Disclaimer: Hirunaka no ryuusei y sus personajes no me pertenecen, es obra de Yamamori Mika (y con el capítulo 66 probablemente va a matarme mate c: ). Sólo esta historia es mía y todos los derechos de ella quedarán a disposición de mi viudA después de mi muerte (?).
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La canción que hace el tiempo pasar
«時を刻む唄; Toki wo kizamu uta»
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Gymnopédie No.2
"Lent et triste"
«Lento y triste»
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—Hey.
Suzume se congeló al oír la voz, todavía no lograba acostumbrarse a saludarlo normalmente por las mañanas.
—B-bueno días —respondió torpemente. Entonces alzando la vista, se dio cuenta que ya no la miraba. Se había alejado para hablar con otros compañeros de clase.
Nada había cambiado sustancialmente. Todo había vuelto simplemente atrás, hasta el momento en el que eran amigos normales, que se saludan, que conversan de vez en cuando acerca de las notas, de clases o de lo que habían llevado para el almuerzo.
Sólo había pequeñas cosas.
Él ya no vestía los audífonos que en su cumpleaños ella le había regalado. Ya no iban nunca juntos a casa. Suzume no podía robarle los camarones que él había llevado para el almuerzo. Ya no se tocaban... Él ya no sonreía…
Inhaló aire con fuerza, por un momento sintiendo que le faltaba.
Nada había cambiado sustancialmente, ella por fin había alcanzado a la estrella fugaz que tan escurridizamente la había evitado. Por fin, ahora, después de perseguirla tan incansablemente la tenía en sus manos. Nada había cambiado, sólo su amigo se había apartado un poco.
Sólo su amigo parecía haberla dejado atrás.
{X}
Él no le dijo esencialmente a nadie que se iría. A Inukai que le había visitado, a Sarumaru al cual tendría que amenazar para que no hiciera una escena.
No hubo despedidas melodramáticas. Sólo él empacando sus cosas en cajas, mientras Daichi corría de un lado a otro diciendo que lo primero que quería conocer era la estatua de la libertad y su padre…
—¿Está realmente bien que nos vayamos así? —preguntó por tercera vez.
—Sí —respondió él por tercera vez—. ¿Por qué no le preguntas a Daichi también?
Él niño pasó corriendo a su lado, fingiendo ser un vaquero.
—Daichi es adaptable, pero Daiki…
—Estaré bien —gruñó.
El hombre se dio por vencido.
Cuando por fin terminaron de empacar lo que podían llevar y lo que dejarían atrás. Daiki se sentó en la entrada de la casa, soltando un suspiro. No era de los que suspiraban pero se sentía cansado, como si al empacar, algo pesado hubiera decidido asentarse sobre sus hombros.
No había marcha atrás.
Lo había decidido.
Le tomó un largo tiempo de consideración, de noches largas sin dormir, hasta que llegó a una conclusión, era lo mejor, para su familia, para él… y para ella.
Aún ahora, le dolía verla desviar la vista incómodamente cuando hablaban. Le dolía ver como se esforzaba por no encontrarlo en su camino de regreso a casa. Le dolía verla con él.
Pero así era como debían ser las cosas.
La felicidad es algo que todos merecen y aún cuando ella era la suya, sabía bien que él no era la de ella.
Era su momento de rendirse, como había dicho esa mujer extraña años atrás en el festival de verano, a ellos todavía les quedaba la opción de retirarse con dignidad.
Y eso es lo que hacía, retirarse, con la poca dignidad que aún le quedaba.
Dejó salir un suspiro aún más prominente que el primero mientras apretaba con fuerza los audífonos blancos que ella le había dado.
Sólo que ojalá no doliera.
Que ojalá no la quisiera tanto.
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