzura, asomándose por el umbral de la puerta. – Taichi te llama.

Mimi miró a su mamá por un segundo que le pareció muy largo. Luego, aún perpleja por la llamada, levantó el auricular del teléfono, mientras su madre desaparecía por el pasillo.

– ¿Taichi? – preguntó, algo desconcertada.

– ¡Hola Mimi! – saludó el susodicho (aunque a Mimi le pareció que gritó), mientras echaba una mirada burlesca hacia Yamato, quien casi se corta un dedo al escuchar a quien había llamado su amigo. – Llamaba para ver cómo estás después de nuestra cita de hoy y si querías repetirla. – dijo el castaño, todo divertido, mientras veía a su mejor amigo gruñir como ogro y fingir que no estaba escuchando la conversación.

– ¿Tai, estás bien? – preguntó Mimi, ya perdida.

– ¡Oh, bonita, eres un encanto! – Taichi se rio entre dientes. Yamato, en cambio, machaba tenebrosamente una cebolla. – Yo también te amo. – dijo con un tono demasiado meloso. Yamato levantó el cuchillo con aire asesino y dio media vuelta para encarar a su amigo.

– ¿Taichi, qué te fumaste? – preguntó Mimi, ya cuestionándose seriamente la salud mental de su amigo.

– Nada, nada. – respondió ya muerto de la risa, al ver que Yamato se daba vuelta y se dedicaba a machacar ahora a una pobre zanahoria, tratando de pasar desapercibido. – En realidad, te llamaba para saber si habías llegado bien a tu casa. Digo, como estuviste hoy muy pálida y todo eso. ¿No tuviste problemas en el metro?

– ¡Qué eres lindo Tai! – chilló Mimi tan emocionada, que Taichi tuvo que separar su oreja del auricular.

Y sí, el chillido también lo escuchó Yamato.

– Llegué bien, gracias. – Continuó Mimi, ya más calmada. – Pero ahora estoy acostada, con pijama y todo. Mi mamá me dará algo para el dolor de cabeza.

– ¡Oh! ¿Te dolía la cabeza?

– Cuando llegué a casa. Pero me tomaré un medicamento y supongo que estaré mejor.

– Me alegra mucho Mimi. Si necesitas algo… ya sabes… Puedes llamarme. No hay problema con ello.

– Gracias Taichi, de verdad que eres un sol. – respondió Mimi, muy empalagosa.

– Lo sé, nena, lo sé. – Taichi comenzó a reírse entre dientes, al notar los temblores de rabia que tenía Yamato. – Ahora te dejo que no estoy llamando de mi casa y estoy gastando teléfono. – dijo con toda la intención de colgar

– E–espera. ¿No estás en tu casa? – A Mimi se le fue el aliento de pronto. ¡Qué Taichi no se encuentre en la casa de cierto rubio de ojos azules! Pensó, con desesperación.

– No, estoy de visita. Pero hablaremos de eso después, que estoy gastando teléfono. Nos vemos. – Y Taichi colgó.

– Bye. – respondió ella sin aliento. Estaba segura que el torpe de Taichi no le había escuchado. Colgó casi en estado de shock y se lanzó contra su almohada con los ojos bien abiertos. Luego los cerró con fuerza. ̶ ¡Qué no esté con Yamato! ¡Kami–sama, por favor, que no esté con Yamato! – chilló histérica y sonrojada, mientras movía los brazos y piernas desesperadamente.

Taichi, en cambio, se volteó a ver a su mejor amigo, quien parecía no estarle prestando demasiada atención. El castaño se acercó hasta Yamato y se asomó por encima de su hombro, con curiosidad.

– ¿Y qué cenaremos? – preguntó Taichi con entusiasmo.

– Zanahoria molida. – respondió Yamato, mirando sin entusiasmo el puré que había hecho al machacar dicha verdura.

– ¿Qué mierda hiciste Ishida? – reclamó Yagami, mientras miraba con tristeza el puré naranjo que se encontraba encima de la tabla de cortar. ̶ Si hubiera querido envenenarme, hubiera ido a visitar a Sora.

Pero Yamato levantó asesinamente el cuchillo y apuntó con él a Taichi.

– Cállate imbécil y explícame cómo mierda obtuviste una cita con Mimi Tachikawa – lo amenazó Yamato, mientras lo miraba como si quisiera matarlo.

Pero Taichi no se inmutó en lo más mínimo. Con frialdad, obligó a su mejor amigo a bajar el cuchillo y soltarlo. Luego, se rascó la nuca con falso nerviosismo y soltó una risita, también fingida.

– Bueno, – murmuró con una sonrisa burlona. – fue bastante sencillo ya que preguntas. Simplemente fui y se la pedí.

Satoe Tachikawa estaba en su casa mirando a su hija reclamar por cosas que para ella no tenían ningún sentido. Se preguntó vagamente si su querida hijita estaba poseída por algún demonio, como había visto en la televisión hacía poco.

Bueno, ella sabía que esas cosas no ocurrían en la vida real, pero hacía bastante que no veía a Mimi actuando tan rara. Así que sí, cualquier teoría era bienvenida para explicar el comportamiento de su hija.

– Mimi. – llamó con cautela. – Cariño, ¿te encuentras bien? – susurró la pregunta con cautela.

Mimi se volteó a ver a su mamá, quien parecía asustada al estar escondida detrás de la puerta de su habitación. Pero ella no estaba pensando en eso. Ella se estaba quebrando la cabeza al pensar de dónde, maldita sea, Taichi la había llamado. Porque algo le decía que lo había hecho de la casa de Yamato.

– ¡Mamá! – chilló Mimi, con quizás demasiado dramatismo. – ¡Taichi llamó desde un número telefónico!

– Sí, obviamente hija. – respondió la madre, perdida por la pregunta obvia.

– ¡Tienes que decirme cuál es! – exigió Mimi, en una gran escena de dramatismo.

– Mimi, ¿estás bien?

– ¡Necesito ese número, mamá! – chilló Mimi, mientras pataleaba en su cama como loca.

– Hija, tranquila. – murmuró, como si estuviera tratando con una loca. – Tenemos un identificador de llamadas, tranquila. – le recordó, como si nunca se lo hubiera comentado en la vida. – Iré a anotarlo y te lo traeré.

Y Satoe fue hacia el comedor, por lo que no vio la cara de felicidad de su hija, cuando le agradeció el favor. Sólo salió de la habitación de su retoño, parpadeando, sin entender qué ocurría. Pero recobró la compostura cuando se acercó hasta el aparato telefónico y anotó el último número que había quedado registrado en él. Realmente el amor adolescente no es como era antes. Pensó, mientras pensaba que su hija se había vuelto, literalmente, loca de amor.

Taichi, en cambio, sonreía, burlesco, en casa de los Ishida. Bueno, no era para menos, porque Yamato había confesado él solito que le gustaba Mimi. Aunque el rubio aún no se hubiera dado cuenta.

– Tampoco fue tan difícil, Yama. – bromeó Taichi, mientras veía cómo su mejor amigo se agarraba el cabello de forma exagerada. – Yo diría que no fue nada del otro mundo, si me permites opinar al respecto. – dijo, fingiendo que estaban hablando un tema sumamente intelectual.

Yamato se sonrojó, mientras se giraba a ver algo que todavía no había decidido mirar. Sintió las risitas de aquel que osaba llamarse su mejor amigo. Y gruñó.

– Yama. – le llamó Taichi, aun burlándose. – Ya es hora.

– ¿De qué? – Yamato respondió a la defensiva, mientras freía unas mezclas de verduras.

– Es hora de aventura. – dijo y se rio ante la mirada de confusión de su amigo. – ¡No! ¡Espera! Es hora de que seas sincero conmigo y me digas que eres gay. – se burló Tai. Yamato estuvo a punto de lanzarle un cuchillo a su ex mejor amigo. ̶ ¡No! ¡De algo mejor! Es hora de que me digas por qué le mentiste a Mimi sobre la leyenda del festival de otoño. – le acusó Tai, con burla.

– ¿Y tú cómo mierda sabes de…? – Pero se arrepintió de continuar formulando su pregunta. – ¡Mierda! – exclamó, agarrándose el cabello. – No sé de qué…

– ¿Estoy hablando? – Completó la oración Taichi con burla. – Sí, Yama, eso no te lo crees ni tú. Ya, abre tu bocaza. La pobre de Mimi casi hiperventiló cuando me lo contó en la tarde. ¿Qué le hiciste? – Yamato se volteó a ver al castaño, quien lo miraba con una ceja levantada.

– Solo fue un vals. Creí que tú y Sora habían hecho lo mismo.

– Bueno, pues si solo fue eso, espero que Sora también hiperventile de la emoción solamente al recordarlo. – comentó Taichi, aún con aire acusador.

Yamato iba a responder a eso, cuando se lo pensó mejor. Y, aunque sonara estúpido, se dio cuenta que delante estaba su mejor amigo. Aquel mejor amigo en el que no confió cuando se dio cuenta que le había comenzado a gustar Sora. Maldita culpa de mejor amigo. Ya casi se parecía a Mimi.

Mimi, por su lado, se mordía las uñas (aunque trataba de no cortarlas, porque quería tener una manicure perfecta) del puro nerviosismo. ¡Y es que no era para menos! El traidor de Taichi Yagami la había llamado quién sabe de qué casa y anunciado que habían tenido una cita, cuando el muy idiota le aclaró que ella ya no le gustaba.

La castaña gimió. ¿Y si todo lo dicho por Yagami era mentira? ¿Qué hacía ella con él y sus sentimientos? Eran bastante halagadores y todo, pero ella no quería una relación amorosa con Taichi. Con Yamato tenía suficiente, gracias.

– ¡Mimi! – le llamó su madre, con suficiente entusiasmo como para levantar muertos en vida. – Te he traído el número del que te llamó Taichi. – murmuró con una sonrisa, mientras le extendía un papelito rosado. – ¿Necesitas algo más princesa?

– No, gracias mamá. – respondió Mimi, luego de recibir el papelito. – Ve a acostarte. Debes estar cansada.

Su madre soltó un suspiro y se acercó para darle un beso en la cabeza, por las buenas noches. Luego, apagó la luz de la habitación y cerró la puerta.

Mimi descubrió que se quedó a oscuras cuando intentó leer el papel y no logró divisar ningún número telefónico. Así que, con nerviosismo, acercó su mano al interruptor de su lámpara de velador con forma de frutilla y la encendió.

Le sudaban las manos y las estaba apretando fuertemente de los puros nervios. Respiró profundo para armarse de valor, pero antes de echar un vistazo, agradeció de manera silenciosa a su mamá por dejarle espacio para revisar ese número ella sola.

Luego, leyó el número escrito en el papel y jadeó. De hecho, hiperventiló.

El número es de la casa de Yamato, holy crap! Fue lo único que pasó por su cabeza. Taichi traidor. Fue su segundo pensamiento.

A Taichi, en cambio, se le escapó una risita burlona, cuando observó la cara de su mejor amigo. La cara de falso desconcierto de Yamato era toda una oda a la desesperanza.

– Bien, Yama. Es hora de que confieses. A menos que te saque una foto ahora y haga un meme con tu cara. – Colocó una mano en su mentón, fingiendo meditar. – Lo llamaremos: "No saberle mentir a tu mejor amigo, nivel: Yamato Ishida" – Y luego soltó una carcajada.

