Dos cuerpos diferentes a punto de colapsar, dos tipos distintos de resentimiento, odio, rabia, terror se miraban reflejados en sus ojos al momento de lanzarse uno contra otro. Si bien el apocalipsis bíblico no se estaba suscitando en ese espeso bosque, la sensación de la castaña era totalmente lo equivalente al estarlo viviendo. Seguía en shock, conmocionada por el nuevo descubrimiento, aturdida por la forma en que sin piedad alguna aquel par de hombres estarían dispuestos a matarse para sobrevivir.

No había tiempo de pensar, discernir, cavilar, comparar, hacer un análisis entre aquellos dos; pues los segundos transcurrían sin misericordia alguna. Observaba su varita yacer en el piso en la espera que los sentidos de su dueña volvieran a cobrar vida; su deber, era mantener el equilibrio, responder de manera ética y profesional de acuerdo a los manifiestos del egresado en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Una luz amarillenta salía disparada de la punta del madero de pino, aquella con el centro de pelo de unicornio reconociendo como único dueño a Draco Lucius Malfoy. Por otro lado la oscuridad encarnada en un par de colmillos afilados, ojos negros enmarcados con prominentes venas latentes se enfrentaba al todo por el todo contra esa misma sin pensar en el daño que podría ocasionarle. Su única intención, era aniquilar de forma tajante a su adversario rubio

El joven de ojos grises arrugaba la nariz considerando repulsivo al ente que tenía a unos cuantos pasos. Empuñaba la estaca improvisada de madera con tanta furia dispuesto a perforar la carne del vampiro, terminar con la efímera vida de ese ser despreciable; pero más que todo … Robarle el corazón de la única chica que había amado en toda su vida.

Hermione sentía que el agua nublaba su vista; era complicado para ella enfocar a cada uno con la tristeza a flor de piel. No podía permitirse la debilidad, aquella no era la cualidad de una leona forjada en el calor de la batalla, en las sagradas aulas de la honorable casa de Godric Gryffindor, condecorada con el nombramiento "honoris causa", seleccionada para ser el premio anual como claro ejemplo de dedicación y desempeño.

Esta ocasión, dejaría de lado la vida falsa que se había empeñado a tener para abrazar por fin su verdadera identidad. Hermione Granger, la sangre sucia inmunda que siempre estaba en pie lucha. Decidida, se acuclilló tomando el madero como si fuese otra extremidad de si misma apuntando al centro de aquel pandemonio que se estaba llevando a cabo.

Damon había esquivado el rayo de luz amarillento sonriendo con socarronería, relamía la punta de sus colmillos moviéndose a gran velocidad con el único objetivo de tomar el cuello del rubio y romperlo como si se tratara de un mondadientes. Draco Malfoy desaparecía de un lugar a otro para no ser alcanzado por su enemigo vampiro, movía a diestra y siniestra la varita lanzando hechizos aturdidores como todo un gran experto duelista; y lo era. Ese rubio tenía la habilidad adquirida del lado oscuro de Lord Voldemort.

Los dos estaban dispuestos a terminar con la existencia del contrario. Por un lado, Draco lo odiaba por haber aparecido de la nada como un maldito intruso en la vida de su castaña; mientras que en el lado adverso, Damon lo detestaba por ser la causa del sufrimiento de Hermione, considerarse un moustro ante sus ojos colocando a ese rubio petulante como un maldito héroe.

-¡Morirás perro!—Draco lanzaba otro hechizo solar que rosaba el brazo del pelinegro.

-Vampiro, aunque te cueste trabajo hijo de puta—Damon por fin se acercaba.

El pelinegro sonreía de satisfacción aún con los pómulos cubiertos de venas latentes, los ojos tan oscuros y la mirada depredadora ansiando engullir a su primera presa. No tenía nada que perder, ya no; todo lo que anhelaba de si mismo se había visto truncado una vez mas por la indeseable de Katherine Pierce de quien a su tiempo se vengaría de la manera más lenta y dolorosa posible. Pero ahora, Draco sería un aperitivo delicioso antes de comenzar el tan deseado banquete frío llamado "su venganza".

La castaña no marcaba ninguna diferencia entre ambos, tenía un deber que cumplir para demostrar que nadie sería mas fuerte que nadie. Empuñando la varita la dirigía a mitad de ambos. Se tragaba el orgullo, la tristeza, la decepción, volvía a dejar de lado sus propios sentimientos para asegurarse de conservar la balanza en perfecto estado.

-Aspecto Momentum!- Recitaba con seguridad.

Antes de que ambos hombres colisionaran para realizar lo que sería una catástrofe, sintieron que sus cuerpos eran detenidos por una fuerza ajena a la suya; sin embargo, no dejaban de mirarse con sumo desprecio . Damon y Draco flotaban en el aire deseando liberarse; sin embargo, aquella magia los impedía por completo. El platinado llevaría la ventaja, pues todavía conservaba la varita en las manos para atacar libremente; en parte, agradecía a su ex novia haber actuado para tener a su completa merced la existencia podrida de ese vampiro.

-Sectu…

-Expelliarmus…- El platinado sintió un tirón en su mano despojándolo completamente del madero. La observaba incrédulo, sin dar crédito a la ayuda que le brindaba al chupasangre despiadado.

Damon sonreía con socarronería sintiéndose triunfador ante tal elección. Curvaba sus labios alzando sus cejas descaradamente mofándose de la postura de su enemigo. Con sumo trabajo, estiraba su mano para alcanzar la estaca que había soltado durante la batalla con toda la intención de atravesar con ella el cuerpo del platinado. Pero antes de lograr su cometido un rayo de color blanco era impactado en su pecho para congelar sus sentidos de manera total.

-Petrificus Totalus—Recitaba otra vez.

Ahora que los dos se encontraban sin movimiento alguno en todo su cuerpo, podría tomarse el tiempo necesario para pensar en los recientes acontecimientos. Guardaba su varita con naturalidad, como si lo que acabara de hacer se tratara de una simple tarea de encantamientos para obtener puntos para su casa. Limpiaba sus lágrimas bruscamente con el dorso de su mano resignándose a lo que sus ojos acababan de atestiguar abruptamente.

