Tengo que aclarar que la historia no me pertenece si no que pertenece a Jennie Adams yo solo la ocupo como adaptación de los personajes.
Capítulo 9
Rosalie se despertó con el aroma del café recién hecho y con un sentimiento de premonición en el fondo de su estómago. Los recuerdos de la noche anterior aparecieron en su cabeza y se tapó la cara con la almohada emitiendo un gemido.
Lo había liado todo. ¿Qué pensaría Emmett de ella después de aquello? ¿Cómo iba a mirarlo a la cara después del modo en que se, habían separado? Aquello era mucho peor que su comportamiento en la islaEsme.
Y encima había mucho más en juego. A pesar de las advertencias de Emmett, ella estaba implicada emocionalmente hasta los ojos.
—Ignorarlo no hará que desaparezca —murmuró bajo la almohada—. Te quedan dos meses y medio antes de que puedas pagar al chantajista y anular el matrimonio, y no puedes pasar todo ese tiempo metida en esta habitación. Tarde o temprano tendrás que enfrentarte a él.
Levantó la almohada. De hecho la casa estaba muy tranquila. Quizá él hubiera preparado café y luego se hubiera marchado a algún sitio. Miró el reloj de la mesilla de noche.
Eran las ocho de la mañana del domingo. ¿Estaría Emmett en casa?
—Por favor, que haya salido.
Entonces sonó un golpe en la puerta y ella dio un brinco en la cama. Era demasiado esperar.
—¿Rosalie? Ponte algo encima y ven a desayunar. Tenemos que hablar.
El efecto de esa voz profunda en sus terminaciones nerviosas no fue menos fuerte que el día anterior. Sólo que ahora temía las reacciones que él pudiera tener.
Por mucho que quisiera quedarse allí tumbada e ignorarlo, sabía que sería una pérdida de tiempo. Salió de la cama y se dirigió hacia su bolsa.
—Dame unos minutos.
Él murmuró algo a través de la puerta cerrada y luego se alejó. Rosalie escuchó entonces el sonido de una sartén en la cocina. Buscó en su bolsa y encontró unos pantalones blancos y una camiseta azul.
El resto de sus posesiones estaban en otra de las habitaciones esperando que ella diera instrucciones. Su antiguo apartamento ya estaba cerrado y había entregado las llaves. Cuando se marchara de allí, estaría sin casa y, además, sin trabajo. Otro problema en el que no quería pensar.
Dos minutos después apareció bajo el marco de la puerta de la cocina y vio a su marido colocando unas tortillas en los platos. Tenía un aspecto muy doméstico pero arrebatador, con el pelo echado hacia atrás como si se hubiera pasado los dedos por él múltiples veces.
Rosalie sintió una punzada en el corazón. Una punzada por la vida compartida con Emmett que tanto deseaba y que no tendría. Esas pocas semanas serían todo lo que ella podría tener de él, y por lo que parecía, no iban a ser muy agradables.
Cuando Emmett se dio la vuelta para llevar la comida a la mesa, Rosalie se apartó del marco de la puerta y entró en la sala.
—Buenos días —dijo ella mirándolo a la cara, buscando alguna pista de su estado de ánimo. Estaría furioso con ella, claro. Tenía todo el derecho a estarlo. ¿Pero qué más sentía? ¿Habría conseguido implicar sus emociones en ese asunto? ¿O estaba tratando de mantenerse distante, como había dicho que haría?—. Las… las tortillas huelen muy bien.
—Siéntate. Es mejor comerlas calientes —dijo él, dejó la comida en la mesa y se volvió para llevar la jarra de café, la leche y el azúcar.
Rosalie observó sus movimientos seguros y se fijó en sus manos. Quería esas manos sobre ella, acariciándola y calmándola.
El altercado de la noche anterior había puesto punto y final a una posible tranquilidad, y tenía que asegurarse de que las caricias tampoco sucedieran. Aunque era mejor así, no se sentía cómoda con la idea.
Tras sentarse, Emmett le sirvió el café y se lo entregó. Ella añadió un poco de leche y esperó que él no notara el temblor de su mano.
—¿Te sientes mejor esta mañana? —preguntó él con decisión—. Creo que nunca te había visto perder tu aplomo de esa manera.
—Lo siento. Sé que estás enfadado.
