¡Hola NejiHinas del mundo! ¡Por fin otro capìtulo traìdo hasta ustedes por DanBrownfan…! Recuerden, los personajes son de Masashi Kishimoto, yo sólo los utilizo para hacer súper historias (Ajá…)

¿Y qué creen? ¡La autora de "Aunque sea un poco", Moonmaster, ha respondido a mis plegarias y ha dicho que intentará escribir de vuelta este fic, el mejor de todos los tiempos! Así que, si recuerdan algo de esta increíble historia, no duden en ponerlo en un comentario, que yo estaré al pendiente.

Una cosa más: En Facebook hay páginas NeH, y ¡oh por Dios! Te puedes enterar de mil cosas que pasan entre nuestros hermosos ojiblancos tanto en el anime, como en el manga, ¡no dejen de unirse y estar al tanto!

Sin más por el momento, ¡disfruten, que ya me he tardado un buen rato!


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En la oscuridad de una cueva, una niña se abrazaba a sus rodillas y tiritaba por el frío y el miedo de sentirse acechada. Sus ojos blancos se habían convertido en manantiales y su uniforme de Miko estaba lleno de fango y sangre. Todo lo que ella quería era volver a ver a su familia; no veía qué tan malo podía ser eso como para merecer el ataque que apenas había recibido junto con sus sirvientes. Se limpió los ojos y decidió acallar sus sollozos para mejor escuchar la lluvia, así sería menos probable que eso la encontrara.

Desolada, pensó que quizás activando su Byakugan y haciendo uso de todos sus conocimientos de ataque, podría enfrentar al espíritu maligno que la acechaba y así llegar a la fortaleza con su hermana mayor y su padre… pero era imposible, no estaba combatiendo algo físico, sino a alguna clase de demonio. Se miró las manos y quiso llorar de nuevo. Ella no sabía nada de espectros, apenas iba en cuarto grado de aprendiz de Miko y su cabello apenas rebasaba sus hombros.

Rezó como pudo a los Kamis, especialmente al de la lluvia y el del bosque, para que la ayudaran a salir a salvo de ésta, pero no parecieron escuchar sus plegarias, porque nada pasó en un lapso de varias horas, solamente se oscureció más la noche y ella cayó dormida, rendida por tantas emociones acumuladas.

A pocos kilómetros de ahí, Hinata corría delante de Neji, sintiendo el chakra de su hermana cerca.

–¿Cinco años de ausencia –el castaño saltó un tronco-, y aún recuerdas el chakra de tu hermana?

–No es eso –respondió ella corriendo-. Lo que pasa es que se parece al mío. Tenemos la misma sangre.

Llevaban poco menos de cuarenta minutos adentrados en el bosque, la madrugada ya estaba a sus mediados y la lluvia seguía presente, pero como minúsculas gotas de agua que a veces se detenían para no reanudar su caída en un buen rato. Hinata ya se había recuperado del intercambio de chakra y éste había terminado de reponer al que invirtió en el hombre. Se movía con la agilidad propia de un Hyuuga, y si Neji no iba junto a ella era porque seguía siendo ella la que indicaba el camino. Metros atrás se habían topado con los restos de madera que Sasuke había mencionado, entonces Hinata activó su Byakugan, y aunque todo a su alrededor se había impregnado del chakra de su hermana debido a la lluvia, logró divisarla en el interior de una cueva, tendida en el suelo.

–¡Creo que está herida! –gritó y se aproximó con Neji detrás de ella.

Entraron a la cueva y Hinata corrió a tomar a la niña entre sus brazos. Sintió su cuerpo frío, pero escuchaba el latido de su corazón. La niña abrió los ojos y la empujó asustada.

–¿Quién eres? –Después vio a un hombre detrás de la peliazul-. ¿Quiénes son ustedes?

–Hanabi, ¿no me reconoces? –preguntó la mujer y entonces la niña prestó mayor atención a su rostro.

En verdad no la recordaba, pero tomando en cuenta que sus ojos eran blancos y su cabello índigo…

–¿Onee-san? –se aventuró y ella sonrió-. ¿Eres Hinata-nee-san?

Hinata asintió y Hanabi se lanzó a sus brazos a llorar. Le contó todo lo que había pasado y el miedo que tenía cuando los guardias empezaron a gritar y una fuerza descomunal lanzó el carruaje en el que iba contra los árboles, haciéndolo añicos y dejándola a ella sin protección. Le pidió ayuda. Se la suplicó.

–¿Cuál es el problema? Sólo es cuestión de salir de aquí y abrirnos camino por el bosque hasta la fortaleza –opinó Neji.

–Si tan fácil fuera, ya lo habría hecho, genio –replicó la niña y el castaño la miró con una mezcla de sorpresa y desaprobación.

–Hanabi… –dijo Hinata, extrañada por su actitud.

–¡Onee-san, es que él…! –intentó hablar, pero terminó cruzándose de brazos.

–Él es nuestro primo, Hanabi, se llama Neji.

Ella lo miró atónita.

–¿Neji-nii-san? –Hinata asintió-. ¡Te recuerdo! –Él la miró-. Eras el niño al que le gustaba Onee-san, ¿no? ¡Sí, y el que pasó un verano con nosotras!

Neji apartó la mirada, avergonzado y Hinata no supo qué pensar, ¿"gustar"? ¿Qué era eso?

–Deberíamos irnos ya, a nuestro padre le gustará verte –dijo Hinata levantándose, pero Hanabi la volvió a sentar.

–No podemos –murmuró.

–¿Por qué?

–El demonio que me atacó me está buscando por el bosque, lo puedo sentir –explicó-. No podemos llevar eso con nosotros hasta la fortaleza.

Hinata asintió y tras pensar un poco, la tomó de la mano y la puso en pie.

–¿Qué haces?

–Te saco de la cueva.

Ella la miró asustada.

–¡Eso sólo hará que me encuentre más rápido!

–Exacto. Entonces yo lo atacaré, lo neutralizaré y podremos irnos con calma. Vamos.

Ella se aferró de una piedra.

–Vamos, Hanabi, confía en mí –pidió Hinata y Hanabi cedió.

–¿S-segura de lo que vamos a hacer? –preguntó mientras caminaba acompañada del otro par de Hyuugas.

–En realidad no –contestó.

Hanabi la miró aterrorizada pero no pudo volver a refugiarse en la cueva, porque Neji la atrapó y la inmovilizó en sus brazos. Hinata activó su Byakugan y lo apagó poco después.

–Se está acercando –se giró a Hanabi-. Hermana, ¿tienes idea de qué les hizo el demonio a tus guardias?

–N-no –contestó-, corrí a refugiarme mientras ellos trataban de hacerle frente.

–Cobarde… –murmuró Neji.

–¡Cállate! –ordenó la niña removiéndose en su agarre.

Hinata sonrió y tomó posición detrás de ellos.

–Hace mucho que no hago esto, así que espero que funcione –susurró.

De lo más recóndito del bosque se escucharon ruidos semejantes a los de un animal herido, agresivo e iracundo. Hanabi se cubrió los oídos y cerró los ojos con fuerza, sólo pudiendo escuchar la voz de su hermana rezando algo antes de que un sonido agudo cortara el aire y varias explosiones pequeñas surgieran. Abrió los ojos conforme Neji la ponía de vuelta en el suelo y vio los destellos del espectro deshecho precipitarse al suelo como brasas luminosas. Elevó sus manos: Era como ver los fuegos artificiales del año nuevo. Los tres Hyuuga mantuvieron la mirada fija de los minúsculos luceros que alumbraban la oscuridad de la madrugada. Había dejado de llover al fin.

