Capítulo 2: Sheik
El cuarto menguante de la luna estaba aplastado allá arriba en el cielo matinal y yo aplastado aquí, a la tierra, tratando de tocar el manto celeste con mis manos envueltas de sueños. Nunca olvidaré aquel día, pues fue entonces que, sin yo saberlo, me convertí en un soldado de Hyrule. La mañana era hermosa; el Sol acababa de arrancarse al oriente de los pies y la Luna siempre estuvo en el cielo, aunque no todos lo notaran.
Mis tierras de cultivo se encuentran al norte del castillo Hyrule y mi casa está cerca de ellas, como a media legua más o menos. Tal vez debería decir tenía, porque desde que estalló la guerra no he vuelto a poner un pie en mis tierras, pero eso ya no tiene importancia. Ya estoy muy lejos ahora.
Pues bien, aquella mañana sembraba un poco de mi futuro en las entrañas de la tierra. Comencé tarde con mis labores porque Tághata; mi esposa, estaba enferma de una fiebre extraña y no podía caminar bien, así que fui yo quien tuvo que sacar el agua del pozo, recoger la leña para cocinar y preparar el desayuno.
En fin, apenas había comenzado la labor en mi tierra cuando vi a lo lejos una gran nube de polvo se levantaba del suelo. Creí que era obra de la furia del viento, pero no fue así; me di cuenta cuando vi los caballos negros y escuché el griterío de los hombres que los montaban. Guerreros, sin duda. Había escuchado días atrás que el rey de las Gerudo había estado llevando guerreros de otras tierras a sus territorios, y por la vestidura de los hombres y los corceles supe que no eran de mi reino. Lo confirmé cuando estuvieron cerca y se detuvieron en la senda que lleva al pueblo.
Pude ver que discutieron acerca de algo y luego se dieron la vuelta en mi dirección; el que venía al frente me vio y de inmediato pude darme cuenta que algo querían conmigo. Todos venían vestidos con armaduras negras, los caballos incluso, pero la del líder era diferente. Esta tenía joyas multicolores incrustadas por todas partes.
Este hombre era diferente de los que lo acompañaban. Todos eran morenos, pero su piel parecía quemada por la injusticia de los tiempos; su cabello era rojo, tan intensamente rojo que asemeja al color de las arenas del desierto del sur; algo extraño me llamó la atención en ese hombre, pues sus ojos eran los de un rey, pero él no parecía ser un rey.
Bajó del caballo y pude ver en él cierto aire de nostalgia, como la de un guerrero de antaño que ha visto muchas espadas caer y coronas cambiar de cabeza. Sus ojos me confesaron que quería hacerme una pregunta.
-¿Sabes dónde podemos encontrar agua, labrador? No hemos bebido en dos días y los caballos no resistirán más esta marcha.
Su voz era áspera. Como descarapelada por los duros días en la tierra pero aún era grave y consistente. No puedo olvidar todavía la profundidad de su voz. Es como escuchar los golpes de un tambor del norte, pero su acento era el de los hombres del oeste.
Dudé un poco antes de contestarle porque los de occidente tienen fama de ladrones, así que desconfié de él. Reflexioné un poco y decidí que si quisiera robarme ya lo hubiera hecho, así que no tenía motivos para temerle.
-Puedes decirle a mi mujer que yo te envío – Le dije señalando la dirección a mi casa-, ella te dará permiso de llevarte toda el agua que quieras de pozo. Si están hambrientos pídanle la pieza de queso seco de la despensa, si tienen pan con ustedes pueden acompañarlo con eso. Con eso será suficiente para que lleguen al pueblo.
Si estos hombres eran ladrones al menos pensarían dos veces el agraviarme después del trato que les di. Tal vez tendrían consideración por los alimentos y no destruirían mi casa, o al menos eso pasó por mi mente.
El hombre me vio fijamente y sus ojos me sonrieron de una forma extraña
-Gracias por tus servicios, labrador – me dijo – no hay muchos como tú en estos días.
Subió de nuevo a su montura y justo cuando estaba dándose la vuelta para iniciar su marcha; uno de los hombres que venía con él desmontó abruptamente y se dirigió hacia mí al desenvainar su espada. Al parecer dije algo que lo hizo enfadar.
-¿Cómo te atreves a dirigirte así al gran Ganondorf? – Su voz me taladró los oídos. No era tan grave como la del primero hombre, pero aún así logro efecto extraño en mi interior.- Arrodíllate ante él y pídele disculpas o te cortaré el cuello.
-Yo no sabía quién era él – hablé fuerte y claro para que todos me escucharan.- les pido disculpas por haber hablado impropiamente, pero no me arrodillaré ante ninguno de ustedes. Hyrule es mi único rey y sólo a él le rindo tributo; a él y a nadie mas.
