No supo cuanto tiempo se quedó dormida, las horas, los minutos y segundos eran tan relativos para ella que decidió restarles importancia y rendirse a los brazos de morfeo para descansar de una serie de eventos sorpresivos. Abrió los parpados pesadamente dándose cuenta que el reloj marcaba las ocho de la mañana; tiempo extra a comparación de la carga de tiempo que acostumbraba dormir todos los días.

Sus padres no estaban en casa. Seguramente se encontraban felices de estar celebrando su aniversario en cualquier lugar acompañados de bebidas embriagantes y recordatorios de situaciones eroticas que mantenían la llama de su matrimonio. Hermione consideró que era mejor que estuviesen lejos de Londres; simplemente no soportaría tener que dar explicaciones sobre su "elección adecuada de hombres".

El cansancio carcomía sus músculos a pesar de haber dormido un poco. Apoyó sus palmas en el colchón para respirar el primer aire matutino y recordarle continuar con sus labores. Aquel día partiría al lugar donde conoció a sus amigos del alma, al sitio que la condecoró con muchos nombramientos importantes no solo por traer paz a ese mundo; sino por ser una de las mejores estudiantes de su generación.

Por un momento deseaba regresar el tiempo atrás y preocuparse solamente por comprender los diez tomos enciclopédicos de transformaciones, desafiar con una pregunta retadora a Minerva MacGonagall o descubrir un encantamiento no conocido en la sección prohibida de la biblioteca. ¡Cómo extrañaba esos días! Sin embargo, su situación ahora era distinta.

No solo tenía que lidiar con la presencia de Draco y sus amargos recuerdos del engaño, sino por la condición recién descubierta de su escort.

¿Qué pasaría si Harry y los aurores se enteraban de los ataques en mitad de carretera?

¿Estaría traicionando su causa al comportarse de una manera no ética?

Las preguntas despiadadas ahora rodaban su cabeza como un claro ejemplo de tortura a primera luz del alba.

Se levantó con cautela deseando por todos los medios no hacer el menor ruido y tener que despertarlo. Tan solo un rechinido del colchón se escapaba traviesamente sonando como si un centenar de obreros forzaran la marcha de una máquina. No cabía duda que era penetrante emergiendo del profundo silencio de su propia habitación.

Pasó saliva, sintió sed en su garganta parecida a un desierto. Necesitaba tomar una ducha; una muy lenta y larga. No quería enfrentar de nuevo a Damon Salvatore todavía, pues aquella confianza, desenvoltura que tuvo con el en los primeros días de conocerse se convertían en nada a comparación de esa imagen despiadada. No le resultaba sencillo combinar y elogiar a alguien que había privado de la vida a unas personas por saciar sus instintos cualquiera que fuese el caso. La muerte, los asesinatos, la persecución, fueron siempre factores por los que había decidido tiempo atrás dejar su ciudad natal. Por ese motivo, no quería confrontar ese hecho producido la noche anterior.

Caminó despacio al cuarto de baño. Hubiera preferido utilizar el de sus padres para evitar hacer el menor ruido posible, sin embargo pensaba que en caso de despertar, Damon comenzaría a sospechar sobre la incomodidad de su presencia en la casa. Tomó la toalla aún sin mirar al pelinegro en la cama y entró a hurtadillas para tomar un baño; lo necesitaba, deseaba un tiempo a solas para despejarse y planear los últimos días a su lado. Sabía que no tenía que arriesgarse ni arriesgarlo.

Abrió con cuidado el grifo del agua. Las primeras gotas sonaron como un par de tambores lanzando una fanfarria; bastante aturdidor comparado con el profundo silencio que se cernía en su habitación. Había cerrado la puerta. Eso daría a entender que deseaba tomar el tiempo a solas para asearse, sus sentimientos no habían cambiado despues de todo; sin embargo no quería decir que no se debatiera entre lo correcto y lo fácil. Entregarlo o ayudarlo a escapar.

Se tomó el tiempo necesario para enjugar su cuerpo, lavar su cabello, dejar que el agua se llevara el sudor, el aroma a bosque y sobre todo la sugestión que embriagaba todo su ser. Se enredó al poco tiempo la toalla a medio busto desempañando el espejo y observarse por unos instantes. Sus ojeras estaban marcadas como una clara señal de falta de descanso, falta de tranquilidad, carencia incluso del sentido común que siempre caracterizaba a la gran Hermione Granger.

Por más que intentaba discernir los sucesos recientes, su mente se atiborraba de una serie de confusiones mas intensas que las anteriores. Era temprano, esperaba que Damon no se hubiese levantado todavía o tendría que enfrentarlo; asi que emprendió marcha a su habitación con un extremo sigilo. Afortunadamente aquel pelinegro continuaba durmiendo. Lo observaba detenidamente deteniéndose en sus labios, aquellos perfilados, carnosos y rosados que a pesar de otros vampiros los tenía humectados. Quizá se debía al reciente festín que disfrutó en el bosque.

Pasó saliva con dificultad, se dirigió con precaución al armario para sacar de el unos jeans y cualquier blusa de cualquier color; la moda o la combinación de la ropa poco le importaba. Lo único que necesitaba era salir de su casa para poder despejarse. Se condujo a la habitación de sus padres soltando la cantidad de aire que llevaba conteniendo desde hacía unos minutos, y ese respiro fue uno de los más tranquilizadores que había tenido en toda su vida.

Se mudó adecuadamente de ropa, se colocó una sudadera gris para dirigirse a un sitio que le desagradaba, incluso le causaba náuseas una vez que lo pensaba; sin embargo no tenía opción si deseaba tener todo en estricto control. Sabía que no estaba dispuesta a delatar la condición de Damon, pero no dejaría que otra serie de desgracias volvieran a ocurrir. Por ese motivo consideró pertinente tomar las medidas necesarias costara lo que costara.

