Naruto no me pertenece a mí, sino a Masashi Kishimoto. Esta historia la hice como un fin de promover la lectura (sí como no… ¡reviews! ¡esa es mi malvada meta! Muahahahaha), mostrarle al susodicho una buena idea para una serie inspirada en sólo Neji y Hinata, y demostrar mi completo apoyo al pairing.

¡Un favor! Seguramente como buen NejiHina haz leído "Aunque sea un poco" de Moonmaster, ¡bueno, pues mi compu ya no abre la página en la que está escrito! ¡Estoy desesperada…!

Si pudieran dejarme un link de donde leerlo (que no sea en fanfic .es) o aquellos afortunados que sí pueden leerlo en la página, copiarlo a un documento de Word y mandármelo (¡Sólo díganme y yo dejo mi correo a la vista!)

¡Por favor! ¡Por favoooor…! Ejem, bueno, a la historia. Cof, cof.


Hinata nunca había estado tan preocupada. Su cabeza estaba recargada en sus manos y la única persona que le podía dar un consejo de qué hacer en esos momentos era Ino, pero estaba ocupada leyendo la carta por enésima vez, suspirando y bufando a la vez.

–Kami-sama… –se le escapó.

–¡Lo sé! –Contestó Ino-. ¿Cómo es posible que alguien tan guapo y de tan buena posición como Sasuke Uchiha, sea tan engreído? ¡Esta carta es horrible!

Hinata la miró de forma que la hizo entender que no estaban hablando del mismo tema.

–Ino… –tomó la carta y la desdobló-. Esto no me sorprende para nada. Siempre ha gozado de llamarme tonta.

–¿Entonces por qué ese "Kami-sama" suspirado?

–¡Porque va a ser un total desastre tener a Neji y a Uchiha-san a menos de un kilómetro de distancia! ¡Se han odiado desde niños!

–¿Y qué vas a ser?

–Por ahora, tirar la carta –dijo la ojiblanca parándose, pero Ino la jaló del brazo, sentándola de nuevo.

–¡¿Cómo? ¡¿Aquí? –Hinata asintió sin entender cuál era el problema-. ¡Las Miko son tan chismosas que hurgan hasta en la basura! ¡No puedes tirarla aquí!

–Ino, es una carta. No dice nada relevante.

–Pues sí, es cierto pero, ¿sabes cómo se pondría la gente si se enterara de que mantienes correspondencia con el heredero de los territorios del Norte, estando estudiando para ser Miko?

–No habría porqué enojarse. No hay guerra entre nosotros.

Ino se llevó la mano a la cabeza.

–¡No es eso! –Ino abrió la boca, pero no encontró palabras para hacer entender a Hinata su punto-. ¡Olvídalo! Simplemente te digo que no la tires ni aquí ni en ninguna parte. Mejor quémala cuando estés en la fortaleza.

–Eso haré –zanjó Hinata doblando la carta y metiéndola a su hakama rojo; los anchos pantalones plisados.

–Asegúrate de hacerlo antes de la hora del examen.

–¡Kami…! ¡Hoy es el examen! ¡No recordaba!

–Hina, ¿pues dónde tienes la cabeza?

–Sinceramente, Ino… No tengo idea –suspiró.


Después de tomar un baño, cambiar su uniforme y peinar de nuevo su eterna coleta baja, Hinata bajó a las caballerizas junto con su tío Hizashi y su padre, que iban correctamente vestidos considerando la posición de la que gozaban y de lo incorrecto que era incurrir en cualquier clase de error en el templo Shinto: La única razón por la que sus súbditos no se comportaban como salvajes.

Todos montaron sus caballos, excepto Hinata, cuya yegua estaba incapacitada para un trayecto tan largo según el cuidador de todos los caballos. Aunque un poco incómoda, la aprendiza se acostumbró al galope de otro potro, al cual no le costó trabajo domar. Apenas cruzaban la puerta del imperio cuando su tío Hizashi interrumpió la calma de los acompasados pasos de los caballos.

–Hinata, ¿qué no nos estamos alejando demasiado de la fortaleza?

–Así es, tío.

–Pero, ¿por qué?

–Mi examen será en lo más recóndito del bosque, en una vieja hacienda que fue deshabitada a finales del siglo pasado.

–¿Eso quiere decir que la hacienda tiene más de cien años de antigüedad? ¿No es peligroso? ¡En cualquier momento podría venirse abajo!

–No si hay sacerdotisas dentro, tío –contestó sonriente Hinata antes de ponerse frente al grupo-. De acuerdo, desde aquí deberemos acelerar el paso. Entre más nos aproximemos al centro del bosque aparecerán criaturas más peligrosas, así que, si nos es posible evitarlas, mejor.

Todos asintieron e hicieron lo propio mientras seguían a Hinata, que iba al frente del grupo con el Byakugan activado: La más notable característica de todos los Hyuuga. Neji, que iba a la par junto con su tío y su padre, escuchaba los halagos que le hacía Hizashi a su hermano sobre el control que Hinata tenía de la línea sucesoria de la familia.

Impulsado por una rabia interna, Neji obligó a su caballo a dar su máximo para poder alcanzar a Hinata, quien se sorprendió al verlo a su lado, pues había dejado muy en claro que sería ella la guía, más dejó las cosas como estaban, aunque sí tratando de hacer a su caballo correr más que al de su primo.

–¿Ven esa construcción en lo alto de la montaña? –Preguntó alzando la voz-. Ahí es a donde nos dirigimos.

Entonces fue que Neji habló en el volumen adecuado como para que solamente ella pudiera oírlo.

–Ya puedes disminuir la velocidad, Hinata. Yo los dirigiré desde aquí.

Y dando una sonora palmada al animal, éste corrió aún más rápido, dejando a Hinata atrás con todo y su sorpresa, siendo alcanzada pronto por su tío y su padre, uno a cada lado. Aún atónita, desactivó su Byakugan y por poco y no escucha la voz de su tío, que le habló con paciencia, notablemente acostumbrado al comportamiento de su hijo.

–Por favor no te ofendas, Hinata. Lo que pasa es que Neji está acostumbrado a ser siempre el primero.

Ella asintió, y tras ver cómo Neji alzaba el brazo indicando que el camino estaba libre y que debían seguir adelante, sonrió. Era una invitación para que lo alcanzara. La estaba retando.

Hinata susurró en la oreja del caballo y le acarició el costado: Una técnica siempre útil en los caballos del imperio que los hacía correr aún más rápido que cuando los golpeaban. El cambio fue súbito, y en menos de cinco segundos Hinata ya estaba dos metros delante del castaño y esta distancia aumentaba cada vez más. Neji le dedicó una mirada amenazante, y tras golpear al animal en el costado, la alcanzó para después volver a ser dejado atrás por la heredera.

Así siguieron todo el camino hacia la montaña, jugando inconscientemente; pensando que lo que estaban haciendo era en realidad dejando en ridículo al otro. Pasados varios minutos, y siempre mirándose fijamente, fue que ambos jóvenes redujeron a la mitad el tiempo normal del recorrido.

