Lo que parecía ser una reunión sin precedentes terminó convirtiéndose en la comidillas de todo Londres para días posteriores, ahora todo el mundo hablaría que por fin Harry Potter había sido derrotado no por un mago tenebroso, sino por el terrible monstro de la traición. La profesora McGonagall estaba dispuesta a guardar la compostura ante los acontecimientos; no obstante era inevitable que todos y cada uno de los congregados no hablaran aunque fuese un poco de lo que presenciaron en unas horas anteriores.
Después de aquella declaración de Ginny Weasley todos y cada uno de los familiares no sabían qué palabras decir, que hacer o la manera perfecta de actuar ante una situación tan delicada como aquella. Molly miraba a su única hija como si en verdad no la conociera, ahora lo que tanto detestaba en una mujer fatal encarnó sin conocimiento previo a la menor de su estirpe.
Harry se había retirado con la frente en alto, con lágrimas frescas que emanaban de sus ojos verdes prefiriendo tal vez que la cicatriz le ardiera como nunca para justificar tal dolor y pena. Hermione por su parte sabía que necesitaba espacio, su tiempo a solas, tan solo esperaba que Ron estuviera con él en estos momentos complicados, después de todo había ignorado la relación que su hermana menor sostenía con su ex novio.
Draco sentía el sabor salado de su propia sangre salir de sus labios, miraba a todos los presentes en el gran comedor recordándole que continuaba siendo una escoria; si bien no era por las acciones en la guerra pasada, lo sería por esta afrenta que tan directamente cometió contra Harry. No eran los mejores amigos, pero después de la terrible caída que sufrió de su pedestal, aquel chico de la cicatriz había hecho algo que de niño le negó… Tenderle la mano.
Miraba a Hermione, observaba a la única mujer que amaba de verdad en la vida y que quizá amaría aún en su lecho de muerte. Si en algún momento existió una posibilidad de recuperarla ahora se evaporaba como el agua a extremas temperaturas. Sin mirar a su despampanante accesorio de medidas proporcionadas se dio la media vuelta para dirigirse a la salida, sabía a la perfección que tratar de dar alguna explicación tan solo empeoraría las cosas al límite de pulverizarlas.
La castaña de ojos miel lo sabía, pues de nada serviría la mejor excusa para redimirse, había algo mucho más importante por lo cual no le correspondería al platinado, y eso se reducía a una sola cosa. Ya no lo amaba.
Quizá para ella significaría algo demasiado sublime en su vida, aquel "Dramione" del que muchos hablaban, cotilleaban, aquella pareja inmortal que se reduciría a un fugaz recuerdo para la posteridad sobre la forma en que un sangre pura se había enamorado y cambiado su vida por a quien consideraban… Sangre Sucia.
Hermione lo quería, lo quería como lo que había significado, pero las cosas cambiaron en tan solo un instante. Su corazón, su alma, su cuerpo, todo su ser ahora pertenecía a otra persona, a un hombre que había alquilado para demostrarle precisamente a él que podía continuar con su vida sin importar lo pasado. Pretendía ingenuamente engañar a los demás con el cuento irónico del amor a la medida intentando crear una farsa lo bastante creíble para alejar las molestas preguntas a su alrededor. No obstante había una regla que ni siquiera la astucia nata de Hermione Granger podía burlar… "Con el corazón no se juega".
Todos y cada uno de los invitados comenzaban a retirarse en silencio tratando lo más posible de mostrarse prudentes ante la evidente vergüenza de los Weasley. Los respetaban, los querían a pesar de lo que su hija les había mostrado, después de todo continuarían siendo unos auténticos héroes de guerra. Uno a uno se alejaban del gran comedor para retirarse a sus habitaciones, muchos otros abandonarían el colegio en un par de horas para evitar dar la cara a los pelirrojos y no verse forzados a dar su opinión que quizá no era requerida.
Hermione decidió hacer lo mismo escabulléndose por los pasadizos secretos del colegio que conocía como la palma de su mano. Daba gracias a Merlín que las contraseñas hubiesen sido las mismas de hace algunos años o de lo contrario tendría que verse obligada a subir por las escaleras cambiantes enfrentando las miradas de todos los invitados llenas de lástima.
Necesitaba evitar a toda costa frases como "Pobre Hermione" "¡Cómo se atrevió esa zorra de la Weasley hacerle eso!" "Espero que el guapote de Damon Salvatore le dé su merecido al estirado y patán de Malfoy"
Simplemente no necesitaba escuchar cotillas, rumores, murmullos, voces extrañas a ella misma. Solo deseaba estar sola preparando sus cosas para su regreso a Norteamérica y esta vez su destino sería Canadá donde se esforzaría para tener una nueva vida distinta alejada de los amores, de su pasado, de lo que había presenciado en su colegio que tanto amaba.
Salió por fin por el retrato del conocido Pirata Barba negra; a decir verdad desconocía el motivo por el que un colegio tan prestigioso de magia colocara a un personaje bandido dentro de su extensa galería movible. Sin embargo no deseaba ir a la biblioteca para resolver su duda, por un segundo, por un instante dejaría de ser la Sabelotodo Granger para hundirse en su recamara hasta la mañana siguiente al despuntar el alba.
Cuando abrió la puerta observó la cama, y sin intención alguna la imagen de un pelinegro yacía en ella con los brazos cruzados bajo su nuca, con sus ojos aguamarina tan expresivos, su sonrisa descarada y petulante esperándola para lo que tendría que hacerse en el itinerario. Sin pretenderlo sonrió como una chiquilla no pudiendo evitar sentir nostalgia, un vacío que se obligaría a llenar con el trabajo siendo posible matarse hasta lograrlo.
El amor no le ganaría la partida, no esta vez… No esta vez.