—Estaba enfadado anoche, lo admito. Era mi noche de bodas y planeaba pasarla haciendo el amor con mi mujer. No escuchándola dar vueltas en la cama en una habitación al otro lado del pasillo —dijo, y dio un sorbo de café antes de dejar la taza—. Sea cual sea tu problema, Rosalie, quiero que se solucione. Tenemos un matrimonio del que ocuparnos. O me dices cuál es el problema y lo arreglamos juntos, o me dices que el problema está resuelto. ¿Cuál es tu respuesta?
—No tienes mucha paciencia, ¿verdad? Y anoche me acusaste de intentar manipularte.
Ella no pretendía sacar la acusación. Al fin y al cabo le había hecho muchas cosas de las que no se sentía orgullosa.
—Quizá debieras olvidar que dije eso.
—Quizá no debería.
—Si estabas demasiado cansada para hacer el amor anoche, yo lo habría comprendido. No soy un monstruo.
Rosalie quería estar entre sus brazos en ese momento, recibiendo su confort, su perdón y su cobijo. Pero sabía que todo eso los llevaría a hacer el amor.
—No puedo acercarme tanto a ti. Yo… —se detuvo, horrorizada de que hubiera estado a punto de decir toda la verdad. Que si dejaba que hicieran el amor, ya nunca podría ser capaz de convencerse a sí misma de que no estaba enamorada.
—Es imprescindible que te acerques a mí —dijo Emmett tras terminar de comer—. Y puedes demostrar tu voluntad esta misma mañana viniendo conmigo. He recibido una llamada de los Forrester. Parece que Jack está por fin dispuesto a tomarse en serio el negocio. Quiere hablar de ello hoy.
—Eso es genial —dijo ella tratando de moderar su entusiasmo mientras se preguntaba qué derecho se creería que tenía Jack Forrester para demandar la presencia de Emmett el día después de su boda.
Pero por otra parte, los Forrester habían asistido a la boda. Quizá Emmett les hubiera dicho que no iba a haber luna de miel.
—Espero que salga algo bueno de esa reunión. Me encantará ir a la oficina contigo.
—En realidad Jack y su mujer nos han invitado a pasar el día con ellos en su yate en alta mar. Nos vamos en cuanto terminemos de desayunar —dijo él, y al ver que Rosalie no contestaba, le tomó la mano y dijo—. Nos hará bien salir fuera.
Le estaba dando una segunda oportunidad. Tratando de ser agradable.
—Yo no iré —dijo ella, y miró el cielo gris—. Y no creo que tú debas ir tampoco.
—¿Intentando manipularme, Rosalie?
—No. No quería decir eso. Sabes que no me gusta el océano.
—Ya superaste eso —dijo él—. Hoy vendrás conmigo. Insisto.
—Y yo insisto en que no. No se trata de ir o no en un yate contigo. Se trata de acostarnos juntos, y no he cambiado de idea. Me debes el derecho a no acostarme contigo hasta que no haya pasado la fecha original de la boda.
—Eso es una estupidez.
—Lo creas o no, así es como va a ser.
Por un instante se quedaron mirándose el uno al otro. Entonces él se levantó y salió de la habitación. Momentos después, la puerta principal se cerró de un portazo.
Cuando el viento arrancó el picaporte de la puerta de las manos de Emmett aquella noche, cerrándola de un portazo mientras la lluvia seguía cayendo a mares, Rosalie corrió hacia él asustada.
—¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado? He estado muy preocupada.
Emmett la miró. Se habían separado enfadados. Algo que él había lamentado poco después. En ese momento, su preocupación lo reconfortaba de algún modo.
Cualquier reminiscencia de ira desapareció de su mente, dejando paso al deseo de abrazarla y reconciliarse con ella.
—La cosa se puso bastante mal ahí fuera. Nos llevó un tiempo volver a meter el yate en el puerto.
—Estás herido —dijo ella mirándole el brazo.
—No es nada. Sólo un arañazo.
—¿Cómo te atreves a llamarlo un arañazo? —preguntó ella indignada—. ¿Cómo puedes ser tan irresponsable con tu vida? Podrías haberte matado.
—Eh, no ha sido tan malo.
—Sí ha sido tan malo —dijo Rosalie con los ojos llenos de lágrimas—. Podría haberte perdido.
En ese momento Emmett vio dos cosas muy claras. Una: que, a pesar de que su mujer se negaba a compartir la cama con él, se preocupaba por él. Lo suficiente como para haber estado tremendamente preocupada a causa de la tormenta. Y dos: que él se preocupaba por ella. Más de lo que había pensado que pudiera ser posible.