Hinata llevaba más de ocho metros de ventaja cuando frenó. Y Neji, creyendo que quizás se había asustado al ver a una serpiente cruzando el camino, aceleró el paso de su caballo, que, notando algo que él obviamente no, frenó en seco, haciéndolo salir volando de la silla de montar. Hinata vio todo el espectáculo y aunque ella hubiera podido jurar que estaba desilusionada al no haber visto a su primo ensuciarse al caer al suelo, estaba aliviada, pues éste, al tener experiencia con las artes marciales, tocó el suelo, dio un par de piruetas y cayó de pie sin un sólo rasguño.

Hinata le dio tiempo a su caballo de saltar la zanja que se extendía a lo largo del camino antes de hacerlo caminar con lentitud hasta donde Neji estaba. Considerándose la altura del caballo, no era de extrañar que Hinata viera a Neji como algo insignificante.

–A partir de ahora, acostúmbrate a ser el segundo –proclamó con una sonrisa burlona.

Desmontó y caminó con las riendas del caballo en la mano hasta que llegó a la hacienda, donde un gran grupo de gente dificultaba el paso. Ató al caballo junto a los demás y esperó a que sus tres familiares también lo hicieran para poder entrar al recinto, donde la separaron de ellos y la llevaron junto a las demás aprendizas, que hablaban sobre lo nerviosas que estaban.

Hinata se concentró en buscar a Ino y la encontró al final de una fila con otras muchachas de uniforme rojo y blanco. La saludó e Ino de inmediato la tomó y la puso atrás de ella en la fila.

–Qué bueno que llegaste temprano, antes de que esto se complique.

–¿De qué hablas? ¿Y para qué es esta fila?

Ino se volvió para ver el biombo al cual entraban varias compañeras aprendizas por un lado, para salir por el otro sonrojadas y muertas de miedo pocos minutos después.

–Es el filtro –contestó con sencillez.

–Ah… –contestó sin entender-. Y… ¿en qué consiste?

Ino se sonrojó.

–En verificar si… si no haz mantenido relaciones con algún hombre.

–Oh… Y –comenzó confundida-. ¿Qué es eso?

Ino la contempló con pensamientos contrariados: No sabía si su amiga le tomaba el pelo o realmente no sabía a lo que ésta se había referido, pero, al no escuchar ninguna risa por parte de Hinata, se inclinó por la segunda opción.

–¿Es enserio, Hinata? ¿No sabes qué es mantener relaciones? –La Hyuuga negó inocentemente-. Hinata… –susurró-. Cuando digo "mantener relaciones con un hombre", me refiero a…

–¡Yamanaka! ¡Hyuuga! ¡Tomikawa! –gritó una voz.

Las dos amigas, junto con la chica que estaba detrás de ellas, entraron al biombo, donde había tres banquillos bastante altos y tres Miko sentadas frente a ellos.


Hinata seguía con el rostro rojo, al igual que Ino, después de haber estado detrás del biombo siendo revisadas por sus maestras, pero por más dudas que la peliazul tuviera sobre el tema, se sentía demasiado apenada como para hablar, así que prefirió esconder de nuevo el saco donde llevaba todas sus cosas tras haber sacado su listón rojo y sus adornos de flores, los cuales pidió a Ino que le colocara en el peinado, y ambas tomaron asiento en una banca que estaba cerca del escenario en el cual de cinco en cinco, bailarían. Hinata aprovechó el tiempo para practicar la parte en la que, con un abanico en cada mano, ponía un brazo adelante y otro atrás para lanzar uno de los abanicos por encima de ella y luego atraparlo, mientras que Ino veía como varias chicas salían llorando del biombo y consecuentemente una Miko les levantaba el rostro con su abanico cerrado, les explicaba la deshonra que eran para su familia, para el templo y para las sacerdotisas, antes de entregarlas a sus padres, que después de abofetearlas, se las llevaban arrastrándolas del brazo.

–¡La primera mitad del grupo uno! ¡Vamos, al escenario! –gritaba una maestra mientras ordenaba la fila de las primeras cinco chicas que bailarían, pero sólo aparecieron cuatro-. Aquí falta una, ¿por qué? –las jóvenes no supieron cómo responder, sólo vieron a otra Miko acercarse.

–Miko Hori –interrumpió-, sólo dieciséis aprendizas pasaron el filtro. Todo se ha reordenado y ahora serán cuatro grupos de cuatro chicas las que pasarán a bailar.

La Miko Hori asintió lentamente y la informante se marchó. En un segundo, la Miko recuperó la compostura ante las cuatro chicas con hakama rojo que tenía enfrente.

–¡Demuestren lo que valen y honren a sus familias convirtiéndose en Miko! –concluyó antes de que éstas caminaran hasta el escenario y se repartieran el espacio disponible ante la vista de la mayoría del pueblo.

El par de amigas vio caminar hasta el escenario y luego volver de él a doce de sus compañeras. Ellas eran las siguientes.

Se pusieron en pie en cuanto una de las Miko empezó a ordenarlas, Ino encabezando la fila y Hinata como la tercera. La peliazul se olvidó por un momento de todo, exceptuando el latido de su acelerado corazón. La fila avanzó, y cuando menos lo pensaba, ya estaba en el escenario con cientos de miradas sobre ella y esperando las primeras notas temblantes del shamisen.

Ella era lo único que parecía moverse. El tiempo se había detenido. Todo se trataba de ella, de sus abanicos y… ¿de su madre? Súbitamente, Hinata pareció vislumbrar en su mente el rostro de su madre, el mismo que tantas veces había mirado cuando niña y que ahora se desvivía por recordar, despertando a mitad de la noche con la respiración acelerada por el miedo a perderlo.

Hinata no se daba cuenta de la profundidad con la que bailaba, como si por cada paso perdiera una esperanza, cuando en realidad, quería alcanzar una: Volverse Miko y así cumplir el segundo más grande sueño de su madre antes de morir.

Los aplausos la devolvieron a la realidad; siendo lo primero que vio una audiencia en pie aclamándola a ella y a sus compañeras, que sorprendentemente, habían acabado en la misma posición sin siquiera un milímetro de diferencia. Pasada la euforia, los pueblerinos comenzaron a tomar de nuevo sus asientos y Hinata no sabía si avanzar para poder sacar a sus compañeras del escenario, o quedarse ahí parada. A punto ya de enderezarse, todas sus compañeras aprendizas comenzaron a formarse detrás de ellas. Hinata e Ino intercambiaron una mirada con sus otras dos compañeras para poder incorporarse a la par.

Antes de que se les ocurriera siquiera moverse, las dieciséis muchachas vieron a la Gran Miko subir al escenario de la mano de una Miko más joven y de inmediato la reverenciaron acuclillándose y pegando su frente al suelo. Hinata comenzaba a sospechar que la Gran Miko permitiría levantarse sólo a las elegidas para pasar a la siguiente etapa del examen, guiándolas de la mano hasta la parte baja del escenario para que recibieran las felicitaciones de sus familiares.

–Es un gran honor para mí presenciar a otra generación de hermosas y talentosas jóvenes convertirse en Miko; la máxima expresión de pureza y de honor que puede existir –exclamó la anciana con voz lenta, pero fuerte y decidida-. Hoy, junto con la ayuda de todos los años de experiencia que tengo, he decidido que sólo ocho de estas dieciséis jóvenes son dignas de presentar la segunda fase del examen; y no fue sólo por su habilidad para presentar este baile, que es el más sagrado de todos; sino por el desempeño que han tenido durante toda su estancia en el templo.

