¡Personas! ¡Perdón por haber tardado tanto en actualizar!, pero deben entender que el trabajo en la escuela se puso pesadísimo y… ¡y que el capítulo anterior tuvo tan poquitos reviews cuando es uno de los capítulos más bellos que he escrito!... Total…
Y bueno, los personajes de Naruto no me pertenecen a mí, sino a Masashi Kishimoto, el maldito que decidió matar a Neji… *se va a llorar a un rincón*
Ahora sólo nos quedan los fanfics para ver a este par de ojiblancos juntos!
Era una boda preciosa.
O al menos eso cuchicheaban todas las mujeres del imperio mientras en el altar del templo Shinto un monje unía oficialmente a los herederos de los territorios del Norte y del Este. Frente a toda la nobleza y frente a todos los habitantes del imperio que cupieron en la inmensa habitación, Hinata recibió las promesas de Sasuke, fingiendo demasiado bien su alegría y su total compostura.
Mientras todo pasaba y el monje hablaba sobre la importancia de un paso así, ella miraba a través del vitral frente a ella, viendo la luz del crepúsculo filtrarse por cada rendija que encontraba… viendo a los pájaros jugar entre las tejas de los otros recintos del templo y la forma en que las ramas de los árboles se agitaban con el viento. ¿Por qué todo le parecía tan irremediablemente lento? ¿Por qué no se había levantado y marchado aún?
Pasados varios minutos, ella también declaró sus propias promesas al Uchiha, y tras ser concedida la bendición del monje, su relación fue formalizada como un matrimonio.
Nadie vitoreó, aplaudió ni gritó entonces, pero los padres de los recién casados habían preparado una recepción en los jardines de la fortaleza, a la cual todas las personas de abolengo y las que no, acudieron. Hinata agradeció mentalmente que Kazu, su doncella, los hubiera acompañado a ella y a su nuevo esposo en el carruaje que los llevó hasta la fiesta, porque podría haber jurado que el Uchiha la habría sometido e intentado hacer algo indebido.
Cuando el ojinegro la ayudó a bajar del vehículo y empezaron a caminar hacia el centro del festejo, la Hyuuga se maravilló por el increíble trabajo de los decoradores: había lámparas redondas, listones colgando de los árboles, flores y velas en todas partes y los emblemas de ambos clanes aparecían juntos en la mesa de los novios.
La fiesta comenzó con los mejores músicos de los territorios del Este y los manjares más exquisitos. Todos habían esperado la ocasión con ansias, ya que querían ser partícipes del surgimiento de un nuevo y poderoso imperio ¿y por qué no? Comer como tal vez nunca más lo harían. Hinata miró de reojo a su esposo y vio que estaba feliz, o mejor dicho, satisfecho. Ella suspiró con cansancio y miró la alegría y regocijo que se extendía frente a ella y de la cual no era partícipe. Ambas manos le temblaban: Quizá así se sentían los condenados a muerte.
Por primera vez en su vida bailó con su padre y lo hizo rebosante de gusto, abrazándolo a veces y dándole tiernos besos en la mejilla de vez en cuando, incluso le dijo "gracias" dos o tres veces: Era su forma de despedirse. Cuando tuvo la oportunidad hizo lo mismo con Hanabi, y por supuesto, ninguno entendió sus muestras de afecto como algo negativo, porque ninguno sabía que en pocas horas Sasuke la acusaría de no ser más una doncella y pediría su cabeza a cambio de su deshonra.
La noche transcurrió con calma para todos, excepto para los novios. Sasuke estaba impaciente por consumar su matrimonio; estaba decidido a hacer sufrir a Hinata hasta el máximo para que no olvidara su primera vez con un hombre y para que se hiciera a la idea de que esa noche sería la primera de muchas. La ojiblanca, en cambio, temblaba y sentía ganas de llorar, temerosa de recibir el castigo por el pecado cometido esa misma madrugada.
La música paró un momento y todas las copas de los presentes se levantaron para invocar la felicidad para el nuevo matrimonio, pero luego se renovó el alegre ambiente y la gente bailó incluso con más ganas. Minutos después el Uchiha tomó a Hinata de la mano, haciéndola crisparse ante su contacto y ver su mirada fija en ella con un brillo malicioso.
–Ya es hora –sentenció.
