¡Hey! Personas del mundo, les traigo otro capítulo de esta historia, que a decir verdad, es como mi bebé. Quise salir un poco de la rutina y puse un ingrediente picante (tal vez demasiado picante) a este capítulo, ¿están listos? Recuerden que los personajes de Naruto no me pertenecen (por desgracia! Si no, "Naruto" sería un anime maravilloso y sensual!).
Por favor ayúdenme a corregir errores por medio de reviews, o lo que es mejor, ¡échenme porras! Sin ustedes lectores, no sería nada, ¡gracias!
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Habían sido días difíciles, llenos de dolor, visitas médicas, pomadas con olores asquerosos y oscuridad invencible: la lluvia era indomable, caía sin pausa y el cielo era completamente negro, por eso la fortaleza estaba alumbrada con candiles que le daban un aspecto sombrío a todo. Una semana entera había transcurrido de esta manera, y Hinata sólo podía observar el techo, pensando, reflexionando… todo sin moverse, por eso estaba segura que de no ser por las visitas de su hermana menor, habría perdido la cordura.
Hanabi sólo podía permanecer con ella durante unos minutos, porque la Gran Miko había ordenado a Hinata mucho reposo, aun cuando la única parte herida de su cuerpo eran las palmas de sus manos, mismas que aunque ya se habían recuperado, estaban muy sensibles, y hasta el roce de las sábanas causaba una mueca de dolor en el rostro de la heredera. Lo que más le gustaba a Hinata de las visitas de su hermana era cuando le contaba de lo molesto que estaba Neji a diario porque no lo dejaban verla. Y en efecto, tanto él como Sasuke tenían prohibida la entrada a los aposentos de la futura emperatriz de los territorios del Este por la escena montada en pleno templo días atrás.
La peliazul había estado inconsciente la mayor parte de los primeros dos días, por eso el día que pudo estar doce horas consecutivas despierta, le explicaron cómo no había dejado de llover desde el día del incidente. Los truenos nunca la habían inquietado, pero lo que sí la asustó fue el hecho de no poder oír nada a más de dos metros de distancia; por eso no pudo advertir la llegada de Kazu, su doncella, cuando fue a cambiarla de ropa.
No le gustaba que la ayudaran a cambiarse, pero ya que ella misma no podía hacerlo sin lastimarse, dejó a Kazu ponerle su hakama de Miko y atarle su cabello en una coleta baja mientras pensaba en la visita que deseaba hacerle a su padre, quien no la había ido a ver porque estaba ocupado con todo el asunto de la unión de los imperios del Norte y del Este.
Kazu salió de la habitación diciéndole que regresaría a la hora de la comida y Hinata no respondió, sólo tomó asiento en su cama con ambas manos en su regazo, viendo sin ver la lluvia que resbalaba en la ventana.
–Necesito preguntarle muchas cosas a mi padre –pensó-. Es más, lo haré ahora.
Y se puso en pie, decidida a poner fin a las dudas que acechaban su mente, pero cuando giró sobre sus talones, un relámpago le reveló una presencia insospechada recargada contra la puerta. La mujer retrocedió inconscientemente.
–Sasuke… -murmuró.
No estaba segura, pero pudo haber jurado que la figura sonrió antes de caminar hacia ella, dejándose cubrir el rostro con la luz del candil.
–No te escuché llegar –agregó la Hyuuga-. ¿Se te ofrece algo?
El Uchiha paseó su mirada desinteresada por el cuarto de la heredera: era hora de su venganza.
–Nada en especial… –dijo sin mirarla-. Pero veo que ya me hablas de "tú".
–Me lo pediste varias veces y… decidí que era lo correcto.
Sasuke sonrió: podía percibir el miedo que provocaba en Hinata, y no estaba equivocada en sentirlo.
–No tienes idea de cuántas ganas tuve de ver a mi prometida estos últimos días… –Hinata forzó una sonrisa-. Además, me di cuenta de que casi no hemos convivido en privado… –agregó deslizando su mano por el brazo de la mujer.
Hinata sacudió su brazo para soltarse de él y retrocedió, mirándolo amenazante.
–Sasuke, no es necesario que te preocupes más. Y si me disculpas… –La mujer pasó a su lado rumbo a la puerta, pero el Uchiha la tomó fuertemente del brazo y la colocó lejos de la puerta, frente a él-. ¡¿Qué haces?!
–Ya me cansé de que me humilles, Hinata –susurró conteniendo su ira.
–¿D-de qué hablas? –preguntó ella, asustada por la proximidad de Sasuke.
El azabache sonrió con ironía.
–¡¿Me crees estúpido?! –gritó-. Sé de tus encuentros con Neji, y sé que el día de la pelea en el templo tú fuiste a verlo a él y no a mí, que soy tu futuro esposo –dijo entre dientes por la rabia que sentía.
La Hyuuga abrió los ojos de par en par.
–Sasuke, yo… -intentó soltarse de su agarre, pero sus brazos sólo la aprisionaron con más fuerza-. No sé de qué me hablas, y me estás asustando… Por favor déjame ir.
–¡No mientas! –gritó él, apretándole sin piedad una de las manos vendadas. Hinata se retorció del dolor y emitió un chillido-. Sé que te has visto con él a escondidas y sé que están planeando escapar juntos.
–¡Sasuke! –consiguió decir, pero él le retorció la mano de nuevo y ella volvió a lloriquear.
–¡No me interrumpas! –Desesperada, Hinata intentó patearlo, pero él atrapó su pierna con sus muslos-. ¿Ahora intentas golpearme? –sonrió y acto seguido le dobló ambas manos.
La peliazul intentaba soltarse, pero entre más se movía, el Uchiha doblaba, pellizcaba y apretaba más fuerte sus manos, haciéndola llorar y retorcerse.
–Ahora bien… –prosiguió él-. Quiero advertirte: ni pienses en escapar con tu primito, porque te tengo vigilada –soltó una de sus manos y rodeó su delgada cintura con su brazo-. Y no sé qué tan lejos haz llegado con él, pero ahora mismo pienso enterarme.
La heredera lo miró asustada, y sin esperarlo, el Uchiha empezó a besarla en el cuello con su boca ávida y caliente. La mujer soltó otro chillido, desesperada.
–¡Kazu! ¡Kazu! –empezó a gritar-. ¡Ayuda! ¡Alguien!
El ojinegro le enterró las uñas en las palmas y Hinata rompió en llanto.
–Grita lo que quieras, pero con esta lluvia y estos truenos, nadie te va a escuchar –le susurró con la voz enronquecida por su deseo.
Para su sorpresa, Sasuke le soltó las manos, y sin esperar ni un momento, intentó empujarlo lejos de ella, pero resultó que fue ella la herida, pues sus manos estaban más sensibles y heridas que antes. No podía hacer nada. Estaba a la merced de ese hombre.
Dio un saltito en su lugar cuando sintió las manos de Sasuke moviéndose por su hakama, buscando una abertura para quitárselo. Presa del miedo, a Hinata se le doblaron las rodillas, pero el Uchiha la mantuvo de pie. La Hyuuga no dejaba de gimotear, y apretó sus labios cuando sintió las manos del ojinegro explorando y sintiendo sus pechos a través de la tela.
–Sasuke, no hagas esto, te lo imploro –dijo sollozando-. ¡Está mal! ¡Todavía no estamos casados!
El Uchiha rasgó la parte inferior del hakama y la miró.