Se colocó frente al espejo secándose las pocas lágrimas que había llorado jurándose a sí misma que serían las ultimas que derramaría por un hombre. Aflojó la cremallera del vestido hasta que por sí solo se retiraba de su cuerpo. Lentamente logró quitárselo para colocarlo cuidadosamente en el gancho respectivo, después de todo aquel atuendo no tenía la culpa de no ser lucido como era debido, bien podría haber otra boda a la que fuera invitada y lo usaría sin dudarlo, aunque sería la única mujer sentada en la mesa mientras las otras solteras sin compromiso se congregarían como abejas al momento de que la novia lanzara el ramo.
Su imaginación también le daba unos instantes de sentido del humor y era gratificante.
Miraba la luz de la luna reflejada en el espejo, y aquel mismo le recordaba la noche candente que tuvo con Damon, observaba detenidamente su imagen pudiendo imaginarse al pelinegro detrás suyo recorriendo con sus manos caucásicas su vientre, llenando de su frio aliento su espalda observándola a su vez con sus ojos azul aguamarina. Quizá el deseo mismo de volverlo a sentir provocaba que también recreara el anillo de lapislázuli engarzado con el escudo de águila.
Cerraba sus ojos apretando sus labios, aspiraba a pausas una gran cantidad de aire intentando percibir su aroma a bosque, a pino, aquel olor fresco que la había embriagado desde que lo conoció en los días pasados. Le gustaba pensar que él seguía en esa habitación haciéndole compañía, que la volvería a besar con toda la pasión del universo para hacerla olvidar ese pésimo y aberrante momento.
No necesitaba otra cosa, solo anhelaba volver a ver a Damon… a su vampiro.
-Soy… una maldita loca—
Se reía de sí misma al pisar tierra tan abruptamente y recordarse que nadie más que ella se encontraba en la habitación, por lo que decepcionada de la realidad se dejó tumbar en la cama aun vistiendo sólo unas bragas y un sostén a juego. Estar desnuda le daría lo mismo en aquel espacio.
En aquel momento escuchaba unos golpes algo torpes en la puerta, como si un troll intentara invadir su intimidad para comérsela. Rodó los ojos por un instante pensando que de nueva cuenta volvía ser estúpidamente interrumpida al recordar al vampiro pelinegro considerando todo aquello como una injusticia poética.
Sin preocuparse por llevar algo encima decidió abrir la puerta pensando que una llorosa Ginny Weasley o un sumamente arrepentido Draco Malfoy estarían del otro lado para pedirle un millar de veces disculpas. No deseaba recibirlos, no quería de nuevo recordar lo acontecido unas horas antes, pero de negarse probablemente insistirían a tal punto de no dejarla descansar aunque fueran unos minutos.
Cuando por fin lo hizo observó con suma sorpresa que ninguno de los dos esperaba una entrevista, miró de nueva cuenta y observó a un Harry Potter totalmente desalineado, destruido, hecho añicos por la humillación. Aquel joven de cicatriz de rayo se encontraba despeinado, con los ojos enrojecidos a causa del llanto, los labios húmedos, la camisa que anterior mente planchada y almidonada daría la imagen de un perfecto novio para la boda ahora estaba arrugada, desfajada y un tanto sucia. Su pantalón mostraba algunas manchas de lodo, de tierra, mugre.
-¡Harry!—Exclamó la castaña tomándolo de los hombros para apoyarse.
Aquel héroe elegido se recargaba en el marco de la puerta sosteniendo una botella de Wiskey de fuego; bebida que probablemente hurtó del campo de Quidditch como parte de lo que sería la celebración. Hermione pudo percibir que había bebido más de la mitad sin acompañarlo con hielo siquiera, se preguntaba una y otra vez si se detuvo a desayunar por la mañana con las prisas de la boda.
-¿Dónde estuviste todo este momento Harry?- Preguntaba ayudándolo a entrar a su recamara con algo de dificultad, pues aquel chico había perdido el equilibrio y tardaría en encontrarlo por lo menos hasta nuevo día junto con un dolor horrible de cabeza.
-Donde… Bueno Hagrid… me dijo que… si bebo todo el licor de la fiesta… no se desperdiciaría.
-Te lo dice un hombre que estaba dispuesto a tener un dragón de mascota y que considera que los escregutos de cola explosiva son tan dóciles como los gatos ¡Claro Harry! Te fuiste por el lado de la razón definitivamente—La castaña bufaba exasperada, sin embargo conocía los consejos prácticos del semigigante.
Cuidadosamente logró sentarlo en la cama como si se tratara de un muñeco manejable, sin embargo debía reconocer que aún cooperativo era bastante pesado lidiar con él en ese estado. Se sentó a su lado para observarlo, contempló la devastación que había dejado a su paso la traición de su ahora ex novia. No podía reprenderlo, ésta vez no se atrevería a reprocharle nada aunque en otras ocasiones lo hiciera sin que él se lo pidiera, pues esa era su forma de cuidarlo.
-Quizá tengas preocupados a los demás… a Ron.
-Ron no sabe que… estoy aquí. —Respondía arrastradamente Harry. –Le dije a… Haggriiddd que… le dijera… que esssstoy bieeeen.—Las frases eran cada vez más arrastradas, los movimientos más mecánicos y torpes, como si se tratara de un caso serio de retraso mental.
Hermione tan solo dio un respiro hondo mirando a ambos lados de la habitación esperando que su amigo decidiera tranquilizarse aunque fuera un poco. En aquel instante un silencio sepulcral se cernía entre ambos como si se tratara de un abismo tan profundo del que no podían cruzar tan fácilmente. Había una realidad que se negaban a enfrentar rotundamente para no reabrir las heridas, no obstante por algún motivo Harry había acudido a ella en segunda instancia, quizá esa unión llamada traición se empeñaba a juntarlos para comprobar sus propios daños.
-Yo… yo… la amaaba Hermi…. Hermion… Hermionee—
-Lo sé.
