Capítulo 4
La tentación se quedó con Rosalie el resto del día. No podía dejar de pensar en las joyas Montichelli. Aunque puede que no hubiera sido su intención, la elección de Emmett sobre el diseño, y las razones que había detrás, la habían conmovido profundamente.
Él quería actuar sin sentimientos, pero sin embargo hacía cosas que parecían planeadas para hacerla reaccionar. Tras haber tocado su corazón de ese modo, Rosalie quería pensar que él sentía lo mismo, pero sabía que no era así.
Y luego estaba el beso. El deseo sexual sólo quedaría satisfecho si se rendía por completo, pero las cosas ya eran suficientemente complicadas. Acostarse con Emmett sería peor. Pero tenía la sensación de que, hacer el amor con él, sería algo memorable.
—Emmett…
—¿Mmm?
—Ah. Perdón —dijo ella mirándolo—. ¿Estaba hablando?
—Me parece que sí.
Él la estaba llevando a casa, probablemente para asegurarse de que las joyas llegaran sanas y salvas. Había dicho que no quería que se arriesgara a tomar el autobús llevando algo de tanto valor consigo.
Ella recibió la escolta de buena gana. Quería ser capaz de devolverle las joyas sanas y salvas más tarde.
Deseaba que no tuviese que ver su modesta casa. Era como una invasión, una exposición de sí misma que no estaba dispuesta a permitir.
—Mi apartamento está en ese edificio de la izquierda —señaló ella—. El que tiene los buzones de ladrillo construidos en la pared.
—Ya veo —dijo él mientras aparcaba—. Vamos.
—He estado… ahorrando para el futuro —dijo ella—. El apartamento no es gran cosa.
Era pequeño, el ascensor no funcionaba la mayoría de las veces. De pronto levantó la barbilla. Oficialmente tenía un trabajo de oficina. Puede que viviera un poco pobremente, pero al menos no tenía aspiraciones por encima de sus posibilidades.
«¿No consideras aceptar casarte con tu jefe millonario como tener pensamientos más allá de la realidad?», pensó.
Apretó los labios. No iba a casarse con él. Simplemente estaba ganando tiempo. En cualquier caso, era culpa de él. No iba a culparse por ello.
—Creo que encontrarás mi piso un poco feo.
—Mi padre no era rico, Rose —dijo él—. Y lo que tuvo, no siempre supo gastarlo sabiamente. Sé lo que son los problemas de liquidez.
Realmente Rosalie no sabía nada de los detalles de la niñez de Emmett, salvo que tenía dos hermanos y que su padre poseía una compañía de construcción de algún tipo en Brisbane. Su madre era psicoterapeuta y monitora de Reiki, y sus padres estaban divorciados.
La vida familiar no siempre era feliz, o necesariamente cómoda, un hecho que Rosalie conocía muy bien.
Emmett había construido su imperio de la nada, y se preguntaba si las carencias de su infancia habrían sido la motivación para alcanzar semejante éxito. Rosalie suspiró, agarró la caja de las joyas con fuerza y entró en el edificio.
El ascensor funcionó para variar. Supuso que debía sentirse agradecida por esas pequeñas muestras de piedad, pero en cuanto entraron y las puertas se cerraron, el aparato dio una sacudida y Rosalie acabó en los brazos de Emmett.
En un momento, la boca de él cubrió la suya. El ascensor comenzó a subir pero su mundo pareció quedarse detenido. Entonces Emmett se apartó y se giró para mirar a la puerta, como si nada hubiera ocurrido, o como si no quisiera que hubiese ocurrido.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó ella—. No sé qué hacer contigo en esta situación.
—No hay por qué preocuparse. Podría enseñarte, si considerara que necesitas instrucciones.
—No necesitaría que me enseñaras —dijo ella, y se mordió la lengua para no seguir hablando. No era el momento de sentirse indignada—. Ya hemos llegado. El mío es el cuarto empezando por el final, número veintidós.
—Dame la llave, Rosalie. Yo abriré por ti.
Daba una sensación de intimidad entrar juntos al apartamento. Como si fueran una pareja casada. Había una parte de ella que deseaba esa sensación de pertenencia, de tener una unión con alguien especial.
Dentro del piso, él miró a su alrededor con interés. Parecía que el episodio del ascensor había sido rápidamente olvidado, al menos por parte de Emmett.
