Naruto no me pertenece a mí, sino a Masashi Kishimoto. Esta historia la hice como un fin de demostrar mi completo apoyo al pairing y conseguir más lectores devotos. Naah.. ¡No se crean!

¡Un favor! (nuevamente) Seguramente como buen NejiHina haz leído "Aunque sea un poco" de Moonmaster, ¡bueno, pues mi compu ya no abre la página en la que está escrito! ¡Estoy desesperada…!

Si pudieran dejarme un link de donde leerlo (que no sea en fanfic .es) o aquellos afortunados que sí pueden leerlo en la página, copiarlo a un documento de Word y mandármelo (¡Sólo díganme y yo dejo mi correo a la vista!) De lo contrario no dejaré de poner este mensaje antes de todos mis capítulos… ¡No me rendiré! :D

¡Este cap especialmente dedicado a todos los prefieren ver los tutoriales de piano en youtube que leer partituras!

Ya, ya…


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De pie frente a su futón, la Miko Hinata se esfumó y fue reemplazada por la bella mujer de inimaginable poderío vestida con la más fina seda; conocida en sus territorios como la futura emperatriz Hyuuga. Hinata acarició el dragón que subía por su pierna y vio cómo su doncella, Kazu, levantaba su uniforme de sacerdotisa y lo envolvía en su hakama antes de retirarse.

Entonces la ojiblanca tomó asiento frente a su espejo y con su cepillo comenzó a alisar y a acomodar sus mechones índigo, sorprendiéndose de cómo varias capas de kimono podían devolverle su faceta de la pulcra y orgullosa heredera del trono.

Se miró al espejo y contempló con ternura el largo mechón en el cual trabajaba con calma, surgiendo de lo más recóndito de su memoria un recuerdo de cuando niña:

Fue el día anterior al gran pleito; Sasuke y Neji lanzaban piedras al estanque, pero ella estaba sentada sobre una roca algo retirada. Estaba triste y apenas levantaba la cabeza de sus palmas. De pronto, Neji se acercó, aunque bajo la mirada vigilante del ojinegro.

Hinata-chan –ella levantó la mirada-, ¿por qué estás triste?

No es nada, Neji-nii-san.

No te creo. Desde que volviste del templo haz estado muy callada.

Seguramente esas brujas de falda roja te hicieron algo –masculló el Uchiha uniéndose a la conversación.

¡Sasuke-kun! –reprendió ella-. No digas eso. Son mis mentoras y por ello cuentan con todo mi respeto –él sólo bufó-. Lo que pasa es que me comunicaron que pronto pasaré a tercer grado de aprendiz de Miko.

Eso es bueno, ¿o no? –dijo Neji.

No del todo… –contestó ella-. Tendré que cortar mi cabello –agregó acariciando la melena que apenas y rebasaba sus hombros.

Los dos niños abrieron los ojos por la sorpresa. Segundos después, el primero en reaccionar fue Sasuke.

¡Qué horror, tu cabello de por sí es corto! ¡Te vas a ver como uno de los esperpentos que tu padre nos mostró en sus pergaminos! ¡Peor aún! ¡Te verás como una vulgar campesina! –gritó con ganas de herirla-. Debes impedirlo. Las mujeres de la corte tienen el cabello hasta las rodillas, y tú que eres la heredera, no puedes más que dejarlo crecer hasta que toque el piso.

¡Sasuke-kun! –sollozó la niña con las manos en la cara.

¡¿Cómo puedes decirle cosas tan feas a una niña, tonto? –exclamó un Neji furioso ante la visión de su prima deshecha en lágrimas.

¡Es la verdad! ¡Si se lo corta más parecerá varón y nadie se fijará jamás en ella!

¡Eres un idiota, cállate ya! –Ordenó el ojiblanco antes de volverse hacia la heredera-. Hinata-chan, escucha: Creo que te verás muy bien con el cabello corto.

¡No mientas! –sollozó ella-. ¡Apuesto a que la próxima vez que nos veamos ya no te agradaré, Nii-san!

Neji tragó saliva. Talvez entonces aún fuera un niño, pero sabía perfectamente lo que sentía por Hinata y no quería decir nada comprometedor.

Largo, corto, o incluso sin él… Creo… Yo creo que te sigues viendo igual o más linda.

Hinata lo miró con tristeza, pero poco a poco su gesto cambió a una sonrisa. Sin poder predecirlo, ella se lanzó a los brazos de su primo y lo estrechó con fuerza, pero Sasuke no tardó nada en separarlos de un empujón.

¡Eso no es cierto! El cabello largo es el mejor para las mujeres.

Pues a mí me gusta el corto –argumentó Neji.

¡Ja! ¡Mira quién lo dice!

Lo demás se perdió en el tiempo; pero Hinata no necesitaba usar sus dotes de adivinación como sacerdotisa para saber que ese momento también había acabado en una pelea entre sus dos compañeros.

Lanzó una mirada a través de su ventana y miró cómo la noche comenzaba a caer y las estrellas más brillantes se hacían notar; tal como lo habían hecho la noche anterior. En menos de lo pensado los recuerdos empezaron a agolpársele en la mente: El campo, el olor a hierba húmeda, el firmamento, Neji… El beso que le había dado. Hinata sintió cómo un estremecimiento le recorría el cuerpo y no pudo evitar llevarse una mano a los labios.

Neji, después de alejarse, se había disculpado y le había dicho que ese había sido la demostración de un beso vacío, carente de cualquier sentimiento.

Pero aún así… Se había sentido… Tan real.

Había sido como elevarse por los cielos y olvidarse de todo. Fue una caricia tan íntima, y aun así tan suave. Ella nunca había imaginado que un hombre pudiera comportarse así.

La heredera volvió de bruces a la realidad y notó el sonrojo de sus mejillas. Sonrió con timidez y continuó cepillando su largo cabello y recordando lo más relevante que había acontecido anoche.

¿Eso…? –Fue lo primero que pudo decir tras recuperar el aliento-. ¿Eso fue un beso? –preguntó en un hilillo de voz y sin encarar a su acompañante.