–Hinata –dijo jadeando-, estamos comprometidos. No importa si hacemos esto antes… De cualquier forma ya eres mía.
Entonces metió su mano por el jirón de tela, acariciando los suaves e inmaculados muslos de la sacerdotisa, que se crispó por el íntimo y vulgar contacto y gritó con todas sus fuerzas cuando notó la excitación de él.
Hubo otro trueno y Hinata empezó a creer que todo estaba perdido: La lluvia y los truenos opacaban sus gritos, ella estaba inmovilizada y nadie vendría en su ayuda. Sentía la respiración entrecortada de Sasuke sobre su piel y sus manos intentando quitarle la ropa, pero ella no podía defenderse. Pidió un milagro a gritos, y como si los Kamis la hubieran escuchado, un tercero apareció en la habitación.
–¡Suéltala, maldito cobarde!
El joven Hyuuga derribó a Sasuke, y ya en el suelo, comenzó a golpearlo en el rostro sin piedad.
Hinata cayó también, porque sus rodillas habían dejado de sostenerla desde hacía un rato, y se aferró a su hakama. Empezó a llorar de terror y de alegría, y cuando empezaba a rezar para agradecerle a los Kamis por la intromisión de Neji en sus aposentos, no pudo soportar la imagen de los dos peleando.
–¡Basta! –gritó, y tomando a Neji de la camisa lo separó del ojinegro-. ¡Ya los alejaron de mí una vez de mí y no quiero que vuelva a pasar!
Sasuke se levantó y los dos hombres se sostuvieron la mirada de odio, aun con Hinata entre los dos.
-Sasuke, sal de mi habitación –ordenó la heredera-. Y no regreses.
No cortaron el contacto visual hasta que el Uchiha salió de los aposentos de la Hyuuga con un portazo detrás de sí. Hinata miró la puerta detenidamente y luego se sentó en su cama, llorando desconsoladamente mientras se cubría el cuerpo con las manos.
Neji permaneció de pie frente a ella, sin saber qué hacer. Ella era su sueño más caro, lo único que le importaba en ese mundo, y ahora, al tenerla frente a él con la dignidad hecha trizas, despeinada y con el uniforme todo roto y descolocado… Tenía ganas de ir detrás del maldito que se había atrevido a tocarla para matarlo a golpes como el animal que era. Sintiéndose impotente, Neji se sentó al lado de la mujer y se revolvió el cabello: ¿cómo había dejado que ésto pasara?
Súbitamente, sintió el contacto cálido de Hinata en su brazo: Lo miraba a través de sus ojos vidriosos como si le pidiera algo. Neji no supo decir qué era, pero sin mediar palabra la cubrió con sus brazos protectores. Hinata disminuyó el volumen de sus gimoteos mientras Neji acariciaba su largo cabello color noche y depositaba besos castos en su hombro de vez en cuando.
La tormenta parecía estar a punto de dar una tregua cuando la heredera tomó la palabra inesperadamente:
–Neji… -lo llamó, y el Hyuuga salió de su ensimismamiento-. Desearía tanto casarme contigo –murmuró.
El ojiblanco quedó atónito. Nunca hubiera esperado un comentario así… pero, ¿era cierto?
–¿En serio te casarías conmigo? –preguntó separándola de él para mirarla fijamente.
Ella sonrió tímidamente y evadió su blanca mirada.
–Sé que suena muy mal decirlo –dijo-, pero siento que no podría querer a nadie más de lo que te quiero a ti: tú me respetas, me escuchas… me das mi lugar, me proteges… Además, cuando te veo mi corazón late más rápido, y cuando te vas… No lo sé –sonrió-, empiezo a pensar en ti y sólo en ti.
Neji sentía los latidos de su corazón hasta en sus oídos: ¡sólo en sueños había escuchado a Hinata decir palabras semejantes, y ahora, que todo era realidad…! El joven se aclaró la garganta y buscó las manos de Hinata, pero ésta hizo una mueca de dolor y ambos sonrieron con torpeza por el olvido del heredero de los territorios del Oeste.
Sin poder hacer más, Neji puso su mano en el pequeño hombro de la princesa y con la otra acarició su mejilla sonrojada.
–Hinata, mi corazón es tuyo –admitió mirándola intensamente-. Lo ha sido desde siempre y lo seguirá siendo. Cuando te conocí, y aunque sólo éramos unos niños, mi corazón, mi mente y mi alma te las entregué. Todo ese tiempo que estuvimos separados yo estuve medio vivo, porque sólo cuando estoy contigo me siento completo –se acercó más a ella-. Así que, si pretendes decirme que ese sentimiento es mutuo… ¿por qué mantener esta farsa? ¡Cancela tu compromiso y cásate conmigo!
Hinata ladeó su rostro, conmovida por las palabras de Neji y después de mantener la respiración, respondió:
–Yo… yo hablaré con mi padre. Se lo plantearé con sutileza, ¿está bien?
Neji asintió sonriendo.
–También debes decirle lo que pasó hoy, una vez ya anuló el compromiso por la conducta de Sasuke, y estoy seguro de que puede volverlo a hacer.
Hinata asintió con pesadez y sus ojos se nublaron una vez más al recordar el infierno que estuvo a punto de vivir con el Uchiha. Neji advirtió su dolor y le levantó la barbilla para que lo viera a los ojos.
–Yo también hablaré con mi padre –y la atrajo hacia él, pero después de un casto y rápido beso a sus femeninos labios, agregó-: Daría lo que fuera por estar contigo, Hinata.
La mujer parpadeó y él le besó la sonrisa que no tardó en dibujársele en los labios.
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Hizashi sospechó que algo no andaba bien cuando un sirviente le avisó que su hijo quería pasar a hablar con él: a duras penas había pasado media hora desde la cena y a esa hora Neji solía no soportar recibir o hacer visitas. Cuando el joven entró Hizashi lo miró atentamente antes de recibirlo con sus paternales brazos: realmente estaba orgulloso de su muchacho, y en cada ocasión que tenía para decírselo, lo hacía. Lo había criado sin una presencia femenina desde muy pequeño, pero aun así era todo un hombre de ley, consciente de sus obligaciones y dispuesto a cumplirlas; pero lo que era mejor, el joven Hyuuga tenía voluntad e iniciativa para actuar, y su astucia y desconfianza guiarían a los territorios del Oeste a su máximo esplendor cuando él mismo no pudiera ejercer más como su gobernante.
Hablaron de cosas triviales, por lo que Hizashi no sospechó ni por un momento de las intenciones ocultas que su hijo tenía, aun cuando Neji mencionó el tema sin censura:
–Padre, hace unos días estaba pensando en el origen de la línea sanguínea Hyuuga y de cómo se ha preservado a lo largo de siglos.
–¿Y encontraste algo interesante? –preguntó Hizashi intrigado.
–Algo así –contestó Neji sonriendo-. Como sabes, para la preservación del Byakugan es necesario que los matrimonios se realicen dentro del clan.
–Claro, para no contaminar la sangre –agregó Hizashi.
–Exacto. Es por eso que no entiendo por qué Hinata, que es uno de los miembros activos del clan con la sangre más pura… Va a desposar a un Uchiha.
Hizashi se adelantó en su asiento y miró largamente a su hijo, que como siempre, daba pruebas de su aguda inteligencia y capacidad de análisis. Neji comenzaba a tensarse al pensar que quizá su padre le hiciera una pregunta indiscreta sobre su "accidental" descubrimiento, pero no fue así; al contrario, el hombre suspiró y sonrió con tristeza.
