Aquella luna menguante era la más solitaria que ninguna otra, pues aunque su luz clara era la más propicia para el romance, la pasión, el derroche de besos y la locura sencillamente no era suficiente para incitar a dos personas que en esa torre compartían la habitación. Después de que la recepción hubo terminado, ambos decidieron regresar al dormitorio sin dirigirse siquiera una palabra, pues en esos momentos esas mismas sobraban ante el evidente desenlace que enfrentarían en tan solo unas horas.

Hermione Granger sintió por primera vez la confianza de caminar semidesnuda en presencia de un hombre, después de tomar una ducha se vistió con una camiseta de algodón ligero y unos pantaloncillos cortos que se ceñían a sus capuchinos muslos. Damon se encontraba en ropa interior oscura, esa misma que marcaba sus atributos masculinos contrastando a la perfección con su piel caucásica, sus piernas fuertes ligeramente velludas y sus pezones diminutos en color marrón.

Se sentó en el extremo de la cama que le correspondía sin mirar siquiera a su clienta, no le dirigía la palabra para no arruinar las pocas horas que tendría con ella hasta que el contrato se terminara.

¿Qué pasaría después?

¿Cómo deshacer algo que desde un principio no tuvo hechura?

Preguntas sin respuesta rondaban en esa habitación como si se trataran de papelitos llenos de ideas que revoloteaban en espera de ser desdoblados. El silencio sepulcral y la tensión entre ambos se encontraban en asenso mientras que la honestidad se dispersaba a todos los rincones de la tierra para alejarse de su presencia. Dos corazones que latían uno por el otro jamás se atreverían a abrirse para recibir el regalo que tanto habían esperado antes de conocerse.

Irónico pensar que la felicidad la tenían en esa misma cama, a unos cuantos centímetros que con tan solo un toque de sus dedos podía consumarse. Sin embargo había una realidad que difícilmente podían enfrentar, pues caían a la cuenta que aquella relación sería ilógica, irracional y descabellada a no ser que hubiese un contrato de por medio que la justificara.

"El es un vampiro, yo soy humana"

"Sigue amando a Draco pero lo disimula"

"¿Quién es Elena?"

"Seguro que yo la tengo mas grande que ese cabrón"

"Solo soy su clienta, todo lo que me ha dicho, se lo ha dicho a todas"

Suposiciones, especulaciones, rumores, paranoias plasmadas en sus pensamientos como si se tratara de un carrito de feria que daba vueltas. Aunque la habitación se encontraba en silencio, ambos sostenían una guerra sin cuartel contra sus propios miedos, inseguridades, todos esos fantasmas que se vuelven poderosos e invencibles si no son capaces de enfrentarse; y aquellos dos no tenían el valor para hacerlo y probablemente, jamás lo harían.

Como si de un movimiento sincronizado se tratara, se recostaron boca arriba mirando al techo observando los grandes bloques iluminados tenuemente por la luz que alcanzaba a colarse por el vitral. Damon exhalaba un gran suspiro profundo, pausado, esperaba que la castaña fuera la primera en hablar para romper el témpano de hielo que acababa de formarse a la mitad de esa cama matrimonial. Volteaba de reojo para apreciar su perfil aguileño y hermoso, el corazón que formaban sus labios, cerraba sus ojos por un momento aspirando su aroma para grabarlo en su memoria para siempre. Concluía que a pesar de separarse de ella, sería digna de recordarse.

Todo terminaría pronto, cada segundo se escapaba de sus manos para dirigirse al mar del olvido donde nunca podrían recoger vestigios. Tan solo contarían con esa semana para recordarse, esos siete días llenos de sorpresas, de mutuo aprendizaje estaban a un paso de su culmen total.

-Parkinson es rica—Comenzaba ella haciendo que el pelinegro volteara ante el llamado de su voz. –Podría contarle lo del contrato y seguramente no dudaría en adquirirte, ¿Viste como te miraban las demás?

Damon no sonreía, por primera vez le quemaban aquellas palabras que en el pasado hubiera considerado como triviales, sin sentido, tan normales como el aire que respiraba o la sangre que succionaba de sus víctimas. Se incorporó en la cama apoyando su espalda contra la cabecera, entrelazaba sus manos intentando no decir cualquier cosa que pudiese dañar ese minúsculo momento.

-Lo sé, las hermanitas Patil no dejaron de mirarme el trasero y esa Parkinson deseaba mostrarme algunos retratos ocultos del castillo… ¿Lo crees?

-Si, lo creo—Ella se incorporaba de la misma manera sin mirarlo, no deseaba verlo y volverse a perder en esos hermosos ojos que la habían cautivado desde un principio. No deseaba creer que el amor a la medida que tanto deseaba pudiera ser tan real como ese instante que estaba viviendo.

-No me interesan— Acotaba con suavidad. – Ninguna de ellas me interesa.

-El padre de Parkinson aun conserva su fortuna, y por ende su hija dispone de la mayoría de sus cuentas en Gringotts—Ladeaba su cabello. – Te recomendaré con ella, incluso si deseas una carta o lo …. Que quieras …

-¡Basta Hermione!—Le imperaba el vampiro en susurro.

La castaña se silenció, desviaba la mirada ante la evidente molestia que provocó en su acompañante. Se deslizó de nuevo a la cama para darle la espalda y evitar confrontarlo, mirar sus ojos azules como el cielo y anteponerse la idea del final inminente. Mordía con furia sus labios para evitar que una lagrima pudiera escapar desde el fondo de su alma, pues había una realidad contra la que no podía luchar por mas que lo deseara.