-Compreeee… una casa..—Lo escuchó hipear antes de continuar.—En el valle de… Godric… y compre otra… cerca de la casa de…- Volvió a hacer el mismo sonido. –Sus padres… para que no se sintiera sola mientras… yo trabajaba en… el ministerio.
-Eso escuché—Respondía Hermione lo más tranquila posible.
-Por fin… Sería un Weasley… Por fin tendría padres… Una esposa maravillosa, un hermano… tendría todo… todo lo que no…- En aquel momento la castaña lo miró pegar sus labios a la botella como si de un becerro hambriento se tratara haciéndolo de manera desesperada y urgente, como si aquel licor fuera la solución para sus males.
Hermione solo lo miraba, jamás lo había escuchado decir palabras parecidas, siempre consideró que Harry Potter desde niño ocultaba su pasado tortuoso, sus traumas de niño al ser rechazado por los Dudsley. Nunca había sido testigo de una declaración como esa, y ahora estaba siéndolo tan directamente que decidió prestarle toda la atención permitiendo que su casi hermano abriera su corazón a ella. No haría el intento por interrumpirlo.
-Quería una familia… sentía que… por fin todo… tendría una recompensa para mí.
-Lo tiene Harry, eso no debes de olvidarlo- Ella mencionó acariciando su rostro corriendo un par de mechones oscuros que resbalaban por su frente. Lo quería, amaba a Harry Potter como el hermano que nunca tuvo, lo reprendía como tal y también corregía sus acciones cuando estas lo ameritaban.
-No se que hacer… No sé qué hacer… porque yo…
-La amas Harry, eso es normal.- Lo rodeó en ese instante con sus brazos, y en aquel momento él también se abandonaba a ella como si fuese un niño pequeño que necesitaba consuelo. La castaña solo le acariciaba el cabello escuchando el llanto de su mejor amigo emanar desde lo más profundo de su ser para desquitar poco a poco la humillación de la que fué víctima.
-Llora, hazlo de una vez y no te quedes con nada. -Le susurraba con suavidad depositando un beso su frente.
Se quedó por un par de horas esperando a que su amigo se quedara completamente dormido, por lo menos aquella noche le serviría para no contener por más tiempo la ira que albergaba por aquellos dos traidores. Cuando consideró prudente lo recostó en la cama quitándole el saco, retiraba sus zapatos en otro lugar para que no obstruyeran el paso, así mismo lo desfajaba para evitar que cualquier presión cortara su circulación mientras dormía.
El pelinegro tendría una dura resaca al día siguiente.
Esa noche solo se recostó a su lado mirándolo de frente, observaba el claro reflejo de sí misma años atrás donde alguna vez también se encerró en su habitación deprimida. Ahora todo había pasado, no obstante sería un recuerdo que duraría para el resto de sus días a pesar de no guardar sentimientos por el rubio platinado.
Los rayos de sol comenzaban a invadir cualquier rincón oscuro de la habitación mostrando el inicio de otro nuevo día; aunque seguramente con lo acontecido significaba tener que escuchar las diferentes versiones sobre el fracaso de la boda más esperada en el mundo mágico. Hermione se había levantado al despuntar el alba, a decir verdad no tenía pretexto alguno para permanecer en un sitio que se convertiría en un nido de víboras. Miró a Harry dormir como un bebé sintiendo que se le quebraba el corazón al imaginarse lo que sería el resto de su día.
Por una parte deseaba quedarse, pero otra le sugería que sería mejor dejar que sufriera por su propia cuenta todo aquello hasta fortalecerlo. Dió un largo suspiro terminando de ponerse unos vaqueros sencillos junto a una gabardina de lana corta en color azul para el viaje. Había hecho sus maletas previamente la noche en que llegó de la casa de los gritos, guardó con extremo cuidado el vestido que el vampiro pelinegro le eligió para la ocasión no sin antes mirarlo con intensidad. Si algún recuerdo le quedaría de esa maravillosa etapa, sería ese atuendo tan formal y suave.
Cuando todo estuvo listo se acercó por última vez a su amigo depositando un tierno beso en su frente.
-Sé fuerte Harry, yo siempre estaré ahí para cuidarte, pero esta vez debes superar esto por ti mismo. - Le susurró. -Te amo.
Abrió por fin la puerta de la habitación para dirigirse a la salida; aquella mañana trataría de evitar a cualquier curioso que le pudiese hacer preguntas o mirarla con lástima profunda. Tomó sus maletas para dirigirse a los pasadizos secretos de la escuela que le habían servido el día anterior. Logró por fin atravesar la brecha que conducía al portón principal respirando aliviada, nadie tuvo la preocupación de abandonar la escuela a horas tan matutinas.
Esperó sentada por un par de horas notando que el expresso se estacionaba para llevar a los próximos pasajeros a su destino en Londres. Tomó su equipaje mirando por última vez aquel sitio que le recordaría siempre su niñez, apretó los labios conteniendo las ganas de romper en llanto al no saber la próxima vez que volvería a pisar de nuevo ese suelo sagrado. Entregó el boleto de verificación dando gracias por haber adquirido un precavido viaje redondo; al menos no tenía que lidiar con las preguntas que le haría la mujer que los recolectaba.
Se condujo con lentitud a uno de los vagones mirando de nuevo las amplias y altas torres majestuosas de su alma matter. Harry seguiría dormido, pues una borrachera de tal magnitud no provocaba precisamente unas imperiosas ganas de levantarse y tomar desayuno. Esperaba que con el paso de los días se atreviera a llamarle para saber sobre su estado, y en caso de no hacerlo, ella también tenía su número para estar en contacto.