Damon poco a poco iba perdiendo su bestialidad, su ojos volvían a ser los mismos aguamarina intensos que tanto gustaban a las mujeres; aunque su cabello continuaba sumamente alborotado por el rejuego que había tenido al salir del podrido lugar donde Katherine lo mantenía cautivo. Escuchaba los pasos menuditos de Hermione aproximarse a su presencia. No quería verla, no se atrevía a mirarla a la cara después del espectáculo que había ocasionado con una decena de cuerpos formando parte de la escenografía siniestra.

Sus labios carnosos aún tenían el rojo carmesí de la sangre caliente de sus víctimas; si los había asesinado, poco le importaba. Así era Damon Salvatore, un depredador, un ser de oscuridad dedicado a satisfacer sus necesidades primitivas sin tentarse el corazón con el fantasma ni el remordimiento que proporciona la culpa. Sus ojos asesinos se resistían a mirar la forma en que un angel se encaminaba a su presencia, no merecía esa mirada, no merecía absolutamente nada.

Draco seguía contrariado por la reacción de la castaña, no comprendía el empeño que tenía en protegerlo a sabiendas de lo que acababa de descubrir. La ira todavía lo cegaba, el odio hacia ese hombre se intensificaba desando no estar impedido por el hechizo infalible que les evitaba asesinarse. Apretaba sus labios con demasiada furia deseando llorar de impotencia al sentirse tan patético y poco útil.

Los pasos menuditos, pero decididos de Hermione Granger se aproximaban a ellos. Pasó saliva con dificultad comprobando que los dos hombres estuviesen a una distancia considerable que evitara siquiera que se rasguñasen. Acomodaba su cabellera castaña por detrás de su espalda levantando otra vez el madero con la expresión tan taciturna y escueta, como aquel bosque sumido en la oscuridad.

-Wingardium Leviósa—Hacía por fin levitar a los dos sujetos con el movimiento de varita dirigiéndose al automóvil que estaba estacionado.

El rostro del platinado era poético, no le gustaba la idea de saber que el vampiro despreciable estuviera abordando su propio coche. Sin embargo, no tenía muchas posibilidades de refutar cualquier cosa en la postura que se encontraba.

La castaña tomaba su tiempo; el necesario para hacer que esos dos entraran, pues no le resultaba fácil maniobrar la varita evitando romper algún cristal o provocar algún raspón en el Porshce plateado del que Draco Malfoy consideraba una de sus mayores posesiones. Detestaba conocer a ese grado al rubio, odiaba reconocer que ambos tenían cosas que la volvían loca, ser capaces de hacer que contradijera sus propios principios.

Le costó un poco más de treinta minutos hacerlos entrar en el auto, se dirigía al volante percatándose que la ranura no tenía las llaves puestas. Dio un largo suspiro fastidiada levantándose del asiento, se dirigió al sitio donde Draco estaba sentado aún con el rostro petrificado por el encantamiento. El rubio deseaba sonreir, y sin pensarlo le lanzaba una mirada de triunfo al vampiro quien comenzaba de nuevo a transformarse en la bestia sanguinaria que solía ser solo por el hecho de ese acercamiento.

La castaña omitió aquellos gestos de su parte para poner empeño en la maldita búsqueda de las llaves. Introdujo su mano despacio por el bolsillo del pantalón escudriñando cualquier cosa metalica; esperaba encontrarlas tan pronto como fuese posible y salir de ese lugar donde el frío comenzaba a cernirse. Aunque a decir verdad, el helado sereno le quedaba a flor de piel camuflándose con el sentir que su corazón albergaba.

Draco continuaba con su rostro socarrón. Podían detener su cuerpo pero jamás su mirada, aún en esos casos se consideraba tan letal como una serpiente y triunfador como el capitán del equipo Europeo de Quidditch. El pelinegro vampiro deseaba tener la oportunidad de despellejarlo lenta y dolorosamente contemplando segundo a segundo la manera en que podría suplicar por su asquerosa vida. Eso, sencillamente le recordaba un pasaje que vivió hace muchos años cuando todavía era cautivo en la celdas de "Witmore"

"Concéntrate en la forma de vengarte, esa debe ser tu razón para sobrevivir"

Venía a su memoria las palabras de su amigo Enzo; aquel que dejó atrás cuando escapó de los vampiros de Agustine. Se colocaba en su cabeza la esperanza de volver a encontrarse con Draco Malfoy para hacerlo sufrir de la manera mas cruel y despiadada posible.

La chica volvía a tomar el volante, introducía la llave con mucha fuerza accionando los caballos de fuerza del que solo un Porshe podía presumir. Miraba los espejos, los acomodaba, lo mismo hacía con el retrovisor mostrando a dos hombres completamente congelados y estáticos. No quería mirar a ninguno, no deseaba pensar en cada uno, juntos o separados, mezclados o no… Le aterraba volver a sentirse débil. Un tirón fue lo que ambos sintieron al emprender la marcha a los suburbios.

Afortunadamente no había nadie en su casa; consideraba un regalo divino que sus padres se dedicaran a recordar su luna de miel evitando así levantar sospechas sobre la aparición de esos "invitados". Estacionó el automóvil donde Draco solía hacerlo siempre durante su noviazgo; justo por la callejuela. Bajaba sin detener su mirada a ellos , acomodaba su blusa arrugada observando las manchas de sangre que tenía esparcidas; parte del busto y el talle se encontraban cubiertas de líquido escarlata. ¿Quién iba a pensar que estuviese metida hasta el cuello en situaciones de vampiros?. Error , ya había salido con uno y tenido sexo.

Tomó su varita de nueva cuenta, les apuntaba justo en medio de su distancia para volver a hacer la misma operación que la realizada en el bosque. Ambos flotaban alrededor de la casa sintiéndose tan ridículos y patéticos que de pasar alguien conocido, no dudaría en mofarse hasta el día siguiente, y el día después de ese, o el dia posterior; la situación resultaría vergonzosa para ambos desde cualquier angulo que se mirase por tiempo indefinido.

