Naruto no me pertenece a mí, sino a Masashi Kishimoto. Esta historia la hice para todos los NejiHina del mundo, especialmente para aquellos a los que como a mí, les han robado alguna vez su USB

¡Lo bueno es que los documentos tienen contraseña y que hay un respaldo de todas mis historias en mi compu :D…!

¡Ja para ti, ladrón…!


El sol ya estaba en lo alto del cielo cuando la criada del templo se pudo incoporar del suelo después de haber sido atacada una vez más por las aprendices de Miko de todo el templo, desde las recién ingresadas hasta las de último grado.

Todos los días era lo mismo. Ella acudía al llamar diario de la puerta, y exactamente a las diez de la mañana el cartero arribaba y le entregaba un gran paquete de cartas atadas con un listón. Ella trataba de correr hasta la oficina de la Gran Miko para dárselas en persona y que así ella pudiese leerlas y permitir entregar a las alumnas las que creyera que no contenían noticias o lenguaje indecente, pero en todos los años en que había estado al servicio del templo Shinto, no lo había logrado ni una sola vez. Siempre la interceptaba una aprendiza que venía del servicio o peor aún, un grado entero que debía cambiar de salón para llegar a una clase: Todas corrían hacia ella gritando y le quitaban el paquete de las manos, lo desbarataban y hacían imposible la correcta repartición; y en todo caso, las más amables, si lograban tomar una carta y se daban cuenta de que no era suya, gritaban el nombre de la destinataria, misma que tenía que abrirse camino hasta la chica con el sobre.

Ese día había sido especialmente brutal y una que otra carta había quedado tirada en el suelo, mismas que ella comenzaba a recolectar cuando la misma aprendiza de Miko de cabello azul y blanca mirada se le acercó con su semblante alegre e ilusionado. Su nombre era Hyuuga Hinata y la criada la envidiaba por haber nacido en una situación tan privilegiada: Era la heredera del emperador, vivía en una fortaleza, tenía al menos mil sirvientes y seguramente los pretendientes le sobraban… La joven le preguntaba a diario lo mismo y ella, que debía tratarla como a alguien superior, le contestaba lo mismo que todos los días y se regocijaba internamente al ver que toda la esperanza de su mirada se perdía hasta la mañana siguiente, cuando volvían a dar las diez de la mañana y le hacía la misma pregunta de nuevo.

–Buenos días… –saludó antes de inclinarse ligeramente–. Eh… ¿Hay alguna carta de parte de Neji Hyuuga?

La criada le lanzó una mirada gélida.

–Hoy se le hizo tarde, Hinata-sama. Siempre es la primera en romper el lazo de las cartas –la susodicha se sonrojó–, pero no. Hoy no hay correspondencia para usted. Como siempre –añadió con una sonrisa de superioridad.

A Hinata la ofendió esta actitud, pero como heredera al trono, no tenía porqué rebajarse a discutir con la servidumbre. Simplemente sonrió y prefirió dirigirse a su salón. Antes de entrar pidió disculpas para luego trasladarse ágilmente al lado de una rubia de ojos azules. Una vez acuclillada entre sus demás compañeras, la Miko continuó sus palabras:

–Ya lo saben niñas, mañana la hacienda que está en medio del bosque será la sede, como todos los años, del examen final en el que demostrarán si ya son dignas de ser Miko, y de esta forma, poner su apellido en lo más alto –la anciana sacerdotisa sonrió al ver como sus palabras despertaron los murmullos entre las chicas que instruía para servir al templo–. Ensayemos la ceremonia ¡Arriba todo el primer grupo, quiero verlas moviendo esos abanicos! –ordenó.

Diez de las jóvenes de dieciséis años, es decir la mitad de todo el grado, se levantaron del tatami tratando de no aplastar sus faldas tableadas y de que sus anchos camisones no se desfajaran. Hicieron dos filas a cada lado de la estancia portando sus abanicos y esperando la primera nota del shamisen para comenzar a deslizarse por todo el espacio disponible. La vieja maestra pidió silencio e indicó a su ayudante que comenzara a tocar la música.

–¿Crees que el examen de mañana será difícil, Hina? –escuchó decir la Hyuuga a alguien.

–Silencio Ino, no quiero que nos hagan limpiar el templo otra vez por estar hablando –contestó.

–¿Bromeas? Esa vieja jamás notará nuestras voces. Esta muy ocupada intentando recordar la última vez que rió –Hinata le dirigió una mirada reprobatoria antes de contestar.