De repente, sintió que algo era arrojado a su regazo con demasiada prisa, observó a una lechuza alejarse de la ventanilla después de haber cumplido el objetivo que el remitente de un sobre le había asignado. No esperaba correspondencia de nadie, así que le resultaba extraño que alguien le enviara alguna cosa precisamente ese día. Tomaba el paquete entre sus manos leyendo con claridad una caligrafía que no le resultaba conocida. Lo abrió con cuidado para darse cuenta de algo que no esperaba.
Dinero en efectivo.
Miró al mismo tiempo una nota que contenía dicha carta leyendo con claridad el texto.
"Todo está ahí, Damon."
Sin intención alguna un par de lágrimas comenzaron a rodar su mejilla y al mismo tiempo sintió que la maquinaria del expreso comenzaba a ponerse en marcha. El sonido intenso del vapor le indicaba que era el momento de dejar el colegio. No se atrevió a contar el dinero, pero seguramente la cantidad estaba exacta, pues precisamente era en su totalidad los seis mil dólares que Hermione le había pagado por su compañía.
-Damon…
Se quedó mirando a la ventana sin cuestionarse el momento en que su antiguo escort le había enviado aquel sobre. Los detalles, el tiempo mismo ahora le resultaban irrelevantes ante algo que la había dejado sin habla, sin argumentos. Ahora el candor de un par de noches a su lado, sus bellos ojos azules tan profundos como el océano, ese mentón fuerte, su piel caucásica y esa nota de despedida peculiar serían lo único que le restaría por recordar de su amor de alquiler.
El último recuerdo de Damon Salvatore.
***ooOOoo***
Sintió la fría tierra contra su mejilla, poco a poco comenzaba a abrir los párpados para recibir la imagen de una ardilla que comía apresuradamente una bellota. Aquella criaturita se concentraba tanto en su alimento que omitía el haberse topado con un depredador que podría dejarla más seca que una pasa. Su cabello negro se encontraba alborotado, sintió una leve jaqueca a pesar de no ser como los humanos comunes.
Cuando hizo el menor intento por levantarse aquella ardilla se escurría tan rápido como la naturaleza le daba a entender; presa o no, su instinto de conservación le imperaba alejarse.
Observó que se encontraba en un lugar conocido, un sitio que había recorrido anteriormente ya sea solo o con alguna de sus víctimas en el pasado. La espesura de los árboles, las coníferas esparcidas en el suelo, el sonido inconfundible del agua al chocar contra los acantilados eran la clara señal del sitio en el que ahora se encontraba. Mystic Falls.
Sin saber la respuesta al motivo de su llegada notaba con sorpresa que su ropa estaba esparcida por el suelo. Su pantalón, la camisa que había llevado a la fiesta en Hogsmeade estaban a un lado suyo esperandolo. Abrió los ojos como platos al comprobar que se encontraba desnudo, así que inmediatamente se dispuso a vestirse para evitar que alguien lo mirara en ese estado. Sin embargo ya era tarde, alguien más estaba aguardando su llegada.
-Damon- Escuchó una voz bastante familiar al colocarse como pudo la camisa aún sin abrochar. - Pensé que no despertarías, estaba a punto de llevarte cargando pero veo que no hubo necesidad de hacerlo.
Giró la cabeza alcanzando a distinguir a un joven de diez y siete años en apariencia, su cabello castaño alborotado le daban el toque de rebeldía que le caracterizaba desde que lo conocía. Aquel joven vestía una camisa blanca y una chaqueta de cuero, su expresión de seriedad era un tanto fastidiosa para Damon; pues le desesperaba sobremanera no encontrarle ninguna expresión de enfado.
-Hola Stefan- Terminaba de abrocharse el pantalón mirando el rostro de su hermano. -¿Cazando algo para desayunar? Bueno, se te acaba de escapar Alvin por aquel lado, Simon y Theodore no deben de andar lejos- Buscaba sus zapatos sin tener éxito, probablemente aún continuarían en aquella casa tan rara de los espantos.-Creo que deberías preocuparte que todos los animales lleguen a unirse y te linchen- Curvaba su típica y descarada sonrisa sintiendo todavía la frialdad del suelo bajo sus pies.
-No creo que llegue a pasar- Stefan respondía con su voz tan apacible, como si se tratara de un acompañamiento más de la naturaleza, y eso descolocaba un poco a su hermano quien desesperadamente aún seguía buscando su calzado.
-Bien, lamento arruinar esta reunión familiar pero no tengo ánimos de ver televisión como si fueramos Beauvis and Butthead , tengo asuntos que atender.-
-¿Y por esos supuestos asuntos terminaste aquí?-
-Hermanito- Se acercaba Damon tocando su hombro. -Deberías preocuparte por hacer feliz a tu novia en lugar de estar aquí, pero si tanto insistes deberías ayudarme a buscar mis zapatos.
Stefan observaba a su hermano un tanto diferente a comparación de su partida. Siempre pensó que Damon; el mayor de los Salvatore, era impulsivo, liberal, sin ataduras y carente del sentido de la responsabilidad. Había crecido a su lado, su compañero de juegos, en algún momento su mejor amigo y eterno acompañante en aquella penitencia que les impuso la misma mujer de la que ambos se enamoraron. No obstante, había otra cosa que trataba de evitar a toda costa, pues sus movimientos eran desesperados, como si en realidad tuviera prisa por irse de ese lugar.
-Entonces explícame la razón por la que recibí esta nota ayer por la noche-
El castaño vampiro le mostraba una hoja doblada en cuatro partes que con cierta duda tomaba. Aquella misma contenía una caligrafía que Damon conocía o al menos miró alguna vez en Londres. Dió un suspiro fijando sus ojos aguamarina en cada letra, en cada frase como si ella misma estuviese a su lado o la miserable carta fuese una extensión de su propio cuerpo; incluso su imaginación le jugaba una mala pasada al percibir cierto aroma a su perfume.
-¿Quien envió esa nota Damon?