Al salir de su casa, se encontró con el diario matutino; ese que su padre siempre acostumbraba a leer por inercia; aunque la castaña claramente sabía que su area de interés solo radicaba en las columnas de economía. Se acuclilló para tomarlo llevándose un gran sorpresa, ahogó un grito cubriéndose la boca con su mano libre. El encabezado era tan claro como el agua.

"Genocidio en la carretera a Manchester"

-Oh por dios—Tomó el ejemplar y se condujo hasta la cochera para leer solo lo más relevante del articulo.

"Siendo las siete de la madrugada fueron encontrados cinco cuerpos aún no identificados. El forense ha sido notificado y enviaran la información correspondiente a cada familia. Aún no se sabe quien produjo este asesinato, sin embargo la policía de Londres esta haciendo sus investigaciones para dar con los responsables de esta masacre.

Algo alarmante de esta noticia es que los médicos que realizaban el careo indicaron que los cuerpos no contenían ni una gota de sangre. ¿Acaso nos estamos enfrentando a hechos similares de tiempo atrás con los pasados ataques terroristas?. No lo sabemos, no obstante se estarán tomando medidas contra los responsables o el responsable"

La sangre de la castaña se evaporaba con el solo hecho de ver las imágenes en el periódico, pues era exactamente el lugar donde Damon se había alimentado. Apretó sus labios con fuerza mostrando una evidente preocupación a la actual situación en la que se encontraba. Aspiró una gran cantidad de aire para impregnar sus pulmones de aire fresco y junto con el algunas ideas para sacar al vampiro pelinegro de dicho aprieto.

-Seguramente… Harry debe saberlo a estas alturas… Joder!—Se lamentaba la chica continuando su camino intentando pensar en lo que debía hacer.

O**oo**O

Jugueteaba con el encendedor entre sus dedos, lo observaba como si a la vez este le diera las repuestas a las preguntas que su cabeza confundida le formulaba cual olla de palomitas de maíz. No deseaba un cigarrillo, pues había terminado uno a esa hora de la mañana, su dosis de nicotina estaba cubierta hasta el momento y no le apetecía tener que lidiar con el aroma penetrante que este dejaba.

Se encontraba tendido en la cama. Su piel difícilmente podía distinguirse ante la blancura de las sabanas revueltas que solo cubrían la mitad de su cuerpo; un abdomen ligeramente marcado, tan blanco como la nieve y sin un indicio de vello en él. Sus dedos largos diestramente jugaban con el artefacto y sus ojos grises se fijaban en el como si nada en el mundo existiera. O tal vez si, pues solo podía mirar un rostro ante la plata liquida untada.

El rostro de Hermione Granger.

-¿Por qué?—Apretó sus labios reprimiendo un deseo apremiante de llorar, de desahogarse, de gritar por lo que había pasado.

La culpa, el remordimiento, los fantasmas del pasado eran casi idénticos a los ya experimentados en la guerra mágica pasada hace años. Sin embrgo, estos dolían más, carcomían más que los otros, ya que estos eran provocados por si mismo sin intervención de terceros como sus padres. Esta vez Draco Malfoy era responsable de Draco Malfoy. Ya no mas lados oscuros, ya no mas bandos, ya no más la humillación obligada a otros para mantener las apariencias, pues sabía claramente que Hermione Granger además de no perdonarlo, ya no lo amaba.

¿Cómo era posible que sus sentimientos hubiesen cambiado tan rápido?

¿Qué tenía ese imbecil de cabello negro que él no tuviera?

Sentía que su sangre le hervía cual olla de presión al solo recordar el rostro de aquel tipo con el que ahora competía. Nunca estuvo acostumbrado a pelear por nada, por rendirse ante nadie, pues el estigma de ser el príncipe de Slytherin era más que suficiente para asegurarle un eminente triunfo ante sus adversarios.

Lo que comenzó siendo un reto, un juego, una simple apuesta por parte de las otras serpientes se había descontrolado en aquel entonces. Pues haciendo el recuento de los años, descubría que no solo Hermione Granger significaba para el un nombre más al cuaderno negro de conquistas que todo hombre de su categoría y reputación debía plasmar; sino algo más intenso que descubrió sin desearlo con el proceso.

¿Qué hacía diferente a una come libros, insípida y sabelotodo de las demás?

La respuesta le vino a la mente como si en verdad estuviese conversando consigo mismo o que si aquel encendedor fuese una extensión independiente de su cuerpo que pensaba y tenía ideas propias.

-Es única.

Respondió al instante, sin detenerse en averiguar las causas de aquella misma. Sin desearlo, una lagrima resbalaba de uno de sus ojos grises. Eso significaba la derrota, la pérdida, el saberse desterrado de aquella hermosa chica que tanto le costó trabajo obtener, pero sobre todo, haber perdido la confianza depositada era más doloroso que todo lo anterior mencionado.

Se limpió con el dorso de su mano, pues aún tenía cosas que hacer durante el dia; sin embargo escuchó que la puerta de baño se abría dejando pasar el vapor de agua. Alguien más compartía su habitación, lo había hecho durante esa noche con quien seguramente había disfrutado de algo más que una simple charla.

La silueta de una chica se dirigía al tocador donde se encontraba una falda de color violeta, una blusa blanca y un par de zapatos a juego con el resto. Aquellas prendas habían sido usadas el dia anterior por ella misma. Esa joven había pasado la noche con Draco Malfoy.

-Es hora de irme, tengo cosas que hacer Draco.

El platinado continuaba con su mirada perdida en el encendedor, seguía jugando con el entre sus dedos sin tomarle importancia a su presencia, al aroma a lavanda que despedía el cuarto de baño. No tenía decoro alguno en conservarse expuesto, pues no era la primera vez que esa joven había pasado la noche con el, no era la primera vez que se involucraban íntimamente.

-Yo también debo irme, hoy comerán en la mansión unos inversionistas y necesito estar a tiempo.

-Una reunión aburrida debo decir—Aclaraba la chica colocandose la blusa y la falda mirándose al espejo para corroborar que todo estuviera en orden.