Los pudo sentar en el sofá por separado, no sabía a ciencia cierta lo que debía hacer con ambos, sin embargo, evitaría a toda costa que se aniquilaran uno a otro. Por fin decidía sentarse, aspiraba una gran cantidad de aire para recomponerse y esperar que las respuestas llegaran por si solas. ¿Desde cuando Damon era un vampiro?, ¿Draco en realidad lo mataría sin tentarse el corazón?

Ese último cuestionamiento lo daba por cierto.

Se recargó por fin en el respaldo del sofá contemplando las manecillas del reloj, deseando alguna explicación, las necesitaba, comenzaban a ser urgentes para que pudiera tener una noche mediana o decentemente tranquila. Había demasiadas dudas en su cabeza como una serie de telarañas enredadas unas contra otras sin cuartel a desatarse. Era complicado, ¿O ella era complicada?, en ese instante, dudaba incluso de si misma.

No sabía lo que debía hacer, su mirada se dirigía en cuestión de segundos a uno y a otro lado de su sala donde los petrificados la contemplaban. Entrelazaba sus manos tratando de cavilar la forma correcta de comenzar a buscar una solución a ese problema. Como parte de sus principios, su deber era entregar al vampiro que estaba cometiendo esos asesinatos, dar parte a las autoridades para que pudiesen otorgarle un castigo ejemplar. Eso, en el mejor y más piadoso de los casos.

Se sentía cansada, exhausta, cada fibra de su piel se desvanecía con la comodidad acolchada del sofá donde pretendía pensar. Poco a poco, sus manos se volvían de gelatina ante el deseo ferviente de tumbarse, dormir, hacerlo como nunca lo había hecho.

Sintió un dedo acariciar su mejilla provocándole un leve cosquilleo, sonrió por inercia aún con los ojos cerrados. Por instinto le daba un manotazo para apartarlo, sin embargo, aquel hormigueo no desaparecía. Abrió sus párpados lentamente para darse cuenta que no estaba sola; unos ojos aguamarina, grandes y expresivos la observaban con suma ternura, los mismos que desde hace una semana habían cambiado su mundo.

Tenía miedo, comenzaba a buscar entre el sofá su varita; sin embargo, a pesar de voltear de un lado a otro descubría que aquella no estaba. Volvía a observarlo, ésta vez con un poco de aversión al recordar esa noche donde no solo miró una nueva faceta de su escort; sino a una gran cantidad de víctimas desangradas por su causa.

-Déjame explicarte Hermione—Susurraba él

-¡No!

La castaña pudo levantarse del sofá apartándose de ese hombre para buscar mejor su madero; no podía perderlo tan fácilmente después de haberlo dejado tan cerca de su presencia. Echaba un vistazo al otro extremo del sofá para darse cuenta que Draco no estaba. ¿Qué estaba pasando?, hace un momento ambos hombres se encontraban petrificados bajo el encantamiento infalible y ahora parecía que se quedaba sola con ese chupasangre. Se giraba sobre si misma tomando como única arma el perchero que se encontraba a un lado de la puerta de entrada; al menos, la madera podría servir para defenderse.

-¿Qué le hiciste maldito mounstro?—Replicaba ella molesta retrocediendo un paso.

-No le hice nada Hermione—

-¡Hace rato estaba ahí!—Señalaba el lugar.

Damon no contestaba, se limitaba a agachar su mirada, tratar de justificar su terrible acción cometida en el bosque; sin embargo, la expresión de la castaña continuaba rígida, inflexible, sin cuartel a darle una oportunidad para reivindicarse. Sus ojos caramelo se fijaban en él cual juez que dictamina una condena; y eso le dolía, le lastimaba severamente. Se sentía contrariada, traicionada, como una mujer ingenua al ser incauta de los encantos avasallantes de un mounstro.

-No le hice nada Hermione, además tu… viste lo que pasó en…

-¡Callate Damon!—Por instinto la castaña se escudaba en el percher tirando al piso algunas gorras de béisbol que su padre coleccionaba a pesar de no practicar dicho deporte. –Espero… que ese sea tu nombre …vampiro –Le costó decir lo último.

-¿Vampiro?—Damon replicaba apretando sus labios. - ¡Que rápido olvidas Hermione!

-No me vengas con idioteces que no soy yo quien consume sangre—Ella mantenía firme el perchero entre ambos.

El vampiro trataba de acercarse, daba un paso, daba otro, mientras que la castaña retrocedía la misma cantidad sintiendo el límite de la puerta en su espalda. Por inercia, colocaba el "arma de madera" entre los dos sirviendo de escudo en caso de resultar atacada. Sus manos temblaban, aún seguía buscando su varita, sin embargo, parecía que la tierra se la había tragado.

-Hermione—Hablaba despacio. –No soy lo que tu crees

-No, eso me queda claro—Lo observaba. –Eres peor.

-¿Por ser un puto mounstro chupasangre que no está a tu altura?—La voz de Damon se quebraba. Agrandaba sus ojos conteniendo el llanto, no sabía que la rección de la castaña fuera tan cruel y despiadada con su persona; siendo así, el peor de sus castigos.

-¡No!—Replicaba ella

-¿No?—

-No—Aseguraba la chica haciendo que el pelinegro frunciera el ceño. La castaña pasaba saliva con dificultad cerrando sus ojos por unos instantes; y al volver a abrirlos fijaba toda su atención en el.

-Por mentirme—

No esperaba esa respuesta. Desde que fue capturado por Katherine solo pensaba en las mil razones que la castaña tuviera para asesinarlo sin darle cuartel a una explicación, de entregarlo sin detenerse un minuto en el recuerdo tan pasional que tuvieron durante una semana; sin embargo, esa castaña de ojos miel, tan segura de si misma, mandona, controladora, terca… No le temía al vampirismo, sino a la mentira.

-Hermione

-¡No me hables!—Ella enfatizaba sosteniendo con furia el perchero. Fijaba su mirada llena de resentimiento contra ese vampiro del que resulto tan ingenua como una colegial.

-Dejame… explicarte

-No

-Si, y lo haras en este preciso instante brujita—

-¡Alejate!