El pelinegro vampiro se levantó de la cama, sus pasos resonaban como si el mismo Hagrid estuviese caminando en esa habitación para dirigirse al buró donde había tendido el pantalón. Hermione escuchaba todos los sonidos a pesar de no mirarlo, pudo distinguir su exhalar brusco, el cabreo que generó con tan solo unas palabras. Deseó que esa noche terminara, sin embargo deseaba que aquel hombre no tuviera la loca idea de ir a despejarse a las afueras del colegio; no por el temor de ser visto, sino por los misterios que todavía eran desconocidos para él.

-No debes salir, es peligroso.

-No deseaba salir Hermione no soy tonto—Espetaba él y entre tanto la castaña se giraba a su presencia para observarlo de espaldas.

A pesar de la tenue luz que envolvía la habitación de la torre, pudo distinguir que su acompañante sacaba algo de sus bolsillos. Entre sus manos tenía una cartera de piel oscura que manejaba con toda furia, desvió la mirada esperando que volviera a la cama y terminar por fin con ese día de locos, no obstante aquel vampiro seguía escudriñando para por fin sacar un billete de quinientos dólares.

Ese hecho la sorprendió haciendo que se levantara.

-¿Qué haces Damon? ¡Vuelve a la cama!

El vampiro no respondía, notó que se giraba con brusquedad sosteniendo el billete entre sus manos para extenderlo a su presencia. Los ojos aguamarina de ese hombre comenzaban a cristalizarse, pudo distinguir que una lagrima corría por su mejilla deslizándose hasta llegar a la comisura de sus labios. Hermione desvió levemente la mirada evitando unírsele en ese llanto contenido pasando saliva como si se tratara de un trozo de hierro puro.

-¿Con esto me alcanzaría para un… abrazo?

Hermione se inmutó al instante, pudo sentir en carne propia lo que en años anteriores había hecho con Neville Longbottom antes de ir a buscar la piedra filosofal. Su cuerpo se petrificó por completo con el solo hecho de observar un billete de quinientos dólares. Quién diría que algo tan simple pudiera causar tan impresionantes efectos. Sin desearlo, sus ojos comenzaron a aguarse, sus manos temblaban, su piel se erizaba al no tener la elocuencia necesaria para refutar ese argumento. Tan solo lo miró por fin a los ojos dándose cuenta que él sentía exactamente lo mismo.

-Damon…

Aquel vampiro se adelantaba a su presencia abriendo la palma de su mano para depositar el billete que le serviría de intercambio para lo que deseaba.

-¿Esto es suficiente para un abrazo?

-Damon no sigas…- Ella suplicaba en susurro apunto del llanto, no obstante la tomaba suavemente del rostro mirándola con determinación.

-Así me siento cada vez que me recuerdas… que no soy para ti mas que una puta adquisición, cuando tratas de venderme con tus amiguitas

-Mi intención no es venderte Damon

-Pues lo haces—Agrandaba sus ojos frunciendo levemente sus labios. –Hubiera deseado que me tomaras de la mano y me llevaras contigo a esa puerta donde te encontraste a tu adorado Draco.

Hermione sintió ganas de cerrar los ojos, pero el contacto con aquellos orbes contrarios se lo impedían al sentir su fuerza, su poder e influencia sobre si misma. Comprendió que todo aquello estaba escapando de su control, pues eso extraño que había comenzado como una simple adquisición de compra-venta se estaba convirtiendo ahora en algo tan real que le causaba miedo.

-Dime Hermione… ¿Esto me cuesta un abrazo tuyo?—Susurraba despacio. –Si vale más, lo pagaré.

Sin pensarlo dos veces tomó el billete entre sus manos arrojándolo al piso y mirarlo con intensidad. Se lanzó sobre el como si de un depredador hambriento se tratara estrujándolo con fuerza, aferrándose a la idea de aquel amor a la medida que tanto deseaba, a ese hombre que sin desearlo llegó a su vida para descolocar cada uno de sus sentidos y cambiar todos sus paradigmas. Pues si anteriormente consideraba su relacion con Draco como algo prohibido, este otro romance era para ella impensable y condenado.

Damon sintió el calor de su niña de nuevo, pues a pesar de haber estado distanciado solo un par de horas, todo su ser la extrañaba como si hubiesen transcurrido años sin tocarla. La necesitaba, la deseaba a tal extremo de no importar romper con sus creencias, con su temor al compromiso, con el hecho de enamorarse otra vez con el miedo de salir lastimado. Ambos se fusionaban en ese abrazo, ella acariciando los cabellos despeinados de su nuca y él tocando con suavidad su espalda como si fuese un muñeca de porcelana.

-No me gustó—Susurraba ella mientras se aferraba a sus brazos. –No me gustó que estuvieras con ellas… no me gustó…

-No me gustó verte con Draco… ¡Quería matar al desgraciado solo por mirarte!

Ella por algun motivo sonrió como una chiquilla, como una colegial enamorada de su primer chico deseando no soltarlo nunca mientras lo abrazaba. Ahora la luna tenía otra luz diferente, más intensa, más hermosa y única que otra jamás antes vista, pues ella era testigo del verdadero idilio que no conocía de contratos, de reglas, de ninguna farsa creada por ellos mismos.

Duraron abrazados un momento sin desear soltarse, si bien el fin del mundo atravesaba la habitación, ambos morirían con el gusto y placer de ver por ultima vez su rostro, sintiendo su calor y su contacto, pero sobre todo su corazón latiendo en esa muestra de cariño tan puro y sincero.

-Vamos a dormir—Ella le susurraba al oído.

