A pasos agigantados se dirigían a la estación de trenes donde un centenar de personas esperaban su respectivo tren para viajar a sus destinos. Los sonidos de tacones, zapatos de charol, el rechinar de algunos tenis se escuchaban presurosos con el temor de que aquellos vagones cerraran sus puertas en cualquier momento impidiéndoles el paso para arribar a tiempo. En cambio solo aquellos dos se encontraban caminando con toda calma.

Damon observaba maravillado aquel lugar comparándolo con aquel del pasado donde la vestimenta era un tanto diferente; los motores monstruosos impulsados por el carbón, los grandes escapes despidiendo el humo blanco quedaron totalmente obsoletos con la maquinaria y la ingeniería avanzadas. Alguna vez viajó a Nueva York; no supo con exactitud la cantidad de años transcurridos, sin embargo no pudo evitar hacer la comparación con otras maravillas tecnológicas en cuanto al transporte se refería.

Bajaban las escaleras aún con las maletas rebosantes de mudas de ropa. Las botas de Hermione se hacían sonar en el piso encerado con tanta naturalidad y calma, hacía mucho tiempo que no pisaba ese lugar; no desde aquel pasado que tuvo como bruja, no desde su última estancia en el colegio de magia y hechicería.

Detuvieron su paso en el anden numero nueve dejando descansar por unos instantes los equipajes. La castaña confirmaba las cuatro treinta en su reloj respirando profundo al darse cuenta que todavía estaba a tiempo para alcanzar el próximo tren. El pelinegro se adelantaba unos pasos observando el indicador de andenes, fruncía el ceño echando un vistazo rápido al numero diez, en seguida al nueve y así sucesivamente. Observó que su compañera no hacía el menor esfuerzo por buscar el adecuado.

-Hermione.

-Dime Damon—La chica abría su bolso extensible

-No hay un anden nueve y tres cuartos

-Si lo hay—Hermione se empecinaba en buscar su lápiz labial rosa dentro de aquella bolsita que parecía diminuta, sin embargo había olvidado la cantidad de cosas que depositó en algo parecido al fondo de la galaxia.

-Hermione- Se adelantaba un paso cerrando el bolso para que lo mirase. –Solo hay nueve y hay diez, ni siquiera un nueve y medio, de ser el caso, el jodido tren nos arrollaría—Alzaba un dedo—Eso sin contar con que no estamos parados sobre vías de metal.

La castaña negaba con la cabeza lentamente desistiendo de su búsqueda, volvía a tomar el equipaje encaminándose a la columna que se encontraba debajo del letrero que indicaba el noveno andén. El pelinegro vampiro pensaba que se trataba de un broma y que en cualquier momento su compañera le mencionaría claridosamente haber caído en ella como un primerizo.

No obstante contempló con impresionados ojos que ella se encaminaba a la pared de esa columna con toda la intención de darse un porrazo en el duro adoquinado. Caminó unos cuantos pasos esperando sostener su muñeca para impedir que continuara con esa locura tan descabellada. Observaba de reojo a ambos lados para verificar que ningun curioso estuviese siendo testigo de esa tontería y cuando regresó los ojos a su chica, ésta se encontraba traspasando el pilar como si se tratara de un cuchillo en la mantequilla.

-Pero… cómo…

El vampiro pelinegro se quedaba boquiabierto, pues en ninguna época de su larga vida contemplo un acto tan impresionante haciendo que el ilusionismo de David Copperfield resultara un juego de niños. Se acercó temerosamente estirando su mano con el deseo de tocar el adoquinado por donde ella había pasado. Deseaba cerrar los ojos, en cierta manera un leve miedo comenzaba a hacerse presente en sus sentidos, después de todo desconocía muchas cosas sobre ese mundo del que la castaña le habló a grandes rasgos en algunas conversaciones.

Sintió un tirón tan súbito que descolocó todos sus sentidos. Una mano que conocía tan bien lo estaba atrayendo al interior de la columna sin el temor de estrellarse en el intento. Aún con los ojos cerrados esperaba que todo aquello terminara al instante y que se tratara de un truco de magia del que saldría bien librado.

