La historia pertenece a Kat Martin,los personajes a E. . (A.U)

Un tenue e incesante zumbido de tensión contenida parecía vibrar en la suntuosa sala de juego de la mansión del Diputado Winston. Ana podía sentirlo en el aire y verlo en las caras de los hombres sentados a la mesa de tapete verde enfrente de ella.

Llevaban varias horas jugando al juego de apuestas más altas en el que Ana hubiera tomado parte jamás. Era excitante, estimulante... y exactamente el tipo de cosa que Anastasia Steele, una mujer joven, soltera e hija de un importante empresario, nunca hubiese debido hacer.

En su calidad de única mujer sentada a la mesa, Ana no prestaba ninguna atención a las miradas de fría desaprobación lanzadas por los invitados que formaban corro alrededor de ellos.

—Vuestro turno, señorita.

La profunda voz de Christian Trevelyan, áspera pero dulce a la vez, llegó hasta ella a través de la mesa, y un leve estremecimiento de irritación le recorrió la espalda. Trevelyan había estado allí desde el principio de la partida, con toda su considerable habilidad en el juego y sus oscuras miradas.

Ana lo conocía desde hacía años, como conocía también su reputación con las mujeres, la cual desaprobaba.

De hecho, había muy pocas cosas de Christian Trevelyan que ella aprobara. No aprobaba su soberbia, así como tampoco su arrogancia ni sus atrevidas miradas. Hacía seis meses, su padre había llegado a proponérselo como pretendiente. Considerando la dote ridículamente grande que acompañaba a la novia, eso podría haberle convenido a Christian, pero ciertamente no a ella.

Por esa razón Ana no podía entender por qué el corazón se le aceleraba cada vez que Trevelyan se hallaba cerca.

Volvió la mirada en su dirección y vio que él la estaba observando.

—Creo que tiene usted razón, señor Trevelyan, es mi turno. —Le lanzó una sonrisa triunfante mientras jugaba la última de las tres cartas que le habían dado, coronando su diez de tréboles con una jota, y llevaba hacia su lado de la mesa el último tercio de una apuesta muy considerable—. Supongo que tendré que concentrarme un poco más en el juego.

Como si no estuviera haciéndolo. Como si no hubiera grabado en su memoria cada una de las cartas que habían ido cayendo encima de la mesa.

Trevelyan le dirigió una de aquellas irritantes medias sonrisas suyas y el juego volvió a empezar. Ana pudo oír susurrar a las mujeres, haciendo comentarios despectivos detrás de ella.

Tomarse el juego tan en serio...

Eso no tiene nada de respetable...

Su padre se pondrá furioso...

... Deberían hacer algo con ella antes de que sea demasiado tarde...

Ana apretó las mandíbulas y se limitó a comportarse como si no estuvieran allí. ¿Qué sabían ellas, de todos modos? Lo único que hacían era pasarse el día entero sentadas y cotillear incesantemente acerca de los asuntos de otras personas. Ana se dijo que le daban igual sus habladurías, que no le importaban lo más mínimo. Cerró los oídos a sus murmuraciones y trató de concentrarse en el juego.

Estaban jugando al loo, uno de los juegos favoritos de Ana, aunque a ella le gustaba cualquier tipo de apuesta y particularmente las que se hacían tan en serio como aquélla. Más dinero a perder significaba que había más dinero a poder ganar, pero lo que realmente buscaba Ana era el reto. La victoria de una joven de veinte años sobre cinco hombres maduros. Y por alguna razón que se le escapaba, el salir vencedora ante Christian siempre hacía que el premio supiera un poco más dulce. Por mucho que ella no consiguiera vencerlo tan a menudo.

—Dad las cartas, señorita. —Robert Prescott, uno de los abogados más respetados de la ciudad, le pasó la baraja mientras los hombres volvían a hacer la puesta.

Ana barajó con rápida elegancia, repartiendo tres cartas a cada uno de los jugadores más otras tres para la «viuda». Luego puso el resto de la baraja encima de la mesa y volvió la carta de arriba.

