Capítulo 5

—¿Una copa? —preguntó Emmett desde el mueble bar mientras Rosalie salía de la habitación. Ignorando su inquietud, la cual había estado acompañándola durante toda la velada, desde que le había dicho que no se acostaría con él ese fin de semana en la Isla Esme, Emmett le dijo lo que había.

—Después de todas esas charlas aburridas esta noche, creo que nos lo merecemos.

—Puede que éste sea el mismo viernes que comenzamos esta mañana en Sydney, pero una isla lejos de la costa es un escenario muy diferente para el edificio McCarty. Esta velada no se ha parecido en absoluto al trabajo —dijo ella—. O quizá hayan sido los canapés y los cócteles la razón de todo. ¿Crees que has impresionado a los Forrester? Juro que estoy comenzando a odiar a ese hombre, y el modo en que juega con la gente.

—Es su naturaleza —dijo Emmett encogiéndose de hombros, aunque a él tampoco le gustaba. Observó los ojos brillantes de Rosalie, que había bebido el suficiente vino como para estar sonrojada y dar la impresión de que sólo veía estrellas.

Era espectacular. El deseo recorrió su cuerpo de golpe.

—Le daré este fin de semana de diversión, pero para cuando acabe, sabrá que voy en serio y que no estaré por siempre esperando una respuesta suya. Siempre hay más peces en el mar.

—De hecho no estoy segura de necesitar otra copa. Pero gracias por la oferta.

Él cerró el frigorífico y trató de no pensar en la falda que llevaba puesta, ni en las esbeltas piernas que había debajo. Pero era humano después de todo, a pesar de su declaración de que no forzaría las cosas con ella. Esos instintos posesivos habían estado haciéndole la vida imposible otra vez, sobre todo en lo referente al flirteo con Jack Forrester.

—¿Y qué me dices de un café?

—No —dijo ella cruzándose de brazos—. Probablemente debería irme a… debería irme a dormir. Me avergüenza el modo en que me he comportado antes. Te debo una disculpa por sacar tales conclusiones como lo he hecho. Lo siento. Me siento como una estúpida ahora mismo.

—Estabas tensa.

Aún lo estaba. Estaba más tensa que las cuerdas de un violín. Él había podido imaginar eso a lo largo de la velada, pero en ese momento ya no le quedaba ninguna duda.

—No pretendo ponerte las cosas difíciles, Rosalie, ni forzarte a hacer cosas para las que no estás preparada. Si eres capaz de creer eso, creo que las cosas te resultarán más fáciles.

—Debes de pensar que soy una cobarde, pero no lo soy —dijo ella mientras se agachaba para quitarse los zapatos—. Hay una razón para todas y cada una de las decisiones que tomo, aunque a veces no lo parezca.

Emmett debía mantener la distancia, pero no podía resistirse. Era casi como si algo en su interior lo arrastrara y lo obligara a actuar contrariamente a sus decisiones. Estiró los brazos y la agarró de los hombros.

—No tienes que justificar tus decisiones ante mí, Rose.

Si ella supiera sus pensamientos, puede que no se sintiera tan inclinada a hacer eso. Él quería hacer el amor con ella y mandar a paseo todos sus principios. Incluso se preguntaba si sus propios principios estarían en juego. Nunca se había sentido así antes.

—Eres bajita sin tus zapatos.

—No lo soy —dijo ella tomando aliento—. He de decirte que mido ciento setenta centímetros. Creo que eso son cinco pies con ocho, por si acaso eres demasiado viejo como para sentirte a gusto con el sistema métrico.

—Veo que la gata tiene uñas —dijo él riéndose.

—Entonces quítate los zapatos —dijo ella—. Vamos a ver lo alto que crees que eres estando en igualdad de condiciones.

—Creo que seguiré teniendo ventaja —dijo él señalando los zapatos tirados en el suelo tras ellos—. Los tacones de esas cosas deben de medir por lo menos quince centímetros.

—¡Ja! —dijo ella cruzándose de brazos.

Emmett deseó que no hubiera hecho eso. Su camisa negra ya era suficientemente ajustada sin ayuda de la presión que ejercían los brazos. Ni siquiera quería que ningún otro hombre la mirase cuando se ponía así.

—Me quitaré los zapatos para dar un paseo por la playa —dijo él—. ¿Qué dices?

—¿Sabes lo raro que me resulta ir a la playa? Cualquier playa, por no hablar de una paradisíaca como ésta.

Él se quitó los zapatos y se agachó para quitarse los calcetines.

—Entonces deberías disfrutarlo mientras puedas.

—Me has convencido —dijo ella con una sonrisa casi relajada—. Demos ese paseo.

La arena parecía blanca a la luz de la luna, y estaba fría bajo sus pies. Con el murmullo de las olas a su izquierda y la selva tropical a la derecha, estaban completamente apartados.

Emmett pensó que era un escenario bastante romántico. El tipo de lugar para compartir algo especial.

—No parece haber nadie más por aquí —dijo Rosalie—. Pensé que habría algunas personas disfrutando de esto.

—La mayoría seguirán en el hotel, disfrutando del entretenimiento.