Damon tenía oídos sordos ante tales muestras de defensa, sin embargo, fijaba sus ojos azul aguamarina en un solo objetivo; acercarse. Caminaba a paso decidido, lento, tranquilo. Mientras tanto la castaña no movía ni un centímetro el arma improvisada con la que se había equipado; la mantenía en alto como si se tratara de un asta bandera dispuesta a atacar si era necesario.

-Alejate Damon…

-No—Sin dejar de mirarla se acercaba, se aproximaba, la distancia se acortaba.

Sólo sintió la punta de la madera en su pecho, las manos de la chica temblaban como si fueran de gelatina pura. Nunca en su vida había atravezado el cuerpo de nadie, pues todas y cada una de las ocasiones en las que tuvo que salvarse, utilizaba encantamientos aturdidores; sin embargo, esta vez tendría que enterrar la madera hasta el fondo de su corazón para detener por completo al demonio, a la bestia, al causante de tantas víctimas cobradas. Pero por alguna razón dudaba, miraba a su oponente con miedo, con algo de rabia y sobre todo con resentimiento por lo ocurrido.

-He dicho…

-Anda Hermione… mátame

-Pero..

-Será la única forma en la que te libres de mí

La castaña continuaba dudando, sentía la rigidez del madero como si le pidiera la siguiente instrucción para defenderse, en cambio, nada ocurría. Poco a poco sus manos perdían fuerza sintiéndose frustrada, inútil, impotente ante esa mirada azul aguamarina que tanto le fascinaba. ¿Por qué ahora no podía hacer su trabajo?, ¿Por qué tenía que enfrentarse a un vampiro?

Con un movimiento rápido, Damon le arrebató el perchero partiéndolo por la mitad con ayuda de su muslo derecho. El sonido fue tan intenso provocando un cerrar de ojos abrupto en la castaña. Intentaba respirar, recomponerse, pero era imposible teniendo ese conflicto interno que ahora la mataría de manera mas infalible que la simple mordida del vampiro. Aquel sobrenatural tenía las dos mitades empuñadas en ambas manos; le sonreía, lo hacía con suficiencia haciendo girar éstos sobre su palma de manera ágil, como si se tratara de un asesino profesional que se dedicara a perfeccionar sus ataques como todo un guerrero.

-Hermione—El respondía, se acercba más de la cuenta sin despegar sus ojos de los suyos. –Yo jamás te haría daño, prefiero estar muerto antes que eso pase.

-Muerto… ya estas Damon.

-Te equivocas—La interrumpía –Dices conocer de los vampiros por lo que has leído en tus malditos libros, pero la historia es un tanto diferente.

-Damon.. por favor—

El vampiro arrojaba los trozos de madera fuera de su alcance, ella no movía su mirada llena de reproche deseando huir, escapar de Londres para encerrarse en su nuevo mundo que se empecinaba en vivir; aquel libre de magia, de seres sobrenaturales, de todo lo tortuoso que conllevaba ser una bruja. Lo miraba acercarse, ir a paso decidido sin retroceder uno solo hasta tenerla en frente. No pudo evitar estremecerse con su cercanía, ¿Cómo evitar derretirse ante esa mirada?, una de vampiro sanguinario, pero a final de cuentas… una mirada.

-Damon... –Ella susurraba.

Sin pensarlo dos veces, aquel chupasangre tomaba la nuca de la chica acercándola a su rostro y de esa manera fundirse en ella con un beso apasionado, arrebatado, urgente, deseoso.

Enredaba su mano libre en su cintura apoderándose completamente de ese cuerpo que consideraba suyo y de nadie más. Hermione se quedaba petrificada, como si todo el tiempo se hubiese detenido, como si las circunstancias adversas no ocurrieran entre ellos… Como si aquel hombre del que estaba enamorada, no fuera un vampiro.

No sabía la reacción que tendría, sabía que alejarse era la decisión más sensata; sin embargo, esos labios contrarios se movían con tanta destreza que desvanecían todos y cada uno de sus sentidos hasta moldearlos a su forma. La lengua suave de ese hombre que tanto la volvía loca se adentraba en su garganta succionando cualquier tipo de culpa que comenzara a sentir con aquel acto de pasión.

Damon la enloquecía, tenía la habilidad innata de colocarla en un punto donde se cuestionaba entre lo correcto y lo cómodo, entre el bien y el mal, entre el corazón y la razón. Su instinto ahora la manejaba cual muñeca acercando sus manos al firme trasero de ese vampiro; apretaba sus nalgas con tanta fuerza asegurándose que no se retiraría a ningún lado después de eso.

Con un movimiento rápido, el pelinegro la levantaba de la cintura enredando sus piernas en su cintura y llevarla a gran velocidad a la cocina. Se encontraban mordiendo, besando, lamiendo con tanta urgencia que no les importaba siquiera haber accionado el triturador de basura que se encontraba cerca del fregador.

Ella le tomaba el rostro hundiendo su lengua, disfrutaba tanto de su boca vampirica que le parecía poco el tiempo para devorarla. Se restregaba contra su erección, sentía aquel trozo de carne erecto en medio de su vientre aún con la ropa puesta. La encendía, el fuego en su cuerpo emanaba por si solo esperando que el aguamarina de sus ojos lograra apagarlo.

El pelinegro desgarraba la blusa de la chica arrojándola hasta el otro extremo de la cocina. Se despegaba un poco de sus labios para observar ese par de senos untados en la ropa interior negra que llevaba puesta. Hermione, no tenía conciencia, razón, le costaba equilibrar la dichosa balanza interna de sus emociones para dejarse llevar por el instinto que le provocaban los labios, las manos de ese hombre que tanto había extrañado

Porque sí. Lo extrañaba demasiado

Todo su cuerpo, todo su ser reclamaba su presencia, su cercanía, su proximidad en su cama; sentir su aliento detenerse cada que a mitad de la noche lo observaba dormir deseando despertarlo para hacerla suya. Enredaba sus dedos en la espesa mata de cabellos oscura impregnados a coníferas, bosque, sangre, un olor masculino que pdoría desertar cualquier instinto salvaje y pecaminoso jamás imaginado.