–Onee-san… –murmuró la niña aún pasmada-. Eres… ¡E-eres magnífica! –corrió hasta ella para abrazarla-. ¿Cómo lo hiciste? ¡Tenía tanto miedo que no me atreví a ver! ¿Me podrías enseñar a hacerlo? ¡Anda, anda, anda! ¿Sí?

Hinata sonrió con debilidad y se llevó una mano a la frente mientras hacía una mueca de dolor: El mareo había vuelto por haber usado el chakra que apenas había repuesto. Hanabi no se percató de nada, sino que se mantuvo saltando a su alrededor mientras le hacía elogios a su hermana y la jalaba del hakama de sacerdotisa, pero Neji no tardó en acercársele para poner una mano en su hombro.

–¿Te sientes bien? –ella asintió sin verlo-. ¿Segura de que podrás caminar de vuelta a la fortaleza?

Entonces la Hyuuga se dio la vuelta y lo encaró.

–Neji, ¿por quién me tomas? –preguntó-. Soy una Miko y la futura emperatriz del Imperio del Este –aclaró ligeramente molesta-, menospreciar mis capacidades es el error más grande que podrías cometer –tomó la mano de su hermana-. Es hora de irnos.

Comenzó a caminar con paso firme y decidido, enojada por la incredulidad de las personas sobre su poder debido a que era una mujer y por ser la princesa de los territorios Hyuuga. Neji no dijo nada. Él había visto las súbitas bolsas azules bajo los ojos de la Hyuuga, y presintiendo lo que pasaría, prefirió seguirla rápido. No habían avanzado la gran cosa cuando Hinata soltó la mano de Hanabi y se la llevó al pecho, perdiendo el sentido de la profundidad de las cosas y sólo sintiendo sus rodillas doblarse y su visión oscurecerse.


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–¡Por aquí, Hiashi-sama, por aquí!

Eso era lo que repetían sin cesar los guardias al Emperador Hiashi, que seguido de cerca por el par Uchiha y su propio hermano, cruzaba a paso rápido la fortaleza guiado por los numerosos guardias que lo reverenciaron hasta que llegó a la entrada donde horas antes había esperado el arribo de su hija menor.

Todo había acontecido apenas unos minutos. Kazu había decidido ir a ver si Hinata estaba bien a pesar de la tormenta, entrando en pánico cuando deslizó la puerta y no la vio. Dio aviso a los guardias y al que se topara en su camino, tomándose una ofensiva espontánea para buscarla en los alrededores; luego la segunda ausencia se hizo notar: Hyuuga Neji. Hiashi estaba temeroso, con los ojos enrojecidos de impotencia, Hizashi oraba, Fugaku resoplaba y Sasuke se pasaba las manos por el cabello y el rostro, asqueado ante la posibilidad de que Neji y Hinata estuvieran solos por ahí sin él de centinela: El Hyuuga no era tonto. Sabría sacar provecho de la situación para ganarse a Hinata.

Los cuatro representantes de tres Imperios diferentes habían salido de sus respectivas habitaciones cuando un guardia había dado aviso de que se acercaban por el sendero que daba al bosque, el joven Neji acompañado de Hinata y con alguien en los brazos. Hiashi temía lo peor, que ese alguien fuera su hija Hanabi, y por eso había salido corriendo de sus aposentos y ahora estaba ahí, debajo del sereno.

–¡Ya están aquí! –gritó alguien.

Pronto vieron al par acercarse entre la neblina con dos guardias a cada lado. Sasuke corrió a su encuentro y una figura se acercó al Emperador. Desde lejos Hiashi creyó que era Hinata y suspiró, pero al ver a una niña de once años frente a él, de cabello castaño hasta los hombros y vestida como aprendiz de Miko, sonrió lo más dichoso que pudo, considerando el miedo reciente, y tras reverenciarse el uno al otro, le dio cabida en sus brazos a la pequeña.

–¡Mi dulce Hanabi! –decía sin cesar-. ¡Estás a salvo!

La meció en sus brazos y ella reía, feliz por volver a ver al ser que le había dado la vida, pero tan pronto como ella empezó a gimotear él la alejó lo suficiente como para mirarla.

–¿Pero por qué lloras? –preguntó limpiando sus lágrimas.

Ella no contestó en un buen rato.

–¡P-porque…! –sollozaba-. ¡P-porque he pasado mucho miedo, padre! ¡No tienes idea!

Se volvió a lanzar a sus brazos y se quedó llorando quedito mientras que Hiashi le acariciaba su corto cabello y miraba a su hermano gemelo, que con los brazos cruzados le sonreía orgulloso por su faceta de padre.

–¡Idiota! ¡Te he dicho que la dejes en paz! –se escuchó a Neji decir.

–¡Dámela! ¡Tengo más derecho yo que tú!

–¿De qué diablos hablas? ¡Anda! ¡Sirve de algo y hazte a un lado!

Las palabras seguían resonando en la neblina y los tres adultos se miraron entre sí. Los primeros en acercarse fueron Hizashi y Fugaku, uniéndoseles después el Emperador del Este tras haber encargado a Kazu a su hija. Cuando estuvo frente a todos sus invitados vio a cada padre con una mano en los hombros de sus hijos.

–¿Qué pasa aquí?

Todos lo voltearon a ver y Hiashi se dio cuenta. Hinata estaba inconsciente en los brazos de Neji y Sasuke intentaba meter sus brazos para tomarla. El silencio reinó durante la interrupción del Hyuuga mayor, pero pronto la discusión volvió a tener lugar. Hiashi sacudió su cabeza, incrédulo, y se acercó.

–Entrégamela, Neji –indicó.

–Pero Hiashi-sama… –intentó replicar.

–Hazlo –le dijo su propio padre.

Ya había dado su primer paso hacia él cuando se metió el Uchiha.

–Yo la llevaré hasta su habitación Hiashi-sama –exclamó-, lo mejor será que usted no se fatigue.

Él negó mientras recibía a su hija de brazos de su sobrino antes de dirigirse a él.

–En esta ocasión no preguntaré lo que ha pasado –comentó-. Gracias por traer de vuelta a mi pequeña hija, Neji.

El castaño asintió y lo reverenció al ver que estaba disponiéndose a alejarse. Todos lo imitaron y Hiashi volvió a entrar a la fortaleza mientras que Hizashi comenzaba a planear con Fugaku lo que harían ese día: Ya nadie podía dormir, y menos considerando que los primeros rayos de Sol no estaban lejos de aparecer. No se había movido de su lugar cuando sintió la presencia de Sasuke a su lado.

–Te lo advierto, Hyuuga. Que no se repita.

Neji ni siquiera lo miró, si lo hacía quizás le estamparía ese primer golpe que el Uchiha le debía desde hacía ya siete años. Lo vio entrar a la fortaleza con sus dos manos hechas puños y acto seguido vio a su prima menor salir de su escondite tras uno de los pilares.

–Te ayudaré Nii-san –musitó-. Ya verás, ese hombre de ojos oscuros no tendrá oportunidad.

Luego hizo un puño y golpeó su palma en un acto cómico. Neji frunció el ceño, tal parecía que la paz había terminado.


