Capítulo 6

La audiencia con Jack Forrester, porque audiencia era como Rosalie entendía el acuerdo de Forrester a tener una reunión con Emmett el sábado por la mañana, fue tan frustrante como sus interacciones previas.

Cuando salieron de la habitación, Rosalie estaba que echaba humo. La furia corría por sus venas y le soltaba la lengua. Ese hombre había sido positivamente maleducado con Emmett. Era totalmente intolerable.

—¿No estás molesto? Parecía que la mayor parte del tiempo ni te escuchaba. ¿Dónde se cree que va tratando así a la cabeza de McCarty's? Eres brillante. Has hecho una gran presentación y McCarty's es lo mejor que conseguirá. ¿Cuál es su problema? Me alegra que le hayas hecho saber que no esperarás por siempre una respuesta.

Tras su discurso, Rosalie cerró la boca para su sorpresa. Había visto a Emmett batirse con otros oponentes cientos de veces, pero era la primera vez en que ella había deseado aplastar la cabeza del oponente como resultado.

Genial. Ya podía añadir «síndrome de mamá oso» a sus problemas.

—No te preocupes —dijo él—. La reunión ha tenido un propósito. Ahora esperaremos a ver lo que ocurre a continuación. Y yo, por mi parte, planeo disfrutar del resto del fin de semana aquí —añadió mientras metía los últimos papeles en el maletín y caminaba por el pasillo—. Excepto por la cena de esta noche y un partido de golf mañana, estoy libre para hacer lo que quiera a partir de ahora. ¿Cómo quieres pasar la tarde, Rosalie?

—Ah… ¿la tarde entera? —preguntó ella. El modo perfecto de pasar el tiempo apareció en sus pensamientos y le calentó la sangre. Por desgracia era en lo único que podía pensar desde ese beso explosivo.

Puede que hacer el amor pareciese la idea perfecta, pero en realidad no sería más que un desastre. Hacer el amor. Entregarle a Emmett su corazón en bandeja. ¿Cuál era la diferencia? Ninguna.

—No sé. Supongo que me gustaría explorar más la isla.

En seguida Emmett se lo hizo saber al personal del hotel y luego se volvió hacia ella.

—Vayamos al bungalow a cambiarnos. Nos traerán un Jeep.

Emmett resultó ser un guía muy capaz, y la desarmó al demostrar que recordaba su interés por las conchas. Lo estaba haciendo de nuevo. Estaba siendo agradable.

Examinaron cientos de conchas en una porción de playa apartada en el otro lado de la isla, con el sol tropical acariciándolos con su calor.

De hecho fue divertido. Lo suficiente como para que Rosalie se olvidara de todo un rato y consiguiera relajarse.

Descubrió que era divertido relajarse con Emmett. Hacía cosas graciosas que la hacían reír. La llevaba por la arena como si ella fuera una niña pequeña con la tarde libre. Ella decidió que iba a disfrutar del momento, que disfrutaría de la diversión y ya se preocuparía del resto de su vida más tarde.

—Son maravillosas —dijo ella mientras aclaraba otra concha en la orilla para luego guardarla en una bolsa de plástico con las demás—. Será mejor que pare ya. De otro modo me hundiré en la arena con todas las que llevo.

—Entonces es hora de nadar —dijo él despreocupadamente, pero su mirada la estaba desafiando y volvió a despertar sus deseos sexuales—. Espero que lleves el bañador bajo la ropa.

—Ah, claro —dijo ella, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón con una mezcla de excitación y pánico. Pero eso último no tenía que ver con su jefe ni con sus hormonas—. Pero en realidad yo no nado en el mar. Sólo chapoteo.

—¿Excusas, Rosalie? —dijo él mientras se quitaba la camisa y los pantalones—. Venga. Hace un día demasiado bueno como para perder el tiempo. Prometo no hacerte muchas aguadillas.

—No nado en el mar. No es broma, ni pretendo tener una pelea. Es un hecho. Me uniré a ti y me meteré sólo hasta la altura de los muslos.

Fue todo lo que pudo hacer para no rogarle que se quedara con ella en la orilla. Se dio cuenta de que su recién descubierto instinto maternal volvía a la carga, y como resultado, quería a Emmett donde pudiera observarlo.

Pero eso no iba a ser una opción. Lo sabía y trató de mantener una fachada de calma. Emmett se iría a nadar y ella podría quedarse en la orilla.

Se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo tiró sobre la ropa de él en la arena. Sólo entonces miró en su dirección, y se quedó con la boca abierta al ver la belleza de su cuerpo.

Sus hombros eran anchos y musculados, su pecho firme, con una línea de pelo negro que se estrechaba camino de su cintura. El bañador que llevaba no colaboraba mucho en ocultar toda su masculinidad. Rápidamente Rosalie bajó la mirada hacia sus piernas fuertes y luego lo miró a los ojos para descubrir que él también la estaba mirando.