–Yo me pregunté lo mismo poco después de que tu tío nos invitó a la boda –reveló-, y aunque he estado a punto de sacarle la razón de sus acciones más de una vez, yo tampoco sé a qué se debe que quiera hacer una unión tan desventajosa. ¡Es decir, los territorios del Este son los más prósperos!... Hiashi no necesita hacer ninguna unión, su imperio lo tiene todo. Si casa a Hinata con Sasuke sería fusionarse con los territorios del Norte, que son áridos y poco productivos, y manchar la sangre Hyuuga.
Neji asintió pensativamente ante el razonamiento de su padre: efectivamente, todo este asunto de la boda era innecesario y hasta inconveniente.
–Mi hermano no es tonto, Neji. Y como sabes, Hinata ya había estado comprometida con Sasuke de niños, sólo que cuando Sasuke se atrevió a golpear a Hinata mi hermano se encerró en su despacho con Fugaku Uchiha, aclarando que no dejaría el futuro de su heredera en manos de un impulsivo, y acto seguido rompió la unión –relató el hombre con paciencia.
–La pregunta es qué motivó a mi tío a renovar una alianza semejante… -dijo entre dientes el joven Hyuuga, y su padre asintió.
–Hijo, ¿puedo hacerte una confesión? –Neji asintió con desconfianza-. No vayas a pensar nada raro, pero –sonrió inocentemente-, yo creía que Hiashi te comprometería a ti con Hinata, porque ambos tienen la sangre más pura y joven del clan Hyuuga.
Neji agradeció estar sentado a una distancia prudente de su padre, porque pudo percibir cómo el rubor le ascendía por el cuello para asentarse en sus mejillas. Abrumado, tosió intentando despejar sus pensamientos.
–¿Y… por qué crees que no lo hizo?... –preguntó evadiendo la mirada escrutadora de su padre.
El hombre se encogió de hombros.
–Es bastante sencillo –comenzó-. Los matrimonios sirven para crear alianzas, que son: para beneficiarse a costa del imperio de uno de los novios o para crear pactos de no-agresión durante una guerra –explicó antes de ser interrumpido por un rayo-. El imperio del Este y el del Oeste tienen un lazo más poderoso que un matrimonio: somos familia. Si necesitamos algo, nos ayudamos incondicionalmente, y sería un crimen de sangre agredirnos.
Neji asintió una vez más: la lógica de su padre era innegable, y por tanto un matrimonio entre Hinata y él no representaría ni una ganancia ni una pérdida para ninguno de los dos imperios. Sería un cero a la izquierda; y al parecer, Hiashi no estaba en un error al preferir sacar algún provecho con el matrimonio de su hija.
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No muy lejos de ahí, Hinata esperaba ser recibida por su padre. De pie junto a la puerta, miraba con atención todos los lujos de la fortaleza: dragones de oro tallados en las escaleras, esculturas de Kamis por doquier, costosas pinturas de los miembros más importantes del clan Hyuuga y de todas las generaciones de gobernantes de los territorios del Este. De hecho, no muy lejos de donde ella estaba parada se encontraba colgado un cuadro de su familia antes de que la emperatriz, su adorada madre, los dejara.
Un sirviente le habló de la nada y ella se asustó enormemente, pero éste se excusó, diciendo que sólo quería avisarle que el emperador se encontraba listo para recibirla. La peliazul entró sin reparos al despacho de su padre y lo vio frente a una cantidad enorme de papel. Hiashi la saludó y ella corrió a abrazarlo: hacía semanas que no había visto a su padre en un lugar distinto al comedor.
La meta de la joven sacerdotisa era preguntarle a su padre la razón de su matrimonio con el Uchiha e intentar por todas las formas posibles disolver tal alianza, estando dispuesta a revelarle a su padre el intento de abuso del ojinegro, aunque prefería no tener que recurrir a ellos, porque de sólo recordarlo se sentía terriblemente humillada.
–Padre, yo vine aquí por algo en especial… -comenzó.
Hiashi sonrió.
–Más te vale que así sea, porque este asunto de la boda reclama toda mi atención.
–Precisamente de eso se trata –murmuró. Hiashi la miró serio-. La boda será en cuatro días más, y creo que tengo derecho a saber por qué escogiste a Sasuke para ser mi esposo.
Hiashi no despegó su mirada de su hija, pero Hinata nunca había sido una mujer asustadiza, por lo que le sostuvo la mirada hasta que él pareció rendirse de no poder descifrar los pensamientos de la joven y suspiró.
–No hay una razón, Hinata. Sólo lo decidí porque tengo una corazonada de que el Imperio de los Uchiha pronto será fructífero e imparable. Es todo.
Enseguida tomó una porción de los papeles frente a él y comenzó a leerlos. Hinata no se movió de su lugar y lo miró aún más intensamente.
–Padre… Por favor. Siento que algo te tiene inquieto con esta unión. Hay algo que no me estás diciendo –exclamó con calma y rogándole con la mirada.
Hiashi la miró con severidad, pero una vez más no pudo contra su hija, y tras revolverse el cabello, entrelazó sus manos frente a sus ojos y se dispuso a hablar:
–Hinata, eres mi hija y sabes que nunca actuaría para lastimarte –ella asintió-. Pero ahora hay un asunto que me supera y que me orilla a utilizar todos los medios a mi alcance para salvar nuestro imperio de una desgracia –Hinata se removió en su asiento: su padre comenzaba a inquietarla-. Hinata… Tú sabes que los territorios del Norte no son nada comparados con los nuestros, y aunque tu unión con el heredero de esos territorios parece totalmente inútil ante los ojos de cualquiera… -suspiró-. Hinata, ellos crearon una cosa monstruosa llamada pólvora.
–¿Pólvora? –Repitió la mujer-. ¿Cómo la que se usa en los fuegos artificiales?
–No lo sé. Yo pensé eso, pero ellos la usan de otra manera: la mezclan con líquidos y fuego y hacen explosiones mortales –explicó Hiashi-. Hace muchos años Fugaku vino aquí con su invento y me dijo que si uníamos nuestros imperios por medio del matrimonio de nuestros herederos, él me daría la clave para crear esa pólvora tan poderosa y nuestro imperio sería imparable –se levantó y fue a tomar asiento junto a su hija, que lo miraba atenta-. Entonces accedí a comprometerte, aunque sólo tenías unos siete años. Pero pasó lo que pasó y no estuve dispuesto a dejarte en manos de alguien que de niño se atrevió a golpearte y sin duda sería capaz de cosas peores en un futuro.
Hinata sonrió con calidez ante la confesión de su padre: aunque deseaba acariciarle la mejilla para transmitirle su cariño, sus manos estaban muy resentidas por la horrible escena que había tenido lugar ese mismo día en la mañana.
–¿Entonces qué pasó? ¿Por qué nos volviste a comprometer si ya habías renunciado al secreto de la pólvora? –preguntó la peliazul.
Hiashi se talló la cara con sus manos, y sólo entonces Hinata notó lo acabado que estaba su padre: para la edad que tenía su cabello ya estaba canoso y su rostro mostraba algunas arrugas. Las preocupaciones lo estaban acabando.
