Salió de la habitación apretando los labios

Cargada con bolsas llenas de regalos, Aome entró en la habitación a las cinco menos un minuto.

¡Perfecto! —dijo, soltando las bolsas mientras encendía la televisión. Normalmente Seshomaru no presentaba las noticias del fin de semana.

Estaba mucho más tranquila después de haber salido y no ver el menor indicio del hombre que entró en su vida la noche anterior. Estaba contenta de que se hubiera ido. Ahora podía pensar en su vida real, la que no incluía una persona con alas, pensó mientras sonreía.

Empezó el programa. Vio la imagen de Seshomaru y se relajó de inmediato. Qué bien conocía su belleza, el brillo de sus ojos. Ya llevaban cinco años juntos y estaban prometidos desde hacía casi un año; habían pasado maravillosos momentos juntos.

Seshomaru estaba perfectamente vestido, su cabello bien peinado, le encantaba la manera en que le sonreía y le decía que le acercara una cerveza. «No creo que la primera dama vaya a por cerveza», le decía. Entonces Seshomaru le saltaba encima y le hacía cosquillas, y a menudo una cosa llevaba a la otra y acababan en...

Aome no se había dado cuenta de qu mientras admiraba a Seshomaru, habían pasado casi los treinta minutos del programa, y ahora salía de él porque ¡en la pantalla mostraban un vídeo sobre ella!

Llevaba puesto su vestido de noche y se dirigía al podio a recoger su premio especial al mérito de la Asociación Nacional de Bibliotecas.

«Y ahora llega el momento del Ángel de la Semana —decía Seshomaru, —Aome Higurashi fue galardonada anoche por su devoción desinteresada a la causa de donar materiales de lectura a los niños desfavorecidos del monte sagrado. Aome adquiere libros infantiles con su humilde sueldo de bibliotecaria de pueblo y dedica los fines de semana a recorrer las montañas y ofrecer libros a los niños que apenas tienen para comprar alimentos.

«Y ahora algo menos inspirador pero igualmente sobrenatural —anunció Seshomaru, todavía sonriendo, —acabamos de saber que el FBI ha perdido el cuerpo de uno de los asesinos más famosos del siglo.»

Aome estaba a punto de apagar el televisor cuando, para su sorpresa, tras la cabeza de Seshomaru apareció una foto desenfocada de Inuyasha. Se recostó en el fondo de la cama y miró.

«Inuyasha Taisho, un presunto asesino relacionado con el crimen organizado, ha sido objeto de búsqueda por el FBI durante más de diez años, pero poco se ha visto de él y mucho menos de su captura. Según las informaciones que se tienen sobre él, esta es la única fotografía que se conserva del presunto y famoso asesino. Cuando se detuvo a un hombre bajo acusación local, un agente invitado del FBI identificó al hombre como uno de los diez criminales más buscados y ordenó su detención para interrogarle. Al parecer, Taisho sabe dónde se han ocultado todos los cuerpos.»

Seshomaru continuó:

«A pesar de que Taisho se encontraba en una celda privada, vigilada por un guardia armado las veinticuatro horas del día mientras se esperaba la llegada de los "hermanos mayores", por la mañana se le halló muerto con el pecho lleno de impactos de bala y un tiro en la cabeza. El forense dictaminó que falleció de inmediato.»

En ese momento Seshomaru miró sus papeles por un instante y volvió a mirar a la cámara con una leve sonrisa. Aome conocía bien esa sonrisa: la utilizaba cuando pensaba que ella había hecho algo estúpido pero era demasiado educado para decírselo.

«Pero parece que el FBI ha perdido el cuerpo —dijo Seshomaru. —Aunque estaba muy claro que Taisho había fallecido, parece que robó algo de ropa y se marchó, y se ha vuelto a ordenar su detención.»

La sonrisa de Seshomaru se hizo más evidente.

«Si alguien ve a este hombre paseando, debe ponerse en contacto con el FBI... o quizá con el depósito de cadáveres local.»

Mientras cruzaba las manos sobre los papeles, Seshomaru sonrió a la cámara.

«Y estas son las noticias por esta noche, el final de las historias de ángeles y zombis, hasta el lunes.»

Por un instante Aome estaba tan aturdida que no se movió. El hombre que había atropellado era extraño, pero no era un asesino.

De repente, muchas cosas empezaron a dar vueltas en su cabeza: el dolor de cabeza que Inuyasha decía que tenía, su desorientación y... se incorporó. El uso de la tarjeta de crédito. Cogió el teléfono y llamó a la cadena de televisión, esperando encontrar a Seshomaru antes de que se marchara. Contuvo la respiración y escuchó los tonos del teléfono, después tuvo que esperar mientras alguien iba a buscarle.

¡Hola, bizcochito! —dijo él al coger el teléfono. —¿Estamos en paz? Eres el ángel más hermoso que...

