No sintió los segundos, los minutos e incluso las horas transcurridas desde su estancia en aquel motel de paso. Se preguntaba una y otra vez si el decoro de sus padres, sus amigos, su propio ser , aprobarían un arrebato de pasión y lujuria como aquel que tan furtivamente se sació de un hombre que tan solo conocía una semana. Se sentía frustrada, cansada, triste, molesta, furiosa consigo misma por haberse prestado a ese juego absurdo o a una actuación mal elaborada y apresurada.
Con sumo desgano logró vestirse, el maquillaje, el peinado, todo el estilo de la despedida de soltera se había evaporado para dar lugar a una imagen devastada de una mujer que recogía pedazo a pedazo su dignidad, su entereza, su fuerza misma al ritmo de levantar las prendas del suelo. Nunca había hecho algo asi, incluso en la gran manzana se limitaba a seguir sus propias reglas y darse a respetar como mujer, como publicista, cuidaba la imagen que otros tenían de ella para que pudieran tomarla de una manera profesional y ética. En ese momento ya no sabía diferenciarse.
Seco sus lágrimas, y junto con ellas también la tristeza, consideraba que la debilidad no era permitida en su nueva vida, jamás volvería flaquear ante nadie por mucho que eso la lastimara. Decidió sufrir sola, llorar sola, lamentarse sola. Tomó las llaves del auto para salir de la habitación no sin antes echar un vistazo a ese lugar de cuatro paredes constituido por tan solo una cama matrimonial destendida, una lámpara de buró de cono abierto y una comoda que seguramente rechinaría al compas de varios frenesí adquiridos en todo el historial de ese cuarto.
No pudo evitar la imagen de Damon en su cabeza, no lograba huir de su mirada, de sus ojos aguamarina junto a esa sonrisa tan blanca como la nieve. Sintió un hormigueo que recorría desde la parte baja de la espalda ascendiendo hasta su nuca, aquel escalofrío le recordaba la ausencia de esas manos gruesas y caucásicas que la estrujaban como una muñeca moldeable. Apretó sus labios lo suficientemente fuerte para mitigar el deseo y unas nuevas ganas de llorar arrebatadoras. Se mostraría fuerte, tenía que ser fuerte para lograr salir avante de esa semana llena de culpa.
Caminó unos pasos para abrir la puerta abriendo sus ojos fijándolos en la alfombra, pues la cantidad de mil dólares en efectivo se encontraban arrugados y esparcidos por toda la entrada. Se acuclilló despacio sintiendo la textura de los billetes verdes que ahora le quemaban cuales brazas ardientes; no era un ardor común y corriente, era una mezcla de angustia y arrepentimiento por haber juzgado mal a ese hombre.
-Damon…
Sus labios se entreabrieron pronunciando débilmente su nombre, sus incisivos apretaban su labio inferior recogiendo el dinero para introducirlo de nuevo a su cartera. No lograba entender a ese hombre por mucho que lo intentaba, reconocía que tenía ciertas similitudes con Draco pero ahora los podía diferenciar tan fácil como presentar un exámen de runas antiguas.
Draco y Damon eran testarudos, tercos, buscaban a toda costa la atención absoluta de la gente que los rodeaba, eran tan atractivos a su manera que hacían suspirar a cualquier chica que estuviese frente a ellas, pero habia algo singular que dibujaba un abismo profundo que ahora notaba. Draco Malfoy era un príncipe por naturaleza, su ego se podía comparar con el de Tom Riddle pero era tan cobarde al momento de enfrentar las verdades sobre si mismo; en cambio Damon era un seductor incomparable, su sola mirada y sonrisa ponían a sus pies a quien estuviera a unos pasos de su presencia, sin embargo, también huía de su propia persona. Uno no temía a comprometerse y el otro descartaba esa posibilidad.
Encontró por fin esa diferencia, una que se negaba a aceptar y a creer desde el momento que decidió contratar a un escort para que fingiera una relación con ella. Bajaba las escaleras para conducirse al automóvil y fijar su mirada en el espejo observándose a si misma. Por mas idénticos que fuesen en cuanto a personalidad, manera de ser, soltura y ego existía algo que ahora los delimitaba.
Sus sentimientos por ellos dos.
La balanza se había inclinado sopesando al ganador, lo había hecho desde el primer momento que tuvo contacto, que sintió su mirada, que poco a poco se enredaba en todo su ser como si se tratara del lazo del diablo.