Yamato estuvo a punto, a punto, de lanzarle el cuchillo a Taichi y destrozarle la cara. Optó por "matarlo con la mirada" y tratar de canalizar su rabia en otra cosa. Y machacó el arroz crudo mientras lo lavaba.

– ¡Vamos! ¡Dime algo! ¡Si de aquí no va a salir! – le rogó Taichi, fingiendo poner carita de cachorrito.

El rubio rodó los ojos con exasperación. En este minuto deseaba con todas sus fuerzas echar a patadas a Taichi de su casa. (O de su vida). Pero continuó preparando el arroz como autómata, mientras reconsideraba si debía decirle o no a Taichi que le gustaba Mimi. Hubiera sido todo más fácil, si al muy idiota de Yagami no le gustara también, porque ese asunto de llegar y pedirle una cita a Mimi era que estaba interesado en la chica (o que el muy idiota lo estuvo engañando para molestarlo).

– Anda, dime. Dime. Dime. Dime. Dime. Dime. Dime. Dime. – Y Taichi continuó repitiendo la palabra, aun cuando perdiera el aire en el proceso.

– ¡Quieres callarte, maldita sea! – gritó el Ishida, ya agarrándose el cabello de manera desesperada y exagerada. – ¿Quieres saber por qué le mentí a Mimi con la estúpida leyenda del estúpido festival? ¡Bien! ¡Te lo voy a decir! ¡Pero cállate un rato, maldición! – Yamato respiró sonoramente, mientras trataba de regular su respiración. Luego sí le lanzó el cuchillo a Taichi, pero falló en el intento.

– Ya, pero cálmate. Si no te conociera bien, diría que estás intentando asesinarme. – comentó el castaño, con ironía. Y Yamato le gruñó en respuesta, mientras iba a buscar el arma cuasi asesina, digo, el cuchillo.

Mimi respiró hondo por enésima vez, mientras trataba de que su respiración volviera a la normalidad. Era en estos casos en los que necesitaba una mejor amiga que no tuviera sentimientos dudosos hacia su ex novio como para poder confesarle todo sin tapujos.

– ¡Por qué Sora no me aclara de una vez si le gusta Yama o no! – Y luego gruñó, mientras se desordenaba el cabello con las manos.

– Mimi. – La castaña escuchó golpecitos en la puerta de su habitación. Era su mamá. – ¿Segura que estás bien?

– Sí, mami, ve a acostarte. – respondió la hija con voz melosa.

Mimi no alcanzó a oírlo, pero su mamá soltó un suspiro con pesadez. En realidad, la hija de los Tachikawa estaba metida en sus pensamientos sobre a quién debía llamar para hablar de sus problemas amorosos…

¿Y si llamaba a Miyako? Bueno, hacía mucho que no hablaba con ella. Sonrió internamente y tomó el teléfono para marcar un número que ya se sabía de memoria cuando divisó el reloj de su celular (pues la pantalla se había encendido). Era tarde… Holy Crap!

No tenía a nadie a quién llamar y no despertaría a toda la familia Inoue, porque a ella le gustaba Yamato.

– Oh, my God. Kill me please. – pidió Mimi, apenada.

Yamato sirvió la comida y dejó algunos trastos sucios en el lavaplatos de manera descuidada. Taichi alistó la mesa y se sentó, impaciente, por su comida, mientras daba algunos saltitos en la silla, esperando a que el rubio le sirviera la cena.

El Ishida se sentó también y cuando se dispuso a abrir sus palillos para comer, Taichi le lanzó un frito de zanahoria en toda su cara.

– ¡Qué mierda te pasa! – gritó Yamato, rompiendo los palillos de tan fuerte que los apretó.

– Es hora de que expliques todo. – le molestó Taichi, con su sonrisa burlona.

Yamato soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y gruñó. O masculló. Taichi no estaba seguro, pero el rubio emitía sonidos extraños e inentendibles. Pero, al castaño le daba igual, porque debía ser fuerte y proteger a la pequeña Mimi del lobo Yamato Ishida. Por lo menos, hasta que dejara de hiperventilar cada vez que lo tuviera en su mente.

– ¿Qué exactamente quieres saber? – preguntó de malas pulgas, el rubio, mientras se levantaba a buscar otro par de palillos chinos.

– Ya sabes, eso que ocurrió entre Mimi y tú. En el festival de Otoño. En el colegio. No sé si te suena.

El rubio miró largamente a su mejor amigo, quien a su vez, fingía que disfrutaba su comida (más le valía que lo hiciera, porque nadie venía un sábado por la noche a pedir que le hicieran de comer) y soltó un suspiro. Taichi era un idiota y él también por no confiar en él en el momento adecuado. Ahora, al parecer, estaban enamorados de la misma chica (lo que era una historia ya conocida para ambos) y no tenía idea de qué debía hacer al respecto.

Es decir, Taichi nunca le reclamó nada cuando se quedó con Sora. Pero, ahora, ¿le reclamaría algo por quedarse con Mimi?

Eso, considerando el que Taichi no le estuviera mintiendo y de verdad Mimi hiperventilara por haberla besado, porque le había gustado.

– ¿De verdad hiperventiló cuando hablaron de mí? – preguntó Yamato, extrañado.

Prefirió tantear el terreno. Quizás todo esto era una mala broma de Taichi y él estaba cayendo redondito en ella.

– Bueno, así de perder el aliento, no. Pero se veía afectada. De hecho, se puso pálida cuando le expliqué la verdadera leyenda del festival de otoño.

– ¡Qué hiciste qué! – gritó Yamato, soltando sus palillos. Luego, se sacudió el cabello con desesperación.

Taichi lo miraba completamente aburrido, mientras cenaba.

– Le expliqué la verdadera leyenda de…

– ¡Ya lo sé! – lo interrumpió el rubio. – ¿Por qué hiciste eso? – inquirió con tono acusador.

– Porque la pobrecita creía que no te vería en un año, o algo así. Yamato es muy malo mentirle a la gente. – le regañó, mientras levantaba su dedo índice y lo apuntaba.

– ¡Es que tú no lo entiendes! – se defendió el rubio, con desesperación. – Mimi no quiere nada romántico con nadie.

– Sí, ya me enteré. – le comentó aburrido, el castaño. – Por lo mismo, debiste haberle dicho la verdad de la leyenda. Pobrecilla, casi se murió cuando se enteró.

– ¿Pero de quién eres el mejor amigo aquí? – acusó Yamato.

– Tuyo. Pero eso no importa. La verdadera cuestión es que Mimi es nuestra caperucita roja y tú eres el lobo malvado que se la va a devorar, y ambos sabemos a lo que me refiero. Como yo sólo soy el mejor amigo del lobo, realmente no voy a impedir que te la devores, pero, como también conozco a caperucita y me cae bien, solo quiero que no salga lastimada cuando intentes devorarla. Eso, si es que ella deja que te la comas.

Yamato se quedó de piedra, con un tic nervioso, mientras que Taichi seguía comiendo como si nada hubiera pasado.

– ¿Terminaste de estar en shock? Porque necesito algo picante. Esto. – Restregó el frito de zanahoria delante de los ojos de Yamato. – No tiene sabor. Y no sé dónde guarda la salsa picante tu papá.

– ¿Quién eres? ¿El juez de "Master Chef"? – Yamato sentía que su tic nervioso aumentaba cada vez más.

– No. Pero si te hubiera nominado y hubieras presentado esto, habrías quedado en ridículo a nivel nacional.

El rubio quería golpear a Taichi. De verdad que quería matarlo, pero Takeru llegaría pronto y estaba seguro que no querría ser testigo de un homicidio. Así que se tragó las ganas asesinas y se levantó a buscar la salsa picante de su papá.

Cuando la encontró, se devolvió a la mesa e intentó seguir comiendo, antes de que Taichi lanzara otra de sus pesadeces. A este paso, no lo echaría de su departamento en toda la noche.

Taichi agarró el pote y comenzó a salpicar su comida con la salsa, dejando el plato completamente rojo. Y continuó comiendo. Yamato lo observaba, molesto, mientras su amigo tragaba y tragaba como si no hubiera un mañana. Luego, hizo unos ruidos inentendibles.

– ¡No hables con la boca llena! – le ordenó el rubio, poniendo cara de asco.

– Te decía que si ahora me vas a decir qué has pensado sobre lo de Mimi.

– No.

Taichi lo miró, haciéndole una mueca de aburrimiento.

– Realmente estás muy simpático hoy. – le comentó, con ironía. – Ya te dije cuál es mi posición en esta… cosa que tienes con Mimi. Y créeme, si la haces llorar, te moleré a golpes.

Yamato abrió los ojos con sorpresa. Taichi, hacía tres años atrás, le había hecho exactamente la misma amenaza, pero nombrando a Sora.

– Y ya que estamos en eso. Aún no te cobro el que hayas hecho llorar a Sora. – Taichi lo miró a los ojos, seriamente. – Pero tampoco lo haré ahora, porque la salsa picante de tu papá está muy buena.

– ¿Sólo por eso? – preguntó el rubio, con cansancio.

– Soy un hombre bastante simple, ya que lo mencionas. – explicó el castaño, llevándose otro bocado.

– Me doy cuenta.

– Ahora, cuéntame lo de Mimi. – ordenó, con la boca llena.

El rubio soltó un suspiro de cansancio.

– Está bien. Lo haré. – dijo, suspirando. El Yagami se emocionó y se acomodó mejor en la silla, para prepararse para la verdad, cuando… sonó el timbre. – Pero lo haré, cuando le vaya a abrir a Takeru.

– ¿Qué es esto? – preguntó Taichi indignado, al ver como su mejor amigo escapaba como si nada. – ¿Un nuevo episodio de "salvado por la campana"?

Yamato volvió a suspirar, mientras tomaba sus llaves y corría hacia la puerta principal. El castaño, por su lado, dejó los palillos encima del plato y corrió su comida, para estampar su cara en la mesa con frustración. Metió las manos en sus bolsillos y recordó que llevaba la cámara fotográfica de Hikari.

Sacó el dispositivo y, reincorporándose, lo observó detenidamente. Aquel bendito aparato era su boleto a un nuevo manga de fútbol y ¡él lo había olvidado pot completo!

Pero soltó una risita y besó la cámara de Hikari.

– Ahora tengo métodos para hacerte pagar, Ishida. – Y soltó una carcajada maligna… digo, se rio suavecito, mientras planeaba su travesura.

Mimi, por otro lado, se daba vueltas en la cama como posesa, aun sosteniendo su celular, quebrándose la cabeza sobre si debía llamar o no a Miyako. Al final, terminó marcando el número de la casa de su amiga de cabello morado y le importaba un pepino si despertaba a medio mundo.

– ¿Aló? – habló un chico, con voz cansada por el auricular.

La chica se heló por completo. ¡Había marcado el número equivocado!

– J–Jou–sempai… ¡Hola! ¿Cómo está? ¿Cómo lo ha tratado la vida? – Mimi comenzó a hablar disparatadamente, como siempre lo hacía cuando se ponía nerviosa.

– Mimi, ¿cómo estás tú? – Jou le cortó todo el parloteo, con voz amable. Ya intuía que algo andaba mal con su amiga.