-Llegaré a tiempo a las dos cosas, descuida—Draco se levantaba de la cama exponiendo su clara desnudez ante su presencia, no obstante aquella joven no se inmutaba. Nadie podía sorprenderse de ver algo que incluso había tocado y sentido.

El cuerpo de Draco Malfoy era delgado sin llegar a escuálido, pues a diferencia de sus años adolescentes ahora tenía una fisonomía mas definida y madura. Su cintura era delgada, sus glúteos se habían marcado con gran dureza sostenidos por un par de piernas fuertes de roca. Sus hombros no eran del todo anchos, sin embargo el ejercicio constante de entrenamientos como mortifago habían dado frutos al proporcionarle lo suficiente para ceñir una camisa.

Se dirigió a la ventana tomando un cigarrillo, había optado por fumar aquella mañana. Le esperaban un sinnúmero de cosas por hacer, y entre ellas estaba acudir a la cena de ensayo, al brindis y por ulitmo a la boda de su antiguo enemigo Harry Potter. Lo encendió con la clase y estilo dignos de un Malfoy sin perder aquel toque varonil que lo distinguía. No le importo estar desnudo, su ropa era lo que menos le preocupaba, sino otra cosa diferente.

La joven terminó por fin de cambiarse, tomaba su varita respectiva para secar su cabello, no deseaba que algun vestigio de aseo se notara en su persona. Tan solo esperba que ninguna persona conocida le preguntara acerca de su falta de maquillaje; pues quien la conocía sabían a la perfeccion que le gustaba siempre resaltar su belleza natural con un lápiz labial rojo carmín.

-Debemos… hablar Draco—La chica titubeaba, sin embargo estaba decidida a declararle lo que sentía.

-Se lo que dirás, y lo acepto—Respondió el sin mirarla.

-No se trata solo de aceptarlo—Interrumpía ella elevando un poco la voz. –Es solo que esto no esta bien… Nunca estuvo bien.

-¿Ahora resulta que te arrepientes de todo?, ¡Vaya!, ¡Donde he escuchado eso antes!

-Yo no soy Hermione, te aclaro de una vez.

-Se que no lo eres—El platinado se llevaba el cigarrillo a la boca dando una calada profunda. –Ella siempre sonreía despues de hacer el amor.

-¿Cuál amor Draco?—La joven se giraba a su dirección para mirarlo con reproche. –Entre tu y yo…

-Solo hay esto… lo sé.

Ambos crearon un silencio sepulcral por algunos minutos, cualquier minimo ruido de la habitación podía apreciarse tan profundo y claro como si en verdad fuese creado bajo los efectos especiales. Ninguno de los dos se atrevió a mirarse, bajaban la mirada despacio como una clara señal de vergüenza, de suciedad, de traición, de miedo. El platinado esbozaba una sonrisa; no era la clásica petulante que siempre acostumbraba, sino esta vez una de aceptación a su situación actual.

-No te preocupes, no le diré nada, no estoy dispuesto tirar mas mierda de la que ya he tirado—Proseguía. –Aunque no lo creas, aprendi de mi padre que un caballero no tiene memoria, y eso es lo que pongo en practica a partir de ahora.

-Eso no te hace menos culpable, ni a mi—Declaraba ella con cierto trémulo en su voz mordiendo sus labios para evitar romper en llanto.

-La culpa, el remordimiento… los viejos fantasmas regresan, ¡No te jode!

-Si, si me jode y mucho—La joven suspiraba. –No debí… no se merece esto, ella no se lo merece.

-¿Crees… que no lo sé?—El se giraba por fin mirándola con determinación, con furia, con la tristeza emanando de sus ojos grises. La sostenía de forma un tanto brusca de sus hombros, apretaba sus dientes con tanta fuerza a casi el grado de romperlos. Ella lo miraba con los mismos ojos, pues lo comprendía, lo entendía a la perfección ya que era exactamente lo mismo que experimentaba todo su ser.

-Perdí a Hermione… perdi… al amor de mi vida por esto—Desviaba la mirada. –Tienes razón, no debimos involucrarnos, no debimos mantener esto ni permitir que llegara tan lejos.

La otra joven discimulaba su tristeza, la culpa acumulada en su estomago. Tomaba su bolso para emprender retirada de aquel lugar, con la cabeza llena de un mar de ideas y miedos, pero sobretodo, con las palabras de traición escrita en cada longitud de su piel.

-Por eso debe terminarse—Lo volvía a mirar. –Se acabó Draco… lo que sea que hayamos tenido… yo no te amo.

-Lo mismo estaba a punto de sugerirte—Declaraba el. –Yo tampoco te amo.

Ambos se quedaron en silencio por algunos instantes, deseaban retirarse lo antes posible el uno del otro. Sabían que todo aquel idilio pasional y carnal que habían tenido tan solo era producto de sus ganas e intenciones de escapar a ciertas inseguridades propias. El platinado se dirigió al sillón donde había puesto su pantalón, su camisa de color azul cielo y sus zapatos de charol. Necesitaba vestirse, sentirse de nuevo un magnate para asi recobrar su orgullo, y la poca dignidad que le quedaba tendida en ese mueble donde solia pensar por horas cuando no estaba acompañado.

-Se acabó Draco—La joven se dio vuelta dirigiéndose lentamente a la puerta, y a pesar que había finiquitado lo relacionado al idilio pasional que tuvo a su lado, por siempre cargaría el lastre de la culpa y la traición. Sin embargo, justo antes de salir se giró para esbozar una sonrisa.

-Si la amas, lucha por ella—Suspiraba. –Hermione Granger es una chica de las que ya no hay… incluso es mucho mejor que yo.

Draco no le respondió, quizá las palabras abandonaron cualquier oportunidad de respuesta ecuánime sobre aquella opinión. Sencillamente no deseaba hacer sentir peor a esa chica que alguna vez fue lo mas cercano a una amiga, a una confidente, pues incluso en los momentos de derroche de besos, caricias, un sinumero de penetraciones también pudo encontrar a alguien que en cierta manera lo comprendía.