–Pues yo… Yo creo que será agotador. Aún recuerdo nuestro primer examen, cuando teníamos ocho años. Tú y yo tuvimos que mantener vivo el fuego de una hoguera durante toda una noche sin dormir.

–¡Es cierto! También el segundo examen, a los doce, que tuvimos que pelear con unas armas gigantescas. A mí me fracturaron el brazo.

–No entiendo como Shizuka pudo haberte lastimado así, Ino.

–Eso lo dices porque tú dejaste tiradas a todas las de la clase. Jamás imaginé que tú, Hinata Hyuuga, la niña buena de papá, fueras tan letal –Hinata se sonrojó aunque no supo si lo que había dicho su amiga era en realidad un cumplido–. ¿Sabes? El examen de cuando cumplimos catorce, no estuvo tan mal. Fue teórico.

–Pero a ti no te preguntaron sobre la historia de los Hyuuga, y mucho menos de las características del Byakugan.

–¡Bueno…! Pero al fin vamos a terminar con esto y podremos tener novios y salir a diver…

–¡Yamanaka! ¡Hyuuga! –las susodichas saltaron de susto al escuchar la chirriante voz de su mentora. Las había atrapado interrumpiendo la danza más importante de todas, la que presentarían antes del último examen. Cabizbajas, caminaron hasta donde la mitad de sus compañeras habían detenido sus pasos, y donde una furibunda sacerdotisa las esperaba–. ¡¿Quiénes se creen para faltarles así al respeto a sus compañeras? –La anciana jaló de sus coletas, pero ellas asfixiaron su grito–. ¿Quién fue la primera en hablar?

Las jóvenes intercambiaron una mirada.

–Fu-fui yo, ma-maestra. Obligué a Hi-Hinata-sama a hablar co-conmigo. E-ella no ti-tiene la culpa de que m-mi boca no pu-pueda cerrarse –dijo Ino mirando a la sacerdotisa y tratando de zafarse de su agarre.

–¡Esta es la danza más sagrada de todas! ¡Tu castigo debería ser limpiar el templo durante una semana, o peor aún, perder la oportunidad de presentar el examen para convertirte en Miko! –Hinata miró temerosa a su amiga, cuyos ojos comenzaban a humedecerse. Por suerte, la sacerdotisa suspiró–. Pero al parecer, haz aprendido a ser humilde y aceptaste tu culpa. Sólo sal y limpia los zapatos de tus compañeras. Si terminas antes de que mi clase acabe, puedes entrar. Ahora vete –La gran Miko soltó la coleta ya deshecha de la rubia y ésta no tardó ni un segundo en correr hasta la salida, pero antes de deslizar la puerta, miró a la confundida peliazul que seguía sufriendo por la forma en que la mujer parecía querer arrancarle el cabello de raíz. Una vez fuera la Yamanaka, la anciana jaló tan fuerte de la coleta de Hinata, que casi cayó al tatami, aunque el alivio de que su cabello estuviera libre de nuevo no se comparaba con nada. Se peinó la misma coleta baja obligatoria del uniforme como aprendiza de Miko, y sin la cual (como había ingresado al templo con tan sólo seis años de edad) le era imposible vivir cómoda–. Y tú, Hyuuga, bailarás la pieza que tus compañeras practicaban antes de que ustedes las interrumpieran.

Hinata tragó saliva. Sin duda era de las más destacadas de su clase en cualquier aspecto; después de todo, era indiscutible que todas las Hyuuga ingresaban desde pequeñas al servicio del templo para que, tras convertirse en Miko, las comprometieran. Su madre había sido en vida la mejor de su generación bailando, su abuela paterna tenía una capacidad extraordinaria para erradicar espectros y, aunque obviamente su padre no tenía nada que ver, era el mejor de la familia peleando, nuevo campo que se había añadido a la categoría de aprendiza de Miko, pues recientemente era necesario defender al templo Shinto de los ladrones que frecuentemente intentaban robar las estatuas, las ofrendas, los adornos de oro e inclusive a las propias sacerdotisas, en especial a las más jóvenes, que por ser bellas, talentosas, pero sobretodo vírgenes, eran motivo de los más bajos pensamientos entre los varones del imperio. Hinata sabía todo esto, y teniendo a los genes de su lado, era la más prometedora para convertirse en Miko, pero antes de eso, la Gran Sacerdotisa elegiría sólo a las diez chicas que mejor bailaran para que presentaran el dichoso examen; y aunque lo había ensayado con ayuda de su doncella, no era lo mismo que presentar ese complicado baile con abanicos frente a veinte –dieciocho– pares de ojos.