—Me gusta. Tiene cierto encanto.
—He tratado de hacer que parezca un hogar —dijo ella mientras ahuecaba uno de los cojines del sofá del cuarto de estar—. Cada mueble es diferente. Algunas cosas especiales de la casa eran de mis padres, que guardé después de que murieran. El resto lo he conseguido en las rebajas, sobre todo, o lo he comprado de segunda mano y lo he restaurado yo.
—Has hecho un buen trabajo —dijo él, e hizo una pausa—. Un café estaría bien.
—No lo comprendo —dijo ella mientras quitaba una pila de revistas de jardinería de la mesita y dejaba la caja de las joyas—. ¿Por qué estás…?
—¿Impresionado? —preguntó él, y miró a su alrededor—. Enséñame dónde duermes, Rose. Quiero verlo.
—No es difícil de encontrar. Es la única habitación que queda, aparte del baño.
Él se echó a un lado para dejarla abrir la puerta y luego la siguió. El silencio reinó mientras observaba la habitación. Pareció durar horas, y Rosalie seguía sin comprender la expresión de su cara. Lo único que sabía era que sentía una urgencia feroz en su alma.
Sus miradas se encontraron y las emociones de Rosalie se intensificaron. De pronto sentía que tenía que salir de aquel espacio tan reducido.
—El café —dijo ella—. Debería ir a prepararlo.
—En un minuto —dijo él, y pasó los dedos por las sábanas de color granate y oro—. Te gustan los colores brillantes.
—A veces —no en la oficina. Allí prefería mantener la eficiencia y el control. Y esas cualidades parecían resaltarse con tonos pálidos. En casa, los colores brillantes alegraban el ambiente y daban profundidad.
—Le has dado vida a este lugar —dijo él señalando sus alrededores—. Lo has hecho tuyo.
—¿No es eso lo que hay que hacer con una casa aunque sea humilde?
—Te quiero en mi casa como aquí. De hecho creo que un decorador sería una buena idea —dijo, se dio la vuelta y abandonó la habitación—. ¿Me das ese café?
—Oh, claro. Pero tiene que ser instantáneo —dijo ella mientras se dirigía a la cocina—. No preparo el de verdad.
Él se bebió el café de pie en menos de dos minutos y en silencio. La atmósfera se llenó con aquello que había elegido no decir.
Finalmente dejó la taza y dijo:
—Hora de irme.
Ella caminó con él hasta la puerta y se detuvo allí.
—Buenas noches, Emmett.
Algo en su corazón seguía doliéndole, pero se dijo a sí misma que no sería más que indigestión. Al fin y al cabo, y dadas las circunstancias, no sería tan tonta como para desarrollar sentimientos reales hacia él.
Sin embargo no le hubiera importado colocar la cabeza sobre su hombro y olvidarse de todo. ¿Era demasiado pedir? Sabía la respuesta, claro.
—No deberías haberme dado las joyas, pero las llevaré siempre que quieras.
—Buenas noches, Rosalie —dijo él, la besó y salió al pasillo. Entonces se detuvo y chasqueó los dedos—. Otra cosa más. Espero que tengas el fin de semana libre.
—¿Por qué?
—Porque lo pasaremos en la isla Esme.
—¿Esme? —se sintió como una idiota repitiendo el nombre, pero su cerebro se negaba a funcionar—. Ahí es donde vas a ir con los Forrester y sus otros invitados.
El viaje supondría otro paso adelante en su esfuerzo por ganarse a Forrester. Rosalie se sentía feliz por Emmett, pero el viaje a una de las pequeñas islas de la costa de Queensland no tenía nada que ver con ella.
En otras circunstancias habría sido un fin de semana maravilloso lleno de recuerdos románticos. Pero dado que a Emmett no le iba el romance, Rosalie deseaba que dejase de meterle esas ideas tan tentadoras en la cabeza.
—Exacto —dijo él, y volvió a besarla con ferocidad—. Tú también vienes. Asegúrate de meter en la maleta ropa de ocio y no sólo de trabajo. Estoy seguro de que habrá tiempo para ambas cosas, y planeo sacar el máximo partido a ese tiempo.
De ningún modo debía aceptar un fin de semana con Emmett. No si no quería acabar en sus brazos y en su cama. Y no si quería detener esa marea de sentimientos que parecía despertar en el fondo de su corazón.
