La historia pertenece a Kat Martin,los personaje JAMES (AU)
Ana reconoció las pisadas de su padre atravesando rápidamente el vestíbulo en dirección a la biblioteca donde ella estaba sentada leyendo. Su padre se detuvo ante la puerta, la abrió de un empellón y entró hecho una furia, cerrando de un portazo. La fuerza de su ira pareció crecer ante la visión de su hija, y Ana se irguió un poco más en su asiento.
—Bueno, espero que estés orgullosa de ti misma —le dijo su padre—. Has vuelto a ser la comidilla de toda la ciudad.
Ana dejó su libro, sobre la mesa de mármol. Se levantó lentamente y dijo:
—Lo siento, padre. Me temo que no sé a qué te refieres.
—¿De veras? Y supongo que tampoco sabrás nada acerca de la sórdida exhibición que organizaste con Christian Trevelyan durante la recepción de Winston ofreció la noche del último viernes. ¿De verdad creías que no llegaría a enterarme?
Ana tiró de una de las rosas bordadas en el corpiño de su vestido de muselina rosa.
—No hice nada malo. Me gusta jugar a las cartas y soy bastante buena. Sólo estaba disfrutando de un poco de diversión.
—¿Diversión? ¿Es así como lo llamas? ¡Diste un auténtico espectáculo delante de todo el mundo! ¿Cuántas otras jóvenes damas viste tomar parte esa noche en un juego de cartas en que se apostara tanto dinero? ¿Cuántas jóvenes solteras había sentadas allí cruzando apuestas con un hombre como Christian Trevelyan? Por el amor de Dios, Anastasia... ¡ese hombre es uno de los bribones más notorios de Seattle!
Ana adelantó la barbilla.
—Landon Winston también estuvo sentado en esa misma mesa de juego, al igual que lo estuvieron el sr. Hubert Tinsley y Percy Richards. En cuanto a Trevelyan..., hace seis meses sugeriste que me casara con él. Por aquel entonces te parecía un dechado de virtudes.
—Sí... bueno, bastardo o no, Trevelyan es el hijo del abogado más importante de Seattle y está muy bien considerado dentro de los círculos de la alta sociedad. Teniendo en cuenta lo limitadas que han llegado a volverse tus opciones a lo largo de los últimos años, y el hecho de que su padre estaría dispuesto a otorgar todo su apoyo al compromiso, ese hombre sería un esposo muy apropiado para ti. Pero eso no significa que debas ir exhibiéndote ante él, comportándote como si fueses una fulana.
Ana se ruborizó.
—No me parece que estuviera comportándome como una fulana. Sencillamente acepté la apuesta que él me propuso.
—¡Y perdiste diez mil dólares!
Ana bajó la mirada hacia la alfombra.
—Uno de los dos tenía que perder.
Una risa resonó en el vestíbulo, y Ana volvió bruscamente la cabeza hacia la puerta. Su madrastra, Judith Wentworth, sujetando el picaporte de plata, entró en la biblioteca y cerró la puerta.
—Ella nunca lo entenderá, Ray. Juro que la humildad es algo que queda completamente fuera de su alcance. —Era unos centímetros más baja que Kitt, rubia y bonita, con la cara redonda y unos grandes ojos verdes.
—Quizá tengas razón, querida mía. —El padre miró duramente a Ana—. Estoy más que harto de oír cómo se habla de ti por lo bajo cada vez que entro en una habitación. Aprenderás a controlar esa escandalosa conducta tuya o haré que recojan tus cosas y te enviaré a un convento.
—¿Un convento? —La imagen casi hizo reír a Ana—. No puedes hablar en serio, no estamos en el siglo XVIII.
—¿No? Todavía soy tu tutor legal. Si no te enmiendas, juro que me ocuparé de que así sea.
Judith la miró con una sonrisita burlona y a Ana le entraron ganas de estrangularla. Su madrastra sólo tenía cuatro años más que ella, lo que la hacía excesivamente joven para un hombre de la edad de su padre. Pero Ray estaba muy enamorado de su esposa y haría lo que fuese para complacerla. Ana estaba segura de que su difunta madre debía de estar revolviéndose en la tumba.
Ana se encogió bajo la gélida mirada desaprobadora de su padre. Raymound Steele había sido un hombre apuesto en sus tiempos, pero ahora que se aproximaba a los sesenta, empezaba a colgarle papada, y si abusaba de la bebida se le formaban bolsas debajo de los ojos. Ray era un hombre conservador, creía en las viejas tradiciones. No se adaptaba a los tiempos modernos que ahora corrían. En realidad no era un mal padre, y lo único que sucedía era que se sentía frustrado por la negativa de Ana a obedecer sus dictados y estaba decidido a hacer lo que creía más conveniente para los intereses de su hija.