-¡¿Acaso quieres morir?!- El hombre aquel me amenazaba con su espada occidental al mismo tiempo que me gritaba - ¡Arrodíllate ahora!
-No puedo hacer lo que me pides – le dije a modo de disculpa -. Si lo hago me traicionaría a mí mismo y traicionaría a mi rey.
-¡Voy a matarte!
Aferré con fuerza el azadón que tenía en mi mano derecha frente a su espada y pude detener su furia.
-¡Cómo te atreves!- El segundo golpe rompió en dos mi herramienta. Recuerdo como me vibraron las manos cuando sentí la fuerza de su espada partiendo la madera. En ese momento el miedo y la ira me hicieron paralizarme y lo único que pude hacer fue observar cómo el extraño me veía con un resentimiento extraño.
-¡Basta!- gritó Ganondorf desde detrás del hombre.
El soldado levantó su espada y se dispuso a atacarme por tercera vez. Sólo alcanzo a dar un paso cuando escucho el imponente grito de su señor.
-¡Basta, he dicho!- La voz de Ganondorf asustó a mi atacante al oír la orden. El miedo se le escapaba por los ojos.
-Ya oíste las razones del labrador- Ganondorf bajó el tono de su voz para que se tranquilizara el soldado. -Así como él nos respeta lo respetaremos. Además él no sabía quienes somos.
-Pero señor- dijo el hombre señalándome despectivamente con su espada- si nosotros vamos a arrodillarnos frente al rey de Hyrule ¿Porqué sus súbditos no han de arrodillarse ante usted?
-Hasta que no hagamos eso, los Hylia no se arrodillarán ante otro – Respondió Ganondorf -. Después de mañana ambos reyes serán iguales y los súbditos se arrodillarán frente a uno como frente al otro. Espera hasta entonces y verás como nos tratarán los Hylia.
El soldado me vio una última vez y regresó a su montura.
Ganondorf, por su parte, se acercó a mí aún montando su caballo y me tendió la mano sosteniendo una pequeña bolsa.
-Perdona a mi soldado, labrador. Espero poder pagar los daños ocasionados y los servicios que nos brindas con estas rupias. Perdona la insensatez de mi soldado, te atacó sin motivo aparente.
-No hace falta que me pague por eso, señor- Traté de hablar con propiedad esta vez para evitar problemas con los otros soldados-. El agua no puedo negársela y el queso lo tengo sobrando. El azadón con un poco de cuero puede repararse y yo no sufrí daño alguno.
-Aún así quiero pagarte- insistió Ganondorf- Tómalo como un servicio a tu rey por la falta que Shahardren cometió al atacarte.
-Entonces las tomaré para no faltar también yo a mi rey- Le respondí y tomé las rupias a fin de cuentas.
Cuando tuve la bolsa en mis manos, noté que se trataba de una cantidad considerablemente grande. Pensé por un momento en devolver la bolsa, pero Ganondorf me sonrió de forma extraña; y giró rápidamente su montura para partir.
-¡Señor!- le grité antes de que partiera y él volteó a verme- Gracias por su amabilidad- Le sonreí yo también y le hice una reverencia.
Shahardren me vio desde encima de su hombro. La furia le reventaba en las entrañas, la sangre que inyectaban sus ojos lo evidenciaba. Parecía que iba a bajar del caballo y me atacaría de nuevo, pero en lugar de eso, sólo volteó hacia el frente y dijo algo en una lengua extraña.
-Algún día, Shahardren- Le respondió Ganondorf- Sé paciente.
Entonces tomaron rumbo hacia mi casa y yo vi cómo iban haciéndose pequeños al cabalgar hacia el sur.
-¿Hacia dónde vamos, General Thurken?
-Al norte. Hacia los territorios de Kurdak
-Pero General, ahí está la base de Ganondorf; si vamos a ese lugar es como si le diéramos la victoria, si él se entera que aún hay Hylias que se le resisten, enviará a todos sus ejércitos a Hyrule otra vez. No podemos hacer eso, es suicidio.
-Ganondorf tiene cuentas pendientes conmigo. Además nosotros no servimos a Hyrule, el rey nos traicionó. Nunca olvides eso
-¡Si, señor!
-¿Que el rey nos traicionó? Pero si fue él quien nos traicionó primero, él intentó matar a la Gran Impa aquella tarde, intentó matar a la princesa Zelda también. Si la gerudo no lo hubiera confundido con un soldado de Hyrule las hubiera apuñalado por la espalda. Que no intente hacer que los hombres ignoren eso y que no se me acerque, porque si lo hace voy a matarlo.
