Tengo que aclarar que la historia no me pertenece si no que pertenece a Jennie Adams yo solo la ocupo como adaptación de los personajes.

Capítulo 8

El sábado llegó rápido. Antes de que Rosalie pudiera darse cuenta, ya estaba en la capilla, frente a Dios y a todo el mundo, consumida por la culpa, a punto de comenzar con un matrimonio que nunca llegaría a consumarse.

Su regalo final para Emmett sería una anulación rápida. No era el tipo de pensamientos que las novias tenían normalmente cuando estaban en el altar.

Era irónico que todo aquello hubiera acabado en un edificio tan bonito. La vieja capilla tenía una elegancia atemporal que se mostraba en cada detalle arquitectónico. Los bancos de madera y los ventanales de cristal formaban un escenario perfecto junto con las docenas y docenas de candelabros que proporcionaban un suave brillo al lugar.

Con la ayuda de un planificador de bodas muy eficaz y discreto, Rosalie había logrado arreglárselas. En la superficie, las cosas parecían ir bien. Incluso ella misma tenía buen aspecto, con su vestido de satén blanco con encaje francés.

Los amigos y familiares de ambos llenaban unas cuantas filas de la iglesia tras ellos, sonriendo con benevolencia mientras las cámaras disparaban los flashes. Pero Rosalie estaba a punto de intercambiar los votos matrimoniales con el jefe. La idea era aterradora.

Miró hacia donde Emmett estaba, a su lado, frente al reverendo. Cada día, su amor por él era más profundo, y esa era otra de las razones por las que debía mantener ese matrimonio como algo platónico.

Si quería sobrevivir a eso, no podía permitirse enamorarse más aún, y sabía que, si hacían el amor, cualquier defensa que le quedara, desaparecería.

Cómo deseaba poder decirle todo eso a Emmett. Pero él la despreciaría y la mandaría a paseo, y ninguno de sus problemas quedaría resuelto. Estaba atrapada en su propia red de mentiras. E iba a ir a peor antes de ponerse bien.

No podía afrontar la idea de que se le iba a romper el corazón. Y, encima, tenía que luchar contra la atracción que parecía consumirlos a los dos a cada oportunidad.

Emmett no había mantenido su deseo por ella en secreto. Rosalie también lo deseaba. Cada vez que estaban en una habitación juntos, vibraba ante él, con necesidad y deseo. Y era todo por él.

Y eso sólo era el principio de sus sentimientos. Él decía no estar interesado en los sentimientos que unen a las parejas, pero para un hombre con un punto de vista tan cínico, podía ser increíblemente considerado. Eso sólo conseguía que a ella le importase más.

La verdad era que ella quería que todo aquello fuese real. Quería que fuese amor lo que brillase en los ojos de Emmett, no la pura satisfacción. Porque no era más que eso, satisfacción. Sin embargo, cuando lo miraba a los ojos, veía una emoción de algún tipo.

«No. No puede tener sentimientos con respecto a esto. Es sólo deseo, lujuria».

Porque, si no era así, entonces no sólo se exponía a que le rompieran el corazón de manera brutal, sino que iba a herirlo profundamente a él.

—Por favor, unid vuestras manos —dijo el reverendo, y ellos obedecieron—. ¿Tú, Rosalie Lilian…? —comenzó el reverendo.

El sonido de su pulso en los oídos hizo que el resto de las palabras pasaran inadvertidas. Cuando los labios del reverendo dejaron de moverse, ella cerró los ojos, incapaz de mirar a Emmett mientras daba respuesta a la pregunta que debía unirlos para siempre.

—Sí, quiero.

—¿Y tú, Emmett Ethan…?

Emmett le apretó la mano con fuerza y dijo:

—Sí, quiero.

Su respuesta sonó convencida y satisfecha. Emmett la miró y un fuego sensual fluyó entre ellos y los rodeó.

Ella ansiaba poder echarse hacia delante y sentir su cuerpo, para llenar su alma con la de él y mantenerlo ahí para siempre.

—Puedes besar a la novia —dijo el reverendo.

Emmett no perdió el tiempo. La tomó en sus brazos y le dio el beso con el que había fantaseado desde que se había unido a él en el altar. Un beso de calor y posesión.