-No puede ser… no puede ser.. no, no puede… es imposible—Se repetía a si misma negándose a la realidad para no aceptar lo inevitable, pero ya era demasiado tarde.
-Soy una idiota, una estúpida—Se acusaba a si misma sin piedad alguna.
Decidió eliminar los pájaros en su cabeza y regresar a su hogar temiendo enfrentar la mirada de Damon después de la fuerte discusión que tuvieron en la habitación de hotel, pero no había de otra, solo quedaban un par de días y el tratado se terminaría dejándolos tan separados como un par de continentes divididos por un océano.
Emprendió la marcha, afortunadamente la habitación estaba pagada y no tuvo que volver a ver el rostro del hombre que la miró entrar, a pesar de no conocerla sintió un poco de vergüenza al pasar toda la noche en aquel sitio donde un millar de parejas se propiciaban amor acompañados de algunos ruidos, gemidos y uno que otro mueble que lograban romper debido a la intensidad de la situación.
Necesitaba un baño, uno relajante y lento para evaporar la discusión que tuvo con Damon en horas pasadas. Estacionaba el coche rentado junto al de su padre, esperaba que esta vez no estuvieran charlando amenamente discutiendo si ella se vería mejor con frenillos o sin ellos, pudo imaginarse a su madre mostarndole el viejo álbum de fotografías donde aparecía con un vestido largo en color amarillo y unas alas de seda elaboradas por ella misma. La sola idea le provocaba escalofríos, así que se dirigió a zancadas a la entrada para poder detenerlos.
-¿Mamá?, ¿Papá?, ¡Estoy en casa!—Dejaba su bolso en el sillón mirando hacia la entrada de la cocina, pensaba que estarían molestos por no llegar a dormir la noche anterior y que la recibirían con tantos regaños y el ya tan clásico código de honor de las señoritas decentes.
Observó que su madre llevaba puesto un delantal blanco que cubría desde su cintura hasta su muslo, la castaña enarcó una ceja pues no la había visto con ese atuendo desde que abandonó la niñez. Se cruzó de brazos observando a la mujer alegre que preparaba una ensalada moviendo sus manos con suma destreza mezclando todos los ingredientes, pudo ver restos de lechuga y queso mozarela esparcidos en la cubierta de la cocina como muestra de la intensidad que ponía en el platillo.
-Nunca te había visto cocinar de esta manera mamá—La castaña declaraba.
-Siempre es bueno consentir a los que mas quieres con algo espontaneo linda—Le dedicaba una sonrisa. – Te avisto que no estaremos en casa, ya me disculpé con Molly por no asistir a la boda.
-¿No asistirás?—Hermione se sorprendía.
-Lo se, es grosero de nuestra parte pero sabes que en una semana más tu padre y yo…
-¡Oh por dios!, es verdad, su aniversario.
-Exacto, asi que Jack tuvo la descabellada idea de recrear nuestra luna de miel
-¡Eso es grandioso mamá!—Hermione corría a abrazarla haciéndola casi perder el equilibrio. Le gustaba ver a sus padres tan enamorados como el primer dia en que se conocieron, siempre le contaban la misma historia donde ambos competían desde la universidad para obtener la mención honorifica en odontología. Recordaba que cada aniversario le relataban con exactitud los detalles de sus citas, sus amigos en común, no podía creer que Jean Callister, una chica jovial que gustaba de las fiestas terminara perdidamente enamorada del hombre apuesto, introvertido y solitario de Jack Granger.
-Aun no puedo creer que en nuestra primera noche tu padre se quedara en la esquina del cuarto de hotel mientras yo lucía la lencería que lo volvía loco.
-¡Mamá!
-¡Por dios Hermione!, tienes veinti cuatro años y aún asi consideras que la cigüeña te dejó en la puerta.
-No precisamente eso, pero no concibo la idea de su intimidad, comprende que para una chica es complicado imaginarse a sus padres teniendo una sesión de sexo alocado—Hermione tomaba un trozo de pan tostado recargándose en la cubierta de la cocina para mirar a su madre mezclando todavía los ingredientes de la ensalada.
-Si yo fuera una madre como lo es Molly Weasley, tampoco concebiría la idea de ver que mi hija llegara hasta la media tarde despues de una despedida de soltera—Jean bromeaba guiñándole el ojo a su hija.