Pasados los minutos se volvió a sentar en el sofá cruzando la pierna aún con el cigarrillo a medio consumir entre sus dedos. Los espirales de humo se elevaban y junto a ellos las posibilidades de volver a sentir en esa cama a la mujer quien tenía su corazón; esa castaña insípida e intelectual que le enseñó una lección en esta vida. Vivir y continuar.

-No me rendiré fácilmente Sangre sucia…. Mi sangre sucia.—Otra lágrima traicionera emanaba desde el rabillo de su ojo, aquel intenso gris acuoso que reclamaba sentir de nuevo el corazón cálido que tnto esperaba. Hermione Granger.

O**oo**O

Eran las nueve treinta de la mañana cuando había regresado, no se dio cuenta de los minutos u horas transcurridas, solo deseaba no tener que volver a ese lugar que le recordaba demasiadas cosas trágicas. El aroma a cloro, medicina, suero, no eran precisamente sus favoritos al recordar su pequeña estadía en San Mungo durante la post-guerra. El estomago se le revolvía con el solo hecho de volver a recordar aquellos pasajes dolorosos y deprimentes que en cierta manera marcaron su vida y contribuyeron a su partida de Londres.

Abrió el picaporte sacudiéndose el polvo de sus zapatos, al entrar a la sala colgó la sudadera en el perchero cercano; aquel que había partido por la mitad en sus sueños en un claro intento de aniquilación a un vampiro despiadado. Llevaba consigo una bolsa de papel que contenía algo que le serviría para mantener las cosas bajo control, al menos hasta nuevo aviso; solo temía que en algun momento ese suplemento se terminaría sin la esperanza de conseguir algun otro en lo que restaba la farsa de su noviazgo. Se sentó por un momento en el sofá aspirando de nuevo una gran cantidad de aire; ésta vez, cálido y acogedor. Observó por unos instantes la bolsa dudando si era un buena idea llevarlas consigo.

Miró de reojo su recamara, probablemente Damon seguía durmiendo apaciblemente, y era comprensible dadas las circunstancias de su captura un par de días atrás. Pasó sus ahora frios dedos por su rostro creyendo inaudito y fuera de lugar lo que estaba a punto de hacer en unos instantes. Se levantó a los pocos minutos dirigiéndose a la cocina para sacar algo que debía servirle, al menos eso había escuchado.

Del especiero, sacó una cabeza de ajo de dimensión mediana. No sabía la forma adecuada de utilizarla, sin embargo debía estar preparada para cualquier dificultad que se le presentara. Evitaba pensar que de nueva cuenta aquel atractivo y seductor vampiro volviera a perder el control, de alguna forma tenía que mantenerlo a raya.

Se guardó la cabeza de ajo en el bolsillo tomando la bolsa de papel que había dejado en la mesa de centro de la sala. Ladeó su ahora lacio cabello castaño no importando ser impregnada por el aroma penetrante de la leguminosa. Subió escalón por escalón apoyándose en el pasamanos sin perder de vista la puerta de su recamara, y para su sorpresa ésta permanecía cerrada.

Respiró profundamente, no cabía duda que aún no estaba preparada para mirarlo a la cara y fingir que nada había pasado. Se armó de valor y abrió por fin el picaporte encontrando que Damon se había levantado, sentado sobre la cama con su torso desnudo y caucásico recibiendo los primeros rayos de sol matutinos. Aquel vampiro contemplaba el amanecer, sus ojos azul aguamarina intensos se fijaban en el astro principal que parecía tener una conversación intima con él.

Hermione contemplo con cuidado sus facciones, pues aquel hombre era tan bello que podría verlo por horas, por una eternidad si era preciso. Sus labios juntos, sus pomulos claros, su mirada perdida al sol parecían los de un niño que deseaba pertenecer a alguien, ser parte de algo. Jamás en esos casi siete días lo había visto con tal expresión de melancolía, de soledad.

-Me he portado bien, no he salido de la habitación—El pelinegro comenzaba. –No quiero que me mandes a Azkaban por ir tan solo a tomar un helado—Rodaba los ojos con un sonrisa para despues mirarla.

Damon se dio cuenta de algo particular, aquella castaña tenía un semblante diferente, incluso un poco más retraído que el de costumbre. Se levantó con cuidado de la cama notando que Hermione retrocedí un par de pasos.

-Buenos…¿Dias?

-Buenos días Damon—Indicaba la chica aferrando sus manos a la bolsa de papel que sostenía entre sus manos arrugándola como si no existiera para ella otra cosa más importante.

El pelinegro enarcaba una ceja, y en ese instante un aroma delicioso llegaba a sus fosas nasales. Ese aroma tan conocido, tan familiar lograba descolocarlo solo un poco. Intentó acercarse a ella pero notaba que seguía retrocediendo como si en verdad fuese un mounstro. Sin desearlo, aquella acción provocó en el una herida profunda en su pecho sintiéndose por primera vez sucio, desalmado, como una bestia.

-¿Eso que tienes en la bolsa no son biscochos cierto?

-Em… yo…

-Hermione—Respiraba profundo esta vez conservando una distancia prudente entre ambos. –Puedo oler la sangre a un kilometro, no soy nuevo en esto.—Cruzaba sus brazos esperando una explicación; no obstante la castaña pasaba saliva como clara muestra de nerviosismo.

-Pero viene embolsada—Aclaraba ella.

-El hecho que venga en "presentación para llevar" no significa que no pueda olerla—Damon ironizaba en su voz. –Es algo… natural en los mountrosos chupasangre como yo.

Hermione se dio cuenta que había cometido un error terrible en llevarle aquellos blíster repletos de liquido escarlata. Aquella mañana había decidido acudir al hospital cercano donde tenía a un contacto que conocían sus padres debido a su profesión. Le habían proporcionado aquel suplemento de sangre con el pretexto de necesitar una transfusión urgente para un conocido. No supo a ciencia cierta los argumentos que tuvo que inventar para conseguirla; sin embargo debía obtenerla o de lo contrario no podría mantener a un vampiro tranquilo.