Se había convertido en la señora de Emmett McCarthy. Su boca temblaba bajo la de él. Le hizo falta toda su compostura para no derrumbarse allí mismo cuando Emmett apartó los labios y le colocó la mano a la altura de su codo, como había hecho el día en que habían comido con los Forrester por primera vez.

Quizá no fue malo del todo que tuvieran que encontrarse con todos los invitados que les daban la enhorabuena en ese momento, o puede que Rosalie hubiera dado rienda suelta a su necesidad de llorar como un bebé. O de correr. O quizá de llorar como un bebé y correr.

Luego vendría todo lo demás. Esa noche. La semana siguiente. Y todos los días hasta que hubiera terminado de pagar el chantaje. No podía soportar pensar en eso en aquel momento.

—Enhorabuena.

—Me alegro mucho por vosotros.

—Ven, deja que te dé un beso, cariño. Es muy guapa. Sé que seréis muy felices.

Ese comentario vino de la madre de Emmett, envuelta en su traje de seda verde, con múltiples joyas que costaban una fortuna.

Emmett se inclinó hacia delante para recibir el beso de su madre en la mejilla. Parecía agradable con ella, como si hubiera dejado descansar los demonios del pasado. Pero Rosalie no se sentía tan misericordiosa.

Puede que ella no hubiera sabido nunca la verdad sobre la deserción de la madre de Emmett años atrás si no hubiera compartido un taxi con el hermano pequeño de éste el día anterior, en el ensayo de la ceremonia.

Miró a Seth en ese momento y se preguntó cómo tres hermanos podían ser tan diferentes. Seth le había hablado de sus padres, mientras que su propio marido se había mostrado completamente reservado con ese tema. Y Edward también era diferente. Distante de un modo que ni siquiera Emmett podía conseguir.

Y su padre… ella se giró mientras se aproximaba, recibió sus besos en la mejilla con culpa y respeto a la vez.

—Sé que le cuesta trabajo mostrar sus sentimientos, Rosalie, pero no te rindas. Obviamente eres tú la que puede ayudar a desenterrar su corazón del agujero en el que su madre y yo lo metimos —le susurró antes de alejarse de nuevo.

Rosalie sacudió la cabeza, sabiendo que no era cierto. Emmett no le entregaría su corazón. Lo tenía guardado en algún lugar al que nadie podría acceder jamás. Y así era mejor. Mejor para él. Cuando ella lo abandonara, no sufriría tanto.

Alice se acercó a Rosalie. Tenía mejor aspecto ese día, y Jasper estaba de pie tras ella, con la mano sobre su hombro.

—Rezo para que de algún modo encuentres la manera de ser feliz —le susurró su hermana al oído—. Te lo mereces.

Si pudiera ser así. A Rosalie se le empañaron los ojos, pero le dio un abrazo a Alice.

—Quiero que sepas que, pase lo que pase a partir de hoy, estoy orgullosa de ti por intentar cambiar.

—Probablemente siempre seré una derrochadora —admitió Alice—. Y dudo que algún día pueda acostumbrarme a la vida doméstica. Pero hago lo que puedo.

La sesión fotográfica fue interminable. Primero posaron con la familia durante diez minutos, hasta que finalmente se fueron al bar. Luego le tocó posar con Emmett para las fotos individuales, y su sufrimiento comenzó de nuevo.

Estar en sus brazos, incluso con los fotógrafos mirando y dando órdenes, era una auténtica tortura.

Luego le concedieron cinco minutos a la prensa para hacer preguntas, a la mayoría de las cuales Emmett contestó sin decir nada realmente.

Cuando terminaron, se unieron a sus invitados en un exclusivo club para tomar una suntuosa comida de buffet.

Rosalie tuvo que tomar aliento para tratar de calmarse.

—¿Estás bien? Pareces pensativa —dijo Emmett.

—Creo que no aguanto bien a la prensa —dijo ella, aunque no era más que una excusa para ocultar los sentimientos que llevaban asaltándola todo el día, no sólo durante los últimos diez minutos, pero Emmett lo dejó correr, para su tranquilidad.

—Ahora, si mis padres se dejan en paz mutuamente —murmuró él—, creo que lograremos sobrevivir al resto de la velada.