Sin importar el tiempo, el espacio, o cualquier otra cosa que no fuera ese cálido y jocoso momento, la tomaba de la cintura enredando sus piernas en su cuerpo. Los besos no cesaban; se habían convertido en una necesidad imperante para ambos, los dedos delicados de Hermione continuaban afianzados en el cabello abundante de ese hombre que se había convertido en su necesidad que poco le interesaba terminar incluso en el piso helado.

Derribaron los pocos cubiertos colocados en la mesa. La chica escuchaba el crujir del cristal haciéndose añicos en el suelo inventándose para después una excusa perfecta para justificarlos ante su madre. Ahora, no había cubierto que valiera, pieza de cocina que interesara, solo ellos dos; su momento, su reencuentro, la forma que podrían tener para limar cualquier aspereza.

Damon deslizaba sus manos sobre su rostro, y a pesar de no respirar, tenía la necesidad de hacerlo entrecortadamente para experimentar la misma sensación humana de hace mas de una centuria. Dibujaba un perfecto camino con las yemas de sus dedos deslizándolos hasta sus pechos aún cubiertos con la blusa. Hermione solo gemía al sentir la presión contra sus montañas echando la cabeza hacia atrás en espera de más sorpresas mordiendo su labio inferior casi a punto de sangrarlo.

Se relamía los colmillos, la bestialidad salía a la luz de nueva cuenta recordándole a Damon Salvatore su verdadera identidad ante ella. Prefería que mantuviera los ojos cerrados para evitar esa horrible cara, sin embargo, el éxtasis nublaba cualquier posibilidad de esclarecer el misterio entre la razón y el deseo entre ambos.

La castaña tomaba la camiseta del vampiro para retirarla de su cuerpo esperando encontrarse con esa desnudez que disfrutó la noche anterior; al tener aquella prenda en sus manos la arrojaba con tanta desesperación no importando que pudiera estropearse. Condujo sus manos hasta el pantalón donde sus dedos podían sentir el inicio de una erección de roca esperando hundirse en su intimidad de inmediato.

Eso la encendía, la quemaba, pues sus instintos salían a la par que ese vampiro.

-Damon…

Exhalaba en un suspiro ahogando otro grito que el mismo placer le otorgaba, aferraba sus manos a la cubierta de la mesa arrugando el mantel como si fuese papel entre sus dedos. Aquel hombre se paseaba por su cuerpo recorriéndolo con su lengua tomando toda su escencia, su sabor, su exquisitez a través del sudor que emanaba. No se dio cuenta si todo aquello era irreal, ilógico, pues debería estar molesta por haberle mentido sobre su verdadera identidad; sin embargo, su cuerpo comenzaba a tener una peligrosa dependencia a sus besos, sus caricias, necesitaba esa boca, esos ojos y a su vez aquella frialdad que comenzaba a aceptar de manera contradictoria. No estaba bien, ella lo sabía, pero su carne le imperaba otra cosa distinta.

-¡Hermione!

Por fin abría sus ojos; alguien la había llamado, sin embargo la voz que ahora escuchaba era distinta a la del pelinegro. Se dio cuenta que aún seguía tumbada en la cama con la esperanza de conciliar un poco de sueño teniendo así un descanso reparador que bien merecía. No obstante, la penumbra de su casa era la misma que dejó antes de cerrar los ojos por unos instantes.

No estaba sola, aquel par de hombres continuaban petrificados en extremos distintos del sofá en que los había dejado. Observaba que Draco estaba sorprendido; enarcaba una ceja confundida preguntándose la razón y ésta, era evidente. Hermione descansaba una de sus manos sobre su pecho entrelazando sus dedos por dentro de sus jeans; se había abierto camino entre sueños hasta encontrar su intimidad para satisfacerse.

¡Nunca en su sano juicio lo haría!, al menos, no con espectadores.

La sangre abandonaba su cuerpo dándole casi el mismo tono pálido que Draco Malfoy; los nervios comenzaron a perturbarla haciendo que sus manos temblaran inexplicablemente. Se había tocado como cualquier mujer que piensa en un hombre lo haría. No era que jamás en la vida hubiese experimentado lo mismo, pues cada mujer como cualquier hombre, tenía sus propias maneras de calmar esa necesidad de la cual se carecía de un acompañante.

Se levantaba del sofá demasiado avergonzada, si bien la tierra se abría en dos en aquel instante se ofrecería al centro de la tierra para ser tragada. Evitaba mirarlos, sin embargo debía hacerlo para comprobar que aquel encantamiento no perdiera su efecto. Sin comprender la causa por la que aquel vampiro que ahora la miraba con sonrisa triunfante y ladina había aparecido en uno de sus sueños húmedos, decidió levantarse cerrando discretamente su cremallera fingiendo que nada ocurría.

-¿Te estabas…?

-Si… Lo estaba haciendo—Respondía el vampiro con una expresión poética de victoria

-¡Callate chupasangre!

-Te aprovechas mi albino amigo por que estoy congelado como un puto pastelillo glaseado, pero en cuanto salga de esta—Damon amenazaba tranquilo. – Jugaré a la maldita cuerda de brincar con tus intestinos.

-Eso si no te empalo primero imbécil—

-Si me gustaran los hombres yo mismo le pediría a Hermione despetrificarme, sin embargo, pierdes tu tiempo conmigo rubito

-No me extrañaría que los indeseables de tu especie bateen por ambos lados

-Lamento decepcionarte pero no eres mi tipo

Hermione los escuchaba discutir, lanzarse aquellas directas a la yugular como dos buenos machos que buscaban marcar su territorio a toda costa; pero en definitiva, estaba llegando al límite de sus capacidades donde su paciencia se descontrolaba con cada insulto que se ofrecían tan abiertamente. Sosteniendo su varita, buscaba todavía la forma de resolver aquel dilema convertido ahora en un gran problema, pues no sabía con exactitud cómo hacer para liberar a aquellos dos sin que se mataran a los dos segundos transcurridos.

-¡Ya basta los dos!—Ordenaba exasperada.

-El empezó—Damon alcanzaba a curvar sus labios, sin embargo, la castaña no le respondía.

Tomando un gran respiro decidió volver a sentarse y apuntarles a ambos con las varitas totalmente decidida a silenciarlos con cualquier hechizo aturdidor. El vampiro comenzaba a silvar con los labios como clara señal de apuntarse una de sus interminables victorias, pues sabía a la perfección que todo aquel sueño lo provocó con el afán de tener un momento aunque fuese imaginario con la castaña.