Seshi —dijo ella, cortándole. —Me pica la nariz.

Él se dejó de bromas al instante.

¿De qué se trata?

Tu última historia, la del hombre al que mataron en su celda. Hay más de lo que cuentas, ¿no?

Seshomaru bajó el tono, y ella supo que se estaba asegurando de que nadie le escuchara.

No lo sé. A mí me pasaron la historia para que la leyera. Déjame que haga unas llamadas. Dame tu número, y ya te llamo yo.

Ella se lo dio, y colgó.

Su «detector del mal»: así se refería su madre a su nariz, porque los picores que sentía en ella habían salvado las vidas de la familia en un par de ocasiones. Como cuando tenía seis años y su hermano y ella iban a montarse en la montaña rusa con su madre. Pero Aome se puso a chillar diciendo que le picaba la nariz y que no podían subirse. Su hermano se enfadó, pero a su madre le hizo gracia, de modo que accedió a esperar al siguiente turno. Solo que no hubo siguiente turno: minutos más tarde, a la montaña rusa se le rompió un engranaje; cuatro personas resultaron muertas y varias más heridas. Después de aquello, cuando Aome decía que le picaba la nariz, la familia le hacía caso.

Cuando su familia contó aquellas historias a Seshomaru, él no se burló de ellas como habían hecho otros novios suyos, sino que le pidió que le avisara cada vez que necesitara rascarse.

Aome esperó llena de nervios a que Seshomaru la llamara, caminando adelante y atrás, sin estarse quieta un momento.

Cuando sonó el teléfono, lo cogió con un manotazo.

Te debo unas rosas.

Que sean amarillas —contestó ella rápidamente. —Ahora di me qué está pasando.

Puede que hayan detenido al hombre equivocado. Se llama Inuyasha Taisho, eso es cierto, pero ahora no están seguros de que sea un matón.

¿Por qué no le han soltado, entonces?

¿Después de que el FBI filtrara a la prensa que por fin habían capturado a este señalado criminal? Ni hablar. Iban a meterle en la cárcel hasta que el caso se olvidara, y luego soltarle.

¿Y quién le ha disparado?

Hay donde elegir. Pudo ser el FBI porque no quisiera que nadie se enterara de su error. O tal vez fuera la Mafia, que le quería muerto para quitarle la presión de encima al verdadero asesino. O su mujer.

¿Su mujer?

Sí. Tengo entendido que por eso le detuvieron, de entrada. Su mujer le estaba apuntando con un arco y una flecha y gritando que le iba a matar cuando un vecino llamó a la policía.

¿Por qué?

¿Por qué, qué?

¿Por qué trataba de matarle su mujer? —oyó que Seshomaru se reía al hablar.

No soy una autoridad en cuestiones conyugales, pero apostaría que por infidelidad. ¿Tú qué dirías?

Aome no estaba de humor para bromear.

O sea, que me estás diciendo que hay tres personas que quieren matar a este hombre, que podía o no estar buscado por asesinato.

Bueno, si cuentas a todo el FBI, más toda la mafia, incluido un matón al que le gustaría librarse de un poco de presión, más una esposa loca, yo diría que eso suma más de tres personas. Personalmente, apostaría por la mujer. Ella le encontrará primero. Si el pobre idiota está vivo, lo único que tiene que hacer es usar una vez su tarjeta de crédito y estará muerto. Cualquiera que disponga de un módem sabrá dónde está.

Entonces, si este hombre no es culpable, ¿cómo limpia su honor?

Seshomaru se quedó callado un momento.

Aome, ¿sabes algo?

¿Qué voy a saber? —incluso a sus propios oídos, su risa sonó falsa. —En serio, Seshomaru —fue elevando la voz. —¿Cómo puedes hacerme una pregunta semejante? No soy más que una humilde bibliotecaria, ¿te acuerdas?

Sí, y yo voy a estar toda la vida dando las noticias locales. Aome, ¿Qué demonios pretendes?

Ella inspiró profundamente. No se le daba bien mentir.

Creo que hoy he visto a ese hombre. Aquí, en una tienda —hasta ahí podía arriesgarse, porque si Seshomaru tenía razón, y habitualmente la tenía, pronto todo el mundo sabría que Inuyasha Taisho había estado de compras en el mismo pueblo remoto en que Aome había pasado el fin de semana.

¡Llama a la policía! —dijo Seshomaru. —Aome, no se sabe a ciencia cierta que este hombre no sea el asesino. Es escurridizo; es un mentiroso; como mínimo, es un artista del engaño. ¡Aome! Podría ser perfectamente un asesino despiadado. Aome, ¿me estás escuchando?

Sí —dijo ella, pero tenía la cabeza en otra parte.

Inuyasha llevaba horas sin usar esa tarjeta de crédito.