No sabía donde esconderse, el rubor se hacía presente en sus mejillas frotándose a su vez las manos mostrándose nerviosa, debía saber que las preguntas sobre su ausencia la abordarían dada la oportunidad. No quería contarle sobre el altercado que tuvo con Damon, y a su vez era inevitable recrear aquella escena tan contradictoria para ella misma. Le tenía confianza a su madre, podría conversar de cosas que otras personas catalogarían inapropiadas pero simplemente su relación era estrecha. Suspiraba profundamente pretendiendo sonreír para no demostrar tristeza.
-Si quieres saber si Damon y yo nos fuimos a un motel, pues si, nos fuimos y tuvimos intimidad.
-Sexo hija, llamalo por su nombre.
-¿Desde cuando eres tan abierta?, ahora veo por que no te comparas con Molly, ella sí que pegaría el grito en el cielo si supiera lo relacionado a Ginny.—la castaña reía.
Jean Granger colocaba la vinagreta alrededor de la mezcla para esta vez hacer los movimientos mas lentos, observaba su creación como algo tan especial que seguramente disfrutarían todos en su hogar, se conducía al fregador para enjugar sus manos y restregarlas en el delantal para secarse. Hermione se hacía a un lado esperando aquella respuesta todavía mordiendo el trozo de pan que tenía en la boca, consideraba que las pocas ocasiones que conversaban eran tan únicas como las fechas conmemorables en el calendario regular.
-Los padres sabemos que nuestros hijos crecerán linda, también tuvimos su edad, y se perfectamente que tarde o temprano explotaran su sexualidad como nosotros en su momento—Suspiraba. – Cuando decidiste vivir tu vida alejada de Londres pensé que jamás volvería a verte…
-Pero mamá…
-Lo sé, nos escribimos, nos llamamos, pero es algo complicado para los padres dejar a sus hijos crecer fuera de casa—La observaba otorgándole una caricia, mientras tanto Hermione comprendía por fin el verdadero sentimiento que sus padres albergaban por ella, pues como única hija el apego era mucho mayor. –Ya eres toda una mujer, y por lo tanto debes vivir, dejar que otros entren en tu vida, se que te preparamos, te educamos para no cometer errores, pero debes equivocarte, levantarte, volverte a caer hasta que te vuelvas fuerte—Ella sonreía. – Es normal que sientas también las necesidades de toda mujer—Proseguía. –Además con un hombre como Damon…
-¡Mamá!—Hermione continuaba riendo al contemplar el rostro picaro de su madre.
No cabía duda que la relación madre e hija que sostenían se basaba en la confianza mutua, a pesar de los limites que debían ser marcados Jean Granger tenía por bien sentado que su pequeña no era de la clase de chicas que gustaban retar o contradecirlos. Hermione por su parte se sentía unida a ella, pero en esos instantes necesitaba espacio, aún no podía decirle que Damon Salvatore era rentado, una compraventa o un simple accesorio que con el paso de los días desecharía.
-Esperaré a Damon en la recamara mamá, y espero que tengan maravilloso viaje—
-Cuenta con ello linda, y bueno, tendrás la casa para ustedes solos—
-¡Mamá!
-Hija, no esperarás que me crea que aún no han tenido nada que ver, ¿O si?
Hermione dudaba en confesarse, pero la sonrisa amplia que esbozaba la delataba rotundamente, se introducía la punta del dedo índice en su boca recordando esa noche de pasión que se había permitido con él. Jean negaba con la cabeza, su hija no podía mentirle por mas que lo intentara.
-No me cuentes los detalles, pero de mujer a mujer—Le sonreía. –Disfrutalo.
-Es incomodo hablar de esto contigo ¿Sabes eso?
-Por su puesto, pero no me negaras que estuvo grandioso.—Hermione negaba alejándose de la cocina par dirigirse a la recamara y esperar noticias de Damon. Al momento que cruzaba el pasillo que daba a las escaleras se dio la media vuelta apoyando su mano en la pared observándola.
-Si, estuvo espectacular mamá, y tienes razón, Damon esta para comérselo.
La mama de Hermione abría los ojos como platos, observaba a su hija como si en verdad no la conociera, mientras tanto fruncía el ceño mirando que su madre le señalaba a alguien que se encontraba detrás suyo. La castaña intuitivamente volteaba para darse cuenta que un Jack Granger de brazos cruzados le ponía cuidado de forma un tanto severa, pues a pesar de saber que su hija tenía una vida sexual activa no era precisamente uno de sus temas favoritos a tratar.