–Todo fue por una visita de negocios que me hizo Fugaku meses atrás, tú no te enteraste, por supuesto –comenzó-. Él… Venía con su caravana, como siempre, pero esta vez trajo consigo aparatos muy extraños que funcionaban con pólvora; uno de ellos disparaba proyectiles pequeños, como del tamaño de un nudillo, pero aún así lograba atravesar varios objetos y quitarle la vida a varios animales con sólo apuntarles –Hinata frunció el entrecejo, su padre parecía desvariar-. Hinata, yo mismo vi el poder de esa arma, y créeme que no dudé ni un momento cuando Fugaku me dijo que pensaba iniciar una guerra y ganarla gracias a esos aparatos que hieren a distancia.
–¿Pero eso que tiene que ver con Sasuke y conmigo?...
Su padre la tomó de los hombros.
–Tú eres la única forma de que nuestra gente y nuestra tierra se salve, Hinata. Si te casas con Sasuke, estarás volviéndolo parte de nuestra familia, y la familia no se ataca a sí misma, ¿no es cierto? –Hinata asintió, confundida-. Si no lo hicieras, Fugaku y su ejército armado con esas cosas sólo necesitaría una semana para arrebatarnos todo lo que tenemos.
A Hinata se le empezaba a nublar el juicio: ¡ella había ido a cancelar su matrimonio a como diera lugar!... Y ahora se sentía entre la espada y la pared.
–P-pero… Padre… ¿Cómo sabes que nos atacarían? –balbuceó.
Hiashi la miró con burla.
–Hinata, nuestro imperio es el más grande, el más rico, el más productivo y el más poderoso. Nosotros vivimos en paz con los otros territorios, y aunque nuestro ejército es grande, nunca ha luchado y no cuenta con armas tan poderosas como las que tiene el ejército del Norte.
Hinata evadió la mirada de su padre. No quería que la viera a punto de llorar.
–Mi pequeña –repuso el hombre tocándole la mejilla y dedicándole una mirada lastimera-, ahora más que nunca te necesita tu pueblo. Tú nos salvarás a todos.
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El par de jóvenes habían acordado reunirse al día siguiente en el campo de flores que se extendía más allá de las caballerizas para compartir la información que habían conseguido de sus padres. Aún era de mañana y poco había pasado desde que se habían visto en el comedor de la fortaleza para desayunar y mantener las apariencias frente a los presentes.
Ahora los dos se miraban fijamente, ojos blancos reflejando ojos blancos, pero expresando distintos sentimientos: Hinata tenía la mirada firme y seria, aunque las lágrimas corriendo por sus mejillas la delataban; Neji no pudo aguantar su mirada determinada y negó por lo bajo: se sentía traicionado e impotente.
–Así que… ésa es la razón de tu matrimonio –exclamó él, rompiendo el silencio. Hinata asintió-. Y supongo que ahora servirás como tregua por tu propia voluntad.
–Neji –lo cortó Hinata-, no hables como si hubiera otra opción.
Él sonrió y la miró incrédulo.
–¡Es que sí hay más opciones! ¡¿Por qué tienes tú que defender a tu pueblo?! ¡Tu imperio tiene un ejército que lo hará por ti! –clamó-. ¿Y qué hay de la gente? ¿Acaso no los crees capaces de pelear por lo que es suyo?
Hinata lo miró con un deje de desprecio.
–¿Por qué eres tan egoísta? –dijo dolida-. ¿Por qué hablas como si mi vida valiera más que la de ellos? –Neji se revolvió el cabello con desesperación y alejó su mirada-. Neji, ¿sabes cuántas vidas se salvarán si hago esto?
–La tuya no –respondió fríamente.
La mujer calló y negó suavemente con la cabeza: Neji no estaba pensando las cosas objetivamente, como lo había hecho ella, sino que se dejaba llevar por sus sentimientos.
–Hinata –la llamó tomándola de las manos-, no tiene que ser así. Por favor, dejemos todo y vámonos.
La heredera ensanchó sus ojos.
–¿Irnos? ¿A dónde? –preguntó nerviosa.
–¡A cualquier lugar! –se apuró a contestar él-. Pero vámonos juntos… vivamos de lo que sentimos; ¡casémonos y tengamos hijos…! Envejeceremos juntos, sin arrepentirnos de nada, seremos felices.
La mirada esperanzada de él terminó por romper la fuerte coraza tras la que ella se había estado escondiendo desde que se volvieron a ver, y rompiendo a llorar, le lanzó los brazos al cuello y se pegó a su cuerpo. Neji la envolvió en sus brazos con calma, acariciando su cabello atado y esperando una respuesta. Estuvieron así largo rato; con Hinata estrujando su camisa entre cada sollozo y Neji murmurándole lo mucho que la amaba.
–Neji… -murmuró ella cuando retomó el control de su voz-¡Por favor créeme! ¡Yo huiría contigo aunque me costara la vida! –Se alejó un poco y sujetó su rostro varonil entre sus manos-. Yo te amo.
Él tomó una de sus manos y la mantuvo pegada a su rostro mientras esbozaba una sonrisa ilusionada.
–¿Entonces? ¿Vendrás conmigo?
Ella no contestó, en cambio, posó sus labios en los de él y lo besó sin tregua. Neji correspondió al contacto, pero sintió que algo no estaba funcionando: él la besaba con alegría, con ansias de empezar una vida a su lado, pero ella… su beso sabía a despedida. Tras un momento que pareció eterno, ella se alejó y sonrió con amargura acariciándole la mejilla.
–No puedo –exclamó-, espero puedas perdonarme.
Y con una expresión de dolor como nunca había sentido, la peliazul corrió hasta su caballo, decidida a dejar ir su oportunidad de ser feliz, pero sintiéndose incapaz de mirar a Neji a los ojos después de romperle el corazón.
Neji se quedó de pie sin moverse, aturdido por las palabras de la joven sacerdotisa; pero tan pronto como la vio acercarse a su caballo, él la siguió y no permitió que lo montara, sino que la puso contra el animal. La llamó por su nombre, pero ella no respondió, estaba muy ocupada escondiendo su mirada bajo su flequillo. La heredera intentó salir del cerco de Neji, pero él la volvió a empujar contra el caballo y la tomó de la barbilla con brusquedad para que enfrentara su mirada. Hinata se resistió, pero él era más fuerte y pronto se encontró con un par de ojos tan enrojecidos, tristes y desesperados como los de ella misma.
–Hinata –empezó Neji, dolido-, ésta será la última oportunidad. Debes saber que no estaré aquí para cuando te cases –explicó, y a Hinata le desbordó una lágrima-. No soportaría verte aceptar a otro hombre que no sea yo, y por eso decidí que en la tarde misma de tu unión, yo estaré de camino a los territorios de Oeste –hizo una pausa-. Ven conmigo –murmuró-. Te lo suplico.
Hinata cerró sus ojos con fuerza y lo empujó, apeándose así al caballo.
–Los dos nacimos con beneficios Neji –dijo sin mirarlo-, pero también con obligaciones, y eso es algo que tú pareces no entender aún.
Y jalando las riendas, cabalgó lejos del hombre que era el verdadero dueño de su corazón y su alma.
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Los dos días siguientes se fueron como el agua escapa de las manos… Así como también Hinata sentía que se le iba el alma. Hanabi era la única que se había dado cuenta de su dolor, era la que la había escuchado llorar dos noches consecutivas y la que estuvo a su lado sin decirle nada, porque sabía que no había forma humana de reconfortar a alguien que debe renunciar a su felicidad por causas ajenas e invencibles.
