La noche se había convertido en el ambiente perfecto para una tundra, el viento llegaba a colarse por cualquiera de las ropas por más cubiertas que se encontraran, el ulular de los búhos se escuchaba a lo lejos aunque eso poco le importaba a Hermione Granger; pues tan solo tenía una sola imagen en la cabeza, una que creía olvidada gracias a su estadía en Nueva York donde pretendía ingenuamente que el pasado no la alcanzara para torturarla.

Ahora parecía que volvía a vivir de nuevo la decepción y la rabia experimentada cuatro años atrás donde encontró a su prometido teniendo relaciones con otra. Hubiera aceptado en cierta manera el engaño si se tratara de alguna desconocida, alguien a quien seguramente y por fortuna no volvería a ver a menos que el destino mismo se tornara cruel con sus emociones. No obstante su mejor amiga se llevaba los protagonismos.

Sentía los brazos de Damon un tanto cálidos a pesar de tratarse de un vampiro, deseaba conocer la forma de protegerlo y sacarlo esa misma noche de Londres para que Harry no lo buscara y cazara como era la costumbre en los aurores. Su mente era un mar de confusiones donde cada prioridad se mezclaba con otra distinta. Draco, Ginny, Harry, Damon formaban parte de un collage que se remolinaba en su interior tratando de descifrar la forma de ordenarlo

El engaño de Draco con Ginny, la ingenuidad de Harry al contraer nupcias con una mujer traidora y sacar a Damon de todo el problema no eran cosas típicas de la publicidad, cuentas, contabilidad con las cuales tenía que lidiar diariamente en la comodidad de su oficina.

El viento golpeaba su rostro, aquella ventisca helada tornaba azul sus pómulos cristalizando las lagrimas que había derramado. Afortunadamente le gustaba adquirir productos cosméticos de calidad o de lo contrario tendría que soportar el rímel oscuro corriendo sobre sus mejillas… El llanto negro de la traición. Su cabello alisado se crispaba solo un poco al contacto con la humedad del aire y el sereno de la temperatura cerca de los bosques espesos e imponentes de Hogsmeade.

Le hubiese gustado llevar una chaqueta más gruesa, pero jamás pensó salir al intemperie por horas prolongadas en el estado catatónico que se encontraba. Se aferró al cuello de Damon mientras la transportaba a otro lugar fuera de la fiesta, sin embargo la música aún se escuchaba tenue, el ambiente seguramente en las tres escobas se había tornado en una gran comilona donde los Slytherins podían devorar lenta y burlonamente la actitud de la castaña al retirarse de la fiesta tan abruptamente.

Giró su cabeza un poco esperando que nadie los siguiera, pues Damon se había descubierto descaradamente no importando si en aquel instante un vivaz mago se atrevería a clavarle una estaca a pesar del estado de hebriedad de los invitados. Cabe mencionar que solo bastan unas tres copas de alchol dulce propiciaban en el ser humano cierta valentía que no se demostraba en los cinco sentidos en alerta. Pero no… Nadie los siguió.

Cuando por fin sintió que Damon había tocado tierra desvió su mirada a otro lugar distinto, se sentía incómoda al mostrarse vulnerable, totalmente desnuda ante alguien más a pesar de albergarle sentimientos. Suavemente aquel vampiro la colocó en tierra firme donde sintió el crujido suave de la nieve hundirse con sus tacones. Abrazándose a si misma trataba de frotarse los brazos para mitigar un poco el intenso frío, y a los pocos minutos los brazos del vampiro la rodeaban para darle su camisa.

Al ver aquel acto volteaba rápidamente encontrándose con el torso desnudo de Damon Salvatore que se enfrentaba cara a cara con las bajas y crueles temperaturas. Sus ojos azules aguamarina, tan grandes, expresivos, tan hermosos parecían brillar con la luz de la luna, y aquella piel desnuda contrastaba a la perfección con aquella luminosa escenografía.

-Te vas a… enfermar.

-No creo que los vampiros enfermemos de gripe- Comentaba el con suavidad y a su vez con una sonrisa. Trataba de mostrarse sereno, tranquilo y tan divertido como la primera vez que se miraron.

-Estamos… lejos de Hogsmeade

-Eso parece—Respondía él. –Aunque me gustaría que este punto apareciera en los mapas de google para confirmarlo, así que moraleja… Nunca confíes en la tecnología.

-Ni en las amigas.

Al escuchar aquello Damon decidió silenciarse, no le apetecía que la castaña volviera a tener alguna otra regresión para desmoronarse como la nieve que pisaba. Volteó a ambos lados del lugar tratando de encontrar el sitio propicio para resguardarse, no era prudente regresar al colegio de magia dados los acontecimientos recientes; probablemente en su habitación lo esperarían un millar de aurores para llevarlo a la prisión de Azkaban.

-Necesitas resguardarte del frío, a menos que tengas una tienda de campaña entre tus curiosidades—Se acercó un poco colocándose las manos en las bolsas, pues a veces le gustaba pretender que sentía las temperaturas como los humanos.

Ella soltó una risita, aunque la nostalgia trataba de salir avante y ganar ante todas las emociones. Se acomodó debidamente el cabello intentando que su mente se igualara a la frialdad del ambiente. Observó el entorno dándose cuenta que un atajo podía conducirlos a uno de los lugares mas seguros al menos por aquella noche señalándolo con la mirada.