-Si Harry se entera… ¡Joder si Harry se entera!—Volvía a perder la calma, y en ese instante, aquel pelinegro selló sus labios completamente.

Estaba en la expectativa de la decisión final de esa chica.

-Va a tener que saberlo Hermione, no lo puedes ocultar como si fuera una mascota.

-¡Hey!, ¡Tranquilo cabroncete!, soy vampiro, no el perrito faldero de nadie.

-¡Regresa a tu ataúd maldito cadáver!

-Cadaver es lo que quedará de ti escuálido albino

-¡He dicho que se callen los dos!—La castaña realizaba un hechizo simple apuntando al centro del sofá sólo para llamar su atención.

Entrelazaba sus dedos aún con los nervios de punta en la espera de lo que debía hacerse. Sabía que de alguna manera Harry terminaría por enterarse de la existencia de un vampiro en los alrededores de Londres. Conocía a su mejor amigo más que a la palma de su mano; siempre que algo se le metía en la cabeza hacía lo indecible por averiguarlo. Recordó los últimos ataques vampíricos, la forma en la que esos cuerpos aparecían sin una gota de sangre debían ser producto de la persona que ahora se encontraba a unos pasos de su presencia; sin embargo, no sabía cómo actuar ante esa situación tan abrumadora.

Observaba a Damon empuñando su varita con algo de fuerza; sólo bastaba con mirarlo para volverse a perder en ese intenso mar azul aguamarina que la había tenido cautiva durante esa semana. Se miraba afligido, aún sus labios tenían el color escarlata secándose como producto de la sangre que ingirió hace unas horas. Aquellos ojos tan expresivos y abiertos eran como los de un niño, tan inocente, tan puro, como si en verdad esperara un veredicto severo que lo llevaría a un doloroso castigo. Por primera vez, Hermione Granger no tenía la respuesta a tan tajante cuestión.

Después de reponerse de aquel sueño erótico que había tenido, se levantaba por fin caminando lentamente hacia el platinado. Draco no dejaba de mirarla, aún se cuestionaba la razón por la que su antiguo amor pudiese estar enamorada de un chupasangre digno de ninguna cosa. Colocaba la varita en la sien del muchacho con una sonrisa.

-¿Qué sucede Hermione?... ¿Qué pretendes?—Intentaba decir el, sin embargo la castaña cerraba sus ojos por un momento para pensar detenidamente en lo que estaba apunto de hacer.

-Desmaius—

-Hermione espe….

No hubo tiempo para una respuesta, la castaña no se la había concedido. Aquel joven rubio se desplomaba en el sofá completamente aturdido por el encantamiento que le había realizado directamente a su cerebro; sabía perfectamente que no había peligro alguno, aquel hechizo era inofensivo si se aplicaba correctamente. Damon agrandaba sus ojos sorprendido por aquel acto; por ende tensaba su cuerpo esperando no correr con la misma suerte y por lo menos estar consciente al momento de su captura.

-¿Qué le has…

-¡Callate!

Sintió la mirada asesina de la chica castaña. Pudo notar que sus manos temblaban por lo realizado; pues para ella, no era fácil maquillar las cosas de esa manera. Realizó infaliblemente un encantamiento para adormecerlo por unas cuantas horas más; tiempo suficiente para planear cuidadosamente lo que debía hacer respecto a Damon. El vampiro solo la miraba, pues jamás en esa semana aquella chica dulce, decidida y terca llegaría a convertirse en toda una experta en la magia; quizá le faltaba demasiado por conocer sobre el extraño mundo de Hermione Granger.

-Wingardium Leviósa- Apuntaba en dirección del vampiro quien cerraba sus ojos esperando el mismo resultado que con el rubio.

No sintió dolor alguno; poco a poco abría los párpados para darse cuenta que su cuerpo no estaba descansando sobre el sofá como el otro joven. Se sentía ligero como una pluma, como si todo el peso de su cuerpo lo abandonara para dejarlo como un corcho nadando en mar abierto. Damon estaba levitando, observaba que la castaña volvía a realizar el mismo encantamiento del bosque donde fue encontrado. Un ligero temor invadía cada uno de sus sentidos mostrándose en la espera de demás sorpresas.

¿Hermione tendría el corazón para matarlo?

¿Sería el fin del gran Damon Salvatore?

Todas y cada una de esas eran preguntas que no podía responder dada la situación tan limitada en la que se encontraba.

Sin mirarlo, subía por las escaleras con expresión taciturna. Muy en su interior desaprobaba sobremanera la medida tan contundente que tuvo que utilizar contra Draco para ganar un poco mas de tiempo en la expectativa de lo que debía hacerse. Su mente se encontraba tan distraída, y a la vez concentrada en una sola cosa que no se dio cuenta que el cuerpo del vampiro chocaba con todos y cada uno de los cuadros al momento de dirigirse al segundo piso.

-¡Podrías tener mas cuidado!, Si me vas a llevar como un maldito globo de fiesta podrías atarme con una cuerda, al menos así no me estamparías contra el retrato de tu abuela -Indicaba el vampiro sintiendo su mejilla presionarse contra el cuadro de una señora de edad avanzada que seguramente era la madre de Jane Granger

La castaña por fin se daba cuenta que sin intención alguna, dirigía sin prestar atención al vampiro por cada pared de la casa estrellándolo contra éstas. La situación podría parecerle un tanto cómica si se encontrara en otra diferente, sin embargo se limitaba a bajar la intensidad del encantamiento solo para permitirle la entrada a su recamara.

Logró sentarlo en la cama teniendo el cuidado necesario para no ocasionar mas destrozos de los realizados. Sus musculos comenzaron a tensarse al pensar siquiera en las consecuencias que todo aquello podría traer para si misma. No se imaginaba siquiera que Harry Potter estuviese deacuerdo con que su mejor amiga estuviese liada con un vampiro, no obstante en cierta manera le otorgaba razón ya que de ser el caso contrario ella tampoco lo estaría.