Escuchó el sonido estruendoso de un vagon que se disponía a salir de la estación, sin embargo recordó que anteriormente no había uno en el noveno anden como esperaba. Cuando por fin los abrió se percató que una maquina pesada se encontraba echando humo en grandes cantidades por el escape principal. Dirigió su mirada a la parte superior de la columna llevándose la sorpresa de estar debajo del indicador "9 ¾"

-No te … pases

Hermione soltaba una risita ligera al observar la sorpresa de aquel vampiro.

-Te dije que existía, yo nunca miento Damon. Ahora vamos, nuestro vagón está de aquel lado- Estiraba la mano de su compañero para conducirlo a lo largo del andén no sin antes entregar el equipaje respectivo para su resguardo.

-¿Y se supone que esto va a Neverland? ¿Oz? ¿El extraño mundo de Jack?

La castaña soltaba una risotada al percatarse de la incredulidad de su acompañante, aun con sus manos entrelazadas se dirigían a abordar los vagones respectivos. Hermione cerró los ojos por un instante volviendo a recrear aquellos viejos días llenos del dulce aroma del carromato de golosinas, la humedad de los gruesos pergaminos sin usar, el almidonado de los uniformes de los primeros días de clases. Por un instante observó el camarote donde siempre se sentaba junto a sus amigos Ron y Harry contando anécdotas, historias o estrategias a seguir para librar de buen modo aquel aventurado año escolar.

-Este vagon te puede decir todo sobre mi infancia, mi adolescencia, mi juventud.—Suspiraba con nostalgia.

-Hablas como si fueses una anciana Hermione—Damon se adelantaba unos pasos eligiendo ese camarote. Tomaba la mano de la chica para conducirla al interior sentándola a su lado. La castaña se dejaba guiar como si se tratara de una colegial con su primer novio; bastante cursi a su forma de pensar.

-Hogwarts, mi segunda casa—Hacia una pausa sintiendo el impulso del expreso avanzando. –O debo decir mi primera –Se incorporó en el asiento del camarote fijando su mirada al frente. –Y respecto a lo de la anciana, una profesora me lo dijo hace tiempo.

-Profesora idiota, creo que cuando lleguemos le drenaré la sangre por ese comentario.

-¡Damon!—La castaña replicaba divertidamente mientras que él arqueaba una ceja. –No creo que te guste su sangre, a menos que seas aficionado al jerez para cocinar.

-¡Eww!—Espetaba Damon. –Creo que solo le arrancaré la cabeza

-Damon—Hermione se mostraba seria.

-Esta bien, bromeo, bromeo—

Despues de reir por unos instantes el silencio se empezó a cernir en ese pequeño espacio. Hermione se perdía en todas las vivencias que tuvo con sus amigos durante los años estudiantiles, recordando cada instante al filo de la muerte lleno de tensión que sufrió durante seis años consecutivos. Sintió de repente los dedos templados del vampiro entrelazándose con los suyos, acercaba su mano al pecho acompañado de una sonrisa gentil, galante y llamativa. Ese acto le provocó a Hermione un suspiro profundo, pues le era imposible ignorar su mirada penetrante y aguamarina que la había cautivado. Ella apretó los labios observando que dejaban la ciudad atrás con la marcha del expreso, dio un largo y profundo suspiro concentrándose en esos dedos que ahora jugueteaban con los suyos.

-Fui una niña fea…

-No es cierto, vi tus fotos y tenias unos incisivos de castor bastante tiernos.

-No te dare un bono extra por ese comentario Señor Salvatore.

-No estaba de más intentarlo—Afirmaba el extendiendo su brazo para acurrucarla a su pecho

Como una colegiala enamoradiza Hermione Granger se acercaba al pecho de ese hombre, cerraba sus ojos por un instante considerando inaudito encontrarse en esa postura siendo toda una mujer adulta. Le gustaba recrear aquellos días sentada en ese mismo lugar siendo apreciada y envidiada por todas la chicas que cruzaban por el pasillo. Definitivamente un hombre como Damon Salvatore arrancaría mas suspiros que su antiguo novio Viktor Krum por quien todas matarían por ser las afortunadas de ser su compañera en el baile de navidad. Sentía el vaivén del expreso conduciéndose por las vías atravesando los verdes campos, aquellos bosques y praderas frondosos que servían como recreación para todos los estudiantes antes de llegar al colegio. Su mejilla se presionaba contra su pecho completando esa sensación tan maravillosa.