Neji no contestó, sino que se levantó a buscar el caballo.

Necesito que me prometas algo –dijo desde lejos.

Dime –susurró ella viéndolo de reojo.

Prométeme que no permitirás que Sasuke te toque o se acerque demasiado a ti.

Hinata se sonrojó y giró el rostro.

Neji, ¿por quién me tomas? Conozco perfectamente los límites que existen entre un hombre y una mujer.

No del todo –pensó él, girándose-. Aún así, promételo.

Ella guardó silencio, pero después se puso una mano sobre el corazón y miró a Neji a los ojos.

Te lo prometo.

Sin embargo, cuando él la acompañó a su habitación, había mencionado algo sobre unos hechos de la vida o algo así; mismos que se negó a explicarle.

"No soy el indicado. De eso debe encargarse una mujer de tu confianza" –había dicho.

Impaciente, se acomodó el cabello y la cadena con un dije de sol que le había regalado su padre antes de agarrar una campanilla y hacerla sonar. En segundos en los que ella retomó su labor, su doncella entró y la reverenció.

–¿Está todo bien, Hinata? –preguntó.

–Sí, Kazu, todo está bien –respondió ella aún pasando las cerdas del cepillo por sus cabellos.

Kazu permaneció en silencio, esperando que a la que frente a todos debía llamar "ama", pero que en privado trataba como a una hija, continuara; sin embargo, al ver la pasividad de su rostro y el suave tirar de sus mechones, decidió tomar ella la iniciativa.

–¿Llamaste para que te peinara para la ceremonia? –preguntó, pero ella negó-. ¿Entonces…?

Hinata dejó el cepillo sobre su caja de joyas, le dedicó una mirada rápida a Kazu por el espejo y luego se volvió.

–Kazu… Háblame de los hechos de la vida –soltó.

La mujer arrugó el entrecejo, visiblemente enojada.

–¡Imposible! –Exclamó poniéndose de pie-. ¡Esa clase de cosas sólo se les dicen a las mujeres!

–¡Yo soy una mujer! –contestó Hinata.

–No Hinata-sama, usted no es una mujer. Usted es una sacerdotisa, y no me atreveré a manchar sus pulcros oídos con cosas como esas.

–¿Qué? –La heredera del imperio del Este se paró, se alisó la falda del kimono y giró sobre sus talones-. ¡Mírame, Kazu! ¡Claro que soy una mujer!

Kazu negó con aire distraído.

–Tú no entiendes…

Hinata suspiró con pesar y volvió a acuclillarse.

–Kazu –la susodicha la miró-. Neji-kun me advirtió ayer de que había "cosas impropias" que Uchiha-san tenía intenciones de hacerme, pero ¿cómo puedo cuidarme si no sé a qué me enfrento?

La doncella se inclinó hacia enfrente, incrédula, horrorizada.

–¡¿Cómo? ¡¿Ese forastero intentó hacerte daño?

–Bueno… No sabría decírtelo. Intentó besarme. Es todo lo que sé.

Kazu suspiró resignada.

–Hinata, tú no eres ingenua. Los valores inculcados en ti y el pudor innato de una familia con sangre tan limpia como la tuya, te hacen saber que hay límites entre la conducta que un hombre puede tener para con una mujer y viceversa. No necesito decirte que es indigno y reprobable que un hombre toque a una mujer, y en tu caso, es un delito castigado con la muerte.

–Sí, sí, eso ya lo sé, pero quiero saber qué son los "hechos de la vida" y cuáles son esas "cosas impropias" de las que Neji hablaba.

Kazu clavó la mirada en el piso de madera.

–Me siento deshonrada por hablar de esto –murmuró-. Según lo que yo sé, esas "cosas impropias" son: tomarte la mano, abrazarte, acariciarte, tocarte, incluso si es un roce, besarte, y la peor de todas… Tratar de… bueno… de evadir tu ropa; de palpar cualquier parte de tu cuerpo que esté cubierta por tus kimonos.

Hinata intentó memorizarlo todo para poder prevenirse, pero al final decidió inclinarse por lo que Neji le había hecho prometer: Sería tan sencillo como no dejar a Sasuke acercársele o invadir su espacio personal.

–Y respecto a los hechos de la vida… –se quedó pensativa-. Eres muy joven aún, a tu edad la curiosidad es enorme y no quiero darte ideas.

–¡Pero Kazu…!

–No –zanjó-. Hinata, siéndote sincera, yo estoy de acuerdo con Neji-sama al pensar que el joven Uchiha trama algo. Ese muchacho fue muy violento de niño y siempre estuvo encaprichado contigo. No quiero ni imaginarme de lo que una combinación así podría hacerte si se lo propusiera.

La peliazul asintió mordiéndose el labio.

–Hinata –Kazu tomó las manos de la joven-, por favor, ten mucho cuidado. Si es posible no te separes de Neji-sama o de tu padre.

Hinata la miró con severidad.

–No necesito ni de mi padre ni de Neji. Soy la futura emperatriz y fui entrenada como Miko. Sé protegerme sola.


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Minutos después, Hinata estaba rodeada por la celebración que su padre había convocado días atrás. No podía dejar de sonreír y mirar expectante a toda la gente que se concentraba alrededor de la lujosa mesa en la que ella, su familia y los Uchiha se encontraban. La música sonaba, la gente se divertía y las Miko recién graduadas disfrutaban de un lugar privilegiado a poca distancia de los monarcas.

La peliazul se sintió mal por no usar el uniforme del templo y no estar con sus compañeras, pero se sentía peor por estar sentada justo en medio de Sasuke y Neji, ambos serios por naturaleza, pero esta vez era porque Sasuke tramaba algo y Neji estaba sumamente disgustado.