Quiero que llames a la policía —dijo Seshomaru con firmeza. —Ya. ¿Me entiendes? No te entretengas yendo a la policía, llama. Y quiero que salgas de ahí. ¡Ya! ¿Ha quedado claro?

Sí, perfectamente. Pero Seshi, ¿qué va a pasarle a este hombre?

Está muerto. Ejem. Es un cadáver andante. Quienquiera que sea el que intentó cargárselo en la cárcel, volverá para rematar la faena. Esto es, si no se le adelanta algún otro. ¡Señor! Aome, quiero que te largues de ahí ahora mismo. Si ese hombre está allí, se sabrá en cuestión de minutos, y en el pueblo puede producirse un baño de sangre.

De repente, hizo una pausa y le cambió la voz.

Tengo que colgar.

Vas a llamar al FBI, ¿no? —dijo ella alarmada.

Si es inocente, tal vez el FBI pueda salvarle.

No llegarán aquí a tiempo.

Aome —dijo Seshomaru, en claro tono de advertencia.

Vale, me largo. Ya tengo hecha la maleta, de todos modos. Te llamaré en cuanto llegue a...

¡Ejem! —la interrumpió. —¿Qué ha pasado con el hombre al que diste con el coche?

Ah, ese —respondió tan despreocupadamente como pudo. —Estaba bien. No hay heridas. Se fue a casa con su familia en cuanto comprendió que yo no era rica.

Seshomaru tardó en hablar.

Cuando vuelvas, vamos a tener una charla muy larga.

¡Oh! —dijo ella, tragando saliva. —Vale, llevaré... —bajó la voz, intentando sonar sexy.

Llevaré puesto tu regalo —tal vez si le hacía pensar en seda negra se olvidaría de...

¡Y un cuerno! Te meteré en una caja de cartón mientras hablo contigo. Pero más tarde me puedes enseñar todo lo que quieras.

Ella consultó su reloj.

Será mejor que me vaya ya. Y no te olvides de las rosas amarillas —intentaba parecer animada.

Tranquila. Un montón de ellas. Llámame en cuanto estés de vuelta.

Sí, tranquilo, y habla con tu aparato.

Te quiere casi tanto como yo.

El sentimiento es recíproco. Chao.

Durante un momento, Aome se quedó mirando su maleta sin saber qué hacer. Debería obedecer a Seshomaru y largarse. Sí, esa sería la opción sensata. Pero un segundo después la maleta estaba en el suelo, a sus pies, y ella tenía la mano en la puerta. ¡Tenía que dar con él y avisarle!

No tuvo ocasión. Al abrirse de golpe la puerta, casi dándole en la cara, allí estaba Inuyasha... y saltaba a la vista que estaba furioso.

Su mirada iba y venía de la maleta a su cara.

Pensabas abandonarme, ¿verdad? —dijo entre dientes.

Aome retrocedió.

¿Cómo has entrado? Esa puerta estaba cerrada con llave.

Hacer que las puertas se abran parece ser uno de mis poderes —respondió mientras avanzaba hacia ella, tensa la mandíbula. —Ya está bastante mal que no me reconocieras, que no te acordaras de mí, pero es que encima me ibas a abandonar.

Estás loco, ¿lo sabías? —tenía la espalda contra el armario, y él seguía acercándose. —Y, para tu información, estaba planeando encontrarte y avisarte.

Cuando ya estaba tan cerca que podía sentir su aliento en la cara, se apartó por fin.

He visto ese cuerpo en tu...

Televisión.

Sí. Alguien quiere matarme.

No, ya te han matado —dijo ella, y luego no podía creer lo que estaba diciendo. —Pero eres inocente. He hablado con Seshomaru de ti y...

¿Que has hecho qué? ¿Le has hablado a alguien de mí?

Solo a Seshomaru. Escucha, puedo dibujarte un mapa de cómo se llega a una cabaña abandonada en las montañas. Estoy dispuesta incluso a darte mi coche, y tú tienes dinero para comprar algo de comer, así que puedes esconderte allí.

¿Y cuánto crees que tardará tu policía en descubrir que has estado conmigo? ¿Diez minutos?

¿Quince?

Él dedicó un momento a pasarse la mano por la cara mientras trataba de calmarse.

Mira, Aome, no tengo ni idea de qué se supone que he venido a hacer aqui, pero tiene que ver contigo, y he dedicado todo el tiempo de que he podido disponer a cortejarte para que...

¡Cortejarme! ¡Vaya forma de expresarlo! Me amenazaste con acusarme de conducir borracha si no te dejaba...

Se detuvo porque Inuyasha, de un solo y rápido movimiento, la había cogido entre los brazos y le había tapado la boca con una intentó chillar para protestar, pero le apretaba demasiado.

Al cabo de un segundo llamaron a la puerta. Retorciéndose con todas sus fuerzas, Aome trató de escabullirse, pero Inuyasha la tenía sujeta firmemente.