Ella no había pedido nada de eso, y ahora que estaba ocurriendo, sus sentimientos se habían convertido en su enemigo.
—No me necesitas allí para algo así. Estoy segura de que los Forrester y los demás no querrán una intrusa.
—No eres una intrusa. Creen que eres mi novia y vas a venir conmigo. A no ser que tengas algún problema en que pasemos el tiempo conociéndonos mejor. Dijiste que necesitabas eso.
—Sí. Tiempo es exactamente lo que necesito.
Lo que realmente necesitaba era salir de aquello sin profundizar más a ningún nivel. Y no podría escapar hasta que no hubiese terminado de pagar al chantajista. Tres meses más y encima tendría que cancelar la boda.
—No me importa la idea de irme. Supongo que simplemente es que yo…
—Bien. Entonces ya está arreglado. Terminaremos de trabajar un poco antes mañana por la tarde, pasaremos por aquí a recoger tus cosas y saldremos hacia el aeropuerto —concluyó, y se alejó.
«…no pienso acostarme contigo bajo ninguna circunstancia», finalizó la frase en silencio.
—Cierra con llave, Rose —dijo él a lo lejos.
—¿Perdón? Ah, iba a hacerlo.
Rosalie cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y echó el pestillo. No estaba segura de con quién estaba furiosa. Pero, fuera cual fuera la causa, esa reacción tenía que ser mejor que la desesperación.
—No me iré con él, y eso es todo —dijo mientras se lanzaba sobre el sofá, disfrutando del tiempo a solas para pensar—. Diré que he pillado la gripe o algo así y me pasaré el fin de semana en la cama poniéndome al día con la lectura. Eso le enseñará.
El viernes amaneció brillante y agradable, lo cual no cuadraba con la perspectiva de Rosalie en absoluto. A pesar de sus esfuerzos por pensar en la situación, se había ido a la cama sin saber cómo iba a enfrentarse a los próximos tres meses.
Tras apagar el despertador, vaciló un instante y finalmente llamó para decir que estaba enferma. Emmett la pilló al instante y le dijo que se diera prisa en llegar al trabajo. Tenían mucho que hacer antes de partir.
Parecía feliz. Más feliz de lo que nunca lo había escuchado. ¿Acaso era porque ella había aceptado casarse? Y, si era así, ¿cómo se lo tomaría cuando ella se echase atrás en el último momento?
No quería herirlo. Claro que no creía que alguien pudiera herirlo. ¿Pero y si se equivocaba?
«No estás equivocada», se dijo a sí misma. «Él no se deja llevar por las emociones y tú te estás dejando llevar por la imaginación. Ahora deja de preocuparte antes de que se te vaya la cabeza».
Se encontraban en el avión de camino a la isla Esme tras el día de trabajo y Rosalie no estaba segura de nada. No estaba segura de ella, de sus sentimientos, de cómo enfrentarse al próximo minuto, al próximo día ni a los próximos tres meses.
—¿Estás bien? —le preguntó Emmett—. Espero que no te dé miedo volar.
—Rara vez me asusto.
Su afirmación, sin embargo, estaba llena de ironía, dado que había intentado fingir que estaba enferma para librarse del viaje. Él había dicho unas cuantas palabras cuando había llegado al trabajo, señalando que no iba a aprovecharse de ella a la primera oportunidad.
Una de cal y una de arena. Primera iba detrás de ella con fuego en la mirada y luego le decía que no podía importarle menos. Desde luego él no parecía estresado. Parecía el epítome de la relajación, vestido con sus vaqueros y su camisa.
—Estoy bien. Los aviones pequeños no me asustan.
Señaló el brazalete de diamantes que llevaba en la muñeca y se preguntó lo que pensaría Emmett si le dijera que había dormido con la caja de las joyas bajo el colchón.
—¿Están aseguradas las joyas? —pregunto ella de pronto.
—Sí, Rose. Están aseguradas —dijo él con cierta ironía.
Su tono no hizo más que aumentar su enfado. Cuando habló, Rosalie no trató de ocultarlo.
—Aun así, prefiero guardarlo todo en la caja fuerte de la oficina, o en la que tienes en tu casa.
—Si hicieras eso, casi nunca las llevarías puestas. Eso no tendría sentido. Ahí abajo está la isla. Aterrizaremos pronto.
—Ya veo —dijo ella mirando por la ventanilla.