-No quiero…

-Tenemos que hacerlo, mañana…

-Entonces menos quiero dormir… no quiero desperdiciar este tiempo

-Damon…

Hermione se separaba levemente de su presencia mientras que el sostenía sus manos mirándola con intensidad y fervor a los ojos. Sonriendo al mismo tiempo se deslizaron nuevamente por las sábanas hasta que por fin pudieron incorporarse. No deseaban soltarse, al menos Damon se negaba rotundamente a un quiebre de contacto, por lo que sin dejar de abrazarla la acercaba a su pecho desnudo pasando sus dedos por su cabello como tanto le gustaba.

-Pagué por mi abrazo, debes cumplir con tu parte—Espetaba el vampiro sin soltarla.

-Quinientos dólares por un abrazo, creo que bien podría volverme escort—La castaña soltaba una risita mientras que el pelinegro le daba una nalgada suave.

-¡Damon!

-Tu empezaste—Susurraba. –Aunque puedes seguir si quieres.

-¡Damon!, debemos dormir

Ella se acurrucaba aún mas en su pecho sintiendo el latido de su corazón, el leve calor de su piel que era transmitido por las sabanas. Aquella noche era fresca, el clima perfecto para que ambos cuerpos se posaran desnudos ante esa cama en espera del día siguiente, pues ahora no importaba el tiempo restante, la longitud del contrato, las clausulas que no debían traspasar. Damon y Hermione disfrutarían de su última noche… Como si fuera auténtica.

Los rayos del sol se colaban completamente por el vitral refractados en diversos colores a través del pegaso. La habitación se iluminaba cálidamente por la mezcla de tonalidades que propiciaba aquel ventanal ovalado y característico del colegio de magia. Hermione pudo aspirar a plenitud el aroma a coníferas, humedad, bosque y vegetación que había estado acostumbrada recibir durante siete años consecutivos; un aroma inconfundible a sus sentidos.

El pelinegro vampiro hacía una mueca de desagrado al sentir el calor solar quemando levemente su piel, sin embargo daba gracias a su precaución extrema de siempre portar su anillo de lapislasuli y no rostizarse como un pavo de navidad. Aspiró una gran cantidad de aire al bostezar encontrando felizmente la imagen de una niña a su lado quien no lo había abandonado para hacer labores matutinas. Hermione todavía seguía a su lado.

-Buenos días brujita—Susurraba en su oído provocando en ella un hermoso abrir de ojos acaramelados.

-Buenos días vampiro…

-Eso es cruel—Hacía una mueca. –Puedo demandarte por discriminación a la sociedad protectora de chupasangres.

-¿Tienen una?—Ella hacía un gesto burlón.

-No, pero la puedo crear—Sonreía rodando los ojos. –Puedo iniciar una como la que tu hiciste al proteger a los … duendes domesticos.

-Se les dice Elfos domesticos—Ella interrumpía colocando un dedo sobre sus labios. En ese instante la tomaba de la mano para besar la punta de éste. –Y merecían ser libres, tener los derechos que una persona debe tener..

-Debiste ser abogada en lugar de publicista, ahí concuerdo con la profesora bruja del oeste.

-¿Te refieres a McGonagall?

-En efecto—Se levantaba con suavidad tomando a la chica de la cintura para conducirla al baño. –Me lo contaron las hermanas Patil, creo que has hecho grandes cosas aquí, aunque Parkinson me comentó que te la pasabas acampando en la biblioteca.

Hermione ladeo la mirada en clara señal de molestia, no obstante decidió evitar cualquier comentario contra aquella chica que seguramente haría lo indecible para desacreditar la reputación que llevaba en el colegio. Dio un largo suspiro acariciando la mejilla del vampiro encerrándose a cal y canto para poder tomar un baño breve, despues de todo la cena de ensayo estaba a tan solo unas horas de distancia.

Bajaron por fin al patio de transformaciones donde se encontraron con algunos otros invitados a la boda conversando amenamente. La castaña pudo distinguir que Seamus y Dean Tomas se debatían en un duelo de gobstone a muerte; entre tanto Harry se encontraba con el ministro de magia charlando seguramente de asuntos de trabajo mientras que la pelirroja lo abrazaba como si en verdad aquel chico en cualquier instante fuera a esfumarse dejándola plantada en el altar para colmo de sus males.

La chica castaña optó por no interrumpir aquellas convivencias observando que todos los ahí presentes susurraban cosas sobre su actual romance con el ahora popular Damon Salvatore. El pelinegro saludaba a diestra y siniestra a todas las chicas con las que la noche anterior conversó con tanta soltura guiñándoles traviesamente el ojo.

-¿Tienes que ser tan… condescendiente con ellas?—Ella sin soltar la sonrisa se encaminaba junto a su pareja atravesando aquel patio para dirigirse al puente de madera.

-¿Celosa?

-Prefiero no contestar—Ella lo miraba de soslayo tomando su rostro con ambas manos regalándole un lento y húmedo beso demostrando a todas sus compañeras que Damon Salvatore estaba ocupado. Aquel acto provocó en el vampiro unas inmensas ganas de abrazarla y correr con ella hasta otro punto más privado para recompensarla por aquel hecho.

-Eres territorial Hermione Granger.

-Solo hago lo que cualquier mujer haría

-¿Y que es?

-Demostrarle a esas resbalosas que eres mio.

Ella lo soltaba con suavidad de la mano contoneando de manera triunfal sus caderas, pues aquel dia el pantalón de mezclilla marcaba perfectamente su trasero curvando sus líneas femeninas que Damon Salvatore difícilmente podía ignorar. Sintió ganas de tomarla entre sus brazos y esconderla en lo profundo del bosque, desnudarla, arrancar esas sensuales ropas para besar, acariciar y estrujar cada centímetro de su cremosa piel hasta hacerla suya. Simplemente aquellas palabras contundentes, tan aprensivas, hicieron que su miembro levemente se irguiera.

-Y …¿A dónde iremos?—Preguntaba el pelinegro mientras por todos los medios intentaba disimular el bulto que se había creado en su entrepierna.