-Vamos por ahí—Indicaba ella después de aspirar una gran cantidad de aire.

-Como gustes- Volvió a tomarla de la cintura para desplazarse a gran velocidad al sitio que la castaña sugería.

Se encontraron con la cerca de una casa abandonada, roída por el tiempo, las termitas y las inclemencias del implacable frío; no obstante se negaba a caer como si se tratara de un alma fuerte, tan luchadora como los guerreros que perdieron la vida en la segunda guerra mágica. El color no había cambiado, difícilmente la pintura original podía distinguirse entre la oscuridad y los acabados desbastados eran la clara muestra de una finca que dejó de habitarse desde los principios de la construcción del colegio de magia. Hermione recordó que en su momento le causaba cierto temor acercarse siquiera a una distancia prudente, sin embargo como ironía misma del destino, resultaba ser el único sitio donde podían ocultarse al menos hasta llegar el alba.

-Acogedor—Concluía Damon al observar la casa

-Justo lo que necesitamos—Respondía ella sin prestar atención al sarcasmo.

La puerta rústica chirreaba al ser abierta lentamente por el vampiro, aquel sonido era tan penetrante que bien podía servir como ambientación adecuada en una fiesta tenebrosa de Halloween. Se encontraron con una oscuridad intensa que los esperaba, sin embargo los chupasangre podían moverse con cierta facilidad ante aquella situación sin tropezar.

En ese instante Damon agrandó sus ojos al escuchar un grito ensordecedor que emanaba del interior de la casa hasta la salida. Se quedó petrificado deseando activar sus sentidos para llevarse a Hermione del lugar para después reprenderla por elegir un lugar tan tétrico como ese, sin embargo se quedó estático al observar que una masa de humo grisácea se acercaba a gran velocidad acercando así mismo los lamentos que emitía desde el corazón de la vivienda.

-¡Voy a arrancarte los labios!- La fuerza en el grito de ese espectro inmutaba al pelinegro sobremanera, tan solo lo miraba acercarse deseando que sus sentidos pudieran responder oportunamente pero nada sucedía, continuaba tan estático como al principio.

-¡Voy a arrancarte los labios!, ¡Voy a arrancarte los labios!

El pelinegro no se movía, el grito penetraba cada vez mas sus sentidos como si fuese todavía humano, su cuerpo se plantaba en el suelo convirtiéndose en una madera más de la casa esperando a que ese espectro llegara para aniquilarlo. Por primera vez en su vida… estaba asustado.

Hermione le tocó el hombro con suavidad junto a una sonrisa, lo que logró tranquilizarlo sobremanera al saber que ella conservaba todavía parte de sus sentidos. La observó colocarse al frente deseando moverse, no quería que aquel espectro tocara un solo cabello de la castaña, no obstante ya era tarde. Se había acercado lo suficiente posicionándose al frente dándole la espalda.

-Hermione…

-¡Voy a arrancarte los labios!, ¡Voy a arrancarte los labios!

Aquel grito continuaba avanzando rápidamente, pero esta vez la castaña solo emitía una sonrisa. Damon observaba que ese espectro se acercaba a casi unos milímetros de su presencia sin poder hacer nada.

-No puedes arrancar lo que ya ha sido sellado—

Las palabras contundentes de Hermione Granger fueron tan precisas que provocaron al espectro retroceder al instante. La oscuridad espesa que envolvía el pasillo de la entrada comenzaba a aclararse un poco más permitiendo aunque fuera el paso de la luz de luna colarse por las hendiduras de la madera roída. Ya no había gritos, lamentos o cualquier sonido tenebroso que afloraba desde el interior de la casa; lo que sorprendió al pelinegro al mismo tiempo que lograba por fin obtener movilidad en todo su cuerpo.

-¿Qué carajos fue eso?

-Un mecanismo de seguridad—Concluía ella sin darle importancia a lo ocurrido.

-¿No sería más fácil contratar un sistema de alarmas o circuito cerrado de televisión?

-¿En una casa deshabitada?—Volvia a preguntar ella encaminándose al interior de la vivienda

-Puede ser—

-Los magos tenemos nuestra forma particular de proteger nuestro patrimonio, en el caso de la familia que habitó una vez crear una ilusión resultó más factible—Proseguía mientras caminaba. –La casa quedó intestada, por lo que la última persona decidió encantarla para que nadie la reclamara… con el paso del tiempo toda la familia pereció por causas misteriosas.

-Pero—Espetaba el pelinegro cerrando la puerta con suavidad aunque el chirrido se hacía sonar de cualquier manera. – "Voy a arrancarte los labios", eso se escuchó demasiado amenazador y ¡Vaya que soy experto en eso!

Hermione se detuvo un poco, consideraba un poco cansado tener que explicarle el origen de dichos encantamientos aunque los conociera como la palma de su mano. En lugar de eso sacó su varita convocando un Lumus para iluminarse.

-El dueño de la vivienda originalmente era mudo, estaba casado con una mujer de Hogsmeade y tuvieron dos hijos… Uno de ellos heredó el mal congénito de su padre, mientras que el otro nacio con perfecta salud—Suspiraba. –Cuando su padre murió se disputaron la vivienda.