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Con el pasar de los días todo había vuelto a la normalidad: Los invitados iban diario a recorridos liderados por su padre y Hinata se quedaba en la fortaleza, aunque ya no sola, porque ella y Hanabi habían resultado más afines de lo esperado. Podían pasar el tiempo practicando con sus armas, especialmente con el arco, arma que Hanabi dominaba y que se desvivía por enseñar a su hermana. También pasaban su tiempo ensayando fórmulas curativas o recolectando las flores que crecían cerca de las caballerizas. Sin embargo, lo que a Hinata no le gustaba hacer con su hermana era mantener largas pláticas, porque tal parecía que Hanabi siempre se inclinaba a hablar de temas sentimentales, mismos de los que ella no tenía ni la menor idea. ¿Amar? ¿Gustar? ¿Querer? Ella, Hyuuga Hinata, no sabía nada y antes de que Hanabi le explicara cualquier concepto desconocido ella se ponía en pie y proponía hacer alguna actividad.

La última conversación había tenido lugar esa mañana, al tiempo que los miembros de la familia Hyuuga y Uchiha visitaban el sector pesquero sin siquiera haberlas invitado, ya que el mito más arraigado de esos lugares era que las mujeres y la mar no debían mezclarse. Hinata le había planteado a Hanabi la posibilidad de ir a ver los fuegos artificiales de la aldea en honor al Kami de la lluvia, pero Hanabi había declinado, confesándole su terrible miedo al sonido de esa clase de explosiones.

–Podrías taparte los oídos –había intentado su hermana, pero la respuesta volvió a ser la misma.

Ahora estaba sola en su habitación tras haber acompañado a su padre y a sus invitados a tomar la comida de las tres de la tarde, de la cual lo único importante había pasado cuando Hanabi le había solicitado permiso a su padre para ir a cabalgar mañana por la tarde y él, no pudiendo negarle algo a su hija menor, se lo concedió bajo la condición de que su hermana la acompañara. A Hinata no la molestaba esto, ya estaba acostumbrada a que su padre la introdujera en compromisos sin que ella misma supiera, pero hasta entonces había planeado ir al templo ese día.

Tenía la vista fija en el techo y no tenía ni idea de qué hacer para asistir al espectáculo para por primera vez no verlo completamente deformado desde el balcón. Se imaginó a si misma bajo esas centellantes luces de colores y de un salto se puso en pie, caminando rápidamente por los pasillos que la separaban del jardín. Estaba dispuesta a lo que fuera con tal de asistir, no le cabía duda.

En eso vio a Sasuke avanzar por un corredor alterno, considerablemente alejado del que ella recorría, y se pegó a la pared, tratando de pasar desapercibida. Sintió el sonrojo invadirla y tragó saliva cuando un escalofrío la recorrió: Había pensado en el beso que la había forzado a permitir.

Se cercioró de perderlo de vista antes de retomar su camino, advirtiendo a su Tío Hizashi cerca, hablando con un miembro del consejo. Se detuvo a su lado, lo reverenció y le solicitó un minuto de su tiempo.

–¿Todo bien? –preguntó.

–Etto… Me preguntaba si usted sabría donde está Neji… –murmuró.

Hizashi sonrió con ternura y asintió.

–Practicando con el Naginata donde combatieron tú y él hace unas semanas –contestó.

Hinata lo reverenció de nuevo con un tímido "gracias" y se apresuró a llegar al recinto, viendo una vez allí a su primo combatiendo con uno de los guardias. El encuentro se veía interesante, por lo que Hinata tomó asiento y disfrutó de éste hasta que Neji dijo que era suficiente y felicitó al hombre por su buen trabajo. Se secó el sudor con sus mangas y se acercó a ella Naginata en mano.

–Tu padre tiene razón, Neji –comenzó ella-. Eres más virtuoso con el Naginata. No pierdas el tiempo con la katana.

Él sonrió con autosuficiencia.

–¿Viniste a hacer elogios?

Ella negó sonriente.

–En realidad… Vengo a pedirte ayuda –susurró.

–¿De qué se trata?

Ella lo miró temerosa un buen rato y de súbito, se inclinó hasta casi tocar la tierra con la frente.

–¡Por favor ayúdame y ven conmigo a la aldea! –pidió avergonzada.

–¿Qué? ¿La aldea? –repitió-. ¿Por qué quieres ir?

–Verás… –suspiró-. Hay una festividad que se acerca y… Ha-habrá fuegos artificiales –él la miró escéptico-. Siempre he deseado ir.

–Pues pide permiso a tu padre.

–No es así como funciona, Neji. Lo he hecho año tras año, y Otou-san siempre me dice que esa festividad está reservada para el pueblo y que a lo máximo que yo puedo aspirar a participar, es en el Gran Fuego de Lluvia de Luna.

–¿El qué?

–El Gran Fuego de Lluvia de Luna –repitió, y por fin recordó que esa celebración era propia del Este-. Es como… Como una fogata gigante alrededor de la cual se baila para pedir lluvias benéficas para los cultivos. Sólo las mujeres asistimos, y es una fecha que espero todo el año.

Neji se sentó a su lado y la instó a que se incorporara de vuelta al poner una mano en su espalda. La Hyuuga lo miró y ya intuía su negativa.

–Quizás tu padre dice que te está restringido por alguna razón.

–¡Exacto! –dijo-. Restringido para Hyuuga Hinata, pero no para cualquier otra persona.

–¿En qué piensas, Hinata? –preguntó extrañado.

Ella lo miró con sus ojos absortos en brillo.

–Neji… Escapa conmigo –propuso-. Vamos al pueblo.


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Al atardecer, de pie en las caballerizas y vestido como pordiosero, Neji no acababa de comprender cómo había sido que Hinata lo había persuadido. Lo atribuyó a su mirada anhelante y a su gesto tristeza, pero al final se quedó con la primicia de que lo que lo había motivado a aceptar era el peligro de que Hinata se atreviera a pedírselo al Uchiha. No la consideraba capaz, y mucho menos después de la promesa que le había hecho, pero nunca estaba de más eliminar cualquier posible escenario.

–¿Neji?

El susodicho elevó la mirada y encontró a su prima de pie en la pared que separaba ese lugar de la fortaleza. Le sonrió antes de aterrizar en el suelo de un brinco.

–¡Vaya! Realmente es extraño verte con esa ropa –dijo acercándose.

–Igualmente.

Ambos sonrieron y se miraron. Hinata fue la primera en romper el contacto, asustada por el relámpago que sintió recorrerla de pies a cabeza.

–D-debo advertirte que ésta celebración no es exactamente en la aldea –explicó-. En realidad está más lejos de la aldea que de la fortaleza.

–¿Qué tanto? –inquirió él.

–Cinco kilómetros.

Hinata se extrañó al verlo asentir tranquilo, ya que ella esperaba alguna clase de reclamo considerando que recorrerían esa distancia caminando. Neji suspiró y Hinata sonrió, iniciando así el camino, sin embargo, Hinata se asustó cuando unos metros después ya había perdido a Neji, que se suponía la iba siguiendo. Giró sobre sus talones, escrutando todo con la vista en busca del ojiblanco. Lo llamó por lo bajo varias veces, pero no fue hasta que se había llevado las dos manos a la boca cuando surgió de un matorral con las riendas de su caballo en la mano.

–¿Qué haces? –Preguntó ella al ver al caballo gris-. ¡¿Planeas llevártelo?

Él asintió caminando hacia ella.

–Vamos, sube.

–¡¿Q-qué? –Hinata se veía asustada-. ¡Un caballo así nos delatará!

–No si lo escondo detrás de unos árboles –sentenció él y ella lo miró dudosa-. Hinata…

Ella suspiró vencida y tomó la mano que él le ofrecía para subir al caballo, colocándose él atrás de ella. La Hyuuga se ruborizó a más no poder; extrañamente, la cercanía no la molestaba (como Sasuke), si no que la incomodaba, pero sólo por mero pudor. Vio los brazos de Neji a cada lado de su cintura para dirigir al caballo y se sonrojó aún más. Decidida a no hablar hasta que llegaran, dio un respingo cuando sintió la capucha de su vestuario cubrir su cabeza.