Sus palabras la sobresaltaron. No había imaginado que pudiera sacar el tema de sus padres abiertamente. Pero al fin y al cabo, ya estaban casados. Quizá para él algo hubiese cambiado. A lo mejor pensaba que podía confiar en ella.

—Hemos hecho lo que hemos podido para mantener a todo el mundo bajo control —dijo ella, aunque gracias a Dios sus palabras no revelaban sus verdaderas emociones. Lo habían hecho lo mejor que habían podido. Eliminando la típica comida formal, también habían acabado con los discursitos y demás convenciones, lo cual dejaba a sus padres fuera de juego.

Sin embargo otras tradiciones no iban a ser tan fáciles de pasar por alto. Antes de que pudiera prepararse para ello, Rosalie estaba en brazos de Emmett, recorriendo la pista de baile lentamente al ritmo del vals nupcial.

—Hoy te he hecho mía —le susurró él al oído.

¿Cómo iba ella a mantener ese matrimonio de forma platónica hasta que el chantajista hubiera salido fuera de sus vidas? ¿Cómo iba a negar a Emmett cuando lo deseaba tanto?

Comenzó a pensar en lo que habían hecho ese día, en los votos que habían intercambiado y en lo mucho que deseaba que fueran reales.

—Mía por el resto de nuestras vidas, Rosalie. ¿Eres feliz?

¿Podía una persona estar feliz y desesperadamente triste al mismo tiempo? Si sólo aquello pudiese ser real. Si él la amara. Si ella pudiera entregarse a él sin lamentarlo.

Oh, Dios. Ella no lo amaba, ¿verdad? Ignorando la respuesta a esa pregunta, le rodeó el cuello con los brazos y se rundió con su cuerpo.

Seguro que al menos durante unos minutos podría tener algo de lo que quería. Ya habría tiempo después para echarse atrás, para volver a colocarlo todo bajo control. ¿Cuánto dolor podría soportar en una habitación llena de gente, frente a todos sus invitados?

—Soy feliz de estar bailando con el hombre más atractivo, sofisticado e irresistible de esta sala. Eso lo sé.

—Quiero estar a solas contigo —dijo él—. Tenemos que deshacernos de esta gente cuanto antes y marcharnos.

Aquellas palabras de deseo le produjeron un escalofrío a Rosalie. Y sirvieron también como advertencia. Había sido un error tratar de acercarse más. Tratar de conseguir algo de él y pensar que podría conformarse con sólo eso, cuando lo que quería hacer era devorarlo entero.

Levantó la cabeza y sonrió, como si su cuerpo estuviera ardiendo de deseo por él. Como si no estuviera dejando su corazón expuesto para que él se lo llevara.

—Puede que hayamos conseguido librarnos de los discursos, pero esto sigue siendo una boda. Hay un par de cosas más de las que tenemos que ocuparnos antes de marcharnos.

Cosas como separarse para bailar con los parientes, sólo que Emmett se negó a dejarla ir. Sus brazos la apretaron con fuerza cuando terminó el vals y otras parejas se unieron a ellos en la pista para seguir bailando.

Tras veinte minutos en sus brazos, el cuerpo entero de Rosalie era puro deseo. La frustración la colmaba por dentro y le hacía sentir dolor. Dolor por ese hombre que se había convertido en su marido. No había tomado más que media copa de champán, pero se sentía ebria. Borracha de deseo por Emmett.

Cortaron la tarta. Una obra de arte de cinco pisos. * Cuando Emmett le colocó un pedazo de pastel en la boca, dejó ahí los dedos para recorrer sus labios con ellos, y Rosalie cerró la boca para saborearlos, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

Aquello era una tortura intolerable. Pero de algún modo tendría que aguantar, y esperar a que su corazón sobreviviera al final del viaje.

Temblando por dentro, ella le devolvió el favor, ofreciéndole tarta. Y no supo si sentirse triunfante o desesperada al ver que el calor subía a las mejillas de Emmett, el cual la besó apasionadamente.

Los aplausos y silbidos de los invitados hicieron que se separaran. Emmett le tomó la mano y la condujo entre la multitud, deteniéndose para hablar con unos y con otros.