-El que podía hablar mató al hermano…

-Fue al contrario—Indicó Hermione logrando por fin encontrar una polvosa sala que bien podía servir para pasar la noche. Se sentó con mucho cuidado no importándole arruinar el vestido que había elegido para esa noche, pues de su cuenta no hubiese acudido a la fiesta de haberse enterado antes del engaño de Draco.

-No comprendo—Damon preguntaba.

-Para reclamar la casa, uno tenía que irse del lugar, leí en las leyendas que no se llevaban del todo bien.

El vampiro comprendía que se trataba de una pelea familiar por un inmueble insignificante. A lo largo de su vida había presenciado la forma en que los hombres se mataban mutuamente solo por obtener aunque fuese un mendrugo mugriento de pan arrojado al suelo. Decidió no preguntar más de lo necesario acercándose a la pared donde se recargó con los brazos cruzados.

Hermione continuaba con la mirada perdida, como si su mente estuviera siendo transportada de nueva cuenta hace cuatro años atrás donde con sus ilusiones visitaba a su prometido. Recordó que la elección del vestido seguramente le agradaría convirtiéndose en el más inmortal de los recuerdos para toda la vida; no obstante lo que le esperaba en esa habitación cambiaría las cosas de manera cruel y radical.

Solo podía recordar las manos del rubio deslizarse lentamente por los glúteos de la pelirroja untados con la pantaleta del "viernes". De nueva cuenta empuñaba sus manos, agachaba la mirada tratando de contener las lágrimas pero le era imposible. Era el momento adecuado para llorar, para soltar toda aquella ponzoña con la que fue infectada; por lo tanto necesitaba purificarse, deshacerse de todo aquello que la lastimaba.

-Damon… déjame sola por favor.

-No

-Por favor Damon, no quiero que nadie me vea así y eso te incluye—Hermione mordía por pausas sus labios. –Los hombres no soportan las escenitas

El pelinegro no se alejó de la recamara, aún con su torso desnudo miraba a la castaña gracias al espejo que se encontraba frente a ambos; uno grande de cuerpo completo que contenía unas molduras que en algun momento determinado fueron doradas. A pesar de estar rayado, oxidado y cuarteado, se podían distinguir perfectamente los reflejos de cada uno.

-Yo no soy un hombre bombon

-Damon solo… no quiero que me veas…

-Mírame—Ordenó él con suavidad, pero a su vez contundente.

La castaña se silenció para prestarle la atención debida, aún con sus ojos enrojecidos e hinchados le sostenía la mirada que había demandado su escort. Pudo observarse a si misma, su rostro conservaba al menos la base del maquillaje aunque no logró decir lo mismo de su peinado. Respiró un poco aliviada al saber que su vestido no había sufrido daños mayores por las ramas en el bosque.

Ella lo observaba por primera vez, detestaba que la compadecieran, que le recordaran lo débil e ingenua que fue al creer en la bondad innata del ser humano, repudiaba sentirse tan vulnerable ante cualquier persona dándole un pase directo a humillarla. Damon ahora la contemplaba, sin embargo notó que evitó tocar el tema de la fiesta en aquel momento; lo que la hizo dar otro respiro de alivio al no tener que dar más explicaciones de las debidas.

-Damon no es momento de…

-Sólo mírame—Volvía a interrumpir. –Solo relájate y déjate llevar, debes alejar a todo el mundo, deja afuera tus miedos, acaba con todos ellos como lo hiciste con el fantasma de la entrada… Sigue mi voz Hermione—La voz del vampiro era tan tranquila, tan apacible como una canción de cuna, y a su vez tan sensual como una melodía envolvente que incita a cualquiera que la escucha a cometer actos inimaginables.

Hermione se debatía entre la tristeza y el erotismo , pues con el solo hecho de ver al pelinegro sin camisa enfrentando cruelmente las inclemencias del tiempo lo hacían parecer como un macho alfa adaptándose a su naturaleza. Damon Salvatore cautivaba a cualquiera que estuviese frente a él, miraba su cuerpo, sus pezones rosados que no se erectaban por el frío. No obstante, le era difícil ignorar aquella presión que seguramente él sentía en la entrepierna.

El solo imaginar el camino de vellos oscuros que se dibujaban desde el ombligo hasta el inicio del pantalón despertaban en ella emociones tan exóticas como la adrenalina pura. Ahora sabía que era un vampiro, conocía su verdadera naturaleza y por lo tanto deseaba evitar a toda costa descontrolar a su acompañante debido a su necesidad de sangre. Pero era inevitable… había tanta rabia en ella, tanta impotencia que sus instintos más primitivos salían a la luz depositando cada una de esas emociones mezcladas en un cuerpo caucásico de bellos ojos aguamarina.

-No dejes de mirarme—

-Damon…- Respondía en un hilo de voz entre cortada. – No debemos…

-Mírame, tan solo relájate—

Lo observó conducir su caucásica mano engalanada con aquel anillo de lapislázuli por la superficie del espejo. Sintió sin desearlo una pequeña descarga eléctrica al mirar con claridad que aquellos dedos se deslizaban con suavidad por el contorno de su rostro reflejado en el espejo, así que por instinto cerró los ojos relamiendo sus labios tratando de alinear los frenéticos latidos de su corazón, pero aquel musculo tan importante estaba tan rítmico como una fabrica nocturna de dulces.

