Basado en la serie Sherlock de la BBC

EL SENTIDO DE LO INMATERIAL

Capítulo IV

Por DarkCryonic

Sus pies sobresalían levemente del borde. El frío le congelaba el rostro. Las pequeñas gota de lluvia caían levemente a sus ojos. Tenía que hacerlo. Era el plan. Miró hacia abajo y no lo entendió. ¿Dónde estaba el camión con las bolsas para amortiguar la caída? Algo está mal. Su cuerpo quiso echarse hacia atrás al no ver lo que esperaba, pero unas manos le tocaron en la base de la espalda y le empujaron. No alcanzó a voltear. Su cuerpo se tensó al verse caer. No se suponía que fuera así. ¿Dónde está John? Se preguntó mientras seguía cayendo y la calle desaparecí y cobraba un color oscuro, el fondo se volvía azul, de un profundo tan grande que le dejó confuso. El mar. Su cuerpo impactó con el agua y se hundió rápidamente. Mi abrigo-murmuró su mente explicando su hundimiento instantáneo. ¿Por qué estoy en el mar? No tenía lógica. Sintió un apretón en el pecho, luego un dolor punzante. Se estaba ahogando. No podía respirar. El azul lo estaba invadiendo todo. Hasta su interior. Trató de manotear un par de veces, pero después de un rato se detuvo. Ya no sabía donde era arriba. Así que se quedó quieto; el dolor siguió… pero por alguna razón no luchó. El azul profundo era reconfortante de una forma muy dolorosa.

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-¡Despierta! ¡Despierta de una maldita vez!—Gritó John apretándole el pecho mientras le reanimaba en el piso del salón de Baker Street. La señora Hudson aguardaba apegada al teléfono. La ambulancia parecía tardar demasiado.

Sherlock siempre había pensado que su cuerpo no era más que un transporte para su cerebro; por eso había incursionado en las drogas, por eso comía y dormía lo mínimo. No había razón para prestarle tanta atención. Pudiera ser que la presencia de Watson hubiera modificado levemente su conducta, pero no sus ideas. John era el motivador de leves modificaciones, pero sin él… era como antes.

Estuvo tres años lejos de su motivador. Estuvo tres años usando a su transporte de la forma que había acostumbrado. Pasaba semanas tras pistas que no le daban tiempo para dormir o comer. Tampoco es que se preocupara demasiado. A veces caía desmayado y despertaba al día siguiente en lugares que ni recordaba. A veces acogido por alguno de los vagabundos amigos, que le cuidaban como águilas para que nadie se le acercara. Había terminado más de una vez siendo atendido por médicos que salían de la nada. Supuso que su hermano estaba más pendiente de él, de lo que había creído. Después de todo, no había sido capaz de engañar a su archienemigo más allá de tres meses.

Las cicatrices de las peleas contra los tipos que perseguía se habían vuelto numerosas, a veces terminaba en medio verdaderas batallas cámpales, bestia contra bestia. No se sorprendió verse inmerso en ese tipo de situaciones. No, él no era un santo. Nunca lo había sido ni querido ser. La humanidad era algo que no quería mantener en la conciencia, pero no podía ser tan cínico al creer que la animalidad no estaba en él. De hecho, hasta creía que le era más fácil saltar de un extremo a otro en momentos como esos, desde la lógica más fría hasta la bestialidad más salvaje.

A veces pensaba en si sería suficientemente él, para cuando pudiera volver. Si sería Sherlock Holmes. Si podría dejar atrás los rastros de sangre y las destrozadas alas que colgaban de su espalda. Los ojos de John le habían confirmado que aún quedaba algo, cuando le reclamó no tener una pizca de sentido común en el cerebro.

Sherlock trató de volver a decirle que no se puede tener sentido común, cuando se es diferente. John debería haberlo entendido desde un principio. Pero no lo hizo. Creyó que aprendería, que entendería el valor del transporte. Pero cuando algo no viene en nosotros, sólo no viene. Sherlock intentó explicarlo, John no escuchó.

