Hermione aún seguía nerviosa, pues a toda costa evitaba tocar el tema que Pansy Parkinson había abierto en la tienda de ropa con la esperanza ferviente de crear problemas, y como siempre, aquellas palabras venenosas darían frutos llegada la oportunidad. Damon había planeado que era mejor rentar un automóvil dada la prisa que llevarían los próximos días debido al acontecimiento importante.

Sin decir una palabra solo esbozaba una sonrisa tratando de que la castaña olvidara el percance que tuvo en el santuario de locas mujeres adictas a las comparas para hablar con suavidad, asi podría evitarle un disgusto mayor. Se encontraban en otro taxi, el pelinegro observaba la manera en que se frotaba las manos con ansiedad pensando que no sería prudente hablar sobre su vieja compañera de escuela. Simplemente, las preguntas vendrían despues, si y sólo si, ella decidía contestarlas, ya que al fin y al cabo él también tenía secretos.

Adoptó una posición mas relajada en el coche abriendo sus piernas y pasando los dedos por su cabellera oscura, en algunos instantes se le ocurría silbar alguna cancioncilla para romper el hielo pero notaba que su clienta se encontraba en total estado catatónico. Enarcó una ceja y recargó uno de sus brazos en el asiento delantero para observarla.

-No dejes que te moleste, la mayoría de su clase son iguales, digamos que son..—Esbozaba una sonrisa. –Unas vampiras.

Hermione solo lo miraba de soslayo, pues a decir verdad no le apetecía hablar del tema por el momento, pero sabía que era su deber contarle sobre el verdadero mundo al cual estaban a punto de adentrarse, ya que la boda, el acontecimiento, todo el evento sería precisamente en el lugar que los había hecho conocerse; el sitio en el que "todo comenzó" y que a su vez cerraba un ciclo en sus vidas.

La boda se llevaría a cabo en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

-Afortunadamente es mortal, asi que ellos pueden dar gracias a no tener por toda la eternidad a una zorra como esa—Replicaba la castaña mirando hacia a la ventana del coche.

-Entonces tu crees en realidad en vampiros?—

-El hecho que no los veas no significa que no existan Damon—Explicaba ella con toda claridad para despues notar que el coche se detenía dejándolos en su destino respectivo. Hermione salía primero para tomar las bolsas de compras y cargarlas hasta la agencia de autos pero antes de que hiciera cualquier movimiento con ellas, el pelinegro se apresuraba para ayudarla sin quitar esa sonrisa sensual que lo caracterizaba.

-Entonces si vieras uno, ¿No te asustarías?—Le comentaba sutilmente mientras se dirigían al lugar donde rentaban automóviles. Sin embargo, la castaña encontraba un tanto absurda esa conversación, aunque a decir verdad, recordó lo pasado en el estacionamiento de su edificio, la forma en la que su vecina fue atacada.

-No me asustaría, eso es seguro—Hermione adelantaba el paso para después reformularse la pregunta, pues en caso dado de ver algun chupasangre suelto no tendría temor alguno e iria por una estaca para clavársela directa al pecho y acabar asi con algo que consideraba peor que una amenaza sobrenatural.

Definitivamente Damon desistía de contarle sobre su naturaleza vampirica, pues a decir verdad sintió algo en el pecho parecido a la decepción cuando esa forma despectiva a los de su especie emergía a la luz de la forma un poco desagradable. Desviaba la mirada, miraba de un lado a otro preguntándose que rayos tendría Hermione Granger para hacerla una chica sumamente especial.

La observaba caminar, ladear su cabello castaño, mover sus dedos, sus manos, admirar su sonrisa y su rabia cada vez que se molestaba. Una chica antipática a su forma de ver, dueña de si misma con una coraza hecha de acero puro y sobre todo no impresionable con cualquier cosa. Pasó saliva con dificultad, y por algun motivo se arrepentía sobremanera de haber tomado la decisión de ser su acompañante.

-Me gusta éste—Señalaba un Civic blanco que se mostraba en el catálogo. – Cárguelo a mi cuenta, solo lo usaremos por tres días.

-Tenemos un plan de promoción por el cual puede extenderlo a una semana si usted lo prefiere—Ofrecía el empleado de la agencia para poder vender el paquete especial de renta.