–Es mejor así –murmuró y ella asintió.

El castaño se colocó la propia y azotó las riendas, causando que el caballo corriera en dirección a la aldea. Hinata retrocedió como reflejo y sintió su espalda rozar el torso del Hyuuga. Quiso incorporarse, pero en cada intento el caballo parecía saltar algún obstáculo en el suelo y la devolvía a su posición. Además, la velocidad con la que iban no le era nada familiar a la heredera, y como no tenía nada de qué aferrarse por el miedo, no pudo más que encogerse en sí misma y de una u otra forma, acercarse más al cuerpo de Neji.

No tardaron mucho en llegar, pero para cuando estuvieron cerca del cúmulo de personas, toda la aldea y la noche misma se les habían adelantado. El par descendió del caballo y Neji la corrigió cuando él le empezó a decir que iría a buscar un lugar donde atar al equino y ella hizo amago de levantarse la capucha para mirarlo.

–Que ni se te ocurra –la detuvo poniendo la mano en su cabeza-. Si te la quitas, todos podrán ver tus ojos.

–E-es cierto –admitió.

–Es más, ni siquiera levantes el rostro. Se supone que somos pordioseros, entonces no tenemos derecho a ver a la gente a la cara, ¿entiendes?

Hinata lo miró para reclamar algo, y aunque la tela cubría su rostro hasta la nariz, Neji volvió a posicionar su mano para hacerla bajar el rostro.

–Sé que te costará trabajo, ya que los que no deben verte a la cara son ellos, pero ese es el precio de venir aquí, ¿entiendes?

Hinata relajó sus hombros y asintió con delicadeza y con la vista fija en el piso por primera vez. Neji sonrió orgulloso y la dejó sola por unos minutos antes de ir a atar al caballo. Cuando volvió Hinata ya estaba hechizada por la atmósfera de música y risas y no tardó en aproximarse a los músicos, que ni siquiera se dignaron a ver a la andrajosa chica. Hinata se sintió enfurecer cuando vio sus miradas de desprecio sobre ella y estuvo a punto de vociferar, pero Neji llegó a tiempo para tomarla de la mano y alejarla con rumbo a los fuegos artificiales.

–¡Esos atrevidos…!

–Hinata –la silenció-. Por todos los Kamis, ¿qué tanto te cuesta recordar que en este momento no eres más la heredera de todo el Imperio del Este?

Él no podía ver sus ojos, pero tenía el ceño fruncido mientras parpadeaba. Sin decir palabra, Neji se agachó y tomó un puñado de paja del suelo y se lo dio a Hinata, que lo recibió confundida.

–¿Y esto…?

–Eres paja –sentenció-. Tú y yo no somos más que paja para los demás. Paja que está en el suelo y no se merece la más mínima gentileza de nadie, ¿de acuerdo?

Pensativa, Hinata se levantó un poco la tela que se cernía sobre dos tercios de su cara para poder ver a Neji a los ojos, pero éste volvió a colocársela.

–¡Neji! –reclamó.

La silenció con un sonido y puso atención a sus espaldas, donde toda la gente calló y hasta la música se detuvo. El castaño temió que hubieran escuchado a su prima, pero para su completo alivio, cuando todos se levantaron de la hierba, fue porque alguien había anunciado que los fuegos artificiales estaban a punto de comenzar. La gente pasó a su lado y una mujer especialmente grosera, le propinó un codazo en la espalda que lo hizo doblarse de dolor. Hinata se acercó y curó el golpe con su chakra verde y luego le sonrió acomodando su brazo en el suyo y empezando a caminar.

Las personas se dispersaron de nuevo en un claro del bosque y los mismos músicos comenzaron a tocar sus instrumentos de nuevo. El primer cohete fue lanzado y se deshizo en una explosión anaranjada que arrancó un sonido de admiración a la multitud.

Hinata se llevó ambas manos al pecho con su brazo aún entrelazado con el de Neji, pero él ni se inmutó, estaba igual de extasiado con el espectáculo que ella. Por largos minutos continuaron viendo al oscuro cielo, que por única vez en el año se pintaba de esos colores, y seguramente lo habrían seguido haciendo, pero la sensación de hambre se hizo presente. Hinata no dijo nada, considerando impropio hablarle de algo tan básico y vergonzoso a Neji, así que siguió absorta con las luces. Sin embargo, Neji se giró a verla, y aunque no lo había planeado, se mantuvo observando un largo rato los fuegos artificiales reflejados en los blancos iris de la Hyuuga. Hinata lo notó y alejó el rostro con un tono carmín en sus mejillas, tal como el castaño, que se reprochaba por su propio comportamiento.

–Deberíamos conseguir algo de comida –dijo una vez más tranquilo.

–D-de acuerdo –murmuró ella y comenzó a seguirlo hasta un puesto, pero no tardó en asirlo del brazo-. N-Neji… Recuerda que no tenemos dinero… –musitó.

El Hyuuga bufó y negó con la cabeza.

–¿Entonces qué haremos? –preguntó-. ¿Regresar a la fortaleza?

–¡Por favor no! –rogó ella-. Debe haber otra forma.

Se quedaron en silencio, tratando de encontrar alguna opción.

–¿Robar? –musitó él y Hinata negó enérgicamente-. ¿Acaso prefieres mendigar?

La ojiblanca bajó la mirada mordiéndose el labio: Nunca había robado en su vida; no tenía necesidad de hacerlo. Eso iba en contra de los valores inculcados por el templo Shinto. Por otro lado, si lo hacía sólo debería rezar y hacer ofrendas lujosas por un tiempo, lo cual era mil veces preferible antes que agitar su mano y pedir un trozo de comida ya mordido. Movió la cabeza disgustada. No podría hacerlo jamás, aún cuando su vida dependiera de ello, su ego no lo soportaría.

Sintiéndose deshonrada por siquiera pensar en robar, no se atrevió a repetirlo para hacerle saber a Neji que estaba de acuerdo. Le dedicó una larga mirada lastimera y luego asintió. El castaño la imitó no sin antes poner sus manos sobre sus hombros y acercar su rostro al de ella. Hinata ensanchó sus blancos ojos y sintió subírsele los colores al rostro: Creyó que la besaría, más no fue así, simplemente se aproximó para indicarle en voz baja que lo siguiera con cautela y se mantuviera en las sombras, él hurtaría lo que pudiera y entonces ella lo seguiría sin hacer ruido.

Hinata lo vio poner al menos cuatro metros entre los dos y empezó a caminar. Él se acercó a uno de los pocos puestos, mismo que era atendido por una mujer de mediana edad que no encontraba cómo partirse en dos para atender a todos sus clientes. Neji no hizo la gran cosa, sólo estiró la mano y tomó algo sin que nadie se diera cuenta; tanto así, que incluso se permitió tomar varios artículos. Se alejó de inmediato y Hinata corrió tras él, conduciéndolo lejos del claro del bosque donde todos estaban. Ya entre los árboles, la risa de Hinata se escuchó mientras tomaba asiento en el suelo al lado de Neji, que se encontraba exponiendo sus trofeos: Dos panes, tres manzanas y algunos dangos.

Hinata reía con moderación y Neji sonreía de medio lado. No lo dijeron entonces, pero se sentía como en los tiempos de antaño, cuando hacían travesuras juntos. Hinata cambió su risa por un gesto felizmente sereno y tomó uno de los panes, partiéndolo con sus manos y llevándose un trozo a la boca mientras Neji hacía lo propio con una manzana.