–¿Hyuuga? ¿Qué esperas? –Hinata regresó de sus pensamientos, y con una sonrisa nerviosa, arrastró sus pies hasta el espacio libre del frente de la estancia, donde su maestra le dio su par de abanicos correspondientes, y tomando la posición adecuada, la ayudante de su mentora comenzó a tocar el shamisen–. Hyuuga, espera –Hinata regresó de sus pensamientos, y con una sonrisa nerviosa miró a su mentora-. Sírveme té primero.

Hinata inclinó la cabeza y agradecida por no tener que bailar en un rato más, fue hacia las repisas de la estancia, de donde tomó las hojas tostadas y la tetera con agua caliente y se acuclilló junto a la Miko para empezar la ceremonia del té: Trituró algunas hojas hasta que fueron polvo y las vertió en el agua. Acercó la taza y comenzó a servir con un chorro suave pero constante.

La puerta corrediza se desplazó, pero Hinata no debía voltear para saber quién era a menos de que quisiera que su maestra la golpeara en la cabeza con su pesado abanico.

–Tengo un mensaje para la señorita Hyuuga –por su voz, era obvio que era la Miko que recién se había graduado el año pasado, la única de su generación que permanecía leal al templo.

–Adelante.

Hinata no podía asegurarlo, pero creyó oír que desdoblaban un papel.

–El Emperador Hiashi-sama desea comunicarle a su primogénita que sus cercanos parientes, el gran Emperador del Oeste Hizashi-sama y su heredero, el joven Neji-sama, han viajado desde lejos para...

–¡Neji-kun está aquí! –Gritó Hinata al tiempo que la tetera se le resbalaba de las manos y se reducía a añicos en el tatami, esparciendo el agua hirviente por todo el piso y haciendo que sus compañeras salieran corriendo de la habitación–. ¡Gomen! –Trató de recoger los pedazos de cerámica, pero pateó la taza de su maestra por error–. ¡Por todos los Kamis! –Intentó agarrar la taza pero pisó las hojas tostadas, dejando la sala de clases hecha un desastre.

–¡Hinata Hyuuga! –gritó su maestra, con la cara roja por la furia.

–¡Gomen! ¡Gomen! ¡Gomen!

La peliazul hizo una rápida reverencia y salió corriendo de ahí antes de que la Miko pudiera tomarla de su coleta y la hiciera lavar el templo entero. Fue a calzarse y se topó con Ino.

–¡Neji-kun está aquí!

–¡Hinata Hyuuga! –continuaba gritando la Miko, pero esta vez fuera de la habitación, dispuesta a cazar a la próxima emperatriz.

–¡Corre antes de que te mate! –gritó la Yamanaka.

–¡Hai!


Hiashi había dado la orden directa de que al medio día todos sus sirvientes debían estar formados a la entrada del palacio y que cuando se divisara entrar a la ciudad a la caravana de su hermano gemelo, Hizashi Hyuuga, se le notificara de inmediato para bajar a tiempo y darle el recibimiento adecuado a sus familiares más cercanos y a la vez más lejanos, pues vivían del otro lado de la muralla que se extendía como divisoria entre los imperios del Este y del Oeste.

El emperador de los territorios del Este, Hiashi Hyuuga, apareció vestido con una yukata oscura y un collar de oro del que pendía una gran y brillante piedra azul, misma que se balanceaba de lado a lado por la prisa con la que el emperador descendía los últimos escalones al tiempo que el portón de metal rojo se abría, dejando entrar a un par de caballos que dieron la vuelta a la fuente a toda velocidad, seguidos de cerca por guardias con estandartes que mostraban con orgullo el escudo de los territorios del Oeste y una plataforma llena de equipaje y obsequios exquisitos traídos de lugares lejanos e inimaginables.

Hiashi vio al par de encapuchados desmontar sus caballos con un salto y aterrizar frente a él. Hiashi se aproximó y quitó la capucha del primer jinete, el de la derecha, rebelando a un joven alto, fornido y de cabello largo que de inmediato lo reverenció. Él lo imitó con una leve sonrisa antes de hacer lo propio con el jinete de la izquierda, sorprendiéndose al ver después de tanto tiempo a su hermano Hizashi, que aunque le doliera decir, se veía mejor conservado que él mismo.