Sin dejar de mirarla, condujo sus habilidosos dedos sobre el espejo donde su hombro desnudo se reflejaba, despacio, lento, tan solo las puntas de ellos bailoteaban sobre esa superficie como si se tratara de su propia piel. Entre tanto la castaña seguía con la vista esa mano posicionando la suya en el inicio de su estraple.

-Quítatelo- Imperaba el vampiro con suavidad.

Los instintos primarios y expuestos de la castaña predominaron ante la cordura y la razón, por lo que despacio deslizaba el tirante hacia su antebrazo reflejando el inicio de su seno derecho. Parecía que la mano de Damon Salvatore le mostraría la dirección como si se tratara de un líder, una batuta que sincronizaría más tarde una gran orquesta de hermosa y melodiosa música. Su respiración se volvía acompasada, lenta, mostraba sus emociones apaciguadas a la sola merced de esos dedos que la desnudaban sin tocarla.

Damon bajo despacio el pulgar hasta tocar por el reflejo su pezón sobre el hermoso vestido. Hermione entrecerró sus ojos casi sintiendo el toque de forma directa; sin embargo su sola imaginación, su deseo, su anhelo por convertir eso en una realidad comenzaron a encenderla provocando un inminente despertar de la leona Gryffindor; quien dispuesta a saciar sus mas ocultos y pecaminosos deseos se prestaba a ese juego tan erótico que le parecía fascinante.

Mordió con algo de fuerza su labio inferior, paseaba su lengua rosada sobre sus labios sintiendo a su vez el latir de su corazón a punto de salir de su sitio. Aquel lugar siniestro, la oscuridad, el espejo, la situación misma del engaño recibido en la fiesta podían significar para ella una mezcla complicada, emocionante y llena de adrenalina jamás experimentada.

Hermione Granger nunca estuvo acostumbrada a vivir al límite a pesar de haber sido en su momento una suculenta presa para mortífagos intolerantes. Sin embargo ahora tenía miedo, pavor, pues en aquel instante observó la verdadera cara de Damon Salvatore. Esa misma que había descubierto en el bosque junto a algunos cuerpos desangrados que le habían servido de festín. Una imagen tenebrosa y aberrante engalanada con un par de ojos azules aguamarina.

Sin embargo ahora esos orbes se habían oscurecido. Unos colmillos pronunciados y seguramente filosos se reflejaban en el espejo junto a esa mano que descendía deliberadamente por su vientre.

-Damon…

-Per… Perdóname… es que yo.—El vampiro intentó guardar la compostura desviando su rostro sintiéndose avergonzado por primera vez de su naturaleza.

-No—Interrumpio la castaña mirándolo con ternura, le ofrecía una cálida sonrisa aun con su respiración acompasada. – Quédate así

-Pero…

-Damon, no te escondas de mí—Hermione se recostaba en el sofá mirándolo de manera libidinosa, algo que jamás pensó de ella misma y sin embargo ahora emanaba reclamando esa parte de ella que merecía por tener un lugar en su vida. Deslizó su vestido hasta su bajo vientre sin dejar de observarlo, haciendo que el vampiro sintiera en el pantalón una presión dolorosa que ansiaba por salir.

-Damon… -La castaña mencionaba con un par de lágrimas en los ojos, su boca se entreabría deseando terminar la frase, no obstante, el vampiro observaba que con dificultad podía pronunciar palabra alguna. Miró con claridad la forma en que Hermione desabrochaba su sostén dejando al descubierto sus senos.

-Se que te … debería más dinero…

Sin dejarla terminar la última frase, aquel pelinegro y erecto vampiro se acercaba a gran velocidad hasta el sofá tomando a Hermione de la cintura. Sus ojos oscuros, sus colmillos completamente al descubierto, así como su alma oscura a flor de piel contemplaban a una desesperada, triste y derrotada Hermione Granger. Apretó su cintura despacio deslizado lo que restaba del vestido, relamía sus colmillos al observar la vena carótida tan apetecible de su clienta; no obstante, su corazón muerto ahora se sentía más vivo que nunca, como si una llamarada intensa de emociones naciera desde el interior para hacerlo sentir como aquello que creyó olvidado… Como humano.

-Hermione, podría… hacerte daño y no quiero.

-No creo que me puedan hacer más daño Damon—Con un movimiento rápido lo tomó de sus manos colocándose a horcajadas. Su cabello castaño caía sobre sus pechos tocando su tórax caucásico. –Quiero que me lo hagas… como a las otras mujeres, no me tengas compasión.

-Hermione… no…

-¿Acaso no eres lo suficientemente hombre?—Retaba ella. –No me gustaría compararte con Draco y otorgarle la victoria.

En aquel instante la dulce, compasiva y empática Hermione Granger daba paso a una más aguerrida e intrépida mujer que tan solo deseaba vengarse. Necesitaba experimentar por primera vez lo que se había perdido por tanto tiempo a causa del trabajo y el recato mismo de su educación. Damon la observaba fascinado, si bien le gustaba la forma tan controladora, estricta y meticulosa de su personalidad ahora consideraba que esta nueva faceta era avasallante y exótica.

-¡Eso si que no!—Con velocidad sobre humana la lograba levantar de la cintura hasta posicionarla de espaldas contra el espejo. –Y esto es… Por mi cuenta Hermione, porque yo también deseo hacerte el amor como un cabrón loco, deseo hundirme, poseerte, porque eres mía, ¡Solo mía!—Concluía el vampiro acercando sus labios junto a un exhalar urgente y excitado, pues ahora su miembro duro le imperaba introducirse en ese recoveco suave y húmedo de su clienta.