–Extrañaba esto –soltó tranquila.

–¿El qué? –preguntó Neji.

–Comer a tu lado –explicó-. Claro que –amplió su sonrisa-, la última vez que lo hicimos, era de día y teníamos nueve años.

Neji sonrió de nuevo e hizo saltar la fruta en su mano.

–Y no teníamos una vista así –agregó y Hinata asintió.

Continuaron mirando fijamente al firmamento, acompañados por el silencio extrañamente cómodo que se había formado entre los dos. Neji se reclamaba así mismo por estar ahí con Hinata, cuando se suponía que la razón por la que había aceptado acompañar a su padre al Imperio del Este era para sacársela del corazón de una vez por todas. Miró el sereno rostro de la ojiblanca por el rabillo del ojo y tuvo deseos de poner su cabeza en su hombro y envolverla en sus brazos: La perdería pronto, y ella misma no lo sabía.

Sintiendo una paz que no creía volvería a experimentar jamás, Hinata interrumpió los pensamientos de Neji.

–¿Sabías que todas las mujeres de nuestra familia han sido sacerdotisas? –preguntó.

–No –contestó él.

–¿Te gustaría saber por qué? –Neji se encogió de hombros-. Porque nosotras, las sacerdotisas, somos las hijas vírgenes de la Luna –soltó-. Nuestros antepasados al enterarse de esto, decidieron que las mujeres Hyuuga debían ser sacerdotisas para agradecer a la Luna por los hermosos ojos blancos poseyentes del Byakugan que nos otorgó.

–¿Hablas en serio? –inquirió.

–¡Es cierto! –exclamó Hinata golpeándole en el hombro.

Neji se giró a mirarla.

–¿Qué pasa? –preguntó ella, sonriendo.

Él alejó la mirada con una leve sonrisa.

–Nada.

La heredera negó por lo bajo con un leve rubor en sus mejillas y después tornó la mirada al cielo otra vez. Neji la imitó; ninguno se atrevía a abandonar el espectáculo, pero también tenían hambre, así que siguieron consumiendo lo que el muchacho había conseguido y estaba esparcido en la hierba. Cada quien consumió lo que había tomado, y no siendo esto suficiente, buscaron a tientas algo más.

Sus manos se encontraron y poco tiempo después, también lo hicieron sus miradas. Ninguno tenía la certeza de lo que pasaría, sencillamente se quedaron quietos, hundidos en un profundo silencio interrumpido solamente por el estallido de los fuegos artificiales y desgraciadamente, de una chillante voz.

–¡Ustedes! ¿Qué creen que hacen?

El par se giró, soltándose las manos y enfocaron tras las sombras de sus capuchas, a cuatro hombres tan andrajosos como ellos, pero sucios y desarreglados: indigentes reales, y no parecían muy amigables.

Se acercaron y uno empezó a devorar uno de los panes.

–¡Deja eso! ¡Nos pertenece! –gritó Hinata.

Los pordioseros la miraron.

–¿Disculpa? –dijo uno-. Aquí nada le pertenece a nadie. Gente como nosotros estamos solos en este mundo y no nos queda más que apoyarnos entre nosotros.

–¡Oigan! –interrumpió otro-. Ustedes son nuevos por aquí. Nunca los había visto antes.

–Ciertamente –contestó Neji-. Ahora si nos disculpan –dijo tomando de la mano a Hinata.

–¡Alto ahí! –ordenó uno-. Niña, ¿qué tienes ahí?

Hinata se aferró del dije de sol que le había regalado su padre, preguntándose cómo era que se había asomado entre todas sus capas de ropa.

–¡Dámelo!

–¡No! ¡A mí!

Los cuatro hombres se abalanzaron sobre la diminuta figura de Hinata y Neji interfirió poniéndose frente a ella de forma protectora. Ella permaneció quieta mientras que Neji les hacía frente a cada uno de ellos. Hinata estaba atónita, ya que nunca habría imaginado que hubiera gente así en el Imperio de su padre. Todavía no salía de su asombro cuando sintió a alguien jalarla de la capucha. No se giró, pero sentía cómo su atacante intentaba arrancarle el collar del cuello a través de su cabello.

–¡N-Neji! –gritó.

El susodicho se giró y asestó un golpe a quien quiera que estuviera atacándola. Hinata se colocó de nuevo la capucha y se volvió, siendo lo primero que vio, a Neji golpeando al pordiosero en el suelo; luego levantó el rostro y vio a dos de los mismos hombres que la habían atacado ponerse en pie y correr de vuelta al claro donde todos estaban.

–Vámonos de aquí –sentenció él tomándola de la mano y comenzando a correr.

Hinata sujetó la mano que mantenía cautiva la suya, aún sintiendo el miedo dentro de ella. Llevaba la mano en la frente para asegurarse de que la tela no se resbalara por el movimiento, cuando Neji se detuvo a la mitad del claro donde originalmente habían estado.

–Neji… –susurró Hinata-. No debiste golpearlos –articuló entre respiraciones-. Pudimos haber huido desde el principio.

Él le dedicó una mirada rápida, luego vio por donde acababan de llegar y retornó a sus ojos sonriendo levemente.

–Prometimos protegernos, ¿recuerdas?

Hinata sonrió también: Los buenos tiempos de su niñez juntos parecían volver poco a poco. Apenas comenzaban a respirar con calma, cuando vieron a dos guardias acercarse rápidamente a ellos y acompañados por uno de los mendigos de antes.

–¡Ellos son los revoltosos! ¡Captúrenlos! –gritaba apuntándolos-. ¡Él fue el que golpeó a mis compañeros! ¡Ah! ¡Y la chica también! ¡Tiene un collar robado en su cuello!

Hinata miró a Neji y él volvió a correr, sabiendo que los guardias no tardarían en identificarlos. Corrieron un buen rato, dando vueltas por el bosque para perder a los guardias. Se detuvieron sólo cuando encontraron una pared de piedras incompleta a la mitad de la nada; estaba casi destruida. Ambos se recargaron en ella, Neji agachándose ligeramente, y escucharon un estallido más.

La Hyuuga apuntó al firmamento, que estaba adornado con tres explosiones rojas, pero después se le unieron una amarilla, una azul, una blanca y un sinnúmero más. Seguían tomados de la mano y sus respiraciones apenas empezaban a normalizarse. Absortos en el fenómeno, Hinata tuvo la ocurrencia de pedir un deseo: Pidió con todas sus fuerzas descubrir qué era eso que sentía por Neji, eso que hacía saltar algo en su interior, que hacía que un nerviosismo la abordara y que día y noche se sintiera bajo un hechizo invencible.

Esforzándose por ver los fuegos artificiales desde su posición tan alejada, a Neji se le escabulló su capucha y terminó en su cuello. Todavía no había hecho amago de ponérsela, cuando Hinata se puso frente a él y se la colocó con lentitud, extendiéndola a la perfección sobre su frente y luego bajando sus manos hasta el inicio de sus hombros con la vista fija en sus labios. Neji la miró y ella no hizo nada, porque ella realmente quería que él la besara, más que para quitarse la culpa del beso de Sasuke, para sentir de nuevo su contacto y reafirmar ese presentimiento que le decía que Neji estaba igual de confundido que ella con respecto a lo que les pasaba a los dos cuando estaban cerca.