La ojiblanca corría por el atajo que ella había descubierto años atrás y que conectaba el templo Shinto a la fortaleza, desde donde su padre dirigía a los pueblos de los territorios del Este; próximamente como ella también haría, después de todo, la tradición era que tras convertirse en Miko heredaría el poderío de su padre el emperador. El atajo era un campo de flores que ella y su primo Neji habían cuidado desde que eran niños, pero que ella nunca había pensado fueran casi de tres kilómetros cuadrados donde no se adivinaba si pisabas lodo o tierra firme. A los pocos metros vio un tronco y lo saltó sin problemas.

Talvez pareciera tonta por reír mientras corría y saltaba obstáculos, pero realmente estaba feliz por volver a ver a quien se convirtiera en su mejor amigo y en su protector con tan sólo diez años de edad, es decir, más de seis años atrás.

Las preguntas no tardaron en aparecer: ¿Seguiría siendo igual de amable? ¿Se habría vuelto alto? Su cabello… ¿seguiría siendo largo? O la mejor de todas: ¿Aún serían amigos?

Hinata, perturbada por esta última pregunta, no advirtió una rama que le hizo un tajo en el brazo izquierdo. La ojiblanca se detuvo a revisarse, y aún cuando sangraba, vio que faltaban pocos metros para el final del trayecto: Las caballerizas. Corrió sin importarle su herida y que sus pulmones exigían aire que ella les brindaba en una cantidad absurdamente pequeña. Por fin, se detuvo a descansar en las caballerizas, que estaban frente a la fuente y en un ángulo de noventa grados con la entrada principal, misma donde Hinata vio a su padre platicando animosamente con dos hombres. La ojiblanca limpió el sudor de su frente y forzó su vista para reconocer a los dos caballeros que aún tenían las riendas de sus caballos en las manos.

De pronto, su sonrisa se desdibujó, siendo remplazada por un gesto de sorpresa y a la vez de miedo.

Sintiendo que una fuerza desconocida la jalaba hacía abajo, buscó apoyo en un poste de madera para no desmayarse ante la impresión de en lo que su primo se había convertido: Un hombre alto y fuerte, con hombros anchos y facciones suaves, pero atractivas.

Hinata escuchaba sus latidos hasta en sus orejas y aún con doscientos metros de distancia de por medio, temió que su acelerado corazón la delatara y provocara que Neji la viera en las fachas que llevaba, con tierra en la cara y polen por todo su uniforme. La heredera cubrió sus oídos: El calor que subía por sus mejillas era una mala señal. Algo que nunca le había pasado y que seguramente era el culpable de que sus ojos no pudieran alejarse de la figura de su primo, ni siquiera cuando éste se volteó a verla.

La plática de los adultos fue decayendo hasta que Hiashi notó que Neji estaba ausente de la conversación, y curioso de saber qué era lo que provocaba a un joven hacer tal grosería, miró en la misma dirección en que éste, imitado casi de inmediato por su hermano gemelo, quien sonrió al ver esa pequeña figura en lo más oscuro de las caballerizas.

–¡Hinata-chan! –la llamó Hizashi con ternura.

Hiashi, viendo que su primogénita no se animaría a venir, retrocedió unos pasos antes de hacer señas desesperadas para que la joven fuera a saludar a sus parientes. Hinata obedeció y Hiashi se sintió morir cuando entre más cerca estaba, veía más y más manchas por toda su persona. No tardó en estar junto a los varones con la cabeza gacha, cosa que extrañó a su padre, pues ella era de las que miraban directamente a la cara siempre, por grosero que esto fuera: Hinata Hyuuga nunca había sido tímida con nadie.

Sin esperar una invitación, Hinata caminó hacia el interior de la fortaleza seguida de cerca por sus invitados y al último por su padre. Todos tomaron asiento y Hiashi se aventuró a romper el silencio de la habitación.

–Hinata, ¿recuerdas a tu primo Neji? Él pasó aquí una temporada cuando aún era un niño. Ya pasaron… ¿qué será? ¿Cuatro años?

–Seis años –corrigió Hinata involuntariamente.

Hizashi sonrió.

–Yo diría que recuerda a mi hijo bastante bien –ambos adultos tomaron como muy divertido el comentario, aunque al par de jóvenes se les hiciera de lo más incómodo.

–Bueno, bueno… El caso es que él es su padre, Hizashi Hyuuga. Emperador de los territorios del Oeste. Tú eras aún muy pequeña cuando lo viste, así que no lo recuerdas.