– Bien. Pero justo ahora me duele un poco la cabeza y me acordé de usted. – Y soltó una risita nerviosa. – ¿Y usted?

– B–bien, gracias. – respondió él, nerviosamente. – ¿Pasa algo Mimi?

– ¡Ay, Jou–sempai! – suspiró Mimi. – ¡Qué bueno que preguntó!

Y Mimi comenzó a parlotear nerviosa mientras Jou se lamentaba al suponer que la chica no pararía de hablarle por horas cuando él tenía un muy importante examen de anatomía el lunes.

Así, mientras Jou se lamentaba mientras escuchaba los chillidos de una de sus mejores amigas, Taichi se reía como poseso, admirando la cámara de Hikari, mientras Takeru y Yamato entraban a la cocina para poder cenar.

– ¿Ya enloqueciste? – preguntó Yamato, por otro lado, mientras tomaba asiento y se disponía a comer.

Takeru, por su lado, se servía algo de cenar y observaba a Taichi, como si esperara que de un momento a otro saltara sobre ellos con una motosierra encendida.

– No. – respondió Taichi, tranquilamente. – Pero déjame decirte que he encontrado mi manera de hacerte hablar.

– ¿Con una cámara fotográfica? – preguntó Yamato, suspicaz.

– ¿De qué hablan? – interrogó Takeru, mientras sostenía un plato con comida y se sentaba al lado de ambos en la pequeña mesa cuadrada de la cocina Ishida.

– ¡Oh, cuñadito! – Takeru se sonrojó. – ¡Qué alegría verte! ¿Supongo que reconocerás esto? – dijo y mostró nuevamente la cámara de Hikari. El pequeño rubio palideció.

– ¿Q–q–q–qu–qué h–h–ha–ces con e–e–eso? – preguntó el Takaishi con miedo.

Yamato levantó una de sus cejas, aún de forma escéptica.

– ¿Qué es eso? – preguntó, el rubio mayor con desconfianza.

– La cámara de Hikari. – dijo Takeru oscuramente, como si el alma le hubiera abandonado el cuerpo.

– ¡Oh! – murmuró Yamato, con interés. – ¡Interesante! – exclamó, pensando en un nuevo chantaje para Takeru.

– Yo que tú no diría eso, Ishida. – amenazó Taichi. Luego encendió el aparato y se puso a buscar quién sabe qué cosas. – ¡Tarán! – canturreó el castaño y mostró la cámara fotográfica.

Ambos rubios fijaron sus ojos azules en el pequeño rectángulo luminoso que mostraba una fotografía muy singular. Eran Mimi y Yamato, a menos de 5 centímetros de distancia (o menos), con todo y líneas de movimiento.

– ¿De dónde sacaste esa foto? – preguntó el rubio, poniéndose de pie.

Taichi sonrió. Yamato se había sonrojado.

– No lo sé. – El castaño se encogió de hombros. Yamato alargó el brazo para tomar el aparato, pero el Yagami fue más listo. – Pero, ciertamente es muy bonita, ¿no? – Terminó de decir con una sonrisa burlona.

– ¡Por la mierda, Taichi! ¡Pásame esa foto! – exigió el rubio mayor con la intención de perseguir al castaño por toda su casa hasta obtener el dispositivo.

– Ni–muer–to. – Y Taichi salió corriendo, antes de que su amigo rubio decidiera arrancarle los pelos de la cabeza. Y Yamato corrió tras él, como si no hubiera un mañana.

Takeru, al ver que se había quedado solo en la cocina, tomó un poco de la salsa picante y puso un poco en su plato. Ciertamente a su hermano se le había olvidado agregarle sal a la comida.

Y, mientras una persecución asesina ocurría en casa de los Ishida, Jou aún lamentaba el haber respondido el teléfono, en vez de estar estudiando para su examen. Del otro lado del auricular, Mimi hablaba y gemía con desesperación. Pero el chico no se enteraba de mucho, en realidad. Solo entendía palabras sueltas como "ex novio", "amiga", "beso" y "miedo", pero más allá de eso, no entendía nada más y solo quería tomarse una buena taza de café cargado.

– Y–y–y p–p–po–por eso y–y–yo n–n–n–no p–p–pu–puedo e–estar ¡sin él! – chilló Mimi, finalizando todo su relato.

– A ver si entendí. – murmuró el chico. Luego bostezó. – ¿Te gusta el ex novio de alguien y besaste a tu amiga por miedo a que lo descubra otra persona? – Jou frunció el entrecejo. La frase no tenía sentido por ninguna parte.

– ¿Qué? – Mimi chilló escandalizada. – ¡No! – Soltó en un gruñido. – ¡Que me gusta el ex novio de mi mejor amiga y él me besó y tengo miedo de que mi amiga se entere! – gritó por el auricular.

– Ah. – exclamó Jou, con cansancio. Luego, algo hizo clic en su cerebro y gritó. – ¡Qué! ¡Besaste al ex novio de tu mejor amiga!

– ¡Pero no me regañe, Jou–sempai! – chilló Mimi, con lágrimas en sus ojos.

Jou se sintió culpable y se pegó unas palmaditas en la cara. Y trató de recapitular. A ver, si el ex novio de la mejor amiga de Mimi la besó, quiere decir que el chico estaba detrás de ella y si a ella le gustaba, entonces estaba resuelto el tema, excepto por la parte de la mejor amiga de Mimi que era… Sora. Entonces, el ex novio era… ¿Yamato?

– ¿Te gusta Yamato, Mimi–chan? – preguntó Jou, asustado.

– S–sí, digo ¡No! – gritó Mimi por el auricular.

– Entonces si te gusta. – afirmó el chico.

– ¡Qué no!

– Bueno, cuando lo asumas. – Siguió Jou. – Entonces, solo tienes que hablar con Sora.

– P–pe–pero sempai.

– Sí, sí, que no te gusta, ya entendí. – dijo, cansado. – Mimi, tranquila. Yo creo que debes hablar con Sora y verás cómo todo se arregla en un santiamén.

– Pero ¿y si ella no me perdona? – preguntó la chica, temerosa.

– Bueno, entonces se perderá a una gran amiga. – la convenció Jou. – Aparte que Yamato no es tan malo como para andar besando chicas e ilusionarlas. Además que está soltero. Aunque creo que esto tendrías que hablarlo con una chica. – sugirió Jou. – Yo creo que ellas tienen más tacto para estas cosas.

– Jou–sempai, ¿está ocupado? – preguntó Mimi con suspicacia.

– ¡Tengo un examen de anatomía el lunes! – lloriqueó el chico por el auricular. Y esta vez fue el turno de ella de escuchar los lamentos del superior.

Takeru, por su lado, terminó de comer y fue a ver cómo le iba al par de locos que tenía en casa, conocidos como su hermano mayor y su mejor amigo. Recorrió el departamento, hasta llegar al baño. Yamato golpeaba como poseído la puerta del baño, mientras aún se escuchaban risitas malévolas de Taichi.

– Oh, así terminó la batalla campal. – comentó Takeru a la nada, con aire aburrido.

– ¡Takeru, cállate y ayúdame a abrir la puerta! – rugió Yamato mientras rasguñaba la puerta. O eso intentaba hacer.

– No podrás obtener la cámara. – canturreaba Taichi desde el baño. – Yo la tengo y tú no.

– Taichi, ¿no crees que eso sea muy infantil hasta para ti? – preguntó el rubio menor, con aburrimiento.

– No digas eso, cuñadito. – Takeru volvió a sonrojarse. Lástima que ninguno de los mayores lo alcanzó a notar. – Porque puedo avisarle a mi papá que estás saliendo con mi hermanita.

El menor pasó saliva sonoramente.

– Okei. – respondió Takaishi y comenzó a marcharse de allí.

Pero su hermano mayor no lo dejó. Lo agarró del brazo y lo tironeó hacia la puerta del baño.

– ¡Oh, así que dejarás a tu pobre hermano mayor solo y desamparado por una chica! – amenazó Yamato, mientras el pobre Takeru se encogía de miedo.

– N–no, pero…

– ¡Oh, pero cuñadito, tú sabes que papá no soporta a chicos detrás de Hikari! – Comenzó a amenazarlo Taichi desde el baño.

– ¡Pero qué mierda les pasa! – gritó Takeru. – ¿Quieren que llame a Sora? – les amenazó de vuelta. – ¿O, a Mimi? O, mejor, ¿a ambas?

– Estoy soltero y hago lo que quiero. – se burló Taichi desde el baño. – Anda, tráelas. – Probó. – Mi papá de todas formas se enterará que eres el novio de Hikari.

Takeru palideció. Se le estaban acabando las opciones. Miró a Yamato, quien estaba sonrojado y miraba hacia otro lado que no fuera la puerta del baño. Al menos uno había caído. El menor soltó un suspiro y decidió dejar las cosas en paz.

– A ver, ¿qué sucede realmente? – interrogó, con los brazos cruzados. – Y no me hagan ser el maduro del grupo. – Y puso cara de pocos amigos.

– Taichi quiere que le diga qué ocurrió con Mimi en el festival de otoño. – respondió Yamato, sonrojado.

– ¡Eso mismo! – secundó Taichi, desde el baño.

– ¡Tranquilo Tai, a mí tampoco me lo ha contado! – le consoló Takaishi, con simpleza. Yamato lo miró, decepcionado.

– ¡Bueno, cuñadito, haz que hable, maldita sea! – gruñó el castaño, aún sin abrir la puerta.

Yamato se volteó a ver a su hermanito con cara de pocos amigos. Takeru soltó un suspiro.

– ¡Pero no es tan fácil! – se quejó el menor, con frustración.

– Bueno, habla antes de que le envíe tu foto con Hikari a mi papá por celular. O que lo etiquete por Facebook.

Takeru volvió a palidecer, si es que era anatómicamente posible. Se giró hacia su hermano, quien lo observaba con aires asesinos, y el pobre rubio menor pasó saliva. Trató de tomar un respiro y miró a su hermano mayor a los ojos. Y comenzó a mover los labios sin emitir sonido alguno.

Ishida leyó los labios de su hermano y gruñó. Takeru le había dicho que confesara lo que había ocurrido entre él y Mimi en el festival. Y él le respondió de la misma forma.

El menor soltó un suspiro. Yamato le había respondido que ni muerto se lo confesaría a Taichi. Así que, no le quedó más que preguntar por qué.

Yamato gruñó y movió sus labios, dando a entender que no sabía si Taichi era de confianza o no, considerando que a él también le gustaba Mimi.

Y Takaishi sonrió en triunfo y le susurró lo que le había comentado Hikari. "A Taichi le gusta Sora, Hikari me lo dijo. Justo Tai se lo comentó esta mañana", leyó Yamato en los labios de su hermano y lo miró sorprendido. Takeru le sonrió con franqueza y su hermano mayor soltó el aire.

– ¡Qué mierda les pasa! – gritó Taichi, desde el baño. – ¡Estoy subiendo la imagen a Facebook, Takeru! – amenazó.

– ¡Pues bórrala cabeza de cepillo! – respondió Yamato. – ¡Te diré qué pasó en el festival de otoño!

– ¡Ya era hora! – exclamó Yagami y abrió la puerta del baño.