Aquellas palabras encendieron el cuerpo y el corazón de la castaña, comenzó a tomarlo de la nuca para fundirse en un beso apasionado no importando herirse su propia lengua con los colmillos afilados ajenos. El dolor, la decepción, la pasión y otros sentimientos resultaban ahora la misma cosa cuando se trataba de saciar los instintos primarios. Hermione no deseaba un amor para toda la vida, anhelaba vivir y hacerlo intensamente para atesorar esos recuerdos hasta el día de su muerte. Concluía que la eternidad no era precisamente lo que podía pedirse a un simple mortal, y que el matrimonio tan solo era un papel que en su momento sería la ruina de alguna de las dos partes involucradas.

Sin preámbulo alguno, Damon tomaba la pierna derecha de la chica colocándola sobre su cintura. Acariciaba de manera un tanto brusca la suave y tersa piel de su cliente relamiéndose los colmillos como si se tratara de saborear un postre codiciado y suculento. El solo hecho de observar la caída de su castaño cabello, el aroma de su perfume y el brillar de sus ojos lo incitaba a cometer las más bajas perversiones vampíricas.

Hermione sentía que aquellas manos caucásicas recorrían su piel como si fuesen un par de brazas que la ultrajaban, la mancillaban, husmeaban en su intimidad sin aviso alguno. Su corazón latía a ritmo acelerado experimentando una leve humedad en sus bragas, su intimidad también lo deseaba, anhelaba ser poseída por aquella bestia hermosa de ojos azul aguamarina y miembro razonablemente apetecible. No había sido la primera vez que sostuvo relaciones con él, así que conocía cada detalle de su cuerpo como la palma de su mano.

El pelinegro vampiro recorría con sus labios sus prominentes y suaves senos, usaba su lengua despacio para impregnarse con el sabor a paloma Picasso que su piel tersa emanaba. Enredaba sus habilidosos dedos en los cabellos castaños dando un masaje erótico con ellos a su cabeza. Hermione entrecerraba los ojos a pausas sintiéndose por primera vez una mujer deseada, anhelada, suculenta para alguien.

Damon condujo despacio su lengua hasta llegar al travieso ombligo de la chica, tan solo podía sentir los espasmos ajenos hacerse presentes después de cada toque y de vez en cuando, escuchaba algun gemido dócil como si de una gatita indefensa se tratara. Admitía que adoraba esos sonidos, pues cada gemido, retozo, mordida, cualquier cosa kinestésica que observaba le daba un claro triunfo a sus talentos en la cama. Respiraba aliviado no haber perdido el toque a pesar de considerarse anticuado.

-¡Damon! – Susurraba ella pasando saliva como si se tratara de un puñado de tierra en su garganta, su corazón acelerado ahora se sincronizaba con su movimiento de caderas al sentir tan cerca el rostro del vampiro en su intimidad. -¡Damon! ¡Damon!

Salvatore adoraba eso, cada frase, cada sílaba tan entonada en ese canto susurrante y erótico. Sabía que lo necesitaba, sabía que lo deseaba con cada fibra de su ser al pronunciar su nombre de manera ferviente y demandante. Sonrió con galanura sin dejar de casi rosar la intimidad de su castaña con la lengua, pues ahora se encontraba a pocos milímetros de ella hasta que por fin logró colarse por el recoveco húmedo donde alguna vez había entrado.

Lo había llamado para entonces… Su lugar favorito.

Hermione abrió los ojos de manera abrupta al sentir aquella parte blanda y lubricada tocando sus paredes, sus labios interiores se estremecían creando una ola vibrante que se esparcía desde su vientre hasta la punta de sus dedos. Ahora no tenía control de su propio cuerpo, su voluntad estaba sometida a los deseos y perversiones de un vampiro con ciento cuarenta y cinco años de edad que seguramente también los tenía de experiencia.

Damon volvía a adoptar la negrura de sus ojos, pues sin intención alguna observó de reojo una de los conductos principales donde circulaba la sangre. Se trataba de la vena femoral que irrigaba lo necesario desde las extremidades hasta el corazón; bien podía saciarse, desangrarla hasta la última gota dándole como agradecimiento la mejor noche de sexo y placer a cambio de abastecerse de alimento. Relamía sus colmillos, mirar el muslo de Hermione contraerse no le resultaba fácil, pudo incluso notar como aquella vena principal lo esperaba ansiosa, como una propuesta indecorosa que podía llevarlo a la perdición de aquella decepcionada y traicionada castaña.

Cerró sus ojos por un momento, no quería herirla, no después de lo ocurrido y haberse enterado que su mejor amiga llevaba algún tiempo sosteniendo relaciones clandestinas con Draco Malfoy. Su clara intención era hacerla olvidar, desaparecer esos tortuosos recuerdos y de ser posible hipnotizarla hasta dejar su mente en blanco. Prefería que continuara siendo la controladora Hermione Granger a una mujer totalmente asqueada de la vida misma.