–Eh… Un gusto conocerlo… ¿t-tío? –tartamudeó Hinata al levantar la mirada y toparse con un hombre idéntico a su padre.

Los gemelos soltaron una risotada que sólo fue aplacada al ver a Kazu repartiendo las tazas con té. Hinata sabía que se estaba comportando como una tonta, pero la presencia de su primo no la permitía pensar en sus palabras y acciones tan fríamente como siempre, ¿y acaso había tartamudeado? Ya no recordaba nada que no fuera el sonrojo de su cara.

–No te preocupes, Hinata. Todo el mundo pone la misma cara al ver a los hermanos Hyuuga; pero hermano, creí que ya le habrías enseñado el árbol genealógico a tu hija. Es una de tus responsabilidades como padre de la heredera.

–Lo sé, pero con ese levantamiento en la frontera con el imperio del Norte, no he tenido tiempo ni para respirar.

–En ese caso, hay más Hyuuga que podrían desempeñar esa actividad, ¿qué tal Kazu-san? Tengo entendido que desde joven se ha encargado de Hinata.

–De ninguna manera. Darle conocimiento a Hinata sobre sus antepasados es algo sumamente importante que le respecta sólo a la familia más cercana. Algún día me sentaré con ella y un gran pergamino, no te preocupes.

Absolutamente nadie lo vio, pero Hizashi pisó con suavidad el pie de Neji.

–Tío Hiashi… –empezó no muy convencido el joven–, será un honor para mí brindarle ese conocimiento a mi querida prima, si usted me lo permite.

Hiashi lo miró extrañado, pero terminó asintiendo.

–Por mí no hay problema, pero no sé si Hinata pueda apartar una hora entre sus actividades de Miko.

–¿Miko? ¡¿Tan joven y ya eres Miko? –preguntó Neji más alarmado que curioso.

–P-pues sí, podría decirse, pero en realidad mañana es mi último examen para darme el grado de Miko.

–Y a propósito –intervino Hizashi–, he escuchado que todas las mujeres Hyuuga se preparan en el templo, pero, ¿qué es una Miko?

–Etto… Es una pregunta difícil si se busca una respuesta profunda, y mucho más para mí, que todavía no consigo ese título… –La joven comenzaba a recuperar su confianza, pero al notar a Neji con la mirada prendada de ella, se sintió morir–, pe-pero… pero la verdad es que nos entrenan desde pequeñas en artes como la danza y el canto… y también lo hacen respecto a las armas y a las técnicas de ataque y protección contra las cosas físicas, tanto como las que no lo son.

–Vaya… Suena agotador. Creo que ni siquiera los entrenamientos de Neji me suenan tan pesados.

–¿Entrenamientos…? ¿Entrenamientos de qué? –Cambió de tema Hiashi–, ¿tú qué haces de tu vida, Neji?

–De hecho…

Hinata perdía cada vez más la movilidad de su cuerpo al oír la grave voz de su primo, dificultándosele escuchar o decir algo durante los segundos en que sentía una corriente eléctrica atravesar su cuerpo: ¿Dónde había quedado esa voz dulce que a Hinata le gustaba tanto cuando niña?

–…por lo que domino las artes marciales, al igual que ciertas armas tradicionales –concluyó, sin que Hinata pudiera entender de qué había hablado.

–¿Enserio? ¡Tal como Hinata! –Presumió Hiashi–. Incluso es la mejor de su clase.

Incrédulo, Neji se giró hacia Hinata, que llevaba un largo rato mirándolo, pero que al ser sorprendida, se cohibió y bajó la mirada.

–Me gustaría una demostración –agregó el ojiblanco sin despegar la mirada de la joven.

–Imposible. No quiero que Hinata gaste sus fuerzas antes de su examen final.

–P-pero… si gustan p-pueden acompañarme mañana –susurró ella.

–¡Qué gran idea! –Dijo su tío–. Iremos todos, ¡no podemos perder la oportunidad de ver a una Miko en acción!

–Hinata promete que no se decepcionarán, ella sabe muy bien cuáles son los deberes que le corresponden como la heredera, y el más importante de todos es el de convertirse en una Miko reconocida en este imperio; y por lo que he visto en los últimos diez años, mi pequeña Hinata va por el buen camino –Hiashi tomó su taza de té y la colocó frente a su boca–. Su madre me lo dijo claramente: Jamás faltaría a su deber con el trono y nunca traicionaría mi confianza –concluyó.

