Capítulo 3
Tras la proposición de su jefe, Rosalie habría querido tiempo para pensar, pero no lo tuvo. La suya era una oficina ajetreada, y pareció que pasaron sólo unos minutos antes de que se pusieran en camino para ver a los clientes de Emmett. En ese momento estaban hablando de los Forrester.
—Jack nos está poniendo la zanahoria delante del hocico, eso es todo —dijo Emmett mientras manejaba su Porsche sin esfuerzo entre el tráfico—. Si nos los ganamos, McCarty´s conseguirá la oportunidad de instalar y mantener sistemas de seguridad en más de una docena de puertos deportivos por las costas de Nueva Gales del sur y Queensland. Además tiene muchas más propiedades. Hoteles, moteles, restaurantes. Lo que quieras. Por no hablar de que tiene un gran dominio sobre la comunidad de los negocios. Una recomendación suya sería muy importante. Si conseguimos instalar sistemas de seguridad en todas sus propiedades, estaríamos hablando de mucho dinero.
—Firmará con nosotros —dijo Rosalie mientras veía pasar a los otros vehículos. Estaba tratando por todos los medios de mantener sus pensamientos bajo control, tratando de no entrar en el terreno sentimental.
No era fácil controlarlo, pero no podía dejar que él viera lo desconcertada que estaba. Más tarde, cuando estuviera sola, podría permitirse pensar en él.
—Tenemos los mejores sistemas de seguridad de Australia —dijo ella—. Posiblemente los mejores de todo el hemisferio sur. Una vez que los haya probado, se dará cuenta y nos entregará todas sus propiedades.
Puede que para Emmett aquélla fuese una conversación de negocios más, sin embargo, cada vez que la miraba, ella podía ver en sus ojos un destello de calor sensual que la dejaba con la boca abierta. Cuando había aceptado casarse con él, no había considerado lo mucho que él podría desearla físicamente, no lo abiertamente que iba a mostrarlo, ni cómo eso iba a afectarla.
Sus sentidos respondían. Eso era malo.
Sus emociones respondían. Eso era peor. La esperanza seguía tratando de hacerse un hueco en su corazón, y ella seguía tratando de ignorarla.
Él no había implicado sus emociones. Tenía que recordar eso.
—Si el señor Forrester es lo suficientemente inteligente como para construir un imperio de los negocios, seguro que también sería inteligente como para apreciar el tipo de tecnología que McCarty's puede ofrecer.
—Aprecio tu confianza en nuestras habilidades. Ah —dijo él mientras metía el coche en un parking—. Ya casi hemos llegado.
—¿Es que todo está en el lugar apropiado para ti? —preguntó con una sonrisa frívola, tratando de ocultar cómo lo envidiaba por tener esa aparente facilidad en la vida, mientras que la suya había sido un desastre casi desde antes de nacer. Ahora era peor y, como el jueves negro del crack de la bolsa, iba a ir a peor desde ese momento.
No es que fuera pesimista. Pero por primera vez estaba siendo como Emmett quería que fuese. Estaba examinando la situación con la mente racional. La cual le decía que estaba metida hasta el cuello y hundiéndose cada vez más.
—¿Sabes?, creo que disfrutaré siendo un hombre casado —dijo mientras le colocaba la mano a la altura de su codo para unirse a la multitud en la acera—. Será agradable tener resuelta esa parte de mi vida. Ahora que he dado el paso, me pregunto por qué no haría algo semejante hace años.
Entonces la parte racional de Rosalie dejó de funcionar. ¿Hace años? Eso era antes de conocerla a ella.
«Para él todo carece de sentimientos. Dadas las circunstancias, deberías sentirte afortunada por cómo se siente él al respecto», pensaba ella.
Pero no se sentía afortunada. Se sentía ofendida. Dolida al pensar que podría haber elegido a cualquier otra mujer y habría sido igual de feliz.
«Realmente no vas a casarte con él, ¿recuerdas? Todo es un truco».
Y por eso exactamente iba a terminar en un psicólogo.
Sus dedos apretaron con fuerza su antebrazo. Los músculos de Emmett se tensaron en respuesta y eso volvió a reiniciar todas sus reacciones internas.
—Me alegra que estés contento con tus planes —murmuró ella, y señaló un escaparate que tenían enfrente para distraerse—. ¿Has estado alguna vez en Danny's Bakehouse? Sirven una tarta de queso jamaicana que es para morirse.