-No, solo serán tres días muchas gracias.—

-¡Oh vamos Hermione!, quizá podamos quedarnos un poco más después de la boda, además no me has mostrado esta bella ciudad, dicen que es divertido subirse a la rueda de la fortuna—Comentaba divertido el vampiro mientras que la castaña solo lo miraba apretando los dientes.

-Solo serán tres días, no puedo correr el riesgo de un choque y tener que pagar más por una mercancía que solo se renta, eso simplemente no es correcto—Lo miraba con intensidad y en ese momento aquel hombre pelinegro sabía el trasfondo de sus palabras.

-¡Oh! Me olvidaba que tu sueles rentar las cosas, usarlas, y después regresarlas Hermione, ¡Perdon mi puta idiotez andante!—Se alejaba a zancadas de la agencia haciendo que la castaña dejara el catálogo para seguirlo hasta la calle.

-¿Se puede saber que carajos te pasa a ti?

-Soy tu puto accesorio Hermione, no tengo ningun cabrón derecho de opinar—En ese instante sintió la necesidad de un cigarrillo, por lo que sacaba una cajetilla y encendía uno dando la primer bocanada. La castaña solo abría los ojos incrédula.

-No puedes fumar Damon.—Ella advertía acercándose a el intentando quitarle el tabaco de la boca, pero en cambio, ese vampiro la observaba irritado, estaba furico.

-¡No soy un cabrón producto!—Agrandaba los ojos – Y si yo quiero fumar , fumaré, si quiero follar con otra mujer, también lo haré, y si deseo largarme de este país también lo haré.

-Damon… no empieces por favor.

-¡Hasta ahora trato de complacerte pero al parecer no doy la puta talla Hermione!—Se exasperaba el pelinegro acercándose a ella todavía con el cigarrillo en la boca. – Estoy harto de que quieras controlarlo todo Katherine.

La castaña enarcaba una ceja bajando un poco la intensidad de la discusión, pues notaba que la había nombrado de otra manera y se notaba que ese mismo apelativo tenía mucho que ver con el pasado de ese hombre.

-¿Katherine?—Ella decía en susurro y entre tanto Damon se ponía ligeramente nervioso.

-Katherine, Elena, Hermione, Clara, Hermenegilda—gesticulaba- Eres una clienta más, asi que puedo olvidar tu nombre si lo deseo.—

Mientras tanto la castaña se irritaba un poco por la forma en la que se dirigía a ella, pues al parecer ese hombre tomaba su negocio demasiado en serio mirándola solamente como una clienta, no como un ser humano que tenía la más miserable pizca de sensibilidad.

-Pues llamame como te venga en gana Damon—Se acercaba a el mirándolo a los ojos, y al sentir esos mismos poco a poco la ira, el fuego interno del vampiro se iban apagando, pues debía reconocer que la cercanía de esa chica comenzaba a ponerlo sumamente nervioso, incluso fuera de si mismo dejándolo en un plano totalmente desconocido para si mismo.

-¿Qué mas da?, en tres días se terminará el contrato ¿No es asi?.

-Efectivamente, tres días—Hermione apretaba un poco los dientes sintiéndose algo decepcionada. – Damon..

Su nombre propio; aquel que su madre había elegido no por un significado perverso como el lado oscuro de la divinidad, sino como personaje de cuentos que le encantaba a ella desde pequeña. Encontró exactamente el mismo tono, sutileza, ternura, devoción y amor que ella le brindaba esos días en que solía jugar en los campos cercano al aserradero que tenía Giussepe; su padre, ahora volvían a cobrar vida en esos labios exquisitos de una chica tan testaruda y terca como era Hermione.

Bajó la guardia, comprendió que después de todo ese contrato debía llevarse a cabo, ese mismo que firmaba con cada mujer que solo lo deseaba por su cuerpo, por su aspecto, ese estilo tan encantador que lo definía como uno de los hombres más codiciados de su época. Hermione Granger era una clienta más de su interminable lista de mujeres satisfechas, aquellas que solo lo llamaban para impresionar a sus amigas, para hacerles creer que un bombón como el se atrevió a fijarse en ellas.