Hinata sonrió con orgullo.

–¿Y cuántos deberes tienes como futura emperatriz, Hinata? –preguntó Hizashi, y su hijo se ocupó de no prestar atención a lo que no fueran los labios de Hinata.

–Son tres, tío –contestó sonriente.

–¿Tres?...

Ella asintió.

–Me los han inculcado desde niña, como a cualquier otra heredera que haya estado a punto de volverse emperatriz.

–¿Y cuáles son?

–Volverme la soberana de los territorios del Este, ser una Miko valorada, y por último, contraer una unión que sea beneficiosa para mi pueblo.

–¿Y tu padre ya tiene algún candidato en mente? –preguntó Hizashi girando su taza con aire distraído.

–No que yo sepa, pero no me extrañaría si me enterara de que me ha prometido incluso antes de nacer –le dijo con más confianza a su tío, cuyo aspecto despreocupado le hacía contraparte a la severidad del semblante de Neji.

–¿Y no preferirías que tu matrimonio fuera por amor?

Hiashi se irguió e hizo a un lado su taza, listo para advertirle a su hermano de la delicadeza de un tema así, sin embargo, la suave risa de su hija fue más rápida que sus ganas de hablar.

–Tío, es usted muy considerado al plantear una posibilidad así, pero yo soy la heredera al trono y no es necesario que me digan que mi vida perteneció a mi gente desde que vine al mundo. Si fuera la voluntad del pueblo sacrificarme mañana, yo me entregaría sin dudarlo.

Hiashi relajó su cuerpo y soltó un imperceptible suspiro de alivio.

Hinata apenas comenzaba a sentirse a gusto con sus visitantes cuando notó que Neji se incorporaba dispuesto a abandonar la habitación.

–Con su permiso, me retiro.

–¿Tan pronto, hijo? Si apenas la conversación se pone interesante.

Neji ni siquiera respondió. Sentía que si abría la boca, la ira se le notaría en el rostro y varios gritos a modo de reclamos resonarían por toda la fortaleza.

–Déjalo, Hizashi. Necesita descansar –opinó Hiashi antes de girarse–. Sólo permite que ordene a alguien mostrarte tu recámara, Neji.

–¡N-no!... –Los tres varones se voltearon a ver a la pequeña Hinata–. Etto… –Ya era muy tarde para retractarse, por mayor que fuera el miedo que tuviera–. Y-yo puedo m-mostrarle a N-Neji-kun s-su… –respiró hondo–. Su habitación.

–No es necesario, graci…

–¡Buena idea! ¿Quién mejor que tu prima para mostrarte el recinto, Neji? –lo interrumpió su padre.

–¡Bueno, entonces supongo que los viejos se quedarán charlando solos!

Ambos rieron, pero quien lo hacía más fuerte era Hiashi, asomándosele por los ojos algunas lágrimas. Hinata no pudo moverse: Era la única vez en años que veía reírse así a su padre. Sin embargo, al ver que Neji ya la había dejado atrás, se resignó a conformarse con ese pedazo de la risa de su padre y a conservarla para siempre en su memoria. Mientras, viendo que los jóvenes ya habían partido, las estruendosas risas se fueron aplacando hasta que el silencio fue propicio para otro tema de conversación.

–Hizashi, lamento reprenderte en tu primera hora de estancia aquí, pero aunque no se le notó a mi hija, estoy seguro de que la incomodaste… aunque no tanto como a mí.

El susodicho hizo para atrás su largo cabello antes de responder.

–Lo siento. Me dejé llevar. Sabes que no estoy de acuerdo con estas cosas.

–Sí, sí, pero desafortunadamente, sólo tú y yo tuvimos la fortuna de casarnos con las mujeres que amábamos. Casos así nunca se dieron en nuestra familia.

Hizashi no respondió. Su hermano había tocado inconscientemente un punto demasiado doloroso. Recordar era algo muy complicado, incluso ahora que habían pasado tantos años. De un momento a otro, se sintió la tensión en el ambiente.

–Y… ¿sabe ella para qué hemos venido? –inquirió finalmente.

–No con certeza, pero siempre ha sido muy perspicaz, seguramente ya comienza a sospecharlo.


Hinata alcanzó los pasos de Neji cuando ya estaban en los últimos tres pasillos antes de llegar a su habitación, lo que significaba que su tiempo de cerciorarse de si él aún conservaba su amistad también, se había reducido bastante.