La Gran Miko abandonó la mano de su ayudante y con pasos temblorosos caminó varias veces entre las jóvenes repitiendo siempre el mismo camino. Hinata no debía levantar la cara por respeto, pero podía ver los pies de la Gran Miko ir y venir y escuchar cómo se levantaban varias de las que habían sido sus compañeras por años.

La Hyuuga cerró los ojos y rezó para que la Gran Miko la tomara de la mano y la pusiera en pie; para que no la dejara ahí, en el piso, igual que su orgullo.

–Estas jóvenes que acabo de levantar, son bellas, talentosas, inteligentes y prudentes… Tienen todas las características que cualquier otra mujer del imperio podría desear cultivar en toda su vida. Por lo cual, a mi criterio, son la clase de Miko que necesita el templo Shinto. Estas aprendizas se convertirán en sacerdotisas del imperio del Este.

Algunos gritos de júbilo comenzaron a oírse y Hinata sintió escapársele una lágrima mientras imaginaba a su padre sentir cómo se le rompía el corazón a causa de la deshonra. Sin embargo, más importante aún… Le había fallado a su madre, a su abuela… Hasta a Hanabi.

–Más… –continuó la Gran Miko-. No en ésta ocasión. Por favor, no alarguen la decepción de sus padres y salgan del escenario.

Hubo silencio durante varios segundos y luego se escucharon los rápidos pasos de las jóvenes humilladas huyendo de la mirada inquisidora del pueblo antes de deshacerse en lágrimas.

–Ustedes ocho fueron las verdaderas elegidas para tener la oportunidad de volverse Miko. Felicidades, han pasado la primera fase de su examen.

Hinata levantó la mirada al igual que las otras siete chicas y sonrió. Abajo del escenario, una de sus mentoras les indicaba que se levantaran. Los gritos y los aplausos no se hicieron esperar; ahora eran el orgullo del pueblo, el orgullo de sus padres.

–Las invito a que pasen a prepararse para lo que viene y para proclamar las alabanzas y rezos correspondientes a los Kamis, que se han apiadado de ustedes y han bendecido a sus familias dándoles la capacidad de honrar al templo de su pueblo.

Las ocho muchachas hicieron una profunda y prolongada reverencia y luego salieron del escenario aún recibiendo las felicitaciones a gritos de la audiencia. Hinata no cabía en sí de alegría y buscó a Ino para felicitarla, encontrándola en lo más profundo del círculo de quince aprendizas que rodeaban a la Miko Hori.

Sabiendo que estaría dando las indicaciones de lo que consistiría la segunda fase, se apresuró y en segundos ya estaba junto a ellas.

–¿Ya están aquí reunidas las ocho aprendizas que pasaron y las ocho que no? –La maestra alzó la mirada y contó en voz baja-. Correcto, entonces les diré de qué trata la siguiente prueba: Las que pasaron airosas esta primera prueba, tratarán las heridas de alguien. La Gran Miko juzgará su trabajo y determinará si pueden presentar las demás pruebas.

Uno que otro murmuro se escuchó antes de que siete de las aprendizas se alejaran, mientras que Hinata (más que nada por curiosidad) y las otras ocho se quedaron junto a la Miko.

–Y respecto a ustedes, podrán recuperar su puntaje contestando correctamente las preguntas de varias Miko, que por cierto, esperarán en una de las estancias de la hacienda. Si lo logran, tendrán la posibilidad de volverse Miko, pero de un menor rango.

La Miko hizo señas para que dos criadas guiaran a las aprendices, y no queriendo interrumpir, Hinata vio alejarse la larga y baja coleta rubia de su amiga sin intentar hablarle. Rezó una plegaria por ella y justo cuando iniciaba la segunda, vio como varias parejas de Miko llevaban a cuestas a ocho hombres malheridos hasta el escenario. Hinata pudo ver de cerca a casi todos ellos y notó que no eran hombres de la aldea, ni siquiera de todo el imperio del Este, pues traían armaduras que ella jamás había visto. Una de las Miko pasó cerca de ella y la ojiblanca decidió abordarla.

–Disculpa, estos hombres ¿de dónde son?

–No lo sabemos, pero definitivamente no son de aquí. Mira la insignia de sus escudos y te darás cuenta.

–Pero si no son de aquí… ¿cómo los encontraron?

–Unos campesinos los hallaron no muy lejos de sus huertas y casi tan muertos como están ahora. Es increíble que esas personas viajaran desde los límites del imperio hasta aquí preocupadas por su salud.

Hinata agradeció la información antes de caminar hacia el escenario, aunque no estaba de acuerdo con que esos pobres hombres fueran víctimas de las atentas miradas de todo el pueblo.

Las otras siete aprendizas entraron con ella y se colocaron al lado de sus respectivos enfermos y comenzaron a disponer de todos sus conocimientos sobre medicina para aliviar el sufrimiento de los hombres. Hinata se arrodilló junto al que se veía más herido y colocó su cabeza sobre su regazo cubierto por la falda roja antes de proceder a quitarle la cobertura de metal que lo protegía. Cuando el hombre quedó sólo en su holgada y sucia ropa, Hinata tomó en sus manos su escudo y pudo adivinar entre toda la tierra incrustada el símbolo de las tropas del Norte.

–Uchiha… –murmuró, y el hombre se estremeció hasta que pudo soltar un susurro.

–Capitán…


A decir verdad a cualquier Miko del siglo pasado le hubiera extrañado ver a gente montada en caballos en la procesión de regreso a la aldea, especialmente a las aprendizas que habían presentado el examen, pues la tradición antiquísima era de caminar todo el regreso aún cuando ya no hubiera fuerza suficiente. Hinata conocía la tradición y por eso iba caminando con su caballo a la izquierda y luciendo una esplendorosa sonrisa cada vez que alguien se le acercaba para regalarle algo o simplemente para felicitarla.

Su padre y su tío dijeron no creer resistir montar de regreso a la fortaleza, así que viajaban cómodamente en un carro tirado por cuatro caballos mientras que Hinata tenía que aguantar la pesada aura de su primo, que iba a caballo resguardando su flanco derecho.

–Hinata, sube a tu caballo. Casi no te queda nada de energía. Podrás ir sonriendo, pero quieres dormir –dijo de repente, tomando por sorpresa a la ojiblanca.

¿Acaso se estaba preocupando por ella?

–Obedece y evítame la molestia de levantarte del piso después de que te desmayes.

Evidentemente no.

–¿Qué tal si mejor tú bajas del caballo y caminas conmigo? –respondió ella.

–Mi intención no es acompañarte, sino obedecer a tu padre.

Hinata recordó que antes de abandonar la hacienda ya con su título de Miko, su padre la había invitado a acompañarlo a él y a su tío en el carruaje. Ella había declinado la oferta diciendo que cumpliría la tradición al pie de la letra, y Hiashi proclamó, tras haberla besado en la frente y sin dejar de mirarla: "Neji, por favor acompáñala. Ahora es más valiosa que antes".

Hinata sonrió para sus adentros aún más sin saber qué sería de ella si de un día para otro su padre se deshonrara de ella.

–Hinata… –La volvió a llamar Neji para que obedeciera, pero ella lo cortó.

–Tengo más fuerza de la que te imaginas. Podría enfrentarte un sin fin de veces y jamás me vencerías.

–¡Por favor! Si me retaras a una pelea, aún cuando yo no tuviera arma, y de no ser porque eres mujer, barrería el suelo contigo.