– Bien, pero no te desmayes cuando te enteres. – le amenazó Ishida, con mal humor. Taichi se encogió de hombros y Takeru se sujetó a la muralla, intuyendo que alguien se terminaría desmayando. – Al final del festival, besé a Mimi en la entrada de su departamento. – soltó, sin tacto.

– ¡Qué! – El grito de Taichi y Takeru resonó por todo el edificio.

– Que besé a Mimi. – repitió Yamato, completamente aburrido.

– ¡Wow! – exclamó Takeru sin saber qué decir.

A Taichi, en cambio, se le habían dilatado las pupilas. Yamato lo miró serio.

– Eso explica por qué Mimi hiperventiló cuando hablamos de ti.

– ¡Qué! – gritó Takeru, mirando sorprendido al único castaño. – ¿S–saliste con Mimi?

– Si, algo así. – respondió el castaño. – Le pedí que nos tomáramos un café, para mostrarle la foto que les mostré hace poco. – Detuvo su explicación porque Yamato lo observaba asesinamente al recordar el asunto de la cámara. – ¿Qué? Necesito dinero en estos momentos.

– Ya, pero, ¿qué decías sobre que Mimi hiperventiló? – preguntó Takeru, previniendo una matanza.

– Ah, sí, eso. Como decía, el punto es que hoy nos juntamos a beber café y hablar de cosas que no importan. Estábamos haciendo el pedido, cuando Mimi decidió tomar un moka con sabor a chocolate. – dijo y miró a Yamato a los ojos seriamente.

– Como los cafés que le gustan a mi hermano. – dedujo el menor, con sorpresa.

– Ya, pero, ¿qué tiene que ver eso…? – Pero el rubio mayor fue interrumpido.

– Bueno, yo pensé lo mismo. – habló el castaño, mirando a Takeru. – Pero no le dije nada, porque se puso pálida ella sola. Luego hablamos de cosas que no importan mucho, pero después empezamos a hablar de la leyenda del festival de otoño de nuestro instituto. – Miró a Takeru, para ver si sabía de qué estaban hablando. Él asintió. – Bien, Mimi no la conocía y tu hermano, aquí presente, le dijo que si no bailaban el vals juntos, no se verían en un año o algo así.

– ¿De verdad? – Takeru trataba de contener la risa. Pero Yamato solo lo miró feo y el menor tuvo que morderse la parte interna de la mejilla para no estallar en risas.

– Sí. Mimi, como es ingenua, le creyó. Y me explicó eso cuando le dije que había bailado con Sora. Entonces yo le corregí y le dije que la leyenda del festival no era esa, sino que era de que si dos personas bailan ese vals, estarán juntas como pareja amorosa para la eternidad o algo así. Y ahí comenzó a hiperventilar.

– Bueno, tú dijiste que no había hiperventilado. – le corrigió Yamato, de mal humor.

– Ya, no perdió el aliento ni nada. Pero sí se puso pálida y temblaba como hoja. – comentó con preocupación el castaño. – De hecho me ofrecí a llevarla a su casa, porque se veía realmente mal. – Los dos rubios se miraron de reojo. – Al final no la acompañé porque me prometió que no se tiraría de los rieles del metro ni cometería alguna locura extraña como esa. De hecho, por eso la llamé cuando llegué aquí y no esperé a llegar a mi casa para hacerlo. – explicó seriamente. Y reinó el silencio por unos minutos.

– Entonces realmente le afectó ese beso. – comentó Takeru, a la nada.

– Pero puede ser para bien o para mal. – respondió Yamato, con frustración. – ¡Maldición! – Golpeó la muralla con el puño. – ¿Qué tengo que hacer para llamar su atención de una manera decente?

Taichi miró a Yamato y sonrió burlescamente. Yamato era tan obvio con sus sentimientos, pensó.

– A lo mejor… – Se aventuró a decir el menor. – A lo mejor se sintió mal porque fue su primer beso. – dijo inseguro. – Ya saben, a las chicas les importa mucho eso del primer beso y todo ese rollo.

– Supongo. – Yamato suspiró.

– No lo creo. – comentó secamente Taichi, pensativo, con una mano en el mentón.

Los dos hermanos miraron al tercero con curiosidad. El castaño los miró, dudando en hablar o no.

– Bien, Yagami. – Comenzó a decir Ishida. – Si quieres tus yenes para lo que sea que necesites, comienza a hablar.

– ¿Estás consciente de lo mafioso que sonó eso? – preguntó Takeru, a la nada.

– Tú cállate, Takeru. – reclamó el mayor. Taichi, en cambio, soltó un suspiro.

– Mimi no dio su primer beso contigo Ishida. ¿Quién te crees? ¿El acaparador de los primeros besos de las chicas? – preguntó con burla, Yagami. Yamato levantó los puños en señal de amenaza, pero Taichi se puso serio. – No, Mimi dio su primer beso en Estados Unidos. Eso lo tengo más que claro. – Y sonrió con astucia.

Takeru pasó saliva, haciendo que lo siguiente no lo viera venir. Rápidamente, Yamato se abalanzó contra Taichi y lo tomó del cuello de la camisa.

– ¿A qué te refieres Yagami? – masculló, con rabia el rubio mayor.

– ¡Yamato! – Takeru jaló las manos de su hermano, para ver si podía soltar el agarre.

– Me refiero a que, hace como cuatro años, yo y Jou estábamos en mi casa y llamamos a Mimi por no sé qué razón. Le hablamos por Skype y chateamos un rato. Pero cuando le pedimos hablar por webcam, Mimi se negó. – Ahí, Takeru logró soltar el agarre que Yamato le hacía a la camisa de Taichi. El castaño se arregló el cuello y, como si nada hubiese ocurrido, continuó narrando. – Nosotros insistimos, porque hacía tiempo que no la veíamos y… creo que era una apuesta o algo así. El punto es que ella nos dijo que estaba enferma en cama y que no quería que la viéramos en pijama.

– ¿De qué estaba enferma? – preguntó Takeru, con preocupación. Pero su hermano lo silenció.

– Nosotros insistimos y al final accedió. Mimi apareció y nosotros hablamos. Y… bueno, ustedes conocen a Jou, en ese tiempo estaba comenzando su obsesión con las enfermedades humanas y preguntó por los síntomas de Mimi. Tenía fiebre, inflamación en los ganglios y dolor de garganta. Era un virus, nos dijo. Había varios contagiados en su escuela. Yo iba a cambiar el tema, pero Jou palideció. Y preguntó si ella tenía la Mono.

– ¿La Mono? – preguntó Yamato, con extrañeza.

– Sí, la Mono – se apresuró a responder Taichi. – Mimi se sonrojó hasta el pelo y dijo que sí. Y Jou se enfadó mucho, muchísimo.

– ¿Por qué? – preguntó Yamato, extrañado.

– La enfermedad se llama "Mononucleosis infecciosa", pero también es conocida como "la enfermedad del beso". – explicó y miró seriamente a los dos rubios delante de él. Yamato y Takeru se miraron, extrañados. – Por eso, Jou se enojó y me explicó eso. Mimi, avergonzada, dijo que sólo había jugado al juego de la botella en una fiesta y luego, todos los que habían jugado, habían contraído la Mono. Y Jou se enojó porque eso no era cuidar su cuerpo y luego dio una cátedra sobre cómo cuidarse y sobre métodos anticonceptivos, porque según él, Mimi lo necesitaría pronto. Mimi se enfadó con él como por dos semanas. Pero volviendo al punto, por eso no creo que tú le hayas dado el primer beso a Mimi. – Terminó el relato, con mucha convicción.

Reinó el silencio. Yamato palideció al pensar que en realidad ella tenía mucha más experiencia de la que realmente parecía tener. Se comenzó a pasear por la habitación con desesperación, mientras trataba de encontrar la razón por la que ella, siendo que había padecido la enfermedad del beso, palidecía porque él la había besado por septuagésimo sexta vez (por poner un ejemplo)

– Y si no es la falta de experiencia, entonces ¿qué es? – preguntó Takeru, confundido también.

– Que soy el ex novio de su mejor amiga. – escupió Yamato. – Eso es. Le bajó el ataque de conciencia y no quiere verme a mínimo cincuenta metros de distancia. – explicó con frustración.

– Pero eso es estúpido. – se quejó Takeru. – Y, aparte, creía que habían superado esa etapa de su relación cuando le explicaste porqué terminaste con Sora. – Se escuchó un gruñido por parte de Taichi, pero lo ignoraron.

– Bueno, al parecer ella no lo supera aún. – Yamato se sujetó la cabeza con frustración.

– Pues, ¡haz que lo supere! – sugirió Takeru.

– ¡Eso intento, Einstein! – reclamó su hermano, con ironía.

– Mira, si algo sé sobre mujeres, es que debes arrinconarlas en una pared y pedirles que vayan lento. – comentó Taichi, todo emocionado.

Ambos rubios se miraron, desconcertados. El consejo venía de un chico que no había tenido novia en la vida, claramente no iba a funcionar.

– Ni lo intentes. – le susurró Takeru, seriamente a Yamato, sin que Taichi se diera cuenta.

– Ni muerto. – le susurró en respuesta, Yamato.

– Los escuché. – les advirtió Taichi de mal humor.

– Entonces, claro que va a funcionar, ¿no crees hermano? – fingió el menor, con una sonrisa falsa.

– Si planeas que me voy a tragar eso, cuñadito, no va a funcionar. Cuando mi papá se entere que existe la Mono y que tú eres un potencial portador del virus, créeme que será uno de los mejores días de mi vida.

– ¡Pero cómo seré yo un potencial portador!

– Bueno, tu hermano besó a Mimi, quien ya tuvo la Mono. Así que ella podría ser portadora del virus. Y compartió saliva con tu hermano. Quien comparte saliva contigo cuando ocupan un mismo vaso o los mismos palillos para comer. – Takeru palideció. – Y te besuqueas con mi hermana. Oh, la vida es dulce. – Y Taichi soltó una carcajada maléfica.

Yamato lo acompañó en su risa maniaca, porque realmente le daba lo mismo contagiarse de una enfermedad, de la que no tenía idea que existía hasta esa noche, por haber besado a Mimi.

– ¡Pero eso puede ser mentira! – protestó Takaishi desesperado.

– No. Búscalo en Wikipedia. Ahí sale que se transmite por contacto salival o algo así.

Y Takeru perdió todo el color de su cara. Si lo decía Wikipedia, era ley. Todo el mundo sabía eso.

– Yamato. – El menor se volteó a ver a su hermano seriamente. – Taichi tiene razón y debes ir lento con Mimi. Especialmente porque ella aún no supera la etapa en la que tú eres el ex novio de Sora. Aunque tenga razón en ese punto.

– Hazme caso. – dijo Taichi. – Anda lento. Así no logras espantarla. No le pidas noviazgo o algo así de una. – Luego, observó un reloj colgado en la pared y leyó la hora. Era tarde. – Y ahora dame mis yenes, porque quiero irme ya.

Yamato miró por última vez a ese par y se dio la vuelta con frustración. Era fácil decir que iría lento con Mimi, cuando en realidad no tenía idea de si ella sentía algo por él o no. Una cosa era ir lento, otra muy distinto era que la chica en cuestión no sintiera nada por él.