Cuando llegó el momento de lanzar el ramo, Rosalie rompió una vez más con la tradición. Caminó hacia su hermana y se lo entregó.

—Ya estás casada, pero eres mi única familia. Quiero que tengas esto.

Alice sonrió mientras los otros invitados sonreían con aprobación. De pronto Emmett tomó a Rosalie en brazos y la colocó en una silla cercana, donde procedió a quitarle la liga del muslo.

Todo ocurrió muy rápido. Él con su espalda la tapaba frente al resto de invitados, pero sus escalofríos siguieron produciéndose incluso después de que le quitara la liga y se la tirara a uno de sus hermanos. Estaba tan consumida por la frustración y la necesidad, que ni siquiera se dio cuenta de quién recibía la liga.

—Tengo que cambiarme —dijo tratando de sonreír a Emmett.

—Si no quisiera conservar ese vestido intacto, te ofrecería mi ayuda. Pero temo que acabaría rasgándolo, en vez de tener la paciencia necesaria para quitártelo correctamente.

Rosalie se alejó a toda prisa, rechazando la ayuda de Alice para cambiarse. Pero cuando estuvo sola, lamentó la soledad que le proporcionaba tanto tiempo para pensar.

Mientras se quitaba el precioso vestido, la culpa la bombardeó de nuevo. Se había gastado mucho dinero en esa boda. La noticia de su enlace sería conocida en toda Australia al día siguiente. Cuando ella dejara a Emmett, él tendría que enfrentarse a las consecuencias.

Y nada de eso incluía lo que ocurriría cuando abandonasen aquel lugar y se encontraran a solas los dos.

Ella había hecho todo eso por el bien de su hermana, había elegido la mejor de dos opciones malas. Al menos Alice tenía una oportunidad, pero eso no hacía que la perspectiva del resto del día fuese mejor para Rosalie.

Vestida con un traje de ceremonia rosa pálido, se quedó quieta, tratando de conseguir la seguridad necesaria para enfrentarse a lo que quedaba de recepción.

En ese momento entró Emmett, con pantalones negros y camisa azul, lo cual demostraba que él también se había cambiado. La miró de arriba abajo antes de agarrarla del brazo con fuerza.

—Creo que ya has acabado aquí —y sin más la sacó de la habitación hasta la recepción y luego fuera.

El silencio reinaba mientras conducían hacia casa. Rosalie tenía dudas de si habría podido hablar en cualquier caso. Lo miró en la oscuridad. ¿En qué estaría pensando? ¿Qué le pasaría por la mente en ese momento?

«Sexo», pensó ella. «Es vuestra noche de bodas y todavía no os habéis acostado. ¿En qué crees que estará pensando?».

Lo cual dejó a Rosalie con el mismo dilema que la asaltaba desde que Emmett había declarado su intención de seguir adelante con la boda. Tenía que convencerlo de que no podía consumar aún ese matrimonio.

Todavía estaba ensayando su discurso sobre el tema cuando llegaron. Tras llegar a la puerta principal de la casa, Emmett desactivó la alarma y ella abrió la boca para empezar a hablar.

Sin embargo no le salieron las palabras. Sólo una especie de gemido de terror mientras Emmett la tomaba en brazos y cruzaba el umbral con ella.

Ella había colocado los brazos automáticamente alrededor de su cuello. Estar suspendida en el aire de ese modo era agradable. Un buen recibimiento tanto para su corazón como para sus sentidos. Contra su voluntad, apretó los brazos y ése pareció ser el único estímulo que Emmett necesitaba.

Cerró la puerta de una patada, la bajó al suelo y la besó con ansia. Por un momento ella simplemente se dejó llevar. Sus labios la saborearon. Sus lenguas se encontraron y enredaron.

Rosalie notó que él estaba temblando, y otra parte de ella quedó perdida para siempre. Entonces, las manos de Emmett parecían estar en todas partes. Tocándole la cara, acariciando sus hombros, deambulando por su espalda, sus caderas, acercándola más a él, hasta que ni siquiera un susurro hubiera cabido entre ellos.

—Rosalie… Rosalie —dijo él—. Me dejas sin aliento.