Hubert Tinsley, un caballero de cabellos grises y aspecto solemne sentado a su izquierda, dio inicio al juego con un cinco de diamantes, la carta llamada triunfo. El flaco y pomposo William Plimpton lanzó un diez.

El tercer jugador, Percival Richards, pasó, poniendo las cartas boca abajo encima de la mesa como había venido haciendo durante las últimas tres manos. Aparentemente, se le estaban terminando los fondos. Edward Winston, también pasó en aquella mano, lo que volvió a conducir el curso del juego a Christian.

Ana contuvo la respiración, esperando verlo pasar. Entonces ella jugaría su carta y ganaría la mano. Pero en vez de pasar, Christian cambió su mano por la «viuda», como sólo le era posible hacerlo a un jugador en cada ronda de la partida, después de lo cual coronó el diez con una reina y volvió hacia Ana sus irresistibles ojos de gris perlado.

— ¿Señorita? —Allí estaba de nuevo ese tono un tanto desafiante que la retaba a ganar.

Los dedos de Ana se tensaron sobre las cartas que sostenía en su mano. Con una sonrisa triunfal, tiró el rey de diamantes y cogió una tercera parte de las fichas.

—Bien hecho—. Dijo el diputado, aunque su buen amigo Plimpton no parecía estar particularmente complacido, y el sr. Percy, con su horrible saco de color verde botella, lucía una expresión que no podía ser más sombría.

Se jugaron dos manos más. El montón de fichas de Ana siguió creciendo, pero también lo hizo el de Trevelyan.

Transcurrida otra hora de juego, Plimpton echó su silla hacia atrás.

—Me temo que hasta aquí he llegado. Estoy completamente acabado —dijo, levantándose con una mueca de cansancio.

—Yo también lo doy por terminado. —El diputado se levantó, frotándose el rechoncho cuello—. Mi esposa estará preguntándose si me he retirado al piso de arriba sin ella.

Ana sonrió.

—Entonces nos limitaremos a seguir con...

—Lo siento, señorita Steele —dijo el señor Percy mientras tiraba del ancho pañuelo blanco que envolvía su cuello, aflojándolo un poco en una señal inequívoca de que realmente había terminado de jugar.

—Para mí también ha llegado el momento —dijo majestuosamente Hubert, quien rara vez llegaba a jugar durante tanto tiempo—. Quizá pueda encontrar otro grupo de jugadores.

Pero eso era altamente improbable, habida cuenta del monto de las apuestas y de la suerte de Ana hasta el momento.

Trevelyan era el único hombre que quedaba en la mesa. Se repantigó en su asiento, haciendo que sus largos dedos bronceados por el sol extendieran distraídamente una gran pila de fichas.

—Si tan determinada está a perder vuestro dinero, ¿por qué no jugamos una última mano? Todo o nada.

Una sola carta cada uno. La carta más alta gana.

Ana bajó los ojos hacia el dinero que había ido reuniendo durante la partida. Debía de sumar unos diez mil dólares, y no quería apostar tanto dinero en una sola mano. Se dispuso a rechazar la oferta, y lo habría hecho de no haber sido por la leve mueca de diversión de Christian Trevelyan. «Quiere ver cómo me echo atrás —pensó—.

Está seguro de que lo haré... ¡malditos sean sus ojos grises, y ojalá ardan en el infierno!»

Ana apretó las mandíbulas. El elegante grupo de espectadores había seguido creciendo; Hombres de etiqueta, de corte perfecto y damas que lucían magníficos vestidos de noche e iban cubiertas de joyas relucientes. Verla jugar con un hombre como Christian Trevelyan tensó sus rostros y provocó algunas muecas que no resultaban nada favorecedoras. Eso hizo que de pronto Ana viese muy claro cuál tenía que ser su decisión.

—Necesitaremos a alguien que se encargue de barajar las cartas —dijo en tono frívolo, aceptando el reto sólo para tener ocasión de ver a las mujeres enarcar las empolvadas cejas.

Detrás de ella, un hombre cogió rápidamente la baraja con sus huesudos dedos y dijo:

—Lo que sea con tal de satisfacer a una dama.