-Aún recuerdo la primera vez que pisé el colegio—Hermione decía en susurro. –Conocí a mis amigos justo en este vagon cuando ni siquiera tenía idea que se trataba de Harry Potter, a quien en ese momento llegué a considerar una leyenda.

-¿Harry es famoso?—Preguntaba el

-Ni te lo imaginas— Suspiraba. –El dia que lo conocí tenía sus gafas rotas…

Hermione comenzó a relatar la forma en que había visto por primera vez a sus ahora inseparables amigos. La forma en que los tres llegaron a estar en la misma casa, las risas en el gran comedor, las primeras clases donde se destacaba como una alumna prodigio ante todos sus compañeros. Le contó acerca de la profunda soledad que llegó a sentir a causa de ser considerada como la insufrible sabelotodo, aquella niña que encontraba la paz en los rincones polvosos y secos de la biblioteca; sitio que aún consideraba como un santuario.

Damon colocaba especial atención a cada una de esas cosas, quizá podría considerarlas descabelladas y locas; lo más parecido a una tierra encantada repleta de gnomos, hadas, duendes, animales fantásticos y otros disparates salidas de cuentos. Sin embargo con solo verla a los ojos, escuchar sus atrayentes palabras podía imaginarse todo ese mundo como si en verdad lo estuviese tocando, sintiendo, viviendo. Escuchó a Hermione relatar lo relacionado con una cámara extraña donde muchos de los "hijos de no magos" eran petrificados gracias al control que tenía un diario sobre un basilisco. Le explicó que se trataba de una serpiente de gran tamaño creada con magia demasiado oscura. Se imaginó a Bonnie mutando a una pequeña lagartija para que tuviera la dimensión de un dragón de comodo.

-¿En serio viajaste en el tiempo?

-No precisamente—Respondía. –Es un artefacto mágico llamado giratiempo, sin embargo no se puede retroceder tanto, es una regla básica de uso—Estiraba el dedo imitando a la profesora Minerva McGonagall quien se lo había dado desde el inicio de su estadía en el colegio.

-¿Cuánto retrocediste?

-Solo lo suficiente para salvar a un hipogrifo y al padrino de Harry

-¿Un hipo… qué cosa?

Hermione rodaba los ojos con una sonrisa, era lógico que desconociera varios términos de su conversación. Lo miró de frente para explicarle la definición.

-Un hipogrifo es un animal fantástico, tiene la constitución de un caballo y el cuerpo de ave, son carnívoros por naturaleza sin embargo no comen humanos. Además pueden volar majestuosamente.

-¿Lo salvaste de estrellarse contra una montaña?, no te imagino a ti volando—Damon arqueaba la ceja.

-Lo salvé de una falsa acusación, durante la clase de cuidado de Criaturas Mágicas fue molestado por un antipático engreído –Suspiraba. –Las épocas en que Draco Malfoy creía que todo el mundo debía estar a sus pies, incluido un hipogrifo. El sólo se defendió.

-¡Draco es un maldito bastardo!, creo que deberíamos dejar que Katherine se divierta con él. Aunque no concibo la idea de tu amorío con ese idiota.—La miró a profundidad. -¿Qué le viste?, será el tamaño de su…

-¡Damon!

-Iba a decir de su corazón

-Si claro—Ella negaba divertidamente con la cabeza. –Creo que lo que vi fue su soledad, su culpa, las ganas de cambiar y ser mejor persona, pero creo que una vez siendo Slytherin jamás dejas de serlo.

Hermione continuaba con su relato llevando ahora mas de la mitad del camino recorrido en el expreso mientras observaban la extensa vegetación que los acompañaba. Ella le relató sobre su cuarto año en el colegio de magia, sobre el campeonato de la copa de los tres magos, la manera en que cruelmente su amigo Harry fue incluido en la competición sin cumplir todavía los diez y siete años reglamentarios. Damon se sorprendió al escucharla hablar sobre un tipo de nombre raro llamado Viktor Krum; quien fuese el mas famoso en ese deporte en escobas que difícilmente podía pronunciar.