-¿Piensas que perderé el control si no bebo sangre?

-Es… lo que los…

-¡Vampiros hacemos sí!—El aclaraba alzando su voz algo exasperado, irritado por saber que la castaña lo consideraba de esa manera tan globalmente idealizada. Respiró por un momento para calmarse sentándose de nuevo en la cama con sus palmas apoyadas en el colchón.

Ella por su parte se sentía fuera de lugar, como si estuviese caminando por un camino minado donde debía tener la precaución debida de no tropezar con un explosivo. Relajó sus manos para dejar la bolsa encima de la cama, prefería no mirar la forma en que se alimentaba. Bastante había tenido con la escena tan cruel que presenció en las inmediaciones del bosque de Manchester.

-Mi intención no era incomodarte Damon, pero debes entender que no conozco mucho del tema.—Puntualizaba ella dirigiéndose al tocador para sacar la cabeza de ajo y colocarla encima.

-De una vez te digo que el ajo no me repelerá—El vampiro pelinegro arrugaba las sabanas como clara señal de molestia. –No soy un puto mosquito.

-¿Ah no?

-¿No qué?, ¿Lo del ajo o lo del mosquito?—Damon respondía molesto.

-Lo.. del ajo

Damon suspiraba para calmarse, era evidente que la castaña no sabia mucho sobre vampiros salvo lo que había leído de ellos en libros, mitos, leyendas, y a pesar de ser una bruja quizá sus profesores estaban equivocados sobre su verdadera naturaleza.

-Mi familia tiene ascendencia italiana, así que… ¿No has escuchado lo del pan de ajo?, eso lo inventaron ahí, prácticamente todo lo cocinamos con eso… No me digas que viste Buffy—

-¿Qué es Buffy, una especie de vampiro ancestral?

-Buffy es una caza… -Rodaba los ojos. –Sarah Michelle Gellar… ¡Olvidalo!

Hermione se giraba bruscamente a su presencia esperando reclamarle por la falta de tacto, y en ese instante notó que los ojos de Damon ahora se encontraban oscuros. La sangre que fluía se concentraba en sus orbes junto a unas venas palpitantes en sus pómulos. Se quedó un tanto helada al observar su expresión, como si el haberle llevado un par de blíster de sangre descontrolara las cosas más de la cuenta.

-No puede ser…

-¿Ahora que carajos no puede ser? Me estoy alimentando con tu puta cajita feliz de Sangronalds, ¡Dejame comer!

-Tus ojos…- La castaña sacaba de su bolso una botella de agua. Damon entre tanto la miraba aún más extrañado. A pesar de su mirada oscura contemplaba la desesperación de aquella joven por sacar ese diminuto frasco.

-¿Qué intentas hacer?

La chica se encontraba con aquella botella en las manos abriéndola como si la vida misma se le fuera en ello. Desenroscó la tapa y en seguida lanzó el contenido sobre el pecho de Damon logrando mojarlo solo un poco; a pesar que no era demasiada agua aquel vampiro sintió una frialdad combinada con el viento que se colaba por la ventana. Al instante, Hermione se dio cuenta que nada sucedía. El rostro del pelinegro solo la contemplaba con algo de severidad.

-¿Intentas pedirme que me bañe?

-¡No!—La castaña se exasperaba. –Es agua bendita.. se supone que…

-¡Solo es agua carajo!—

-¿Ah sí?—Hermione respondía con el rubor encendido en sus mejillas provocada por la vergüenza.

-Si…

-Pero tus ojos…

-Respecto a mis ojos…

Damon estaba a punto de declarar y explicar el motivo de la oscuridad en ellos; no obstante la castaña abría el cajón de su tocador para sacar un objeto de madera. Lo sostuvo con su mano derecha con tanta fuerza mostrándoselo con toda intención a ese vampiro, pues de alguna manera debía controlar ese impulso o aminorarlo antes de que alguien más pudiese notar su condición vampirica. Entre tanto él solo la miraba conteniendo unas ganas enormes de reir.

-¡Oh vaya!, ¡El poder divino de la cruz!—Se cruzaba de brazos esperando algun otro artilugio con el que los humanos creían que podían erradicar vampiros. –Un crucifijo… ¿Es en serio Hermione?

La castaña observaba que tampoco nada sucedía, deacuerdo a lo ya leído sobre los vampiros aseguraba que los crucifijos eran repelentes poderosos para seres malditos; algo parecido a un campo de fuerza que no podían traspasar con facilidad sin antes arder un poco. Aún lo sostenía con su mano derecha, misma que temblaba cual gelatina. Se sentía un tanto ridícula al comportarse como una primeriza, como una inexperta en el tema siendo que en sus años de estudiante había realizado un exitoso ensayo sobre los "caminantes de la noche". No obstante, ahora estaba claro que todo lo que había estudiado o leído antes en la sección prohibida no eran mas que simple palabrería de personas neófitas que creían entender el comportamiento de los vampiros sin tener a uno cerca. Llegó incluso a pensar que la leyenda de Drácula era solo eso, una leyenda de lo más urbana.

El pelinegro tomaba la mano que sostenía la cruz de madera pegándosela a su pecho con algo de furia. Hermione sintió una corriente eléctrica, lo más parecido a una sacudida al darse cuenta de la proximidad entre ambos. Ella lo miró a los ojos, unos orbes aguamarina grandes, expresivos, hermosos, tan claros como el cielo y misteriosos como la profundidad del océano. Ahora, no solo los observaba con sumo cuidado, pues la bestialidad ennegrecida en ellos se evaporaba por el contacto tan cercano de sus cuerpos.