Anastasia hizo caso omiso del tono sarcástico que acababa de emplear William Plimpton. El que una joven soltera causara semejante agitación no estaba nada bien visto, pero el sabor de la victoria simplemente era demasiado dulce para que Ana pudiera resistirse a él. Plimpton cortó el mazo de cartas, lo barajó unas cuantas veces y luego volvió a depositarlo encima de la mesa.

—Las damas primero —dijo Christian, provocándola de alguna manera, aunque Ana no estaba muy segura de cómo lo hacía.

A Anastasia le temblaba la mano, pero se armó de valor. Extendiendo el brazo hacia la mesa, cortó la baraja y puso boca arriba su carta.

—Reina de corazones —dijo Christian, esbozando una sonrisa—. Muy apropiado.

Ana se permitió mirar por primera vez la carta que había ante ella. La visión de la hermosa reina roja le produjo un vertiginoso alivio.

Miró a Trevelyan, enarcó una ceja y sonrió.

—Me parece que es el turno del caballero... aunque en su caso... —«No estoy muy segura de que ésa sea la mejor palabra para calificarlo.»

Las palabras que no habían llegado a ser dichas no le pasaron desapercibidas a Christian. Le lanzó una mirada levemente burlona y se inclinó hacia delante en su asiento, haciendo que su saco oscuro se tensara a través de la considerable anchura de sus hombros. Con su habitual confianza en sí mismo, extendió la mano, cortó la baraja y alzó su carta.

Ana se quedó boquiabierta al verla y se le hizo un nudo en el estómago.

—El rey de picas. La única carta más apropiada habría sido la jota —dijo, echándose a reír mientras ella hacía retroceder su asiento.

—Felicidades —dijo Ana—. Parece ser que es el ganador.

—Eso parece —dijo Trevelyan, irónico. Se estaba divirtiendo a costa de ella, y eso hizo que a Ana le entraran ganas de golpearlo—. Quizá tenga mejor suerte la próxima vez que juguemos.

—Suponiendo que haya una próxima vez —replicó ella en tono gélido.

—Oh, la habrá, querida señorita Steele. Pero quizás el juego no sea de cartas.

No muy segura de a qué se refería, Ana se limitó a hacer como que no lo había oído.

—Si me disculpa, me parece que ya va siendo hora de que me reúna con mis acompañantes.

Christian le lanzó una mirada que decía que nunca hubiese debido separarse de ellos y se puso de pie cortésmente mientras Ana se levantaba de su asiento. Su mirada la recorrió por última vez, mientras sus ojos despedían vivos destellos como chispas ardientes.

Ignorando los murmullos y las expresiones de satisfacción que parecían decirle: « ¿Ves? Ahora ya tienes lo que te merecías», Ana atravesó la sala de juego en dirección a las puertas de vidrio que daban a la terraza, impaciente por poder respirar una bocanada de aire fresco. El extremo de su vestido de seda dorada rozó sus tobillos cuando salió a la noche.

Diez mil dólares, pensó lúgubremente. Nunca había perdido tanto de una sola vez, aunque la mayor parte de esa cantidad pertenecía a los otros jugadores. Sin embargo, aunque hubiera sido suya en su totalidad, Ana podía permitirse perderla, porque el dinero que había heredado de su abuela ascendía a una considerable suma. Con todo, la enfurecía haber perdido tantas libras y, especialmente, haberlo hecho a manos de él.

Deseó en silencio que Christian Trevelyan se fuera al diablo. O, pensándolo bien, quizás él fuera el diablo. Con su recta y aristocrática nariz, su firme mandíbula esculpida y su sólida constitución dotada de anchos hombros ciertamente era tan hermoso como el pecado. También era uno de los crápulas más notorios de Seattle, un hombre cuyo único propósito en la vida era arrastrar a su lecho a cualquier mujer que fuese lo bastante infortunada para llegar a cruzarse en su camino.

Ana sacudió la cabeza, haciendo desaparecer de su mente la demasiado atractiva imagen de Trevelyan.