—No he estado nunca —dijo Emmett girando la cabeza para ver la tienda, y en ese momento alguien chocó contra Rosalie, empujándola contra su jefe.
Ella levanto la cabeza para mirar justo a la única persona del mundo a la que no quería mirar.
—Vaya. Hay que tener cuidado hoy en día —dijo el hombre. Era un hombre rubio y llevaba el pelo echado hacia atrás con algo grasiento. Llevaba un negocio de reparación de fotocopiadoras y era el chantajista de Alice.
James Haynes era un hombre bastante normal. No parecía muy amenazador. Pero cuando Rosalie lo miró a los ojos, vio en ellos algo oscuro y, quizá, desequilibrado que hizo que se le helara la piel.
Ella levantó la barbilla y lo miró, decidida a no dejarse intimidar. Tras ese instante, después de que sus miradas se cruzaran, él desapareció entre la multitud y Rosalie volvió a respirar de nuevo.
—¿Estás bien? —preguntó Emmett—. ¿Te han empujado?
—Estoy bien —contestó ella—. No ha sido nada.
Llegaron al restaurante sin ningún otro incidente, y rápidamente localizaron a la otra pareja y se acercaron.
—Debería haber pedido información sobre ellos —dijo Rosalie—. Temas que tratar con la esposa, para empezar.
La propuesta de Emmett la había dejado tan desconcertada que ni siquiera había considerado cómo podría contribuir ella a la comida. Lo hacía en ese momento, y se daba a sí misma otra oportunidad para desarrollar una úlcera.
—Vive para los puertos deportivos. Le encanta ir de compras y navegar —dijo Emmett con calma—. No te preocupes por eso. Estoy seguro de que encontrarás algo de lo que hablar.
—La verdad es que estoy un poco nerviosa en este momento.
Aquella afirmación, que se quedaba corta, la hizo sentir un tanto histérica. Trató de mantener la compostura mientras él la guiaba con la mano en la espalda a través de las mesas. No fue fácil.
Siempre habían mantenido una relación estrictamente impersonal. Ahora lo único que ella parecía desear era que la tocara. Su cercanía, su corazón, su alma, y todos los secretos familiares. Él le daba toda la parte del tacto y la cercanía, y en el proceso estaba acabando con su equilibrio mental.
¿Qué ocurriría si quería tener contacto íntimo antes de la boda? Sintiendo lo que sentía por él, ¿cómo iba a echarse atrás? Cuanto más pensaba en eso, más complicado le parecía.
—Naomi, Jack, dejad que os presente a mi ayudante.
Como respuesta a las presentaciones, Rosalie asintió con la cabeza y saludó a la pareja que ya estaba sentada a la mesa.
—Señora Forrester, señor Forrester.
Emmett le ofreció una silla y su mano rozó su nuca al apartarse para sentarse él. Fue un roce casi imperceptible, pero ella se estremeció, sintiendo frío y calor al mismo tiempo.
—Espero que hayáis disfrutado con la navegación —dijo Emmett.
—Un viaje muy agradable —dijo Jack Forrester, y miró a Rosalie de manera jovial, aunque ella sintió la agudeza de una mente inteligente tras la fachada amable—. Nos gusta aprovechar la oportunidad de navegar siempre que se presenta.
Rosalie no saldría a mar abierto por nada del mundo. Incluso evitaba tomar el ferry del puerto siempre que le era posible. Pero se limitó a sonreír, decidida a no decir nada que pudiera espantar a ese hombre.
La comida se desarrolló bien, pero Rosalie no perdió ni un instante la atención sobre Emmett, ni sobre los numerosos toques que le otorgó.
¿Qué haría si quisiera hacer el amor en la oficina?
Lo más probable sería que cayese en sus brazos. Quizá un affaire no estuviera mal del todo.
«Y probablemente ésa es la idea más estúpida que has tenido jamás», se dijo a sí misma. «Tú buscas amor. Un sentimiento que Emmett ni siquiera se molesta en fingir que desea».
Pero era imposible tratar de razonar con sus hormonas y su corazón en ese momento.
—¿Rose? —dijo Emmett.
—Perdón, ¿qué has dicho?
—Ya han traído el postre —dijo él señalando el carrito—. ¿Te apetece algo?