"Aún lo recuerdo. Él era uno de los que iban en la caravana de Ganondorf el día que Shahardren me atacó. Pero yo no estaba hablando de esto, estaba hablando del día que Ganondorf llegó a Hyrule y yo me convertí en soldado. ¿Qué dices Harded¿Que quieres dormir? Si, ya es tarde, pero no te duermas. Terminaré la historia antes de llegar a Turma."
Pues bien, te decía yo que Ganondorf me había ofrecido las rupias. Yo las acepté y ellos fueron a mi casa por el agua y el queso.
Ese día iba a terminar temprano con mis labores, pues era el último día de siembra y tenía que reparar mis ventanas además, pero las manos seguían temblándome. El encuentro con Shahardren me dejó conmocionado, al grado que no pude terminar con mi tarea. Tiré el saco de semillas al suelo y emprendí el camino a casa.
Cuando llegué mi mujer daba saltos de alegría, pues Ganondorf le había regalado una bolsa llena de rupias, igual que a mí. Al escuchar caer la bolsa llena sobre la mesa, Tághata se abalanzó sobre mí y comenzó a reír. A pesar de estar tan feliz sus ojos parecían un par de pozos vacíos; intenté de convencerla de ir a la cama, pero simplemente me ignoraba y seguía riendo.
-¡Deben ser más de 800 rupias!- gritaba-¡Comeremos un mes con todo eso¡Es increíble que Ganondorf nos obsequiara todo este dinero!
Siguió riendo un rato más y luego de cansarse de saltar, abrasarme y besarme, se sentó finalmente.
-Tienes razón, querido. Aún no estoy bien; volveré a dormir.
Era necia esa mujer. Nunca me hacía caso. Cuando se quedó dormida me quedé pensando en la bondad sin razón que Ganondorf había mostrado antes. Le di vueltas al único cuarto de mi casa y acabé masticando carne seca.
Los reyes no son tan buenos; ni siquiera en las historias que cuentan las personas en la plaza del pueblo antes del atardecer. Los reyes no regalan rupias así nada más, menos si el rey es el gobernante de una tribu de ladronas. Había algo extraño en esto, y Shahardren, este tipo parecía un gran guerrero ¿Para qué quería Ganondorf guerreros si venía a hacer la paz con nuestro señor? Venía a convertirse en su siervo.
Fui muy tonto sin duda. Nunca debí ignorar mis corazonadas. Lo que hice fue ponerme a pensar cómo gastar ese dinero y cómo proteger mi casa de los ladrones.
Al atardecer tomé mi espada y salí a caminar un poco.
Siempre hubo soldados en mi familia. Era como una maldición que los obligaba a todos a enlistarse en el ejército del Rey. Era casi como si el destino del padre le esperara al hijo y al hijo de su hijo. Mi padre fue soldado y su padre y su abuelo antes que su padre, pero a mí me tocó otro destino. La paz llegó a Hyrule y los soldados tuvieron que volver a su casa; mi padre había aprendido las artes de la tierra antes de ir a la guerra pero mi abuelo peleó toda su vida. Fue él quien me enseñó cómo usar la espada.
-Siempre harán falta guerreros- decía el anciano- y aún cuando no hagan falta siempre habrá vulgares ladrones a quienes castigar. El rey no va a defendernos siempre, tenemos que hacer justicia por nuestra mano si queremos que la justicia exista.
Yo le puse fin a una maldición pero otra me cayó encima: La tierra antes que las armas. Mis hijos también se convertirían en labradores y sus hijos y los hijos de sus hijos, pero esa ya es otra historia.
Me encontré un árbol seco en el camino. Así había sido mi familia: seca, sin un destino real y sin esperanzas de crecer. Todas las familias de Hyrule éramos así. No teníamos tierra para plantar nuestros sueños y cosechar los frutos de nuestro trabajo… mi cabeza era una maraña de ideas entonces. La pobreza, la idea siempre fija de saber que nunca podremos ser más que nadie y que nuestros sueños no son más que semillas infértiles siempre fijas en la conciencia. Me temblaron las manos otra vez y pensé en la ira de Shahardren.
Sin darme cuenta cuando lancé la vaina a un costado y la espada casi por si sola partió en dos el árbol. No era más que una esperanza vacía. Las lágrimas cayeron de mis ojos sin que yo lo permitiera y la ira y la tristeza me llenaron los ojos, eran años de estar soportando aquello y aún más años me esperaban cargados de lo mismo. Terminé sentado, recargado sobre lo que quedaba del árbol seco y llorando como nunca había llorado antes.