Hanabi quería contarle a su hermana cómo Neji también padecía y actuaba como un muerto en vida, aunque no podría decirle si él lloraba, y si lo hacía, si lo hacía tan intensamente como ella. Hanabi deseaba con todas sus fuerzas convencer a su hermana mayor para que huyera con Neji y escribieran juntos su propio destino… para que ella fuera feliz por fin y rompiera las cadenas que la mantenían sujeta y esclavizada bajo un lujoso kimono… pero sabía que todo ya era suficientemente difícil para su hermana como para hacer flaquear su determinación de arrancarse el corazón para dejar de sufrir y cumplir con su deber porque "era lo correcto", aunque más que el corazón, parecía estar arrancándose la vida.
Hinata estuvo de nuevo sola en su habitación la noche del penúltimo día que la separaba de su matrimonio. Cayó dormida desde que las primeras estrellas adornaron el firmamento, exhausta de tanto llorar y de cargar con un peso en su alma que la superaba infinitamente. Despertó antes del amanecer de su último día de soltería y no pudo llorar, porque sus ojos al fin se habían secado; así que tan pronto se cambió de ropa y mejoró su aspecto, volvió a recostarse en su futón y empezó a mirar el techo sin mirarlo en realidad.
Pensó en ella misma cuando era niña: jugando en los jardines de la fortaleza y amando profundamente a sus padres, sin entender de la posición elevada en la que había nacido, ni de las obligaciones que tendría. Se detuvo un momento en el recuerdo de su madre, en cuánto la amaba, pero también en cuánto le recordaba (junto con Kazu) que ella se debía a su pueblo. Luego recordó cuando entró al templo Shinto y conoció a Ino, su única amiga. Y de pronto, una larga cadena de recuerdos cayó sobre ella cuando pensó en el primer verano que compartió con Neji: recordó risas y juegos juntos, pura alegría, pero luego apareció Sasuke y… hubo una pelea y a ambos los alejaron de ella. Nada demasiado importante pasó entre ese momento y cuando Neji volvió a ella, aturdiéndola con cada encuentro y con cada palabra.
La peliazul tenía miedo de que Neji la odiara por no querer huir con él. Tenía miedo de que pensara que la razón por la que no lo seguía era porque ella no lo amaba… De sólo pensarlo un escalofrío la recorrió: ella no quería que él dudara de su amor. Quería que él entendiera que lo que hacía no lo hacía por gusto, sino obligada por su posición y su deseo de evitar el sufrimiento de mucha gente…
–¡Si tan sólo pudiera evitar nuestro dolor! –Pensó la heredera negando con fuerza-. Si pudiera evitarte este dolor…
Neji había dicho que el día de su boda él volvería a su hogar, lo que significaba que éste sería su último día en el Este, ya que la unión del Uchiha y ella se realizaría mañana por la tarde. Hinata se preguntó dónde estaría ahora… Qué estaría haciendo. Quizá él estaba lidiando mejor con el sufrimiento… o quizá ni siquiera lo sentía ya.
Hinata levantó sus brazos hacia el techo y contempló sus manos recién curadas, largamente: deseaba que Neji no se fuera, pero era inútil pedírselo… Era inútil y cruel, ella estaría casada ¿y de qué serviría que él estuviera a su lado, si no podría tocarlo?
Tocarlo…
La palabra resonó en su mente. Las mejillas se le encendieron y recordó con calidez todas las veces que él la había tomado de las manos, o que la tomó en sus brazos… y cada vez que la había besado. Se abrazó a si misma sin contener su sonrisa: ella era feliz a su lado, ¡y se lo había dicho! ¡Incluso le dijo que lo amaba!
–Pero no se lo he demostrado –pensó-. Al menos no de manera contundente.
Giró el rostro y vio el futón bajo ella. Un pensamiento aterrador llegó hasta ella y se puso en pie de un salto. La noche de bodas ¡Lo había olvidado!... Y aunque no era un tema que la atrajera mucho, sentía que debía prepararse mentalmente para no soltarse a llorar y rehusar a consumar su matrimonio: después de todo, era la manera en que sellaría la paz con los territorios del Norte.
Se recargó en su ventana y miró largamente el futón y lo que tendría que hacer próximamente en uno de ellos. Sintió el miedo correrle por el cuerpo, pero poco a poco la sensación fue reemplazada por un desprecio profundo… ¡y es que! ¿Era posible que un simple acto fuera tan horrible?
Entonces recordó lo que su amiga Ino le había dicho: era un acto sagrado, un acto de amor.
Hinata se irguió inconscientemente.
–¿Amor? –Repitió en su mente, y recordó el resto de la conversación con Ino-. "Con un hombre que te ame y te respete…" Es un acto sagrado… Es simbólico… Es memorable… Es originado por amor.
Sonrió para sí misma, apenada por lo que estaba empezando a planear, pero despejó sus pensamientos rápidamente golpeándose con suavidad el rostro.
–¡De ninguna manera, Hinata! –se regañó-. ¡Sabes lo que pasaría si no llegaras virgen a la noche de bodas! –Hizo una pausa larga, y lo que empezó como un pensamiento malicioso en su mente, cobró fuerza-. Pero… Sasuke sólo quiere tenerme bajo su poder… -murmuró-. No creo que vaya a renunciar a eso sólo por un… "desliz" mío…
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Ese día la comida se realizó una hora antes porque todos habían planeado ir al templo Shinto esa tarde para purificarse y estar listos para el matrimonio que se realizaría al día siguiente. Por su parte, Hinata, tras haber estado reportándose como enferma para evitar las visitas al comedor, hizo acto de presencia al fin. Cuando Hinata entró todos los varones sonrieron, aparentemente muy complacidos por ver a la dulce y hermosa Hinata en su último día como portadora del apellido Hyuuga. Hinata forzó una sonrisa, y mientras paseaba sus ojos por el salón buscando a Neji, su prometido se levantó del lugar que ocupaba y fue hasta ella, y los presentes aplaudieron cuando Sasuke le besó el dorso de la mano a la bella dama.
Hinata sonrió cortésmente, pero le urgía alejarse de Sasuke antes de que Neji apareciera en el comedor. Además, la intensa mirada que el ojinegro le dedicó mientras se inclinaba sobre su mano, no la complació en lo más mínimo, porque transmitía un deseo enfermo demasiado parecido al que tenían sus ojos cuando intentó atacarla en su habitación.
A continuación se sentaron y la comida empezó. La heredera se preguntaba dónde estaría su primo, y dedicándole una mirada muy breve a Hanabi, fue ésta la que preguntó.
–No lo escuché con claridad, pero algo me dijo de ir al pueblo a buscar a alguien que cambiara las herraduras de su caballo –dijo Hizashi sin darle importancia al asunto.
Pronto la comida acabó y todos se pusieron en pie para cambiarse de ropa y marchar hacia el templo. El padre de Hinata la invitó a unírseles, pero ella se excusó con una falsa jaqueca y los vio partir.
El sol todavía estaba alto, así que tomó su arco y flechas y empezó a practicar en el jardín para no hacer tan evidente el hecho de que esperaba la llegada de Neji. Nadie excepto ella sabía lo diestra que se había vuelto con esa arma, y aunque en su fuero interno le disgustaba que el hermoso arco fuera un regalo de su futuro esposo, no podía ser tan desconsiderada como para arrojarlo a la basura.