-Me gustó mas el turquesa no el blanco que elegiste, combina con mis ojos y te hace ver menos gorda-

-¡Como me llamaste!

-Que te hace ver mas hermosa, aunque si me lo preguntas, cuando te enojas te ves adorable, ahora entiendo lo que ese Draco te vió—El pelinegro se alejaba de ella para volver a entrar a la agencia de autos.

-Damon…

Hermione por primera vez no tenía nada que decir en su defensa, se sentía totalmente desarmada ante ese desconocido que había rentado por tiempo determinado. Sintió sus hombros, sus manos temblar por esas palabras pues eran exactamente las mismas que Draco Malfoy le dijo en su momento. "Eres adorable cuando te enojas". No pudo evitar dejar salir una lágrima al recordar las palabras de su exnovio platinado, simplemente los momentos que pasaron juntos en el ultimo año eran imborrables, pero desgraciadamente tenía que hacerlo para pasar página y continuar con su vida.

Observaba al pelinegro hablando tranquilamente con el hombre de la agencia, miró que el empleado le mostraba algunos otros modelos incluso más caros para poder incrementar su venta, sin embargo Damon se colocaba una mano en el mentón enarcando una ceja para comprobar de verdad las características de cada auto que el ofrecía. Hermione se detuvo en sus ojos, esos tan bellos y exóticos asi como su anillo especial que tenía colocado en el dedo anular izquierdo tal vez recuerdo de familia por lo antiquísimo que se miraba.

Agachó la mirada, se sintió de repente un poco mal por la forma en que lo venía tratando desde que se conocieron, pues comenzaba tomarlo como una transacción, como un muñeco de aparador para exhibir en ocasiones especiales y hacer creer a sus padres y amigos que estaba por fin pasándolo de lo mejor en Nueva York. Entraba a la agencia lentamente para mirar que el pelinegro estaba señalando otros automóviles que le gustaban.

-Quiero el azul turquesa.—En ese instante Damon volteaba sorprendido.

-Combina con tus ojos – Ella declaraba. –Cárguelo a mi cuenta por favor.

Damon comprendió que la chica estaba quitando solo una parte de su duro y grueso escudo, aunque le faltaba por deshacer los demás que ella misma habia creado ;pero al menos, eso era un magnifico comienzo. No tuvo mas que sonreir y dirigirse junto al empleado para que les entregara las llaves de su nueva adquisición. El pelinegro estaba emocionado, tan solo sonreía al observar el Civic turquesa estacionado simétricamente a los demás resaltando ante ellos su brillo, elegancia y hermosura.

-Condúcelo tú—Comentaba la castaña. –No me gusta el tráfico de Londres

La castaña le entregaba las llaves dirigiéndose al asiento del copiloto, Damon aun no creía haber roto una complicada barrera que lo dividía de ella y por algun motivo en especial eso le gustaba. Mientras se sentaba tocando con sus caucásicas manos el volante miraba toda la ciudad como si fuera un enorme pastel que merecía ser devorado, asi que ese sentimiento no se hizo guardar mas y por ende introducía la llave en la ranura para arrancar el coche.

-Creo que debes ponerte el cinturón.—El declaraba

-¿Qué vas a hacer Damon?—Preguntaba la castaña pero no obtenía respuesta, pues tan solo una sonrisa galante, llena de triunfo pero sobre todo de un gusto enorme invadía el rostro de ese hombre pelinegro de mirada exótica. –No, Damon, sea lo que vayas a hacer, no, la respuesta es…

En ese instante y sin pensarlo dos veces el coche comenzaba a desplazarse a gran velocidad por las calles de Londres, mientras tanto Hermione todavía estaba con su espalda pegada al asiento con la mirada fija al frente esperando no estamparse en cualquier lugar para después esparcirse como un pan relleno de jalea. El pelinegro miraba las calles, meneobraba a la perfección el volante utilizando casi todos los caballos de fuerza del vehículo para solo detenerse con suavidad en una señal de alto.

Hermione pasaba saliva con dificultad sintiendo que sus piernas y manos se convertían en gelatina a causa de toda esa adrenalina segregada en tan solo unos minutos. Miraba con determinación a Damon pensando que era efectivamente una mala idea dejarlo conducir el automóvil, daba un largo respiro para calmarse y observaba claramente que aquel hombre no mostraba la mas miserable muestra de nerviosismo o temor. Todos los hombres en definitiva, amaban la velocidad.