Su respiración se hacía pesada, mas progresiva, su corazón comenzaba a latir con tanta fuerza al limite de casi salir de su propio sitio. Pasó saliva con dificultad como si intentase tragar un roca y digerirla al mismo tiempo, apretaba sus labios evitando sentirse débil ante una imagen tan perfecta y galante como la de Damon Salvatore. Deseaba olvidarse de todo, quitarse de su mente la idea enfermiza del vampirismo, devorar aquellos labios que la reclamaban, terminar de desnudarlo, desabotonar su pantalon o arrancarlo si era preciso con tal de disfrutarlo una vez mas. Sin embargo, las cosas ahora no eran fáciles, pues temía que en cualquier momento perdiera el control y esta vez intentara drenarla.

Una mezcla de deseo, ansiedad, miedo, terror, curiosidad y morbo invadían cada uno de sus pensamientos. Algo letal desde cualquier perspectiva racional. Cerró los ojos por unos instantes considerando una idea loca tratar de protegerlo, pues su deber social era entregarlo, dar parte a las autoridades correspondientes, pero su corazón se lo impedía. Su mente y su corazón sostenían una guerra sin cuartel por aquel dilema.

-No quiero que te descubran Damon—Proseguía sin perder el contacto con su piel. –No quiero que Harry …

-Estaré bien—Sostuvo su rostro con ambas manos. Hizo un momento de silencio observándola. Aquel rostro de niña que lo había cautivado, volviéndolo un esclavo de sus ojos, de su aroma, admirador de su carácter, de su inteligencia. Sonrió de nuevo, le gustaba pensar que la preocupación que le profesaba era lo más parecido a ese sentimiento llamado amor.

-Soy de los que se saben comportar, además debes saber que yo no asesiné a esas personas, solo me alimenté de ellas—Desviaba la mirada. –Hace mucho que no aniquilo personas, y creeme que si me hubieras conocido hace tiempo no dudarías en clavarme ese crucifijo en el corazón.

-Pense que los crucifijos…

-Es por la madera—Interrumpió. –Si lo usas como estaca pues… moriría.

-Damon no me lo tomes a mal pero tu ya lo estas.

-Hablo de morir para siempre. –Rodaba sus ojos aclarando el punto

Ella soltó un risita nerviosa, el rubor de sus mejillas se acrecentaba al saberse toda una inexperta en la materia y progresivamente, esa misma se convirtió en una carcajada. Damon solo la observó algo ceñudo, comprendió que en cierta parte se debía a no saber manejar la situación. A los pocos minutos ambos se sentaron en la cama, él sostenía su mano aun con el crucifijo de madera haciéndoles compañía, Damon pudo notar que Hermione estaba mas tranquila y relajada al menos no trataría de ahogarlo en agua bendita ni rodearlo de ajo para controlarlo.

-Damon—Ella lo miraba. –La noticia del bosque salió en los diarios

-Era de esperarse, creo que Londres es parecido a Norteamérica en eso—Rodaba los ojos. –Al menos debes agradecer que no tienen "American Idol" o "Mira quien baila", de verdad eso si es contaminación visual.

-Pero tu me dijiste que no los asesinaste, y en el diario dijeron que murieron desangrados.

Damon borró su sonrisa por un instante, sabía perfectamente el rostro que se encontraban detrás de ese acto tan atroz. Esa mujer que llevaba torturándolo por más de ciento cincuenta años debía ser la causante de todo aquello; solo un ser despiadado de su categoría se atrevería a asesinar a sangre fría por el solo placer y diversión.

-Te aseguro que no fui yo.

-Damon pero…

-No te pido que confíes en mi—Interrumpió. –Solo que el vampiro que buscan no soy yo, sino…

-¿Hablas de la mujer que te tenía secuestrado?—Ella lo miraba con interés, pues estaba segura que debía tratarse de la persona que había privado de su libertad al pelinegro.

-¿Cómo lo sabes? ¿No me digas que la conoces?—El vampiro se separaba de ella levantándose. Recorrió la habitación frotando su rostro con ambas manos. – Bueno, prácticamente lo hiciste.

-¿De que hablas Damon?

-Ella es… la chica que acompañaba a tu ex novio en el juego de golf—

-¡Qué!

La castaña se levantó preocupada, la sangre comenzaba a abandonar su cuerpo, su piel se erizaba y al mismo tiempo un leve temblor invadía sus sentidos al recibir aquella declaración. Miró a Damon con algo de furia, pues la sugestión comenzaba a hacer estragos provocando pensar lo peor respecto a la aparición de aquella mujer a quien recordaba. Esa chica morena de cabellos color chocolate no pasó desapercibida incluso por el mismo Harry, pues recordó que Ginny tenía cierta incomodidad por brindarle ciertas sonrisas traviesas a su prometido.

-Draco esta en peligro…- Proseguía tomando su teléfono celular que se encontraba encima del buró junto a la cabeza de ajo que cogió de la cocina. –Debo advertirle…

-¿Y que le diras? "Oh querido Draco ¿Sabes que estas saliendo con una perra psicópata y además es vampiro?.. ¡Oh En serio hermione! ¿Cómo es que tu sabes eso?... Sencillo, mi escort me lo confesó por que….

Damon simulaba la conversación telefónica que pudiera tener con aquel rubio, mientras tanto la castaña solo lo observaba concluyendo que sería lo equivalente a delatarlo. Si Draco se enteraba por medio de ella sobre su relacion con la vampira, por ende haría que su acompañante fuera descubierto. Hermione no tuvo mas remedio que cederle la razón y dejar el celular de nueva cuenta encima del mueble; todo aquello parecía complicarse más cada vez. Volvió a sentarse en la cama deseando que nada malo pudiera ocurrirle a su antiguo novio; quizá muchos sentimientos en ella hubiesen cambiado, pero no le deseaba un mal como ese.