-Una larga historia hermanito.
-Bien, somos vampiros, no creo que el tiempo para escuchar sea el problema.
-Stefan y sus cátedras de crecimiento personal- Rodaba los ojos. -¿Ves por que decidí dejarte?
-Lo sé, pero alguien que al parecer te conoce deseaba que precisamente yo viniera por ti.
-No digas pavadas- Replicaba aún con la atención puesta en el trozo de papel.
" Stefan:
Auque no te lo diga, él te necesita.
Lo encontrarás a unos kilometros"
Cuidalo mucho"
Se sintió un silencio entre ambos hermanos, Stefan quien lo miraba no podía creer que su hermano se perdiera en esa carta de escasas cuatro líneas. Deseaba preguntarle sobre el remitente de aquel papel extraño, pero sabía que Damon escondía demasiadas cosas encerrandolas a cal y canto. No era tan sencillo lograr que se abriera.
-Al principio pensé que se trataba de un señuelo, así que solo marcaba el perímetro hasta que aparecieras- Hacía una pausa. -De repente pasó algo extraño, caíste al suelo en seco después de que una clase de portal te trajera hasta este punto.- El castaño se acercó un poco. - ¿Dónde estuviste Damon? Prometo no hacer más preguntas de las necesarias pero comprenderás que ese hecho me deja alarmado por todo lo que hemos pasado.
El pelinegro vampiro sabía que no tenía escapatoria, pues al evidente hecho de la magia involucrada en su extraña aparición en el pueblo, decidió revelarle toda la verdad antes de que en realidad se alarmara. No sabía por dónde comenzar, si por el hecho de haber conocido a una bruja que pertenecía a un mundo extraordinario o por contarle sobre su profesión como "especialista en mujeres".
Conocía a Stefan, su hermano menor era ecuánime, cerebral, centrado a pesar de la diferencia de edades, sin embargo también sabía de su temperamento, y cuando se molestaba o inquietaba podía mostrarse como todo un destripador en potencia. Prefería no causar problemas y solo le relataría lo absolutamente necesario.
-Quieres la versión larga o la corta- Le sonreía. -Por cierto, vi a Katherine pero eso es parte de lo que te contaré.
-No omitas detalle alguno, así sabré que no esconderás nada que en el futuro podría causarnos problemas- Tambien le sonreía. -Sabes que he limpiado tu mierda desde siempre y al parecer lo seguiré haciendo hasta que a uno de los dos nos claven una estaca.
-Querrás decir que yo he limpiado la tuya, aún recuerdo tu manía de Frankenstein hermano.- Damon hacía referencia al pasado oscuro de su hermano castaño cuando seguía el rastro de cadáveres que dejaba en territorios sureños acompañando a Klaus, el vampiro original.
-¿Para qué están los hermanos si no es para eso?
-Eres incorregible Stefy- Se burlaba él.
Ambos se dirigían a la casa de huéspedes, el único lugar donde habían permanecido por mucho tiempo y que relataría un centenar de historias relacionadas con sus aventuras. El castaño vampiro le indicaba que Elena lo estaba esperando a lo que Damon solo respondía con un ligero levantar de hombros. Se sorprendía a sí mismo del nulo interés que ahora le albergaba siendo que en el pasado volvía a recaer en competencia con su hermano.
Damon se miraba desalineado con la camisa desfajada, los pies descalzos y el pantalón sin la cremallera cerrada, sin embargo poco le importaba. A pesar de encontrarse en un territorio conocido, pensaba que aquel extenso bosque ya no era su hogar, ahora su mente viajaba un poco a la última vez que miró a Hermione, el instante en que lo regresó con una magia extraña como parte de haber cerrado un ciclo, un contrato, una compra venta.
Recordó la noche previa a la fiesta en Hogsmeade, mientras se alistaba antes de ir por la castaña había solicitado asesorado por Harry quien le ayudaría con el cambio de moneda. Los galeones solo se podían cambiar en Gringotts y el amigo de su clienta le fue de utilidad al conocer también las finanzas muggles. Cuando tuvo la cantidad la metió en un sobre donde una lechuza enviada por aquel pelinegro se colocaba en la ventana. No comprendía la forma en que aquellos animales entendían las instrucciones, pero pudo notar que dicha ave no le mostraba ningún temor.
-Bien pequeño, se lo darás mañana por la mañana, yo me habré ido para entonces pero tú completarás esta misión - Le indicaba con suavidad al moteado mensajero quien tomaba entre sus garras aquel paquete para resguardarlo con su vida.
Mientras caminaba junto a su hermano solo podía recordar, grabarse en su memoria el dulce rostro de aquella clienta que marcó su vida. De no haberse dedicado a ese tan peculiar negocio seguiría de ermitaño y probablemente con sus arraigados hábitos alimenticios. Sonreía para si mismo al darse cuenta de una cosa que omitió durante toda esa semana.
Haber cambiado sin pretenderlo.
Mientras llegaban a la casa de huéspedes la primer necesidad del vampiro pelinegro era llegar a su habitación, meterse en la tina pensando en todo y a la vez en nada. Necesitaba estar solo, pensar, discernir, encontrar un punto medio sobre el cual trabajar y no complicarse más de lo que debería. Deseó con urgencia el calor del agua, una botella de bourbon y quizá una rica botana de pechos grandes, pero definitivamente aunque tuviera aquel alimento no se compararía con la sangre de su última clienta exigente. Pues aquel sabor a helado de vainilla era tan peculiar como raro de encontrar.
Afortunadamente Elena Gilbert salió a visitar a su amiga Caroline; seguramente le contaría sobre su regreso, pero no le importaba, a decir verdad no pensaba quedarse en aquel sitio por mucho tiempo.