-Iremos a Hogsmade, queda muy cerca de aquí y me gustaría que lo conocieras.

-¿Hay un pueblo cerca de esta escuela?

-De hecho, lo correcto es decir que hay una escuela cerca de Hogsmeade—La castaña aclaraba haciendo sonar sus zapatos por el recién construido puente de madera. -El pueblo estuvo aquí antes de la construcción del colegio.

Damon alzaba sus cejas caminando al mismo ritmo que la castaña, se dejaba guiar como un recién llegado por todo el sendero sorprendiéndose de todo lo que encontraba a su paso. Pudo observar las lechuzas que llevaban paquetes envueltos entre sus patas seguramente presurosas por hacer las entregas a tiempo, probablemente eran los obsequios de boda que muchos estaban enviando a diestra y siniestra.

-Además deseo que conozcas todo el colegio, me encantaría mostrártelo

El pelinegro asentía con suavidad conduciéndose al asentamiento que alcanzaba a apreciar a tan solo unos metros. Hermione le contaba que cada año todos los alumnos acostumbraban departir en ese lugar con el simple motivo de salir de la monotonía y estress que dejaban los deberes colegiales; así mismo le relató lo relacionado con los profesores que constantemente le otorgaban puntos por sus respuestas perfectamente contestadas.

Escuchó de sus labios a un hombre que en un principio catalogaban como un villano y estricto profesor llamado Severus Snape que impartía pociones, aquel profesor nunca estuvo deacuerdo en la sabiduría ni talento de Hermione; sin embargo le relató acerca de su gran sacrificio al proteger al hijo de aquella mujer que desde siempre estuvo enamorado. Precisamente una hija de personas sin magia. Damon ponía especial atención en cada detalle como si en verdad le relataran una fantástica historia, hechos que parecían reales como todos aquellos suscitados en Mystic Falls no evitando hacer el comparativo con la llegada de Katherine, la búsqueda constante por la doppelganger Petrova que Klaus Mikaelson necesitaba para completarse como un híbrido.

Cuando por fin estuvieron en el pueblo, notaron que todos los habitantes colocaban snitch doradas como parte del ornamento, mismos que Damon reconoció como aquella esferita que los condujo a la cena de presentación en Londres. Se quedó pasmado al observar a ciertas señoras regar sus plantas que parecían tener vida propia como si en verdad se sintieran agradecidas por recibir las gotas de agua. Observó con claridad la gruesa nieve que cubría los techos y se anidaba a los ventanales rusticos que constituían el famoso pueblo de Hogsmeade.

Aquel sitio era tan conservador que aún guardaba su belleza natural no globalizada por las grandes y carroñeras industrias.

-Esto parece… sacado de Disney- Declaraba el vampiro en un susurro.

-Te sorprenderías, ya que en verdad aquel hombre llegó a pisar este lugar, sin embargo los magos le quitaron sus recuerdos para hacerle creer que se trataba de un sueño.

Ella lo tomaba de la mano llevándolo a un sitio que le servía siempre para compartir con sus amigos un centenar de charlas relacionadas con las tareas, los deberes, incluso como sala de juntas para planear lo que debían hacer en cuanto al plan malévolo de Voldemort. Entraron por la puerta principal haciendo sonar una campanilla y apreciar los muebles hechos de madera pura, tan duros que difícilmente las termitas terminarían al considerarlo como imposible de digerir.

Damon se sorprendió que todavía existieran esos Pub tan parecidos a esos de principios de siglo, pues anteriormente viajó a Texas, Nuevo Mexico, California y otros lugares donde se conservaba la faceta del viejo oeste y que ahora eran recreados por ese sitio. La castaña tomaba asiento colocando sus brazos en la cubierta rústica tomando la carta donde elegiría algo del menú ofrecido para ese día.

-Quiero una cerveza de mantequilla.

-¿Cerveza de mantequilla?, ¿Ahora la mantequilla es para hacer cerveza?—Damon se sorprendía pues consideraba inaudito que de un lácteo pudiese salir algo fermentado y listo para emborracharse. Observaba una vez mas con detenimiento la carta del menú que se encontraba en su sitio comprobando que efectivamente existía una bebida con ese nombre que consideraba descabellado.

-¿Qué sigue? "¿Cocaína de piña colada?"—Enfatizaba lo último mientras que Hermione hacía un esfuerzo incontenible para no reir, después de todo su acompañante provenía totalmente de un universo sin magia.

-No es una bebida alcohólica, es lo más parecido al batido con un toque de helado de vainilla, incluso la han comercializado a tal grado de tener la misma fama que cierto refresco adictivo de cola. –Le explicaba con detenimiento.

En ese instante una mujer de mediana edad llegaba con su típico delantal limpiando sus manos en la servilleta para tomar la comanda de aquellos recién llegados a su negocio. Llevaba el cabello enmarañado como producto del friz que provoca la combinación de la humedad con el calor junto a una expresión cansada y atareada. La castaña la reconoció inmediatamente como Madame Rosmerta; esa bruja tan famosa por crear el primer lugar dedicado a recibir a los estudiantes de Hogwarts y que según Albus Dumbledore, era la mejor preparando hidromiel casero.

-¡Hermione Granger que sorpresa!—Indicaba la mujer levantando a la chica de su sitio para estrujarla como si fuese una muñeca de trapo. En cambio ella se sorprendió abriendo los ojos esperando que la euforia del saludo terminara.

-Madame… Ros… merta.. ¡Que… gusto!—

La señora de mediana edad la tomaba de los antebrazos inspeccionándola de arriba abajo dando crédito a lo que sus ojos contemplaban. Negaba lentamente y asentía al mismo tiempo como si se tratara de una juez destinada a evaluar chicas para un concurso de belleza. Damon deseaba soltar una risotada como venganza por lo relacionado con la cerveza, pero al observar el leve bochorno de la castaña desistió de hacerlo.