Echó a andar por la terraza e inhaló el suave aire primaveral, llenándose los pulmones con los perfumes nocturnos: narcisos y musgo esponjoso, oscura tierra mojada y hojas nuevas. Puso una mano enguantada sobre la balaustrada; sus pensamientos se convirtieron en un caótico torbellino mientras empezaba a lamentar su impulsividad, temerosa de que tuviera que pagar por ella más adelante.

Allí fuera estaba oscuro; sólo se apreciaba un tenue destello de la claridad que proyectaban las luces esparcidas a lo largo de los senderos en el jardín. Una débil neblina flotaba en el aire, y detrás de ella, Ana podía oír los compases de la orquesta a través de los parteluces de los ventanales. Una carcajada escapaba ocasionalmente del interior.

—Supongo que ya sabéis que no deberías estar sola aquí fuera-. Ana se volvió al oír aquella voz grave y familiar. —No es bueno para vuestra reputación, por mucho que eso no os haya preocupado excesivamente antes —dijo Trevelyan. Con su más de un palmo largo de ventaja sobre el metro cincuenta de estatura de ella, visto allí fuera parecía más grande, más ancho de hombros y todavía más amenazador.

Hasta aquel momento, y a pesar de lo enorme que era Trevelyan, Ana nunca había tenido miedo de él. Christian Trevelyan era amigo de Katherine, la amiga a la que Ana más quería en el mundo, y de algún modo eso hacía que se sintiera segura en compañía de él.

Pero después de todo nunca habían estado realmente solos.

Apresurándose a erguirse, Ana se apartó inconscientemente un paso de él para retroceder hacia un tenue círculo de luz que llegaba desde el piso de arriba.

—Tienes razón, por supuesto, ya va siendo hora de que entre. Sólo había salido a respirar un poco de aire fresco.

Ana necesitaba regresar a la seguridad de la mansión, donde era posible sonreír y bailar y fingir que lo estaba pasando en grande. Pero algo la retuvo. Trevelyan la miraba del modo en que lo hacía algunas veces, cuando creía que ella no lo veía, con una expresión más hosca de lo que era normal en él. Eso la asustó e hizo que quisiera salir corriendo, pero al mismo tiempo la obligó a permanecer donde estaba.

—Esta noche has jugado bien —dijo él—. Se está convirtiendo en una jugadora realmente magnífica.

El cumplido la sorprendió.

— ¿Eso piensas? —No hubiese sabido decir por qué le importaba la opinión de Trevelyan, pero sabía que así era.

—Sí, lo pienso. Naturalmente, no deberías haber jugado... no en un juego tan serio... no con tanto dinero en juego.

Ana adelantó la barbilla. ¿Por qué Christian siempre tenía que echarlo todo a perder?

—Si no hubiera jugado, probablemente ahora no tendríais una suma tan grande en sus bolsillos. Además, lo que yo haga o deje de hacer no es de tu maldita incumbencia.

Él rió suavemente.

—Tienes muy mal genio para ser tan poquita cosa. ¿Nadie te ha dicho nunca que maldecir no es propio de damas?

Ana detestaba la forma en que él podía sacarla de quicio con tan pocas palabras.

-Te aseguro que ser una dama no consiste en lo que por lo general se cree. Pero usted nunca lo entendería, dado que es hombre. No tienes las mismas limitaciones ni las mismas reglas.

Él se le acercó, sólo un poco, pero eso lo hizo parecer todavía más corpulento.

— ¿Es ésa la razón por la que está infringiendo las reglas? —inquirió—. ¿Porque desearías haber nacido hombre?

La expresión que había en sus ojos llenó de recelo a Ana.

—Puede que las reglas por las que me rijo simplemente sean distintas. Y no deseo haber nacido hombre. Sólo desearía disponer de la misma libertad que si lo fuera.

Trevelyan la contempló de manera inquietante y un súbito destello de miedo recorrió el cuerpo de Ana. ¿Qué estaría pasando por la cabeza de aquel hombre? ¿Querría lo que la inmensa mayoría de los hombres deseaban de una mujer? Y ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar para conseguirlo? Ana se dispuso a volverse para regresar a la seguridad de la mansión, pero Trevelyan la sujeto por la muñeca.