– ¡Oye! – le llamó su castaño amigo. – ¡No te pongas emo en este momento y dame mi dinero! – le reclamó. Yamato se frustró y sacó dinero de su bolsillo. Taichi contó el dinero y soltó un suspiro. – Podría haber obtenido más, pero bueno. Te mando la foto a la noche. Chaito. – canturreó y se dirigió a la salida.

Una vez que Taichi se marchó, Yamato cerró la puerta y se encontró con la cara de preocupación de su hermanito.

– ¿No crees que sería buena idea si desinfectamos la casa? Digo, como precaución.

– No te pongas como mi mamá. – le amenazó el mayor y abrió la puerta de su casa solamente para darse el lujo de cerrarla de un portazo. Luego se fue a encerrar a su habitación.

A la mañana siguiente, hacía un día soleado muy bonito. No estaba tan caluroso, ya que aún estaban en otoño. Satoe Tachikawa había decidido dejar a su hija dormir hasta tarde, porque la pobrecita se estaba volviendo loca con tanta hormona adolescente suelta en su cuerpo, así que prefirió darle ese descanso. Comenzó a asear su casa, como siempre hacía los domingos, cuando sintió unos golpeteos muy fuertes en la puerta principal de su casa. Así que, desconcertada, fue a ver quién era por la mirilla, encontrándose con un muy apuesto joven rubio de intensos ojos azules. Así que, en vez de abrirle al jovencito, fue corriendo a la habitación de su única hija para poder despertarla.

Mimi, esa mañana, despertó de mal humor, ya que su mamá la zarandeó muy fuerte.

– ¡Qué ocurre, mami! – gritó la princesa.

– Hijita, discúlpame por despertarte así, pero hay un chico, muy guapo, afuera de la casa. Dice que iban a verse hoy. – Mimi no tenía por qué saber que ella no había cruzado palabra alguna con el joven que estaba golpeteando la puerta principal con el mismo mal humor que Mimi lo haría.

– ¿Qué? – preguntó la castaña, mientras se restregaba los ojos, somnolienta.

– Que hay un chico muy guapo afuera, buscándote. – respondió la madre coquetamente.

Mimi hizo a un lado las sábanas de un jalón y balanceándose mientras caminaba, se dirigió a la puerta principal. Y abrió de mala gana la puerta.

– ¿Quién…? – Iba a decir cuando notó a Yamato, con su mejor sonrisa coqueta, dando un paso hacia ella. – ¡Ah! – chilló con susto y cerró la puerta de golpe.

– ¡Mierda, Mimi! – aulló el rubio. – ¡Me destrozaste el pie!

– ¡Qué haces aquí! – gritó la castaña, mientras trababa la puerta con su cuerpo y hacía presión para que Yamato no pudiese entrar.

– ¡Vine a verte! – se quejó Yamato, mientras daba saltitos al sujetarse el pie herido.

Satoe observó toda la escena con aburrimiento. Hizo una mueca, pensando en que su hija no era tan descortés con los chicos antes. Soltó un suspiro y quitó a Mimi de la puerta con un solo empujón.

– Así no se trata a los invitados, Mimi. – le regañó la señora Tachikawa, dirigiéndose a la puerta.

– ¡Pero qué haces mamá! – chilló Mimi, mientras veía a Satoe abrir la puerta y mostrarle la mejor de sus sonrisas al rubio.

– Buenos días, jovencito. – comentó con un buen humor matutino. – Disculpe a mi hija, tiene malos despertares. – Yamato hizo una mueca en protesta. Destrozarle el pie a alguien con una puerta no era solo un mal despertar. – Pero pase, pase. – Y sin dejarlo rechistar, lo tomó del brazo y lo metió dentro del apartamento.

– Y–Yo… eh… gracias. – musitó el rubio, aún aturdido.

Y a Mimi no le quedó de otra que cerrar la entrada principal de un portazo, por la rabia.

Satoe dirigió a Yamato hacia la sala de estar y lo sentó en un sofá, frente al televisor. Luego, en un dos por tres, llegó con un vaso de jugo, un poco de arroz, sopa miso y fresas con crema chantilly y se los ofreció amablemente. Mimi se acercó lentamente a él, como si creyese que una bomba estaba a punto de estallar en su casa. Pero su mamá la llevó de la mano y la arrastró hacia el mismo sillón donde Yamato estaba sentado. En segundo, Satoe le ofreció el mismo desayuno a Mimi, quien terminó aceptando. Miró de reojo al rubio, quien comía lento, como si aún no creyese su suerte. Y luego, la mujer desapareció en la cocina.

– ¿Habías desayunado? – preguntó Mimi, mientras veía cómo el chico hacía el esfuerzo por comer un poco de arroz.

– No. – respondió. – Desperté temprano y vine de inmediato para acá. Quería invitarte a comer, pero no pensé que tu mamá me daría comida.

– ¿Qué haces aquí? – Mimi rogó porque eso no sonara tan pesado como ella creía.

– Vine a verte. – Y el chico bebió un poco de sopa.

La castaña se quedó en silencio un momento. Yamato había venido a verla. ¡Yamato había venido a verla a ella! Tomó aire con emoción y lo soltó rápidamente. ¡Era increíble! Había venido a verla y… ella… ¡Estaba en pijama!

La chica chilló y, dejando las cosas en la mesa de centro, salió corriendo hacia su habitación a ponerse ropa decente. Mientras Yamato la veía con perplejidad.

– Lástima, su pijama de conejitos era sexy. – comentó a la nada, mientras pestañaba.

– Oh, jovencito, disculpe pero su cara se me hace conocida. – Satoe se puso encima de Yamato, inspeccionándolo con curiosidad. El rubio se sonrojó. – ¿Nos hemos visto antes?

– Eh… – titubeó. – S–s–sí. Eh… Soy I–I–Ishi–Ishida Y–Y–Yamato. – dijo nervioso. La mujer delante suyo estaba encima de él y lo observaba contrariada. – Eh… Estuve con Mimi en… ya sabe… en el campamento… con los… d–d–digi…

– ¡Ah, sí! – exclamó la señora Tachikawa con alegría. Yamato suspiró de alivio al ver que la mujer se apartó de él y se sentó en un sofá lejos de él. – ¡Los digimon! ¡Ya lo recuerdo! Tú eras el rubio que tenía un hermanito, ¿no?

– S–s–sí.

– ¡Por eso me parecías familiar! – comentó y soltó una risita alegre.

Yamato se encogió un poco en el asiento, mientras trataba de comer unas frutillas con crema.

– ¡Oh, querido! ¡Esas fresas van con el arroz! – explicó Satoe con felicidad. – ¡Al padre de Mimi le encantan así! Te las separé porque no a toda la gente le gustan. No sé por qué, la verdad, seguramente es que no lo han intentado probar nunca. La gente es tan mañosa a veces. – Y comenzó su propio monólogo personal sobre comida extraña que Yamato nunca creyó poder escuchar en su vida.

– Discúlpala. Le gusta crear comida extraña. Te acostumbras con el tiempo. – dijo Mimi, suspirando. El rubio se volteó a verla.

Mimi estaba hermosa. Con un vestido tejido de color rosado, medias blancas y zapatos de plataforma, realmente se veía hermosa. Aparte que su cabello estaba trenzado de forma linda y un poco descuidada. Yamato se sonrojó y apartó la vista a su comida.

– Nunca he probado las fresas con crema y arroz. – confesó, avergonzado.

– No tienes que hacerlo ahora. – le respondió Mimi, mientras se sentaba a su lado.

Pero de todas formas Yamato lo intentó. Y no sabía tan mal como había pensado. Mimi soltó un suspiro y continuó comiendo ella también. Y Satoe los observaba encantada.

– Bien, Yama–kun, ¿cuáles son sus intenciones con mi hija? – preguntó con una voz tan encantadora, que a ambos chicos les resulto aterrante.

El rubio hizo un esfuerzo sobrehumano para no escupir la comida. Y se giró a ver a Mimi, quien se estaba atorando con arroz. Se apresuró a tragar y le pegó unas palmaditas en la espalda a la chica, para que no se ahogara.

– Y–y–yo, s–s–s–o–solo… eh… q–q–quería invitarla a almorzar.

– ¡Oh! – Satoe lucía y sonaba desilusionada. – Pero pueden almorzar aquí. – sugirió, con aburrimiento.

¿Qué era esto? ¿Una especie de prueba? Pensó Yamato, con horror. Miró a Mimi, quien se había sonrojado hasta las orejas y trataba de armar una frase coherente.

– Eh… S–s–sí, pero… Eh… quería que p–probara m–m–mi comida. – tanteó el rubio. A Satoe le brillaron los ojos. – ¡Digo! No es que su comida sea mala, es que… que... eh…

– ¡Oh, no te preocupes querido! Lo entiendo. – La mujer se veía feliz nuevamente. Yamato se preguntó si esos cambios de humor en alguien eran saludables. – ¡Me agrada bastante cuando los hombres cocinan! – exclamó con felicidad. – Aunque espero que la próxima vez que vengas puedas traer algo para que lo pueda probar yo también. ¡Mimi, deberías ser su novia! – sugirió la señora Tachikawa con toda la soltura del mundo. – Un hombre así no se encuentra dos veces.

Mimi chilló algo inentendible. Y Yamato, esperando que no se le notara lo colorado que se había puesto su rostro, tomó a Mimi de la mano y la arrastró, tal cual como marioneta, hacia la salida, mientras gritaba algo.

– ¡Ah! – suspiró Satoe. – ¡El amor adolescente es tan bello! – comentó a la nada, mientras sentía el portazo que Yamato había dado. – ¡Mamá debe enterarse de esto! – chilló y corrió al teléfono.

Mimi y Yamato, en cambio, salieron corriendo disparados, aún tomados de la mano. Ella todavía no podía articular palabra alguna, luego del comportamiento tan extravagante (por decir lo menos) de su mamá. Él, en cambio, esperaba que si la señora Tachikawa le había puesto una prueba (cosa de la que estaba bastante seguro), la hubiera sobrepasado (y ojalá con un sobresaliente). Aunque dudaba que al raptar a su hija y salir corriendo de la casa sin despedirse fuera a sumar puntos a su favor por hacer una salida extremadamente dramática.

Llegaron juntos a un parque cercano al edificio de Mimi, que se encontraba vacío para ser domingo en la mañana. Los regadores estaban funcionando y sólo se veía a algunas personas que hacían mantenciones a los jardines del lugar.

Yamato se detuvo de correr y trató de tomar aire. Luego se dio la vuelta, solo para revisar si la señora Tachikawa no venía detrás de ellos para seguir haciéndoles más pruebas de ingenio. Sintió una calidez en su mano izquierda y notó que aún Mimi no se había liberado de su agarre. Ella se encontraba a su lado también recobrando el aliento, luego de la gran huida que habían realizado.

– ¿Entonces? – dijo ella, dando grandes bocadas de aire. – ¿Vamos a ir a tu casa a almorzar?

– Bueno, prefería ir a comer por ahí.

– Oh. – Fue lo único que soltó.

Yamato quiso darse de cabeza contra un árbol. ¿Es que ella no podía ser más inexpresiva?

– ¿O… prefieres ir a mi casa y… comer allí? – sugirió, nervioso. – La verdad es que ni yo ni Takeru hemos ido a comprar comida. – Mimi notó que se había sonrojado. – Takeru está ocupado con Hikari y yo no he tenido tiempo.