-Definitivamente has cambiado… tu rostro no, pero si has cambiado Hermione—Volteaba con el hombre pelinegro emitiendo un silbido sonoro como clara muestra de estar sorprendida por el acompañante que aquella chica llevaba a su negocio. -¡Vaya vaya!, ¿Este mango de ojos bonitos es tu hombre?

-Madame…- Deseaba espetar la castaña, sin embargo la señora Rosmerta apoyaba las palmas en la cubierta arqueando una ceja.

-Levantate muchacho, que quiero ver tu trasero.

Hermione se sorprendió sobremanera de la fresca actitud de esa mujer a quien estuvo acostumbrada ver siempre atareada con el trabajo, le parecía increíble que a su edad tuviera un gramo de picardía para hacer bromas de ese tipo. En cambio el pelinegro con una clara sonrisa se levantaba girándose un poco ladeando levemente su cadera y así mismo introducir sus manos en las bolsas.

La dueña de las tres escobas curvaba sus labios, arqueaba su ceja y por ultimo se tomaba el atrevimiento de propinarle una nalgada como si en verdad ese hombre le tuviera un grado de confianza considerable. Así mismo la castaña ahogaba un grito con el temor de que Damon se molestara por la forma tan jocosa de dirigirse a su persona.

-Nalgas firmes, hombros anchos, ojos hermosos… -Madame Rosemerta dirigía una sonrisa a la castaña pellizcando levemente sus mejillas. –No lo dejes ir… así sea un cabrón mujeriego, no lo dejes ir.

-Ella es suertuda.. ¿No lo cree usted?—El vampiro se giraba de nueva cuenta tomando asiento colocando en sus labios una mueca de triunfo.

-Créeme muchacho, si tuviera diez años menos y la menopausia no me estuviera jodiendo entonces no dudaría en tener un buen polvo contigo.

Hermione no sabía que opinar ante tal declaración, observaba que la señora soltaba una sonora carcajada mientras que Damon miraba a su acompañante alzando las cejas en señal de acuerdo. La chica optó por concentrarse fervientemente en el menú aunque solo pidiera una simple cerveza de mantequilla, pues el rubor en sus mejillas iba en ascenso pudiéndose notar en sus diminutas pecas que se apreciaban a la altura de la carta de ofertas.

Con un chasquido de sus dedos, la señora Rosmerta ordenaba a uno de los mozos que llevaran un par de espumantes y heladas cervezas de mantequilla para la mesa junto con algunas almendras saladas para acompañarlas. El vampiro pelinegro observaba todo el lugar esperando encontrar una rocola, una mesa de billar o cualquier cosa que le recordara los tan ya conocidos espacios nocturnos de su natal Norteamerica; sin embargo solo pudo apreciar las mesas rústicas ocupadas por algunos aldeanos que observaban periódicos que contenían fotografías parecidas a los retratos que apreció en la galería de las escaleras cambiantes.

Cuando por fin las bebidas llegaban, Hermione fue la primera en colocar debidamente una pajilla para beberla, mientras que su acompañante abría los ojos como si se tratara de una purga que le obligasen tomar. Dio el primer sorbo sintiendo en sus labios la textura cremosa en su paladar, el dulzor que poco a poco invadía sus papilas hasta llegar a su garganta. La sensación fue única, le recordaba aquellas tiendas de helados en los años cincuenta que recurrentemente visitaba para tener en memoria sus días de niño, pues aún los sabores que logro probar siendo humano los había compartido con la persona que en ese momento era la más importante de su vida. Su madre.

Aquel sabor, aquella espuma, la mantequilla liquida y el olor a vainilla suave provocó que sus sentidos se transportaran a esa época cuando se consideraba feliz, humano y querido.

-Esto es…

-Probablemente desees otra cosa, ¿Qué tal si pides una cerveza común?, también las venden aquí.—Respondía la castaña al sentir que su acompañante no gustaba mucho de esa bebida que los muggles no conocían del todo.

-Delicioso—Volvía a beber con más ahínco. –Es como beber… un helado, y mantequilla… y el sol al mismo tiempo—Tomaba entre sus manos el tarro sintiendo el sudor que emitía el cristal contra su piel, y en cada sorbo se recreaba la imagen pura de su madre, su cabello negro y ondulado, sus ojos aguamarina grandes, su boca diminuta color cereza, su gracilidad al caminar, la forma en que él la miraba tomando su mano mientras caminaban por los rincones y callejuelas de Mystic Falls.

Hermione se llevaba una almendra a la boca contemplando la fascinación que su acompañante tenía por esa bebida. Ponía cuidado especial en sus gestos, la forma en que sus labios se curvaban ampliamente aferrándose a probar más y más de la cerveza de mantequilla; pues conocía ese mismo gesto cuando una persona tiene recuerdos agradables. Pues si bien Damon Salvatore pudiera hacer magia, tendría lo suficiente para convocar un patronus tan brillante y majestuoso gracias a ese bello recuerdo.

Decidió no hablar, no interrumpirlo, no quebrantar ese sueño tan hermoso que tenía despierto, no deseaba echar a perder eso tan especial que se había formado con tan solo un sabor de labios y una textura espesa. Suspiró hondo tomando otro sorbo, pero esta vez creando un nuevo recuerdo, una nueva sensación que se llevaría por siempre.

Haber conocido al hombre mas guapo y gentil sobre la tierra… Damon Salvatore.