-Así que te invitó a ese baile de navidad

-Así es—Respondía ella. –Jamás pensé que lo hiciera, siempre coincidíamos por alguna razón en la biblioteca.

-Por lo que me cuentas no es un tipo que le guste la literatura de Shekaspeare, más bien sería uno de los tantos fanáticos de las tiras comicas de Archie o Mafalda—Soltaba una risotada. –Los musculos y la lectura no siempre se llevan de la mano.

-Aunque no lo creas, uno de sus pasatiempos favoritos era la lectura—Proseguía apretando levemente la manos de su acompañante. –Me llegó a contar que le gustaba tener una afición que fuera enteramente personal y que el conocerme fue como encontrar lo más parecido a un alma gemela.

Damon arqueaba una ceja sintiendo la extraña punzada delgada de los celos, pues aunque en su momento ese hombre famoso significó algo para ella pudo sentir en sus palabras un cariño y admiración impresionantes aún tratándose de un musculoso deportista. Respiró profundo acercándola un poco más a su pecho extendiendo sus dedos por su suave y terso cabello deseando ser por primera vez humano.

-Creo que es Gay

-¡Qué estas diciendo!—Ella se levantaba mirándolo a la cara sintiéndose levemente molesta por ese comentario. –No lo conoces para obtener una conclusión como esa Damon.

-¡Oh Vamos Hermione!—Espetaba el vampiro. –Al tipo le gusta leer.

-¿Y por eso es Gay?—Ella preguntaba con tono sarcástico

-No a todos los heterosexuales les gusta la lectura—Hacía una pausa. –A menos que se trate de comics de DC o de Marvel—Se acercaba a ella con una sonrisa. –Macho que se respeta lee porno hasta que despierta.

-Oh ya veo—Hermione indicaba comillas aéreas. – "Macho que se respeta"—Proseguía cruzando sus brazos mirándolo con indiferencia. –¿Quieres decir que ciento cuarenta y cinco años te han servido para leer pornografía y novelas eróticas?

-Yo no leo novelas eróticas, eso es para señoras de cincuenta años carentes de vida sexual donde desean un final parecido a la basura de cincuenta sombras de Grey—Alzaba el dedo índice rodando sus ojos mientras sonreía. –Ese baboso no existe Hermione, solo es producto de una mujer que escuchó hablar que existía un libro llamado "El marqués de Sade" y lo combinó con un tipo que seguramente la rechazó en sus épocas jóvenes.

-No por que te desagrade tienes que ser tan hiriente Damon, esa mujer hizo su mejor esfuerzo—Proseguía. –Además eso no tiene nada que ver con que Viktor sea Gay.

Damon notaba cierta molestia en su actitud, reconocía que se estaba extralimitando un poco en cuanto a sus comentarios, sin embargo era su manera particular de comenzar una discusión sana para no caer en las conversaciones monótonas y aburridas. Hermione siempre lo contradecía, lo retaba, lo hacía sentir tan humano y tan vivo que deseaba aferrarse a eso que los mantenía. Sonrió con algo de descaro colocándose al frente inclinando su espalda.

-¿Alguna vez tuviste sexo con él?

-¡Damon eso no se pregunta!

-¿No se pregunta por temor a la respuesta?—Arqueaba otra ceja sosteniendo su sonrisa.

-Eso no es de tu incumbencia—Ella lo retaba mirándolo de frente. Damon observaba que la castaña desviaba un poco su mirada al lado izquierdo como clara señal de maquillar la verdad.

-¿Nunca tuviste con él algo con la ropa puesta?, ¿Nunca notaste que se le pusiera duro con tan solo mirarte?

-No soy una depravada Damon Salvatore, no todo a mi alrededor gira alrededor del sexo.

-No te pregunté eso—El vampiro hablaba despacio sin detener su tono inquisitorio. -¿Nunca hubo besos apasionados o una oportunidad de llevarte a la cama?

Hermione se quedó en silencio aún con su mirada fijada en él esperando tener las palabras correctas para responderle, sin embargo recordó que durante su corto noviazgo con el tan famoso búlgaro Viktor Krum nunca hubo un encuentro apasionado o eufórico. Quiso llegar a pensar que el campeonato de los tres magos no le dio oportunidad para tener un acercamiento de esa índole; no obstante aquellas palabras de su acompañante vampiro la hicieron reflexionar un poco sobre el tema.