Ella apretó los dientes. La otra pareja ya había decidido. Un suflé cubierto de salsa de bayas para el marido y un cuenco de macedonia para la mujer. Algo totalmente inocuo. ¿Entonces por qué no podía dejar de imaginarse a Emmett desnudo, mordiendo suflé y fruta sobre su estómago?
«Ya nunca podré volver a mirar esa comida como antes», se dijo a sí misma.
—El sorbete —dijo finalmente.
Emmett eligió un plato de queso y galletitas, y para su tranquilidad, prosiguieron con la conversación. Incluso consiguió controlarse ligeramente, hasta que llegó el momento de la sobremesa y Emmett aprovechó para pasarle el brazo por encima de los hombros con un aire de posesión despreocupada.
¿Despreocupada? Ja. Con sólo mirarlo a los ojos supo lo que estaba pensando. Ella no podía seguir fingiendo tener dudas. No había nada de despreocupado. Sabía que lo próximo que querría hacer sería tirarla sobre la alfombra de la oficina para satisfacer sus deseos.
Descubrió que había algo sumamente erótico en un hombre que juguetea con el pelo de una mujer. ¿Y quién decía que un hombre no podía dejarse llevar por la lujuria primero y enamorarse después?
—¿Me pasas el agua? —preguntó ella.
—Claro —contestó él, y la soltó para alcanzar la jarra.
Por fin pudo respirar de nuevo. Pero entonces él se inclinó tan cerca de ella mientras le rellenaba la copa, que Rosalie pudo oler la fragancia de su piel y casi contar las pestañas que rodeaban esos ojos color avellana tan enigmáticos.
—Gracias —dijo ella.
—De nada —añadió levantando las cejas.
—Señor Forrester —dijo Rosalie tratando de distraerse—, Jack. ¿Cómo habéis construido Naomi y tú vuestro imperio? Habéis conseguido cosas increíbles con vuestras propiedades e inversiones.
Jack flirteó con ella un poco mientras contestaba, pero Rosalie no le dio importancia. Sonrió y lo instó a hablar de sus diferentes negocios.
—Es un trabajo duro, querida —dijo Jack, y se inclinó sobre la mesa como si fuera a compartir con ella un jugoso secreto—. Si un hombre se lo propone, puede conseguir mucho, sin importar lo que desee en esta vida.
—No todo —dijo Emmett apretando con su mano el hombro de Rosalie—. Hay cosas que están fuera de todo alcance.
Por un instante Jack miró a Emmett. Luego se rio y levantó su café a modo de brindis.
Naomi Forrester observaba con aire de sorpresa. Emmett estaba actuando de manera posesiva y, aunque no debía ser así, a Rosalie le gustaba.
La conversación finalizó poco después y abandonaron el restaurante enseguida.
Una vez que estuvieron fuera del edificio, ella se volvió hacia Emmett y preguntó:
—¿Lo hemos impresionado? No podría decirlo.
—Hemos dado un paso adelante con Forrester. Por hoy es suficiente —dijo él mientras arrancaba el coche que los llevaría a través del túnel del puerto hasta el barrio en el que él vivía.
Emmett podía sentir la tensión que se acumulaba en sus hombros y se sentía molesto por ello. Lo único que Forrester había hecho era flirtear un poco con Rosalie, y él había deseado entonces descuartizarlo con sus propias manos.
Tendría que aprender a controlar su tendencia a reaccionar exageradamente con respecto a Rosalie. Era totalmente lo contrario a como quería llevar su relación. Fría y sin sentimientos. Ése era el plan.
—Forrester es el tipo de hombre que disfruta viendo a sus socios hacer piruetas en un esfuerzo por convencerlo. No será fácil.
—No me guste que juegue contigo —dijo Rosalie. Parecía indignada y Emmett sonrió. Para lo inteligente y entusiasta que era con respecto a su trabajo, se daba bastante poca cuenta de lo despiadado que podía ser el mundo empresarial.
—Yo también estoy jugando con él —dijo Emmett encogiéndose de hombros—. Así funciona. Antes de volver a la oficina, quiero pasar por mi casa a recoger unas cosas.
—Ah, de acuerdo.
Rosalie no tenía mucho más que decir, pero a él no le importó el silencio. Le permitió reflexionar sobre el éxito de sus planes hasta el momento. Cuatro meses a partir de ese momento, cuatro meses y dos días exactamente, y estarían casados. Cada vez le gustaba más la idea de casarse con Rosalie.