-¡Me quieres explicar por que demonios estas conduciendo como un desesperado!— Exclamaba la chica para incorporarse después en el asiento. –No estas siendo perseguido por dementores.

-¿Dementores?—Preguntaba Damon mientras que la chica se congelaba de nueva cuenta, no cabía duda que muchos conceptos llegaban a sus recuerdos estando en Londres.

-Quise decir… dementes… -Corregía al instante y con bastante nerviosismo.

-Yo escuche Dementores, no estoy sordo Hermione.

-Pues creo que deberías ir con un Otorrino para una revisión—Bufaba la chica.

-Vaya que eres extraña—Conducía esta vez con menor velocidad observando el frente del camino y observando que ningún agente de tránsito acudiera junto a ellos o sería equivalente a más pérdida de tiempo, pues solo faltaban unas horas para la reunión con sus amigos.

-Claro que no, tu… esuchas lo que quieres escuchar eso es todo.

Continuaban paseando por la ciudad, recorrían las calles atestadas de coches sin tomar en cuenta el sonido aberrante de los claxon concluyendo que Londres era una de las ciudades mas organizadas en cuanto a tráfico se refería. Damon observaba la arquitectura, los edificios construidos por la monarquía que daban la impresión de elegancia, arte y sobre todo de historia que era grabada en cada una de las paredes.

Los arboles secos llamaban su atención, se preguntaba cómo algo tan carente de vida alguna podría ornamentar a una ciudad como esa, a su ves también contemplaba el big ben; ese reloj histórico que había sido construido en honor a la reina hace muchos años. Daba una campanada estruendosa, dominante, misma que podía parar el bullicio de los transeúntes que pasaban incansablemente por esas calles y se detenían un microsegundo a escuchar el sonido imponente que producía.

Hermione conocía a la perfección su ciudad, y no obstante también sonreía al escucharlo. Damon había estado un par de veces en Londres, sin embargo no eran viajes de placer lo que lo había llevado hasta ese sitio sino huir de su pasado, de si mismo, del fantasma tortuoso llamado Stefan, Katherine Pierce, de toda la porquería de su natal Mystic Falls. La última vez que habia estado en ese lugar recordaba haber estado persiguiendo a un vampiro con el que había hecho amistad pero lo había traicionado al casi entregarlo a otro vampiro enemigo que tenía en ese entonces.

Todo ahora era magnifico para el, y por primera vez tenía color, textura, aroma, libertad, esa misma que no se había permitido durante años por una búsqueda absurda e infructuosa llamada Katherine. Miraba a Hermione quien sonreía constantemente al encontrarse en su tierra, pensaba que esa clienta era la mas extraña y misteriosa que jamás había tenido y por ende, llegaba a interesarle un poco. Cosa que en su oficio, no estaba permitido, e incluso no deseaba volver a caer en esa extraña tontería llamada amor.

-¿Podemos contemplar la rueda de la fortuna?—preguntaba Damon tan suave como podía. Hermione lo miraba y concluía que deseaba observarla de cerca asi que accedió.

-Solo un rato, recuerda que debemos alistarnos para el coktail—

Detenían el coche y ambos se bajaban, comenzaba a cernirse el frío de la media tarde y por lo tanto Hermione se abrazaba a si misma frotándose ligeramente hasta llegar al puente que dividía al canal por donde los barcos se comunicaban. Damon no traía sueter alguno, a decir verdad las sensaciones como el frio y el calor eran cosas de las que solo conservaba el recuerdo de cuando era humano.

-De niño me gustaban estas cosas—El pelinegro suspiraba recargándose en el concreto del limite del puente. –Una vez, la feria de Nueva Orleans llegaba a mi pueblo y mi madre nos llevaba a mi y a mi hermano a disfrutarla—Suspiraba.

Hermione lo observaba y por primera vez notaba que estaba revelando algo sobre su pasado, se recargó de la misma manera mostrando interés ladeando su cabello para concentrar sus ojos en la mirada exótica de ese hombre tan misterioso y atractivo.