-¿Por fin me contarás?- Stefan lo miraba servirse un vaso de su bebida favorita sosteniendo la botella. Aquella acción era tan normal en su hermano que no le sorprendía en lo absoluto, ese era un síntoma de estar calmado, así que no tenía por qué preocuparse.
-A su debido tiempo Stefy, además quiero estar un mi habitación- Respondía curvando media sonrisa después de haber bebido un trago generoso. -No quiero poner el letrero de no molestar.
-Pero ese siempre lo pones cuando traes… Invitadas no anunciadas a la casa hermano- Daba un largo suspiro al caer sobre el sofá con las piernas cruzadas. -No quiero cadáveres por doquier, no me gusta tener que usar detergentes tratando de limpiar la sangre , así que si quieres alimentarte hay suficiente sangre en el frigorífico del sótano.
-¡Pensaste en todo Stef!- Se mofaba Damon con claridad sentándose frente a él- Aunque no lo creas ya no me alimento de sangre fresca.
-Sigues siendo un pésimo mentiroso Damon.
-Lo digo en serio- Aseguraba.
-No te creo
-Deberías
-Pues no te creo
-Fé, confianza y polvo de hadas hermanito-
-¿No te han dicho que el camino del infierno está empedrado con buenas intenciones?
-Eso es porque el diablo no conocía las maravillas del pavimento hidráulico- Volvía a burlarse el pelinegro.
Stefan sabía que tener una conversación seria con su hermano mayor era imposible, como si tratara de dialogar con un cachorro de Husky que lo único que deseaba era correr, mordisquear y pasear. Negó con la cabeza desistiendo de escuchar el motivo de su abrupta aparición en Mystic Falls; pero por otro lado podía comprender sus cambios tan radicales. Se levantó del sofá dándole una palmada en la espalda antes de retirarse a terminar de arreglar su automóvil en el garage; uno de sus pasatiempos favoritos.
-Cualquiera que sea el motivo, me alegra que estés en casa.
Damon nunca fué expresivo, al menos no con su único hermano a quien había jurado hace muchos años hacer sufrir por hacer que completara su transición a vampiro. Siempre tuvo conflictos existenciales al respecto, aveces lo odiaba a muerte y otras lo amaba mas que a nadie en el mundo. SIn embargo coincidía que muy a su pesar Hermione Granger tenía razón. Necesitaba a su familia aunque no lo dijera.
-Sólo ve a llenarte de grasa grandísimo tonto.
Le imperaba burlonamente también levantándose del sillón para dirigirse a su alcoba. Mientras subía las escaleras comenzó a recordar los retratos movibles que había visto en el colegio de magia, se preguntaba una y otra vez sobre la existencia del calamar gigante así como la manera en que el sauce boxeador fué plantado en su sitio.
Al llegar a sus aposentos lentamente se despojó de la poca ropa que llevaba puesta. Abrió con lentitud su cremallera para notar que había dejado sus boxer en la casa de los gritos. Sintió su vello púbico, su piel desnuda, su hombría desnuda que comenzaba a endurecerse lentamente con el solo hecho de recordar un par de ojos miel, unas bragas tan suaves como si estuviesen hechas de betún azucarado.
-Carajo- Se sentaba en la cama con la mirada perdida. -Parezco un puto adolescente teniendo erecciones y sueños húmedos con la chica que le gusta. ¿Y ahora qué? ¿Tendré que usar frenillos y sufrir lo horrible del acné? .. Comenzar a coleccionar revistas de Play boy o Pent House me serviría más como un menú que como un incentivo para masturbarme.
Se reía de sí mismo al tan solo imaginarse teniendo que usar loción astringente para evitar la grasa facial. Se levantaba para quitarse la camisa y adentrarse al baño no sin antes servirse otro vaso generoso de Bourbón en las rocas. Encendió en aquel instante el reproductor de música para ambientarse, miraba al techo sintiendo el agua inundar su cuerpo; pero a pesar de estar presente en su habitación, su mente se encontraba en Londres esperando ver a Hermione Granger vistiendo una toalla diminuta, mojando su cabello castaño dispuesta a hacerle compañía.
Deseaba pensar que ella vendría.
En aquel momento comenzaba una canción tan especial y certera. Parecía que la celebridad Paloma Faith comenzaba a mofarse de su rotundo fracaso como Don Juan, mencionar cada uno de sus errores al caer enamorado como un loco de alguien prohibido. Suspiraba profundo reconociendo el error de haberse endiosado con su última clienta; el solo hecho de recordarla, volver a sentir el hormigueo en su piel que Hermione Granger tatuó en cada centímetro para quedarse, para adueñarse sin contemplación alguna.
"I'd told myself you don't mean a thing
But What we got, got on hold on me
But when you're not here… I Just crumble.
-¡Carajo!- Rodaba los ojos esbozando una irónica sonrisa, aquellas letras eran tan específicas a lo que ahora sentía que no se atrevió a cambiar de música.
Por más que intentara pensar en otra cosa, buscar un distractor mucho más fuerte, todo se reducía de nuevo a un solo rostro entre tantos otros. Bebía generosamente de su copa cerrando sus ojos aún recordando su voz, la forma tan terca de ordenar las cosas, su compulsión por el cumplimiento de horarios, la manera en que tiernamente discutía con él por cualquier simpleza. Ahora no había más que fragmentos que guardaría por la eternidad, tendría que aceptar una cosa a pesar de amarla. Ella debía ser feliz con alguien de su especie, quizá con Draco Malfoy pero ante todo consideraba inaudita una relación, todo sería lo mismo a nada y aquel tórrido romance terminaría tan breve que no le daría oportunidad de disfrutarlo.
-Hermione… Te extraño … - Susurraba hasta quedarse completamente dormido.