—Señorita Higurashi —dijo una voz de hombre.

Inuyasha empezó a arrastrar a Aome hacia la ventana, como si pensara hacerle salir por allí, pero ella se sujetó a los lados del marco.

Creen que has ayudado a uno de los diez criminales más buscados —le dijo al oído. —¿Qué piensas que te harán?

En cuanto hubo pensado en aquellas palabras, Aome se tranquilizó. Ni Seshomaru ni ella deseaban la publicidad que se derivaría de que la encontraran con este hombre. Inuyasha le quitó la mano de la boca para subir un poco más la ventana.

¡Pero soy inocente! —resopló ella, y a continuación trató de zafarse de él y llegar a la puerta.

Aome dudó solo un segundo antes de escalar la ventana y salir al diminuto balcón, con Inuyasha justo detrás.

¿Y ahora qué? —le preguntó, con la espalda pegada a la pared. —¿Extiendes tus alas y volamos al suelo?

Ojalá las hubiera traído —dijo muy serio, como si ella no hubiera hecho un chiste. Examinaba el edificio. —No hay alas, pero podemos bajar por aquello —dijo, indicando con la cabeza una tubería que corría por un lateral del edificio.

Si te piensas que...

Pero Inuyasha la había encaramado ya a la barandilla del balcón y la sostenía inclinada hacia atrás mientras examinaba la tubería.

Pon un pie allí y agárrate a aquel saliente.

¿Y luego qué?

Se volvió a mirarla y pestañeó.

Luego, reza con muchas ganas.

Odio los chistes de ángel —dijo ella entre dientes mientras aventuraba un pie en el aire.

Salir del balcón resultó más fácil de lo que parecía, gracias a la carpintería de fantasía del edificio, que era una verdadera filigrana de molduras, resaltos y arabescos que parecían sobresalir por todas partes.

No obstante, cuando Aome se vio en el suelo descubrió que estaba temblando de tal manera que tuvo que sentarse para dejar de mover las rodillas.

¡Cógelo! —oyó que le ordenaban, y levantó la vista justo a tiempo de evitar que le dieran en la cara dos bolsas llenas de ropa.

En cuestión de segundos, Inuyasha estaba en el suelo junto a ella con otra bolsa en la mano.

No podía llevarme la maleta, así que lo he metido todo en estas bolsas.

Aome abrió una y vio que dentro había embutida ropa suya y artículos de tocador. Para ser sospechoso de asesinato, podía mostrarse, ciertamente, muy considerado.

Vámonos —dijo.

Luego la cogió de la mano y echaron a correr hacia el aparcamiento.

En cuanto llegaron junto a su coche, Aome sufrió un ataque de pánico porque no llevaba el bolso.

Yo lo encontraré —dijo Inuyasha, y vació sobre el asiento de atrás primero una bolsa, y luego otra.

Aome estaba tan molesta porque le hubiera leído el pensamiento que no protestó por el lío que estaba organizando con sus cosas, sino que se limitó a entrar en el coche y esperar a que él se sentara a su lado y le pasara las llaves.

¿A dónde vamos? —preguntó ella de mal humor.

Le dolía el tobillo y tenía sangre de tres arañazos que se había hecho en la mano con alguna rama con espinas que crecía junto al hotel. Aparte de eso, estaba cansada y muy asustada.

Todo irá bien —trató de tranquilizarla Inyasha buscando su mano, pero ella se apartó bruscamente.

Claro, seguro —dijo mientras salía marcha atrás del aparcamiento. —Estoy a punto de ser detenida por amparar a un fugitivo, pero todo va a ir muy bien.

No miró al hombre que tenía al lado mientras llevaba el coche junto a la entrada del hotel, y no se molestó en preguntarle en qué dirección quería que fueran. Sin duda, empezaría otra vez con el cuento de los ángeles y le diría que él solo viajaba en dirección norte o sur.

Aome puso rumbo al este, en dirección contraria a su pueblo natal, por lo que parecía ser un camino de granjas. De inmediato, se puso a pensar en lo mucho que deseaba llegar a tiempo a trabajar el lunes. A su lado, el hombre seguía tranquilamente sentado, sin decir palabra. Pero ella era muy consciente de su presencia.

Aome no dejaba de pensar cómo librarse de él. ¿Eran los del FBI los que habían llamado a la puerta de su habitación? ¿O era el servicio de habitaciones? ¿Había pedido ella algo? Podía ser que Seshomaru hubiera llamado a alguien. Por lo que ella sabía, la persona que estaba al otro lado de la puerta era su salvador, no su enemigo como este hombre le había hecho creer. Tal vez...