Pasó saliva con dificultad, desviaba la mirada a uno y a otro lado de la casa para no tener que encontrarse con los ojos caramelo de su padre reprochando en primer lugar su llegada tarde. No le quedaba más remedio que fingir una disculpa y encaminarse lo mas rápido posible a la recamara en espera de noticias favorables de su acompañante.
-Papá… es que… mamá me pidió opinión sobre Damon y…
-Ve a tu habitación jovencita, necesitas dormir, pareces un tejón con esas ojeras, ya hablare personalmente con Damon al respecto…
Jack no era severo con ella, le gustaba cuidarla y protegerla a su manera a sabiendas que podía cuidarse a si misma. Necesitaba saber que aún en su edad adulta tenía un lugar especial dedicado a el donde nada ni nadie le quitaría dicha función. Jane desde el otro extremo contenía las ganas de reir a carcajadas al saber acorralada a Hermione y a su intento por aceptar lo evidente respecto a Damon, simplemente, aquel cambio que su hija había dado en tan pocos días le había fascinado.
Hermione subía las escaleras a zancadas esperando no tener otro reproche por parte de su padre, giraba el picaporte de su puerta para tener unos instantes de privacidad , disminuir el rubor en sus mejillas y la tensión familiar que se cernió en la planta baja de su casa junto a la cocina. Se sentaba en la cama en espera de noticias mirando su celular.
Decidió marcar su numero, quería verificar que todo estuviera bien y comprobar que nada afectaría su relacion laboral. Respiraba lenta, profundamente aún con el dispositivo en la oreja pero no tenía respuesta alguna. Marcó de nuevo intentado tener éxito, sin embargo la línea mandaba al buzón directo.
Con desesperación colgaba, se mordía los labios paseándose por la habitación y quitarse los zapatos para sumergirse en un largo y tranquilo baño después de eso. Estaba arrepentida de aquel acto, no se imaginó que Damon se ofendiera al verse realmente comprado por lo ocurrido en el motel. Volvió a recordar sus ojos, la forma en que la trató por la mañana llevándole el desayuno a la cama, ¿Qué hombre hace eso en estos días?, definitivamente pocos, y entre ellos se encontraba el portador de ojos aguamarina.
Se volvía a sentar en la cama, optó por dejarle mensaje de voz en espera de recibir una llamada para comprobar que estuviera bien. Su corazón latía incansablemente, sentía que en cualquier momento podía tener taquicardia o algo parecido a un ataque, respiró profundamente aún con el celular en las manos acariciando las teclas con ambos pulgares. Los nervios la devoraban, la ansiedad se la comía viva, las ganas de verlo otra vez la desesperaban. Apretó sus labios corriendo un mechon de su cabello para volver a marcar el numero sin esperar respuesta.
"Hola, soy Bloodylover, la fantasía hecha a tu medida, por el momento no puedo contestarte, dejame tus datos y te devuelvo la llamada, te aseguro que a mi lado tus amigas, tu loco marido obsesionado por el fut bol y el trabajo y sobre todo tus enemigas… te envidiarán… Espero ansioso"
Hermione rodaba los ojos ante el largo mensaje de bienvenida, apretaba un poco el celular para disponerse a enviar el mensaje.
-Damon, soy Hermione, por favor ¡Dime que estas bien!—Se mostraba nerviosa, el rubor comenzaba a emanar en sus mejillas, se mordía el labio inferior en señal de impaciencia, como si aquel hombre estuviera frente a ella mirándola con severidad. Respiró para proseguir.
–Disculpame… por favor, mira, no se lo que esté pasando entre nosotros y yo misma no logro entenderlo, pensé que para ti era importante obtener dinero con tal de…- Las palabras no salían, hacía una pausa para poder armarlas adecuadamente, sin embargo, su corazón acelerado las mezclaba tan rápido como una lavadora muggle.
-No debi, no debí pedirte eso en primer lugar… tu has sido tan amable y atento conmigo, solo me has colmado de atenciones y yo… Damon por favor, solo quedan dos días.. y no es por nuestro trato es por…
"El limite del mensaje se ha excedido, en seguida se enviara al destinatario, Gracias"
-¡Mierda!, ¡Maldito limite de mensajes!—Exasperadamente volvía a marcar repudiando considerablemente a las compañías telefónicas por solo tener cierto tiempo para las grabaciones. Resoplando como nunca, escuchaba de nuevo los tonos de llamada hasta que de nuevo apareció el mensaje largo, y despues de casi un minuto optó por continuar.