Las horas pasaron con lentitud, y para cuando la heredera ya se había cansado de atravesar toda clase de objetos con sus flechas y yacía en el suelo viendo el atardecer, sintió el acompasado correr de un caballo. La mujer se incorporó al instante y activó su línea sucesoria: Neji se acercaba. El corazón de la ojiblanca comenzó a latir con fuerza y corrió hacia la fortaleza, directamente hacia su cuarto. Cerró la puerta tras de sí y aguardó acuclillada en el centro de su habitación con la espalda vuelta hacia la entrada. Un cúmulo de emociones nublaba su pensamiento: sentía miedo, impaciencia, nerviosismo.
Se llevó las manos al corazón y empezó a respirar pesadamente, tratando de conservar su valor y determinación. Toda la mañana había estado pensando en lo que haría, y necesitaba ser fuerte para no echarse para atrás sin importar el terror que le calaba los huesos.
Dio un salto en su lugar cuando unos golpes en la puerta pidieron su permiso para entrar. Ella exhaló con tranquilidad fingida antes de sentir la presencia del joven que había estado rondado sus pensamientos sin tregua, de pie a sus espaldas. Hubo una pausa densa, casi tangible.
–He venido a despedirme –sentenció el Hyuuga.
Hinata se tensó y se puso de pie con lentitud. Temía enfrentar su mirada, pero sabía que el tiempo del que disponía estaba corriendo y era momento de actuar. Con lentitud dolorosa, Hinata giró sobre sus talones. Ninguno de los dos habló. Hinata necesitaba decirle algo. Debía hacerlo.
En cambio, Neji ni siquiera esperaba una palabra suya, por eso en cuanto dibujó en su mente cada curva de su pequeño y femenino rostro, dio media vuelta dispuesto a marcharse. Hinata ensanchó sus ojos, confundida, e instintivamente alargó su brazo y tomó la parte trasera de la capucha que el joven solía utilizar en sus viajes a caballo.
El hombre se detuvo, pero no la miró, no habló y mucho menos se volvió. Hinata, incrédula ante su reacción, decidió dejarse llevar y se abrazó a su espalda.
–No te vayas –susurró.
El Hyuuga se heló ante el suave ruego de la mujer. Sus brazos alrededor de su cuerpo ya eran algo demasiado doloroso como para además sumarle el calor que transmitía y la dulzura que contenían sus palabras, así que haciendo uso de todas sus fuerzas, decidió terminar con la agonía.
–¿Con qué cara me pides eso, Hinata? –entonces se libró de su agarre y la miró-. Mañana te casas, y te dije que no estaría aquí para cuando lo hicieras.
Hinata lo miró con tristeza.
–¿Por qué me hablas con tanto odio, Neji? ¡Es como si no te hubiera dicho lo que siento por ti!
El joven se llevó las manos a la frente.
–¿Me amas? –ella dijo que sí-. Entonces demuéstralo.
Hinata sonrió para sus adentros: La oportunidad de oro se le había presentado.
La mujer lo tomó de los hombros y se puso en puntillas para besarlo. Fue un beso largo, y aunque Neji no reaccionaba, poco a poco puso sus manos en la delgada cintura de la sacerdotisa y correspondió a los movimientos rítmicos de los dulces labios de ella. Indecisas, las manos de Hinata descendieron por el torso del Hyuuga buscando una manera de desabrochar la capa, pero cuando lo lograron, él retrocedió.
–¿Qué haces? -Ella no contestó, se lanzó de nuevo a sus labios e intentó quitarle la capa. Neji la alejó de él-. Hinata, yo no quiero que me demuestres tu amor así –explicó. Ella lo miró confundida-. Vámonos. Huye conmigo.
La mujer sonrió.
–Neji… yo quiero estar contigo, pero me debo a mi pueblo, lo sabes –él bajó la mirada-. Neji… ¿tú me amas?
–¡Por supuesto que sí!
–¿Entonces aceptarás un regalo mío? –él le dedicó una mirada profunda, empezando a adivinar a qué se refería-. Quiero estar contigo Neji. Mi corazón y mi alma ya te pertenecen… Pero, también quiero que tengas mi cuerpo –dijo infinitamente apenada-. Aunque sea sólo por una noche.
–Hinata… No. No está bien. ¡Mañana te casas! –Exclamó el castaño terminantemente-. Tu pureza se la debes a tu esposo.
Ella negó por lo bajo y se aproximó a él, casi besándolo.
–No es cierto. Mi primera noche será con un hombre que me ame infinitamente. Y ese eres tú.
Neji negó levemente con la cabeza, sin querer alejar a Hinata, aunque sabía que si no lo hacía no podría contenerse más. ¡Por supuesto que él deseaba estar con ella! Pero ante todo, él era un caballero y no la mancillaría.
–No me rechaces –rogó ella con sus ojos vidriosos-; por favor, no me rechaces.
–Hinata –dijo él con la voz enronquecida: sus sentidos se nublaban ante la petición de la mujer-, habrá consecuencias. No hagas esto, te lo ruego.
–No pasará nada malo –susurró ella.
–Te arrepentirás mañana –dijo él.
–Eso nunca –dijo casi sobre los labios del joven-. Yo te amo y quiero compartir esto contigo. Estoy segura.
Hinata estaba peligrosamente cerca, provocándolo. Neji intentó contenerse, pero él no era de piedra y sentía como cualquier hombre. Sin poder resistirse a la visión de esos labios rosados pidiendo su contacto, se apoderó de ellos con su boca hambrienta, y sintiendo cómo ella se aferraba con fuerza a su torso, supo que estaba perdido ante sus encantos.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras que él envolvía sus brazos alrededor de su cintura, acercándola más hacia él. Él le exigió entrada a su boca con su lengua y ella se lo permitió, profundizando el beso y confirmándole lo que quería que hiciera con ella: era inconfundible, innegable. Hinata hizo un pequeño sonido en la parte posterior de su garganta cuando los labios del Hyuuga dejaron los suyos, pero gimió suavemente cuando los sintió contra su cuello: por alguna razón empezaba a sentirse mareada, sentía mucho calor y no podía recobrar el aliento.
Él continuó llenando su delgado cuello con besos húmedos mientras una de sus manos se trasladó lentamente a su lado y acarició suavemente uno de sus pechos. Él esperó, dando tiempo para apartar su mano si ella quería detenerlo, pero cuando ella no hizo ningún movimiento, él acarició el pecho llenando su mano con él. Neji mordió suavemente el femenino cuello mientras su pulgar cepillaba su seno por encima de la tela, causándole a Hinata una sacudida eléctrica que se trasladó por toda su espalda; gimió y movió instintivamente sus caderas contra las de él, sintiendo una protuberancia en la parte inferior del abdomen del castaño, misma que incluso en su inocencia, supo que era la evidencia de su deseo hacia ella.
Él dejó de acariciar sus pechos y empezó a caminar hacia delante, haciendo que ella retrocediera hasta que ambos sintieron la tela del futón bajo sus pies. Hinata se recostó sobre sus codos; sus rostros ya alejados, sus cuerpos no se tocaban más. Ella lo miró a los ojos y levantó sus brazos… pidiéndole silenciosamente que la siguiera. Él obedeció tras deshacerse de una vez por todas de su estorbosa capucha. Después se recostó al lado de ella: sus ojos vagaban por su bello rostro y terminaron en sus hinchados labios rosas. Labios que debían ser besados por él otra vez. Los labios de Hinata eran dulces, pero Neji no podía esperar para descubrir si el resto de ella también lo era.