Al poco tiempo me sacudí un poco de la tristeza de los hombros y tomé la espada para volver a casa. Después de todo, tenía un poco de dinero extra; lo suficiente para comer por un tiempo y aprovechar el dinero de la cosecha. Esa idea me consoló un poco. Recogí la vaina, coloqué la espada en su lugar y emprendí mi camino de regreso.
Un caballo hacía una polvareda que venía en mi dirección, pero no pude ver de quién se trataba hasta que estuvo más cerca. Aunque no se veía muy bien a la falta de luz, supe quien era el jinete al ver el brillo de su peto de plata, además de eso, nadie tiene el cabello así de blanco en Hyrule. Era la gran Impa.
El caballo relinchó y reparó para detenerse abruptamente frente a mí.
-Buenas tardes, Gran Señora de los Sheikah- le dije haciendo reverencia para saludarla-. Es un gran honor para mí encontrarla en mi camino.
-Buenas tardes, hombre- me respondió- Es mío el honor por encontrarme a los que alimentan nuestra tierra.
Sonreímos casi al mismo tiempo
-¿A qué debo el honor, Señora?- Le pregunté con más respeto en mi voz del que había usado con Ganondorf- Porque no creo que haya salido del castillo y dejado sus obligaciones sólo para ver a un hombre desgraciado sufrir.
-El motivo es servirle de escolta al rey de Terma 'Dah, pues también él viene a la ceremonia de alianza entre el Gerudo e Hyrule. La noche se acerca y el rey siente miedo en tierra extranjera; un motivo tonto para un rey tan poderoso, pero estoy al servicio de la Familia Real y tengo que cumplir esta tarea. Pero también me interesan los asuntos de los hijos de Hyrule, he ayudado a más de uno a salir de sus problemas y si puedo ayudarte a ti también con gusto he de hacerlo.
Me sorprendió la elegancia que la gran Impa mostró en aquel momento tan inesperadamente, pero los que la conocen saben que es su honor el que habla muchas veces.
-¿Y porqué han de interesarle a la líder de los Sheikah los asuntos de unos cuantos labradores?- Dije intentando igualarme a la Gran Señora- Los que trabajamos la tierra no podemos servir a las armas de Hyrule, y aún si pudiéramos hacerlo, somos tan pobres que tenemos que cargar con la espada de nuestros antepasados.
-No es la espada la que gana las guerras- me respondió- sino quien la blande. Por más duro que sea el acero, es el coraje del guerrero el que nos trae la victoria.
-Entonces regáleme una de sus victorias para presentársela al rey y ganar un poco del respeto de los Hylia.
-Algún día tendrás tus victorias, soldado. Cuando las tengas no necesitarás mostrárselas a nadie para tener el respeto del rey.
-Soy labrador, señora, no un soldado. Cargo con la espada por protección.
-Todo aquel que tenga esperanza, es un soldado de Hyrule, y aunque no lo has notado aún hay esperanza en ti. Cuando vayas al campo de batalla descubrirás de qué esperanza te estoy hablando.
-Tal vez nunca llegue ese día, Señora
-Hasta entonces dejarás de ser un soldado. Que la luz de Nayru guíe tu camino.
El caballo relinchó de nuevo y como si fueran la gran luz blanca de la sabiduría, la Señora y el corcel marchaban al norte; iluminando la oscuridad del ocaso que se movía lentamente en lo alto del occidente.
Las palabras de la señora le dieron vueltas a mis pensamientos dentro y fuera de mis sueños desde aquel día, y aún lo hacen cada vez que veo a los traidores.
La siguiente mañana fui al mercado por algunas hierbas medicinales. Estaba tan concurrido como siempre: gente del pueblo y otros reinos que vienen buscando las mercancías de Hyrule regateando y amenazando a los comerciantes, ese es un escenario muy común en nuestro mercado. Pero por aquellas fechas, en el día primero del Docta había crisis en el reino. Desde que el Gran Darunia se declaró enemigo de Ganondorf sus mercancías habían dejado de llegar a Hyrule y el comercio del reino se vino abajo. Después de todo, el acero y la pólvora con las que se fabricaban las armas venían del reino de los Goron, y había una gran población de esta estirpe trabajando arduamente en la forja también. Los Goron se caracterizan por ser maestros en el arte de forjar armas; los Hylia se han esforzado por igualar la calidad de las armas hechas en el reino de los Goron, pero nunca podrán competir contra seres que comen rocas y que viven en el cráter de un volcán activo. Desde el Nöctum la principal fuente de ingresos había dejado de cooperar, pero aún así el mercado estaba abarrotado.
¿Qué tonterías estoy diciendo, Harded? Discúlpame por perder la historia. ¿Dónde me había quedado¡Ah, sí, el siguiente día!