Hinata lo miró confundida y entonces miró a su padre a lo lejos, que le devolvió el gesto y asintió con la cabeza antes de dejar la mirada puesta en el suelo. La Hyuuga no entendió nada, pero siguiendo a su esposo percibió las miradas celosas de varias mujeres y recordó que era normal que los nuevos matrimonios desaparecieran a la mitad del festejo para… estar a solas.
Pronto estuvieron frente a una habitación nunca antes vista por la ojiblanca, ya que ella no solía explorar en el área Sur de la fortaleza porque estaba muy lejos; y en efecto, porque la música de la fiesta la habían dejado atrás desde hacía varios pasos. Sasuke la empujó dentro de la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
Hinata esperó el primer ataque con los ojos cerrados, pero para su sorpresa, lo sintió pasar junto a ella sin siquiera verla. Abrió los ojos y vio que la habitación estaba siendo iluminada por sirvientes y ella misma era guiada por un par de mujeres ancianas hacia un biombo dispuesto en una de las esquinas, donde rápidamente una le arrebató su blanco y pesado kimono de bodas y le colocó una suave y nebulosa yukata roja, al tiempo que la otra le deshizo su elaborado peinado y le dejó caer libremente sobre sus hombros y espalda la cascada de cabello índigo.
Las mujeres salieron después de esto y Hinata se quedó inmóvil detrás del biombo, rogando que los sirvientes no se fueran, pero en un segundo la habitación quedó vacía, con sólo Sasuke y ella dentro. El muchacho se había quedado cerca del futón, recargado contra la pared, viéndola con superioridad.
–Sal. Quiero verte –ordenó.
La ojiblanca dio un brinco al escuchar su grave voz: Era evidente que no quería salir, y eso excitaba más al ojinegro. Sin embargo, ¿cómo no lo estaría? Hinata sentía que los nudos de la yukata estaban muy flojos, y todo ese tiempo pensó que Sasuke tendría que ingeniárselas para ganarle a la complejidad de los nudos y broches de su kimono nupcial; pero no… Tal parecía que todos estaban empeñados en facilitarle las cosas a la pareja.
Exasperado, Sasuke caminó deprisa hacia ella y tiró el biombo de un golpe, asustando a Hinata y haciéndola cubrirse con las manos el pecho, porque la yukata era de una tela muy delgada y sentía cómo sus formas eran predecibles. El Uchiha sonrió complacido al verla en una ropa tan fina e insignificante, tan fácil de romper con su boca. La miró de pies a cabeza con la osadía con la que siempre deseó verla y la sintió encogerse frente a él: Su mujer estaba más hermosa que nunca, con su piel blanquecina envuelta en tela tan roja como la sangre y con su cabello oscuro como la noche, suelto. Complacido por la idea de poder tomarla de una vez por todas, alargó sus brazos fuertes y la atrajo hacia él para besarla apasionadamente. Ella no respondió al contacto y tensó sus labios, y el Uchiha, sin creer que su esposa fuera la primera mujer en la vida que lo rechazaba, la abofeteó y apretó sus mejillas.
–Abre la boca –murmuró con la voz modificada por el deseo, y se lanzó de nuevo a sus labios.
Hinata no lo obedeció, así que el ojinegro deslizó su mano hasta la zona íntima de ella, quien ante el inesperado y salvaje contacto, gimió contra su voluntad, y él lo aprovechó para introducir la lengua en su boca. La ojiblanca lo empujó en el acto y se limpió la boca con el dorso de su mano. Sasuke se enfureció, pero su deseo se incrementó aún más al verla tan indomable.
Sonriendo, la tomó en sus brazos, y aunque ella luchó por librarse, la tiró en el futón con rudeza y se colocó sobre ella. Hinata intentó levantarse, pero el súbito peso de él encima la inmovilizó.
–Te haré gritar mi nombre... –le susurró con su voz grave al oído y un escalofrío la recorrió.
Ella lo miró con miedo y él renovó su sonrisa antes de cernirse sobre su cuello, besando, succionando y mordiendo.
–Sasuke, por favor... –sollozó-. Esta noche no. No estoy lista, no puedo...
La Hyuuga creyó escuchar una risa ahogada contra su piel proveniente del Uchiha, y cuando quiso mirarlo, él se incorporó con varios mechones negros cubriendo su rostro. En un santiamén, deslizó su hábil mano hasta el cuello de su esposa, estrujándolo suavemente.