Viktor Krum era en su momento el jugador estrella del equipo de Quidditch de Bulgaria, admirado por los hombres y asediado por las mujeres que miraban sus espectaculares atributos físicos en cada rincón del mundo. En su momento sostuvieron una comunicación por correspondencia, sin embargo en cada una de sus cartas nunca se notó un interés por ella que no fuera el compartir títulos de libros, escritores y poemas creados por su propia inspiración. No tocaron el tema de un encuentro próximo, una posibilidad de verse fuera del colegio; a decir verdad sus conversaciones textuales nunca tuvieron un tinte más alla de la monotonía. Alguna vez deseo que sorpresivamente llegara a la ventana de su casa con una propuesta indecorosa, pasar la noche juntos, intentaba que aquel hombre fuese el primero en su vida. Sin embargo solo se quedó en su pecaminoso pensamiento.

Aquella relación distó mucho de ser pasional y arrebatada como la que tenía con Draco Malfoy en su momento. Consideró que su vida sexual había despertado desde el instante preciso en que declaró su controversial noviazgo con el príncipe de las serpientes, y ahora todos los bajos instintos que una mujer de su edad tenía estaban siendo saciados por su acompañante vampiro.

-Viktor no es… ¡No puede ser gay!

-¿Y por que no puede ser Hermione?

-Porque… Por que es jugador de Quidditch—Fijó su mirada nuevamente en Damon deseando tener la razón. El vampiro tan solo abrió un poco sus ojos sin borrar la sonrisa de sus labios.

-No puedo creerlo, todo este tiempo pensé que…

-Entonces… ¿Ciento cuarenta y cinco años me han servido solo para leer pornografía Hermione?

La castaña se quedó petrificada al saberse sin palabras para responderle. Por primera vez en toda su vida alguien lograba derrotarla en una discusión, siempre se consideró elocuente y hábil con sus argumentos, sin embargo había algo con lo que no contaba. La experiencia de un mundo vivido de cabo a rabo donde la escuela de la vida misma daba esas pequeñas pero importantes lecciones. Damon era un hombre que había vivido un poco más de un siglo, adquirido conocimiento de toda especie y aunque no fuera un especialista en cada cosa tenía por bien sentadas bases firmes de todos los temas.

Hermione se inclinó hacia el respaldo fijando su mirada en el techo del camarote aceptando su derrota ante el vampiro pelinegro.

-Viktor Krum es gay, lo que me deprime puesto que acabas de demostrar que no resulto muy atractiva para los hombres heterosexuales

Damon se acercaba tomando sus manos y a su vez su mentón para mirarla, le ofrecía una sonrisa deseando no ser abofeteado por aquella chica tan terca.

-A mí siempre me la pones dura

-¡Damon!—Espetaba ella devolviéndole la mirada. Sin intención alguna sus ojos se dirigían por inercia a la entrepierna del vampiro.

-¿Me estas mirando el paquete?—Damon preguntaba triunfal

-¡Claro que no!

-Lo miraste, no lo niegues—Hacía una pausa. –Si quieres puedes tocarlo

-Eres un cerdo Damon Salvatore

-Tu me rentaste, tu pagas, tu mandas—La apuntaba la nariz con el dedo índice.

El vampiro pelinegro no pudo soportar el color de sus mejillas, pues aquella chica estaba tan avergonzada que bien podría hacer un agujero en los asientos para meter su cabeza en el hasta el próximo siglo. Se levantó colocándose a su lado para de nuevo acercarla a su pecho sin mirarla esta vez. Hermione Granger aun no podía verlo a la cara despues de contemplar morbosamente su entrepierna.

-Sigueme contando preciosa.

-Esta… bien..

La castaña habló con voz trémula, sin embargo deseaba olvidar aquel embarazoso pasaje contándole todo lo demás relacionado con la orden del fénix, su sexto año, el club de las eminencias, le explicaba ahora a detalle sobre su corta relación con Cormac McLaggen y la manera en la que Harry confesó estar enamorado de Ginny Weasley; su ahora prometida en matrimonio. Le contó sobre la búsqueda de unos objetos oscuros que servían para dividir el alma, no pudo pronunciarlos una vez que los escuchó de sus labios, sin embargo deacuerdo a lo relatado por ella, aquellos debían ser unos objetos elaborados con odio y magia tenebrosa.