El ojiblanco se quitó la capucha con violencia y Hinata retrocedió un paso, sin embargo, él la tomó de los hombros y la puso contra la pared, colocando después sus brazos a los costados de su rostro. Hinata puso sus manos en sus fornidos hombros, y aunque también quiso quitarse su capucha, Neji se lo impidió. Como pudo, buscó sus ojos, y vio que su mirada tenía el mismo brillo anhelante que la de ella.

Lo vio acercarse y notó el calor que irradiaba su cuerpo al tiempo que sus labios tocaron los suyos. La ojiblanca sintió que su alma se elevaba incluso más alto que los fuegos artificiales que observaban y sintió el mismo cúmulo de emociones que la vez anterior y cada milímetro de piel erizado con su contacto.

Mientras que ella estaba perdida en la calidez que recibía, Neji se convencía de que nada existía en el mundo con un sabor tan dulce e incomparable como el de los rosados y jugosos labios de la ojiblanca, que con insistencia estaba haciendo suyos.

El beso les quitó el aliento a los dos, pero tan pronto lo recuperaron Neji volvió a cubrir sus dulces labios. Hinata no se quejó, pero sintió un sabor diferente que la vez pasada: Ese contacto se sentía desesperado y con angustia inscrita.

–¡Ustedes! ¡Identifíquense!

Hinata abrió los ojos asustada y Neji se alejó, terminando así con el beso. Se colocó de vuelta la capucha y se dio la vuelta, agradeciendo que los cuatro guardias que venían en su búsqueda, lo hicieran desde atrás, por lo que no habían visto lo que él y la heredera estaban haciendo.

Pronto estuvieron a dos pasos de ellos empuñando sus katanas.

–¡He dicho que se identifiquen! –repitió uno.

Neji y Hinata intercambiaron una mirada resignada y entonces descubrieron su rostro. Los cuatro guardias bajaron sus armas y los reverenciaron de inmediato.

–Hinata-sama, Neji-sama… –exclamó el mayor de ellos.

Los cuatro guardias se miraron con incredulidad y sólo el mayor se atrevió a hablar de nuevo.

–Debemos llevarlos de inmediato bajo la jurisprudencia del Emperador.


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El horizonte estaba despejado y la luna, con su luz deslavazada, alumbraba el camino del carruaje. Hinata y Neji estaban dentro del transporte con un guardia entre ellos y con tres más enfrente. El balanceo del carruaje y el sonido de los pasos de los caballos contra las piedras habían empezado a arrullar a los guardianes, más no a los herederos de distintos Imperios. La ojiblanca vio por el rabillo del ojo a su primo, que con una mano extendida en el marco de la ventana, tenía la vista perdida en los espesos bosques que los acercaban cada vez más a la fortaleza.

Hinata suspiró con pesar. Lo hizo casi en silencio, pero todos la escucharon. Todavía no entendía en qué momento su mentalidad se había trastornado lo suficiente como para hacerla dudar de su educación inculcada desde la cuna y hacerla creer que no pasaría nada si ponía primero sus deseos antes que su deber.

Miró sus ropas andrajosas y recargó su cabeza en la pared del transporte, asustada ante la idea de que escucharía un regaño por parte de su padre por primera vez en su vida. Pronto el carruaje estuvo frente a los portones rojos de la fortaleza, y tras ser abiertas las puertas de par en par por los adormilados sirvientes, el carro dio vuelta a la fuente y se detuvo justo frente a las escaleras, donde en lo alto se erguía la figura poderosa de su padre.

Descendieron del carruaje todos menos Hinata, petrificada por lo que se cernía sobre ella. Abajo, Neji la buscó con la mirada, y al volverse y encontrarla inmóvil en una de las esquinas del carruaje, subió uno de los escalones y extendió su mano cálida a la hermosa chica, cuyos ojos temerosos brillaban en esa oscuridad y cuyo cabello índigo brindaba resplandores azules por la luz de luna. Ella lucía más pálida que nunca. Cuando Hinata aceptó su mano y le brindó la suya, bajó del transporte con Neji como único sustento, percibiendo él sus mínimos temblores.

Ambos levantaron la mirada y vieron a los cuatro guardias desplegados a ambos lados, guiando sus pasos hacia las escaleras, donde el mismísimo Emperador, resguardado por seis guardias, escuchaba el reporte de parte del gendarme que los había descubierto. Con lentitud fúnebre, el par de jóvenes de mirada clara avanzaron hasta el patriarca y lo reverenciaron.

–Los hemos encontrado en el festival del Kami de la lluvia, Mi Señor. En un principio se resistieron, pero fue cuestión…

Hiashi levantó su mano, silenciándolo, y un guardia de la fortaleza colocó su lanza frente al gendarme, haciéndolo callar.

–Que ni se les ocurra decir que mi hija y mi sobrino estuvieron por ahí.

El Emperador lo despidió sin siquiera haberlo mirado y le dio la espalda a los jóvenes para caminar hacia su despacho seguido por el par. Un sirviente cerró la puerta y Hinata y Neji se acuclillaron de inmediato. El patriarca los miraba con los ojos enrojecidos de tristeza y enojo.

–¿Una vez más, Hinata? –Inició de pie frente a ella-. ¿Insistes en salir de la fortaleza a hurtadillas y sin mi autorización?

La Hyuuga inclinó aún más su rostro, incapaz de hablar.

–Desde pequeña te he dado lo mejor que he podido; te he dado toda la independencia que me haz pedido, simplemente aclarándote los límites de tu libertad, ¿y así me lo agradeces? –respiró-. Nunca te habías comportado de esta manera, Hinata. Dime, ¿hay algo de lo que no estés satisfecha? ¿Acaso hay algún detonante en específico? –miró las nucas de los jóvenes alternadamente-. Neji, sobrino mío –continuó delante del susodicho-. Tú posees un sentido de suspicacia y responsabilidad incomparables, mismas que he alabado desde siempre… ¡Por eso me cuesta tanto trabajo asimilar este atrevimiento! ¡Esta violación a los pactos implícitos de nuestros lazos familiares! –respiró profundo para tranquilizarse-. Debiste persuadirla –retomó con voz ronca-, ¡ella menos que nadie debía estar ahí!

El señor de los territorios del Este se llevó la mano a la cabeza, frustrado y negando sin cesar. Lo demás era silencio, sin embargo, Hiashi se giró y movió su mano libre para sorpresa del par.

–Explíquense si así lo desean –exclamó.

Neji miró a Hinata a un lado suyo y la vio encoger los labios sin saber qué hacer para evitar un castigo que ella misma sabía que merecía.

"Otou-san siempre me dice que esa festividad está reservada para el pueblo y que a lo máximo que yo puedo aspirar a participar, es en el Gran Fuego de Lluvia de Luna…" –recordó, y supo de inmediato que ella pensaba en lo mismo.

El ojiblanco miró sus manos sobre el tatami, y llenándose de valor, dijo:

–Fue todo por mi causa, Tío, yo empujé a Hinata hasta ese lugar.

El Emperador se volvió y lo contempló sin habla, no habiendo esperado una confesión así.

–¿Es… eso cierto? –repuso.

–No –respondió Hinata en un suspiro-. Neji, lo menos que merezco ahora es que mientas por mí –levantó el rostro hacia su padre, pero no así su mirada-. Todo ha sido por mi causa, padre. Yo lo he ideado todo –pestañó temiendo el regaño-. S-si no me cree… Tan sólo recuerde las veces que le pedí permiso para asistir.

Hiashi ensanchó sus ojos y luego se frotó el rostro con sus manos. Estaba desesperado y notablemente confundido al tener que reprender por primera vez en dieciséis años de padre a una de sus hijas. Cuando pareció recuperar el aliento, su voz era grave y fracturada.