El vampiro pelinegro la observaba, se sentó junto a ella sosteniendo sus manos brindándole una cálida sonrisa. Sabía que a la menor oportunidad de encontrarse con Katherine Pierce no tendría el menor miramiento en aniquilarla, borrarla del mapa de una vez por todas para que lo dejase en paz. A pesar de no respirar, deseaba llenar sus pulmones de aire para despejarse de ese nuevo problema, pues la última conversación tortuosa que sostuvo con ella mientras se encontraba atado con cadenas y estacado en sus extremidades le dio a entender que llevaba maquinando un plan, y por ende su presencia le estorbaba.

-Mañana es la cena de ensayo—Declaraba él. –Harry me envió un mensaje esta mañana y me pidió que estuviéramos temprano en el expreso de Rugrats.

-¡Hogwarts!—Corregía la castaña.

-Bueno, la universidad Avrakadabra—

-Damon—Lo miró fijamente- ¿Sabías tu que esa palabra es el maleficio asesino?—Hacía una pausa observando que Damon arqueaba una ceja. –De hecho, la pronunciación correcta es… Avada Kedavra… ¡Oh por Merlin lo dije!

El pelinegro la observaba como si en verdad fuera del todo extraña, pues al escuchar esa palabra admitía que sonaba un tanto graciosa, tan utilizada en las noches de brujas en Virginia que le parecía imposible que significara algo terrible para los verdaderos magos. Consideraba que Bonnie debía saber algo al respecto, sin embargo dudaba en ocasiones que aquella morena amiga de Elena Gilbert fuese la mitad de buena que Hermione Granger.

-Te ayudaré a empacar, debes estar en ese expresso lo antes posible—El pelinegro se apartaba de su presencia, mientras tanto la castaña se mostraba ceñuda, pues algo no estaba bien en el comportamiento de aquel hombre.

-Yo me quedaré en un hotel y buscaré a Katherine.

-¿Pero tu no irás?

Damon se sorprendió, había dado por hecho que la chica disolvería cualquier contacto a raíz de sus descubrimientos. Recordó que aquella noche no pudo dormir, fingió hacerlo para que ella estuviera tranquila, la observó apaciblemente entregarse al sueño como si de un angel se tratara. Durante aquellas horas sintió el calor de su piel, la cercanía de sus labios con los suyos, la manera en que sonreía pausadamente mientras descansaba; sin embargo esa mañana pudo sentir que evitaba hacer el menor ruido posible. Abrió sus ojos despacio sin darle la cara, sin embargo escuchó el sonido del agua correr, su aroma a limpio una vez que salía envuelta en una toalla, el tintineo de las llaves con la firme intención de salir de la casa; de evitar su presencia a toda costa.

Concluía que Hermione Granger le temía. Repudiaba su condición de vampiro considerándolo tal vez peor que basura, un mounstro dedicado a beber sangre sin contemplación alguna. Esa mañana mientras la esperaba miraba con fervor los primeros rayos de sol con la firme convicción de irse a la primera oportunidad. Alejarse de ella y olvidar que alguna vez la conoció.

Damon estaba deprimido esa mañana. Y aunque solo habían pasado un par de horas, para él fue una eternidad de tortura.

La castaña se levantó con cuidado mirándolo de espaldas, aquella misma de anchos hombros, untada solo por su piel caucásica y suave. Observaba su cabello alborotado alcanzando a apreciar con claridad la comisura de sus labios, la esquina de su ojo, sus pestañas, y sobre todo percibiendo lo mucho que debía decirle. Desvió la mirada entrelazando sus dedos elaborando las palabras perfectas, pues no sabía por donde comenzar.

-Damon…

-Lo sé, no quieres a alguien como yo cerca de tus amigos, lo entiendo, además no me gustan las bodas, me parecen tan cursis como si estuviese mirando un episodio de "Jessica y Nick"—

-¡Mirame!

El vampiro pelinegro se sorprendió abriendo sus ojos más de la cuenta. Intentaba buscar una maleta para ayudarla a empacar pero en realidad no se concentraba en ninguna cosa. Volteó despacio encontrándose con los ojos caramelo de su clienta, aquella que a ciegas lo había contratado para hacerse pasar por su novio y hacerles creer a sus amigos que su vida continuaba. Al fin de cuentas, esa era ahora su nueva profesión lejos de su natal Mystic Falls Virginia, a kilómetros de su hermano Stefan, y sobre todo separado de Elena Gilbert, la mujer que no le pertenecía. Ser un escort lo libraría de tener que encariñarse con alguien, de pertenecer a alguien, de solo ver rostros que se esfumaban sin compromiso alguno. Sin embargo ahora la misma vida le daba una lección; pues cometió la más grave falta de un caballero de compañía, de un prostituto.

Enamorarse de su clienta.

Damon Salvatore nunca buscó entregar su corazón de nuevo, siempre pensó que su alma y cuerpo pertenecerían a esa maldita vampira de Katherine Pierce por toda una eternidad. Cuando tuvo la oportunidad de redimirse, de ser mejor, aquella otra chica pertenecía a su hermano Stefan, por esa razón decidió alejarse de toda esa vida y dedicarse a vagar sin rumbo fijo.

Todas las mujeres siempre lo buscaron por su apariencia, por sus habilidades grandiosas en la cama asegurándoles una cantidad de orgasmos impresionantes que sus maridos no les otorgaban. El muñeco de aparador perfecto digno de presumirse ante las damas de sociedad mas exigentes, la envidia de todos los hombres, el mayor trofeo de cualquier clienta que le podía dar el mundo a manos llenas con tan solo pedirlo. Sin embargo, cuando Hermione Granger decidió contratar sus servicios notaba algo diferente en ella. Una mujer difícil de descifrar, tan imposible de impresionar con una mirada, con una sonrisa galante, una chica que lo podía poner en su lugar con tan solo un chasquido de sus dedos.

Hermione Granger fue su reto máximo hecho clienta. La oportunidad que la vida le regaló mostrándole que no todas las mujeres estarían cortadas por la misma tijera.