–Dejemos algo en claro –exclamó-. Yo ordeno, tú obedeces. No creo que te sea difícil, lo has hecho toda tu vida.
–Sasuke... –imploró ella, sintiendo que se le iba el aliento.
–No digas ni una palabra más. Recuerda que ahora soy tu dueño.
Entonces la soltó y ella tomó una gran bocanada de aire. Sasuke sonrió de nuevo y empezó a deshacerle el nudo de la yukata.
–No sabes cuánto te odio... –masculló ella.
Él la miró descaradamente y acarició uno de sus pechos, haciéndola arquearse.
–Como si me importara.
A muchos kilómetros de ahí, un joven de mirada blanca apuraba su segunda bebida. Sus ojos enrojecidos y su aspecto lúgubre hicieron que nadie osara acercársele en esa cantina de mala muerte en la que se había detenido después de casi cuatro horas de cabalgar. Suspiró con pesadez al darse cuenta que para esa cantidad de tiempo, todavía no estaba ni a un tercio del camino que separaba los territorios del Este de los suyos, y desesperado, se llevó las manos a la cabeza: En estos momentos Hinata ya estaría casada, y sólo los Kamis sabrían si ya se había vuelto oficialmente la mujer de otro hombre.
Contempló sus manos y sintió que le ardían. Cualquiera habría dicho que era por el roce de las riendas del caballo, pero en realidad era porque recordaba que esa misma mañana, éstas habían acariciado el cuerpo de la mujer que amaba.
Neji seguía sin creer el cúmulo de cosas que habían sucedido en los días pasados, pero la más increíble de todas había sido escuchar a Hinata decir que ella lo amaba como él la había amado todos estos años. Incluso la había besado, y llegaron a compartir una noche.
Pero ahora, solo en medio de esa cantina, comenzaba a creer que todo había sido una ilusión, y de no haber sido porque la fuerte conversación que mantenían dos aldeanos atrajo su atención, la bebida habría terminado de surtir su efecto en su débil y herido corazón.
–¡Hombre, y que la princesita ya se nos casó! –Gritó el primero, y ambos brindaron con sus copas de sake-. Los Kamis los guarden y les den muchos hijos.
–Caray… Vinimos desde la frontera para ser parte del evento del siglo, y míranos, varados a dos horas de viaje porque el caballo ya no pudo más –comentó el otro con tristeza y su compañero asintió-. ¿Cómo crees que esté la fiesta?
–Depende, ¿para la gente… o para los recién casados? –preguntó con picardía el primero y los dos rompieron en risotadas.
–¡No recordaba esa parte! La primera noche como marido y mujer…
Los dos elevaron la cabeza, recordando los viejos tiempos en que ellos eran jóvenes y desposaron a sus actuales mujeres; pero ninguno dijo nada más. Neji se levantó, asqueado por el último comentario, mas la conversación fue renovada.
–Oi, Takuma-san –llamó el segundo hombre, atrayendo la atención del primero-, ¿no crees que sería interesante que Hinata-hime resultara no ser doncella?
El hombre se quedó serio.
–No digas eso, Ryouma-san –lo reprendió-. Sabes que en ese caso el emperador Hiashi tendría que matarla para restaurar el orgullo herido de Sasuke-sama.
Takuma asintió con lentitud.
–Tienes razón, perdona. Es sólo que esa ley es ancestral y nunca jamás se ha aplicado.
–Y ojalá nunca se aplique: no podría imaginarme asesinando a mi propia hija, por más grande que fuera mi deshonra por saber que crié a una prostituta.
El Hyuuga abrió los ojos de par en par: ¿de qué ley estaban hablando esos hombres? Llamó al cantinero y le preguntó con discreción sobre el asunto, y efectivamente, el hombre le dijo que existía una ley en los territorios del Este, casi tan vieja como los mismos, que ordenaba la ejecución de cualquier mujer de la familia imperial que no manchara la sábana con la Rosa del Honor en su noche de bodas.
Neji le pagó por sus servicios e información y corrió hasta su caballo, montándolo y haciéndolo correr con todas sus fuerzas: Tenía que volver a la fortaleza y salvar a Hinata a como diera lugar.