Cuando llegaron a la casa, Rosalie miró a su alrededor con aparente interés.
—¿Desde hace cuánto tiempo tienes una casa aquí? Te había imaginado en un apartamento, a decir verdad.
—Compré este lugar hace seis años —dijo él mientras conducía el coche por el camino hacia una enorme casa de dos pisos. Unas columnas romanas sustentaban el porche, que se extendía por todo lo largo del piso de abajo. En el segundo piso, un balcón rodeaba la casa y giraba hacia la parte de atrás.
Aunque la casa no tenía un diseño moderno, era original y él se sentía a gusto con ella. Estuvo tentado de intentar convencer a Rosalie de que le encantaría vivir allí, pero se contuvo. No tenía que impresionarla.
—Pensé que deberías ver dónde vas a vivir.
—Es muy agradable —dijo ella, y parecía sincera, pero reacia a decir más, y pronto centró su atención en las flores.
—Son preciosas —dijo ella señalando hacia las plantas y los arbustos—. Yo soy jardinera frustrada, dado el apartamento en el que vivo. Pero me encantaría tener un gran jardín si tuviera la oportunidad.
¿Era eso a lo que se refería cuando decía que deberían conocerse mejor? ¿Compartir pequeños e íntimos detalles de sus vidas?
Decidió que podría vivir con esas revelaciones y quizá podría sacar algunas propias a relucir. No le pasaría nada por probar, sobre todo si todo aquello de lo que hablarían serían cosas tan inocuas como la jardinería.
—Podrás ocuparte del jardín cuando estemos casados, si quieres. Vamos a ver el interior.
Emmett recorrió el camino hacia la puerta principal, desconectó la alarma y se echó a un lado para dejarla pasar.
—Comenzaremos arriba y luego bajaremos.
Le enseñó las habitaciones, intercambiando conversaciones despreocupadas con ella mientras hacían la visita. Tras los primeros minutos, Rosalie se relajó y Emmett se dio cuenta de que él también. A Rosalie le gustaba la casa, y no había nada de malo en que él sintiera algo de orgullo al respecto.
Su sensación de tranquilidad lo abandonó en cuanto entraron en el dormitorio principal. Los ojos de Rosalie se volvieron más oscuros y un ligero rubor apareció en sus mejillas antes de apartar la vista para no mirarlo.
A él se le aceleró el pulso, pero simplemente dijo:
—La vista desde aquí es espectacular por las noches —descorrió las cortinas—. Ésa es una de las razones por las que la sala de estar y la cocina están en el piso de arriba y no abajo. ¿Te gustaría verlas?
—Sería genial —dijo ella, y pasó por delante, siendo su rubor aún evidente—. Es curioso ver el puerto desde una perspectiva diferente, aunque también me gusta la vista desde tu oficina.
¿A quién le importaban esas cosas? Emmett quería tomarla allí mismo, en ese momento, y tuvo que apretar las manos con fuerza mientras ella pasaba por delante.
«La tendré en mi cama cuando sea el momento», pensó. «No por una urgencia impulsiva».
Cualquier otra cosa sería como perder el control, y Emmett McCarty nunca actuaba de una manera que no hubiera planeado previamente.
—Podría vivir aquí —continuó diciendo ella mientras Emmett la seguía hasta el balcón—. Se ve cualquier movimiento del puerto con total claridad.
Sus hombros se rozaron y él se permitió disfrutar de su fragancia y de la calidez de su piel.
—El yate de los Forrester debe de estar ahí, en alguna parte.
—Sí, en alguna parte —dijo ella, y cuando Emmett le rozó la cadera con la suya, ella añadió—. Podrías cerrar este balcón. Parcialmente. Nada que oscureciera la vista, pero ganarías algo más de privacidad para poder sentarte aquí. Imagínate meterte en el jacuzzi al final del día —se detuvo con una mirada de horror en la cara.
—Puedo imaginármelo muy bien —dijo él en voz baja. La deseaba, y quería que ella supiera que la deseaba—. Un jacuzzi hecho para dos.
—Uh, y con plantas en las macetas —añadió ella mientras se apartaba—. Podría haber montones de ellas aquí. Árboles ornamentales, y bambú. Incluso podrías cultivar fresas.