La ojiblanca estuvo tentada a preguntarle si estaba enojado con ella, y por qué lo estaba, si ella no le había hecho nada malo… y después de todo, ellos dos se habían besado. Sin embargo no lo hizo, ese beso era su secreto más vergonzoso, y al mismo tiempo el más tierno, porque lo compartía con Neji. Hinata buscó los ojos de Neji, pero éstos estaban perdidos entre la aglomeración de gente y su cejo fruncido revelaba que no era buena idea sacarlo de sus pensamientos. Ella suspiró. Desde niña sentía por él…

–Algo semejante a un hambre espiritual… –susurró antes de llevarse las manos a la cara.

–¿Dijiste algo, Hinata? –preguntó una voz junto a ella.

–N-no, Uchiha-san. Debió imaginarlo –se apresuró a contestar. Luego Hinata elevó el rostro para encarar las estrellas. Tal vez su madre estaría por ahí.

Necesitaba una explicación para esa sensación que le provocaba Neji, pero presentía que estaba mal hablar de ello, que la reprenderían. Después de todo, cada vez que trataba de explicar el significado y el origen de esa sensación terminaba por sonrojarse y mejor olvidarlo.

–¡Eso es! Lo adecuado será enterrarlo en el fondo de mi memoria –pensó, y así lo hizo.

Minutos después su padre se puso en pie y todo el pueblo gritó y lo reverenció hasta que el soberano los calmó con una seña.

–Queridos aldeanos del Imperio del Este, he convocado esta celebración para mostrar el agradecimiento que todos nosotros debemos a las honorables integrantes del templo Shinto –se giró hacia la mesa que estaba a unos metros de él, donde estaba la Gran Miko y las sacerdotisas mayores-. Gracias a ustedes Miko, que fungen como mentoras y dedican su vida a la enseñanza y la preservación de las tradiciones –giró al lado contrario, viendo a las nerviosas y jóvenes estudiantes de sacerdotisa-. Gracias a ustedes, las aprendizas de Miko, por interesarse en honrar a los Kamis, ya sea por el lapso precedente a su matrimonio o para toda su vida –luego levantó sus manos en dirección de una tercera mesa-. Y por último, gracias a las Miko recién graduadas, que ponen en lo alto su apellido y honran a todo el pueblo con su sola presencia.

El emperador aplaudió con lentitud y luego todo el pueblo y sus propios acompañantes se le unieron. Los Hyuuga y los Uchiha detuvieron su entusiasmo, pero el pueblo siguió un rato más, y de no ser porque el emperador Hiashi los silenció, hubieran seguido el resto de la noche.

–Además –continuó con su imponente voz-, Este festejo es también con motivo del arribo de la familia imperial del Norte, representada por el emperador Fugaku Uchiha, y su heredero, Sasuke Uchiha.

Hinata estaba distraída, así que dio un brinco en su asiento cuando un alto, agudo y masivo grito femenino se hizo escuchar. La heredera pensó que algo malo ocurría, pero sólo le bastó ver a Neji, que negaba con la cabeza, y a su padre señalando con una sonrisa al serio ojinegro. Hinata sonrió y Sasuke la volteó a ver, sin embargo ella sólo se cubrió con sus manos y alejó la risueña mirada, sin darse cuenta de que el Uchiha le devolvía después una sonrisa, que de cualquier forma, no era nada pura, tenía malicia inscrita.

–Y también es para celebrar –retomó Hiashi-, la llegada de mi querido hermano y sobrino. La familia imperial del Oeste: El emperador Hizashi Hyuuga y su heredero al trono, Neji Hyuuga.

El mismo grito volvió a hacerse presente y Hinata rió mientras miraba a Neji: Al parecer tenía su efecto sobre las jóvenes del pueblo. Él desvió la mirada y bufó molesto.

–Y como si los motivos fueran pocos –siguió Hiashi después a sofocar los gritos-, estamos en trámites de un suceso trascendental entre los imperios Hyuuga del Este y los Uchiha, así que decidí convocar el regreso de mi hija menor, la princesa Hanabi. Será cuestión de días para que la tengamos con nosotros y nos regocijemos con su sonrisa.

El pueblo explotó en júbilo y después continuó la fiesta, mientras que la incrédula Hinata permanecía atónita antes de levantarse de su asiento. Apresuró el paso y en cuestión de unos pasos estuvo entre su padre y su tío.

–Padre, tío… –susurró inclinando la cabeza.

–¡Hinata! ¿Qué haces aquí? –preguntó extrañado-. ¡Ve a tu lugar!

–Lo sé, padre, disculpa, pero necesito saber, ¿es cierto eso que dijiste? ¿Mi hermana Hanabi volverá a nuestro lado? ¿Será de forma permanente?

–Con calma, Hinata –contestó él-. Hanabi volverá, y sí, talvez decida que se quede. Estoy seguro de que no puedes esperar para verla, y lo mismo siento yo.

Ella asintió sonriendo, pero no pudo evitar pensar en que ella talvez no la recordara porque se había ido a los seis años y que por lo tanto no la quisiera. Lo más probable es que así fuera y que ella regresara transformada; muestra de ello era que su mejor amigo había vuelto a ella convertido en un ser frío e indiferente, aunque algunas veces muy cálido y dulce… La ojiblanca sacudió su cabeza y se volvió de nuevo hacia su padre.

–Pero padre, ¿cuál es ese suceso trascendental del que hablas?

Hiashi abrió la boca para contestar, pero calló al ver la indignada mirada que su hermano le dedicaba. Hinata no notó nada, sólo escuchó a su padre aclararse la garganta antes de aproximarse a su oído.

–Será mejor que no hablemos de eso ahora, querida, porque aún no se concreta nada.

Hinata asintió con desconfianza.

–Como usted prefiera, padre.


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Pronto los días en que Hinata esperaba ansiosa la llegada de su hermana se volvieron largas semanas en las que Neji no se aparecía por su camino por más que ella tratara de crear un vínculo, muy al contrario de Sasuke, que intentaba concertar encuentros con ella a todas horas. Hinata siempre disolvía estas citas. Presentía que algo malo ocurriría si aceptaba verse a solas con el Uchiha, así que manejaba su tiempo entre el servicio al templo y los cuidados al soldado de las tropas del Norte que ella había tratado durante su examen de sacerdotisa.