Para aquí —dijo suavemente Inuyasha

Aome le miró y vio que fruncía exageradamente el ceño. No había mucha luz, pero podía ver que estaba profundamente preocupado. Ante ellos se veían las luces de lo que aparentaba ser un motel-cafetería. A lo mejor quería comer algo.

¡No! ¡Aquí! —dijo imperativamente. —Déjame bajar.

Pero...

¡Ahora! —dijo, y Aome casi dio un frenazo para detenerse a un lado de la carretera. Luego le observó salir del coche.

Eres libre, Aome —dijo suavemente. —Libre de marcharte. Dile a quien te pregunte por la verdad que te secuestré y te obligué a venir conmigo. Diles que lo hice a punta de pistola. A los humanos les encantan las pistolas. Adiós, Aome —dijo, y cerró la puerta.

Aome no se lo pensó ni un segundo para poner tierra de por medio. Una oleada de alivio la invadió al volver con el coche a la calzada. Pero cometió el error de mirar por el retrovisor y le vio ahí de pie, junto a la carretera, mirando cómo ella se alejaba. Estaba solo en el mundo. ¿Cuánto tardaría en encontrarle el FBI? ¿O le encontraría la Mafia primero?

Mientras le estaba mirando, él se dio la vuelta y echó a caminar por el arcén en dirección contraria a la de ella.

Aun mientras volvía sobre la gravilla del motel, Aome iba maldiciéndose.

Maldita sea, maldita sea, maldita sea —decía entre dientes, usando el lenguaje más fuerte que se permitía. Fue conduciendo despacio por la carretera, pero no se veía a Inuyasha por ninguna parte. ¿Se habría metido en los bosques que bordeaban la carretera a ambos lados?

Cuando había recorrido unos dos kilómetros y medio, dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, más despacio esta vez, escudriñando la noche en busca de algún rastro de él. Si no hubiera estado esforzándose tanto en mirar, no habría visto su cuerpo desanimado, tendido en la gravilla a menos de un paso de donde le había dejado.

Paró el coche justo delante, salió a la carrera y llegó hasta él.

Inuyasha —dijo, pero no hubo respuesta. Se inclinó sobre él y le tocó la cara. Como siguió sin responder, le cogió a cabeza con ambas manos y dijo en voz más alta: ¡Inuyasha!

Entonces le vio sonreír, iluminado por las luces traseras del coche.

Aome, sabía que volverías. Tienes el corazón más grande del mundo —no abrió los ojos ni hizo esfuerzo alguno por levantarse.

¿A ti qué te pasa? —inquirió ella, usando la ira para encubrir su miedo. ¿Miedo a qué? No lo sabía, ya que aquel hombre no significaba nada para ella, aparte de una enorme molestia.

Me duele la cabeza —susurró él. —Odio los cuerpos mortales. Ah, perdona, no les gusta esa palabra. ¿Cuerpos humanos? ¿Está mejor así?

Aome le pasó la mano por la cabeza como si pudiera detectar la causa de sus dolores. Tenía aspirinas en el bolso, pero necesitaría agua y...

De pronto, percibió un objeto circular, duro, que sobresalía de la cabeza de Inuyasha. ¿Se había caído al salir del coche? Pero no notó nada húmedo que indicara que tuviera sangre.

Tengo que llevarte a un médico —dijo mientras se apresuraba a ayudarle a incorporarse.

Me matarán —dijo sonriendo. —Con eso lo certificamos.

No le faltaba razón: Seshomaru había dicho que el hombre de las noticias era un cadáver andante.

Pasándole el brazo bajo los hombros, le ordenó que la ayudara a meterle en el coche. Él hizo lo que pudo, pero podía advertir que le estaba demasiado dolorido para serle de mucha ayuda.

Una vez que lo hubo introducido en el coche, lo único que podía hacer era llevarle a algún sitio donde estuviera a salvo. Tal vez pudiera llamar a Seshomaru y... Y oír cómo le decía que dejara a aquel hombre y se fuera cuanto antes mejor.

Condujo el coche hasta el aparcamiento del motel y fue a dejarlo al fondo, donde no se viera.

En el interior, el lugar era aún más sórdido que por fuera, y el hombre que miraba la tele tras el mostrador parecía no haberse dado un baño en una buena temporada.

Quisiera una habitación doble, por favor —dijo Aome, y durante un rato el hombre se la quedó mirando, sin hablar.

La miraba de arriba abajo, evaluando su vestimenta, haciéndole sentir como si hubiera ido de alta costura.

La única gente que se queda aquí es gente que no se puede permitir náda mejor, los chavales del instituto de aquí y... —sonrió,—... y señoritas como usted que andan haciendo lo que no deben con quien no deben.

Aome no tenía ganas de hablar con el hombre ni de dar explicaciones. ¿Qué iba a decirle, además, como no fuera que tenía razón?

¿Cuánto por mantener la boca cerrada? —preguntó en tono cansino.