–Neji-kun… No te he dado ninguna señal de orientación y tú no haz errado en un solo pasillo, ¿acaso aún recuerdas cuál fue tu habitación la última vez que viniste?

–Ciertamente.

–¡Pero si han pasado muchos años!

–Tengo buena memoria.

Hinata guardó silencio. Ya comenzaba a sentirse intimidada.

–¿Sabes? Me encargué personalmente d-de cuidar del árbol que sembraste afuera de la fortaleza, ¿te gustaría ir a removerle la tierra más tarde? ¡Será divertido!

–¿"Remover tierra…"? Hinata, ¿cuántos años tienes? ¿Seis?

El orgullo de Hinata se vio herido, pero algo que ella decidió adjudicarlo a la cortesía, le impidió reclamarle.

–Veo que hay cosas que dejaron de interesarte como cuando eras niño.

–Crecí, Hinata. Hay muchas cosas que no sabes de mí.

–Tienes razón. Creciste. Ahora estás más alto y tu voz es más grave.

–Lo notaste –zanjó con sarcasmo mientras daban vuelta en una esquina, llegando así a su dormitorio–. Ahora si me permites…

Hinata interpuso su pie, obstaculizando que su primo deslizara la puerta.

–¿Qué pasa?

Ella sólo sonrió y Neji pareció entenderlo: Quería un cumplido sobre sus cambios durante tantos años sin verse; pero lo último que se le hubiera ocurrido a Neji, sería hacerle un cumplido.

–Eh… Tu cabello creció –Hinata lo miró con una mezcla de incredulidad y confusión mientras retrocedía y Neji pudo encerrarse en su habitación.

La peliazul se recargó en la puerta de papel sin poder explicar la actitud de su primo, sin embargo, no creyó apropiado quedarse afuera a esperar a que saliera: Ella quería recuperar su amistad con él, no acecharlo, y siendo así, esperó unos segundos antes de caminar exactamente ocho pasillos antes de llegar a su habitación.

Escuchando sus pasos alejándose por el pasillo, Neji despegó su frente de la puerta y fue a sentarse en su futón con la cabeza cerca de las rodillas sin creer aún lo que había hecho.

¡Hinata lo iba a volver loco con su actitud para con el pueblo; parecía una mera muñeca que se puede doblar y romper! Definitivamente su padre le había lavado el cerebro.

Al menos lo tranquilizaba su capacidad de pensar bien sus palabras antes de hablarle, porque cuando le dijo que su cabello había crecido… Definitivamente ese detalle había sido el último que había notado en cuanto la vio.

Neji se levantó de un salto y decidió salir y buscar la zona donde los habitantes de la fortaleza tomaban sus baños. Después quizás dormiría un poco para recuperarse de tan larga travesía. Tenía demasiado en mente y demasiadas frases incompletas que una vez terminadas serían el arma perfecta para demostrarle a la dulce Hinata todo el desprecio que le tenía por lo que, de no ser porque su padre lo había puesto al tanto, ella le seguiría ocultando para poder jugar con sus sentimientos a su antojo.


Ino aún tenía las manos amoratadas por haber limpiado su casa de arriba abajo a causa de un castigo que su madre había creído pertinente al haber descubierto unas prendas íntimas nada usuales en una joven Miko de su edad. Ino no cabía en sí de las ganas que tenía de contárselo a Hinata y ver cómo se sonrojaba; incluso había llegado muy temprano al templo, pero cuál había sido su sorpresa al ver que Hinata era la última al entrar por el enorme portón rojo y que la Miko a cargo no la había dejado afuera por ser su primer retraso.

Una vez dentro la llenó de preguntas hasta que la primera maestra entró al salón, pero no obtuvo ninguna respuesta, ya que la ojiblanca siempre la silenciaba confesándole su temor de que la Miko las sacara de la clase. Por fin, la Gran Miko mandó llamar a la maestra que les estaba impartiendo clases y se vio obligada a abandonar el salón no sin antes pedir a sus alumnas no hacer demasiado ruido en su ausencia. Cerró la puerta detrás de sí e Ino no tardó en voltearse hacia Hinata.

–Hina… ¿qué te pasa? Te ves cansada y triste. Anda, cuéntamelo, ¿te dijeron algo?

Hinata se dio por vencida, sabiendo que podría esconderle mil cosas a su padre, pero nunca a Ino. Sus ojos se nublaron y ella trató de limpiarlos, dándole una pista a su preocupada amiga.