—Eres perfecta —dijo Emmett—. Creo que ese traje es incluso más provocativo que un bikini.

El bañador de una pieza que ella llevaba era rojo, y le copaba los pechos firmemente. Ella lo había considerado perfectamente apropiado, hasta que la mirada caliente de Emmett se había posado en ella, desnudándola con los ojos. Su corazón comenzó a palpitar más fuerte y tuvo que darse la vuelta. Quizá un baño no sería tan mala idea.

—El último en meterse bla, bla, bla —dijo él.

Ella no se aventuró muy adentro, mientras que Emmett salió corriendo hacia lo profundo, saltando las olas con seguridad.

Al principio ella apretó los puños, preocupada como estaba, con la necesidad de llamarlo de vuelta, pero finalmente se convenció a sí misma de que a él se le daba bien vencer las olas. Estaría bien. Era un día calmado y sabía lo que hacía. No corría ningún peligro.

—Ven conmigo, Rosalie. Cuidaré de ti —dijo Emmett, que se había colocado a su lado.

Al oír su voz, Rosalie dio un respingo y sacudió la cabeza.

—Estoy bien aquí.

—¿Bien o asustada? —dijo él apartándose el pelo de la frente para luego agarrarle la mano—. Te sujetaré todo el tiempo, pero tienes que enfrentarte a esto. No puedes vivir en una ciudad portuaria y tenerle miedo al agua. Es una locura.

Parecía tan seguro de sí mismo que casi lo creyó. Casi, pero no.

—No me da miedo —comenzó a decir ella, pero se calló cuando él la acercó a su cuerpo, tanto que los dos se unieron de cintura para arriba. Sus piernas se entrelazaron en un baile sensual y él la llevó más adentro.

Antes de que pudiera darse cuenta, ya estaban donde no hacían pie. Rosalie no podía creerse que estuviera dejando que eso ocurriera.

—La corriente no es fuerte aquí —dijo él con suavidad, sin dejar de mirarla—. Siéntela. Lo único que tienes que hacer es moverte con ella, móntala —añadió, le agarró los brazos y los colocó alrededor de su cuello—. Al igual que yo deseo que me montes a mí.

Ella había colocado instintivamente las piernas alrededor de su cintura, en una reacción de pánico que de pronto resultaba totalmente erótica.

Se acercó más a él, enfrentándose al peligro del océano y al de Emmett.

Una ola los levantó y los dos se juntaron más mientras la boca de Emmett cubría la suya. Le colocó las manos en la espalda hasta que sus pechos estuvieron pegados, sus pezones erectos presionando contra el traje de baño.

Rosalie se olvidó del mar. Se olvidó de tratar de mantener la distancia con Emmett. Se olvidó de sus problemas, de sus preocupaciones, de todo excepto de sentirlo a él, de sentir su lengua caliente en su boca.

Estaban moviéndose hacia aguas menos profundas. Ella casi no lo notó hasta que se dio cuenta de que él había parado y estaba de pie sobre la arena del mar. El agua los golpeaba a la altura del pecho mientras él continuaba excitándola con su boca, sus manos y su cuerpo.

Emmett gimió y ella se apretó a su cuerpo, necesitándolo por completo. Poco después él le bajó las tiras del bañador hasta dejar sus pechos expuestos a su mirada y a sus manos.

—Mírate. Tan guapa, tan exquisita. Deja que te toque, Rose.

—Sí —dijo ella con un gemido. Le apretó la espalda con las uñas mientras él levantaba las manos para tocarla. El roce de sus dedos la sumió en una espiral de sensaciones que fue directa a su corazón.

Quería tocarlo también, ser capaz de abrazarlo y no soltarlo nunca. Lentamente aflojó las piernas de su cintura hasta estar los dos de pie, hasta que su mano pudo acariciar su pecho, su cintura y la erección bajo su bañador.

—Rosalie, te deseo tanto.

Rosalie también lo deseaba, tan desesperadamente que un dolor intenso consumía todo su cuerpo. Aquello no era como aquella primera vez, que la había dejado preguntándose por qué tanto alboroto con el sexo.

Al pensar en ello, abrió más los ojos y lo miró a la cara, para luego mirar por encima de su hombro hacia la playa desierta. Estaban en medio del agua, donde cualquier persona que pasara podría verlos.

No quería gente mirando. No quería eso en absoluto. O al menos no podía permitirse a sí misma tenerlo, aunque lo deseara. Su cuerpo comenzó a temblar con una reacción totalmente diferente y le colocó las manos en los hombros a Emmett, poniendo distancia entre ellos.