–¿Qué te está pasando, Hinata? –Preguntó con una acidez que lastimó a la ojiblanca-. ¡Es decir, mira tu ropa! ¡Vestida como pordiosera con tal de salirte con la tuya! –Empezó a caminar en círculos-. ¡La heredera de los territorios del Este! ¡La fuerte Miko Hinata Hyuuga, comiendo y conviviendo con los que no son nada! –Dio un golpe a su escritorio-. Dime Hinata, ¿qué te ha motivado? ¿Qué fue eso que te impulsó a desobedecerme y a arrastrar contigo a tu primo?

Hinata tragó saliva con dificultad y respiró con nerviosismo antes de poder hablar sin que se le rompiera la voz por las lágrimas.

–Yo realmente tenía ganas de asistir al festival plebeyo –contestó-. Pensé… que como no quería una guardia de treinta hombres conmigo, sería más conveniente pedirle a Neji que me acompañara; así él me defendería.

El castaño la miró sorprendido y al verla a ella tan meditabunda en lo que decía y con los ojos fijos en el piso, él también agachó el rostro, dejando que su largo cabello cubriera sus ojos, y haciendo de sus palmas abiertas dos puños: Súbitamente se sentía furioso consigo mismo. Todo por dejarse creer a sí mismo que Hinata podía sentir algo más por él, cuando en realidad ella seguía tan interesada en hacer y conseguir todo lo que se le venía en gana, que lo había utilizado a él como si de un peón más se tratara.

Todavía no acababa de reclamarse, cuando notó la vista fija de Hiashi en él. Lo miró en un reflejo involuntario, pero casi a la misma velocidad volvió a reverenciarlo.

–¿De manera que te haz dejado convencer por un drama barato de mi hija? –exigió saber Hiashi con un tono de voz más alto.

Neji frunció el ceño. Se había perdido en sus pensamientos a mitad de un regaño y ahora no sabía cómo contestar a tan agresiva pregunta.

–Otou-san, deje a Neji fuera de esto –ordenó Hinata y el par de varones se volvió a verla-. Además Otou-san, Neji y yo no hemos hecho nada malo. Sencillamente hicimos… –dudó-. Una especie de travesura, en recuerdo de las que hacíamos cuando éramos niños.

Hiashi caminó hasta ella con aires desafiantes y tomó una hoja de papel del escritorio que estaba frente a ellos.

–¿Travesura, dices? ¡Mira esto! –Le mostró la hoja con el símbolo de su élite dibujado a carboncillo-. No eres más una niña, Hinata, ¡eres la heredera del Imperio entero! ¡Asume tu lugar y tus responsabilidades! ¡Debes hacerte respetar por todos desde el principio! ¡¿Crees que eso se logra hiendo a brincotear con los aldeanos? –vociferó-. ¡¿Acaso me ves a mí haciéndolo?

Hinata negó enérgicamente con la cabeza. Había empezado a respirar con violencia para retener las lágrimas que insistían en brotar de su blanca mirada.

–¡Y tú Neji! –El susodicho movió la cabeza-. ¡Hazme un favor a mí, a mi hija y a ti mismo, y no me hagas pensar en cosas que no son!

El hombre soltó un sonido de furia tras el cual se tranquilizó un poco, y con la espalda vuelta hacia ellos, dijo:

–Lo mejor será… –se aclaró la garganta-. Que no vuelva a enterarme de que ustedes están por ahí juntos, ¿entienden? –ambos asintieron-. Retírense –los dos se pusieron de pie al instante, y lo reverenciaron en despedida-. Hinata…

La heredera se giró y notó que la mirada de su padre estaba tan triste como la de ella.

–…Me haz decepcionado.

Entonces se dio la vuelta, dolido, y Hinata perdió la capacidad de moverse. Se quedó ahí, de pie, con la voz y la mirada rota. Sintió un líquido caliente gritar por salir de sus ojos y algo muy dentro de su ser fracturarse.

"Me haz decepcionado"

Neji la tomó del brazo acto seguido y salieron por la puerta, Hinata deshecha, al borde del llanto, y él estoico y con una punzada de dolor en el pecho. Se quedaron parados delante de la habitación, incapaces de moverse o de pensar. La ojiblanca consiguió normalizar su respiración y tragarse el nudo pastoso que sentía en la garganta, acabando así también con las lágrimas. El nerviosismo tardó un poco más en pasar, pero cuando su cuerpo dejó de agitarse, tuvo la habilidad suficiente para intentar hablarle de algo a su primo. A duras penas había dicho su nombre cuando él negó con la cabeza y la abandonó en la oscuridad del corredor. Hinata giró sobre sus talones, y aunque no pudo distinguir su figura alejándose, se sintió completamente desolada pocos segundos después.

Hinata se llevó las manos al pecho y suspiró con pensar al sentir las lágrimas aglomerársele nuevamente en los ojos. Por primera vez en su vida había decepcionado a su padre y el sentimiento de culpa era insoportable: Era como si su corazón se hubiera encogido y no tuviera remedio.

La primera lágrima escapó y ella sonrió con amargura. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había llorado, y aunque en ese momento no se le ocurriera cómo, definitivamente recompensaría a su padre por su falta. Luego pensó en Neji y en el hecho de que una vez más, él estaba molesto con ella sin decirle la razón.


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A la mañana siguiente, al parecer bajo la ignorancia de la mayoría de los presentes sobre el suceso de la noche anterior, la familia y los invitados de Hiashi Hyuuga se encontraban en el exquisito balcón del último piso de la fortaleza, disfrutando de la comida preparada por manos expertas, y también de la vista.

La comida discurría casi en completo silencio. Tres de las siete personas que se encontraban en el comedor, apenas levantaban la mirada de sus platos para cruzarlas con los demás. Cada uno metido en su propio mundo. Hizashi, harto de la tensión que se palpaba en el ambiente intentó romper el silencio numerosas e infructuosas veces, aún cuando lo correcto era que quien lo hiciera fuera el Emperador, más éste estaba perdido en sus asuntos y no parecía estar de muy buen humor.

No estando dispuesto a resignarse, quiso intentar por última vez.

–Hanabi, desde hace días que llegaste y no se te ha presentado la ocasión de contarnos sobre ti –dijo.

–En realidad no hay mucho que contar, tío –respondió poniendo los palillos en la mesa y alejando el plato del cual había comido.

–¡Bueno! Pero si seguro te alegró ver a tu familia tras tanto tiempo. Te fuiste bastante pequeña, ¿no?

–A los seis años. Mi padre se encargó de enviarme a un lugar donde me inculcaron con ahínco el amor al templo.

Hizashi se cruzó de brazos contento y volteó a ver a su hermano, más éste seguía sin prestar atención a lo que acontecía a su alrededor. Los demás escuchaban la plática que sostenían, unos con mayor atención y unos con menos. Sin embargo, nadie se atrevía a participar.

–¿Eso significa que estás considerando seriamente la posibilidad de dedicar tu vida al sacerdocio?

Todos se giraron a ver a Fugaku, el Señor del Norte, que no solía hablar por que sí.

–Pues sí, podría decirse –contestó una Hanabi pensativa.

Una risa ahogada llamó la atención de los presentes. Antes de enfocar a la fuente de sonido, Hinata ya sabía de quien se trataba.

Sasuke Uchiha tuvo sobre él al unísono seis miradas, cinco blancas y una tan oscura como la suya y que lo veía petrificado, asustado de que mostrara su verdadera personalidad y los avances que habían hecho frente al Emperador Hyuuga del Este se vinieran abajo.