Sin embargo, ese día el soldado estaba estable y nadie requería su presencia en el templo debido a un numeroso grupo de aprendizas de Miko de nuevo ingreso. La mañana la ocupó rezando a la tablilla mortuoria de su madre y la tarde se mantuvo practicando con sus armas, pero no hubo mucho que mejorar y pronto estuvo acuclillada en el jardín, viendo como los sirvientes recogían el desastre que había hecho. Estaba a punto de levantarse cuando una voz muy familiar la llamó desde atrás.

–Hyuuga Hinata… ¿Qué haces aquí sin hacer nada? –preguntó un ojinegro deteniendo sus pasos frente a ella.

Hinata levantó la vista y se encontró con el bien parecido rostro de Sasuke Uchiha y con sus oscuros cabellos siendo balanceados por el viento, tal como los de ella. Por el aspecto de su ropa, resultaba obvio que había estado acompañando a todos los varones de la fortaleza en la zona de recopilación de semillas, recorrido que el padre de la Hyuuga había propuesto en la cena.

–Buenas tardes, Uchiha-san –saludó ella levantándose-. Hace un momento estaba entrenando con mis armas, pero me he cansado de ello. ¿Han vuelto todos con bien del recorrido?

–En realidad yo decidí adelantarme, seguramente los demás no volverán dentro de un rato –contestó.

–¿Acaso se sintió enfermo?

–No, sólo quise volver antes.

Hinata sintió que algo en su estómago se removía: Había sirvientes en la casa, pero aún así no se sentía segura al estar en compañía del Uchiha.

–Menos mal –respondió ella con una sonrisa-. Ahora si me disculpa…

–Espera –ordenó él-. Mi padre me ha pedido entregarte un obsequio que hemos traído para ti desde nuestros territorios.

El Uchiha llevó hacia el frente las manos que había mantenido en su espalda, mostrando así un largo empaque que de inmediato le entregó a la Hyuuga.

–¿Qué es? –Preguntó ella desenfundando el objeto-. ¿Es alguna especie de arma?

Sasuke le quitó de las manos el artefacto una vez sin envoltura y lo sostuvo frente a sus ojos de la manera correcta.

–Se llama arco –contestó-. Pensé que como Miko estarías familiarizada con él, pero veo que no –hizo una pausa para contemplar el labrado de la madera-, ¿realmente no tienes idea de cómo usarlo?

Ella negó.

–Temo que mi padre decidió reemplazar esa lección en el templo por lecciones de Juuken con él.

–Entonces déjame enseñarte a usarlo –dijo poniéndose detrás de ella.

Hinata no contestó; el Uchiha, más que pedirle permiso para ser su maestro, se lo estaba notificando. De pronto vio los brazos de Sasuke a ambos lados de su cintura y se alejó de prisa.

–¿Qué haces? Vuelve aquí enseguida –ordenó él y ella negó.

–No me siento cómoda teniéndote tan cerca –confesó poniendo al menos dos metros entre ellos-. Agradezco tu obsequio y lo acepto con humildad, sin embargo, creo que mi experiencia con las armas me será suficientemente útil para aprender a dominarlo sin necesidad de interferir en tus asuntos y exigir que tú seas mi mentor.

Sasuke bufó y elevó los ojos, notablemente molesto por el fracaso de su intento de acercamiento a la heredera, pero no tuvo otra opción más que tomar una flecha, colocarla en el arco y dispararla, incrustándola en el medio del tronco de un árbol.

Hinata miró al Uchiha, asombrada por su puntería, convenciéndose así de lo conveniente que sería manejar esa arma. Además, a esas alturas ya estaba aburrida con las armas del Imperio del Este y resultaba muy emocionante emprender el proceso para manejar una completamente ajena a sí. Siguió con la mirada a Sasuke, que había ido a recuperar la flecha, y no pudo evitar tomar el arco en sus manos y tratar de imitar a su invitado.

Pronto el Uchiha estuvo de vuelta con ella y le tendió la flecha.

–Hazlo. Intenta dar en el mismo lugar que yo con la flecha. Así te convencerás de que no puedes aprender sola –zanjó.

La ojiblanca accedió a tomarla, apuntó lo mejor que pudo tensando el hilo y la disparó, no esperando sentir las palmadas del Uchiha en su espalda cuando la flecha no logró avanzar ni cuatro metros.

–Eso pasa cuando se es obstinado. Yo actué como tú cuando mi padre quiso enseñarme, pero al final tuve que aceptar su ayuda, y gracias a eso soy el mejor arquero del Imperio, incluso mejor que mi propio padre.

Hinata se mantuvo con la vista fija en la flecha que se encontraba en el suelo y no recayó en el hecho de que Sasuke se marchaba hasta que escuchó abrirse la puerta corrediza que permitía el acceso entre el jardín y la fortaleza.

–¡Uchiha-san! –Lo llamó ella, y él detuvo sus pasos-. Tienes razón. Creí que podría sola, pero ya veo que no –agachó ligeramente su cabeza-. Uchiha-san, por favor, sé mi maestro.

El muchacho la miró y sonrió con autosuficiencia antes de acercarse de nuevo.

–De acuerdo –dijo levantando la flecha-. Ponte en posición.

Hinata obedeció, y por mucho que quisiera alejarse del calor que desprendía la cercanía del cuerpo de Sasuke, no podía hacer nada más que esperar que Neji no llegara a verlos juntos. Después de todo, la posición era sumamente incómoda y comprometedora: Ella, con un brazo extendido al frente sosteniendo el arco y la otra contraída para tensar la cuerda, y él, a escasos milímetros de ella, cubriendo absolutamente todo su cuerpo, con una mano tocando su brazo, desde la muñeca hasta el hombro, y la otra aferrándola por la cintura. Lo peor era tener su rostro pegado a su oído, porque cada vez que Sasuke hablaba para corregirla, lo hacía en un susurro cálido que le erizaba la piel.