Hinata llevó sus manos al cuello de Neji y torpemente arrastró sus manos hacia sus hombros y se atrevió a sumergir sus manos dentro de la yukata que él llevaba puesta aún, alcanzando a tocar algo de su trabajado tórax. Él ardía, su cuerpo quemaba con su deseo hacia ella, pero el joven tenía que recordarse de hacerlo todo muy lento y suave. Pronto el ojiblanco se movió con destreza para desatar la banda de la yukata que ella llevaba puesta, al tiempo que la besaba tiernamente. Cuando la tela cedió entre sus dedos, Neji desplazó sus labios en un sendero caliente hacia sus pechos: Hinata cerró sus ojos y enterró sus manos en el cabello largo de Neji, dejando que la sensación se adueñara de ella. Sin esperarlo, el ojiblanco capturó uno de sus senos con su boca; ella suspiró profundamente y dejó salir de sus labios su nombre al tiempo que arqueaba su cuerpo. Él amó oírla decir su nombre de esa manera, así que continuó acariciándola: Su corazón latía más rápido y ella jadeaba retorciéndose bajo él.
Por su parte, la otra mano de Neji comenzó a descender por fuera de la pierna de Hinata. Ella sintió cómo aquella mano iba vagando y luego se dirigió hacia la naciente de su muslo, haciendo su paso hacia el interior. Hinata inmediatamente juntó sus piernas, avergonzada de que él tocara allí. Él levantó el rostro y se acercó de nuevo al de ella.
-Hinata, por favor… no las juntes -le rogó suavemente en el oído-. Sé… -jadeó-. Sé que estas asustada, pero no te preocupes, voy a ir poco a poco. Yo cuidaré de ti -le prometió.
Hinata asintió y lentamente relajó sus piernas, confiando en lo que él le decía. Neji besó sus labios profundamente mientras su mano exploraba su entrada. Tembló cuando sintió la humedad de ella en su mano y ella se sacudió en respuesta, moviendo suavemente sus caderas contra la mano: Se trataba de una sensación extraña y maravillosa, que la excitaba y aterrorizaba al mismo tiempo.
Hinata sentía la presión que crecía más y más en la parte inferior de su abdomen; su respiración era difícil, sus ojos estaban cerrados firmemente y movía su cabeza inquietamente sobre la almohada, jadeando por el deseo y oyendo el rugido en sus orejas. Pronto se sintió más confiada para tocar la espalda de Neji aún vestida con el yukata y clavar sus uñas en ella. Él se sacudió y gimió gravemente.
Hinata se mordió el labio inferior y vacilante le besó el cuello. Figurándose que si eso le había hecho sentir tan bien a ella, quizá surtiera el mismo efecto en él... y tuvo razón. Dejó a sus manos explorar por el fuerte torso de él, pero ambas manos dudaron cuando llegaron a las tiras de la yukata de Neji. Temblando, las manos de Hinata empezaron a desatarle la ropa. De repente, sus manos fueron atrapadas por las de Neji, él la detenía.
-Hinata... tú no tienes que... si no quieres... –fue todo lo que él le dijo con una voz tensa y mirándola de hito en hito.
Definitivamente él la deseaba, pero no quería que ella lamentara en algún momento hacer el amor con él: no se perdonaría si la llegara a forzar a hacerlo.
Hinata estaba asustada, nunca había tocado a un hombre y mucho menos se había imaginado haciéndolo, por eso estaba tan avergonzada. Pero ella anhelaba compartir algo tan importante sólo con Neji, y por la manera en que las manos de él temblaban, sabía que él también quería lo mismo. Decidida, Hinata se soltó de las manos de él y terminó de desabrocharle la yukata.
El corazón de Neji latía tan rápido como el de ella. Hinata cerró los ojos y le besó en el pecho, pensando que tal vez Neji estuviera tan asustado como ella de estar tan íntimamente con alguien. Sonrió mientras continuaba besando su pecho y comenzó a sentir su abdomen, tan fuerte, y que se movía drásticamente por su respiración entrecortada. Neji cerraba sus ojos con fuerza, intentando detenerse a sí mismo de gemir, pero cuando la mano de ella avanzó más abajo y lo tocó suavemente, Neji apretó sus dientes, decidido a no hacer ningún sonido. Hinata miró a Neji, vio cómo tenía la mandíbula apretada e inquieta.
El Hyuuga sentía que su corazón latía mil veces por minuto y su respiración se tornaba aún más superficial y rápida. Después de unos momentos más de caricias embriagadoras, sus manos capturaron nuevamente las de ella, deteniéndola: Él sentía cerca su punto de ruptura.
-¿Neji? -Hinata preguntó; pero él sólo tomó sus muñecas y las puso contra la almohada, por encima de su cabello índigo.
Él la besó profunda y apasionadamente, y aunque liberó sus muñecas de su agarre, ella no osó moverse y dejó que él capturara sus caderas mientras le susurraba que todo estaría bien. El ojiblanco entró lentamente en ella, tratando de hacerle sentir el menor dolor posible, pero aun así Neji pudo sentirla tensarse y tratando de retener el dolor. Él le susurró que la molestia era temporal y que él estaba ahí para cuidarla; ella asintió, y aunque se sentía herida, el aliento de Neji en su cuello hizo que necesitara más. Estaba asustada y confundida en cuanto a sus sensaciones, porque ella sentía que faltaba algo, pero Neji estaba inmóvil entre sus piernas, respirando con pesadez.
Hinata quiso acomodarse para mirarle a los ojos, pero lo único que logró fue gemir, sorprendida por la increíble sensación que su pequeño movimiento causó. Una ráfaga de placer crudo corrió por todo su cuerpo de manera tan intensa, que ella gritó, y cuando se movió por segunda vez el placer se intensificó. Neji gimió también: Estaba totalmente dentro de ella, y aun así trataba de controlar la fuerte demanda de su cuerpo de embestirla de nuevo. Pero cuando el instinto hizo que ella moviera las caderas sensualmente contra él, todas sus buenas intenciones se fueron en llamas. Él se retiró lentamente, y luego se hundió profundo dentro de ella otra vez.
Guiada por su instinto y estimulada por la lujuria, Hinata moldeó sus caderas en él, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, y comenzó a coordinar sus movimientos. Ella llevó a Neji agonías del deseo tomándolo fuertemente de la espalda. Él comenzó a acelerar empujes profundos; la ardiente sensación de anhelo era casi insoportable: la forma en que él se zambullía en ella una y otra vez…
Los empujes de Neji en ella cada vez se hicieron más cortos y rápidos, emparejándose con los espasmos del femenino cuerpo que parecía intentar retenerlo. Cuando la fuerza con que las paredes de Hinata lo recibían bajaron y ella gritó su nombre en medio del éxtasis, Neji envolvió sus brazos alrededor de Hinata y enterró su rostro en su cabello para sucederla segundos después en un mundo de placer, vertiéndose en ella y sabiendo su amor consumado.
Aun unidos, el Hyuuga se recostó a un lado de Hinata, que envolvió sus brazos alrededor de su cuello. Tardaron un buen rato en recobrar el aliento y la fuerza en sus extremidades. Por unos instantes estuvieron en silencio, sus mentes todavía llenas con el éxtasis que habían experimentado. Entonces Hinata levantó su cabeza del pecho de Neji y lo miró con un ligero rubor en su rostro. Él le dio una sonrisa suave, alentándola a acercarse nuevamente a su rostro para besarle.