La fiesta estaba en su mejor momento cuando un sirviente tocó el hombro del emperador Hiashi y le pidió que entrara a la fortaleza porque se había dado "una situación". Sabiendo por el tono del sirviente que algo andaba muy mal, el monarca temió por su hija, se disculpó con los nobles con los que cenaba y siguió al sirviente, quien lo llevó al área Sur y se detuvo de pronto, diciéndole que los guardias le habían ordenado acompañarlo hasta ese punto, pero que tan sólo tendría que caminar el resto de ese corredor solo. Hiashi lo hizo así y vio al encargado de seguridad pasearse con los brazos cruzados frente a dos guardias que custodiaban el acceso a dos de las habitaciones.
El encargado lo reverenció y se acercó a él, cuidando de no ser escuchado por los guardias.
–¿Qué está pasando? –preguntó el emperador.
–Señor –comenzó el hombre-, ha pasado algo terrible, pero todavía no sabemos por qué –suspiró-. Los guardias estaban en sus posiciones, cerca de la habitación donde se consumaría el matrimonio, como usted lo ordenó en caso de que la heredera llegara a necesitarlos… -hizo una pausa-. Y efectivamente, casi cuarenta minutos después de haber entrado a la habitación, Hinata-hime comenzó a gritar y a pedir ayuda, y para cuando los guardias entraron, Sasuke-sama la estaba golpeando.
Hiashi apretó los puños en que se habían transformado sus manos.
–¿Dónde está él? –se limitó a preguntar, y el encargado le señaló una de las habitaciones.
Hiashi se dirigió hacia allí y los guardias le abrieron la puerta, permitiéndole el acceso. Cuando entró, vio a su yerno golpeando la pared mientras gritaba en un intento de descargar la furia de la que era presa.
–Sasuke.
El ojinegro se giró hacia la fuente de sonido y se aproximó resoplando como un animal herido.
–¡Me has engañado, Hiashi! –gritó-. ¡Me diste a tu hija en matrimonio, pero no me dijiste que ya no era virgen!
Hiashi lo miró ofendido.
–¡¿Cómo te atreves a poner en duda la pureza de mi hija?! –exclamó Hiashi, caminando amenazante hasta el azabache.
–¿No me crees? –Preguntó Sasuke con sorna-. Entonces pregúntale a ella… O mejor aún, observa la sábana, la verás tan blanca como la nieve –El Uchiha vio a Hiashi dar la vuelta de inmediato y caminar rápidamente a la puerta-. Ah, pero que no te quede duda, Hiashi. Quiero la cabeza de tu hija por este agravio.
El monarca salió del aposento y Sasuke fue a recargarse en el balcón, tratando de calmar su ira y su despecho con el frío aire de la noche, pero incapaz de serenarse, soltó un grito gutural que se escuchó hasta el lugar de la fiesta. Estaba furioso y le era imposible pensar, sólo quería golpear a Hinata hasta matarla, para ver si así recuperaba su honor después de haberse casado con una cualquiera; pero no, los guardias llegaron y lo encerraron en ese cuarto tras darle una yukata para cubrir su desnudez.
El ojinegro se talló el rostro con fuerza y se jaló el cabello: casi podía jurar que ese desgraciado de Neji Hyuuga había sido el que se había asegurado de arrebatarle lo que él más deseaba de la heredera de los territorios del Este, su esposa.
Gritó una vez más con todas sus fuerzas; por eso no pudo escuchar la sonora bofetada que el emperador le asestó a su hija en la habitación de al lado.
–¡¿Entonces es cierto?! –Preguntó el hombre tomando la sábana blanca entre sus manos y mostrándosela a una Hinata bañada en lágrimas-. ¡¿Quién, Hinata?! ¡¿Cuándo?! –Preguntó aproximándose, y ella se hizo un ovillo en el suelo-. ¡Todas las esperanzas puestas en ti!... ¡Todos los años preparándote para volverte la emperatriz de los territorios del Este!... ¡¿Y ahora?! ¡¿Ahora qué harás, eh?! –Aventó el pedazo de tela y levantó a Hinata del brazo-. Yo que te amaba tanto y daba mi vida por ti… -ella sollozó- Y ahora eres mi deshonra más grande –concluyó con desprecio antes de soltarla con brusquedad y dejarla nuevamente en el piso.