Cincuenta, en efectivo.

Sin una palabra más, Aome le entregó el dinero, cogió la llave de una habitación del fondo del motel y se fue. Minutos más tarde, tenía a Inuyasha en una mugrienta habitación, tendido sobre una cama de matrimonio tampoco precisamente limpia.

Que ella advirtiera, Inuyasha seguía en un estado próximo a la inconsciencia, pero cuando se estaba incorporando, la agarró por la muñeca.

Tienes que sacarla —susurró.

¿El qué?

La bala. Tienes que sacarme la bala de la cabeza.

Aome se le quedó mirando, perpleja.

Has visto demasiadas películas de vaqueros últimamente —dijo. —Te llevaré a un médico y...

¡No!—exclamó él, levantando la cabeza con la fuerza de su voz para volver a dejarla hundirse en la almohada, vencido por el dolor. —Por favor, Aome. En recuerdo de las cosas que he hecho por ti.

¿Por mí? —dijo ella dando un respiro. —¿Y qué cosas son esas? ¿Hacerme descolgar por una tubería? ¿Incluirme en la lista de los más buscados? ¿O...?

Cuando te caíste al estanque, llamé a tu madre —dijo él con dulzura.

Al oír eso, Aome se echó atrás, pues aquella era una de las grandes historias de su familia. Pese a que se lo habían prohibido, fue a coger renacuajos a la orilla de un estanque, y se cayó dentro. A los pocos segundos llegó su madre y la sacó del agua. Más tarde, su madre juraba que «alguien» le dijo que fuera a recoger a su hija.

¿Quién eres? —susurró, sin dejar de alejarse de él.

Ahora mismo, soy un hombre y necesito tu ayuda. Por favor, Aome, no creo que este cuerpo pueda aguantar tanto dolor mucho rato más. No quiero ser llamado a volver sin antes haber hecho lo que fui enviado a hacer.

Yo... No sé qué hacer. No tengo ningún conocimiento de medicina. No sé nada.

Esa cosa que usas para tus cejas... —dijo él con voz muy débil y los ojos cerrados.

Pinzas. Pero con un par de pinzas no se puede sacar algo tan grande como esa... eso que tienes en la cabeza —se sentó en la cama junto a él y le apartó el pelo de la cara. —Me gustaría ayudarte, pero lo que me pides solamente puede hacerlo un médico. Una persona no puede coger unas pinzas y, sin más, sacar una bala de la cabeza de alguien. Habría sangre, y se infectaría, y... —le sonrió, pese a que no podía verla. —Se te saldrían los sesos por el agujero —dijo, intentando hacerle sonreír. —He de llevarte a un médico ya; nos preocuparemos por el FBI más tarde.

Sí, pinzas —dijo él. —Sí. Las tienes en tu coche. Tienes que ir a por ellas y sacarme esto.

Aome se dispuso a levantarse de la cama. No había teléfono en la habitación, y sabía que tardaría más una ambulancia en encontrar aquel sitio que ella en llevarle en el coche de regreso al pueblo, a la clínica. O tal vez debiera llevarle a la ciudad, a un hospital en condiciones.

Inuyasha la cogió de la muñeca.

Tienes que hacerlo, Aome. Tienes que sacar esta cosa. Llevarme a un doctor equivale a conducirme a mi muerte.

Una vez más, la invadió esa sensación de calma que parecía embargarla cada vez que él la tocaba. Como en un sueño, se puso en pie, cogió las llaves, fue al coche y cogió la bolsa de utensilios que guardaba allí. De regreso a la habitación, desenrolló la bolsa y extrajo de ella unas pinzas de puntas planas.

Fue casi como si no estuviera en su cuerpo, cuando caminó hasta la cama y se sentó, con la espalda apoyada en la cabecera, y luego colocó la cabeza del hombre sobre su regazo. La lámpara de la mesilla era toda la luz que había en la habitación, y de todas formas no podía ver gran cosa, porque sus ojos parecían no enfocar con nitidez. Cierta parte de ella sabía que, de no hallarse en ese extraño estado de trance, no habría hecho jamás lo que estaba haciendo. ¿Cómo iba ella, una bibliotecaria, a extraer una bala de la cabeza de un hombre?

Valiéndose más de las yemas de los dedos que de los ojos, encontró fácilmente la bala, puso el extremo de las pinzas contra ella y luego tiró. La primera vez, las pinzas resbalaron, así que la segunda empleó toda su fuerza para presionarlas y tirar. Fue como si de pronto tuviera la fuerza de doce hombres fornidos, y cuando tiró, la bala salió.

Sintió el peso súbitamente laxo del cuerpo del hombre, cruzado como lo tenía sobre las piernas extendidas, y supo que se había desmayado. No podía permitirse imaginar la clase de dolor que acababa de causarle.