-Bueno, al parecer los celulares confabulan contra mi este dia—Hacía una pausa esta vez mas corta para evitar lo anterior. –Debemos hablar, no importa que ya no quieras ir a la boda, no me interesa que hayas dejado de tener interés por todo esto, no te culparía… por favor … Dime que estas bien.
Colgaba la llamada enviando correctamente el mensaje, volvía a resoplar indignada por no tener noticias, pensaba a su vez que Damon no deseaba contestar por lo ocurrido en el hotel, no comprendía su fallo, por mas que su cabeza intentar buscar la respuesta adecuada sencillamente no se la daba. Se sorprendía de si misma siendo inteligente y suspicaz verse tan primeriza en estas situaciones románticas.
El resto del dia pasó con normalidad, para todo el mundo, para los novios próximos a casar, pero Hermione miraba el reloj para darse cuenta que aquel hombre no había regresado a casa. Sus padres se habían marchado unas horas antes a su destino, la casa estaba totalmente vacía, sólo su lámpara de cama y el baño estaban encendidas. Dejó en el buzón mas de cinco mensajes pero no existía contestación a ellos, apretaba sus labios con desesperación sintiendo su corazón latir a ritmo acelerado. Los nervios y la ansiedad se hacían presentes.
Llevaba puesta solo un short a mas de la mitad del muslo y una camiseta de algodón ligero, deseaba dormir y no pensar, quería sumergirse en un sueño tan profundo para hacerla olvidar sobre lo ocurrido en el cuarto de hotel. ¡Maldita la hora en que se le ocurrió semejante barbaridad!, pero era tarde, las cosas estaban hechas y no quedaba mas que enfrentarse a la realidad y a unos ojos aguamarina llenos de reproches al por mayor.
El reloj no era su mejor aliado, constantemente observaba que la manecilla mayor quedaba fijada en uno de los minutos sin moverse, al menos, eso parecía. A pesar que el tiempo siempre corre de la misma manera, la desesperación, el ansia, los nervios, la inseguridad lo alargan considerablemente. Ese era el caso de una Hermione totalmente descolocada frotando sus manos para mitigar todas esas sensaciones.
Habían transcurrido casi doce horas de no verlo, un millar de cosas rondaban en su cabeza como producto de la impaciencia. ¿Damon se habia marchado definitivamente de Londres?, eso no podía ser verdad. Si tanto le interesara el dinero obtenido, aún no había cobrado la cantidad que estipularon, contando con que dejó los mil dólares a la puerta de la habitación de hotel. Aún estando recostada se movía constantemente, adoptaba una posición fetal, giraba su cuerpo al lado contrario, después al mismo lado donde estaba, cerraba sus ojos por unos instantes pero el repicar de los minutos, el tic toc infernal de ese maldito reloj la estaba consumiendo.
-Damon… ¿Dónde carajos estas?—
Sin respuesta alguna, decidió bajar a la cocina para tomar un poco de agua, cualquier pretexto era bueno con tal de no seguir acostada en compañía de ese reloj que la desesperaba. Sintió el suelo frio, las plantas desnudas de sus pies paso a paso bajaban las escaleras en la penumbra de la oscuridad de su propia casa. Entraba a la cocina para abrir la nevera y esta vez tomar un tarro de helado que su madre siempre reservaba para los postres.
Sentándose en una silla lo abría con desesperación, sacaba del cajón de utensilios una cuchara grande para hundirlo en el cremoso batido y obtener una gran cantidad de éste llevándoselo a la boca. Torció un gesto desagradable, no era por el sabor del mismo, pues el frio extremo invadía despiadadamente sus sentidos provocándole una jaqueca.
-¡Esta…f…ii…ooo! -Sosteniendo el helado de chocolate en su paladar, agrandaba su boca sin abrirla para evitar tirarlo al fregador. Lo tragó con dificultad exhalando una gran cantidad de aire. -¿Qué esperabas Hermione?, ¿Un maldito jugo de calabaza?.. ¡Es helado por dios, no una maldita y desgraciada gelatina de limón!