***ooOOoo***
No había viajado por tierra en mucho tiempo, y ahora que regresaba de su compromiso se daba cuenta que la única razón por la que no le resultó pesado hace una semana fué precisamente por la compañía. Amaba el expreso de Hogwarts pero reconocía que la travesía a solas resultaba de lo más pesada. Agradecía llegar a tierra firme para tomar un taxi que la llevaría a su casa, sin embargo el enfrentar las preguntas de sus padres no le resultaba sencillo en lo más mínimo, pues probablemente su madre en especial la inundaría de preguntas que no le apetecía contestar.
Decidió pasar solo un rato a visitarlos antes de empacar y dirigirse al aeropuerto, no necesitaba descansar después de haber dormido unas cuantas horas en el pesado expreso de Hogwarts resultando innecesario hacerlo en casa de sus padres. No sabía si ya estaban enterados de lo relacionado a la boda; pero en caso de estarlo se vería obligada a aclarar lo sucedido.
Se quedó observando a la avenida principal en espera de transporte, miraba a todos lados para encontrar alguno que estuviese libre sin éxito alguno. Sintió que la gabardina pesada le acaloraba por lo que decidió quitársela y cargar con ella hasta su próximo punto. Aquella casi tarde, vestía una blusa de color azul claro junto a una joyería del mismo color; y por algún extraño motivo ahora contaba con un collar que tenía un dije hecho con lapislázuli.
Mientras esperaba tocaba aquella piedrita recordando los ojos tan reales y expresivos de Damon; aún no podía creer que solo una semana le bastó para entregarse a sus encantos como una chiquilla. Le resultaba hilarante y descabellada la locura extrema a la que sí misma se orilló para organizar una pantomima que a final de cuentas resultó contraproducente resultando ella engañada.
Un suspiro profundo salió de su boca recordando la bella sonrisa de aquel quien había alquilado, su amor a la medida, la compra venta más intensa, el hombre que jamás tendría para ella misma. Aquella semana terminó sin el resultado esperado, pero no lamentaba cada segundo invertido, cada instante, cada frase, nada.
En ese instante el sonido de su teléfono celular la regresaba a la tierra.
-Hola Señor Kent, tengo todo listo para mi viaje, espere por mi en un par de días más, por ahora estoy en Inglaterra y me es complicado, pero le he enviado el plan de ventas y mercado que me solicitó por correo electrónico.- Hacía una pausa. - Muero por regresar al trabajo.
Hermione terminó su llamada abordando el respectivo taxi que tanto esperaba. El chofer se mostró atento guardando adecuadamente el equipaje mientras que ella se sentaba en el asiento trasero del automóvil. Aquel hombre de edad avanzada le causó un poco de ternura y confianza por lo que no debía preocuparse de alguna mirada lasciva o degenerada de su parte.
A los pocos minutos el señor emprendía la marcha y así mismo hacía correr el taximetro. De pronto una canción comenzaba a sonar en la radio tal vez como producto de su subconciente, como si el entorno o la naturaleza le estuviesen jugando una de las peores bromas.
I'd tell myself you don't mean a thing
But what we got, got no hold on me?
But when you're not there I just crumble
I tell myself that I don't care that much
But I feel like I'm dying till I feel your touch
Only love, Only love can hurt like this.
Hermione conocía la canción y la artista solo de oído, jamás le llegó a prestar la atención debida ya que su trabajo requería mucho más concentración que un estúpido sencillo en la radio. Pero ahora todo se tornaba diferente al repetir las letras en su mente, cada frase era exactamente lo que estaba viviendo.
Me digo a mí misma que no significas nada,
y que lo que teníamos, no funcionó,
pero cuando tú no estás ahí, simplemente me derrumbo.
Me digo a mí misma que no me importa tanto,
pero me siento morir
hasta que siento tu caricia.
Sólo el amor, Sólo el amor hiere así
Resultaba increíble que a estas alturas una sola canción le pudiese quedar como anillo al dedo, sin embargo bien decían que las señales mismas de la vida se encontraban convertidas en ecos que resonarían tarde o temprano en el subconsciente. Aquella tarde por fin había llegado a su casa para empacar lo necesario y retirarse a Canadá de forma directa. Posteriormente enviaría por sus muebles hasta que estuviera completamente instalada.
Sus padres no se encontraban en casa seguramente disfrutando lo que restaba de su aniversario, tan solo les llamó para indicarles que había llegado con bien y que tendría que mudarse nuevamente a otro sitio. Acordó con ellos visitarlos una vez cada seis meses y entre tanto ellos harían lo mismo en tierras canadienses.
***ooOOoo***
Afortunadamente Stefan se tardaba más de la cuenta arreglando el auto en el garage, recordaba que lejos de los peligros y las situaciones límite que enfrentaban a manos de lobos o vampiros originales su hermano se pasaba horas y horas arreglado cualquier cosa o escribiendo en uno de sus famosos "Diarios de Vampiros"
Al menos por esa noche, no le preguntaría nada en lo absoluto.
Elena podría encontrarse con Caroline o Bonnie y a decir verdad no le apetecía platicar con ninguna de ellas para bombardearlo de preguntas.
Se había vestido como siempre, una camisa entallada negra y unos vaqueros oscuros que entonaban a la perfección con su caucásica piel a la luz del sol. No sintió la necesidad de utilizar una chaqueta o cualquier cosa que lo cubriera. Caminó hasta el gran ventanal de la casa de huéspedes izando las gruesas cortinas; aquella tarde necesitaba que los rayos bañaran su cuerpo deseando sentir aunque fuese un poco de calor, pues en realidad el frío y la penumbra comenzaban a asquearle.
Sostuvo la carta que Hermione por alguna razón le había enviado a Stefan antes de su llegada. Miró la pulcra y estética caligrafía sintiendo nostalgia, tristeza, un vacío impresionante en el corazón grabando en su memoria aquella voz tan controladora, sus ojos acaramelados, su cabello castaño como el de su hermano y su piel tan suave.
-Hermione…¡Que me hiciste carajo! ¿Acaso me has embrujado?