Hinata se abrazó a sí misma, destrozada por las palabras de su padre, quien estaba del otro lado de la habitación, con la cara vuelta a la pared, sintiéndose furioso y deshonrado, pero a la vez triste y desesperado.
–Sabías perfectamente lo que hacías… ¿no es así? –preguntó aun sin verla-. Tú sabías perfectamente lo que pasaría si no llegabas virgen al matrimonio –Hinata no contestó-. Bien, pues ahora enfrentarás las consecuencias –y concluyó con la voz rota-: Tu ejecución será mañana en la mañana, como lo marca la ley.
Después llamó a los guardias que estaban colocados a ambos lados de la puerta, y ellos, al ver la mirada de odio del monarca y recibir la orden de trasladar a la princesa a sus aposentos y custodiar la puerta, no esperaron a que ella se levantara y los siguiera, sino que la tomaron como si fuera una aldeana vulgar, arrastrándola de los brazos y del cuello de su yukata.
–¡Papá! –sollozó ella.
Pero el hombre no contestó y desvió sus ojos ensombrecidos.
Encerrada en su habitación sin poder salir o comunicarse con nadie, la heredera se deshacía en lágrimas. Todavía le dolía el brazo con el cual la habían arrastrado varios metros antes de aventarla cruelmente contra el piso de sus aposentos. Hinata se llevó las manos al rostro al pensar en lo terrible que se habría considerado un atrevimiento así en días anteriores; pero ella ya había dejado de ser la princesa, ahora sólo era una presa condenada a la muerte.
No dejaba de contemplarse en su espejo, tocando las facciones de su rostro con gran atención: se parecía tanto a su madre. Pero sin duda si su madre estuviera presente la habría mandado matar en ese mismo instante. Su cara se veía desencajada por todo el maquillaje corrido y su cabello enmarañado. Después se abrazó a sí misma renovando sus sollozos, porque todavía podía sentir las manos del Uchiha tocándola contra su voluntad. Todos la acusaban de haber sido deshonrada antes de su noche de bodas, pero ella pensaba al revés: los roces y besos de Neji habían sido como tocar el cielo con los dedos, todo había sido perfecto y feliz para ella; en cambio, con Sasuke todo fue técnico, rudo e impaciente, la trató como si no fuera su esposa, sino una mujer cualquiera en la cual desahogarse.
De pronto, la puerta de su habitación se abrió y Hinata sonrió al ver entrar a Kazu, su doncella. La heredera se puso de pie en el acto y corrió a abrazarla mientras repetía su nombre y le decía lo feliz que estaba de verla, ya que era como su segunda madre. Sin embargo, la doncella no respondió ni gesticuló, sólo le señaló la silla delante de su tocador y Hinata, confundida por su indiferencia, decidió obedecerla y fue a sentarse frente al espejo.
–Kazu, en serio no sabes cuánto agradezco que hayas venido a verme –dijo la ojiblanca mientras Kazu le cepillaba su largo cabello-. Pensé que me volvería loca… Llevo casi una hora encerrada aquí.
La mujer ni siquiera asintió, pero en cuanto terminó de peinarla y el cabello índigo volvió a ser una hermosa cascada lacia y ordenada que caía sin nudos por la espalda y hombros de Hinata, tomó un paño y un frasco de aceite y empezó a frotarle la cara con eso a la Hyuuga para quitarle el maquillaje arruinado. Hinata tamborileó en su regazo con sus dedos para cambiar su ansiedad: ¿por qué Kazu no le hablaba?
–Kazu, ¿qué hiciste para que te dejaran pasar? ¿Crees que dejarían entrar a mi hermana? –Hubo un silencio largo y sin respuesta-. ¿Sabes?... Hasta acá se escucha la fiesta. Me pregunto si aún no sabrán lo que pasará mañana…
Entonces la doncella empezó a llorar.
–Kazu –la llamó Hinata al verla reflejada en el espejo-, ¿qué pasa? ¿Estás bien?... ¿por qué lloras?
La mujer negó con lentitud y le señaló un jarro con agua, como si le pidiera que se enjuagara el rostro. Hinata se paró para hacerlo, pero antes quiso tocarle el hombro a la mujer para consolarla, pero ella rechazó su roce y le indicó otra vez el jarro. La Hyuuga se encogió en su lugar: ¿por qué todos eran tan groseros con ella? Ella ni siquiera pedía respeto, sólo amabilidad. Y ahora hasta eso le negaban.