Se sirvió con mayor decencia, esta vez teniendo la precaución de tomar una cuchara mas pequeña y evitar asi otro dolor de cabeza provocada por el frio del helado. En uno de los platos colocaba un par de bolas para llevarlo a su recamara y continuar disfrutándolo, aunque con la preocupación el sabor era equivalente a comer un par de plastas de cartón molido.
Despues de obligarse a si misma a degustar el postre, dejó la cuchara en el fregador colocando sus manos en la tarja mirando a ambos lados. El corazón seguía latiendo a velocidad increíble, pensaba en un sinnúmero de cosas, la sugestión abordaba todo su ser carcomiéndola con paranoias tan inventadas como los poderes mágicos de Gilderoy Lockhart. Daba un amplio suspiro para reponerse cuando en ese instante escuchaba el sonido de su celular.
Su semblante cambió radicalmente, respiraba pausado y a prisa dejando cualquier cosa que estuviese haciendo y correr subiendo apresuradamente las escaleras de su casa para llegar a su recamara, observaba el móvil, vibraba, se iluminaba a la par de la esperanza que Hermione albergaba sobre el bienestar de Damon. Lo tomaba rápidamente sin darse cuenta del remitente.
Sus manos temblaban, su respiración entrecortada se acompañaba sincronizada con el latir de su corazón. Cerraba sus ojos para calmarse y tratar de escucharse serena, a pesar de estar preocupada con el alma en un hilo no quería expresarlo. Su orgullo se lo impedía, la casta de su propia casa Gryffindor no le permitía darse el lujo de verse quebrada. Carraspeó un poco respirando con calma decidiendo contestar la llamada.
-¿Diga?—
Al principio no escuchaba nada. -¿Diga?—Preguntaba con mayor claridez pero no había respuesta.
-¿Quién carajos esta llamando?—Volvía a formular pero solo se escuchaban algunos ruidos.
Su insitinto fue colgar, pero se daba cuenta que el numero pertenecía al móvil de Damon, y para percatarse observaba la pantalla. Su corazón de verdad comenzó a alarmarse, pues al no recibir respuesta alguna volvía a preguntar con mas prontitud.
-Damon… ¿Estas bien?, ¡Esto no es divertido!—Apretaba sus labios uno contra otro, pero no obtenía nada.
Decidió esperar un poco mas para percibir los ecos, los sonidos, agudizaba sus sentidos para poder capturar el mas mínimo. Cerró sus ojos, desafortunadamente no había encantamiento alguno que pudiese revelar el paradero de una persona mediante los teléfonos celulares, solo existía la posibilidad del GPS, y para ello tendría que colgar la llamada para comprobar la fuente.
-Damon … -Susurraba, pero ninguna voz se escuchaba para contestar.
Sabía que había problemas, mas no entendía la razón, hacía mucho tiempo que dejo de enfrentarse a enemigos o secuestradores y no tenía idea de dónde comenzar a buscarlo. Le parecía extraño que aquel hombre no hubiese para darle su paradero, si bien estaba cabreado por la situación del hotel no habría por qué obstruir con sentimentalismos la relación de compra venta que existía entre ambos. Se sentó por un minuto tratando de descifrar, de encontrar algun indicio pero todo era confuso.
-Cadenas—Pensó para si misma. Escuchaba claramente el sonido arrastrado y metalico de las mismas apretando un objeto, que por su textura se distinguía amortiguado.
-Tacones, son tacones femeninos. –A menos que Damon hubiese cambiado de sexo repentinamente podía jurar que se trataba de alguna presencia femenina. Notaba aquel andar pausado, lento, como si nada en el mundo preocupara a esa mujer que al parecer tenía al pelinegro en sus manos. ¿De quién se trataba?, ¿Quién tendría a Damon de esa manera?.
Pensaba por algunos instantes y cualquier cosa podría llegar a su cabeza, comenzando por el gusto quizá escondido sadomasoquista de ese hombre; después de todo, no lo conocía, una semana simplemente no bastaba para sacar conclusiones sobre él. Se llenó de ira, la castaña cambiaba su semblante considerando aquel fetiche que se imaginaba de mal gusto, demasiado vulgar, en extremo bajo y ruín. Si aquel hombre quería vengarse por el pago de sus servicios ese no era el camino correcto o decente de hacerlo.