Sostuvo sus piernas colocándola a horcajadas sobre su pelvis. No dejaba de mirarla aún con la negrura en sus ojos marcada, con aquellas venas salientes que ansiaban el consumo de sangre, con la bestialidad a flor de piel que reclamaba una presa suculenta. Hermione abría su boca atrapando los labios ajenos con sus dientes, pues ahora disfrutaba los habilidosos dedos juguetear con su intimidad, y mientras abría sus piernas deslizaba su mano hasta el trasero de ese hombre que estaba a punto de poseerla.

No le importaba nada… No le interesaba el pasado, el presente o el futuro, tan solo la compañía de ese hombre que le regalaría la mejor forma de descargar sus sentimientos encontrados.

Damon Salvatore tenía el miembro más rígido que una estaca de madera a punto de atravesarlo. Por primera vez en su vida; y a pesar de haber estado una vez con Hermione en la intimidad sentía que la ultrajaba aprovechándose de su corta edad para poseerla. Sin embargo por otro lado la sola idea de pensar en esa abismal diferencia de edades lo endurecía un poco más nombrándose como el más fuerte. Quizá la testosterona o el orgullo masculino estaban hablando por el en aquellos agitados momentos.

Se afianzaba de manera urgente a sus caderas, las bragas ahora se encontraban en el suelo importándole poca cosa a su dueña. La castaña observaba con fascinación y sorpresa a un vampiro que la tocaba, sentía aquellos dedos fijarse en su piel para acomodarla adecuadamente a su cintura. Escuchó por algunos instantes un sonido gutural que desconocía en Damon; no obstante colocaba atención a la manera primitiva en la que ese vampiro hacía su trabajo. La sola idea de imaginarse a si misma caminando entre brazas, conduciéndose al filo del peligro la avivaba, la encendía como una llamarada y la humedecía como si se tratase de un oasis esperado en medio del desierto.

-¡Damon!—Volvía a repetir con los ojos cerrados, y al mismo tiempo el vampiro atrapaba sus labios después de terminar de pronunciar su nombre, y así cada vez que lo repetía, una, y otra, y otra, y otra vez hasta enrojecerlos.

-Hazmelo… te lo suplico—Demandaba, imploraba y suplicaba aquella chica ser poseída.

El vampiro se volvió un animal insaciable, su único objetivo esa noche era propiciar la mejor noche de su vida no solo a su clienta; sino a su ahora nuevo amor. Se aferró a su cadera tomando con la otra mano su poderoso miembro hundiéndolo de un solo golpe. La sensación fue desgarradora y placentera para ambos, ya que la humedad, el calor y la intensidad de sus cuerpos ahora se fusionaban uniéndose al instante en un sincronizado vaivén después de la inesperada coalición para ella. Un grito de placer emanó desde lo profundo de su garganta al sentir que se partía en dos debido a la fuerza de aquel vampiro contra su vientre. Pero por otro lado le había resultado lo más placentero en todo el universo.

-¡Hermione!—Damon jadeaba como un animal mientras movía su pelvis entrando y saliendo de manera bestial, tomaba una de sus piernas asegurándola contra su cintura. Lo observaba fruncir el ceño, contraer su nariz, apretar sus dientes a pesar de los pronunciados y afilados colmillos que sobresalían; aquel rostro era tan épico que se conservaría en su memoria para toda la eternidad, o al menos para la vida que le restaba.

-Damon…- Tragaba saliva. Lo tomaba del rostro con ambas manos acariciando a su vez las venas que se marcaban en sus pómulos, contemplaba la negrura de sus ojos no importando el paradigma de la diferencia de especies regalándole una cálida sonrisa. – Hazlo…

-¿Qué?—El seguía penetrando con mas fuerza esta vez abarcando con el brazo izquierdo su espalda.

-Muérdeme

-Hermione no creo que…

-¡Muérdeme!—Aquella orden sorprendió al vampiro, miraba con desconocimiento y fascinación a la mujer que había volteado su mundo de cabeza, nadie le había imperado con aquella suavidad, con esa firmeza en las palabras.

La penetraba sin dejar de contemplarla, cada embestida era placentera, desgarradora, única, tan especial que Hermione intentaba no cerrar los ojos en cada impacto. Bien decían que los vampiros estaban completamente helados; no obstante ella podía refutarlo al comprobar en carne viva la llamarada que envolvía a ese trozo de carne erecto que la estocaba una y otra vez de manera progresiva.

Al instante unos ojos oscuros se hacían presentes, la negrura, las tinieblas acumuladas en un par de orbes hermosos reclamaban sangre, sexo, el instinto mismo del depredador insaciable. A la castaña le parecía ver un brillo diminuto en el filo de sus colmillos, unos dientes pulcramente blancos y una lengua rosada. Tomó su rostro con ambas manos acariciando con sus pulgares los pómulos llenos de venas latentes.

-Hazlo Damon…

Sin pensarlo otro momento, el pelinegro se colocaba con suavidad en el cuello de su clienta hincando con precisión aquel par de colmillos.

-¡Ah!- Un gemido inesperado salió de la garganta de aquella chica castaña, sentía su cuello herido junto a un liquido tibio resbalando por sus hombros. Ahora estaba siendo la presa de ese vampiro sanguinario.

No pudo explicarse a si misma la experiencia que había resultado dejarse morder por un chupasangre; y a pesar de haber visto películas relacionadas no se imaginaba a sí misma en la piel de Mina Harper, ahora todos los paradigmas que tenía sobre ellos cambiaba de manera radical al comprobar el verdadero éxtasis que provocaba menguar en la línea entre la vida y la muerte.