–Y ahora… La dejas ir –indicó acercándola más por la cintura.

Eso fue el colmo. En esas décimas de segundo en las que él aprovechó para tocarla de una forma más atrevida, Hinata se asustó al sentir sus brazos rodeándola, así que soltó el arco, con todo y flecha, y en una especie de contracción del aparato, éste saltó hacia ella. Sin darse cuenta; ella se había dado la vuelta para protegerse y el Uchiha la había abrazado.

–Hinata, ¿te encuentras bien?

–H-hai…

Se escucharon sonidos secos, sonidos como los que hace un corazón al latir, un tambor al ser tocado o los pasos en un corredor. Fue entonces cuando Hinata se dio cuenta de que había hundido su rostro en el torso de Sasuke mientras se cubría los ojos. Asustada, Hinata se apartó de prisa y se inclinó para pedir su perdón.

–¡Lo siento tanto, Uchiha-san, fue algo accidental, algo involuntario! ¡Te ofrezco mis disculpas! –Dijo sin dejar de inclinarse-. ¡Enserio no quise hacerlo, me arrepiento tanto! ¡No tengo derecho a acercarme así a ti, perdón, perdón, perdón…!

Si Hinata no hubiera tenido la mirada en el suelo, se hubiera dado cuenta de que Sasuke no le prestaba atención, sino que miraba algo que estaba a sus espaldas mientras que ella se desvivía por pedirle disculpas por lo ocurrido.

–Creo que no será conveniente seguir con esta práctica… Realmente lo siento, eché todo a perder con mis atrevimientos. Discúlpame Uchiha-san, lo siento tanto… –continuó al tiempo que recogía el arco y las flechas dispersas en intentos fallidos-. Agradezco mucho tu obsequio, pero temo que manos tan poco agraciadas como las mías no podrán igualar jamás tu talento.

Se inclinó por última vez decidida a escabullirse de ahí como diera lugar, cuando Sasuke la tomó del brazo y la volvió a atraer hacia sí. Hinata casi se cae por la fuerza aplicada, pero se aferró de la espalda del ojinegro.

–Uchiha-san… –murmuró confundida.

–Un minuto –dijo él-. Déjame permanecer así durante un minuto.

–Pero…

El ojinegro la aferró más a su cuerpo para silenciarla.

–Han pasado muchos años, Hinata. Y aún cuando te tengo así, no puedo creer que realmente estemos juntos –murmuró.

Hinata intentó zafarse del agarre, pero no era tan fuerte como Sasuke.

–Por favor, suéltame Sasuke –pidió con ambas manos en su torso y empujándolo con fuerza.

–Es la primera vez que me llamas así.

–¡Por favor! –exigió, ya sin escucharlo-. ¡Es suficiente, Sasuke! ¡No quiero ser grosera, pero te estas comportando de manera inadecuada! –Siguió forcejeando-. ¡Suéltame!

Por fin sus brazos flaquearon y ella, sin medir la fuerza con la que intentaba alejarlo, perdió el equilibrio y terminó tendida en el piso, llena de tierra y con su coleta baja desarreglada.

Aún sin recuperarse del golpe, Hinata escuchó los mismos sonidos de hacía unos momentos, notando esta vez que no era el latir de un corazón, sino los pasos apresurados de su primo, que se acercaba amenazante hacia Sasuke, y ella, creyendo saber lo que pasaría, se levantó y corrió a su encuentro para detenerlo.

–Neji, ¿qué haces aquí?

Sin embargo, él no le hizo caso y fue directo hasta el Uchiha.

–Me extrañaba el hecho de que nos abandonaras tan rápido, Uchiha, y parece que estuve en lo correcto al pensar que no tardarías en volver a la fortaleza para intentar hacerle algo a Hinata.

–No malinterpretes las cosas, Hyuuga. Nosotros no hacíamos nada malo; sencillamente las cosas se dieron, es todo.

–¿Mal interpretar? –Repitió con burla-. ¿Cómo podría malinterpretar el hecho de que estuvieras abrazando a Hinata por la fuerza y que luego la empujaras cuando logró huir de tu contacto?

–Neji… –susurró Hinata tomándolo de la mano-. No hagas este asunto más grande; fue sólo un incidente que no volverá a repetirse, ¿verdad Uchiha-san?

El susodicho desvió la mirada y bufó molesto.

–Olvídalo Neji –retomó ella, sonriendo-, mejor ven conmigo, seguramente nuestros padres ya llegaron y me gustaría verlos.

Neji no dijo nada, pero se dejó guiar por Hinata sin oponer resistencia. Rodearon el jardín dándole la espalda a Sasuke y todavía tomados de la mano. Neji caminaba serio, pero Hinata estaba feliz de ello, porque mientras él estuviera perdido en sus asuntos, no la soltaría.

Pronto llegaron a la entrada, pero sus padres no estaban ahí y no tuvieron otra opción más que quedarse en silencio; uno que fue rápidamente disuelto por Hinata.

–¿Sabes? Por un momento creí que tú y Uchiha-san se pelearían a golpes, como en los viejos tiempos.

Neji no respondió, y la Hyuuga, usando su mano libre, se limpió las lágrimas que se habían formado en sus ojos a causa del golpe. Pensó que esto escaparía de la vista de su primo, pero no fue así.

–Aún te duele, ¿no es cierto?

Ella sonrió.

–Sólo un poco.

Neji negó con la cabeza y sacó de su bolsillo un pañuelo. Hinata intentó tomarlo para limpiarse el polvo de las mejillas, pero Neji se adelantó a hacerlo. La ojiblanca se quedó atónita ante las atenciones de su primo, que no sólo limpió su rostro, sino también su kimono.

–Eres la clase de persona que puede estar gravemente malherida y decir que no le duele.

Hinata, sin razonar lo que hacía, no pudo contenerse de mirarlo con detenimiento mientras la ayudaba. Todavía no parecía dispuesto a dejarla hacerlo, cuando dirigió una mirada a la entrada.