-Tienes veinticuatro años y tu vida ha resultado más interesante que la mía.

-¡Vamos Damon! Ciento cuarenta y cinco años debieron servirte de mucho—Ella respondía con suavidad notando que faltaban unos cuantos kilómetros para llegar a su destino, pues el castillo se alcanzaba a notar a corta distancia y el expreso comenzaba a aminorar su velocidad.

-Sangre, sexo, más sangre, más sexo, Charles Chaplin, los años treinta… ¡Que estilo!

-¿Ves a lo que me refiero?, pudiste vivir todas las épocas

-No es divertido cuando pasas una eternidad… solo.

El rostro del Damon cambio considerablemente al tener remembranzas de esos años en los que solo alimentarse se había convertido en no solo uno de sus placeres más arraigados, sino en la terrible soledad que conllevaba ser inmortal, intocable, poderoso, eternamente joven y sanguinario. Recordó la cantidad de víctimas que cayeron una a una desangradas con el fin de saciarse, la forma en que convocaba la niebla para infundir terror en esas desafortunadas víctimas, la manera en que lo miraban horrorizadas esperando un resquicio de misericordia de su parte. El más alto precio que un vampiro debe pagar por aquellos dones como la velocidad, la vista, el olfato y la eterna juventud era precisamente vagar solitario por cada uno de los rincones de la tierra. Si bien podían convertir a otro en chupasangre, éste terminaba por adquirir su independencia y abandonar a su creador. A final de cuentas, el destino cruel de un vampiro era la soledad misma, sin derecho a un amor duradero, pues la vida humana la consideraban tan breve y a la vez tan intensa que dudaban en entregar el corazón a una persona común y corriente.

-Perdoname Damon, no tenía idea

-¿Por qué siempre te disculpas por algo que no hiciste?

Hermione se quedó pasmada al observar el cambio de actitud del vampiro, observaba la manera en que dejaba de abrazarla para recargarse en la ventana contemplando un castillo majestuoso que se divisaba a unos metros. Mantuvo una distancia prudente evitando hablar más de lo necesario, si bien no comprendía del todo la naturaleza vampirica por lo menos sabía de la soledad.

-Me disculpo por no comprenderte Damon—Ella tomaba su mano, aquella tan blanca y adornada con ese anillo de lapislasuli que lo protegía de los estragos del sol. –Se lo que se siente estar solo, no tener a nadie con quien compartir tus logros, y vaya que te lo dice una ratona de biblioteca.

Damon la miraba de nuevo, era inevitable para el no contemplar sus ojos caramelo, escuchar el dulce y apacible timbre de su voz que lo envolvía como si se tratara de un depredador que se dedicara a adormecer a sus víctimas antes de engullirlas. Esbozó una sonrisa entrelazando sus dedos con los de la chica atrayéndola a su presencia. Hermione sin replicar otra cosa se dejó llevar como una muñeca a su regazo disfrutando de nuevo su cercanía.

-Perdoname tu a mi—Suspiraba. –Eres tan frágil y a la vez tan fuerte

-Creo que soy una mezcla rara—Afirmaba ella.

Continuaron abrazados hasta que por fin el expreso se detuvo en la estación que Hermione conocía a la perfección, pues era la misma que año con año recibía a los nuevos estudiantes del colegio Hogwarts. Se levantaron despacio no sin antes caminar lentamente por el pasillo del vagón para alcanzar su equipaje y hospedarse. La escuela no tenía ningun alumno debido a las vacaciones de verano, el fin de ciclo escolar que esperaría a otro lleno de nuevos bríos y estudiantes con sus pequeños calderos. La profesora McGonagall; quien ahora fungía como directora, había consentido prestar las instalaciones para celebrar el enlace matrimonial del tan afamado Harry Potter con Ginny Weasley.

Al bajar a la estación Damon observó maravillado cada cosa que tenía enfrente comenzando por el extenso y espeso bosque que forraba la entrada de ese majestuoso castillo. Escuchó el chirrido de algunos insectos, el ulular de lechuzas que constantemente volaban por los aires dirigiéndose a esa imponente construcción que quedaba a tan solo unos metros. Abrió su boca impresionándose por el tamaño, la altura y la fortaleza de ese lugar que debía ser el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Pensó por un momento que Bonnie debió saber de ese lugar alguna vez, pero descartaba la idea al no escuchar nada igual hasta este instante.