Si aquello era pecado, estaría condenada por siempre al infierno y poco le importaba. El máximo placer no radicaba en la penetración, en el coito, en fundirse contra el cuerpo de ese hombre sino en ser devorada lentamente por un depredador a la altura de Damon Salvatore.

El pelinegro embestía con mas fuerza, aquel exquisito elixir le daba fuerza para continuar, se alimentaba de todas las formas posibles, pues con simples palabras no podía definir aquel sabor tan dulce que recibía su paladar. Había probado distintos tipos de sangre, diferentes cuerpos, bastantes aromas mezclados, pero ninguno como el que ahora degustaba como un suculento y selecto vino costoso. Simplemente la consistencia, la textura y el aroma lo enloquecían desembocando una erección que difícilmente podría apaciguarse.

-¡Damon!- Ella susurraba, su voz entre cortada definía a la perfección el grado de ardor en sus entrañas. -¡Damon! ¡Mátame Damon!

Suplicaba, imploraba, deseaba ser devorada, engullida, saciada, desangrada por completo para de esa manera disfrutar la plenitud que propiciaba aquel acto tan prohibido y pecaminoso. Todo su cuerpo ahora se encontraba a merced del hambre de ese vampiro sanguinario con ojos hermosos, dependiendo de su virilidad para sobrevivir, de su hombría, de su bestialidad en su máximo esplendor.

Damon no deseaba parar, ahora sus instintos se descontrolaban sobremanera; no obstante algo en su interior lo obligaba a detenerse, necesitaba ponerse un alto a si mismo o la consecuencia sería devastadora. No le interesaba ser encerrado, enjuiciado o incluso ejecutado por aquel crimen que esperaba no cometer, sino el hecho de privar de la vida al ser que ahora amaba.

Con fuerza sobre humana, incluso sobre vampírica lograba retirarse. Hermione pudo observar sus colmillos teñidos de su esencia escarlata, aquella boca que hace segundos la besaba ahora se encontraba untada con su sangre. En alguna otra circunstancia esa escenografía le hubiese parecido asquerosa y aberrante, tan inverosímil como no estudiar para una materia, sin embargo ahora se sentía con la necesidad de acercarse, de ser ella quien ahora lo devorara despacio.

Sin contemplación, sin cuartel alguno se atrevió a tomarlo de la nuca para besarlo pudiendo comprobar que el sabor de la sangre no era del todo malo. Bien dicen que todos los seres humanos tienen filias y fetiches retorcidos, unos más que otros pero a final de cuentas cada ser en el planeta cuenta con ellos. En el caso de Hermione Granger podía ser ahora la sangre.

Se hirió la lengua al rosarla con sus colmillos, mientras que Damon tragaba esos hilos como parte de un regalo extra que ahora ella le estaba otorgando. Le alborotaba su cabello oscuro, mientras que él continuaba penetrándola despacio tratando de sincronizar con el movimiento de la castaña. Con una de sus manos apretaba uno de sus senos, utilizaba su pulgar para acariciar y estimular los pezones de manera magistral provocando varios gemidos pausados. Podía verse a si misma siendo poseída a través de ese viejo y rayado espejo contemplando las majestuosas nalgas de Damon moverse de manera pausada, sin embargo lo que mas le fascinaba; y lo admitía, era su poderosa espalda caucásica.

Al cabo de algun momento Damon la miraba a los ojos regresando el azul intenso que los caracterizaba, aunque todavía conservaba algun tinte rojo en ellos a la castaña le parecieron los más hermosos todavía.

-No dejes de mirarme Hermione—El ahora suplicaba.

Con cuidado el pelinegro tomaba asiento con las piernas separadas sobre el sillón mullido y empolvado que se encontraba a unos cuantos metros de distancia no sin antes tomar a su chica de la cintura sintiéndola tan ligera cual pluma. Hermione no supo en que momento se sentía como una muñeca de porcelana a merced de ese habilidoso coleccionista de ellas, no obstante aquella emoción fue tan única como las anteriores.

La colocaba en su regazo aún con su miembro hundido en ella, la tomaba con cuidado de las bien torneadas y suaves nalgas separando sus muslos de forma lenta. Mientras tanto ella posicionaba la palma de sus manos sobre su pecho para apoyarse. Aquel vampiro insaciable podía contemplar las curvas de su chica desde un ángulo completamente distinto, dibujaba con su mirada el contorno de Hermione Granger desde sus caderas, su cintura, su par de senos al descubierto y a su vez el cabello castaño cayendo por sus hombros.

Ahora ella tomaba la iniciativa, como si de una leona recién despierta y hambrienta se tratara comenzaba a hundirse aquel miembro ella misma. Ladeaba su cabello arqueando un poco su espalda permitiéndole al vampiro tocar parte de ella. Aún tenía ese par de orificios en su cuello, mismos que todavía emanaban un par de hilillos de sangre que resbalaban hasta sus senos. Mordía sus labios con fuerza alzando la cabeza con su mirada al techo, podía sentir incluso tocar el cielo al verse tan expuesta y a merced de su chupasangre.

-Hermione… Mírame—Él le suplicaba llevando una de sus manos al rostro. –Quiero recordar esto, quiero hacerlo.