–Kazu... háblame, por favor –rogó Hinata, sentándose en el piso y aferrándose a las faldas de la doncella.
La mujer se alejó de ella y le quitó la tela de su falda de un tirón, haciéndola caer de bruces al piso. Hinata se sentó en el piso y se limpió las lágrimas nuevas con el dorso de la mano y miró a Kazu herida, como quien se acabara de enterar de una traición.
–Prácticamente tú me criaste… Y ahora ni siquiera me diriges la palabra –dijo con rencor-. ¿Es porque ya no soy virgen? ¿Porque intimé con un hombre y ahora soy indigna de todos? –Sonrió con amargura-. Pues te diré que no me importa. No me arrepiento de nada. ¡Por primera vez hice algo por mi voluntad y sin importarme las estúpidas reglas y tradiciones! Fui libre, por una vez –suspiró con tristeza-. Y ahora estoy condenada por lo que hice… Pero da igual. Incluso ahora sé que lo hubiera hecho de nuevo.
Kazu la miró de arriba abajo con un gesto horrorizado, como si la mujer que estuviera frente a ella no fuera la dulce y obediente Hinata que ella se encargó de criar con tanto esmero para que así llegara algún día a ser la emperatriz de los territorios del Este… ¿Y todo para qué? Para echarlo todo a la basura por un simple capricho de ella. Incrédula, Kazu negó con asco y salió de la habitación.
Hinata la vio partir y vislumbró los brazos de los custodios al cerrar la puerta: la estaban vigilando todavía. Desde su posición en el suelo logró ver a una mujer en el espejo, y pudo reconocerse de nuevo ya sin todo ese maquillaje encima. Bajó la mirada y se sintió extraña de estar vestida con una yukata ajena: Era la que le habían dado para cubrirse después de que los guardias sacaron a Sasuke de la habitación en que debían consumarlo todo.
Triste, pero sin llorar, cambió la yukata por su hakama de sacerdotisa, pero no se ató el cabello. Se miró de nuevo en el espejo y al ver la amplia camisa blanca y su pantalón ancho y rojo, supo que ahora sí era ella. Sin poder hacer nada más hasta la mañana siguiente, se resignó a su destino, aunque no pudo evitar pensar en qué pasaría si Neji estuviera allí y en lo que habría pasado en caso de haber aceptado huir con él cuando se lo propuso; apagó las velas, fue hasta su futón y arrullada por la lejana música del festejo, se durmió.
Sin embargo, una hora después despertó sobresaltada por unos crujidos que provenían de afuera. Se talló los ojos y pensó que seguía soñando, pero los crujidos eran constantes. Confundida, la Miko se levantó y avanzó hasta su ventana en plena oscuridad, y antes de buscar el sonido, miró al firmamento y supo por la posición de la Luna que serían las dos de la madrugada a lo mucho. Entonces escuchó a alguien decir su nombre y giró hacia el costado de su ventana, retrocediendo por la sorpresa de ver a Neji trepando por la enredadera que crecía junto a la ventana.
Hinata se quedó inmóvil, creyendo que estaba a la mitad de un sueño. Neji se las ingenió para introducirse en la habitación y Hinata lo miró de arriba abajo, aún sin creer nada, al tiempo que el Hyuuga, sin poder retener la felicidad que le daba volver a verla, la envolvió en sus brazos.
Por la calidez de su cuerpo, Hinata se dio cuenta de que todo era real, que Neji estaba ahí con ella, sujetándola.
–He venido por ti –le susurró en el oído, y ella, dejando escapar una lágrima, lo abrazó también.
–Neji… -lo llamó sin cesar ella, apretando aún más el agarre-. Pero… ¿por qué volviste?... ¿cómo?
Él hundió su rostro en su cabello índigo.
–En pleno camino al imperio del Este me enteré de la existencia de una ley un tanto extraña; temí por ti y volví a todo galope –hizo una pausa-. Temí que llegara demasiado tarde, Hinata. ¿Por qué no me dijiste de esa ley? De haber sabido nunca hubiera accedido a… mancillarte.
Hinata empezó a llorar en silencio: Alguien aún la quería y se preocupaba por ella.
–Porque yo quería estar contigo, aunque me costara la vida… Ya te lo había dicho.
Neji negó lentamente.