Mientras se adelantaba un poco, logró escuchar unos pasos firmes, pesados, sintió que la tierra retumbaba un poco regresándolo a la realidad y prestar atención a esa extraña figura siniestra que se acercaba a su presencia. La figura pertenecía a un hombre que sostenía entre sus manos una lámpara de queroseno. Damon observaba su larga melena crespa despeinarse al compás del viento, su barba llegaba a su abultado estomago y su expresión le recordaba a uno de los leñadores que anteriormente trabajaban en el aserradero de los Salvatore. Cuando al fin se detuvo notó que la estatura de ese individuo era lo triple que la suya.

-Fi… Fai… Fo… Fum..—El vampiro pelinegro susurraba entre dientes totalmente impresionado por el tamaño de ese hombre extraño que se paró frente a él con expresión seria y determinada.

-Usted debe ser uno de los invitados de Harry—El hombre comentaba con naturalidad. –Aunque conozco a todos sus amigos y nunca me habló de alguien parecido a usted, no se ofenda, no suelo recordar muchas caras estos días.

Damon no sabía que contestar, que decir, la manera correcta y cerebral de reaccionar era salir huyendo de ese sitio con el temor que ese tipo fuese parte de la seguridad del colegio. Estaba consciente que por su tamaño no estaba a la altura de las circunstancias literalmente hablando. Pasó saliva con dificultad notando que Hermione no estaba a su lado para auxiliarlo.

-Yo… si, soy uno de los invitados del novio

-Oh ya veo, debe ser el nuevo sujeto del ministerio—Hacía una pausa. –¡Esos malditos!, En verdad deberían alejarse de los bosques, créame, no hay nada mas tenebroso que yo por aquellos lugares.

-Tiene razón

-¿Disculpe?

-¡Oh!, no me… mal entienda, es solo que soy nuevo y no sabia que estaban trabajando aquí.—El vampiro lo observaba aún atónito. Aquel hombre debía medir poco más de tres metros con una constitución mas gruesa que el mismo pie grande.

-¡Hagrid!—Damon escucho a su acompañante referirse a ese tipo de manera tan familiar que no dejaba de sorprenderse. La castaña se acercaba con prontitud extendiendo sus brazos abarcando solo una pequeña parte de ese gigante que los había recibido en la estación.

-¡Hermione! ¡Pero cómo has cambiado niña!

El vampiro pelinegro comenzaba a sentirse en segundo plano cuando aquellos dos se mostraban una fraternidad natural, como si durante años se hubiesen tratado y congeniado. Contemplaba la manera en que ella se le acercaba sin temor alguno observándolo con nostalgia.

-No me dijiste que venías, de ser así me hubiera vestido con mi mejor gala—Respondía el semigigante.

-No exageres, además todavía no es la boda.

-Lo sé, pero nunca esta de más vestirse bien para una chica tan hermosa, ya no eres esa niña con el cabello crispado abrazando a un libro como si fuera un bebé escreguto de cola explosiva.

-¿Un excre … que?

Hermione obvió la pregunta del pelinegro concentrándose únicamente en su viejo amigo guardabosques. Anteriormente no tuvo la oportunidad de una despedida decente, sin embargo albergaba grandiosos recuerdos de ese hombre tan grande con el corazón más puro y valiente que jamás había conocido.

-No me hubiera atrevido a abrazar a uno Hagrid, no te ofendas pero eran algo grotescos

-¿Grotescos?, son buenas opciones de mascotas, eso si el departamento de regulación de criaturas mágicas diera su consentimiento. Yo tuve por diez años a Aragog.

-Hagrid—Ella le tomaba el brazo gigante para adelantarse al interior del bosque. –Aragog era una acromántula en crecimiento, ¿Recuerdas que Ron tuvo pesadillas hasta quinto año?, ¿Recuerdas que te quitaron al bebé dragón?

-Ron tiene aracnofobia Hermione, eso no cuenta—Respondía con naturalidad el semi gigante.—Además me quitaron al dragón para molestarme.