Tardaron un momento mas hasta que ambos tarros quedaron vacíos, la castaña se sorprendió que el chico instintivamente tomara su billetera para pagar la cuenta; no obstante el tipo de moneda que circulaba por Londres, y en especial de aquel lugar cercano al colegio Hogwarts eran los galeones. Hermione tomo unos cuantos de su bolso extendible para colocar lo suficiente con su respectiva propina.

A lo lejos pudo observar a una atareada Madame Rosmerta que continuaba colocando las tazas limpias en los estantes para que otros clientes pudiesen disponer de ellas, por ese motivo no los despidió como se debía. Hermione agitaba su mano agradeciendo las atenciónes mientras que el vampiro pelinegro solo le guiñaba el ojo como era su costumbre. Pero antes de que la chica cruzara la puerta, aquella señora le enviaba una nota volátil con algo escrito en ella

"En serio Hermione… No lo dejes ir"

Damon se había adelantado unos pasos observando ambos extremos de la calle principal de Hogsmeade, entre tanto la castaña apretaba la nota cerrando sus ojos, acercándola a su pecho susurrando unas palabras.

-No quiero dejarlo ir… Pero él no es para mí.

Damon se giraba suavemente esperando que su acompañante saliera por completo observando a su vez su actitud febril y un tanto apagada. Se acercó a ella sonriendo como nunca tomando una de sus manos. Solo bastaba con mirarlo a los ojos para darse cuenta de lo estúpidamente enamorada que estaba de ese hombre, ese individuo que cambio su esquema sin planearlo, sin apostarlo o buscarlo. Dio un largo suspiro sonriendo de la misma manera para demostrarle que todo estaba en orden.

-¿Te pasa algo Hermione?

La castaña apretaba sus labios, deseaba decirle la verdad, aquella que le dolía aceptar más que otra cosa. Necesitaba pedirle que no se fuera, que se quedara a su lado no importando incluso la diferencia de especies, de razas, de credos, de paradigmas impuestas entre lo correcto y lo que el mundo entendía por ello. Desviaba la mirada levemente evitando perderse en ese mar azul de la que inevitablemente era cautiva, sin embargo sabía a la perfección que por mas que lo desera muchas cosas los separarían como si fuese un abismo profundo abriéndose camino entre ambos.

-No es nada Damon—Hacía una pausa alzando sus hombros al respirar. –Quiero mostrarte algo más.

-A sus ordenes entonces capitana, ¡Al infinito y mas allá!—Caminaba despacio sosteniendo la mano de su chica no sin antes comentar lo relacionado en las tres escobas. –Deberías hacerle caso a Julia Roberts.

-¿Julia Roberts?—La castaña soltaba una carcajada encontrando bastante gracioso ese comparativo.

-La que me dio la nalgada—Aclaraba. –No deberías dejarme ir.

-¿Así o mas vanidoso?—

-Suelo ser mucho más

-No sé por qué no me sorprende—Negaba con la cabeza adelantándose unos pasos para ingresar a un sitio del cual el vampiro tenía sus reservas.

-Hermione—Hacía una pausa. –¿Ese es el bosque prohibido?

-Sí

-Se supone que no debemos entrar

-Pues supones mal Damon—Proseguía con su andar. –Entraremos.

El vampiro pelinegro se adelantaba colocandose al frente y poner sus manos en los hombros de su acompañante. Sus ojos aguamarina se abrían un poco mas sin abandonar su sonrisa característica.

-Flash informativo, por algo lo llaman "Prohibido"—Elevaba unas comillas. –No entrar, no pasar, no fumar mientras entras, no bebidas y alimentos y sobre todo… No alimentar a las arañas con cuernos de toro..—Alzaba un dedo.

Hermione soltaba un gran suspiro, quizá hubiera acatado esas palabras durante su primer año en el colegio pero sencillamente, aquel lugar era tan conocido para ella como la palma de su mano. Siempre que había problemas ese sitio era el más seguro donde podía correr, esconderse e incluso planear algo rápido en caso de ser necesario. Observó la actitud quisquillosa del vampiro por lo que decidió esperar un poco más para explicarle.

-En primer lugar, no hay "Arañas con cuernos de toro", eso no existe— Hacía una pausa. –De hacerlo sencillamente no sobrevivirían, no podrían con sus cabezas ni para trepar, ¿Comprendes?—Lo miraba. –La naturaleza generalmente es equilibrada.

-Yo decía eso de los calamares gigantes y de los arboles parlantes del bosque de Blanca nieves, y helos aquí—Señalaba todo el lugar.

-Bien—Ella suspiraba—No te pasará nada Damon, además estas a salvo con migo ¿Deacuerdo?

Damon desviaba la mirada, sin embargo la sugestion que le provocaba entrar a un sitio que le resultaba totalmente desconocido y misterioso lo hacía intimidarse. Aunque se hubiera enfrentado en el pasado con energías y fuerzas misteriosas sencillamente no se comparaba con criaturas que se sostenían en más de dos patas. Hermione lo miraba detenidamente concluyendo que cualquier historia relacionada con la inmortalidad de los vampiros era tan superflua como las leyendas de Beedle el bardo.

-Solo entraremos un momento y nos iremos a otro lugar.

-Prometido

Ella colocaba la mano en su mejilla brindándole una cálida sonrisa haciendo que el vampiro pelinegro se sintiera en confianza de caminar hasta el fin del mundo con tal de seguir a su lado.

Lograron por fin introducirse por el espeso bosque que quedaba a unos cuantos kilómetros de distancia. Hermione reconocía que todas las criaturas marcaban siempre el límite con el con los magos, si bien eran recelosos con su territorio también eran respetuosos de no sobrepasar la línea que los separaba.