–Mi Byakugan advirtió guardias en todas partes, hasta en tu cuarto, ¿qué ha pasado?
Ella suspiró y acomodó su rostro en el fuerte hombro de Neji.
–Lo que tenía que pasar –contestó ella-. No manché la sábana, así que fui condenada a estar encerrada hasta mañana para que me ejecuten.
Neji abrió los ojos de par en par y deshizo el agarre.
–No permitiré que te hagan daño –concluyó tomándola de la mano-. Vámonos.
Hinata lo miró atónita.
–¿Irnos?... ¿A dónde? –preguntó mientras veía al castaño meter en su capucha todas sus joyas y cosas valiosas que les sirvieran para empezar una nueva vida.
–A un lugar donde nadie nos conozca –tomó el arco y las flechas de la sacerdotisa y se los extendió-. Donde podamos estar juntos.
Hinata contempló un momento las cosas que le ofrecía Neji con su blanca mano y las tomó sin reparo. Haciendo el menor ruido posible, descendieron por la enredadera y montaron en el caballo de Neji. Hinata no pudo creer que conservar su vida resultara tan fácil como salir por la ventana y huir, aunque fuera sin rumbo; pero ahora estaba con Neji, y sabía que él la llevaría a un lugar seguro para los dos.
La ojibllanca se aferró a la espalda de Neji con el arco en su regazo, y cuando Neji dio un golpe a las riendas y empezaron a alejarse, Hinata le dedicó una larga y última mirada al lugar que había sido su hogar desde que nació.
–Nuestros padres nunca nos perdonarán… Ahora somos exiliados –dijo en un hilo de voz.
–Pero estamos juntos.
Hinata sonrió con tristeza y puso la mirada al frente mientras abrazaba con más fuerza el torso de Neji. Con él a su lado, sabía que nada podría salir mal.
O al menos eso creía ella, porque lo que no tenían calculado, era que un muchacho de ojos oscuros se había despertado poco después de la llegada de Neji, aunque sin saber nada al respecto aún. Para él era sumamente extraño despertar de golpe en medio de la noche, por eso decidió tomarlo como una señal de los Kamis de que debía ser benevolente con su esposa: podría no haber disfrutado de su castidad, pero ¿sólo por eso iba a desperdiciar la oportunidad de humillarla el resto de su vida?
Lo pensó por un largo momento, y decidiendo que la deshonra vivida se la pagaría Hinata con muchos años de sufrimiento, se puso de pie, se vistió para la ocasión y se dirigió a paso lento a los aposentos de su mujer, tratando de imaginarse el rostro de ella cuando le comunicara que había decidido ser indulgente con ella y perdonar su traición.
El camino se le hizo más largo que de costumbre, pero no le importó: entre más tiempo Hinata estuviera abandonada a la idea de que estaba destinada a morir, más lo consideraría a él un santo por decidir salvarla.
Sin sospecharlo, cuando él terminó de convencer a los guardias de que lo dejaran entrar a ver a su esposa, Neji y Hinata ya se estaban alejando de la fortaleza a todo galope.
Entró sin más, y buscó a Hinata en la penumbra. El sentimiento de que la habitación estaba vacía lo hizo acercarse a la ventana, y sin siquiera mirar el cielo, apreció perfectamente la figura de un caballo perdiéndose en el horizonte.
Hinata estaba inmensamente dichosa: Ya podía oler la libertad. No habían hablado desde hacía varios kilómetros, pero no importaba, sabía que al amanecer encontrarían una aldea en un lugar lejano y desconocido y ahí tendrían toda la vida para conversar y ser felices.
Una molestia en su nuca que había comenzado desde hacía un buen rato, la hizo activar su Byakugan, y lo que vio la hizo interrumpir el silencio que se extendía entre Neji y ella pero que era amortiguado con el sonido del galope del caballo.
–Nos están siguiendo –soltó.
–¿Cuántos?
–Sólo uno, y se acerca muy rápido.
–¿Uno? –Preguntó Neji-. ¿Estás segura? ¿Y si es un jinete común y corriente?
Hinata negó por lo bajo.
–Conozco esa tonalidad de chakra –murmuró-. Es un Uchiha.
Neji gruñó.
–Y no creo que sea Fugaku –masculló.
Apuró el paso del caballo, pero aun así en pocos minutos vieron la figura de Sasuke a menos de cincuenta metros de ellos, y efectivamente, no venía con refuerzos.