Hinata se giró a verlo y sus mechones se balancearon.

–Tu boca es casi tan grande como tu ego –aseguró.

–¿Acaso tratas de disimular tu miedo con comentarios insultantes? –preguntó él con sorna.

La rabia de Hinata no le permitió responder, en cambio, sintió que sus manos ardían.

–Hablas muy confiado de ti mismo; necesitas un poco de humildad.

–¿Humildad? –repitió él.

–Sí. Y sólo hay una forma de enseñártela –contestó sin mirarlo.

–¿Ah, sí? ¿Y cómo?

–Lastimando tu agobiante orgullo –dijo volviéndose-. En dos días combatiremos en la fortaleza.

–¿Por qué no mañana mismo?

–Tendrías demasiada ventaja. No recuperaré mi fuerza vital hasta el día que te digo.

–Como prefieras, pero advierte antes a tu padre. No deseo reclamos por las marcas que quedarán en tu cuerpo tras la batalla.

Hinata sólo sonrió. Neji no tenía ni idea de en lo que se había metido al aceptar combatir a una chica de falda roja.


El sol apenas se asomaba por la ventana cuando Hinata se incorporó en su futón con una opresión en el pecho y sus manos hirvientes en una luz roja que era apenas distinguible. La ojiblanca ni siquiera esperó a que el calor y el aura roja desaparecieran por completo antes de sacar su uniforme de Miko y comenzar a ponérselo para no llegar tarde a su primer día en servicio del templo shinto después de tantos y tantos años de aprendiz. Ató en una coleta baja el azulado cabello que caía con libertad sobre su espalda y aún no se introducía en su falda larga cuando alcanzó a ver cómo un pliego de papel escapaba de ella, y sin esperar más, se agachó para recogerlo y darse cuenta que era la carta de Sasuke.

Miró hacia todas partes sabiendo que el tiempo no le alcanzaba como para quemar la carta antes de marcharse al templo. La opción de guardar la carta bajo su futón, en sus cajones o incluso en el marco de la ventana, no era viable, ya que todos los días decenas de criados entraban a sus aposentos a limpiar, pero más que nada, a buscar pruebas que pudieran manchar la imagen que su padre, pero sobretodo el pueblo, tenía de ella.

Unos secos golpes en la puerta la devolvieron a la realidad.

–Un momento…

–Hinata, abre la puerta.

La ojiblanca se puso rápidamente la falda y la ató alrededor de su cintura lo mejor que pudo considerando que al mismo tiempo abría la puerta. Neji entró de inmediato.

–¡N-Neji…! –gritó, notándose en su rostro el miedo y la sorpresa que le daba ver ahí a su primo, pero, recordando el consejo que le había dado Ino, se cruzó de brazos y recuperó el control sobre sus gestos, mostrándole a éste una expresión indiferente-. ¿Qué haces aquí? –preguntó con una calma que se notaba falsa.

Neji no contestó, sólo permaneció parado escudriñando el rostro de Hinata. Ella sonrió con timidez al no saber lo que esa clase de mirada significaba y decidió ignorarlo e hizo con los cordones de su falda un distraído nudo que le permitió meter en la parte más ajustada el pliego de papel.

Hinata repitió su pregunta, pero al no recibir respuesta, pasó una mano frente a los ojos de su primo, que parpadeó confundido antes de poder recuperar el habla.

–Hiashi-sama me aseguró que tú tienes pergaminos sobre las técnicas del clan Hyuuga de estos territorios. Quiero verlos.

Hinata se resistió a mirar sus pies.

–¿Sin un por favor de por medio? –preguntó cruzándose de brazos.

–No.

Hinata ya no supo qué decir. Ella esperaba que Neji le diera "más material" para molestarlo. Un simple "no" era inútil, y para colmo, había una hora límite para entrar al templo y Neji ya se había cruzado de brazos también: Era obvio que ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder, Neji por su carácter; Hinata porque jamás había sido una víctima y no estaba dispuesta a serlo ahora.

Neji parecía estar tranquilo, totalmente dispuesto a esperar toda el día hasta que Hinata se dignara a darle los rollos, mientras que ella ya no podía aguantar más la electricidad del contacto visual. Hinata sólo había pasado un día con el nuevo Neji y ya se sentía cohibida cada vez que lo veía caminar en sentido contrario que ella en el pasillo, de escuchar su voz, de hablarle, pero especialmente de aguantar su mirada. De verlo. Había algo indescriptible en sus ojos, pero no era su color, sino los sentimientos que reflejaban. Ese "algo" era lo que le estaba haciendo desear mirar a la alfombra, a la pared, al futón, ¡a lo que fuera, menos a él! Pero eso sería una muestra de debilidad, y Hinata no estaba dispuesta a averiguar el repertorio de frases molestas que Neji había ido juntando durante diecisiete años.

–No tengo tiempo para ti –comenzó Hinata-; te daré los pergaminos y luego te marcharás.

Neji no contestó, ni siquiera cuando Hinata le tendió el primer rollo, ni cuando le dio el segundo, o el tercero, o el cuarto, el quinto, el sexto… En fin, no habló hasta que la primera fila del estante quedó casi vacía y Hinata tuvo que pararse de puntitas para poder alcanzar la segunda repisa para bajar más pergaminos, pero, siendo tan bajita, tuvo que acudir a un banquillo para poder tomar del estante lo que necesitaba.

–¿Cuántos faltan? –inquirió Neji al complicársele ver a causa de los pergaminos que ya tenía en las manos.

–Uno más, pero… –Hinata se estiró lo más que pudo-. No lo… no lo alcanzo…

Hinata apenas rozaba con sus dedos el pergamino cuando sintió algo zafarse de su cintura.

–¡El hakama…! ¡Por todos los Kamis! –pensó mientras se quedaba quieta.

Pasadas las milésimas de segundo de su shock, Hinata saltó del banquillo, aliviándose al ver que sus pantalones amplios estaban en su lugar y bien ajustados a su cintura.

Entonces, ¿qué había sentido resbalándosele?

Creyendo tener la respuesta, Hinata levantó la mirada, encontrando todos los pergaminos que Neji había estado cargando sobre el futón. Se giró a ver a su primo y lo encontró con un pliego de papel en una mano, en la otra un sobre y su mirada, perdida en averiguar lo que la caligrafía del papel decía.

–¿Qué es esto? –Preguntó con burla a su prima-. ¿Desde cuándo te dejan mantener correspondencia?

–¡No es nada, dámelo! –Exigió ella tratando de quitarle el papel, pero Neji era mucho más alto y sólo tuvo que elevar el brazo para dejar la carta fuera de su alcance-. ¡Neji! ¡Dame la hoja!

Él sólo la miró con burla y volvió a centrar su mirada en el papel al tiempo que aclaraba su garganta.

–"Hinata: –leyó-. Seguramente haz leído cartas antes, y te habrás dado cuenta de que en todas ellas la gente se disculpa por no haber escrito antes. Bien, pues yo no. He estado ocupado dirigiendo a doscientos hombres que sirven al imperio de mi padre, y que gracias a mis tácticas de ataque, no han muerto más de veinte, aunque sí hay muchos heridos, mismos que ya están recuperándose tras pasar cuatro días vagando sin sentido por territorios ajenos y toparnos con un poblado con su propio templo Shinto, donde varias Miko se ofrecieron a sanar sus heridas. En especial unas que se hacían llamar… las cuatro custodias, o guardianas, no lo sé, pero recuerdo que en alguna ocasión mi padre me comentó que te habían elegido a ti como una de éstas, y por la belleza que estas cuatro Miko tenían, estoy seguro de que cuando te vea, los años no habrán pasado en vano…"

–¡Neji, devuélvemela! ¡No es tuya!