Se acercó a la claridad del día con un vaso medio lleno de su bebida favorita en las rocas significando quizá su estado incompleto de ánimo. Por mas que pensaba regresar a su anitgua vida, volverse a vender en un sitio de internet no sería lo mismo. Ella siempre sería su sombra, la única clienta de la cual se enamoró perdidamente.
Solo el amor puede doler así,
tus besos aún queman sobre mi piel,
solo el amor puede doler así,
pero es el dolor más dulce,
que arde caliente por mis venas,
el amor es una tortura que me hace más seguro.
Escuchó la canción de Paloma Faith con mucho cuidado, cada palabra entraba en sus sentidos siendo partícipe y protagonista de ese guión tan bizarro y cómico. Detestaba la sola idea de formar parte de un cliché tan trillado y tan gastado en las películas románticas, pero sencillamente el amor actuaba de maneras misteriosas e incluso descabelladas. Deseaba que Hermione saliera de su vida, anhelaba retirarla de una vez por todas y al mismo tiempo… Le suplicaba que permaneciera.
Solo el amor,
solo el amor puede doler así,
solo el amor puede doler así,
debe de haber sido un beso mortífero,
solo el amor puede doler así.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, aquellos orbes azules aguamarina brillaban ante la luz del sol extrañando lo que se había convertido en lo más preciado. Nunca lo buscó, jamás lo quizo así pero su corazón muerto ahora latía con intensidad mientras bebía sorbo a sorbo el Bourbon esperando emborrachar y adormecer sus sentidos.
***ooOOoo***
Habían pasado dos días que parecían una eternidad, no consideró que el volverse a enamorar era sinónimo de recaer de nuevo en cierto grado de depresión y alta distracción evitando de esa manera concentrarse. Debía aclarar sus ideas despejando los pájaros en su cabeza para dedicarse de lleno a la próxima cuenta que le generaría liquidez. Para eso había estudiado, ese era el pan suyo de cada día y por ende era crucial mantenerse con la cabeza fría.
Sin embargo no lo estaba, su mente, su corazón iban dirigidos al mismo sitio, al mismo lugar donde un hombre alto de piel caucásica, ojos azul intenso y labios carnosos los esperaban tan ansiosos. Jamás imaginó enamorarse perdidamente de alguien otra vez, pero lo más loco de la situacion era que ni siquiera pertenecía a su especie natural.
Se instaló en Vancouver Canadá, una de las áreas metropolitanas más importantes en el país ubicada en el oeste del pacífico y la tercera ciudad más grande. Aquella era tan concurrida como Nueva York pero menos ruidosa y contaminada. Había decidido alquilar un apartamento provisional sobre la Nicola Street que se veía acogedor y decente; bastante céntrico a comparación de otros que previamente había investigado en internet.
Le gustaba su nuevo sitio, no era tan concurrido como el anterior y tanto el Parque Stanley como el Vancouver Acuarium le quedaban a tan solo unas cuantas millas en auto. Bien podría utilizar una laptop para llevar parte de su trabajo a dichas reservas naturales para tranquilizarse y tener la concentración necesaria.
Por ahora solo necesitaba desempacar lo poco que había llevado de su apartamento en la gran manzana, cosas que llegaron junto a la mudanza express que había solicitado en aquellos dias anteriores, justo antes de abandonar el colegio de magia. Comenzó a sacar el guardarropa formal y separarlo del que no lo era. Conectó su computadora personal escuchando de nuevo esa canción que relataba su verdadero sentir.
Aquella media tarde vestía solo un short diminuto que cubría solo la mitad de su muslo, una blusa de tirantes de algodón mostrando su cabello suelto. Se preparó una taza de café con algo de sustituto de crema y un cubo de azúcar sentándose en una colchoneta para admirar lo poco que había logrado al sacar parte de sus pertenencias de las cajas.
Se quedaba pensativa, nostálgica, ahora su mundo volvía a rebobinarse, a recomenzar de cero. Aquel punto de partida debería servirle para continuar con la carrera que tanto amaba, con la independencia que abanderaba sin ningún distractor que le hiciera desviarse del camino; no obstante… Aún seguía él.
Digo que no me importaría tu partida,
pero cada vez que estás ahí,
estoy suplicando por que te quedes,
y cuando te acercas, simplemente tiemblo,
y cada vez, cada vez que te vas,
es como un cuchillo
que se abre camino a cuchilladas a través de mi alma.
No pudo contener las lágrimas por más tiempo, simplemente se derrumbaba en el piso abrazando una de sus almohadas. Su mirada perdida hacia a la nada recordaba el arrepentimiento de no haberle dicho tantas cosas, haberle agradecido por brindarle aquel espacio sin ataduras, totalmente libre de todo mal Sin embargo tenía por bien sentado que era mejor así, todo sería mas sencillo de sobrellevar.
Pasaron las horas hasta que sus ojos hinchados revelaron su verdadero cansancio, su agotamiento no solo por el viaje realizado desde Europa, sino por pensar en demasiadas cosas. Estaba a punto de dormir, de cerrar los ojos hasta perderse, pero alguien tocaba el timbre.
Logró levantarse con dificultad, la musica continuaba corriendo en su computadora y poco le importaba, probablemente sería la casera para ultimar los detalles de su mudanza. No se sentía con ánimos de abrir pero debía hacerlo para no postergarlo. Cuando por fin abrió la puerta se llevó la sorpresa de su vida.
Un hombre que no esperaba ver en Vancouver y mucho menos en su apartamento hacía acto de presencia. Vestía una camisa de color negro junto a unos vaqueros oscuros. Hermione admitía que se miraba un tanto distinto pero eso no evitó lo inesperado de la situación.
-¿Tu aquí?
Se limitó a decir mientras que el hombre esperaba que le permitiese entrar.