-¿Tienes hermanos enconces?

-Uno—Damon contestaba inmediatamente. – Su nombre es Stefan, mi hermanito pequeño—Rodaba los ojos con una sonrisa forzada.

-Y el…- Hermione hacía una pausa. -¿Sabe a lo que te dedicas?

-No.

La castaña deseaba preguntarle la razón pero simplemente había cosas que no era fácil compartir aunque estas salieran al tema. Se volteaba de nuevo para ver el rio para esbozar una sonrisa.

-Yo tampoco tuve hermanos, pero precisamente Harry, es decir, "el novio", es mi mejor amigo.

Damon en ese instante soltaba una risotada al acordarse de algo que se parecía bastante, aunque esta ocasión el contexto era totalmente diferente.

-Suena a un titulo de película de Julia Roberts.

-Entonces también viste "La boda de mi mejor amigo"—La castaña no pudo evitar reir un poco ante tal comparativo.

Hermione volvía a mirarlo notando que los ojos aguamarina se perdían en el exterior del espacio, su cabello se movia lentamente al compas del viento y su piel resplandecía un poco bajo la refracción del atardecer. Concluía que esa hermosura, ese porte y esa gallardía solo la había visto una vez en una persona. Draco Malfoy, pero no se atrevía a compararlo siquiera debido a que ambos tenían una forma de ser distinta a la otra.

-No estas bien con tu hermano ¿Verdad?—Ella preguntaba con suavidad mientras que el la miraba ceñudo, a decir verdad nadie se habia preocupado por sus problemas. Ni siquiera sus clientas estrafalarias que lo contrataban.

-El pequeño Stefy y yo nos encontramos bien—Daba un largo y nostálgico suspiro. –Funcionamos mejor separados.—Concluía con una sonrisa pero la castaña no se tragaba ese cuento, era evidente que el tema lo afligía.

-Eso no es verdad Damon, nadie funciona mejor sin su familia.

-¿Me lo dice una chica que vive en otro continente alejada de la suya?

-Esto es difrente—hacía una pausa ruborizándose por el comparativo. –No me fui por ellos.

-Te fuiste por un cabrón al que querías olvidar—Decía despacio, no le importaba si recibía una bofetada por el recordatorio, pero era mejor exponerla a ella que hacerlo consigo mismo.

Hermione no habló, se concentro en mirar un barco de carga que se dirigía al muelle mas cercano seguramente para entregar la producción de pesca del atlántico. Las aves volaban a su alrededor deseando que algun pescado saliera brotando de los cajones para alimentarse; esos sonidos, eran los únicos que se escuchaban en el entorno. En ese momento Damon se acercaba un poco a ella para tomarse la libertad de tocar su mentón con tan solo un dedo para observarla; notaba que las lagrimas estaban a punto de salir, como si ese pasado tormentoso emergiera después de tantos años.

-¿Qué fue lo que Draco te hizo Hermione?—Hacía una pausa. – por que el hombre que yo vi en tu casa se ve que te ama, que daría todo por ti, pero no compendo qué es eso tan doloroso que sucedió para que decidieras alejarte.

La castaña solo cerraba sus ojos miel para impedir el paso el agua sobre ellos, debía ser fuerte, poderosa, demostrar que había regresado con nuevas ganas de vivir, de sobreponerse de aquel trago amargo de hace cuatro años. Miró los ojos aguamarina de Damon admitiendo que ese hombre no solo tenía el poder de la persuasión incluso , sino que podía ver a través de su alma y eso la asustaba. Sin embargo, estaba consciente de que todo aquello era solamente una actuación.

-Algo que enterré en el pasado junto con Draco— Respondía con resignación tragando algo de rencor en esas palabras. – Solo te puedo decir que el mismo amor que alguna vez le tuve ahora se ha convertido en desprecio y… asco.

Damon comprendía que algo muy fuerte habia pasado para que ella decidiera abandonarlo, incluso culparse por esa ruptura ante sus padres sin entender a ciencia cierta esos motivos. Se acercaba un poco más y acariciaba con ese mismo dedo su mejilla, recorría despacio el contorno de su rostro bajando lentamente hasta su cuello, y en ese instante sus impulsos estaban a punto de jugarle una mala pasada, pues la vena carótida estaba latiendo como si se tratara de un conducto latente.