–"…en tu físico, porque por el simple hecho de que continúes con esas estupideces de la magia, los fantasmas y las curaciones, siento cada vez más lástima por ti. Y aunque sé que esa es la costumbre en tu familia, lo haces con una convicción que hace notorio cuánto crees en esas cosas. Lamento mucho que sigas siendo tan boba como cuando éramos niños, pero, no te sientas mal, porque todas las jóvenes hermosas y de buena posición como tú, tienen el problema de la ignorancia. Como sea, confío en aniquilar a los opositores en dos días, pero calmar los ánimos nos costará un tiempo más… Así que acudiré a los territorios del Este junto con mi padre, máximo, en un lapso de una semana…" Blah, blah, blah… "Hemos estado siete años separados desde aquel incidente, pero por fin nos volveremos a ver, Hyuuga –Neji hizo una pausa-. Firma, U. Sasuke".

Hinata aprovechó que Neji estaba perdido en sus pensamientos para arrebatarle la carta y ponerle de nuevo en las manos los pergaminos que le había dado.

–Sal de aquí –ordenó ella y él sonrió.

–Se ve que Sasuke no ha cambiado nada. Sigue siendo el mismo cretino de siempre –Hinata le abrió la puerta sin mirarlo-. Total, supongo que estas ansiosa de verlo –añadió antes de salir.

Hinata deslizó de vuelta la puerta con el rostro encendido en rabia por el atrevimiento de Neji, quien ya estando en su habitación no podía dejar de pensar en si la última parte de la carta del Uchiha iba dirigida hacia su prima, o hacia él.


Hinata llegó al templo rozando el tiempo límite de nuevo, pero aún así nadie le llamó la atención, pues todas las Miko y las aprendices estaban concentradas en el patio central, donde la Gran Miko las había mandado llamar como cada mañana para comunicar cambios y acontecimientos venideros. La Hyuuga acudió de inmediato, y debido a su irremediable tardanza tuvo que ser de las últimas en las filas y terminó con los pies adoloridos al tener que pasar toda la ceremonia de puntitas para lograr ver a la Gran Sacerdotisa hablar y felicitar a las nuevas Miko. Hinata se sentía cada vez peor por su altura. Hasta las aprendizas de primer grado eran más altas que ella, ya fuera por un centímetro, o por diez.

Nada de lo que la Gran Miko decía le era de suma importancia hasta que mencionó una futura celebración por parte de la familia imperial dedicada a cada una de las conformantes del templo Shinto. No hubo gritos en júbilo, pero fue sólo por respeto a la Gran Miko, ya que al retirarse, los grupos de amigas se reunieron a comentarlo.

Hinata no tuvo tiempo de buscar a Ino, pues una Miko con más antigüedad que ella la llamó y le dijo que la Gran Sacerdotisa requería su presencia en su habitación antes de que fuera a cubrir sus labores diarios. Hinata asintió y no demoró en presentarse frente a la más grande de las Miko, que le pidió que le sirviera té. Ella obedeció, y tras tenderle la humeante taza, ésta habló.

–Tendrás muy en claro tus propósitos en esta vida, ¿no es cierto?

Ella asintió con seriedad.

–Debo convertirme en una Miko prestigiada, contraer un matrimonio beneficioso y hacer que los territorios del Este sean los más acaudalados y fructíferos que se hayan conocido jamás.

La Gran Miko tomó la barbilla de la joven y levantó su rostro tratando de que sus ojos se encontraran.

–Mírame.

Hinata sabía que si miraba directamente a su tío, a su padre o a los miembros del consejo no había problema, pero ella guardaba un respeto especial hacia la Gran Miko y jamás se había atrevido a desobedecerla o mirarla a los ojos, pero como se lo había ordenado, no tenía opción.

–Tus ojos están vacíos –dijo la mujer mientras continuaba manipulando el rostro de la Hyuuga en busca de un destello en su mirada-. No veo ningún deseo en ellos, ningún sueño propio. No tienes nada que te pertenezca –soltó su rostro y levantó su taza de té-, eres ajena a ti misma. Nada de ti es tuyo, talvez ni siquiera tu alma.

–Mi alma y todo mi ser pertenece al pueblo –zanjó Hinata con seriedad.

–No sé si sentirme orgullosa o apenada de tus palabras. Jamás había visto a una futura emperatriz con tanta convicción, y comprendo que ser una heredera es algo difícil… Tener que complacer a todos siempre… pero eso no significa que renuncies a tus metas personales ¿no crees? ¿Nunca haz soñado con conocer el amor?

Hinata se extrañó ante su comentario, pero no lo demostró.

–He visto desfilar a varias emperatrices con los ojos llorosos por este templo desde que sólo eran aprendices de Miko, ya sabiendo por lo que tendrían que pasar… En cambio tú… Pareciera que no te importa. Dime niña, ¿sabes lo que es el matrimonio?

La peliazul se enfurecía más con cada palabra de la Gran Miko, y conforme su ira crecía, también lo hacía el aura roja que rodeaba sus manos: la misma que en la mañana, pero ahora con una luz y un calor más intenso. No podía dejar de ver sus manos y la Gran Miko lo notó, por lo que se levantó ligeramente para poder apreciar las manos que la futura emperatriz reposaba en su regazo.

–¡Por todos los Kamis! ¡Hinata tranquilízate!

La mujer abrió una caja cercana para sacar jirones de tela que luego humedeció en un jarrón con agua cercano. Enrolló las compresas alrededor de las manos de la Hyuuga y tuvo que retirarlas y repetir el proceso al menos cuatro veces más antes de lograr apagar el extraño aura que emanaban.

–Pensé que se podía hablar contigo tranquilamente, pero ya veo que no –reclamó la anciana.

–Con todo respeto, no habrá esperado que no me molestara al escucharla criticar la forma en que manejo mi vida, ¿o sí? –Preguntó la peliazul notablemente herida-. En concreto –dijo con la voz rota-, ¿para qué me llamó aquí?

Ella la miró con severidad.

–Como dijiste, deberás ser una Miko prestigiada si es que quieres convertirte en emperatriz, así que el templo se encargará de darte situaciones a resolver. Te daremos tantas como podamos encontrar, pero ninguna que ponga demasiado en riesgo tu vida, por lo que deberás estar lista siempre, pues en cualquier momento podría llegar un caso para ti.

La anciana se levantó y caminó hacia la puerta.

–No tengo nada más que decirte. Puedes regresar a tus labores.

Hinata se levantó y trató de limpiar lágrimas que no existían en sus ojos. Parecía que eran cada vez más las personas que intentaban disuadirla de cumplir el destino que su madre y padre habían deseado para ella. Primero su tío con sus indirectas y luego la Gran Miko con sus comentarios groseros… Amor. Ambos habían mencionado el amor. Hinata no lograba comprender, ¿qué clase de persona abandonaría todo por un sentimiento? Nadie. Mucho menos ella.