–Nuestros padres ya vienen –anunció conforme dos jinetes rodeaban la fuente de la entrada y desmontaban frente a ellos.

–Padre, tío –saludó ella.

–¡Hinata, hay grandes noticias! –Anunció su padre-. Se trata de Hanabi, la escolta que la acompaña fue vista a pocos kilómetros de aquí. Sin duda alguna llegará en una hora. Ve, apresúrate y arréglate para recibirla, que yo haré lo propio.

–¡Hai!


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La noticia se corrió por toda la aldea que vivía a las faldas de la fortaleza y la gente de inmediato comenzó a aglomerarse en la calle principal hasta el Gran Portón, que era el que custodiaba la entrada del lugar donde la familia Imperial vivía. Faltando diez minutos para el arribo Hinata ya estaba lista, llevaba un kimono color vino que contrastaba con sus ojos llenos de luna. Decidió que no era buena idea llevar la coleta baja de todos los días, pero tampoco lo quiso dejar suelto, así que Kazu la ayudó a recogerlo en un moño.

Fue la última en bajar, pero cuando lo hizo, corrió a tomar lugar junto a su padre, no notando las intensas miradas de un ojiblanco y un ojinegro. Se mantuvo sonriente, anhelante y expectante, preparada ya para lo que pudiera pasar, ya fuera Hanabi una niña cariñosa y dulce, o una engreída y desconsiderada; como fuera, a ella no le importaba, lo único que quería era ver a la persona que compartía su misma sangre y que hacía más de cinco años se había ido lejos a recibir clases en otro templo Shinto especializado en combate.

Nadie hablaba y ya habían pasado treinta minutos más de lo esperado. Ansiosa, Hinata miró a su alrededor, viendo a su primo a un metro de ella, con los brazos a los costados y con la mirada fija en el Portón, muy a diferencia de su padre, que a su derecha observaba el cielo nublado que se empezaba a formar sobre ellos. Sasuke y su padre estaban del lado de Hiashi, Fugaku miraba el Portón, pero Sasuke se encontraba viéndola a ella. Avergonzada, volvió rápidamente su rostro, y a través de su vista periférica, vio a Neji voltear a ver a Sasuke, y tras soltar un gruñido molesto, tornarse de nuevo. La ojiblanca se arriesgó a mirar de nuevo al Uchiha, que ahora tenía el mismo gesto molesto de su primo. Hinata sonrió, al parecer el par se había visto a los ojos.

Siguió explorando los rostros de su entorno y vio uno que la sorprendió: Era el soldado de las tropas del Norte que hasta entonces ella había estado cuidando. Intentado no ser tan obvia, retrocedió unos pasos antes de poder dirigirse libremente hacia donde el hombre estaba. Él no la notó, así que dio un respingo cuando alguien le tocó el hombro.

–¡Hinata-sama! –saludó antes de reverenciarla.

–Pensé que estabas herido, ¿por qué estás fuera de tu cuarto? –inquirió.

El hombre, sabiendo que no debía mirarla a los ojos o los guardias lo aprehenderían, mantuvo la mirada en el suelo antes de responder.

–Ya estoy curado. Yo sólo caminé hasta aquí –miró hacia la puerta de la fortaleza, donde las tres familias Imperiales estaban-. Además, me enteré de que el capitán Uchiha estaría aquí y quise saber si a diferencia de mí, él había salido bien librado de la batalla.

Hinata posó su mirada donde el hombre lo hacía, en el rostro de Sasuke, volteándose él a verla casi al mismo tiempo. Sasuke sonrió con arrogancia y ella suspiró resignada antes de indicarle con una mano que se acercara. Hinata se giró de nuevo al hombre a dirigirle unas palabras más, por lo que no alcanzó a ver el golpe que Sasuke le dio a Neji en el brazo para llamar su atención y que él lo viera acercarse a la heredera. El castaño se quedó quieto, con una ira silenciosa que pudo acallar cerrando con fuerza sus dos manos y no perdiendo de vista a los dos hombres que acompañaban a Hinata, listo para actuar en caso necesario.

No pasó nada relevante: Hinata parecía estar presentándole al Uchiha al segundo hombre. Él asintió y el plebeyo lo reverenció con insistencia. La heredera habló unos minutos más y luego los dejó solos para aproximarse de vuelta a su familia. Neji la vio subir las escaleras y pararse junto a su padre antes de volver a ver al Uchiha y al otro hombre. Sasuke no hablaba, sólo asentía, en cambio el otro se desvivía por arrancarle una palabra. Pronto el ojinegro le dio unas palmadas en la espalda como despedida y subió para estar junto a su padre, el Emperador de los Territorios del Norte.

Muy lentamente una hora más pasó. Los espectadores se miraban entre sí y murmuraban, si es que no se retiraban, previniéndose de la lluvia que parecía estar a punto de cernirse sobre el Imperio. Otra hora más se les escurrió entre las manos a Hiashi y a sus acompañantes y los alrededores de la fuente que daba la entrada a la fortaleza, se vació. Todo era silencio porque ninguno de los cinco hombres, y mucho menos Hinata, se atrevían a quejarse de haber estado tanto tiempo de pie y no poder tomar asiento. De la nada el silencio fue interrumpido por un bufido exasperado y unos pasos resonando contra el piso.

–¿A dónde crees que vas? –preguntó Fugaku.

–A distraerme un rato –contestó Sasuke-. Y de paso, talvez a averiguar qué es lo que está pasando.

Bajó las escaleras y caminó hasta el hombre que le había presentado Hinata, y tras intercambiar unas palabras, Sasuke retomó su camino hacia las afueras de la fortaleza y el hombre lo siguió, aunque varios pasos detrás por la posición de él.

Aguantaron media hora más, y aunque seguramente habrían estado dispuestos a seguir acompañando a Hiashi hasta que su hija menor llegara; el crepúsculo ya empezaba a dar paso a la noche, la temperatura bajó y todo fue propicio para que el frío del agua de las nubes se cerniera sobre ellos.

–Debemos entrar –sentenció Hiashi.