-Maldito… -Suspiraba, volvía a tomar el celular con determinación para responderle. –No me importa lo que hagas con otra de tus clientas, hay una boda en puerta y si no tienes el suficiente profesionalismo yo…
-¡Agggggh!—Hermione en ese instante detenía sus reclamos.
Un grito aguardentoso emanaba de la garganta de ese hombre, era Damon. Escuchaba claramente el fundir de algo parecido al metal que probablemente estuviera torturándolo. Comenzaba a preocuparse, la sangre se le irrigaba hasta los pies pensando el peor de los desenlaces. Definitivamente se trataba de todo menos de una sesión caliente de sado.
-Damon…
Colgaba inmediatamente la llamada, necesitaba saber su ubicación exacta, observaba la pantalla ingresando a la opción del GPS revelando su procedencia. Trataba de calmarse, sin embargo su cuerpo temblaba como una gelatina al imaginar la peor de las cosas; quizá se trataba de una antigua clienta quien se obsesionó con el a tal grado de secuestrarlo, pero no era momento de sacar conjeturas o especulaciones. Debía actuar como la verdadera leona Gryffindor que era.
Pasaron dos horas desde la llamada, estaba tentada a regresarla pero concluía inmediatamente que de tratarse de un secuestro aquella persona podría perjudicar aún mas a Damon. Volvía a sentarse en su cama, pensaba en resolverlo sola, tomaba su varita, la observaba detenidamente como si se tratara de una vieja amiga; y lo era, la había acompañado siempre en los peores momentos de su vida, durante la persecución de hijos de no magos, la búsqueda de los horrocrux, le salvó la vida en incontables ocasiones. Apretaba sus labios de nuevo empuñándola con fuerza, tendría que hacer algo, debía encontrarlo, pero no sabía si todo aquello se tratara de asuntos no mágicos.
El ministerio prohibía terminantemente usar la magia en casos muggles, si bien un mago o bruja no eran los causantes del problema, el ministro no mago debía encargarse de la seguridad de los suyos, pero Hermione, conocía demasiado bien el sistema tan deficiente del orden en su país. Los muggles, no contaban con aurores, buscadores, rastreadores, tan solo la policía se ocupaba de los crímenes cometidos en Londres.
Harry no podía ayudarla, sería demasiado para el con el asunto de la boda encima, por otro lado solicitar el apoyo de Ron era equivalente a sacar todas las conclusiones y pistas por si solo. Le gustara o no, aquel pelirrojo solo le estorbaría.
-Piensa Hermione, piensa…
Daba un largo suspiro, tenía que mantener su cabeza fría para poder discernir la situación y encontrar la solución correcta, no había nada que esperar, ni un minuto que perder, pues cada uno trascurrido equivaldría a uno menos en la vida de Damon. Se sentía culpable, demasiado culpable por haber discutido con el en la habitación de hotel, por haberle pagado por una noche tan gloriosa, por hacerle recordar que aún era una mujer deseada para cualquier hombre.
-Te encontraré Damon… juro que te encontraré.
Daba gracias a la situación, le sentaba perfecto que sus padres estuvieran fuera de casa, de esa forma comenzaría la búsqueda, y ahora tendría la pista del localizador telefónico como primicia. Sin tiempo que perder se colocaba unos jeans deslavados y una camisa ajustada oscura, como siempre, su bolso extensible no faltaba como parte de sus accesorios primordiales. Su vieja amiga era guardada en un costado de su muslo, era su arma perfecta, la única que podría ayudarla en caso de ser necesario.
-Me importa un carajo el ministerio.—Decía para si misma.
Tomaba de nuevo el celular, recorría de forma táctil los contactos que almacenaba, la mayoría de ellos eran miembros de su oficina, algunos otros eran contactos con proveedores, clientes, sin embargo siempre tenía un apartado especial para sus amigos como Harry, Ginny, Ron y todos aquellos que formaron parte de su vida en el colegio Hogwarts. Seleccionó adecuadamente y espero los respectivos timbres.
-Bueno- Hablaba despacio.
-Necesito tu ayuda, por favor ven a mi casa—Esperaba—Si estoy sola, no te puedo explicar por teléfono pero es urgente.
Estaba nerviosa, frotaba sus nudillos contra su palma constantemente, arrugaba las sabanas de su cama, jugueteaba con su cabello escuchando a su interlocutor.