–Amor es otra forma de llamar al cariño –repetía en su mente. Su padre se lo había dicho y por tanto era cierto-; y ése ya lo tengo.

Apenas había caminado unos metros lejos de la estancia, cuando una especie de lamento la guió hasta una de las habitaciones cercanas al templo principal. Era el área de curaciones. Entró de inmediato y vio a una sola Miko intentando atender correctamente a los cuatro enfermos que allí estaban quejándose y retorciéndose de dolor.

No llevaba ahí ni cinco minutos cuando reconoció en el futón de la esquina al hombre que le habían asignado curar durante su examen. Se postró a un lado de él y éste se giró a verla.

–Yo… Pensé que te había curado –dijo confundida.

–Pero… mis heridas… internas… –intentó decir entre toses y profundas respiraciones.

Ella se mordió el labio.

–Tú… ¿eres algo de los territorios del Norte? –preguntó.

–Soy parte… de sus tropas.

–¿De las que son dirigidas por el hijo del emperador?

Él asintió y ella se puso en pie y abandonó la habitación por unos cuantos minutos.

–Mandé traer hombres por ti –el hombre ensanchó los ojos e intentó levantarse-. Tranquilo, no es lo que piensas. Te llevaré a la fortaleza y ahí yo misma me encargaré de cuidar de tus heridas, es todo –le explicó antes de obligarlo a recostarse-. Ahora, déjame revisarte.


No había logrado dormir bien en toda la noche debido a sus pesadillas. Dormía a ratos y luego permanecía despierta por lo que parecían horas antes de recobrar la inconsciencia; y ahora que despertaba completamente, tenía la misma sensación de opresión en el pecho, como si fuera el augurio de que algo malo se aproximaba, y también una vez más con las manos enrojecidas.

La Hyuuga se levantó del futón y se puso el uniforme. Vio su reflejo en el espejo y percibió las ojeras que se asomaban debajo de sus ojos apagados. Todavía no se explicaba cómo los comentarios de la Gran Miko habían logrado afectarla hasta el punto de borrar su sonrisa de la mañana.

Suspiró al menos diez veces esa mañana, casi todos ellos antes de abordar con sus familiares el carro tirado por caballos. Todos notaron su tristeza, incluso Neji, que por si fuera poco también se preocupó.

–Te ves extenuada, Hinata, pero no te preocupes, porque hoy sólo debemos asistir a la ceremonia y luego regresaremos a la fortaleza –dijo su tío.

Ella sonrió queriendo aparentar una fugaz alegría, pero no lo logró. Su padre presintió que algo había pasado ayer, pero no pudo explicarse qué… Talvez había conocido a algún hombre… No, no. Era imposible. Nunca nadie le había dicho a la heredera lo que era el amor entre un hombre y una mujer, y como ella no sabía qué era, ni cómo se expresaba y mucho menos cómo se llamaba y cómo se sentía; por lógica tenía que verse y sentirse confundida, no triste.

Los cuatro Hyuuga escucharon atentos la misa y todos presentaron jugosas ofrendas antes de regresar a la fortaleza, a la cual todos entraron contagiados ligeramente del pésimo ánimo de Hinata. Apenas atravesaban la gigantesca puerta principal cuando Neji la tomó del brazo de la nada, haciéndola caer al piso por poco. Los hermanos se extrañaron por la conducta de los jóvenes, pero antes de que Hiashi hiciera conjeturas demasiado apresuradas, Neji habló:

–No habrás olvidado nuestra pelea, ¿verdad?

Hinata se zafó del agarre con delicadeza.

–Neji… Yo no…

–Claro, claro. Entenderé si quieres retirarte por miedo, no te juzgo. Cualquiera lo haría.

–No es eso…

–¿Una pelea? ¡Vaya! ¡Por fin veremos una demostración de las capacidades de mi sobrina! –dijo un alegre Hizashi.

–¡Que alguien traiga las armas! –ordenó Hiashi y un sirviente se le acercó.

–¿Qué armas, mi señor?

–Una katana –respondió Neji.

–¿Una katana? –repitió Hiashi.

–Fue la primera arma que tomó en sus manos y la que mejor maneja. En cada combate que tiene no puede elegir un arma que no sea esa; aún cuando yo creo que tiene más talento con el Naginata –comentó Hizashi.

–Es enserio, no me siento bien…

–Tráele a la heredera su Manrikigusari.

–Pero padre…

–Hinata –respondió él con severidad-. No me digas que vas a dejar que tu primo y tu tío me tomen como un mentiroso. Recuerda que cuando llegaron les mencioné tu idoneidad en las peleas.

Hinata suspiró por enésima vez justo antes de que un sirviente le entregara su Manrikigusari. Ella la tomó con aire meditabundo, pero al final no tuvo de otra más que ir al área de entrenamiento seguida de cerca por sus familiares y algunos sirvientes. Se colocó en el centro, frente a su primo, que ya blandía la poderosa katana, y comenzó a hacer girar su Manrikigusari, que podía romper hasta un cráneo humano con un sólo golpe, lo cual Neji trataba de considerar con frialdad y preocupaba a su padre, pero no a Hiashi, que tenía conocimiento del preciso y calculador manejo que su hija podía hacer del arma.

Hizashi notó una anomalía en el arma de Hinata y se lo comunicó a Hiashi: Un Manrikigusari es una cadena con dos placas de metal a cada extremo, y el supuesto Manrikigusari que su sobrina tenía, constaba de una cadena demasiado larga y con una pesada esfera de hierro al final.

–Fue ella quien mandó a hacer las modificaciones. Hinata misma se encargó de diseñarla y supervisar de cerca el trabajo del herrero.

Tras responder a su hermano y aún cuando el par no se había atacado, Hiashi ya se sentía decepcionado del encuentro, ya que una katana no tenía oportunidad frente a un Manrikigusari.

–Espera, debo cambiar mi arma –interrumpió la peliazul.

Neji se enderezó.

–¿Por qué?

–Porque estás en desventaja. El Manrikigusari es un arma de largo alcance, todo lo contrario a la katana.

–Podría vencerte aunque tuvieras seis Manrikigusari.

Hinata sonrió.

–De acuerdo, pero no me reclames si el encuentro no dura más de tres minutos.

Y efectivamente, duró más el lapso en el que se miraron y conversaron, que la propia pelea, que consistió en un sólo ataque. Neji se precipitó sobre ella con la intención de enterrarle la espada en su pequeño torso de mujer, o quizás sólo de hacerle un tajo en el rostro para asustarla, pero antes de eso Hinata giró sobre sí misma, pisó su Manrikigusari y la cadena se enrolló en la katana, y luego, de un solo tirón, ésta salió volando sobre la cabeza de Hinata y terminó incrustándose en lo alto de la pared contraria. La ojiblanca giró una vez más y movió sus brazos para que la cadena se enredara en ellos y dejara de ser una amenaza.

–Tranquilo, la próxima vez elegiré desde un principio un arma de rango corto, o si lo prefieres, podría ser un combate cuerpo a cuerpo –dijo ella, dándole fin a la pelea-. Vamos, te ayudaré a bajar la katana de ahí.

Neji todavía no salía de su asombro cuando vio a Hinata acercarse a la pared del sur de la fortaleza y lanzar su Manrikigusari hacia la katana, enredarla y comenzar a jalar de ella insistentemente, pero sin conseguir nada.