-Supongo.. que ustedes los magos tienen una cárcel para vampiros—Damon decidió romper el hielo que comenzaba a envolver la habitación. - ¿Tengo derecho a un abogado?, ¿Cobrarán caro?, bueno, supongo que resultarían más vampiros que nosotros, los que conozco te absorben hasta el apellido si no te cuidas.

Hermione no respondía, cerraba sus ojos pensando, decidiendo, volviendo a pensar en la mejor manera de parar todas estas situaciones que se habían presentado tan abruptamente en una sola noche. No esperaba dar con el tan pronto; sin embargo y por azares del maldito destino no solo se lo encontró deambulando por el bosque, sino con una pila de cuerpos de los cuales se había alimentado sin contemplación alguna.

-¿Hay mas como tú?—Preguntaba ella sin mirarlo

-¿Más vampiros?—pensaba por un momento. –No, no los hay, solo yo.

-¿Estas seguro de eso?

-Completamente Hermione—La actitud del pelinegro de ojos aguamarina se mostraba seria. Ante todo debía guardar la identidad de los suyos; uno de ellos, su hermano Stefan, quien seguramente se encontraba felizmente unido al gran amor de su vida. No deseaba echar a perder aquel sacrificio que aquella ocasión hizo por él.

-Hay algo que no comprendo de todo esto—Proseguía. Sin embargo algo en ella le impedía mirarlo de frente. -¿Cómo es que puedes salir al sol?

Damon lo pensaba un momento; su único secreto era precisamente la forma en la que podía camuflarse con el entorno y pasar desapercibido ante ojos curiosos. Observaba de reojo que no tenía el anillo de lapislázuli, seguramente lo había perdido, tirado en el bosque o Katherine Pierce se lo había quitado con aquel plan malvado que ahora le resultaba perfecto. Exhibirlo ante todos.

-Ya no importa

-¿Qué dices?—Se sorprendía ella mirándolo a los ojos.

-Ya no importa Hermione, el secreto se irá al infierno conmigo una vez que me entregues a tu amigo Harry

Hermione se silenciaba por unos instantes, a pesar de que ese fuera el camino correcto simplemente se tentaba el corazón para hacer algo así. Suspiraba por un momento, deseaba preguntarle muchas cosas, desde su iniciación al vampirismo, la manera en que atacaba a sus víctimas, la cantidad de ellas, la conciencia que le quedaría despues de eso, y ahora, todas y cada una se evaporaban con el solo hecho de volver a mirar sus ojos.

El aguamarina que caracterizaba la mirada de aquel hombre comenzaba a contener la tristeza, el llanto, el dolor no solo de saberse delatado ante ella; había algo más, una situación más fuerte que lo atormentaba. La castaña pudo conectarse perfectamente con ellos, como aquella primera vez que lo miró en el restaurante al cerrar el trato. No se dio cuenta de sus sentimientos, sus verdaderos sentimientos hasta ese momento tan crucial donde la vida de ese hombre se encontraba en sus manos. Por primera vez, estaba a punto de convertirse en victimaria en lugar de víctima.

-¿Bebes sangre humana?, ¿Has atacado a niños?, ¿Has … violado?

-Si, no y no—Respondía el pelinegro sin mirarla

-¿Cómo es que puedes subsistir?—Hacía una pausa—Deacuerdo a lo que he leído, los vampiros necesitan mínimo dos litros de sangre en su cuerpo para mantenerse en pie, asi que no me explico cómo te has alimentado en esta semana, me refiero…

-Lo sé—Interrumpía él – Cada noche, mientras duermes…

-¡No me digas que te has alimentado de mi!

-¿Acaso ves jodidas marcas de mordida en tu cuello Hermione?

En ese instante la castaña guardaba silencio. Era cierto, de no haber sido por aquella extraña y desesperada búsqueda todavía podía creer que Damon Salvatore era un simple humano común y corriente que se dedicaba a comerciar con su compañía; pero ahora, las cosas cambiaron drásticamente. Era un vampiro, un depredador, considerado escoria por muchas culturas, tribus, incluso por los magos mismos. Pensaba a su vez en todas las noches que compartieron la misma habitación; recorrió con sus dedos levemente su cuello por instinto propio

Damon jamás la había mordido.

-¿Entonces cómo hiciste?

-Robé de un banco de sangre ¡Contenta!

De nuevo el silencio.

-Hurtas de los hospitales para alimentarte—Daba un suspiro. -¿Tu sabes lo difícil que es encontrar donantes de sangre en estos días Damon?—Por fin lo miraba, lo hacía con determinación y cierto deje de furia. -¡Sabes lo que se necesita para ser donador de sangre!

-Si, si lo sé, ¿Qué quieres que te diga?, "Oh Hermione, soy un cabrón desgraciado por robar sangre embolsada como si fuera Juicy Fruits", ¡Pues si!-Declaró sin apartar sus ojos de ella. –Lo hago para sobrevivir… Te guste o no, ahí esta la maldita respuesta a tu pregunta.

Hermione no sabía que responder, comenzaba a tener un conflicto severo de intereses en su interior sin dar con una respuesta a lo que debía hacerse. Su corazón comenzaba a desesperarse, afligirse, a confundirse más de la cuenta por los recientes hallazgos sobre aquel hombre del cual estaba perdidamente enamorada. Por que aún sabiendo lo que sabía… Lo estaba, sin embargo la decepción también estaba presente como una especie de Karma que debía pagar por haberle entregado su corazón a un ser despreciable que solo se dedicaba a consumir sangre por el simple placer.

Lo miraba a los ojos, deseaba llorar, gritarle sus verdades tan frescas recién salidas de un corazón lleno de altibajos emocionales. Anhelaba descargar todas y cada una de todas esas cosas que lo atiborraban al extremo casi de explotar a la menor oportunidad. No obstante; aquel hombre apuesto no le apartaba la mirada, lo hacía con determinación, con furia, con la valentía de un hombre que es llevado a la horca por un sinumero de crímenes siendo juzgado duramente.

-¡Esto es lo que soy Hermione!—La castaña pudo observar claramente la bestialidad de Damon; aquella verdadera cara siniestra y oscura comenzaba a brotar de su piel dejando apreciar sus afilados colmillos.