—Así no.

Fue lo único que pudo decir con los dientes castañeteándole de esa manera.

—No, así no. Ahora no. Vete a chapotear en la orilla —dijo él—. Yo volveré en un minuto.

Tras nadar un rato y después de que Rosalie hubiera hecho todo lo posible por calmarse, comieron. Un picnic en la playa. Otro toque romántico que él negaría vehementemente si ella intentaba agradecérselo en esos términos.

Ella no tenía ni idea de lo que se llevó a la boca ni lo que dijo. Sólo sabía que no podía mirarlo a los ojos. La tensión era evidente entre ellos, como algo que intentara consumirlos con sus manos avariciosas y su pasión.

El sol la acariciaba secándole la piel, pero no podía calentar el frío que sentía por haber hecho que Emmett parase, por haber dejado un hueco en su interior que gritaba por él.

—No hemos hablado de los detalles reales para la boda —dijo él de pronto—. Sé que hay muchas cosas de las que ocuparse. ¿Cómo quieres proceder en ese asunto? ¿Quieres contratar a un organizador de bodas? ¿O quieres que lo organicemos juntos, tú y yo?

Rosalie lo miró a los ojos. Era fácil olvidarse de lo que había comenzado todo aquello. Pero no podía permitirse olvidar. Ni por un momento. ¿Planes de boda? No, no, no. Una ceremonia discreta, pequeña, que fuera fácil de cancelar.

—Los planes de boda, claro —dijo ella tratando de recomponerse para al menos sonar medio coherente—. Dado que lo vamos a hacer de forma íntima, quiero que me lo dejes todo a mí.

Era la única manera de poder mantener el control sobre sus planes, o la única manera de no hacer ningún plan.

—Estoy segura de que te sorprenderá el resultado —añadió.

—¿Entonces quieres sorprenderme por completo? ¿Yo no participaré en absoluto?

Él quería implicarse. Rosalie estaba segura de ello. Ese hombre presumía de estar hecho de hierro pero no * era cierto. Sí que tenía sentimientos, como todo el mundo. Pero se negaba a mostrarlos. ¿Es que no tenía idea de lo buena que sería su vida si aceptara sus emociones en vez de encerrarlas todo el tiempo en una caja?

«Claro, Rosalie», pensó ella. «Y tú vas a ser la que le haga describir esas emociones, para que se sienta más herido cuando todo esto termine».

Pero ella no había pretendido eso en absoluto. Sólo se había dejado llevar por sus pensamientos un momento, pero nada más. Por su deseo idiota de que pudieran acercarse más el uno al otro. Era algo que le ocurría cada vez con más frecuencia.

«Céntrate en la conversación».

La boda. Sí. Claro que se sorprendería.

—Oh, sí. Quiero sorprenderte —dijo ella.

—Si eso te complace —dijo él, aún con cara de decepción—. Haré que hagan una trasferencia a tu cuenta y así podrás ocuparte de todo, ¿de acuerdo?

—Ya te dije cuando visitaste mi apartamento que he estado viviendo sin grandes lujos, así que tengo algo de dinero ahorrado. No necesitas darme nada. Al menos de momento.

«Porque no pienso invertirlo en la boda. Porque no habrá boda».

—¿No será mejor que yo te lo diga si necesito efectivo? —sugirió ella.

—Mientras lo hagas —dijo él—, lo que te haga feliz a ti, me hace feliz a mí. Espero que recuerdes eso.

El día pareció oscurecerse a partir de ese punto. El sol seguía brillando, el mar seguía igual de azul, pero una sombra apareció en el corazón de Rosalie y se quedó ahí.

Para disimular su inquietud, trató más que nunca de parecer feliz y jovial, y sugirió hacer y ver todas las cosas que había visto en el folleto que había en el bungalow.

Emmett hizo todo lo posible por cumplir sus deseos, como haría un devoto esposo. Como si esa idea la ayudara en algo.

El resto de la tarde pasó como un torbellino, hasta que se fueron a cenar, donde al menos Rosalie pudo compartir su compañía con otros.

—Bailas igual de bien que haces todo lo demás —le dijo Emmett al oído.

Ella deseaba a su jefe. Físicamente. Pero quería más. Quería un lugar en su corazón. Era una tonta por pensar eso.

Estar en brazos de Emmett la hacía sentir como una tonta. Se estremeció y se dijo a sí misma que no podría dejarse llevar. Pero era demasiado tarde. Ya se había dejado llevar y se sentía culpable por estar mintiéndolo.

—Si yo bailo bien, tú también —dijo finalmente mirándolo a los ojos. Y lo lamentó al ver el fuego en su mirada. Sólo habían pasado los aperitivos; estaban aún esperando el plato principal. ¿Cómo iba a sobrevivir hasta el postre? Incluso aunque él sólo deseara su cuerpo, ella no sabía si podría resistirse—. Pero quizá debiéramos unirnos a los demás.