–Déjame a mí –dijo Neji, que tomó su lugar y comenzó a jalar la cadena-. Esta muy incrustada… –dijo volteando a ver a su prima, que ya había vuelto a verse triste-. Peleas bien.

Ella sonrió con tristeza.

–Neji…

–Dime –contestó mientras jalaba de la cadena.

–¿Podrías decirme por qué hay gente que critica a las personas sin conocer sus vivencias?

Él dejó en paz la cadena y miró a la joven.

–Es… una forma de protegerse.

–¿Protegerse de qué?

–No lo sé. De todo el mundo, talvez –Hinata retrocedió unos pasos meditabundos-. ¿Por qué lo preguntas?

–Es sólo que… Bueno, ayer estaba en el templo y…

Hinata siguió hablando, pero los oídos de Neji no le prestaron atención en cuanto creyeron oír algo metálico deslizándose, y al tiempo de levantar la mirada vio como el Manrikigusari se zafaba de alrededor de la katana y se precipitaba hacia Hinata, que inconscientemente se había puesto debajo de ella, y perdida en las revelaciones que supuestamente Neji escuchaba, no percibió el tintineo de la cadena. Neji ni siquiera gritó, solamente corrió hacia ella y la empujó con fuerza hacia el muro que tenían al lado.

El Manrikigusari ya había caído al suelo y Hinata permanecía pegada a la pared, aferrándose a su brazo derecho, que era el que había chocado contra el muro.

–No debí empujarte así, ¿estás herida? –dijo Neji más serio que preocupado.

–Ni la milésima parte de lo que me hubiera lastimado si eso me caía encima –dijo señalando el arma. Su cabello cubría sus ojos cuando preguntó-: ¿Recuerdas que de niños prometimos protegernos? –Neji asintió con seriedad, mirando el arma en el suelo-. Yo todavía lo haría… ¿y tú?

El castaño se volvió hacia ella con un gesto contrariado y vio aparecer en sus labios una sonrisa traviesa.

–No sonrías así. Pareces tonta.

La peliazul soltó una risita. La primera en dos o tres días.


Hinata atravesó la pesada puerta roja en cuanto los guardias la abrieron para ella y buscó de inmediato a su padre con la mirada, encontrándolo acuclillado frente a una mesa de té. Se acercó a él, hizo una reverencia y también se acuclilló.

–Te llamé porque el templo Shinto ha enviado esto para ti –dijo tendiéndole un pergamino que ella de inmediato tomó y leyó.

–Es mi primera misión.

–Así es. Y nada sencilla si me permites decir.

–Iré a prepararme –musitó poniéndose en pie.

–Pero si faltan casi cinco días.

Ella se giró.

–Necesito bañar mis armas con agua de plantas medicinales.

–Eso puedes hacerlo más tarde –la detuvo Hiashi-. Antes toma una taza de té conmigo.

La peliazul volvió a tomar asiento y un criado se acercó a servirle. A lo poco éste se alejó y Hiashi la miró con autosuficiencia.

–Cada día me honras más, pequeña Hinata –dijo sonriente.

–Por favor, padre. Era obvio que Neji no tenía oportunidad de vencerme si yo combatía con mi Manrikigusari.

–Sí, sí. Sin embargo, no sólo a eso me refiero. También hablo de tu impecable desempeño en el examen como Miko, de que cumples con todos tus deberes como heredera… Eres la hija que cualquier padre podría desear.

–Padre, aprecio tus cumplidos pero ¿acaso sólo me haz llamado para vanagloriarme? –Hiashi sonrió y sacó un estuche de madera del interior de su yukata, mismo que puso frente a los ojos de su hija-. ¿Qué es esto?

Hiashi abrió la caja y elevó su contenido, mostrando una cadena oscura del que pendía un dije de sol negro con una pequeña piedra transparente en el centro.

–Es un premio por todos tus méritos.

–Padre… No es necesario… Mi única recompensa será sucederte en el trono.

–¡Bah! No seas tan humilde y deja que tu viejo padre te obsequie algo en lo que le resta de vida.

Hinata sólo sonrió antes de darse la vuelta y apartar de su espalda su larga coleta.


Y exactamente cinco días después, aunque ya en la noche y en el medio del espeso bosque, se hallaban reunidos todos los varones Hyuuga en espera de una explicación y de alguna noticia positiva. Neji estaba tenso. Hacía ya diez minutos que la Gran Sacerdotisa se había llevado a Hinata hasta lo más profundo de la negrura del bosque y todavía no volvían. Y su padre, más que tenso, estaba confundido, al recordar que Hiashi había enviado a un criado a avisarles hacía apenas una media hora a sus dos invitados que saldrían esa noche, pero que no se vistieran formales, sino que sólo llevaran algo que los cubriera del frío, y todo para llevarlos al bosque con apenas seis guardias protegiéndolos.

Diez minutos más pasaron y no había rastro de Hinata aún. Aturdido, Hizashi decidió preguntarle a su hermano qué pasaba, a lo que él respondió que era la primera prueba que Hinata debía enfrentar si es que quería ser una Miko de prestigio.

–¿Pero en qué consta esta prueba?

–Hay unos gitanos que siempre han sido una molestia para los cuatro imperios porque toman terrenos a la fuerza y liquidan a quien se los evite. Hinata deberá persuadirlos de que se vayan del imperio del Este, aún cuando esto implique utilizar la fuerza.

–¿Y lleva armas?

–No lo sé. No pude terminar de leer el pergamino que la Gran Miko envió para ella.

Hizashi hizo un amago de activar su Byakugan y Hiashi lo detuvo.

–Debemos confiar en ella.

Tras escucharlo todo, Neji decidió ir a sentarse en un tronco cercano perdido en las sombras y agachar la cabeza para que sus intenciones no se notaran. Su Byakugan estaba activado y ya hurgaba entre varios metros de bosque en busca de una figura de ojos blancos que necesitaba saber que estaría a salvo.


El crujir de unas ramas la delató y de inmediato todos los hombres y mujeres que estaban riendo y embriagándose alrededor de la fogata se levantaron y fijaron sus ojos en ella. Hinata no temió, sino que les sostuvo la mirada de advertencia hasta que una de las muchas mujeres se retiró para volver acompañada de un hombre medio vestido con telas de colores intensos pintadas con indescifrables códigos negros. Su joyería era burda, pero abundante, incluso tenía un aro en las fosas de la nariz y piedras preciosas colgando de sus orejas. Posiblemente tendría la edad de su propio padre, pero el hombre que tenía enfrente portaba un bastón.

El hombre se acercó peligrosamente y Hinata decidió retirar la capucha de su abrigo. El hombre ni se inmutó, pero las personas de la fogata retrocedieron asustadas. Uno de los hombres la señaló temeroso.

–¡Ojos de Luna!

Hinata parpadeó confundida antes de ver al hombre que tenía enfrente y que le había comenzado a hablar.

–Discúlpalos. Evidentemente jamás han visto a un Hyuuga y a sus famosos ojos blancos –ella no respondió-. Soy Kazuo, el hechicero de esta humilde tribu que ves aquí.

–Yo soy…

–No es necesario que te presentes, sé quién eres –se giró hacia su gente y habló-. Esta sacerdotisa que ven aquí es la hija del Emperador de los territorios del Este, Hiashi Hyuuga.