–Esos viejos del consejo se volvieron a meter contigo, ¿no es cierto? –ella negó–. ¿Entonces?

La ojiblanca comenzó a respirar ruidosamente y a soltar pequeños sollozos. Intentó aclarar todo, pero la voz se le rompía.

–N-Neji está aquí –murmuró.

Ino cubrió su boca y sonrió.

–¡Kami-sama! ¡Pero si esa no es razón para estar triste! ¡Durante años haz esperado una carta suya, y de pronto, viene de visita! ¡Deberías estar brincando por todas partes!

Hinata sonrió, pero su tristeza era imposible de negar.

–Ino, tú misma viste que salí corriendo con la intención de recibirlo –ella asintió–, pero cuando llegué… yo… yo… pensaba que nos veríamos y sonreiríamos, que seguiríamos siendo tan amigos como siempre y que él me seguiría viendo con cariño, pero… ¡Lo vi tan diferente! –sonrió con melancolía–. Ahora es alto, fuerte y… muy guapo. Mi corazón saltó, lo admito, pero en cuanto vi sus ojos… se habían vuelto fríos y distantes… Las veces que me volteó a ver lo hizo de manera despectiva, casi diciéndome que no me había convertido en lo que él esperaba y que ahora él estaba sobre mí.

Ino la miró sin parpadear, y cuando creyó reunir las palabras correctas, habló.

–Hinata, estás loca de remate, ¿o qué? –La ojiblanca se sorprendió por el poco tacto de su compañera–. ¡Eres la heredera de los territorios más fértiles que existen! ¡Eres la mejor Miko que hay! ¿Y tú te dejas intimidar por un niñito de mamá? ¡No tomes ese papel de víctima! ¡Si Neji te trata mal, trátalo mal también!

–No… No me trata mal… Sólo… Sólo no me da el lugar ni la importancia que me gustaría.

–Entonces que Hinata Hyuuga no le dé a Neji Hyuuga el lugar ni la importancia que él cree que todos le deben. No digo que le hables mal, sólo sé más lista que él y déjalo en ridículo cada vez que puedas.

–Pero Ino… Yo lo estimo.

–Pero él al parecer a ti no. Así que no hay nada que te impida tratarlo como basura.

Hinata estaba lista para ponerle otro "pero" a las ideas de Ino, cuando escucharon gritos afuera y vieron a todas las aprendizas de Miko de su salón salir corriendo. Hora del correo.

Ino la tomó de la mano para ponerla de pie.

–Ni una sola vez hemos dejado de ir a ver qué mandan, ¡vamos! –Hinata se resistió-. ¿Qué pasa?

–Sólo iba porque esperaba encontrar algo de parte de Neji, pero ahora… Sería lo último que desearía.

–Bueno, pero ¿no se te ha ocurrido pensar que quizás Hanabi haya enviado algo?

–¿Después de cinco años de ausencia?

–Mira quien habla, la que esperó siete años por una carta.

Hinata sonrió, pero no cambió su parecer de no acompañarla, así que Ino la arrastró hasta la puerta corrediza, y justo cuando la estaba persuadiendo de salir por completo, una chica de grado menor que ellas gritó que había un sobre para Hinata Hyuuga. Ninguna de ellas se movió hasta que la chica se les acercó y le entregó la carta a la peliazul, que la tomó y se dispuso a leerla sentada en las escaleras al lado de Ino, que intentaba averiguar lo que decía la cuidadosa caligrafía del remitente sobre los esfuerzos de Hinata por impedírselo.

Los blanquecinos ojos analizaron la carta dos, tres veces… Y en cada una de ellas la tez de la Hyuuga perdía más color. De pronto, Hinata bajó el papel y estaba más blanca que la nieve.

–Hina, ¿estás bien? ¿De quién es la carta? ¿Qué dice? –preguntó una preocupada Ino.

Ella la miró con terror en los ojos.

–E-esto es malo.

La alterada respiración de la Hyuuga se hacía más notoria conforme avanzaban los segundos y su amiga temió que la noticia fuera tan mala como para causarle un desmayo.

–¡Hinata, cálmate! ¡¿Qué dice la carta?

Hinata no respondió. Su mirada permanecía perdida entre la aglomeración de aprendizas de Miko que seguían peleándose las cartas, cuando la hoja atiborrada de una esmerada caligrafía se le escapó de las manos y voló hasta la base de la escalera.