Había dicho que el mercado estaba repleto, pero eso no era novedad. Lo que si era extraño era lo que algunos decían; hablaban de un niño del bosque, un niño acompañado de un hada hermosa que nunca nadie había visto. ¡Claro que nadie lo ha visto! A los Hylia se les prohíbe entrar al bosque. Pero eso no era lo único sorprendente. Este niño tan raro era rubio, y en todo Hyrule, además de la familia real, no hay nadie rubio. Hay rumores que los hay en Termina, pero ninguno tiene los ojos azules…y este niño…los tenía.
Yo no creí en las patrañas de la gente, pero justo en ese instante, como si el destino supiera lo que estaba pensando, este niño pasó corriendo frente a mi carreta. Pude verlo sólo un instante, pero nunca lo olvidaré; era tan parecido a la princesa que cualquiera juraría que son hermanos.
Las historias que cuentan algunos trabajadores dicen que los niños del bosque Kokiri nunca crecen, y que siempre van acompañados de un hada guardián, pero este niño vestido de verde ya comenzaba a mostrar que en cualquier momento dejaba de ser niño. A menos que no estuviera seguro que el rey no tiene más hijos que la princesa Zelda juraría que son hermanos.
El niño tan extraño aquel cruzó el mercado seguido sólo por la mirada de unos cuantos, pues había algo más interesante pasando en el centro de la plaza.
Algunos soldados de la guardia real se arremolinaron alrededor de la fuente que adorna el centro del pueblo, comenzaron a pedirle a la gente que despejara el lugar, pero la gente no parecía darle mucha importancia a un solo soldado.
-¡Silencio, hombres!- gritó un hombre cuya voz reconocería en cualquier lugar.
Todos los que se encontraban ahí voltearon de inmediato y el regateo y el constante murmullo de voces Hylias y extranjeras cesaron para escuchar lo que Vërden tenía que decirles.
-Necesitamos que se haga espacio para tres carruajes aquí. El rey vendrá a hacerles un anuncio.
Como si se tratara del chisme de alguna mujer intrigosa, los pueblerinos comenzaron a susurrarse unos a otros la noticia, y el rumor de todos los susurros al unísono llegó a los oídos del general.
-¡Silencio, he dicho!
Si algún ave hubiera cantado escondida en alguna cueva de Terma'Dah casi intentando guardar silencio, se hubiera escuchado muy nítidamente en el mercado por el silencio que hablaba ahí.
Los soldados comenzaron de nuevo a despejar el área con éxito esta vez.
-Necesitamos que hagas esa carreta a un lado hombre.- Me dijo uno de los soldados
-Habrá gente muy importante aquí y necesitamos todo el espacio posible.
-Entonces dile a uno de tus soldados que me haga espacio entre la gente para llevarlo a una de las callejuelas de atrás.
-Yo mismo lo haré- me dijo malhumorado- No hay mucho tiempo ya. Baja de ahí y ayúdame a mover esto.
-Que te ayude alguien más- dijo la voz que había hablado hacía un momento, esta vez más tranquila-, necesito que este hombre este al frente de la multitud.
Lleno de incertidumbre volteé a ver la voz grave que me habló
-¿Yo, General Vërden?
-Así es, primo- me dijo-. La gran Impa tiene algo que decirte y quiere hablar contigo después que el rey haga su decreto.
Antes de que mi primo continuara, las trompetas irrumpieron en el silencio y todos voltearon a ver por donde venían trotando los caballos.
-¡Abran paso al rey de Hyrule!- gritaban los hombres que escoltaban los carruajes.
-¡Abran paso al rey de Hyrule!
Al momento, la gente comenzó a hacerse hacia atrás donde los soldados los habían puesto. Un carruaje se detuvo y los otros dos en línea detrás de él. Todos pertenecían a la familia real.
De nuevo las trompetas. El rey nunca sale del castillo sin los músicos; dice que le gusta que la gente sepa que está cerca. Una vez que cesaron las trompetas, un soldado abrió la puerta y los aldeanos observaron a la mujer que se encontraba ahí.
La gran Impa descendió del carro y observó a todos de una forma extraña.
-¡Arrodíllense ante su majestad, el Rey Hyrule!- gritó la señora ante todos nosotros.
Cuando dio unos pasos hacia el costado el rey apareció y todos los que se encontraban ahí, incluso los extranjeros, se arrodillaron ante nuestro soberano. Algunos admiramos la extraña belleza del rey: La cabellera rubia que le caía hasta los hombros y los ojos azules eran los únicos existentes en todo Hyrule. La tez blanca le brillaba siempre con un extraño vigor, como si tuviera poco de haber nacido.