—Dudo que nos echen de menos. La mitad está aquí bailando, y la otra mitad parece haber emigrado al bar.

—Ah —dijo, y se quedó callada, deseando que la canción acabase pronto, antes de que se rindiera y colocara la cabeza sobre su pecho, donde más quería que estuviese.

Después de eso, no le pareció mala idea tomar fuerzas para el resto de la velada. Se sirvió algo de ponche de frutas y pensó que el efecto posterior sería más que apropiado para reforzar su coraje.

—Me da que has bebido un par de copas de más.

La observación de Emmett se produjo en medio de lo que Rosalie consideraba una anécdota muy interesante.

Era tarde. Muy tarde. Media docena de ponches tarde. Los demás parecían haber desaparecido, dejándolos solos en la mesa.

—Te estaba contando una historia, E… mm... mett Por si no te habías dado cuenta. Y ahora me has interrumpido y no puedo recordar el resto de la historia.

—Volvamos al bungalow —dijo él con una sonrisa—. Entonces podrás contarme el resto si quieres.

—Oh, bien, supongo que eso estará bien —en su mente nublada por el alcohol, algo le decía que quedarse a solas con Emmett no era una buena idea, pero no podía entender por qué—. Soy toda tuya… para decirme lo que tengo que hacer.

—Bien.

Emmett la ayudó a salir del restaurante. Una vez fuera, ella se detuvo con una expresión de susto en la cara.

—Estoy un poco borracha, ¿verdad?

—Sí —dijo él agarrándola del brazo para que no se cayera—. Lo estás.

—No pensaba que el ponche fuese tan fuerte —dijo ella, y acercó la boca a su oído para compartir su secreto—. Fue para conseguir coraje, ya sabes.

En ese estado, a Emmett le entraban ganas de protegerla, de mantenerla cerca de su corazón, donde nada pudiera hacerle daño.

Lo tenía hecho un lío y tenía que hacer todo lo posible por ignorar sus sentimientos.

—Sí, lo sé. ¿Por qué no dejas de hablar hasta que lleguemos al bungalow?

—Podría, pero no sé si voy a ser capaz de llegar al bungalow. Estoy muy mareada.

Él se giró justo a tiempo para agarrarla antes de que se cayera al suelo.

—Nos vamos a casa, pequeña —dijo él tomándola en brazos, donde ella se quedó inmóvil con la cabeza apoyada en su pecho. Exactamente lo que menos necesitaba para alimentar sus sentimientos de protección—. Ya has tenido bastante por hoy, creo.

—Oh, no —dijo ella sacudiendo la cabeza, luego le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso—. Estoy bien. De hecho… te deseo. Creo que sería una buena idea… no, una idea genial, que hiciéramos el amor, Emmett. Por favor. En el bungalow, no en el mar. Donde nadie pueda mirar —se rio—. Uy, he hecho una rima sin darme cuenta.

Emmett la deseaba. Quería poseerla. Como si de algún modo eso fuera a darle el derecho a protegerla del mundo.

Siempre había habido secretos en los ojos de Rosalie. Zonas oscuras que Emmett quería descubrir. Sobre todo en ese momento, aun sabiendo que la implicación emocional sería un grave error.

Lo era. Su propia confusión en ese momento era testimonio de ello.

Llegaron al bungalow en ese momento. Emmett prefirió no contestarla hasta que no estuvieran dentro y a salvo. Aunque no sabía si la expresión «a salvo» podría aplicarse muy bien a la situación.

—Crees que sería una buena idea, ¿verdad? ¿Hacer el amor donde nadie pueda vernos? —su cuerpo respondía al hecho de tenerla tan cerca. Pero no podía tomarla. No cuando ella no era dueña de sus actos, ni él tampoco. La llevó a su habitación y la tumbó en su cama—. ¿Por qué no dejas reposar esa idea un rato?

—No necesito reposar. Estoy bien despierta, te lo prometo —dijo ella agarrándose a sus hombros—. No te vayas, Emmett McCarty. Quédate conmigo. Sé que quieres.

—Es cierto. Quiero —dijo él, y la besó en la boca. Un solo beso. Luego se quitó sus brazos de encima e hizo que se diera la vuelta—. Duérmete, Rosalie.

—No quiero… —sus palabras se apagaron y, aunque no era esa su intención, se quedó dormida.

Emmett cerró la puerta y abandonó el bungalow con la esperanza de que unas pocas horas paseando por la playa pudieran calmarlo. No estaba dispuesto a pasar otra noche sin dormir, pero tenía la sensación de que no le quedaba otra opción.