Una isla paradisíaca, su jefe. Y un fin de semana entero por delante que amenazaba con ser un desastre.
«No se trata de una escapada romántica».
Llevaba todo el día repitiéndose eso, pero una parte de ella no quería creerlo. Una parte que veía a Emmett y veía en él el potencial para tantos deseos.
—Podría sumergirme en el océano ahora mismo.
«Tirarme al mar en el embarcadero más cercano y probar suerte con los tiburones. Dudo que sean más amenazadores que los pensamientos que se acumulan en mi mente en este instante».
Pensamientos en los que besaba a su jefe, en los que lo abrazaba. Y eso era lo menos importante. Puede que él hubiera dicho que no pensaba seducirla ese fin de semana, ¿pero lo diría en serio?
—Pasaremos algún tiempo en el agua este fin de semana —dijo él con una sonrisa de anticipación—. Me encanta nadar, y no pienso perder a oportunidad de disfrutar viendo a mi futura mujer en traje de baño.
—Supongo que yo también debería echarte un vistazo a ti —contestó ella, molesta y, sí, es cierto, un poco excitada ante el interés que despertaba su cuerpo. Estaba furiosa consigo misma por sentirse así—. Espero que lleves bañador ajustado. Y no esas, bermudas anchas que lo tapan todo.
Por un momento la expresión de Nicholas se heló, pero luego echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Touché, Rosalie. Touché.
El avión tocó tierra y, poco después, ya estaban en un bungalow de cristal y madera que tenía el mar prácticamente en los cimientos.
El lugar parecía romántico, claro. De hecho toda la isla parecía un paraíso.
Rosalie trató de imaginarse a sí misma fuera del bungalow, sentada en un escritorio con su ropa de trabajo, con su libreta sobre las rodillas.
—¿Este bungalow es para mí o para ti? —preguntó tratando de parecer calmada—. Parece muy agradable. Pensé que tendríamos habitaciones en el hotel, pero uno de estos no está mal tampoco. No es que me hubiera importado el hotel.
No hacía más que balbucear, así que decidió cerrar la boca.
Emmett sonrió y dijo:
—Es para los dos. Vamos a deshacer las maletas. Tendremos tiempo de sobra para eso y para tomarnos algo antes de dirigirnos al hotel para pasar una velada con los Forrester y los demás.
—Creí que había dejado claro que no me acostaría contigo este fin de semana —dijo ella, y al ver que él no decía nada, añadió—. De hecho tengo convicciones muy fuertes con respecto al matrimonio. Una novia debería esperar al marido hasta la noche de bodas.
Debía de haber algunas mujeres que siguieran pensando así.
—¿Eres virgen, Rosalie? Si es así, no hay nada de qué asustarse, ya sabes. El sexo es para disfrutarlo. Entre nosotros sé que será muy agradable.
—Ya lo sé —dijo ella sintiendo calor por todo su cuerpo—. Quiero decir que ya sé que no tengo por qué asustarme del sexo. Ya lo he hecho.
No es que esa otra vez hubiera sido especialmente agradable, pero ésa no era la cuestión.
—Estoy hablando de cuáles son mis sentimientos ahora —dijo ella—. Y ahora quiero esperar hasta el matrimonio.
—Cuando sea el momento apropiado para que hagamos el amor, lo haremos —dijo él quitándole la maleta mientras sujetaba la suya con la otra mano y entraba en el bungalow—. Dudo que quieras esperar hasta la noche de bodas. Hay demasiado entre nosotros como para eso. Pero supongo que el tiempo lo dirá.
—No puedes meterme en tu cama a la fuerza. No se trata de un hombre de Neandertal que agarra a la mujer por el pelo. Soy una mujer moderna y conozco mis derechos. Además sé kárate. No creas que no pueda emplear todo lo que sé. No cooperaré, ni aunque me tires a la fuerza y me…
—¿Por qué no escoges una habitación? —preguntó él mientras dejaba las maletas en el suelo y se dirigía hacia la sala de estar para encender el aire acondicionado—. Deshaz tu maleta, luego tomaremos esa copa que te he prometido y nos prepararemos para ir al hotel.
—¿Elegir una habitación? —preguntó ella sintiéndose avergonzada—. Bien. Eh… lo haré. Iré a… a elegir una habitación.
¿Sería posible morirse literalmente de vergüenza? Rosalie estaba cerca de averiguarlo.