Damon pudo sentir el ligero frio colándose por su camisa penetrando un poco en sus poros, la penumbra que provocaba apreciar aquellos grandes y gruesos troncos que servían como fortaleza protectora para cada especie que se adaptaba sin problema alguno. Escucharon con claridad el crujir de las ramas, las hojas esparcidas y la humedad de la tierra marcando un sendero para desplazarse. La niebla comenzaba a abrazar sus pies como si los intentara devorar poco a poco al ritmo de su caminata.

Los grandes árboles eran tan impresionantes que parecían considerables barreras curtidas que en caso de cobrar vida podían arrasar con todo a su paso sin dejar vestigios que algun bosque se protegía bajo sus raíces. El pelinegro pudo escuchar los insectos, el sonido leve del viento colándose por sus oídos junto a una sugestion que comenzaba a hacer mella en sus sentidos, no obstante, al observar la tranquilidad de Hermione concluía que no había peligro. Ella conocía el lugar como la palma de su mano… O eso, le gustaba pensar.

-¿A dónde es… donde vamos exactamente?—Preguntaba él saltando una de las gruesas raíces que sobresalían del suelo. – Arruinré mis zapatos, y ya no hablemos de mi camisa favorita… ¡Es Oscar de la Renta!

-Deja de quejarte y sígueme, falta poco—Respondía Hermione abriéndose paso ante unas ramas que se lo impedían.

Se adentraron un poco más y en todo momento el pelinegro vampiro abría sus ojos como platos esperando que ninguna cosa los esperara con una gran sorpresa. Sabía que las arañas con cuernos de toro no existían, sin embargo ese hecho tampoco le constaba, asi que decidió mantenerse en silencio hasta que noto que su acompañante se detenía al escalar una leve empinada.

Hermione se recargó en uno de los gruesos troncos del árbol para sonreír claridosamente. Cuando Damon la alcanzó por fin la miraba esperando que le explicara la razón por la que detuvo su marcha. En cambio ella sonreía con nostalgia manteniendo su vista al frente para contemplar a alguien que en sus años escolares también recordaba con mucho cariño.

Cuando decidió voltear se encontró con una sorpresa que no esperaba, pues no daba crédito a lo que estaba contemplando. Abrió los ojos más de la cuenta para ser testigo de la presencia de alguien peculiar. Aquel ser mágico era cuadrúpedo, observó con claridad el crujir de la tierra contra sus pezuñas, una larga y sedosa cola oscura que se agitaba con lentitud al saberse expuesto, pero lo más impresionante era su tórax humano cubierto levemente de bellos negros, sus brazos fuertes contorneados por algunas venas sobresalientes y unos hombros que bien podían haber sido forjados por el arduo ejercicio.

Esa criatura –Asi la catalogaba Damon- Tenía un rostro del mismo modo humano, pudo percibir el brillar de sus ojos a través de la refracción de luz que se colaba por las ranuras que los árboles no cubrían. Sobre su cabeza se podía apreciar una cabellera crespa y abundante, tan despeinada como si se hubiese levantado sin preocuparse por su apariencia.

-Fierence—Le escuchó decir a ella, y al instante bajaba la inclinada para colocarse al frente y observarlo con claridad. Entre tanto Damon se quedaba recargado en el grueso árbol en la espera de alguna explicación, pues sencillamente no creía lo que ahora miraba.

-Hermione Granger—La voz de ese cuadrúpedo era apacible, seria, contundente y asertiva. –Ha pasado mucho tiempo desde la última vez—Damon lo observó que miraba al cielo apuntándolo con su dedo índice. –Las estrellas no se equivocan, has venido a encontrarte contigo misma.

Hermione solo le sonreía, incluso se podía notar el brillo de una lagrima que resbalaba de su mejilla al tener contacto con ese ser mágico que el vampiro deducía como un ferviente respeto. En cambio el imponente ser mágico no se movía, continuaba mirándola, apreciándola, como si en realidad la imagen que tenía en frente no era la chica que alguna vez vió partir del colegio de magia. Ella desvió la mirada, apretó sus labios levemente posando sus orbes acaramelados en la niebla, pero en ese instante la mano gruesa la tomaba del mentón con suavidad.

-Veo tristeza, decepción, odio, un éxito vacío, una estrella que se ilumina junto a las otras… pero si es apartada de esa constelación es tan apagada y siniestra—Una leve sonrisa se dibujaba en el rostro del centauro. – La soledad misma.

Hermione pudo sentir que aquel imponente ser mágico podía traspasar con toda claridad su alma, introducirse en todos sus sentidos escudriñando incluso sus peores miedos, sus inseguridades más enterradas. Damon, quien la miraba desde aquella distancia prudente tan solo colocaba sus manos en el grueso tronco tratando de escuchar un poco más esa conversación sin acercarse. Todavía no era correcto si no era presentado.

-Ni más ni menos Fierence—Contestaba la castaña. –Si fuese otra cosa lo que miraras en mí definitivamente dejaría de ser Hermione Granger.

Observaba que la chica sonreía irónicamente, no obstante sabía que ese sentimiento era el mismo que experimentaba cada noche durante ciento cuarenta y cinco años. El dolor, la pérdida de su madre, la decisión que su padre tuvo al aniquilarlo, el alejamiento de su hermano Stefan. Pues muy a su manera lo quería, pero concluía que separados funcionaban mejor.

¿Quién era Hermione Granger durante sus días colegiales?

Esa pregunta era tan enigmática como la brujería misma, y a la vez tan avasallante como el sabor virgen de la sangre.

Aquel centauro se acercaba un poco más a ella relatándole lo relacionado al colegio durante su ausencia. Escuchó sobre el nuevo líder de los cuadrúpedos y la forma en que firmaron un tratado de paz con las otras especies. Hermione le cuestionó sobre la manera en la que abruptamente había dejado el profesorado pero aquel ser mágico le indicaba que se debía al contacto con la naturaleza. Fierence necesitaba el aire, las estrellas, ser quien era para apreciar y comprender mejor al universo.