El tiempo podía ser relativo. Ya lo habían dicho los científicos. John odió cada momento del tiempo y su relatividad. La ambulancia demoró años en llegar al piso. Sherlock demoró siglos en ser ingresado a la clínica; demoraron milenios en diagnosticarlo;… una eternidad en dejarle entrar al cuarto en donde estaba descansando para verle respirar.

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Mycroft apareció y desapareció entre los pasillos sin que fuera demasiado conciente de cuando pasaba qué. Le veía a un lado, luego ya no. Con Lestrade le pasaba algo parecido. La señora Hudson le obligaba a comer, y le sustituía en la silla junto a Sherlock cuando tenía que ir al baño o necesitaba con urgencia un café.

No llegó a recordar cuanto tiempo estuvieron en el pasillo esperando aquella tarde…- o había sido madrugada- mientras revisaban al detective… No se acordaba. Los recuerdos se le escapaban junto con las palabras del diagnóstico que los médicos le dijeron en algún momento. Él había asentido, sin poner demasiada atención. Se había conformado con escuchar que estaría bien.

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-Su cuerpo se detuvo.—Dijo a Mycroft alguna de esas veces que le vio sentado a su lado junto a su eterno paraguas. Más para escuchar las palabras que su cerebro había estado repitiendo desde que le había visto tirado en el piso del salón de Baker Street.

-Funciona de nuevo.—Dijo el mayor mirando la puerta blanca del cuarto frente a ellos.

-Su cuerpo se detuvo.—Dijo de nuevo marcando cada palabra. Que importaba que funcionara de nuevo. Se había detenido. Esta vez, de verdad. No era como el fraude dramático que aún no superaba del todo.

-Consecuencias. Ya volverá a estar como nuevo.

-¿Por qué se detuvo? ¿Cuales son esas consecuencias?-Murmuró John.

Mycroft le miró con su acostumbrada seriedad. Se puso de pie con elegancia y volteó a verle.

-Tres años es demasiado tiempo.—Dijo antes de echarse a caminar por el pasillo y perderse de vista.

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John sólo le había dejado cuatro días. Le había mandado mensaje los primeros dos para saber si el piso seguía en pie. Luego, había vuelto para encontrarle así. ¿Y si hubiera tardado más en volver?

Era injusto. Y no lo entendía. Y no había podido convencer a su cuerpo de dejar de temblar, o a su cerebro de dejar de repetir las imágenes mientras trataba de volverlo en sí.

Sherlock despertó al tercer día demasiado desorientado.

¿Dónde había quedado el mar?

Lo primero que entendió fue que no estaba en casa, y que aquel lugar le recordaba demasiado sus episodios de sobredosis del pasado. Pasó por algo la boca seca y las ganas de estirarse, tenía demasiado agarrotado el cuerpo como para si quiera intentarlo. De todas formas el transporte era lo de menos.

-Sherlock…-Su nombre lo hizo concentrarse levemente a su derecha. John Watson le miraba de forma indescifrable.

Tengo frío.

-John… frío.—Murmuró estirando su mano derecha hacia él. John frunció el ceño.

-¿Frío?

-Frío…-Afirmó cogiendo el brazo de John.—Ven.—Dijo jalándolo apenas.

-¡Eh! No puedo hacer eso. Estamos en una clínica y tú estás enfermo.—Sherlock sintió pesadez en los ojos. Se estaba durmiendo otra vez.

…..

La siguiente vez que despertó parecía ser de noche, y sobre él estaba la manta que solía usar en el sofá. John estaba a su derecha, sentado en una silla con la cabeza y brazos apoyados en el colchón, medio tapado por la manta también, como cuando dormían en el sofá.

¿Qué había pasado? ¿Por qué había colapsado de forma tan patética? Medio giró su cuerpo para poder ver mejor la mata de cabello rubio que destacaba en medio de la oscuridad.

Se había sentido solo. No había casos y había estado muy aburrido. Los experimentos habían sido demasiado planos. No había encontrado el arma ni los cigarrillos. Había tenido la intención de salir a comprar, cuando había notado que sus piernas no habían querido avanzar más. Un zumbido en sus oídos lo hizo llevar sus manos a su cabeza. Y había sentido un tirón en el estómago que lo había echo caer. Había querido llamar a la señora Hudson, pero su voz no salía.

DC

27-10-2013 17:58:22