– Tranquilo, podemos ir por allí y comer algo rico. – susurró ella, también sonrojada.

¿Qué estaba haciendo? Se preguntó Mimi mentalmente. Debería estar en su casa, apartada de Yamato, preocupándose de cualquier otra cosa más que de estar cerca de él. Pero… él había ido a verla, porque quiso, a las… ¿diez de la mañana? Nadie se despertaba tan temprano para invitar a otra persona a comer, ¿o sí?

Mimi se sonrojó. Ciertamente su cabeza era un caos.

Yamato, en cambio, aprovechó de que Mimi aún no se soltaba de su agarre y comenzó a caminar con ella, tomado de la mano. La mano de ella era pequeña, delicada, con los dedos finos y algo fríos. Pero eran suaves. Y se sentía genial el solo tomarla de la mano.

(Bueno, besarla era mucho mejor, pero quizás sí debía hacerle caso a Taichi después de todo)

Mimi sí se había dado cuenta que Yamato la tenía tomada de la mano. Pero no sabía si debía soltarlo o no. Sentirlo tan cerca era genial, pero ¿podía permitírselo?

– ¿Qué… quieres comer? – preguntó Mimi, nerviosa.

– No sé. Cualquier cosa. – respondió Yamato, sonrojado. – Todavía no tengo hambre.

– Yama… – Mimi levantó la mirada y se encontró con un rubio mirándola atentamente. Eso la puso nerviosa. – Yo… eh… ¡Nada! – Y miró hacia el suelo, sonrojada.

El rubio parpadeó, sin dejar de observarla. Estaba roja. Y parecía nerviosa. Pero, no se veía incómoda. Quizás, sólo quizás, si sentía algo por él. Algo más que amistad y todas esas frases cursis.

– Mimi… – susurró Yamato. No se había dado cuenta, pero estaban tan cerca. Podía sentir cómo su corazón latía fuertemente. – Yo… eh… Digo tú… me gustas.

¡Bien! ¡Lo había dicho! Miró a la chica, quien estaba roja como tomate. Se veía como un manojo de nervios. Y la entendía. Pero necesitaba saber qué sentía por él.

Ella intentó hilvanar una frase, cualquiera. ¡Pero su boca se negaba a hablar! ¿Realmente era así cuando uno se enamoraba? ¿Los nervios a flor de piel, la sensación de calidez, ni siquiera poder emitir palabra alguna? Sentía el golpetear de su corazón contra su pecho y ni siquiera sabía si le gustaba Yamato o no.

O quizás sí lo sabía, pero no lo quería admitir.

Jou–sempai le había dicho lo mismo. ¿Y si realmente le gustaba Yamato? ¿O de plano estaba enamorada de él? ¿A quién se le podía preguntar para salir de dudas?

Miró a los profundos ojos azules del chico y sintió cómo se le iba el aliento. También sintió ganas de llorar. ¿Qué pasaba si Yamato la amaba más de lo que ella le podría corresponder? ¿Cuánto se podía amar a una sola persona?

Yamato se acercó despacio a Mimi. Había inhalado su aroma todo el rato y se sentía perdido. Necesitaba sentirla un poco más cerca que él. La castaña cerró los ojos, con miedo. Los entreabrió cinco milímetros y notó que Yamato se acercaba a ella, acortando las distancias con rapidez. Iba a besarla. ¡Yamato iba a besarla!

– ¡No! – chilló Mimi, asustada. Y lo separó de ella con un empujón suave.

– ¿Pero qué pasa? – interrogó él, completamente enojado.

– ¡No puedo besarte! ¡Fuiste el novio de Sora! ¡No puedo besarte!

– ¡Mimi, al menos date una oportunidad para ser feliz en tus recién dieciséis años! – masculló Yamato, ya de mal humor al escuchar siempre la misma excusa.

– ¿Y qué pretendes que haga? – exclamó Mimi con terquedad. – ¿Fingir que no eres el ex novio de mi mejor amiga? Repito, ex novio de mi mejor amiga. ¡No es así de fácil! Los códigos de amistad son inquebrantables y… ¿Por qué te lo estoy explicando? ¡En teoría TÚ eres el que posee el emblema de la amistad! ¡Deberías saberlo mejor que yo!

– Si, conozco esos códigos de amistad – admitió con total sinceridad. – Pero también sé que cuando no puedes dejar de pensar en alguien y quieres verla todo el tiempo, aunque sea para saber si está bien, no puedo simplemente ponerme excusas de cuarta. No es ser sincero conmigo mismo.

– Pues hablas con la chica equivocada, porque no tengo ese emblema. – murmuró Mimi, mirando hacia a cualquier otra parte que no sean los ojos del rubio.

Yamato soltó el aire de golpe, con rabia. Mimi advirtió que se había sonrojado, al mirarlo por el rabillo del ojo, pero desvió nuevamente la mirada. Sentía que si lo volvía a mirar a los ojos, iba a perder una guerra.

Pero él fue más rápido y la tomó por los brazos, obligándola a encararlo.

– Y ya que sacaste el tema de los emblemas, ¿puedes explicarme qué rayos es un amor puro? – exigió Yamato, ya harto del tema. Mimi continuaba ignorándolo y él sólo quería que lo mirara, por una maldita vez en la tarde.

– ¡Y yo que sé! ¡Pregúntaselo a Sora! – gritó Mimi con los ojos cerrados.

– ¡No me interesa la puta respuesta de Sora! – gritó Yamato de vuelta. Mimi abrió los ojos y solo atinó a tomar aire. – ¡Me interesa la tuya!

Yamato miró a los ojos a Mimi. Ella había olvidado como respirar y se veía perdida. También nerviosa y asustada. Pero había algo más. Con ella siempre había algo más. Que Mimi no quería admitir, pero el sentimiento estaba. Ambos lo sentían fluir a través de ellos, como si fuese natural.

– Sólo dame una respuesta. No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Te estoy pidiendo que me expliques qué sientes cuando te enamoras. – susurró el rubio, con miedo a ahuyentarla. – Quiero que me digas, no, que me confirmes que lo que sientes por mí es el mismo sentimiento que siento yo por ti. Si es distinto, prometo dejarte en paz. Lo juro. – Y la miró a los ojos.

Mimi tragó saliva. Los ojos de Yamato se oscurecían un poco cuando estaba desesperado y eso la inmovilizaba. Su cuerpo aún no recordaba como respirar y necesitaba aire ahora mismo. No por el banal acto de supervivencia. En realidad, era porque la cercanía de Yamato parecía siempre robarle el aliento.

– Yo… – Comenzó a decir Mimi, vacilante. – Yo no sé nada de amor. – Mimi notó como la cara de Yamato se desfiguró un poco. Y a ella le entró el pánico. – Yo… en Estados Unidos, a veces, tonteaba con chicos. Me divertía y luego los dejaba. Incluso llegué a tener la Mono. – explicó con diversión. Y Yamato frunció el entrecejo, pero ella no lo notó. – No sé si en Estados Unidos me llegué a enamorar. Espero realmente que no. Porque de algo sí estoy segura: el amor no debe doler. Nunca. – Y miró a Yamato a los ojos. – Y cuando estoy contigo, no me dañas. Te burlas de mí, juegas conmigo, pero no me importa. O sea, no es que en verdad no me importe, es que quiero que lo hagas. Quiero estar contigo. Pero también quiero estar lejos de ti.

– ¿Te he dañado, Mimi? – preguntó Yamato en un susurro.

– No. Tú nunca lo harías. – susurró Mimi, en respuesta.

Yamato se agachó un poco para acercar más sus miradas. Mimi tenía los ojos acuosos, haciendo que él no se creyese lo último que había dicho. Él no se sentía así con ella. Él sólo quería estar con ella, punto.

– ¿Y entonces? – El rubio tomó algo de distancia, como si estuviera poniéndose a la defensiva.

– ¿Entonces qué? – preguntó Mimi, limpiándose las lágrimas.

– ¿Por qué no estamos juntos?

– Porque Sora no me lo…

– ¡Deja de poner palabras en la boca de Sora! – la interrumpió con un grito. – Lo que importa es lo que tú quieres. ¡Dios! ¡Sigues siendo la misma maid Mimi intensa del maid café!

– ¿A qué te refieres? – preguntó ella, confundida.

– A que sigues sin admitir que soy tu amo. – respondió con una sonrisa burlesca.

Mimi quiso echarse a reír. Él siempre tenía que estarla molestando por algo.

– ¡Oh cállate amo Yamato! – exigió, siguiéndole el juego. – Todavía no necesito tu propina. – se burló ella con una sonrisa sarcástica.

– ¿Ah no?

– No.

– ¿Segura?

– Completamente.

– Bueno, te la daré de todas formas. – dijo y actuó con la suficiente rapidez, como para que ella no se negara al beso que le dio.

Fue un beso agridulce. Mimi tenía el estómago tan apretado por los nervios que estaba segura que las mariposas ni se asomaron. O quizás no las sintió. En realidad, tampoco las estaba esperando. De hecho, no quería que aparecieran.

No quería una confirmación de que sí estaba enamorada de Yamato.

– Menudo diez por ciento. – comentó Mimi, con sarcasmo. – Si eso era todo, hice bien al no querer recibirlo.

– ¿Eso crees? – gruñó Yamato, enfadado por no sabía qué razón. – Perfecto. – murmuró y se dio la vuelta.

Mimi se quedó de piedra. Yamato la estaba dejando sola. Ella creyó que nunca la dejaría sola.

– Yama. – lo llamó. Pero salió como un susurro ahogado que él no alcanzó a escuchar. – Yamato. – insistió. Pero él no se dio la vuelta. – ¡Yamato! – gritó y él se giró, con las manos en los bolsillos del pantalón. Tenía los ojos azules realmente oscuros. Mimi lo supo. Estaba enfadado. Con ella.

– ¿Qué pasa? – preguntó, serio.

– ¿A dónde vas? – preguntó, mientras daba paso tras paso hacia él.

– A mi casa.

– ¿Por qué?

– Porque te lo prometí. – Mimi llegó a estar frente a él y se asustó. Yamato estaba mirándola seriamente. – Si tú no sentías lo mismo por mí, te dejaba en paz. No soy tonto, ya lo entendí.

– ¿Qué?

– No me hagas quedar como idiota, ¿quieres Mimi? – replicó Yamato, entre avergonzado y enojado. En realidad, se sentía humillado. Sus ojos, advirtió Mimi, estaban pasando a un azul marino. – Nos vemos mañana en el instituto. Bye. – Levantó la mano a modo de despedida y volvió a retomar su camino.

– ¡Pero yo quiero verte ahora! – gritó Mimi. Estaba consciente de que parecía una de las miles de fans de Yamato en este momento, pero es que… No la podía dejar así. – No quiero verte en el instituto así. Como si no hubiera pasado nada. Porque es mentira. ¡Mentira! ¿Me escuchas? Me besaste, ¡dos veces! ¿Y me dejas así? ¿Como si nada? ¿Es que estás loco?