Ella tan solo lo miraba curvando media sonrisa en sus labios, sus ojos castaños se fijaron en aquella intensa aguamarina cristalizada, suplicante y demandante. Volviendo a tomar la iniciativa comenzaba a penetrarse aun conservando el contacto visual, la conexión entre ambos era tan impresionante que experimentaban la fusión misma entre las dos especies. Lento, sincronizado, letal, peligros, tan suave como el cántico de una sirena… Todas y cada una de esas sensaciones era tan placentera como la otra.

No se prometían amor eterno, sus mundos eran completamente diferentes, ajenos, como dos gotas separadas que no podían mezclarse. Sin embargo ese momento, esa semana se había convertido en aquella tan inalcanzable para muchos… El vivir un amor intenso, un amor a la medida, un sentimiento tan amor de piel digno de ser recordado hasta el final de sus vidas. Quiza la intensidad de todo aquello se debía a tener conocimiento de un final inminente. Era el caso de Hermione Granger y Damon Salvatore… pues aquellos dos no volverían a verse.

Continuaron entregándose a la pasión, a la lujuria, al amor, al desamor, a la decepción, al peligro mismo y a vivir en carne propia el límite entre la vida y la muerte. Sus cuerpos desnudos no conocían de prohibiciones, tabúes, recato, decoro o cualquier calificativo que la sociedad misma pudiese otorgarles, tan solo eran dos seres que se necesitaban y no descansarían hasta saciarse por completo.

Fue en ese momento que ella sintió un espasmo en su vientre, la contracción del torax caucásico desembocaba en un manantial que ahora invadía su cuerpo. Damon Salvatore se estaba despojando de aquello que llevaba guardado desde hace algunos días. No temía dejar a Hermione embarazada, pues aquel hecho era prácticamente imposible tratándose de un vampiro, pues esto no sería una de esas novelas baratas donde difícilmente se conoce sobre la condición.

Ella se recostaba en su pecho, había tenido el mejor sexo de toda su vida y quizá de muchas otras... Sin embargo volvía a la realidad, pues bien dicen que aquellos actos son como la droga misma, pero cuando se vuelve a tocar tierra firme los problemas, las angustias, los miedos vuelven a hacerse presentes con mayor intensidad como si se tratara de un precio un poco alto por unas horas de placer divino.

-Hermione… Quédate conmigo—Damon estaba exhausto, tomaba a su castaña de la cintura para sentir completamente su desnudez, su cuerpo menudito yaciendo sobre el suyo.

-Damon… - Estaba a punto de revelar su verdadero sentir, no obstante sintió el pulgar ajeno cubriéndole los labios.

Quizá era mejor no hablar, no prometer, no juzgar, no comparar o discernir sobre lo hecho. Ambos concluían con la mirada que aquel camino era el mejor cuando se trataba de dos personas apunto de despedirse.

-Damon… Gracias por todo—Hermione se atrevió a decir.

-Linda, no lo hagas aún por favor, te lo suplico—Él contestaba con suavidad frunciendo su mirada un poco. Hermione casi sentía su corazón partirse al observar esa gesto tan infantil y hambriento de cariño. –No lo hagas todavía.

Hermione debía continuar, sentía que debía continuar.

-Damon, gracias por hacerme vivir de nuevo, por mostrarme que había algo más allá que el trabajo, por hacerme vibrar como mujer—Se acercaba a sus labios sonriendo. –Eres un hombre por el que no solo vale la pena luchar… Sino por el que se iría a la misma guerra.

-Hermione, lucha por mi entonces… no permitas que…

-Somniferus Totalus—Tomaba su varita colocándola en la sien del vampiro provocándole un inminente sueño.

Aquellos encantamientos eran tan menores pero a la vez infalibles. El vampiro quedó sumido en un descanso profundo del que seguramente tardaría en despertar en unas cuantas horas transcurridas. Lo tomaba del rostro, contemplaba por última vez aquellos labios rosados, ese cabello negro, cerraba sus propios ojos para atesorar para siempre los momentos que tuvo a su lado. Aquella sería la más triste y más terrible de las despedidas.

-Pero soy demasiado cobarde para luchar… ya no me quedan fuerzas Damon—Suspiraba tomando una moneda de plata que se encontraba tirada en el piso. Lo miró con determinación y a su vez derramando un par de lagrimas en sus ojos.

-Damon Salvatore… Sin pretenderlo, sin buscarlo… Me he enamorado de ti como una loca—Suspiraba. –Te amo Damon Salvatore, y un hombre como tú no será fácil de reemplazar.

-Te amo… Mi amor de alquiler.

Hacía un esfuerzo sobrehumano para no derramar lágrimas, no obstante ya era demasiado tarde. Sus sentimientos comenzaban a florecer como si fuese un volcán a punto de hacer erupción, aquellos mismos que había tratado de contener se desalojaban uno a uno de su corazón a través del agua que sus ojos emanaban.

-Transferum Destinum… Inominus Homos… -Suspiró colocando la moneda sobre el cuerpo desnudo de Damon asegurándose colocar debidamente también su ropa. Ella por otra parte se alejaba poco a poco tomando asi mismo el vestido para cubrirse un poco.

-Destinum Mystic Falls… -

En aquel instante el vampiro pelinegro desaparecía del piso envuelto en una ráfaga de luz que se lo tragaba de un bocado. Hermione se quedó quieta por un rato en aquel sitio tratando de atesorar ese último momento compartido con su escort.