Siempre que mostraba los emblemas en su capa, agachábamos la cabeza como forma de tributo y aquella vez no fue la excepción.
-¡Pónganse de pie, ciudadanos de Hyrule!- dijo nuestro señor con su voz profunda y autoritaria- ¡Pónganse de pie para que puedan escuchar mi decreto!
Todos nos crecimos como si fuéramos conejos al escuchar un ruido extraño al mismo tiempo.
-De este día en adelante, cada día primero del Docta será un día de especial magnificencia, pues de hoy en adelante el reino del valle del Gerudo se unirá al nuestro- toda la gente guarda silencio cuando nuestro soberano habla-. A pesar de las disputas que se han llevado a cabo a lo largo de diez años, en los cuales, la lealtad de los líderes de los cuatro reinos se ha visto fragmentada, la luz de la sabiduría de Nayru nos ha iluminado desde los cielos del reino sagrado y nos ha regresado al camino de la paz y la razón. Por esta razón, yo digo que a partir de este día todos los ciudadanos del reino de Hyrule rendirán tributo al Señor Ganondorf, rey de las Gerudo, de la misma forma que lo hacen con los reyes de la unión de Hyrule. Esta es mi palabra, y como tal ha de cumplirse en todos los lugares de Hyrule por todos los seres que vivan en él.
Hubo silencio un rato, hasta que las puertas de los otros dos carros se abrieron. Del segundo descendieron Kolt, el rey de Terma'Dah y su general, Keezhar. Así es Harded, el general al que sirves: Estas dos figuras no eran esperadas en la ceremonia, pues en el tratado de alianza entre Hyrule y Terma'Dah no era firmado aún, pero el rey sabía bien sus motivos para haberlo invitado al tributo ceremonial. Del tercer carro bajaron los dos seres que aniquilaron mis sueños, pero entonces sólo eran los aliados del rey: uno de ellos era Ganondorf, el actual rey de los reinos de Hyrule y el otro era Shahardren.
Todavía recuerdo todo esto. Han pasado pocos años desde que pasó todo esto, y a pesar de que todos los Hylia intentamos borrar estos recuerdos de nuestras mentes, se nos ha clavado en ella como el acero se clava en la piel para que no olvidemos.
Ganondorf se arrodilló frente al rey y el resto de las figuras que habían venido se acomodaban tras él. Nuestro señor sacó una daga de entre sus ropas y volteó hacia el cielo levantando ambas manos.
-Con mi sangre quedará firmado el juramento de lealtad que el Señor Ganondorf ha prestado ante el altar de nuestras diosas, y su vida y su reinado serán escritos en todos los registros de Hylia. Su nombre siempre aparecerá junto al mío y seremos como los soberanos de Hyrule.
Nunca he podido comprender si el silencio que se guardaba en ese momento era por el desacuerdo con el decreto del rey o sólo porque seguíamos sus órdenes, pero algo es seguro: cuando el silencio habla, ni los reyes deben ignorarlo, y aquel día, Hyrule ignoró nuestro silencio.
La sangre resbaló de la mano izquierda del rey y cayó sobre la gran joya verde que llevaba Ganondorf en la cabeza. Nuestro señor se volteó y nos regaló una sonrisa. Sus ojos mostraron una extraña satisfacción; aunque en aquel momento no estaba seguro de lo que pasaría después, el rey nos regaló su vida en ese momento. No lo culpo por lo que hizo. No tengo el derecho.
-La Gran Impa, los aliados de Terma'Dah y el general Shahardren, de los de Kurdak, además de las tres diosas de la trifuerza, son testigo de que este acto se lleva a cabo bajo la ley de nuestros ancestros. Así sea.
Silencio una vez más. Ganondorf nos daba la espalda, pero aún así pude sentir un sentimiento desconocido para mí en aquel entonces. Transmitía poder; deseos consumados de obtener poder, y si recuerdo bien, cada vez que lo veo siento como se me eriza el vello del cuerpo cuando lo veo en batalla. Esos ojos llenos de maldad, estoy seguro que fueron los mismos que dibujaron su rostro cuando la sangre del rey tocó su frente y lo hizo soberano.
-¡Que viva el rey de las ladronas!
Si al hombre que gritó eso no le dieron diez latigazos o le cortaron la lengua por imprudente, seguramente está realizando trabajos forzados en las canteras del sur, pero en ese momento nadie le prestó atención.
El grito de Shahardren fue el que en verdad emocionó al auditorio inmóvil.
-¡Que vivan los reyes de Hyrule!