Se quedaron en silencio y anduvieron. Rosalie parecía contenta de poder respirar el aire marítimo. Cada vez que llegaba una ola un poco más fuerte, ella corría hacia el interior de la playa. De vez en cuando se cruzaban con otra pareja, pero la mayor parte de la playa estaba desierta.

A Emmett le alegraba que Rosalie estuviera contenta. Al fin y al cabo no había nada de malo en querer que fuera feliz.

— ¿Qué pasa? —preguntó él observando su expresión a la luz de la luna. Rosalie tenía el pelo suelto, que acariciaba su cara. En la oscuridad sus ojos eran como dos pozos profundos y misteriosos.

—Pensarás que es una tontería. Me preguntaba cómo de pronto tendría que levantarse una persona para encontrar las mejores conchas marinas antes que nadie —dijo ella con una sonrisa—. Una niñería, ¿verdad?

—Debe de ser la luz de la luna.

—¿Mmm?

Aquella respuesta ensoñadora le hizo desear acercarla más a él para poder sentir su calor contra su pecho mientras andaban.

—Hay un lugar al otro lado de la isla que es bueno para las conchas. No hay muchas por aquí.

—¿Has estado aquí antes? No me había dado cuenta.

—Vine hace unos años con mis padres y mis hermanos.

Tratamos de conseguir un fin de semana para irnos juntos un par de veces al año.

—Te envidio esas relaciones.

Estuvo tentado de abrir la boca y decirle que ella podría compartir todo eso, pero entonces recordó que se había dicho a sí mismo que se mantendría alejado. Así que simplemente le acarició un mechón de pelo que le caía por la cara.

No debería haberla tocado, porque entonces quiso hacerlo de nuevo y con más intensidad.

—Deberíamos volver. Se estará haciendo tarde.

—Es hora de dormir un poco —convino ella de inmediato, pero sus ojos no dejaban de moverse sobre su cara, mientras que el pulso era visible en su garganta.

Emmett tuvo la imperiosa necesidad de besarla en el cuello, pero simplemente le tomó la mano y comenzó a desandar lo andado. Cuando llegaron al bungalow, la soltó y la dejó pasar.

—Puedes usar el baño primero. Buenas noches.

—Buenas noches, Emmett —dijo ella, y si estiró para darle un beso—. Has sido muy comprensivo. No importa lo que pase, no olvidaré eso.

Las palabras fueron casi vehementes. Rosalie buscó su cara con la mirada y él supo por su expresión que quería besarlo de nuevo. Entonces olvidó la sensación de confusión. Olvidó lo mucho que deseaba aquello.

—Hazlo —dijo él, y ella cerró los ojos y se acercó más. Pero fue él quien tomó sus labios de la manera que se había dicho a sí mismo que no lo haría.

Rosalie le provocaba hacer ese tipo de cosas, y saber eso le hacía sentir incómodo. Era peligroso darle cualquier control sobre él.

No era amor. Claro que no. Pero Rosalie le hacía sentir como Emmett no había anticipado. Debía tomar eso como una advertencia para andarse con cuidado. Y sin embargo no quería parar. No en ese momento, al menos.

La rodeó con los brazos y dijo:

—Bésame otra vez.

—Lo haré —contestó ella, y volvió a besarlo rodeando su cuello con los brazos.

—Abre la boca y déjame entrar.

—Lord Emmett.

Ella abrió la boca y sus lenguas se juntaron, explorándose la una a la otra. La sangre ardía por sus venas. La apretó más fuerte entre sus brazos. La presión era buena, pero aún quería más.

Quería tocarla más, abrazarla y algo más. Algo que podría calmar el calor que sentía.

Ella deslizó las manos por sus hombros y luego hasta su pecho. Él gimió y tensó los músculos como respuesta, recorriendo con sus manos su columna, sus caderas, sus brazos y sus hombros. Hasta finalmente copar sus nalgas y presionarla contra su cuerpo.

En cualquier momento la levantaría y la llevaría a su cama. Estar juntos en todos los aspectos físicos posibles parecía ser lo único que importaba.

Pero si hacía eso, estaría totalmente fuera de control.

Ese pensamiento recayó en él como un jarro de agua fría, y el efecto fue dramático. Se apartó de ella casi con brusquedad.

—Piensa en nosotros mientras estés tumbada esta noche —dijo él dándose la vuelta—. Pregúntate por qué estás dispuesta a descartar el sexo entre nosotros cuando es evidente que lo deseas. Sexo y compañerismo, Rosalie. Hacía ahí nos dirigimos. ¿Por qué esperar?

Rosalie emitió un leve gemido de protesta mientras él se alejaba y cerraba la puerta de su habitación, pero fue su propia inquietud la que se fue con él. ¿Qué tenía esa mujer para hacerlo sentir tan desesperado? Ahora que estaba apartado de ella y era capaz de aclarar su cabeza, decidió que esa reacción hacia ella era intolerable, inaceptable, y que no era parte de sus planes.

Otras reacciones eran más predecibles, pero ellas también demandaban su atención. Echó un vistazo a la cama y luego sacó unos papeles del maletín, dejándose caer después en una silla de la habitación.

Si iba a conseguir conciliar el sueño, sospechaba que no sería pronto.