-¡Soy un engendro del demonio!, ¡Soy un chupasangre hijo de mierda!, ¡Pero así soy y no pudes cambiarlo!

La castaña lo escuchaba detenidamente sin dar todavía crédito a lo que sus ojos contemplaban. Ponía toda la atención en ese rostro lleno de maldad con el que seguramente atemorizaba a sus víctimas antes de ser desangradas. Sabía que no debería tener miedo, sin embargo, aquella sensación se apoderaba de su cuerpo desembocando en un leve escalofrío que le recorría los brazos, las piernas, e incluso el corazón mismo.

-¿Por qué… no me lo dijiste?

-¿De qué carajos hubiera servido?—Interrumpía él sin decolorar ni un poco la negrura de sus orbes – Tu y yo… Somos lo que somos.

Sin pensarlo dos veces, Hermione tomaba de nueva cuenta su madero empuñándolo con mucha fuerza. En ese instante le apuntaba directamente al pecho con sus ojos llenos de rabia, enojo, ira, como si aquella declaración la sacara completamente de sus casillas aniquilando toda paciencia que pudo haber quedado en ella. El vampiro solo la miraba, le sonreía, jamás en su vida había visto a una mujer con todas esas emociones acumuladas; era perfecta, sumamente perfecta.

-¿Qué esperas?, ¡Acaba conmigo Hermione!, prefiero que tu lo hagas a que me entregues—Gritaba él a todo pulmón haciendo casi retumbar las ventanas de la habitación.

-¡No quiero entregarte Damon!

Esa declaración lo dejó petrificado

-Pensé que…

-Como siempre piensas sacas tus malditas conclusiones precipitadas

-Mira quien lo dice—Interrumpía él rodando los ojos junto a una sonrisa

-¡Quieres callarte!—Ella le volvía a apuntar logrando así que se silenciara. –No pienses nunca por mí, jamás permito que otros hablen por mi.

Cerraba por un momento sus ojos recitando suavemente un conjuro para liberarlo. –Finite Incatatem— Poco a poco el cuerpo del vampiro se destensaba liberándolo por completo.

Damon abría los ojos para darse cuenta que era totalmente libre. La observaba, no sabía si sería el momento apropiado para tomar su rostro, mirarala a los ojos y obligarla a olvidar lo ocurrido; sin embargo, no estaba completamente seguro de que una dosis de verbena no estuviese introducida en su cuerpo. Lo más fácil era huir, desaparecer cuanto antes de Londres aprovechando que Draco Malfoy estaba desmayado; sin embargo, algo le obligaba a quedarse, un sentimiento que poco a poco fue creciendo hasta salir de su control a tal grado de no responder a sus propios deseos.

-Damon… eres libre

-¿Qué?

-Eres libre para irte, pero si te vuelvo a ver aquí…

A paso seguro, le tomaba el rostro fijando su mirada en esos ojos color caramelo que tanto le encantaban.

-¿Esto es lo que quieres Hermione?—la miraba a los ojos. –Se que soy un vampiro, se que no merezco que ni siquiera un angel como tu me dedique esa mirada…

-Esto es lo que debe ser, si permaneces aquí un momento más no dudaran en atraparte—

-No me importa

-¡A mi si me importa Damon!

-¿Por qué?, ¿Por qué te importa tanto lo que pueda ocurrirme?

La castaña sentía un nudo en la garganta como producto de un nido creado por su propia verdad. Deseaba decirle que lo amaba, que se había enamorado como una loca desde el primer momento que entró a su vida, anhelaba besar de nuevo sus labios, desnudarlo salvajemente y obligarlo a hacerle el amor durante toda esa noche como muestra de lo mucho que lo había extrañado. Pedía a gritos convertir en realidad aquel sueño que tuvo durante unos instantes donde sin contemplación alguna se entregaba a lo que de verdad su corazón, sus sentimientos, su deseo mismo le reclamaba. Sin embargo, ninguna palabra pudo salir de sus labios.

-¡Pensé que te había pasado algo carajo!—Le reclamaba rechazándolo bruscamente con las manos. –Estaba como una maldita loca tratando de buscarte, me tenías con el alma en un hilo preguntándome dónde estabas, dónde te habías metido... –Proseguía sin dejar de sostener esa mirada llena de reproche contra él. -…Pensé lo peor, cuando te escuché por teléfono, pensé que todo estaba perdido Damon… Pensé que alguien te había … te había…

En ese instante, el vampiro tan solo se acercaba a ella para tomarla del rostro. No había necesidad de preguntar nada, aquellas acciones hablaban por si solas al tener la valentía de ir en su busca sin pedírselo siquiera. Si Hermione Granger lo hubiese visto como solo un negocio, sencillamente poco le importaría su integridad física. Le regalaba una tierna sonrisa, le mostraba la magnificencia de esos ojos azul aguamarina en los que aquella chica le gustaba perderse por horas; como si se tratara de un pasatiempo que le causara adicción.

Suavemente la presionaba contra su cuerpo escuchándola llorar. Sintió que su corazón volvía latir con fuerza sonriendo como nunca a pesar que ella supiera toda la verdad, no obstante, por fin obtenía la libertad de no esconderse más , no tener que aparentar más por temor a ser rechazado. Hermione sabía que era un vampiro.

La castaña solo pudo soltar aquellas lágrimas que estuvo guardando despues de haberse enterado sobre la verdadera naturaleza de Damon. Sintió su templado cuerpo sobre el suyo dándole todo el confort que necesitaría esa noche. Aspiró nuevamente su aroma, cerrando sus ojos para recrear la escena del bosque donde Draco casi le provocaba la muerte verdadera. Enredó sus manos sobre su cabellera negra azabache todavía hundiendo su rostro en su blanquecino pecho y por fin pudo sentirse tranquila… en paz.

-Estoy bién Hermione…

-No me importa que seas un vampiro… solo no me gustó que me mintieras…

-Lo se, lo sé—Damon le daba un beso en la parte superior de su cabeza mirándose a si mismo en aquel espejo que ahora le revelaba tal vez… a un Damon Salvatore completamente cambiado. No sabía a que grado, pero sencillamente … Cambiado.