Una parte de Aome esperaba sangre, pero otra sabía que no la habría. Se alegró, porque no creía que tuviera fuerzas para apechugar con más traumas de los sufridos a lo largo del último par de días.

Con la cabeza reclinada sobre la vacilante cabecera, el hombre desmadejado aún en su regazo y las pinzas todavía en la mano, se quedó dormida.

Cuando se despertó, de entrada, Aome no supo dónde estaba, pero sí sabía que había algo que no quería recordar, de modo que se arrebujó de nuevo bajo las mantas y cerró los ojos.

Buenos días —le llegó una animada voz masculina que Aome reconoció al instante; esto la hizo enterrarse aún más profundamente bajo las finas mantas.

Venga, levanta. Sé que estás despierta —le oyó decir de nuevo.

Volvió la cara hacia la pared.

¿Bien, la cabeza? —masculló ella.

¿Qué ha sido eso? No te he entendido.

Ella sabía muy bien que la había oído perfectamente, pero fingía que no.

¿Está bien esa cabeza? —gritó, sin darse la vuelta para mirarle.

Al no responder él, se giró y le miró con furia. Tenía mojado el pelo y no llevaba nada más que una toalla enrollada por la cintura. La enfureció más todavía no poder dejar de observar que tenía el ancho pecho bien musculado y la piel de un hermoso color miel.

Inuyasha sonrió.

Hicieron un buen trabajo cuando me escogieron un cuerpo, ¿verdad? Me alegro de que te guste.

No son horas de leer el pensamiento —le espetó ella, apartándose el pelo de los ojos.

Él se sentó en la cama y se quedó mirándola.

A veces puedo entender la atracción que sentís vosotros los humanos por los cuerpos de otros —dijo dulcemente.

Tócame y eres hombre muerto.

Eso le hizo reír, pero no se movió de la cama.

Mira esto —dijo, y se pasó las manos por el pecho. —No vi todo eso en tu teve, pero...

Tele. Abreviatura de televisión.

Ah, sí, tele. El caso es que... ¿no decían que a este cuerpo le habían disparado en el pecho?

Me encantaría que dejaras de referirte a ti mismo como «este cuerpo» —dijo ella, apartando la vista.

Te hago sentir incómoda —repuso él, pero no parecía realmente arrepentido de hacerlo. —

¿Sabes, Aome? Si vamos a trabajar juntos, debemos establecer algunas normas básicas —la miró como esperando alabanzas por haber recordado algo que le había enseñado ella, pero Aome no tenía intención de darle ningún gusto. —No puedes enamorarte de mí —añadió.

Aquello la dejó boquiabierta.

¿Que no puedo qué?

No puedes enamorarte de mí —aprovechando que Aome se había quedado sin habla, se puso en pie y se alejó unos pasos, de espaldas a ella. —Mientras estaba en aquella cascada... no, no me lo digas, en aquella ducha, yo... —se dio la vuelta para mirarla de nuevo. —¿Sabes? Observar a los humanos y sus hábitos de higiene es una cosa, pero experimentarlos es otra muy distinta. A mí me parece una enorme molestia. De hecho, casi todo lo relativo a estos cuerpos me molesta.

Aome le fulminaba con la mirada.

Entonces, ¿por qué no te vuelves volando al lugar al que en realidad perteneces?

La sonrisa de él se hizo más ancha.

Te he ofendido.

¿Cómo se te ocurre? —preguntó ella en tono meloso. —Me has convertido en una fugitiva buscada por criminales, aparte de por las fuerzas del orden, y eso por no mencionar a tu mujer, pero me dices que no debo enamorarme de ti. Dime, por favor, ¿cómo voy a contenerme?

Inuyasha se echó a reír, y a continuación volvió a sentarse en la cama junto a ella.

Te lo digo solo por si te sintieras inclinada a ello. Una vez que haya cumplido mi misión aquí, tendré que volver a casa.

¿Cuando dices «casa», te refieres al Cielo? —inquirió Aome levantando una ceja.

Sí, exactamente. Volveré a ocuparme de que no te ahogues en ningún estanque y de que te pique la nariz cada vez que haya un peligro en ciernes.

Al oír aquello, Aome se subió las mantas hasta el cuello.

Quisiera que salieras de mi vida —dijo ella en tono calmado. —Ahora parece que estás sano, así que me gustaría que cogieras y...

Mira, tócame la cabeza —dijo él inclinándose hacia ella, sin hacer caso de sus palabras.

Aome pretendía permanecer distante, pero sentía curiosidad por lo ocurrido tras la noche anterior. Llevó las manos hasta los rizos mojados de su pelo y le palpó el cuero cabelludo. No había herida alguna, ni evidencias de que aquella noche hubiera habido una pieza de plomo redonda bien gorda allí incrustada.

Y mira esto —dijo enderezándose y pasándose de nuevo las manos por el pecho.