—Dado que te guías por reglas distintas, quizá logre convencerte de que te quedes. —La atrajo hacia él, y Ana sintió un temblor casi imperceptible allí donde sus dedos la rozaban. En ese momento parecía inmenso, poderoso y amenazador. Era lo bastante fuerte para poder arrastrarla hacia la oscuridad, lo bastante fuerte para hacerle daño en el caso de que quisiera. Ana estaba segura de que Christian no era de aquella clase de hombres, pero aun así sintió que se le secaba la boca y su corazón empezó a latir con un sordo repiqueteo que recordaba al de la lluvia cayendo sobre el latón.

«No seas boba —se dijo—. Christian Trevelyan no puede hacerte ningún daño. Después de todo, no te encuentras tan lejos de la casa.» Pero el miedo perduró, como una fuerza invisible en la oscuridad. Ana odiaba aquella faceta suya, ese miedo interior que podía aflorar a la superficie sin aviso previo para hacer que se sintiera débil e incapaz de controlarse. Ella no siempre había sido así. Cuando era más joven, Ana nunca había conocido el miedo y siempre estaba dispuesta a encararse con el mundo. Ahora conocía las consecuencias que tenía el hacerlo.

Ana consiguió tragar saliva a pesar de la sequedad que le oprimía la garganta, rezando para que él no se diera cuenta de que estaba temblando.

—Tengo que entrar. Kate estará esperando.

Había acudido a la velada con el matrimonio Kavanagh, dos de los mejores amigos de Christian. Ana esperaba que aquel sutil recordatorio lo convencería de que debía dejarla en paz.

—Entonces ve... si estas asustada.

Ni siquiera el reto pudo detenerla. No cuando cada nervio de su cuerpo estaba en estado de alerta y el pulso tamborileaba una advertencia en sus oídos.

Ana respiró hondo para relajarse, se armó de valor, dirigió a Trevelyan una mirada que confió en que pasase por desdén, y empezó a andar... intentando no echar a correr.

Finalmente, la velada fue llegando a su fin. El reluciente coche negro de Elliot Kavanagh llegó por la calle adoquinada.

Arrullada por aquel ruido y el agotamiento que había empezado a apoderarse de ella, Ana se recostó en el asiento de cuero negro.

—Estás terriblemente callada. —Katherine Ross, su mejor amiga y esposa de Elliot, estaba sentada junto a su esposo en el otro extremo del carruaje—. ¿Te ocurre algo, Ana? Pensaba que esta noche lo habías pasado bien.

Ana alzó la mirada hacia los rostros de sus amigos. Kate era rubia y de piel muy clara, la clase de mujer que siempre lucía una sonrisa en los labios. Elliot era alto, de tez clara, también, y con el pelo castaño claro suavemente ondulado.

Mucho más reservado que Kate, era un hombre implacable y centrado en sí mismo, capaz de hacerte sentir un escalofrío en la espalda sólo con mirarte. Y sin embargo cuando aquellos fríos ojos azules miraban a su esposa, siempre contenían un vestigio de calidez.

Ana se las arregló para sonreír.

—No me ocurre nada. Esta noche lo he pasado muy bien. La velada fue extremadamente... agradable.

Elliot la estudió con aquella mirada suya tan perspicaz.

—Y me imagino que también podría haber sido muy provechosa.

Mucho, ciertamente... si no hubiera sido por Trevelyan.

—Supongo que sí.

—Tu padre probablemente hará que me corten la cabeza en cuanto se entere de tus apuestas de esta noche.

Ana se irguió en el asiento.

—Mi padre no dirá una sola palabra, por lo menos a ti no. Él considera que sus negocios son mucho más importantes que las travesuras de su hija pequeña. Además, el dinero que perdí no era suyo, sino mío.

—Formaba parte de tu herencia, quieres decir. Sí... bueno, supongo que eso es bastante cierto. Y Trevelyan es muy buen jugador.