Hinata percibió las miradas maliciosas que las personas comenzaron a intercambiar y tuvo un mal presentimiento.

–Si haz venido a decirnos que nos vayamos de aquí, pierdes tu tiempo. Nos gusta esta tierra que ves y ahora nos pertenece.

–Entonces negocien con sus verdaderos dueños.

–Niña tonta, la tierra es de todos. La propiedad es un invento de los hombres.

–Aún cuando así sea, no tienen derecho a ir por el mundo despojando a la gente de sus bienes.

–¿Y quién dice que los despojamos? –Se acercó a su oído-. Lo que pasa es que ellos pasan a mejor vida, la tierra se queda sin dueño y nosotros nos tomamos la molestia de cuidarla –contestó antes de soltar una estrepitosa risa.

Hinata se enderezó horrorizada.

–Y por si no lo sabes, fuiste muy tonta al venir aquí. Tu muerte nos es muy favorable. Tu padre es el Emperador y podría cumplirnos cualquier capricho que le pidiéramos a cambio de dejarte vivir.

Hinata no se intimidó.

–La muerte de todos ustedes también me es favorable; así privaría a los cuatro imperios de la peste que ustedes representan. Los presentes y las alianzas en señal de agradecimiento que harían los demás imperios al de mi padre serían inimaginables –los hombres de la fogata se retiraron, talvez en busca de armas-. Sin embargo, no vine aquí a matarlos, sino a pedirles de manera cortés que abandonen el Imperio del Este y vayan a causar problemas a otra parte.

–¡Nos ha insultado! –gritó el hechicero y los de la fogata gritaron-. No sabes en la que te acabas de meter mocosa –dijo antes de dar media vuelta y alejarse.

–¡No tengo miedo! –gritó-. Aún cuando no porte armas, puedo acabar con todos ustedes sin ocupar una sola gota de sudor.

El hechicero se volvió súbitamente y Hinata vio cómo le lanzaba una esfera luminosa de color naranja que por poco no logra esquivar.

–Dices ser una Miko, ¿no? ¡Demuestra lo que tienes!

Hinata apartó su abrigo y comenzó a generar esferas azules que tenían el mismo efecto que las que su contrincante le lanzaba: Nada. Ambos manejaban bien la técnica y les era imposible dañar a su oponente con la energía vital que acumulaban en sus manos. La Hyuuga comenzaba a desesperarse después de varios minutos de no obtener ningún resultado y de ver cómo sus ataques se volvían cada vez más y más débiles. Minutos después, el hechicero le lanzaba su enésima esfera cuando Hinata lo hacía al mismo tiempo. Las dos esferas chocaron, y de no ser porque Hinata aún no cortaba el flujo, éstas no se habrían combinado y golpeado a Kazuo, que fue lanzado a varios metros de distancia.

–Con que así quieres jugar, ¿eh?

Se limpió la sangre de la boca e hizo una esfera aún más grande que las demás y la lanzó a Hinata, que respondió con una más o menos de las mismas proporciones. La sorpresa fue que ninguno de los dos había cortado el flujo, dando lugar a una especie de línea gruesa de color naranja y azul que se formó entre ellos con una enorme esfera en el centro debatiéndose entre avanzar o retroceder según la magnitud de la energía vital que cada uno le proporcionaba.

Hinata sabía que no podía dejar que la esfera se volviera contra ella, pues su gran tamaño podría provocarle lesiones de por vida, si es que no la muerte, sin embargo, su fuerza se agotaba y al hombre parecía que le sobraba, porque cada vez había más decisión en su rostro. La esfera se encontró en pocos segundos a menos de dos metros de distancia de la peliazul y ella no creía poder abandonar el contacto y poder alejarse a tiempo, pero su cuerpo no le daba otra opción, así que rezó la plegaria más extensa que sabía y se encomendó a los dioses pidiendo que la salvaran de cualquier desgracia. Todavía estaba pensando en la forma en la que escaparía de la esfera de energía, cuando el hombre pareció darle un impulso extra, porque la acumulación de energía en menos de un segundo recorrió la distancia restante entre ella y la heredera y la hizo volar hasta impactarse contra una de las improvisadas chozas que ese pueblo utilizaba para vivir.

El estruendo que provocó el derrumbe de la casita de piedras, barro y techo de ramas y palmas no fue nada grande en comparación con el dolor que sentía la Miko Hinata, que pensaba en que quizás hasta sus piernas se hubieran roto. Dos hombres no tardaron en apartar las ramas y los kilos de roca que tenía encima de su cuerpo y la sacaron de entre los escombros para llevarla frente a su líder, que se burló de su debilidad, y luego la soltaron brutalmente cerca de la fogata, quedando la futura emperatriz tirada en el suelo, adolorida y sangrante.

El hechicero se paró delante de su deshecho cuerpo y comenzó a hablarle a sus compañeros, que constantemente gritaban y lo aclamaban. Hinata intentaba moverse, pero era inútil. Luego trató de escuchar, pero sólo percibía los latidos de su corazón y su trabajoso respirar; y después, sin esperarlo, los mismos hombres la llevaron hasta la pared de una de las casas cercanas y ahí la dejaron tirada antes de unirse a la aglomeración que rodeaba a la Miko con varias rocas en cada mano, si es que no con palos y uno que otro cuchillo.

Hinata sabía lo que estaba a punto de cernirse sobre ella e hizo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse, pero sus brazos fallaron, provocándole una fuerte conmoción en cuanto su cabeza se impactó contra la tierra dura y cubierta de guijarros. Sintió un líquido caliente deslizándose por su oreja y supo que el golpe que acababa de propinarse ella sola había sido grave. Aún miraba a las personas frente a ella cuando notó que su visión se llenaba de manchas oscuras y no lograba enfocar nada. Se sintió cansada. Tan irremediablemente cansada, que no pudo ni rezar porque no se acordó de ninguna oración.

Parpadeó y vio a la gente alzando los brazos con sus armas salvajes en mano. Parpadeó de nuevo y toda la gente miraba hacia otra dirección, hacia la derecha; ella trató de mirar también, pero mover su cabeza era demasiado doloroso, aunque creyó vislumbrar entre las sombras de su inconsciencia un brillo metálico. Cerró los ojos, pero en vez de abrirlos otra vez, los dejó cerrados. No por haberse resignado, sino porque ya ni siquiera le quedaban fuerzas para mover sus parpados.

Apartando el latir de su corazón en sus oídos, creyó escuchar pasos apresurados y gritos; como de personas huyendo asustadas, pero no le era posible constatarlo.

Tampoco supo si ya había muerto y su alma se elevaba, o si alguien la había tomado en brazos y se la estaba llevando lejos de ese espantoso lugar; pero cuando sintió de nuevo las mil y un punzadas de dolor de cada uno de sus órganos, supo que estaba viva, porque en la eternidad no había lugar para el dolor. Forcejeó un poco, atormentada por ser una Miko, ¡no!, por ser la futura emperatriz, y no poder evitar que la raptaran, pero al no conseguir que la soltaran, se quedó llorando en silencio el tiempo consciente que le quedó, que aunque no fue mucho, sí fue el suficiente como para que el desconocido que la llevaba en brazos le enterneciera el corazón cuando detuvo sus pasos para secar las amargas lágrimas que corrían libremente por las blancas mejillas con sus manos fuertes, pero frías.

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