-Damon.. Tienes algo en los ojos—La chica estaba a punto de tocar el rostro del pelinegro pues de sus pómulos estaban emergiendo algunas venas salientes para encarnarse en sus pupilas para oscurecerlas.

-No es nada.—El pelinegro se giraba estrepitosamente para evitar que Hermione lo viera, respiraba profundo, en pausas, deseaba que esa característica se alejara lo mas pronto posible pues significaba que sus instintos de vampiro estaban saliendo a la luz traicionado por ese cuello tan delicado y aterciopelado como era el de la castaña.

-Damon ¿Qué te sucede?—Ella le tocaba el hombro y sin embargo el chico hacía un esfuerzo sobre vampirico para no mostrarse tal cual era. Tomaba grandes bocanadas de aire por la nariz y cerraba sus ojos para refrenar el apetito que comenzaba a salir de su garganta áspera.

-Nada, es solo que me entró algo en los ojos.

-Debo llevarte a casa, debo encontrar algo para la conjuntivitis.

-No es… -Damon se detenía, pues la castaña le estaba dando en ese momento la coartada perfecta. – Si, eso debe ser, soy alérgico al polvo a cierta hora del dia, solo debo de ponerme unas gotas y estaré como nuevo.

-¿Estas seguro Damon?, yo no vi esa coloración normal.—Ella intentaba colocarse al frente pero el vampiro no se lo permitía. Esta acción hizo que la castaña se alarmara un poco por su estado.

-No es nada Hermione, se me pasará, en serio—

Se alejaba un poco de ella para observar su reflejo en el agua y darse cuenta que por fin aquella fase había pasado sin ningún problema. Sus ojos ahora estaban claros y sus pómulos no mostraban aquellas venas tan características.

-Damon… solo no quiero que te suceda nada malo— Hermione le tocaba el hombro con mucha suavidad, sentía la textura de su hombro fuerte, casi pudo sentir el hierro forjado en ese hombre perfecto que sin querer la hacía derretir como la miel al fuego. El pelinegro volteaba por fin y la chica se dio cuenta que sus ojos volvían a su estado original.

-Tus ojos…

-Lo se, te dije que solo era a ciertas horas del dia—Sonreía rodando los ojos.

No se dieron cuenta de la proximidad de sus cuerpos, ni siquiera de la noción del tiempo indicándoles que debían estar en casa para alistarse y llegar a la reunión prenupcial. Damon se levantaba lentamente tomando la mano de la chica para admirarla, debía reconocer que esa suavidad extrema en esa piel ligeramente bronceada no la había visto en todos los ciento cuarenta y cinco años de su vida. Hermione sintió latir su corazón de manera acelerada, como si su propio cuerpo no respondiera de si misma para acercarse como un imán a ese semi dios griego de cabello negro.

-Gracias…

-¿Por qué?—Respondía Hermione mientras que el pelinegro se acercaba a sus labios sin tocarlos.

-Por preocuparte por mi, nadie lo ha hecho en mucho tiempo y es… debo decirlo- Rodaba los ojos. – Lindo.

Hermione tuvo la loca idea de experimentar eso que tanto volvía locas a las clientas de Damon, aquello por lo que le pagaban si bien no era una cuantiosa fortuna, la cantidad suficiente para subsistir de ese negocio. Se incorporaba totalmente recargándose en el borde de concreto apreciando la mano caucásica que la tocaba.

-Damon..

-¿Si?

-¿Es verdad que puedes hacer que una mujer se excite sin tocarla?

-¿Disculpa?—El pelinegro arrastraba la pregunta bastante sorprendido.

-Si—Hacía una pausa. –Lo leí en el perfil de tu blog, además lo del amor a la medida mencionaba que podías hacer que una mujer tuviera orgasmos sin tocarla—Arqueaba una ceja. –¿ O todo eso era mera publicidad?

Damon no dejaba de sorprenderse de los cambios tran drásticos de aquella chica, sin embargo debía admitir que ese tipo de giros tan inesperados eran parte de su encanto. Esbozaba una sonrisa y lentamente se acercaba a la chica colocando sus manos sobre el concreto acortando considerablemente la distancia entre ellos.