Aome vio lo que pudieran ser cicatrices curadas de lo que tal vez fueron agujeros de bala.

Y aquí —dijo él dándose la vuelta para que pudiera verle la espalda. —Dos de ellas salieron por la espalda.

Ella no pudo evitar pasarle las manos por las cicatrices, que parecían, ciertamente, agujeros de bala. Seshomaru había dicho que al hombre lo mataron en su celda dejándole «el pecho lleno de agujeros de bala y un balazo en la cabeza».

Girándose de nuevo, Inuyasha agarró el trozo de plomo de la mesilla de noche.

Esto me estaba causando unos dolores terribles, pero después de que lo sacaras me sentí mucho mejor. ¿Has dormido bien?

Mientras hablaba, le tendió la bala a Aome, que se quedó un momento sentada, contemplando aquella cosita horrenda. La había sacado la noche anterior de la cabeza del tipo con unas pinzas, y esta mañana él no tenía ni el más mínimo corte que indicara que había estado allí.

Alzó la vista hacia él.

¿Quién eres? —musitó. —¿Cómo es que puedes abrir puertas cerradas con llave? ¿Cómo es posible que te saque algo así de la cabeza y no sangres? ¿Cómo es que sabes tanto de mí?

Aome —dijo él dulcemente, y fue a cogerle la mano.

No te atrevas a tocarme —dijo ella. —Cada vez que me tocas, pasan cosas muy raras. Tú... Tú me hipnotizaste anoche, ¿no es así?

Tuve que hacerlo. Si no, ibas a llamar a un médico. Pero anoche no tenía la energía necesaria para serenar tu mente —dijo. —Me desmayé.

Te estás yendo por las ramas —dijo ella, —y no respondes a mi pregunta: ¿Quién eres?

Creo recordar que te dije que no te hablaría de ángeles a menos que me lo pidieras.

Ah, así que ahora tengo que rogarte que me digas...

Apartó la mirada, y de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas. Estos últimos días habían sido demasiado para ella.

¿Todas las mujeres humanas son igual de ilógicas?

¡De todas las cosas machistas que he tenido que oír, esta es la peor! —dijo ella al tiempo que se sacudía las mantas de encima, descubriendo que estaba en ropa interior. Sus pantalones de deporte y su camiseta estaban pulcramente colgados del respaldo de una silla en el extremo opuesto de la habitación.

¿Me has desnudado? —dijo, hirviendo de furia.

Parecías incómoda, y quería que durmieras bien —parecía ser consciente de que había hecho algo malo, pero sin estar muy seguro de qué era.

Cuando ella fue a salir de la cama de una vez, la agarró de la mano y, como siempre, ella se calmó.

Si me quieres escuchar, te diré todo lo que sé. Pero te advierto que no sé gran cosa. Debes creerme cuando te digo que estoy tan confuso y desorientado como tú. Me gustaría volver a casa tanto como a ti. No quiero que ande gente persiguiéndome, disparándome o haciéndome descolgar por los balcones. Tengo mis deberes y un trabajo que hacer, como todo el mundo.

Solo que resulta que tu trabajo está en el Cielo —dijo ella, apartándose de su contacto.

Sí —se limitó a decir él. —Mi trabajo está en otra parte.

Me pides que crea algo que es imposible.

¿Por qué? —respiró hondo. —Los humanos nunca creen en lo que no ven. No creéis que exista un animal hasta que lo veis con vuestros ojos. Pero que creáis o no en algo no afecta a lo que es o deja de ser. ¿Me entiendes?

Te entiendo; es solo que no te creo.

Inuyasha se la quedó mirando un instante y luego pestañeó.

Ah, ya veo. Crees en los ángeles, solo que no crees que yo sea un ángel.

¡Bingo!

Aquello hizo reír a Inuyasha.

¿Qué puedo hacer para demostrártelo? Aparte de dejarme crecer las alas, quiero decir.

Aome sabía que se estaba burlando de ella, pero no pensaba permitir que la hiciera enfadar. En vez de eso, se limitó a quedarse sentada y mirarle con hostilidad.

Al cabo de un rato, él se levantó y empezó a dar vueltas por el cuarto.

De acuerdo, has visto algunas cosas, pero no lo suficiente para que creas que soy lo que digo ser. ¿Cuál crees que ha sido la causa de lo que has visto?

Eres un mago y tienes ciertos poderes de clarividencia. Se te dan muy bien las cerraduras.

Y las balas —dijo él sonriendo, pero ella no respondió, de modo que volvió a sentarse en la cama. —De acuerdo, Aome. Te estoy pidiendo ayuda de humano a humano. Mis... eh... poderes de clarividencia me han dicho que hay una situación que hay que resolver y que te concierne a ti. Pero no tengo la menor idea de cuál es el problema, así que he de averiguarlo para poder resolverlo después.