– ¡Por supuesto que no estoy loco! – masculló Yamato, nuevamente encarándola con las manos en los bolsillos. – ¡Pero tampoco soy tonto! Tú sientes algo, pero no lo vas a admitir, aunque te amenace con empujarte desde el último piso de la torre de Tokio. – Mimi se puso pálida. – Tonta, obviamente no lo voy a hacer. Pero tampoco te esperaré eternamente a que se te quite el rollo culposo de que soy el ex novio de tu mejor amiga. No, gracias. Ya recordé porqué me gustó Sora en su momento, era mucho más madura que tú. – Y la miró a los ojos cuando dijo eso. Y lo lamentó al ver las lágrimas en los ojos miel de Mimi. – Disculpa, yo no…

– ¿Quisiste decir eso? – completó la frase como quien no quiere la cosa. – Tranquilo. De todas formas mi rollo culposo no se irá con esa frase. – dijo, mientras inspiraba, aguantándose las lágrimas.

– Mierda, Mimi. No me hagas esto, ¿quieres? – pidió él, mientras se desordenaba el cabello rubio con ambas manos. – Odio ver a las chicas llorar.

– Bueno saberlo. Así tendré algo que decir cuando me entrevisten en el periódico escolar acerca de ti. – dijo ella, mientras lloraba silenciosamente.

– Mimi…

Ella lo encaró. Yamato se veía destrozado. Quizás más que ella. Inspiró y se volvió a tragar las lágrimas.

– Bien. Ya sé que no soy la persona más madura del mundo. Y el miedo me paraliza más de lo normal, supongo. Tengo un rollo culposo muy random y estoy segura que no se me va a quitar así como así, porque, estuve ahí cuando cortaste a Sora, siendo que la noche anterior le dije que estaba loca por pensar que tú ibas a terminar con ella. – Y lo miró a los ojos. Yamato estaba preocupado, por ella. – Lo siento, no lo voy a olvidar así como así. No es un gran trauma, pero bueno, es mi trauma. Déjame vivirlo al menos. – pidió, en un susurro.

– Eso no es un trauma, Mimi. – susurró él.

– Ya lo sé. – respondió secamente ella, mientras se seguía limpiando las lágrimas.

– Sólo era para aclararlo. – se excusó, solo para decir algo.

– Que sea inmadura, no quiere decir que sea tonta. – susurró ella.

– No quise decir eso.

– Lo sé. – dijo a la defensiva. – Pero lo dijiste.

– ¿Quieres que me dé ahora a mí un rollo culposo random por haber dicho que me gustó Sora por ser más madura que tú? – inquirió Yamato, quizás un poco asqueado de la situación.

Mimi hizo como que se pensaba la respuesta.

– No. – respondió al cabo de unos minutos. – Sólo quiero ver a dónde nos lleva esto.

– ¿De qué hablas?

– Debo estar loca. – admitió, suspirando, como si hablara consigo misma.

– Mierda, Mimi. No me ilusiones así. – pidió suspirando también.

Mimi lo miró nuevamente. Yamato volvía a tener sus ojos azules de siempre. Esos ojos zafiro brillaban. Y entonces lo supo. Le había dado esperanza.

La pregunta era ¿ella realmente quería algo con él?

– Mira, lo he pensado. – Comenzó a hablar Yamato, mientras se pasaba las manos por la cabeza con desesperación. – Y… creo que quizás no necesitamos empezar a ser novios así a la primera. Sino…

– ¿Cuándo pensaste eso? – preguntó con suspicacia Mimi, interrumpiéndolo.

– Anoche. – contestó Yamato, tranquilo. – Después de que Tai te llamara desde mi teléfono. – dijo, recalcando la parte de que Taichi había utilizado su teléfono para hacer esa llamada, lo que implicaba que había escuchado parte de la conversación. – Pero eso no es importante.

– Si es importante. – lo interrumpió Mimi nuevamente. – Porque Tai estaba tonteando ya que en realidad no fue una cita así amorosa, sino de amigos y…

– Ya. – la cortó él, con mal humor. – No necesitas explicármelo. Yo no tengo tu mismo rollo culposo random.

– ¡Oh, cállate! – gruñó Mimi.

– A lo que iba era que… quizás solo debemos ir lento y ya.

– ¿Ir lento y ya?, ¿cómo?

– ¡Dios! – suspiró Yamato, agarrándose el cabello rubio con desesperación. Mimi iba a acotar algo sobre las razones de la calvicie, pero se lo calló cuando Yamato comenzó a murmurar. – Si mis fans se enteran, seré el hazmerreír de internet por siglos. – Mimi quiso decir algo con respecto a que quizás sus fans lo encontrarían tierno y su popularidad subiría, pero Yamato la tomó por los hombros. – Pero da igual. Yo… quiero que seamos amigos con ventaja. – confesó, mirándola a los ojos.

– ¿Qué? – preguntó Mimi, porque fue… lo primero que se le vino a la cabeza.

– Mimi, no me humilles más, ¿quieres? – murmuró Yamato. Y luego la soltó y se dio la vuelta. Ella pensó que iba a salir corriendo, pero en realidad estaba murmurando cosas. – Debí escuchar a Takeru. Dios, esto es humillante. Si alguien se entera de esto, mi banda se va a la mierda. – Y siguió murmurando cosas, que Mimi ya no lograba entender bien.

– Supuestamente cuando dos personas son amigos con ventaja, no se lo piden. Lo son y ya. – explicó Mimi, como si Yamato fuera un niño de cinco años.

– ¿Y tú crees que yo no lo sé? – gritó Yamato, dándose vuelta para encararla.

Mimi guardó silencio un segundo. Y pasó saliva.

– B–bueno… – Comenzó a decir, mientras miraba el cielo. – Eh… Yo creo que si tus fans, hipotéticamente, se enteraran de esto. Y hablo de hipotético, porque no veo a nadie aquí. Y, hablando de eso, extrañamente nadie se te ha tirado a los brazos desde que terminaste con Sora, lo que es bastante raro, porque, bueno, Sora se quejaba de eso todo el tiempo cuando hablábamos por Skype y…

– Ve al maldito punto. – exigió el rubio, ya de mal humor. Yamato era muy gruñón, según la humilde opinión de Mimi.

– Y, bueno, si hipotéticamente tus fans se enteraran de esto, te encontrarían tierno. – explicó Mimi, consciente de que no estaba dando la respuesta que Yamato quería saber.

– ¡Qué bien! – exclamó con ironía. – Avísame si alguna de ellas quiere ser mi amiga con ventaja, porque la chica con la que quiero tener algo no se entera de nada. Ni siquiera sé si hablamos el mismo idioma. – Y la miró a los ojos.

– ¡Sí hablamos el mismo idioma! – replicó Mimi. Y lo miró a los ojos.

– ¿En serio?

– ¡Sí! – respondió Mimi. Pero no a la última pregunta que Yamato le había formulado.

– ¿No ves? – se exasperó Yamato. – ¡No hablamos el maldito mismo idioma porque lo último que formulé era una pregunta retórica!

– ¡Oh, Dios! – Mimi también comenzó a agarrarse el pelo con desesperación. – ¡No te estaba contestando eso! – exclamó con rabia. – ¡Esto es humillante! – gruñó. – ¡Sí! ¡Sí quiero ser tu amiga con ventaja! – admitió, en voz alta, con los ojos cerrados.

Yamato se le quedó viendo, totalmente pálido.

– ¿En serio? – Parecía incrédulo.

– ¡No me lo hagas repetir! ¡Fue vergonzoso!

– ¿Y tú crees que habértelo pedido tan explícitamente no lo fue? – se quejó Yamato, de mal humor.

– Touché. – murmuró Mimi. Luego, soltó un suspiro y negando con la cabeza, tomó a Yamato por el cuello de la camisa y se lo acercó para besarlo. Y esta vez sintió las malditas mariposas acariciarle el estómago de la forma más cursi posible. – Sí quiero ser tu amiga con ventaja. – aclaró a centímetros de la boca del chico.

– Ya lo sé. – susurró Yamato. Y la abrazó, como si no se hubieran visto en años.

Fue un abrazo posesivo. Mimi se sentía casi atrapada entre los brazos de Yamato, mientras él ponía su cabeza en el hueco entre su cuello y su cabeza, pero no era realmente malo. El aroma de Yamato la inundó y con eso ella estaba tranquila.

Bueno, a menos que apareciera alguna fan loca de Yamato y quisiera molerla a golpes por estar demasiado cerca de él.

Pero eso, le daba igual.

Apretó a Yamato, tratando de disminuir aún más la distancia si es que eso era posible.

– Todavía no puedo creer que… estemos saliendo. – comentó, suspirando, Mimi. Aún avergonzada.

– ¿No éramos amigos con ventaja? – le preguntó Yamato, mientras aspiraba el aroma a fresa que Mimi desprendía.

– Supongo que es lo mismo. – susurró Mimi, apartándose un poco de él. Yamato sonreía. Burlesco, pero sonreía. Ya se veía venir alguna de sus bromas tontas.

– Bueno, ya sabía yo que no podías eludir nuestra tensión sexual por siempre. – comentó Yamato.

Y bien, ahí estaba.

Mimi dio un respingo y se separó de Yamato por completo. Él se estaba burlando completamente de ella. Podía ver su sonrisa burlona por el rabillo del ojo.

– ¿T–tensión sexual? – preguntó horrorizada.

– Sí. – respondió Yamato, encogiéndose de hombros. – Digo, yo no tengo ningún problema en esperarte. – dijo como quien no quiere la cosa.

Mimi estuvo a punto de hiperventilar. Yamato hablaba como si tuviera experiencia en el tema. Damn!

Yamato la miró y Mimi se encontró rezando porque él no estuviera hablando en serio.

– Pero si tú no puedes esperar, no tengo ningún problema. – dijo, como burlándose de ella.

WHAT THE HELL!

¿Estaba hablando en serio o la estaba molestando? Mimi pasó saliva, asustada. Y lo único por lo que estaba rogando era por no tartamudear en medio de la conversación.

– ¡Estás loco! – chilló, asustada. – ¿Sabes tú qué me haría Sora cuando descubra que no solo estoy saliendo contigo, sino que, aparte, me estoy acostando contigo? – preguntó, mientras se abrazaba a sí misma y miraba hacia todos lados, como paranoica. – ¡Ni siquiera sé si acostarme contigo es legal! – chilló.

Pero Yamato estaba sonriendo. Pues había notado que a Mimi le importaba más lo que opinaba Sora sobre ello que cometer el acto en sí Y soltó una risita burlesca.

– Tranquila. – Y le sonrió con todos los dientes. Mimi volvió a mirarlo de reojo y se sonrojó fuertemente. – A Sora le gusta Tai. No le importará si lo haces conmigo.

Mimi suspiró casi con alivio.

– Eso espero. – admitió, aun abrazándose a sí misma. – Sería mi único consuelo.

Yamato le sonrió, aún divertido con la conversación. Luego la acercó hacia sí, para darle un beso en la boca.

– Si quieres, – Comenzó a decir, como para probar suerte. – Vamos a mi casa y probamos.

– Olvídalo. Llévame a mi casa y espera sentado a que mi mamá te quite las manos de encima. – Mimi gruñó, mientras se sonrojaba. – Será lo más cerca que estés de hacerlo conmigo.