En ese instante la castaña se acerco lentamente a Damon, quien en ese momento comenzaba a alarmarse, pues era evidente que ese tal Fierence lo dejaría noqueado en caso dado de no concordar con alguna mísera opinión compartida.

-Hermione… no creo que sea correcto…

-Ven, quiero que lo conozcas

-Pero no se ve… amigable, ¡Solo mira sus brazos!, si no le caigo bien no dudaría en darme una patada en el culo con esas patas traseras. –En ese momento escuchaba un relincho que le sacudió un poco. -¿Escuchaste?

-Es inofensivo Damon, creo que es el más pacifico a comparación de otros

-¿Qué hay otros?

-Siempre andan en manada

-Como los caballos comunes.—En ese instante la castaña colocaba la palma de su mano en sus labios.

-No le gusta que le digan "Caballo", de lo contrario tu deseo de ser pateado se hará realidad—Suspiraba. –Una dolorosa realidad que te dejaría en el hospital por semanas.

Hermione escuchó que aquel vampiro pasaba saliva con dificultad, como si estuviese tragándose un puñado de tierra de un solo tajo. Sonreía como una loca al verlo tan temeroso, tomó con suavidad sus manos acercándose a su oído.

-Con migo a tu lado, nadie podrá dañarte.

Aquel vampiro relajó sus musculos, pues aquellas palabras tan suaves y contundentes le inyectaron una fuerza extraordinaria para depositar su confianza ciegamente en esa chica. La sola idea de sentirse protegido, amado y cuidado hacía que su corazón palpitara, pues aquellas famosas mariposas estomacales se hacían presentes considerándose un tanto ridículo al sentirlas casi en carne viva. Damon asintió con la cabeza dejándose llevar por ella hasta la presencia del centauro.

-Hola—Rodaba sus ojos intentando conservar la calma. – Soy…

-Un vampiro.—Respondía con calma el centauro.

Hermione y Damon se sorprendieron por la brillante y primaria deducción que había tenido en tan solo unos segundos. Aquel pelinegro daba un paso hacia atrás observándolo con claridad, pues las facciones del ser mágico se mostraban un tanto rígidas, sus ojos amarillentos se fijaban en su persona tratando de descifrarlo.

-Yo no soy…

-Damon—Interrumpía la castaña. –Fierence es el mejor interpretador de estrellas y adivino que hemos tenido en años, asi que no creo que negarlo sea una opción.

El pelinegro sabía que era mejor quedarse callado, tal vez ahora que sabía sobre su naturaleza no dudaría en exponerlo o en determinado caso matarlo. Comenzaba a tensarse, sus nervios a pesar de ser un chupasangre se alteraban a tal grado de desear alejarse; y nada le costaba hacerlo, tan solo era cuestión de desistir de todo y largarse de una vez por todas para salvar su pellejo. Sus ojos se mostraban desesperados, su piel temblaba cual gelatina y a su vez apretaba sus puños con algo de fuerza. Fue en ese instante que sintió la delicada mano de Hermione sobre su hombro, y al voltear se encontró con unos ojos acaramelados llenos de ternura.

-Calma Damon, no pasará nada, tranquilo-

Instante seguido el centauro se adelantaba un paso para tocarle el otro hombro.

-Las estrellas lo saben todo—Hacía una pausa. –Has tenido un duro pasado y esa mujer que te ha hecho daño esta en estos terrenos buscando una gloria y poderío que esta lejos de pertenecerle.

Damon lo miraba sorprendido, pues en ningun momento había escuchado de ellos algo relaciondo con Katherine. Hermione en cambio miraba a su amigo fierence con sumo interés escuchando que continuaba con su relato.

-Tu dolor, tu miedo, son tan idénticos a los de ella—Señalaba a Hermione. –Fueron sus estrellas, sus almas que lograron encontrarse para completarse. Dos astros que se apagaron, se extinguieron con aquello que los humanos llaman decepción y pérdida por fin se atrevieron a avanzar con la poca luz que les quedaba. –Los miraba con la misma expresión seria. –Ambos se necesitan.

Los dos se miraban por inercia, ella contemplaba sus ojos aguamarina, la manera en que levemente los fruncía, los agrandaba con esa expresión de nostalgia, una que no había visto en aquellos siete días de contrato salvo en el instante en que lo encontró alimentándose fieramente. Entre tanto el vampiro pelinegro contemplaba el caramelo de los ojos contrarios, su rostro de niña, sus pecas diminutas, su boca rosada y carnosa, la manera en que sus cejas castañas se alzaban un poco.

-Fierence yo..—Ella alcanzaba a decir en un hilo de voz.

-Hermione Granger—La interrumpía. –No puedes comprar algo que ha sido tuyo, no hay precio para eso tan importante que tu estrella ha estado esperando.

Ambos se silenciaban, deseaban que esas palabras fueran certeras, que aquel adivino centauro tuviera la razón y que todo lo salido de su boca fuese como la predicción de un profeta. Sin embargo sabían que había algo que los separaba. Damon se imaginaba por unos instantes siendo humano, con sangre autentica en las venas y el calor necesario para abrazarla, no dejarla ir nunca y cuidarla hasta volverse viejo. Hermione lo tomaba de la mano deseando soñar despierta a su lado, preparar un desayuno ligero todas las mañanas listos para el aburrido y rutinario día que tendrían. Despedirse con un beso en los labios con la promesa de volver a casa y hacerse el amor hasta el amanecer.

Sin embargo había una realidad. El era un vampiro y Hermione humana.