–¿Qué es lo que le causa tanta risa, Sasuke-san? –interrogó Hanabi, molesta.

El Uchiha levantó su mirada del plato y en vez de ver a su interlocutora, buscó a Hinata, que en ese instante clavó la mirada en su regazo y bajó los palillos como en medio de un transe.

–¡Lo sabía! –Pensaba para sus adentros-. ¡Sasuke no ha cambiado!

Entonces el Uchiha se maldijo a sí mismo y miró a Hanabi, que seguía esperando una respuesta.

–Nada, nada… –repuso llevándose otro bocado a la boca y con una sonrisa de sorna aún dibujada en sus labios.

El silencio volvió a hacerse presente, reincorporando todo el ambiente que Hizashi y Hanabi habían conseguido, a lo incómodo. Hizashi suspiró, vencido por fin, y Hanabi despegó con lentitud su blanca mirada de la figura del pelinegro frente a ella. Respiró con calma mientras escuchaba los palillos de los presentes moverse dentro de los platos de cerámica y una vez retornado su buen humor, se dirigió a su hermana, que sentada a un lado de ella, estaba a punto de ser engullida por su aura de tristeza.

–Onee-san, ¿lista para cabalgar?

Hinata dio un respingo en su lugar y levantó la vista sorprendida: Lo había olvidado.

–No irá –sentenció Hiashi desde el otro lado de la mesa.

Hanabi trasladó su mirada a la figura de su padre.

–¿Qué? ¿Por qué?

La pequeña todavía no recibía su respuesta cuando vio a su padre mirar a Hinata y que ella bajara cohibida la cabeza de inmediato.

–¿La haz castigado? –Inquirió entonces-. ¡Otou-san! ¡Eso no es justo! ¡Ella lo ha prometido!

Hiashi la miró con severidad y la niña calló cruzándose de brazos. Lo incómodo de la situación pareció multiplicarse por diez cuando Hanabi volvió a hablar.

–Un padre debe enseñar a sus hijas a asumir compromisos, pero aún más importante, debe enseñarlas a cumplirlos –miró de vuelta a su padre-. Empeñar la palabra es lo más sagrado y único que tiene el hombre para hacerse valer.

Los presentes detuvieron sus palillos en el aire. Hubo duelo de miradas y después de un suspiro largo y frustrado por parte del Emperador, las palabras anheladas por la pequeña niña salieron de sus labios. Hanabi desocupó su lugar y corrió a abrazar a su padre murmurando cientos de "gracias"; después tomó la mano de su hermana y la de su desprevenido primo y los sacó casi arrastrando de la habitación.

Fugaku Uchiha no tardó en lanzarle una mirada al Emperador.

–¿Pasa algo, Fugaku? –preguntó Hizashi.

El Uchiha se cruzó de brazos y respondió viendo a Hiashi.

–Es sólo que… pensé que hoy sería el día en que daríamos a conocer la noticia.

Hizashi miró a su hermano, confundido por las palabras del Uchiha, y éste carraspeó.

–Discúlpame, lo he olvidado –apartó su plato-. En este momento me encargaré de eso.


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Muchos pisos más abajo, Neji y Hinata estaban sumidos en un profundo silencio en espera de Hanabi. El semblante de Neji era frío, aún cuando en su interior estuviera librando una batalla intensa, que como siempre, giraba en torno a Hinata. Ella era la que lo enloquecía, quien le daba alas con sus miradas y después se las arrebataba a medio vuelo, dejándolo precipitarse al vacío. La sintió mirarlo y aún así no hizo amago por hablar con ella. Sentía la necesidad de hacerlo, porque muy en su interior presentía el final de todo. Él sabía que la perdería pronto y para siempre, y que más que estarse dedicando a enojarse con ella, lo que debía hacer era procurarla y ponerla al tanto de sus sentimientos, aún cuando no fueran correspondidos y sólo sirvieran para aumentarle el ego a la mujer. El Hyuuga sonrió de lado. Nunca se hubiera creído escuchar hablar así a él mismo, cuando en un principio su plan era lastimarla para arrancarla de raíz de su vida.

A unos metros de él, Hinata permanecía quieta, asustada de hablarle y ver su mirada penetrante fija en ella. Sin embargo, su deber era hacerlo, ya que no se permitiría salir de esa caballeriza sin haberle aclarado a Neji la mentira que había utilizado la noche anterior para salvarlo a él de las reprimendas de su padre.

Se acercó con cautela hasta él, y aunque el crujido de la paja la delató, el ojiblanco estaba demasiado pensativo como para notarla. Lo supo por el leve estremecimiento que tuvo cuando puso su mano sobre su hombro. Él se giró en el momento y quedaron frente a frente.

–Neji… yo…

La voz de su hermana acercándose la asustó y la hizo correr de vuelta a su caballo. Neji no le despegó la mirada, sólo negó por lo bajo. Hanabi apareció vestida igual que Hinata, después de todo, el uniforme de una aprendiza y de una Miko, era el mismo. Llegó sonriente y sin sentir la tensión en el ambiente montó su caballo, viendo pronto a su hermana y primo imitarla.

–¿Me han esperado largo rato? –preguntó y ellos negaron-. ¡Pues bien! ¿A dónde deberíamos ir?

–Quizás al campo de flores –exclamó Hinata.

Hanabi miró a su primo, y al no ver ninguna objeción hizo andar su caballo. Neji y Hinata agitaron sus riendas y la siguieron en completo silencio.

No habían avanzado la gran cosa cuando un exhausto sirviente salió corriendo de las caballerizas en un intento de darles alcance.

–¡Hinata-sama! ¡Hinata-sama! –gritaba ya sin aliento. La Hyuuga detuvo su marcha y esperó a tener al hombre frente a ella-. Hinata-sama… El Emperador… Quiere verla.

–Pero si apenas me disponía a acompañar a mi hermana y a Neji en un paseo.

–Efectivamente, Hinata-sama, pero… El Emperador solicita su presencia de inmediato en el salón principal.

A unos metros de distancia, sus dos familiares la miraban desesperados por marcharse.

–Mi padre me necesita –dijo-, los alcanzaré en cuanto pueda.

El par se encogió de hombros, y bajo la mirada desconfiada de Neji, la ojiblanca volvió a las caballerizas, y tras dejar su caballo al sirviente en turno, entró a la fortaleza, sintiendo que algo no andaba bien, ya que el salón principal era en el que su padre siempre hablaba a puerta cerrada para hacer negociaciones con señores feudales importantes o al menos antes del incidente, con Fugaku Uchiha. Ella nunca había sido requerida para presenciar ninguna transacción, y le extrañaba que justo ahora su padre decidiera enseñarla a incursionar en los negocios.

Caminó con calma mientras contemplaba los detalles de la fortaleza: dragones subiendo en espiral las escaleras, estatuas de bronce a cada lado de los pasillos y murales pulcramente pintados con los rostros de cada miembro de la dinastía Hyuuga. Se encontraba relativamente tranquila, con el corazón aún dolido por la decepción de su padre y el trato frío de Neji.

En menos de lo que había pensado ya estaba frente a las puertas de metal rojo tras la cual se encontraría su padre, el Emperador. Las puertas se abrieron para ella, y antes de que Hinata entrara a la inmensa sala, un hombre de gran voz la anunció.

Ella entró y vio sentados en la mesa de té al emperador Fugaku y a Sasuke de un lado, y del otro a su padre y un cojín vacío que ella pasó a ocupar tras reverenciar a los presentes.

–¿Me haz llamado, Otou-san?

Él asintió.

–Es hora de revelarte cuál es ese suceso trascendental del que te hablé días atrás.

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