—Vamos abajo, al estudio. Quiero sacar algo de la caja fuerte. Luego podremos irnos a la oficina.
Ella lo siguió, aparentemente feliz de ir a cualquier parte que los alejara de la habitación y de las conversaciones sobre jacuzzis.
Emmett abrió la caja fuerte y sacó una caja de dentro. Inexplicablemente su corazón comenzó a latir con fuerza y sintió que le costaba trabajo respirar.
—Elegiremos los anillos juntos, tras darle a tu hermana la noticia —dijo, y le entregó la caja—. Soy demasiado conocido como para esperar a que alguien no se dé cuenta de lo que hacemos y divulgue el secreto. Pero esto valdrá de momento.
—Oh, pero no puedo —dijo ella.
—Insisto —dijo él. La reticencia de Rosalie lo irritó ligeramente. Debía haberse puesto a dar saltos, como cualquier mujer. Su madre había tomado todo lo que su padre le había ofrecido y había pedido incluso más. Joyas, coches nuevos, armarios llenos de ropas exóticas. Tantas que ni siquiera pudo llevarlas todas antes de que pasaran de moda.
Emmett podría permitirse a Rosalie, sin importar lo cara que resultara ser. Podría tener el dinero, pero los sentimientos quedarían fuera de lugar. Y la relación no tendría complicaciones como resultado. Tan simple como eso. Y, si se había dejado llevar una o dos veces durante el día, era sólo por la novedad.
—Ábrela. Dime lo que piensas.
Por un instante pensó que Rosalie agarraría la caja y saldría corriendo. Pero se limitó a abrirla con dedos temblorosos. Dentro había un collar, una gargantilla, un brazalete y unos pendientes. Todo hecho a mano a petición suya por uno de los más reputados joyeros de Sydney.
—Son Montichelli —dijo ella asombrada—. El diseño… las hojas de oro son pequeñas, ¿pero son hojas de plátano?
Él asintió.
—Siempre me han encantado esas hojas, sobre todo en primavera, cuando emergen por primera vez de los árboles, tan frescas y verdes.
—Hiciste un comentario sobre ellas el día que empezaste a trabajar como ayudante mía.
—¿Y te acuerdas?
—No es nada, Rose. Simplemente se me quedó grabado en ese momento.
—Oh, bueno —dijo ella volviendo a mirar las joyas y luego a Emmett—. Pero no puedes hacer esto. No puedo permitírtelo. Son preciosos pero…
—Tonterías, ni peros ni nada —dijo él, y le quitó la caja seleccionando una de las piezas—. Quiero ver cómo te queda esto, Rosalie. Te sentarán bien todos, pero hoy empezaremos con el colgante.
La acercó a él y le colocó la cadena alrededor del cuello. El diamante descansó sobre sus pechos. Ella levantó la mano para tocar la pieza.
—Gracias. Probablemente nunca sabrás lo que me has hecho sentir en este momento. No creo que pueda decírtelo.
Ahí estaba la reacción femenina que había estado esperando. Colgarle cualquier regalo valioso y reaccionaba como cualquier mujer.
—Me alegra que te guste —dijo él quitándole importancia.
—Emmett —dijo ella, colocó una mano detrás de su cabeza y lo besó.
Otra reacción típicamente femenina. Salvo que era algo sumamente gentil, incluso aunque despertara en él un fuego interior que ardía por sus venas. Emmett la acercó más a él, considerando la posibilidad de conseguir esa satisfacción sexual en ese mismo instante.
—Te deseo —dijo él, y dejó que su boca poseyese la de Rosalie, disfrutando con su reacción. Cualquier otra preocupación quedó olvidada mientras el calor del momento lo envolvía. Sus labios eran suaves y su boca caliente y exuberante—. Estamos bien juntos, Rose. Tú también lo notas, ¿verdad?
Ella suspiró y se apartó.
—¿No irás demasiado rápido para mí? —preguntó.
En ese instante lo que él deseaba era un viaje rápido que los llevara directos al dormitorio, y más allá. Pero se trataba de sexo, después de todo. Esperaría hasta su próximo movimiento en el juego.
Apartó la caja de las joyas y tomó a Rosalie por el codo con la otra mano.
—Volvamos al trabajo.
—Buena idea —dijo ella tomando aliento y estirando los hombros—. Volvamos a la oficina.