Nunca espero enamorarse de ella como un cabrón loco, cautivarse con el caramelo de sus ojos, con su rostro de niña, con su figura menudita, con sus manos suaves, con su carácter tan terco y persistente. Pensó que una semana sería fácil de sobrellevar, la mayoría de sus clientas le ofrecían grandes cantidades por pasar un par de noches con ellas, y eso mismo le servía para mantenerse alimentado sin asesinar. Sin embargo cuando Hermione solo le aclaró que sería una actuación sin llegar a la intimidad logró descolocarlo un poco.

Ella no lo veía como un muñeco, como un accesorio. Aquella noche que pudo poseerla, fue parecido a volver a nacer, un nuevo comenzar, un terreno no explorado y fascinante. No obstante sabía que todo eso no podía ser, era tan imposible como aquel amor que dejó atrás en su natal Virginia. Concluyó que despues de saciar el apetito carnal de tantas mujeres, no se encontraba a la altura de una sola… De Hermione Granger.

Desvió su mirada esperando la respuesta, el clásico "Lo siento, no eres tu, soy yo", cosas por el estilo que se solían utilizar en este tipo de casos, las palabras certeras y mas usadas para el rechazo. Notó que ella se acercaba a su presencia, sintió la mano menudita y suave de aquella chica que le brindaba una sonrisa llena de ternura, de preocupación, de empatía.

-Damon..

-Dilo ya ¿Quieres?

-Disculpame Damon.

-Lo sé, lo sé, estoy despedido, no te dije lo de los colmillos—Rodaba los ojos. –No te preocupes, no me debes nada si a eso te refieres, quien me descubre me obtiene gratis, sabes a lo que me refiero.

La castaña lo miró ceñuda, fijaba su atención en el y en su comportamiento parecido al de un crío de cinco años que estaba siendo castigado por alguna mala acción cometida.

-¡Quieres callarte de una buena vez y dejarme terminar Damon Salvatore!

El pelinegro se detuvo por unos instantes, abría su boca esperando el momento ideal para responderle, pero al observar que la chica decididamente lo miraba decidió permanecer en silencio con un rostro contrariado. Sus ojos se movían despacio, la castaña notó al instante que aquel hombre interesante, tan apuesto, tan galante y gracioso podría ser idéntico a un niño pequeño que necesitaba atención. Ella recobró la compostura irguiéndose.

-Disculpame por no comprender lo difícil que fue contarme todo—

-¿Disculpa?—En ese instante Damon sintió los dedos suaves de la chica cruzando sus labios.

-Perdoname por ser tan egoísta y no entenderte—Hizo un pausa. – Solo deseaba salir librada de esta maldita boda, de esta vida que decidi inventarme solo por demostrarle a todos que Hermione Granger, la comelibros, la insufrible sabelotodo del colegio, la intachable heroína del mundo mágico pudo por fin continuar con su vida y encontrar a un hombre mucho mejor que Draco Malfoy. –Despacio quitaba sus dedos bajando la mirada, necesitaba declarar todo aquello que llevaba guardando desde mucho tiempo.

-Después del engaño quedé devastada, teniendo que guardar las apariencias de una tranquilidad de la que no disponía, de actuar frente a mis padres, que podía cuidarme sola en Norteamérica, de ser capaz de alejarme de la magia y de todo el mundo que me recordaba lo mucho que amé a mi ex novio- Se alejó un poco sin darle la espalda. – Perdoname Damon por utilizarte, y aunque se que esta es tu profesión… Nadie merece ser usado por nadie.

Damon se quedaba atónito, sintió que su corazón muerto volvía a palpitar con una fuerte intensidad, con garbo. Una sonrisa comenzaba a dibujarse sin intención en sus labios, pues por primera vez alguien, precisamente ella se disculpaba por rentarlo, por lucrar con esa farsa sin importar lo que había detrás. En ese instante tomó el rostro de la chica brindándole una sonrisa.

-Tu pagaste por mis servicios Hermione….—El la miraba con demasiada ternura, deseaba recibir esa disculpa sellándola con beso que duraría incluso por toda la eternidad si era preciso. Mientras tanto, la castaña tenía sus ojos llenos de lágrimas, de un ferviente deseo de abrazarlo, de estar junto a el. Abrió sus labios mirándolo con la misma intensidad.

-Aún no te doy el cheque- Ella sonreía susurrando.

-Pero lo harás, esperare hasta el lunes para cobrarlo. - El se acercaba un poco.

-Pero… te debo lo de la noche, y se que te hice sentir…

-Lo se… son mil dólares mas intereses.

-¡Qué! –Ella abría levemente los ojos. –Pero tu dijiste..

-Cargos moratorios linda—Suspiraba él –Además lo bueno cuesta

-Me dejaras en la ruina Salvatore..—Ella cerró sus ojos sintiendo la calidez de los labios ajenos. Tan solo el aliento de aquel hombre la descolocaba, la excitaba.

-Puedo extenderte una línea de crédito, no soy tan inflexible en ciertos casos—Paseaba su boca con la contraria, abría los ojos para volver a mirar a esa niña… a su niña.

-Si sigo así terminaré cediéndote mi departamento.

-Si estas incluida en el, lo tomaré—

Ella sonreía, sostenía la mano de Damon sintiendo la suavidad de su piel, el intenso mar azul en sus ojos, el calor de sus labios al tener una distancia diminuta con los suyos. Junto a él se sentía plena, feliz, protegida, no le importaba el pasado vampirico, no le interesaba el chupasangre, el mounstro. Con tan solo mirarlo se daba cuenta de una cosa, aquel hombre se sentía tan solo como ella, y por algun motivo descabellado del destino lograron unirse bajo circunstancias extrañas.

-Debemos empacar… no me gustaría que Harry pensara que nos gusta llegar tarde—

-Entonces…

-Necesito completar esta semana Damon.

Ambos sonrieron dispuestos a hacer las maletas para ir al lugar donde todo había comenzado, el sitio que vio nacer a Hermione Granger como bruja. Hogwarts.