-No me imagino un lugar idóneo para se hubiera quedado en el colegio—Hermione soltaba una risotada. – Dumbledore hizo lo correcto y lo envió a Rumania con los suyos. Además no se por que te quejas, Charlie procuró siempre enviarte fotografías.

-Lo hizo—Hagrid soltaba una lágrima limpiándola después con su enorme manga.

-¿Lo ves?—Suspiraba. –Ahora cuéntame de Gwrap, de Fierence… ¿Sigue Buckbeack prefiriendo las ardillas o ya tiene fijación y gusto por los murciélagos?

Damon los acompañaba a pasos considerables de distancia, los escuchaba conversar de forma natural sobre criaturas que nunca en la vida pensó que existieran, seres mágicos, quizá hadas, dragones, todo tipo de animales fantásticos que en algun momento su madre se empeñaba en hacer reales durante las noches de insomnio. Se sentía fuera de lugar, fuera de su mundo a pesar de ser un vampiro, un ser de la oscuridad que por ende debía pertenecer a el, no obstante todos esos términos eran tan desconocidos que no le quedaba mas remedio que quedarse en silencio continuando con la marcha al colegio.

-Lo olvidé—Hermione volteaba. –Wingardium Leviosa.

La castaña apuntaba con su varita al par de maletas que llevaban consigo, mientras tanto el vampiro se quedaba boquiabierto por la forma tan hábil y grácil en que levitaban hasta llegar a su altura. Volvía a concentrarse en la espesura del bosque, la niebla que se esparcía bajo sus pies, el ulular de las lechuzas y el chirrido de los insectos que se escuchaban mientras daba paso por paso. Sus pisadas crujían contra la tierra humeda que constituía la vereda que los llevaría al tan afamado castillo imponente. Cerró por fin sus labios escuchando todas las historias que compartían.

No dejaba de sorprenderse por el gran tamaño de ese hombre, la melena crespa y tupida que cubría su cabeza llegando a media cintura, el grosor de sus manos junto al caminar pesado que sostenía hasta el castillo. Se adelantó un poco no sin antes sentir que alguien más se encontraba en las inmediaciones del lugar. Pudo percibir su aroma, su escencia, esa misma no había cambiado despues de tantos años.

Su teléfono celular vibraba y por inercia tomó la llamada.

-¿Diga?

-Hola Damon.

El vampiro se quedó sorprendido, sabía que no sería la última vez que sabría de ella, sin embargo no suspendió la conferencia. No deseaba alarmar a Hermione con la presencia de Katherine en aquel majestuoso lugar, sin embargo sabía que aquella despiadada mujer no se arriesgaría ante tantos cazadores mágicos.

-¿Qué quieres? Estoy ocupado con una de mis clientas, deberías esperar tu turno como todas las demás linda—El vampiro pelinegro hablaba por lo bajo, y como respuesta pudo escuchar un par de risitas discretas.

Hermione volteaba discretamente escuchando los relatos de Hagrid sobre una nueva camada de Grindilows que él mismo había criado en el lago negro. Observó a su acompañante conversar por teléfono pensando seguramente que se trataría de alguna otra mujer que deseaba contratar sus servicios. Sintió un vuelco en el corazón al saber que en un par de días su contrato se terminaría; ambos tendrían que separarse para seguir sus respectivos y solitarios caminos.

Damon le sonreía, le guiñaba el ojo levantando el dedo índice para solicitarle un minuto para contestar.

-Esto no ha terminado Damon, lo que pasó hace un par de días fue mi manera peculiar de decirte que no debes entrometerte en mis planes, o de lo contrario tu nuevo amorcito pagará las consecuencias.

-Como te dije antes linda—Hacía una pausa. –Debes esperar tu turno como todas las demás, y respecto a tus planes… yo no estaría tan seguro, debo colgar, mi tiempo y mi belleza se acaban primor, hasta entonces.

Damon colgó por fin la llamada, sabía a la perfección que esos dos últimos días del convenio serían más complicados de sobrellevar con aquella vampira rondando. No sabía a ciencia cierta lo que Katherine Pierce tenía entre manos, pero de algo estaba completamente seguro. No permitiría que le tocara un pelo a Hermione.