De nuevo un instante de silencio. El grito de aprobación de un solo hombre bastó para que la multitud ardiera en pasión tal como arden las brazas cuando son movidos por una vara. Los gritos llegaron hasta el cielo pero las diosas no lo escucharon. Es mejor así, porque si lo hubieran escuchado hubieran llorado y hubieran castigado nuestra tierra.
-¡Que den comienzo las festividades!- gritó el rey entre aplausos.
Y entre aplausos y música fue que terminó el legado de los Hylia. Nuestro reino murió cuando la primera gota de sangre de nuestro señor se derramó. Aplaudimos cuando el rey del mal nos traicionó y el yugo que nos hizo esclavos fue recibido con un grito atronador.
-Algo parecido pasó en nuestro reino. Yo era un niño cuando Kolt venció a Serch de Puente Bello y nombró a los generales: Keezhar del ejército negro, Turk del ejército rojo y Servent del azul. Cuando hizo el nombramiento prometió la prosperidad de Terma'Dah, pero sólo entramos a una nueva era de esclavitud igual que la que vivimos con Serch. Pero esa historia nada tiene que ver con la tuya. Continúa.
Bien. Todavía no sé de dónde salieron tantos músicos. Pareciera que siempre está ahí cuando se les necesita o que simplemente pasan por ahí cuando inicia la fiesta, pero eso no importaba. Lo único que hicimos muchos fue bailar al son contagioso de las flautas y los laúdes. No, estoy mintiendo, yo bailé hasta el día siguiente, porque aquel día, apenas terminó la ceremonia, mi primo llegó desde detrás de mí y me habló con una voz grave y clara al tiempo que me puso la mano en el hombro.
-La Gran Impa y yo queremos hablar contigo, primo- si voz sonaba en mi cabeza como la voz del rey, pero nunca he logrado entender por qué- es de vital importancia que vengas con nosotros.
-¿Qué es lo que sucede, Vërden?- pregunté- Me hablas como si llevaras una misión importante.
-Sígueme y lo comprobarás por ti mismo.
Hice lo que mi primo me pidió. Lo seguí hasta la callejuela donde habían dejado mi carreta entre empujones de los que celebraban. La música iba desapareciendo del aire a medida que nos alejábamos del mercado y se escuchaba allá lejos, pero los gritos de los que celebraban siguieron escuchándose.
La Gran Impa estaba esperándonos con una espada en las manos, la que yo había dejado en mi carreta. Me vio con una expresión extraña desde detrás de su cabello, aquel fue el único día que la vi con la cabellera suelta, por eso es que lo menciono.
-Buen día, soldado
-Buen día, mi señora- le dije haciéndole una reverencia
-Señora- dijo mi primo creyendo que se dirigía a él. Nunca supo que la gran Impa me decía soldado- Estoy seguro que mi primo está consternado al no saber para qué lo hemos llamado.
-El soldado lo sabe, pero no se ha dado cuenta que lo sabe.
De nuevo la gran Impa hablaba en acertijos y cuando yo estaba mas confundido cuando la vi.
-No sé a qué pueda referirse, señora.
-Dime algo- me dijo mientras me veía fijamente con las canicas brillantes que tenía por ojos- ¿Tu abuelo era Sheik?
-Así es.
-Si, no hay otra razón para que tú guardes la espada de un Sheikah.
Tanto Vërden como yo nos sorprendimos al oír las palabras de nuestra Señora.
-¿Mi abuelo¿Un Sheikah?
-Así es, Fue él quien me inició a mí como una de su estirpe. Todavía recuerdo bien cuando peleamos juntos en la Guerra de los Espíritus, yo era casi una niña y él la persona más sabia que conocía.
-Eso no puede ser, Señora- respondí consternado-. Si mi abuelo era un Sheikah ¿Porqué nunca se le trató como tal? Ni siquiera el día de su entierro hubo un solo Sheikah que recitara "el canto de las sombras"
-Si los hubo, sólo que en otro funeral, otro día y a otra hora. Los ritos Sheikah se hacen de forma diferente a los ritos Hylia.
-¿Eso significa que mi primo y yo tenemos sangre Sheikah en nuestras venas?
-Así es, Vërden.
Mientras mi primo asediaba a la Gran Impa con un mar de preguntas; otro mar de recuerdos atacaba mi memoria. Recordé todos los cuentos que mi abuelo me contaba sobre la guerra de los Espíritus, me hablaba de cómo los guerreros de las sombras protegieron al rey y de cómo las dos traiciones de un hombre le dieron la victoria a nuestro reino. Nunca hubiera pensado que mi abuelo había peleado entre esos guerreros tan poderosos. La Gran Impa fue la luz que alejó todas las dudas que mi abuelo había oscurecido, aunque con el nuevo conocimiento vinieron nuevas dudas también.