Todos asintieron menos Hinata, que tomó su brazo.

–¡Pero padre, ella no debe estar tan lejos! –argumentó-. ¿Podemos esperarla un rato más?

–Hinata, no llegará –intervino su primo-. Lo mejor será ponernos a salvo de la lluvia.

Ella se giró a verlo, suplicante.

–No, Neji. Algo está mal, puedo sentirlo.

Él negó con un movimiento de cabeza.

–No digas eso. Vamos adentro.

Todos la miraron y ella no pudo más que asentir y dejar que Neji, deslizando un brazo por sus hombros, la condujera al interior de la fortaleza antes que los demás. Ya habían puesto el primer pie en su interior, cuando la voz alterada de Hiashi se escuchó.

–¡Por todos los Kamis! –Gritó, aún bajo la lluvia-. ¡¿Quién viene ahí?

Neji y Hinata se voltearon en ese instante, alcanzando a distinguir una figura borrosa que se acercaba en la oscuridad difusa de las gotas de agua.

–¡Es Sasuke con un hombre sobre su espalda!

Hinata se deshizo de inmediato del agarre de Neji y volvió a estar bajo la lluvia, al lado de los tres hombres mayores.

–¡¿No es Hanabi?

–No –zanjó un Hiashi preocupado-, pero estoy seguro de que es uno de los guardias de la caravana.

Cuando Sasuke estuvo frente a ellos todas las predicciones resultaron ser ciertas: Había un hombre inconsciente en su espalda, y a juzgar por su vestimenta, sí era uno de los soldados del Este, y por las circunstancias, lo más atinado era decir que había sido uno de los escogidos para resguardar a la princesa de cualquier peligro durante su regreso.

–Lo encontré en el camino, junto a enormes trozos de madera deshechos. No había nadie con él –articuló recuperando el aliento.

Nadie dijo nada, seguían estupefactos por lo que pasaba. Hinata fue la primera en reponerse y no esperó para dirigirse a él.

–Tal vez sepa algo. Debemos atenderlo –propuso-. Uchiha-san, ¿podrás llevarlo al piso superior?

Él asintió y entró a la fortaleza con Hinata corriendo a su lado. Desaparecieron en las escaleras y Neji no pudo seguirlos tan rápido como a él le hubiera gustado, ya que su tío le preguntó qué creía que podía haber pasado y tardó mucho inventando algo creíble que no implicara el secuestro o muerte de su hija menor.

Mientras, en uno de los cuartos del pasillo en el que Hinata dormía, Sasuke se encargaba de acomodar al herido en el futón. Hinata no tenía lo que necesitaba a la mano, así que abordó a uno de los sirvientes y le pidió traer su caja de instrumentos de su habitación. La heredera se acuclilló al lado del hombre y lo inspeccionó, tenía una hemorragia interna leve y una fractura, lo demás se repartía en desgarres, cortadas y moretones.

–No te vi llegar con el soldado –soltó ella.

–Se quedó en los alrededores de la aldea, averiguando si alguien sabe algo del carruaje destruido.

Levantó la mirada del demacrado rostro.

–¿En la lluvia? ¡Está herido!

–Se veía perfectamente normal cuando me lo presentaste –le recordó y ella guardó silencio, había olvidado que ya se había repuesto.

Le dedicó una mirada más a Sasuke, pero ésta vez más larga, percatándose de que estaba de pie junto a la pared, mojado hasta el alma y tiritando de vez en cuando. Enternecida, tomó un pedazo de tela de uno de los muebles, se puso en pie y comenzó a secarle el rostro. Sintió el rubor nacerle del cuello hasta asentarse en sus mejillas: Sasuke se había convertido en un hombre apuesto y fuerte, con la capacidad de llevar a una mujer a la locura con un simple roce. Él la miró y ella sintió su aura de peligro invadirla. Tuvo deseos de alejarse, pero fue imposible, la fuerte atracción que despedía se lo impedía.

Sin decir nada, Hinata miró sus labios, preguntándose si se sentirían igual que los de Neji. Su voluntad se partió en dos: Una le suplicaba que se alejara, y la otra quería ser parte por sólo un momento, de ese aroma salvaje que el Uchiha emanaba. Sintió su brazo tomarla de la cintura con rudeza y entonces despertó, parpadeando confundida por lo que estaba a punto de hacer.

–Sasuke, no… –murmuró, aún en sus brazos y con el rostro de él relativamente cerca.

–Me debes la vida, Hinata… –susurró él en respuesta. La voz del joven sonaba enronquecida por la sensación del peligro.

Burlada, la Hyuuga tragó saliva: Lo que venía lo había provocado ella por haberse acercado tanto a él. Cerró los ojos con miedo, dispuesta a pagar el precio, y pronto sintió la boca de Sasuke cerrarse sobre la suya, hambrienta, húmeda. No le correspondió el beso, pero tenerlo tan cerca empezaba a desequilibrarla; sólo logró ignorar los pensamientos inquietantes que acudían a su mente al concentrarse en la razón por la que le permitía besarla.

Hubo un momento en que el contacto se tornó agresivo y demandante, y Hinata se alejó de él de un empujón, asustada de que el ojinegro pudiera pensar que ese beso tenía sentimientos incluidos y que ella realmente deseaba su contacto. Con los labios hinchados y enrojecidos, Hinata le pidió que abandonara la habitación, y para su sorpresa, el Uchiha accedió y deslizó la puerta, encontrándose con el sirviente que había mandado Hinata por sus cosas. Él salió y la Hyuuga tomó sus instrumentos antes de acuclillarse de vuelta junto al guardia, y antes de poder empezar a tratarlo, activó su Byakugan para buscar a Neji, temerosa de que supiera lo que acababa de pasar. Lo encontró subiendo a prisa las escaleras tras haber dejado al grupo de Emperadores atrás y moviendo sus manos para activar su línea sucesoria. Ella desactivó la suya. Lo mejor sería que nunca se enterara de que ella había roto su promesa.