—Trevelyan tiene la suerte del mismísimo demonio.

Kate se inclinó hacia delante y le cogió la mano.

—Christian no debió insistir en que jugaras esa última mano —dijo—. Eso fue muy poco caballeresco por su parte.

—No creo que haya un solo hueso de caballero en todo su cuerpo.

Elliot rió suavemente y las comisuras de los labios de Kate se elevaron.

—No es ni mucho menos tan terrible como lo pintas —le dijo.

— ¿Oh, no? Cuando estábamos fuera en la terraza, él... —Ana se interrumpió. ¿Qué había llegado a hacer Christian? Nada aparte de cogerle la mano.

Elliot se inclinó hacia delante con el ceño fruncido.

— ¿Qué ha hecho exactamente Christian allí fuera en la terraza, Anastasia? Si ese hombre se ha comportado de manera poco apropiada, amigo mío o no, te prometo que...

—No, por favor. No pasó nada. Él sólo..., sencillamente no nos llevamos bien, eso es todo.

Elliot la contempló en silencio durante unos instantes más, y luego volvió a recostarse en el asiento.

—Con el tiempo quizá llegaran a encontrar una manera de superar vuestras diferencias.

Pero Ana no creía que llegase a ser así. No cuando cada vez que él la miraba, a ella le entraban ganas de abofetear su apuesto rostro.

Y con todo, había algo en Trevelyan. Ana pensaba en él más a menudo de lo que debería, y no podía olvidar el extraño hormigueo que había sentido en la piel cuando Trevelyan la atrajo hacia sí en la terraza. En aquel momento había pensado que era debido al miedo.

Se preguntó si Trevelyan habría tenido la intención de besarla. Eso era absurdo, por supuesto. Aquel hombre sólo había estado provocándola. Probablemente, lo que quería era más bien retorcerle el cuello.

—Ya hemos llegado —dijo Kate, acomodándose en el asiento mientras el coche se detenía ante la casa de Ana en Maddox Street.

Unos instantes después, Ana vio a través de la neblina que cubría los ventanales de la entrada cómo el auto se alejaba y desaparecía en las luces de la ciudad. No volvería a ver a sus amigos durante algún tiempo. Por la mañana los dos regresarían a Greville Hall, su residencia de campo cerca del Sound. Durante las fiestas navideñas se había declarado un incendio en el ala oeste de la casa, y ahora debían llevar a cabo la reforma.

Ana suspiró. Seattle siempre parecía más aburrido cuando Kate no se hallaba en la ciudad. Se habían conocido hacía cuatro años, en la Escuela de elite, y formaban una pareja curiosa, ya que Ana había crecido rodeada de dinero y privilegios mientras que Kate siempre había vivido en la pobreza hasta que había conocido al ya difunto arquitecto Stuart Kavanagh, el padre de Elliot, quien la rescató y costeó su educación, aunque sus motivos distaban mucho de ser puros. A través de él,Kate había conocido a su hijo y se había enamorado de él, pero eso había ocurrido años después. Al terminar la escuela, ambas jóvenes carecían de madre y se sentían incapaces de relacionarse con sus compañeras de clase. Finalmente llegaron a ser grandes amigas, que compartían sus pensamientos y mantenían así alejada la soledad. Aunque tenía otros conocidos,

Kate era su única amiga realmente íntima.

Ana contempló la oscuridad fuera de la ventana y se preguntó qué haría para llenar los días hasta el regreso de Kate.

§§§§

Desnudo bajo la sábana que apenas le llegaba a las caderas, Christian Trevelyan permanecía apoyado en la cabecera de la cama de madera tallada. A su lado, Elena Moreau, de cabello rubio platinado y cuerpo de estatua, pasó un largo y esbelto dedo por el rizado vello castaño del pecho de él.

Tu se magnifique, chéri. Estás tan lleno de pasión... ah, eres como un impetuoso corcel. Te gusta Elena, ¿no es asi?