Por otra parte, mi primo parecía más interesado en su sangre Sheikah que en el asunto de mi presencia, que hasta el momento yo también ignoraba. La Gran Impa lucía perturbada por las preguntas sin sentido que hacía Vërden.
-¿Y cuándo hizo este descubrimiento, Señora?
-Fue ayer, por la noche- respondió ella- Por eso te he pedido contactarme con tu primo.
-Sólo una pregunta más, Señora- Esta vez fui yo el que insistió en preguntar- Si mi abuelo era un Sheikah ¿Porqué no se quedó al servicio de la familia Real?
-Esa historia muy pocos la conocen- su semblante se tornó sombrío sin razón aparente a mis oídos y sus ojos se abrieron hacia la puerta de los recuerdos-, el gran Sheik decía que Ganondorf estaba en nuestra contra en aquella guerra. Hablaba de que lo había escuchado conspirar con el mismísimo Fhelkorr para destruir Hyrule…Nadie le creyó porque todos vimos cómo mató al rey de los dos inframundos con su propia espada. Fue expulsado de la tribu por orden del rey Hyrule por haber mentido de esa forma y haber causado los conflictos al sembrar sus dudas en las mentes de los otros reyes…
Hubo silencio. La voz de la Señora se escuchaba triste, pero sonaba como si en su mente estuviera arrepintiéndose de algo. Sus ojos parecían darle vueltas a una idea, pero ni mi primo ni yo supimos qué era lo que pensaba.
-Pero no te traje aquí por esa razón, soldado- Me esbozó una sonrisa maliciosa en su rostro y sus ojos me propusieron algo que no entendí-. Te llamé…porque quiero que te unas al ejército del rey.
Mi sorpresa fue tal, que no supe si mis ojos expresaban incertidumbre o algún otro sentimiento, pero la cara de la gran Impa era la misma.
-Pero Señora- La voz de Vërden sonaba extraña: a envidia, diría yo-. ¿Está segura de que puede tomar esa decisión? El rey se molestará si hace las cosas de esta forma.
-Cuando el rey conozca al descendiente del Gran Sheik, me pedirá que lo enliste inmediatamente.
-Pero ¿No fue expulsado mi abuelo de su tribu?- pregunté confundido.
-Si, pero el día que hicimos los ritos Sheikah, el rey nos confesó que sólo hizo cumplir la justicia porque el pueblo lo exigía. Siguió apreciando al Gran Sheik de la misma forma que lo había hecho antes de la guerra.
-Entonces ¿Va a enlistarlo?
Cuando Vërden hizo esa pregunta, nuestra Señora se llevó una de sus manos hacia un pequeño morral que colgaba delicadamente de su cintura. Sacó un pergamino y lo extendió sobre el piso de mi carreta.
-En este pergamino- dijo señalándolo con su dedo índice- se encuentra una nueva vida para ti. Una vida de servicio al rey y gloria para ti si sabes cumplir con tus obligaciones, una vida en la que no tendrás que pedirme mis victorias, pues tendrás las propias, una vida en la que el sufrimiento quedará atrás y los tuyos podrán ser felices. Sólo tienes que poner tu sangre aquí y serás un soldado de Hyrule.
Vi el pergamino sin saber lo que decía. Mi abuelo me enseñó las artes de la espada, pero nunca me enseñó a leer.
-Tienes que aceptar, primo. Es muy raro que la gran Impa reclute a un soldado de esta forma.
-Pero- pregunté yo sintiéndome como un niño indeciso- ¿Tengo la suficiente habilidad para ser un soldado?
-El árbol que cortaste anoche dice que sí.
-Pero ese era un árbol seco, Señora.
-Aún los árboles secos son fuertes por dentro. Un soldado cualquiera no lo hubiera cortado de un solo tajo.
Seguí dudando. Me parecía que la Gran Impa me regalaba un privilegio sólo por la sangre que corría por mis venas. De cierta forma estaba siendo injusta con todos aquellos hombres que querían enlistarse pero tenía razón con lo de mis habilidades, pues yo mismo había visto a los soldados del rey usar la espada. La Gran Impa tenía razón.
Pensé en Tághata entonces; en la vida que llevábamos juntos y en lo que había podido darle desde que nos casamos. De nuevo, las palabras de mi abuelo llegaron a mis pensamientos.
"Hacer la justicia es la llave de la prosperidad, pero decidir hacer justicia le corresponde sólo a unos cuantos afortunados. Cuando tengas que decidir, decide justamente."
-¿Y bien?- preguntó Vërden de forma arrogante.
-¿Tienes una daga?- le pregunté