Rosalie se fundió contra su cuerpo y, ¿quién sabe lo que habría ocurrido si la sensación del aire frío y las manos calientes sobre su piel desnuda no la hubieran hecho reaccionar? Si no la hubiera hecho darse cuenta de que Emmett no sólo le había bajado la cremallera del vestido, sino que ella debía de haberle desabrochado la camisa primero, porque estaba abierta y ella tenía las manos sobre su pecho desnudo.

—¡Ah! —exclamó ella, y apartó las manos como si se hubiera quemado. Se quedó mirándolo con la boca abierta mientras luchaba por recuperar el control.

Emmett tenía el pelo revuelto y la cara sonrojada por el deseo. Antes de perder el último ápice de control que había conseguido recuperar, Rosalie se separó de su abrazo y se echó hacia atrás.

Él dio un paso al frente y luego se detuvo.

—¿Qué ocurre, Rosalie?

—No puedo —dijo ella, olvidando su tan bien ensayado discurso sobre llegar a conocerlo mejor, de tener todas esas semanas que se le habían negado con el adelantamiento de la boda—. No podemos hacer esto.

—¿No podemos hacer qué? A mí me parece que íbamos bien. ¿Preferirías irte ya al dormitorio? ¿Ése es el problema? Si es así, a mí me da igual. Habríamos llegado ahí tarde o temprano.

—¿Ah, sí? —preguntó ella. Habría jurado que iban a terminar consumando su matrimonio allí mismo, pero ése no era el tema—. No se trata del escenario. Me refería a que no podemos hacer el amor.

Por fin. Una frase completa con una articulación real.

—¿Por qué no? ¿Se trata de algún tipo de juego? —preguntó él con frialdad.

—No es un juego. Simplemente no puedo acostarme contigo, eso es todo —dijo ella, y tomó aliento para explicarse.

—¿Tienes la regla?

—No. No es eso —dijo ella. Podía haber mentido. Podría haber dicho que estaba con la regla y no podía soportar la idea de tener contacto íntimo durante ese tiempo. No habría sido cierto y, además, ¿qué le habría proporcionado? Unos pocos días y otra mentira más que añadir a la lista.

—Necesito más tiempo para llegar a conocerte. Ya te expliqué que…

—Eso era antes de convertirnos en marido y mujer —dijo él con furia—. Eso era antes de hoy. Antes de que prácticamente me rogaras que me acercara. No hay necesidad de esperar más, Rosalie. Lo sabes. Yo lo sé. ¿Cuál es la verdadera razón? ¿Qué es lo que deseas? ¿Qué pretendes? ¿Dinero? ¿Promesas? ¿Regalos caros? ¿Qué?

Rosalie se olvidó de sus argumentos. Se olvidó de todo salvo del dolor que la llenó por dentro.

—Nunca trataría de sacarte dinero. No puedo creer que hayas sugerido semejante cosa.

—¿Y qué otra cosa debo suponer? Tienes un modo muy raro de mostrar tu compromiso con tu nuevo marido, has de admitirlo.

—Y sin embargo es extraño que mi marido me acuse de querer sacarle dinero —exclamó, y de pronto las joyas que le había regalado pasaron por su mente. ¿Acaso la estaba comprando ya entonces?

De pronto se sentía incapaz de hablar. Si no salía de allí rápido, se derrumbaría. Y no podría soportar que él lo viera.

—Estoy cansada —dijo ella mirando hacia las escaleras—. He pasado las últimas cuarenta y ocho horas más horribles que recuerdo, preparando la boda que tú insististe en adelantar en meses. Me voy a la cama. Sola. En una de las habitaciones libres.

—Rosalie —dijo él a modo de advertencia.

Rosalie vio que Emmett estaba apretando los puños, pero no se quedó a ver lo que hacía después. Corrió escaleras arriba, agarró una de sus bolsas de la habitación principal y corrió a otra de las habitaciones, cerrando la puerta tras ella.

Sólo entonces le dio rienda suelta a su agonía. Se tiró sobre la cama y dejó que las lágrimas fluyeran. Puede que fuese una farsa de matrimonio, pero eso no significaba que las palabras de Emmett no pudieran hacerle daño.

...


Espero sus comentarios y vean mi otra historia que es de mi creación :)

Saludo y gracias por sus comentarios