Por supuesto que le gustaba. Elena Moreau era una mujer muy hermosa y deseable, y Christian había pasado las tres últimas semanas intentando seducirla. Desgraciadamente, y tras conseguirlo por fin, mientras le hacía el amor no podía evitar pensar en otra persona.

—Por supuesto que me gustas, preciosidad... ¿A qué hombre no le gustarías? —Para demostrarlo, Christian se inclinó sobre ella y la besó apasionadamente en la boca, confiando en que eso avivara su propio deseo. Cuando todo lo que sintió fue una leve y ligera agradable agitación, suspiró y decidió que más le valía regresar a casa.

La cama cedió suavemente bajo su peso cuando Christian se deslizó hacia el borde y sacó sus largas piernas de ella. Antes de que pudiera ponerse de pie, Elena le rodeó la cintura con los brazos. Acarició con los dedos, pálidos y muy femeninos, el musculoso vientre de Christian, haciéndolo vibrar y contraerse.

— ¿Adónde vas, querido? No pensarás marcharte ya, ¿verdad? —Se abalanzó sobre el cuello de Christian y lo cubrió de besos y mordiscos; luego pasó a los hombros—. Quédate conmigo. Vuelve a hacerme el amor.

Elena era actriz en el Drury Lane. Tras poner fin recientemente a una aventura de seis meses con la promiscua esposa de un empresario de vinos, Clay decidió que Elena sabría ocupar su lugar a la perfección.

Después de su encuentro con Anastasia aquella noche, Christian necesitaba con desesperación una mujer. Estaba esperando entre bastidores cuando la última representación en el Theatre Royale finalmente terminó y apareció

Elena. Impresionada por el caro colgante de zafiro que él le había enviado, Elena se apresuró a aceptar su invitación a cenar, sabiendo con exactitud en qué acabaría la velada. Una vez que empezaron a hacer el amor, desgraciadamente, las necesidades del cuerpo de Christian parecieron hallarse en completo desacuerdo con las de su mente.

Christian maldijo en silencio, sabiendo muy bien cuál era la causa de ello.

Sintió que las manos de Elena se deslizaban sobre su pecho. Un esbelto dedo le rodeó el pezón y Christian sintió una súbita tensión en la ingle.

—Te quedarás con Ele, ¿no?

Quizá lo hiciese. No era propio de él irse tan pronto.

Elena sonrió, leyéndole claramente los pensamientos. Se agachó y sus dedos envolvieron la virilidad de Christian, que volvía a estar endurecida y ni mucho menos tan poco dispuesta como él había pensado.

—¿Lo ves? Deseas a Elena. Te quedarás un rato más.

¿Por qué no? No tenía nada mejor que hacer, y ciertamente no iba a volver a casa en semejante estado. Pero en realidad no quería poseer a Elena Moreau. La mujer a la que deseaba tener era la pequeña diablesa de cabellos oscuros con la que había topado en la terraza. Si cerraba los ojos, Christian todavía podía oler su suave perfume. En la oscuridad, aquel aroma había hecho que todo él empezara a arder.

Desgraciadamente, a menos que se casara con la mocosa —lo cual quedaba completamente descartado—, no había forma de que pudiera llegar hasta ella. Cuanto antes aceptara Christian ese hecho, tanto mejor para él.

Sintió que la lengua de Gaby se deslizaba sobre su pezón, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Elena se encontraba allí y él no era de piedra, aunque ciertas partes de su cuerpo lo parecieran en aquel momento. Ella le rodeó el cuello con los brazos, apremiándolo a que volviera a acostarse en la cama, y esta vez Christian se dejó llevar, instalándose entre los muslos de Elena e introduciendo en ella su virilidad. Elena estaba excitada y húmeda, lo que le ofrecía una magnífica vaina que lo puso todavía más erecto de lo que ya estaba.

Christian acarició unos pechos blancos como la leche, estimuló el pezón hasta ponerlo rígido y pasó una mano por los relucientes cabellos rubios de la actriz, pero no fue a Elena a la que vio en su mente.

Maldijo a la mujer que se estaba convirtiendo en la ruina de su existencia, besó la hermosa boca de Elena, la penetró más profundamente, y empezó a moverse.