–¡¿Qué clase de caballo es ese?! –pensó Neji.
–¡Detente, Hyuuga! ¡¿A dónde crees que llevas a mi esposa?! –gritó el ojinegro, haciendo a Hinata aferrarse aún más al cuerpo de Neji.
Haciendo caso omiso, Neji siguió cabalgando.
–¡Neji! –gritó Hinata, y el ojiblanco no tuvo tiempo de preguntarle qué pasaba, porque el caballo pareció tropezar y cayó violentamente al suelo con ellos; fue un milagro que el animal no les cayera encima.
–¿Estás bien? –preguntó Neji y la ojiblanca asintió-. ¿Qué rayos…? –y entonces miró la cuerda que el Uchiha había lanzado a las patas del caballo para hacerlo caer-. Quédate aquí –le ordenó a la mujer mientras él iba por su katana, que había caído a unos metros de distancia.
Sasuke descendió de su caballo y también empuñó su katana.
–¿En serio quieres hacer esto, Uchiha? Sabes que no dudaré en matarte –exclamó Neji esbozando una media sonrisa.
El Uchiha lo miró con odio: ahora tenía la certeza de quién le había quitado la honra a su mujer, y la única forma de enmendar el agravio a su orgullo, sería derramando la sangre del ojiblanco.
–Te dije que nunca sería tuya, aunque fuera tu esposa –dijo Neji con sorna, provocando que Sasuke embistiera contra él.
Hinata miró la batalla con ambas manos cubriendo su boca. Tenía mucho miedo: no dudaba de las capacidades de Neji, después de todo, ella ya lo había combatido alguna vez, pero Sasuke también era muy diestro con esa arma, y se lo había demostrado cuando volvieron a verse y él la salvó. El viento ululaba en los árboles y era cortado por las katanas. Un descuido y Neji desgarró el costado de Sasuke, una oportunidad y lo puso de rodillas. El combate no duró tanto como se esperaba, porque los dos empezaron a jugar sucio alternando golpes en cada ataque. Tras muchos intentos, el Uchiha logró cortar en el brazo a Neji, pero éste le hizo un corte profundo en la pierna como respuesta y lo golpeó en el rostro. Hinata se cubrió los ojos y no pudo ver el momento en que Neji le hizo un tajo a la altura del estómago que empezó a sangrar y dio la pelea como terminada.
Se sostuvieron la mirada por un instante. Neji estoico, sin mofarse de haber ganado, porque nunca le había quitado la vida a un hombre, y en esta ocasión tuvo que asegurarse de dejar herido de muerte al Uchiha para que en un futuro no los persiguiera hasta el fin del mundo. Sasuke lo miró con odio, y cuando intentó hablar, en vez de su voz brotó sangre de su boca.
–Lo siento –murmuró Neji-. Pero era la única manera.
Acto seguido fue por el caballo de Sasuke, el único que todavía podía moverse, y lo llevó hasta donde estaba Hinata. Ella subió con la ayuda del ojiblanco y se colocó detrás por segunda vez, sin siquiera atreverse a dedicarle una última mirada a su esposo herido. Ella quería recordarlo como el ser horrible y sádico que era, no como un hombre herido suplicante por ayuda.
Neji se había cansado más de lo esperado por la pelea, así que no apuró el paso de inmediato, sino que empezaron a alejarse con lentitud. Sasuke no les despegó la mirada: sentía el odio y las ansias de venganza más vivos que nunca. Miró a su alrededor y vio la katana no muy lejos de él, pero de poco le serviría, porque ya ni siquiera tenía fuerzas para levantarla. Siguió explorando, y sin poder creerlo, creyó ver el arco que él mismo le había regalado a Hinata a unos cuantos metros de él.
Con mucha dificultad y sintiendo que la vida se le escapaba, logró ponerse en pie y alcanzar el arco. Tomó una de las muchas flechas que estaban esparcidas y la acomodó en el aparato. Súbitamente se dobló del dolor; la hora le había llegado. Pero él no podía abandonar este mundo sin arrastrar a Hinata con él al mismísimo infierno.
–Si no es mía, tampoco será tuya…
Y apuntando al objetivo que se alejaba a paso lento y tranquilo, disparó la flecha antes de caer inerte al suelo.
...
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