Estuvieron así el resto de la noche, y aunque ambos se sentían agotados, ninguno de los dos se dejaba rendir ante las ganas de dormir: tenían miedo de que al despertar todo hubiera sido un sueño. Neji, que tenía fuertemente abrazada a la mujer a su cuerpo, y con la barbilla encima de su cabeza para depositarle repentinos y castos besos a su cabellera índigo, fue el que rompió el silencio minutos después.
–Hinata, ¿has visto lo felices que podemos ser juntos? –La mujer abrió los ojos, pero no se atrevió a mirar a quien la aferraba posesivamente por la cintura-. Lo que hicimos… no fue cualquier cosa.
Ella bajó la mirada apenada.
–Fue maravilloso –susurró con su rostro vuelto carmín.
–Entonces… –dijo el ojiblanco–, ¡escapemos juntos! ¡Aún no es tarde! –Se incorporó en el futón– ¡Si partimos hoy, llegaremos a los territorios neutrales! ¡Ahí ni nuestros padres podrán encontrarnos!
Hinata deshizo su postura de lado y se acostó completamente, mirándolo.
–¿Serías capaz de hacerle eso a tu padre? –Reprochó al instante-. Eres su vida. Su único y primer hijo, fruto de su único amor. Sé que mi padre siente lo mismo por mí y día a día me recuerda lo parecida que soy a mi madre. Irnos podría causarles un mal terrible que los debilitaría a ellos y a sus hombres, que pelean para defender nuestros territorios.
El castaño la escuchó, pero no hizo caso y buscó su mano entre las sábanas.
–Amo a mi padre, sí, pero de una manera distinta a como te amo a ti; además, nuestros padres son fuertes, y respecto a la tierra, ¿te importa más ella que nuestra felicidad juntos? –Ella no contestó–, ¡vamos, todavía no es tarde! ¡Tu boda es mañana, hay tiempo!
–Neji –suspiró la Hyuuga–, desde que nací me inculcaron que antes de ser persona, e inclusive antes de ser mujer… Soy la heredera al trono. Mi pueblo me necesita.
–¿Más que yo? Imposible.
Hinata sonrió.
–Cincuenta mil seiscientas cincuenta y nueve veces más que tú, sin contar a los recién nacidos.
Hinata jaló a Neji y lo obligó a acostarse junto a ella.
–No podré vivir sabiendo que eres suya –añadió él, hundiendo el rostro en su cuello-. Mañana te casarás con él y no conmigo –suspiró–. Fue lo que siempre quiso…
–Sin embargo –lo cortó ella-, si he de seguir viva y continuar despertando, aun cuando sea junto a él, será porque mi corazón late, y su motor serás tú; y créeme que no habrá día en que no piense en ti y en la maravillosa historia que vivimos. Estas equivocado al decir que Sasuke ganó… Porque en realidad, el vencedor fuiste tú –Hinata sonrió ampliamente y se acurrucó junto a él, hasta que estuvo tan cerca que pudo escuchar el latir de su corazón-. Fuiste tú mi primer beso, mi primer amor, mi primer amante. Fueron tus facciones las que me hacen creer en la perfección; tus gestos, los que me hacen temer decir algo incorrecto…, pero saber que tú existes… es lo que me aliviana la carga de ser Hyuuga Hinata, la heredera del emperador que fue prometida desde la más tierna infancia.
El muchacho la separó lo suficiente de él como para mirarla fijamente por segundos que parecieron eternos. Hinata ya había empezado a ruborizarse de nuevo por la intensa mirada sin expresión de él, pero el Hyuuga exclamó:
–¿Cómo sabes que no llegarás a amarlo? Con el tiempo hasta una emperatriz como tú se acostumbraría a vivir con los cerdos y a matar gallinas.
Hinata no podía creer que Neji siguiera sin convencerse de su amor, pero no dejaría de intentarlo. Se incorporó en el futón con la sábana aferrada a su desnudez y enfrentó a Neji con la mirada.
–Sé que nunca me enamoraré de él, porque Sasuke jamás podrá hacerme estremecer como tú, jamás podrá suspirar como tú, jamás podrá hablarme como tú, ni una sola vez en su vida logrará dedicarme una mirada como las tuyas, ni podrá acariciarme como tú lo haces…, pero más importante aún… Nunca de los nuncas podrá besarme y amarme como tú lo has hecho desde que éramos niños. ¡Yo te amo, Neji! Y si tú me amas igual, te pido que confíes en la fortaleza de este sentimiento. Juro por mi vida que por cada pensamiento que tú me dediques hasta tu vejez, yo te habré dedicado cien.
Neji la miró con ojos tristes y se incorporó junto a ella con una sonrisa satisfecha en sus labios.
–Si tan sólo pudiéramos estar juntos para siempre… -murmuró.
–No es necesario –dijo ella también en un leve murmuro-. Sólo haz que esta noche parezca eterna.
Neji no supo cómo contestar, pero al parecer las palabras salían sobrando, porque con una lentitud decidida, envolvió a la mujer en sus brazos y la hizo recostarse unidos en un beso que los dejó sin respiración. Esa noche, motivados por el amor y la necesidad de expresar los sentimientos contenidos por tantos años, se amaron sin tregua. Era lo único que podían hacer antes de que su inminente y eterna despedida llegara a la mañana siguiente acompañada de un lujoso y pesado kimono blanco.
Ya en la madrugada, cuando Neji quedó tendido a un lado de Hinata, exhausto y sin fuerzas mas que para abrazarla, no tardó en dormirse, en cambio Hinata continuó despierta un rato más, sopesando con más calma y profundidad las cosas. No se arrepentía de nada y se regocijaba de haberle entregado a Neji algo tan importante como lo era su virginidad, pero sin haberlo notado cuando decidió dejarse llevar por sus impulsos, había destruido lo que tantas personas se habían ocupado de hacer que ella alcanzara: Para ser emperatriz había que estar casada y ser Miko, pero las Miko eran las hijas vírgenes de la Luna… y la heredera al trono debía manchar la sábana en su noche de bodas. Todo se había estropeado. Ella ya había intimado con un hombre y en su pueblo había una ley que marcaba la muerte de la princesa si ya había sido mancillada. Sasuke definitivamente habría estado ya con muchas mujeres y sabría distinguir a una virgen de una ultrajada.
Hinata lloró en silencio el resto de la noche, hasta que Neji se despertó justo antes del amanecer, tomó sus cosas, la besó por última vez y tras recordarle lo mucho que la amaba y jurarle no olvidarla jamás, salió a hurtadillas de la habitación. Cuando lo vio partir se sintió como una cualquiera: una de esas degradantes mujeres que meten hombres a su habitación para que éstos huyan de ellas a la luz de los primeros rayos del Sol. Había faltado al poner primero su deseo antes que su deber. Estaba acorralada. Le había dicho a Neji que no escaparía con él y definitivamente él no seguiría en los territorios del Este para cuando se celebrara la boda, y respecto a ésta, ella entraría al templo con la frente en alto, ya sabiendo que en cuanto pusiera un pie dentro de la recámara nupcial, su sentencia de muerte quedaría sellada y Sasuke Uchiha, el joven que la había desposado, se volvería viudo el día de su matrimonio al darle muerte a su esposa con sus propias manos.