La castaña sentía el calor, el perfume a menta y almendras que emanaba de su cuerpo, de su camisa, de ese cuello tan perfectamente cincelado. Pasaba saliva con dificultad notando que la cercanía de sus labios era diminuta, tan solo un par de milímetros los separaba uno del otro. No pasó saliva a pesar de desearlo, sentía que casi se ahogaba en ella a causa del nerviosismo que para comenzar, era un indicio de un excelente trabajo por parte del chico.

-Cierra tus ojos—Imperaba dulcemente el vampiro haciendo que la chica asintiera lentamente.

Al acceder a esa petición relajaba su cuerpo para dejarse llevar y comprobar lo que tan fervientemente declaraba el anuncio del blog en internet. Por otro lado reconocía que Damon Salvatore además de guapo, era atento, cariñoso, y podía llegar a donde deseara con tan solo proponérselo, simplemente deseaba averiguar hasta donde era capaz de llegar aquel hombre para lograr que sus padres, sus amigos y su entorno en Londres se creyera que estaba perdidamente enamorado de ella.

-Ese rubio no sabe lo que perdió—Damon acercaba su nariz al cuello de la castaña y sin quererlo ella sentía que su piel comenzaba a erizarse, movía sus piernas un poco notando que la mezclilla se frotaba con su piel desnuda.

-Dejar a una mujer tan bella—Seguia recorriendo con su nariz desde sus hombros hasta llegar a su oreja, hablaba despacio, en susurro, como una canción de cuna que llegaba hasta el mas duro corazón. Seguido a esto recorría con el calor de su mano sin tocar la piel sus brazos, su cintura haciendo que la castaña mordiera un poco su labio inferior dejándose llevar tan solo por ese tono grave, seductor y aguardentoso del chico de ojos exóticos.

-Si yo te tuviera para mi.. –Damon continuaba bajando sus labios hasta el pecho de la chica pasando su mano por detrás de la suya hasta rodear casi su espalda. – No te dejaría salir de la habitación- Susurraba. –Te tocaria no solo esas hermosas piernas… pantorrillas, esa cintura que me vuelve loco y me excita demasiado… sino te tocaría el alma, todo tu ser para que te sintieras plena..—Entrelazaba ahora sus dedos sin tocar el cuerpo de la chica. - Te tendría solo para mi Hermione…

Respiraba entrecortadamente y ella apreciaba el aroma a menta, a madera combinada con algunos roces traviesos de esa piel caucásica, las manos de Damon Salvatore hacían mella en su cuerpo electrizando cada fibra, cada poro, cada terminación nerviosa. Mordía con algo de fuerza su labio inferior y las palabras difícilmente salían, pues en ningun otro momento se sintió tan mujer como ese dia.

-Damon…

-¿Dime?—El respondia tan sensual sintiendo que estaba a punto de besarla en cualquier momento y quebrantar su regla de oro.

-¡Vales cada centavo joder!—Ella sonreía.

No supo definir sus sentimientos en ese instante, quizá sería un halago viniendo de una clienta normal y probablemente continuaría hasta que ella le pidiera una noche ganando así mil dólares extra a lo que ya tenía. Sin embargo, ese comentario lo hirió, lo lastimó en lo más profundo de su ser pensando que estaba siendo realmente usado. Pues bien decían que la vida aunque fuera "fácil" resultaría más complicada de lo que se pensaba cuando las consecuencias o el corazón intervenían.

-¿De eso se trata todo esto no es así?—Se acercaba a sus labios sin darle un beso. – De fingir.

Ambos no dijeron absolutamente nada, la castaña desviaba la mirada tratando de no fijarse en los ojos aguamarina de Damon que claramente la estaban incitando a algo mas que una simple compañía. Aun le costaba recuperar el ritmo cardiaco de la adrenalina producida por su cuerpo al compás de esas caricias y esos toques tan intensos.

Damon seguía con una actitud seria, rígida, por primera vez Hermione notaba que aquel ácido sentido del humor tan característico se había evaporado quizá por la cercanía. Decidió que era mejor no hablar hasta el trayecto a la casa, probablemente ahí podrían hablar de lo ocurrido para no generar malas expectativas uno del otro.