Mimi creyó que Yamato se enojaría. Pero en realidad solo soltó una carcajada y la acercó hacia sí, pasando el brazo derecho por su cuello. Luego, le beso la cabeza y comenzó a caminar con ella por el parque.

Sora Takenouchi, por otro lado, estaba acostada en el suelo de su habitación mientras miraba el techo con, quizás demasiada, atención. Estaba observando las manchas, buscando algún parecido con algo. Lo que fuera estaba bien, en realidad.

Sabía que no era el mejor panorama para una tarde de domingo, pero tampoco tenía mucho que hacer. Su mamá estaba preparando la cena sola, pues extrañamente no le había pedido ayuda desde hacía semanas. Tampoco tenía tarea. Por el jaleo del festival de otoño, sus profesores se habían apiadado de los de tercer año y decidieron no darles tarea hasta una semana más.

Perfectamente podría haber estudiado para ello, pero todavía tenía tiempo. Así que no tenía nada mejor que hacer. Lo que nos llevaba a que ella estaba viendo las manchas del techo con total interés. ¡Incluso había una con la forma de Birdmon! Bueno, si entrecerrabas un poco los ojos, veías al gran digimon volando por el techo de Sora.

(También había que tener imaginación para verlo y al menos un poco de aburrimiento)

La pelirroja soltó un suspiro largo. El tiempo se le hacía infernalmente lento y ella ¡realmente quería hacer algo!

Necesitaba mantener su mente ocupada para así no tener que pensar…

Sora se mordió la parte interna de la mejilla con impaciencia. Abrió aún más los ojos, mientras pensaba en qué forma tenía una mancha en la esquina de su techo. Pero se dio por vencida cuando el mismo pensamiento llenó su mente. Cerró fuertemente los ojos, casi con vergüenza, al recordar algo en lo que no quería pensar. No aún. No estaba preparada para aceptar algunas cosas.

Golpeteó el suelo de madera de su habitación frenéticamente con sus dedos, casi con desesperación. Como si el sonido le despejara la mente. Pero sabía que no era así.

¡Tenía que haber una forma de no pensar!

Se reincorporó del suelo y comenzó a buscar algo con lo que pudiera entretenerse. De pronto sus ojos castaños se toparon con su celular. Estaba encima de su escritorio y encima de él había unos auriculares. ¿Cómo no había pensado en eso antes?

Sonrió para sí misma y se levantó para ir a buscar su celular. Conectó los audífonos y escuchó algo de la música que tenía guardada en su celular.

Siendo que su ex novio era músico, a ella no le gustaba tanto la música. No se quebraba la cabeza para opinar sobre los punteos de guitarra o los solos de batería. Sólo escuchaba la música y ya. Le bastaba con que la letra de la canción fuera bonita. Así que en su celular solo había música de moda. Incluyendo canciones de la banda de Yamato.

Justo como la que estaba escuchando en ese momento…

¡Oh, Dios!

Rápidamente buscó la aplicación para escuchar la radio. Necesitaba escuchar otra cosa. ¡Necesitaba dejar de pensar!

La primera canción que Sora escuchó no le gustó mucho, así que cambió la emisora. En la siguiente radio, el locutor estaba dando algunas noticias que a ella no le importaban mucho, así que volvió a cambiarla. En otra, estaban dando una canción de una cantante que ella detestaba con el alma, así que volvió a cambiarla. Y así se quedó.

La locutora de la última emisora hablaba de que la siguiente canción era algo antigua, pero que a ella le encantaba. Sora prestó atención. Le gustaba escuchar canciones de años anteriores, pues probaba a reconocer si se sabía la letra o no.

La música comenzó a sonar. Era una canción de amor. Describían a un chico. No le prestó mucha atención. No era nada importante.

Amiga, te quiero. – susurró ella. Y luego se dio cuenta de todo. ¡Ella conocía esa canción!

¿Es que el mundo quería restregarle en la cara lo que pasó en el festival de otoño?

Y nunca te voy a engañar. – cantó, con un nudo en la garganta.

Sora sabía que eso era mentira. Es decir, que la letra de la canción era mentira, si se aplicaba a ella, claro. Apretó los puños y se puso a pensar en la noche del festival de otoño. Cerró los ojos con fuerza

Mimi no se merecía tener una mejor amiga como ella. Si tan solo… Si tan solo ella… Pensaba, con fuerza, mientras aguantaba las lágrimas.

Ya sé… que él es tuyo y qué le voy a hacer. – ¿Se podía cantar sollozando? De pronto, le surgió esa duda. Quizás era la culpa.

Porque ni Mimi ni Tai se merecían lo que ella les había hecho.

Ella no se merecía a Taichi.

¡No después de todo lo que él sufrió! ¡No después de ese beso!

Ya sé que debo conformarme con ser amiga de ambos. – Y Sora cantó, mientras lloraba.

¡Pero es que ese beso! ¿Qué culpa tenía ella?

(Bueno, tenía mucha culpa)

Pero no era tiempo de buscar culpas, ¿verdad? Taichi no se había dado cuenta de nada, ¿verdad? Mimi tampoco lo sabía, ¿verdad? Yamato nunca se enteraría, ¿verdad?

Porque Yamato era de Mimi ahora, ¿verdad?

No puedo seguir viviendo si no estoy con él. – Sora estaba segura que había gritado. Pero le daba igual. Seguía llorando. Porque todo era su culpa. Las galletas de navidad, sus sentimientos, que Yamato terminara con ella, que Mimi se sintiera culpable, que Taichi la besara. – Un día voy a pensar en nosotros, lo siento por ella. – Ella no tenía la culpa que ella pensara en Yamato cuando Taichi la besó. Pero la tenía. ¡Y no tenía sentido! Porque ella nunca previno ese quiebre y ahora estaba recogiendo los platos rotos de algo de lo que no tenía culpa. – Maldito amor, no digas que no sientes nada. – Nada tenía sentido. Nada. ¿Quién había decidido que ella debía estar enamorada de Taichi, para empezar? Porque sí, le gustaba. Pero, por Yama, sentía algo más fuerte.

¿Y ahora qué hacía? ¿Iba y se plantaba donde el rubio y le confesaba que se había besado con Taichi pero había pensado que era él, porque todavía lo amaba?

¿Y Taichi qué le diría? ¿Cómo vería de nuevo a Taichi a la cara? ¿Y qué pensaría Mimi después de esto? ¿Y si Yamato le correspondía después de todo?

¿Y si se olvidaba de la amistad de Mimi, de los sentimientos de Taichi y de los deseos de Yamato? ¿O sólo fingía que nada había ocurrido?

Y ahora, ¿qué se supone que debía hacer?

oxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxo

Notas de Autora:

(Arashi sale de su madriguera, hondeando una bandera blanca) Okei, no tengo cara para presentarme luego de ¿3 años? así como si nada, especialmente porque las excusas son las mismas de siempre (universidad, poco tiempo, la musa se escapó por la ventana y se dio las mejores vacaciones de la vida, entre otras varias). Pero, lo bueno se hace esperar, ¿no? (suenan grillos)

Bien, si no hay nadie leyendo, me lo merezco y quizás también un buen tirón de orejas. Pero de algo estoy segura y es que el fic no va a quedar en Hiatus permanente ni nada. Lo voy a terminar. Lo juro. Porque, sí, yo también sé lo que se siente quedar enganchada a un fic y que la autora no dé señales de vida (Eunike nunca leerás esto porque eres de otro fandom y escribes en inglés, pero ¡ACTUALIZA "ANANKÉ" POR FAVOR!). Y espero terminar el fic antes de que se estrene Digimon Tri, porque, bueno, ya que estamos en esas, debo admitir que esta sería mi versión de Digimon Tri. (Aunque sin las canciones noventeras, supongo xD)

Aun así, agradezco el apoyo que me han mostrado a pesar de estar estos tres años sin dar señales de vida (¡Lo siento, nuevamente!). Muchas gracias a: Vicucha, Naty, Fashi-neechan, Bloody-Rose-SaYo-Yuuki, Ofeliza de Ishida, Adrit126, Klaudia-de-Malfoy, Rose Malfoy, Rolling Girl, Kirstty, Clau, MennyPshh, Mimato Bombon Kou (Gracias por la infinidad de reviews que me mandaste! En serio!) y Try to Follow Me.

Sobre el capítulo, pues… todavía no puedo creer que haya estado escribiéndolo durante tres años. Imagínense, ¡tres años!, y quizás no sea la gran cosa, pero, realmente me costó sacarlo y estoy conforme. (O eso creo…) Hay mucho de los tres años puestos en este capítulo, incluyendo a la canción de Supernova, porque, fueron a tocar a mi universidad en el 2013 y escribí la escena de Sora ese año. Imagínense xD

Hablando de eso, ya sé que esa escena no es algo que ustedes quisieran leer de un fic mimato que se demoró tres años en publicar, pero quiero que Sora esté convencida de sus sentimientos hacia Taichi. Y para ello debe superar a Yamato. El cómo lo haga, bueno, ése es otro tema. (Sep, viva el drama)

Pero la escena de Mimi y Yamato fue amor puro, así que creo que valió la pena la espera. Lo que sí, tengo que explicar algo con respecto a dicha escena. Me da risa que Mimi crea que en el amor no se daña. Supongo que ella tiene una teoría extraña al respecto, pues todavía no se da cuenta que Yamato tiene todo el poder de dañarla (la prueba es su comentario súper desatinado sobre porqué le gustó Sora), pero aun así ella quiere estar con él. Lo que no significa que Mimi sea masoquista. Pero sí que debe modificar su definición de amor xD

Por último dejo tres noticias: Primero, tengo algunos capítulos ya terminados del fic, pero no tengo todo el fic completamente escrito (al cierre de esta edición al menos, no). Así que, sí, es probable que vuelva a desaparecer (se esconde en su madriguera), pero no lo suficiente porque, como digo, está es mi versión de Digimon Tri, si es que tuviera el poder de hacerlo. Aunque el único gran problema es que no tengo por dónde meter el rollo de los digimon (y es la razón por la que los mandé de vacaciones en un capítulo xD Lo siento por quien quisiera verlos en el fic). Por lo tanto, de este año, El ex novio no pasa sin terminar. Promesa por la garrita. Lo segundo, estoy reeditando los capítulos del 1 al 10, corrigiéndoles la ortografía y esas cosas. Si el resumen del principio no les resultó suficiente, les recomiendo que se paseen por los capítulos reeditados. Podrán encontrar sorpresas bonitas. Y no, no es necesario que dejen su review, a menos que lo crean absolutamente necesario como para que no desaparezca por mucho tiempo (Just saying…). Por último, debo decir que como voy a estar subiendo reediciones y capítulos nuevos del fanfic, eso cambiará un poco las fechas de las actualizaciones. Como aún estoy de vacaciones, pretendo subir el próximo sábado 21 la reedición del capítulo 1, luego, el sábado 28 estará arriba el capítulo 12. E iré intercalando un capítulo reeditado con uno nuevo, cada semana, todos los sábados, hasta nuevo aviso.

See you, next to illusion! (¿Alguien ve Magic Kaitou 1412? Es que… ¡Oh por Dios! Simplemente lo amo)

oxoxoxoxoxoxoxoxoxoxoxo

Capítulo subido: 15/02/2015 (¡Feliz San Valentín atrasado!)

Próximo capítulo: La única regla que no se debe romper.