-Solo tu puedes ayudarme en esto… No, no te lo puedo contar, es importante que vengas, no tengo a nadie mas a quien recurrir—
Cuando colgó la llamada decidió bajar de su habitación con todas sus cosas preparadas, estaba dispuesta a todo con tal de encontrar a Damon, no quería imaginarse las penurias que estaba pasando a causa de aquella mujer de tacones altos y sonoros. Bajaba las escaleras a prisa para tomar asiento en el sillón mirando hacia la chimenea que no estaba encendida, y a decir verdad, no le apetecía encenderla. Si tuviera el hábito de fumar, por lo menos llevaría unos cinco cigarrillos consumidos, daba gracias a la vida por no tener esa necesidad y terrible vicio.
El reloj daba la hora, el sonar hacía eco por toda la casa, eran exactamente las diez de la noche, sus padres debían estar camino a su segunda luna de miel mientras que ella pendía de un hilo por no hacer nada por el momento ante tal situación tan precaria. No pudo evitar recordar la discusión, las palabras hirientes que se dijeron, todo aquello que comenzó siendo de lo mas hermoso para terminar en algo tan terrible como un secuestro.
-Damon… resiste… espera un poco… ¡Dios!—Derramaba un par de lagrimas, mezcla de la tristeza, desesperación e impotencia de no tener noticias. Odiaba quedarse sentada, sentía que el sillón le quemaba, la quietud le molestaba, su cuerpo pedía a gritos dirigirse al paradero del pelinegro lo antes posible.
-Si te pasara algo… No me lo perdonaría Damon…- Hablaba despacio, fijaba su mirada en el tazón de fruta plástica que su madre siempre colocaba para ornamentar la sala. Cerraba de nuevo sus ojos, su ayuda estaba tardando más de lo normal, se vió tentada a tomar el celular de nuevo para apresurarla pero no lo consideraba prudente, tenía que esperar, esperar y esperar hasta que llegara.
Observaba sus manos, sintió un hormigueo en ellas, como si las de aquel pelinegro la tocaran, y de nuevo las lagrimas se hacían presentes, su corazón entristecido e impotente sacaba a relucir la verdadera razón por la que lo extrañaba. Se recargaba en el respaldo aún esprando por los refuerzos, pero al parecer se habían tardado mas de la cuenta. Observaba el techo pudiendo imaginarse los hermosos ojos aguamarina, la perfecta sonrisa, la hamburguesa que llevó por la mañana para desayunar.
-Damon…-Cerraba sus párpados con las largimas deslizándose por sus mejillas.
-Te amo Damon…. Te amo—Susurraba, su corazón ahora declaraba fuerte a través de esas palabras tan contundentes, tan seguras de si mismas.
-Her… mione…. Ayudame….
La castaña se sobresaltó, la voz de Damon sonaba detrás de su oreja, inmediatamente volteó observando claramente su rostro. Estaba sudoroso, cansado, en los pomulos caucásicos había un claro tinte oscuro como producto de las ojeras, sus orbes aguamarina cristalizados la observaban cansinamente. Su cuerpo tenía heridas, sangre, pudo notar claramente una perforación creada por el hombro derecho, eso llegó a horrorizarla.
-¡Damon!-
El pelinegro levantaba la mirada, le sonreía.
-Damon por favor… ¿Dónde estas?—Insistía.
Aquel caucásico y atractivo hombre no respondía, sus fuerzas estaban al minimo a causa de las heridas provocadas seguramente por esa mujer de tacones altos que la castaña desconocía. En ese momento, Hermione dirigía sus manos a su rostro, pero no podía tocarlo, tan solo era una imagen, algo parecido a un fantasma.
-No, no, no Damon , no, tu no puedes estar muerto no.
-Ayudame… Hermione… ayudame—
El timbre de la casa sonaba, aquella persona que la ayudaría había acudido a la cita. Observó la puerta y cuando decidió volver su mirada a Damon, éste ya no estaba.
Su rostro palideció considerablemente, el rubor en sus mejillas se ausentaba como muestra del susto que se había llevado al observar al pelinegro en condiciones demasiado deplorables. Sin esperar otro minuto caminó hacia a la puerta para abrirla, y aunque no le parecía del todo correcto haber recurrido precisamente a el lo necesitaba. Con todos los nervios alterados pudo abrirla y observo el verdadero motivo por el cual no deseaba regresar a Londres.
-Asi que ahora buscas mi ayuda desesperadamente…
-Hola a ti también Draco… Pasa… por favor….