Llegaron por fin a la casa donde una apresurada Jane los despedía, pues esa misma tarde relevaría a su marido en el hospital general como apoyo al cuerpo de odontólogos a causa de la "semana nacional anti- caries". No podían asistir al coktáil pero la castaña iría en su representación.

El vampiro se colocaba las manos en las bolsas todavía repitiéndose esa frase que en lugar de elogiarlo, lo degradaba como una simple cucaracha que hacía demasiado bien su trabajo. Subían las escaleras y la tensión comenzaba a cernirse en el aire haciendo que la castaña tosiera un poco para producir al menos algo de ruido.

-Supongo que desearas arreglarte primero, descuida, me cambiare en la recamara de mamá—La castaña tomaba las bolsas para irse a tomar una larga ducha y liberar toda esa tensión mientras que Damon dejaba su ropa para dirigirse a la puerta.

-Damon ¿A dónde vas?

-A tomar aire fresco, necesito un descanso.

-Damon, no hay tiempo para descansos, si llegamos tarde…

-¡No es una puta escuela a la que vamos Hermione!, es una simple reunioncita para que tu amiga presuma que por fin su noviecito mordió el jodido anzuelo del matrimonio—El se exasperaba abriendo la puerta.

-Damon…

-¿Algo mas que pueda hacer por ti?—Se acercaba hasta ella. -¿Jefa?

Hermione abría los ojos como platos para darse cuenta que en verdad su acompañante estaba molesto por algo, mas no comprendía el cambio que había dado en tan solo una tarde. Pensó que lo más conveniente era dejar que se calmara, pues no se podía dar el lujo de romper el trato ya que sus padres y amigos harían demasiadas preguntas. Por otro lado, sentía su corazón afligido, se sintió angustiada, asustada, ese hueco en el estomago que se experimenta a raíz de una decepcion o una sorpresa.

-Necesito un jodido descanso y si no lo tomo en este momento… -El vampiro se acercaba a ella olisqueando su cuello.

Sus sentidos enloquecían uno a uno mirando la vena carótida de Hermione, esa misma por donde el torrente sanguíneo fluía consecuentemente irrigando desde sus pies a la cabeza ese liquido escarlata que era alimento, vida misma para él. La tomó de la cintura y sin darse cuenta sus venas de nuevo se marcaban, sus ojos se ternaban negros como la noche y un par de colmillos se retraían asi hincándose en su cuello.

Sería tan fácil perforarlo, succionar como si fuera el maná mismo la sangre de la castaña, sus padres no estaban, los únicos testigos de esa acción sería el oso de peluche que yacía en la cama o quizá las fotografías de sus amigos enmarcadas. Se sintió seducido por el aroma, el cabello de miel que caía por sus hombros le pedía o mejor dicho, le exigía tomar lo que deseaba, pues al fin y al cabo, el mecanismo era el de siempre.

Después de beber, las hacía olvidar.

-Debo irme, en serio debo hacerlo.—Damon se dirigió a zancadas a la salida para después dejar a la castaña sola con un mar de preguntas. ¿Había hecho algo malo?, ¿Dijo algo que no era apropiado?.

Las respuestas nunca llegaron, pero no había tiempo para si quiera pensar, sino para presentarse con sus amigos ya que tenía muchas ganas de compartir esa felicidad que los embriagaba. Pero miraba a Damon salir sintiendo un hueco en el corazón como si en verdad aquello fuera algo más que una pantomima bien elaborada.

-Estas loca Hermione.

Damon Salvatore no supo que camino tomar en ese suburbio, lo único que tenía en mente era desear olvidar esas palabras que lo habían hecho mierda. Daba grandes pasos observando a la gente pasar, familias enteras conviviendo, mujeres llegando de las compras con sus hijos bajando del coche. Una vida normal que jamás tendría, tan solo la miraba en otros como un claro castigo de su condición vampirica.

Sintió que el hambre regresaba, y no se conformaría con un estúpido blíster rebosante de sangre helada. Debía beberla fresca, rebosante de una vena que le incitaba a seguir bebiendo y sin embargo debía como siempre cubrir su huella.

Ese dia, se hartaría de la primera garganta disponible.