Desgraciadamente, Ana no estaba de acuerdo con él.
—¿Eso es todo, padre?
—No, no lo es. Durante las próximas dos semanas permanecerás encerrada con llave dentro de tu habitación y tomarás todas tus comidas allí. Emplearás ese tiempo para reflexionar sobre tu conducta.
Ana se quedó atónita. Hasta entonces su padre nunca había sido duro con ella, no hasta que se casó con Judith. Pero últimamente era un hombre distinto, remoto y carente de sentimientos. Ana se esforzó por contener las lágrimas, no muy segura de sí eran debidas a la ira o al dolor.
—Soy una mujer adulta, padre. No tienes ningún derecho a tratarme de ese modo.
—A estas alturas una mujer adulta ya estaría casada y quizá tendría un hijo de su propia sangre.
Ana no dijo nada. Nunca había tenido intención de casarse. No soportaba tener que pensar en todas las desagradables obligaciones que conllevaba ser una esposa, lo cual significaba que nunca podría tener hijos. No pudo evitar sentir una suave punzada de pena por la elección que había hecho.
—Y hay una última cosa.
Ana se mordió el interior de la mejilla para impedir que le temblaran los labios, detestaba las viejas tradiciones a las que su padre estaba apegado.
—¿Sí?
—Dispones de dos meses más para escoger un esposo. Si no lo has hecho transcurrido ese tiempo, yo escogeré uno por ti.
Los hombros de Ana se quedaron completamente rígidos.
—No puedes obligarme a contraer matrimonio. Dispongo de mi propio dinero. Puedo vivir mi propia vida.No te necesito, como tampoco necesito un esposo.
—Olvidas, querida mía, que hasta que hayas cumplido veinticuatro años seguiré siendo el fideicomisario del fondo que te fue legado por tu abuela. Hasta este momento, he sido generoso. Después de tu comportamiento de la otra noche, eso va a cambiar. Recibirás el dinero suficiente para vestirte y atender tus pequeños gastos. —
Miró a su esposa, quien asintió—. Y si dentro de dos meses todavía no estás lista para casarte, serás enviada al convento de Santa María del Sagrado Corazón, donde pasarás los próximos cuatro años aprendiendo a respetar a tus mayores.
El corazón de Ana pareció encogerse dentro de su pecho. Apartó la mirada de los ojos llenos de furia de su padre y la sonrisa triunfante de su madrastra, negándose a permitir que vieran lo mucho que la habían herido.
Judith había estado intentando librarse de ella desde el día en que contrajo matrimonio con el empresario Steele. Quería que su esposo le dedicara toda su atención sin verse obligada a compartirla con nadie, y parecía que finalmente iba a lograrlo.
Ana salió de la biblioteca sin decir nada y subió la escalera. Tan pronto como hubo entrado en su dormitorio, oyó llegar por el pasillo a la ama de llaves, que un instante después cerró la puerta con llave.
Ana sintió los ojos llenos de lágrimas, pero se obligó a no llorar. Sólo había jugado a las cartas. ¿Qué tenía eso de terrible? Si un hombre soltero de la edad de ella hubiese hecho lo mismo, nadie habría abierto la boca. No era justo... ¡sencillamente no lo era!
Ana se encogió de hombros. ¡Dos semanas! Parecía una vida entera. Dos días en confinamiento eran lo máximo que llegaría a soportar. Podía dibujar, por supuesto. El dibujo era su pasión secreta y tenía un considerable don para él. Cuando le venía la inspiración, podía pasarse horas dibujando, pero al cabo de un tiempo, incluso esa actividad se volvía aburrida.
¿Cómo iba a sobrevivir a estar encerrada durante tantos días? ¿Y qué haría para resolver sus problemas después de eso?
Su padre esperaba de ella que se casara. Ana se estremeció sólo de pensarlo. No estaba dispuesta a convertirse en la propiedad de ningún hombre. No quería pertenecer a nadie, ni verse obligada a someterse a los caprichos de ningún hombre, como si él fuera algún gran rey. No permitiría que su esposo la tocara, humillándola en el lecho matrimonial. Se alegraba de que Kate hubiera encontrado la felicidad con Elliot, pero no creía que eso llegase a ocurrirle nunca a ella.
Ana suspiró en el silencio del dormitorio. Si conseguía resistir las dos semanas siguientes, seguramente ya se le ocurriría algo. Fue hacia la ventana y sintió el calor de los rayos de sol que se filtraban por ella. Una pequeña trinaba en las ramas de un árbol cercano; su canto era un grito de libertad.
Ana extendió la mano y tocó el tibio cristal. Quería hacer feliz a su padre. Quería encontrar un modo de que volviera a reinar la paz entre ellos.
La verdadera pregunta era si lograría soportar que la mantuvieran encerrada con llave en su habitación durante dos largas e infernales semanas.