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Habían pasado dos horas desde que Hinata había abandonado el cuarto del nuevo soldado herido para irse a la suya a restaurar con un poco de descanso todo el chakra perdido en curar las heridas internas del hombre; cuando un sirviente le notificó que sus invitados y su padre la esperaban para la cena y ella le pidió que le dijera a sus parientes e invitados que se sentía un poco indispuesta y que no podría bajar a acompañarlos.

Mentira. Lo que pasaba era que ella quería evitar los ojos de Neji sobre ella a cualquier precio, incluyendo su propia hambre. Para entonces ya habían pasado tres horas más y todos parecían haberse quedado dormidos, porque el único sonido presente era el de las gotas de lluvia contra las baldosas de la fortaleza. No queriendo esperar más para llevar a cabo el plan que se le había ocurrido mientras curaba al soldado, salió de su recámara en completo silencio, sólo arrastrando su kimono.

Lo que no sabía, era que Neji se encontraba resguardando el pasillo, sospechando que eso del desconocido herido fuera una treta para intentar herir a alguien de la familia imperial, especialmente a Hinata. Estaba recargado en la pared del fondo, cruzado de brazos por el frío del ambiente y maldiciendo su propia preocupación, cuando vio a la heredera salir a hurtadillas de su habitación y entrar a la del guardia. Contrariado, caminó hasta unos metros de la habitación y activó su Byakugan, advirtiendo a Hinata acuclillada al lado del hombre inconsciente y lleno de vendas y extractos curativos.

La vio suspirar, dudosa, y hacer hacia atrás sus hombros antes de doblar las mangas de su kimono color vino con aires calculadores. Juntó sus dedos en punta y puso sus manos sobre la frente del soldado. Neji miró la escena extrañado: No pasaba la gran cosa, pero todo apuntaba a que Hinata estaba haciendo alguna clase de hechizo sobre el herido. De pronto su respiración se hizo pesada e irregular y sus movimientos muy errantes. Se levantó dando tumbos, abrió la puerta como pudo y avanzó hasta su cuarto con las manos en la cabeza y sin percibir a Neji, que se quedó de pie en el pasillo. Sin entender aún lo que pasaba, se pegó a la pared para que Hinata siguiera sin verlo.

Minutos más tarde, y tras varios sonidos de cosas al ser tiradas al piso, Hinata salió de su cuarto y dobló el pasillo con su eterno uniforme de Miko puesto. Neji sintió la boca secársele y el corazón darle un vuelco: Hinata se veía preciosa. Su tez pálida reflejaba su debilidad, sus ojos brillaban como la luna, sus labios habían adquirido un color rojizo por tanto morderlos cada vez que le venía un dolor de cabeza, y su cabello largo y lacio por fin caía libre por su espalda y hombros y no en su eterna coleta baja. Se veía fantástica, más bella que de costumbre.

Neji no creyó que fuera prudente permitirle caminar así. Se tambaleaba y de vez en cuando se apoyaba de la pared, pero con todo y eso supo cómo hacer el camino hasta la salida para los sirvientes. Él la siguió en silencio, aún sin poder despegar la mirada de su persona, y cuando menos lo pensó ambos ya estaban fuera de la fortaleza, siendo atacados por la incesante lluvia.

Todo el ambiente era presa del agua: Las plantas escurrían, los animales se escondían de los truenos y la tierra mojada se movía bajo sus pies. Llevaba horas lloviendo y parecía que así seguiría hasta la mañana siguiente. Todo estaba oscuro, sólo los inconstantes relámpagos alumbraban el camino. Neji avanzó hacia Hinata, ahora dispuesto a darle alcance y persuadirla de entrar, pero a pocos metros de la puerta sus piernas volvieron a flaquear y casi cae a un cúmulo de lodo de no ser porque él le dio rápido alcance y la tomó del brazo, deteniéndola.

–Hinata –la llamó-, ¿qué pretendes? ¿A dónde vas?

Ella pestañó confundida y cabeceó varias veces antes de poder levantar el rostro para mirarlo.

–V-vi… vi dentro de la cabeza del guardia. Sé lo que pasó –articuló entre jadeos.

–¿De qué hablas?

–De Hanabi, mi hermana menor. Sé dónde está e iré por ella –musitó.

–Debes estar bromeando. Está lloviendo y tú pareces estar a punto de desmayarte. Ven –la intentó jalar-, debemos entrar.

Entonces, en décimas de segundo, Hinata se agarró con fuerza del abrazo que había evitado su caída, y tan rápido como se había aferrado, se apresuró a soltarse y a correr lejos de Neji, obligándolo así a ir tras ella.

–¡Hinata, no seas infantil! ¡Entiende que no estás en condiciones! ¡Detente!

La mujer corrió unos metros más, pero un potente dolor de cabeza la hizo detenerse y no poder más que esperar a ver al castaño a su lado.

–Neji… –murmuró, y después con mucho esfuerzo articuló-: Hanabi está en peligro, lo sé. Si quieres… Si quieres eres libre de seguirme, pero, por favor… no me detengas –Neji tan sólo la miró-. Por favor –imploró ella, y él asintió lentamente, no muy convencido.

–¿Podrás caminar hasta donde está Hanabi? –preguntó él y ella sonrió.

–Soy una Miko, Neji, puedo hacerlo –un mareo más la hizo aferrarse de su brazo-. L-lo que pasa… L-lo que pasa es que ésta técnica no la he p-perfeccionado, por eso m-me afectó tanto el intercambio d-de chakra…

Neji tomó la mano que había puesto en su brazo y se la pasó por lo hombros, para ayudarla a mantenerse en pie. Comenzaron a caminar y Hinata se encargaba de indicarle el camino.

–¿Y qué fue lo que le pasó a la caravana de Hanabi? –preguntó.

Hinata suspiró con angustia.

–Una especie de… bestia o espíritu, atacó la caravana de mi hermana. Nadie murió, pero no sé qué hizo con ellos –se detuvo para soltar un quejido mientras frotaba su cabeza-. Talvez cuando lleguemos encontremos algo.

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