Oh, nada de amor. Se negaba a considerarlo así. Pero le importaba. Y saber que a ella también le importaba él, le hacía sentirse mejor. Quería reconfortarla, olvidar las últimas veinticuatro horas y empezar otra vez. Esperaba que pudiera ser posible.
—Siento que hayas estado preocupada. Debí haberte llamado cuando regresé a tierra. Supongo que no imaginé que pudieras…
No siguió hablando porque Rosalie se había lanzado entre sus brazos y la abrazaba con fuerza, apretando la cara contra su camisa mojada.
—No vuelvas a hacerme eso —dijo ella, y se separó el tiempo justo para colocarle los puños en el pecho antes de volver a abrazarlo—. No podría soportar perderte a ti también.
—No me has perdido —dijo él levantándole la cara con la mano en su barbilla—. Estoy aquí. Siempre estaré aquí para ti, Rosalie. Por siempre jamás —añadió, y la besó en la boca, saboreando sus lágrimas y su miedo.
Reconfortarla era algo imperativo. Nunca nada había importado tanto. Más tarde ya se detendría a pensar en eso. Por el momento se limitó a besarla y a apretarla contra su cuerpo para sentir su cercanía.
Estuvieron así un rato hasta que Rosalie se separó.
—Quiero curarte el corte del brazo —dijo ella—. No debería quedarse así.
—Bien —dijo él—. En cualquier caso, debería quitarme la ropa mojada.
—Ven arriba. Probablemente estarás helado. Deberías darte una ducha caliente para entrar en calor.
—Entro en calor sólo con abrazarte —dijo él, y ella lo miró extrañada—. Toca mi piel. ¿Te parece que esté fría? Me calientas por dentro, Rosalie, quieras admitirlo o no.
Ella se sonrojó y murmuró algo en voz baja.
—¿Qué has dicho? —preguntó él mientras la seguía escaleras arriba, sin dejar de mirar sus nalgas moviéndose al ritmo de sus pasos—. No te he oído.
Rosalie se dio la vuelta y lo pilló mirándola. Se sonrojó más y, en esa ocasión, Emmett pudo ver el deseo en su expresión.
—He dicho que, entonces, iremos a curarte el brazo. Puedes saltarte la ducha.
El espacioso baño parecía más pequeño con ellos dos dentro. Emmett le pidió a Rosalie que fuera a por ropa seca y se desnudó en su ausencia, frotándose el cuerpo y el pelo vigorosamente hasta que estuvo seco del todo. Acababa de colocarse una toalla alrededor de la cintura cuando ella regresó.
Rosalie abrió mucho los ojos, pero simplemente le ofreció la ropa y empezó a buscar por los armarios algún antiséptico.
Tras curarle la herida, Rosalie comenzó a recoger las cosas, pero él detuvo sus movimientos colocándole una mano en el brazo.
—¿Qué es lo que te daba tanto miedo esta noche? Ya hemos estado antes en el trabajo, juntos con tormenta. Nunca había parecido preocuparte tanto. Dijiste que no podrías soportar perderme a mí también. ¿A quién más has perdido?
—Mis padres tomaron un barco un día y quedaron atrapados en una tormenta similar a ésta. Se ahogaron en el mar. Fue hace mucho tiempo, pero desde que ocurrió no he sido capaz de librarme de mi aversión a las aguas profundas. Sólo pude olvidarlo un poco el día de la isla contigo.
—Vaya, Rosalie. Lo siento —dijo él. Sabía que sus padres habían muerto. Debería haber hecho la asociación. ¿Por qué nunca le había preguntado por ello? Explicaba muchas cosas, y le hacía darse cuenta de lo estúpido que había sido—. Y yo te obligué a nadar en el mar y luego traté de convencerte para que hoy vinieras conmigo. Perdóname.
Cuando ella lo miró a los ojos con aceptación y confianza, el deseo lo inundó por dentro. Dijo su nombre y estiró los brazos. Tendía que abrazarla para que Rosalie llegase a pertenecerle y nunca se marchara.
—Bésame, Rosalie.
Sus bocas se juntaron y sus cuerpos se fusionaron en un contacto profundo y urgente.
Rosalie le agarró la camisa y comenzó a quitársela mientras él la conducía hacia el dormitorio. Sus movimientos eran como un baile acalorado de bocas y miembros. Cuando ella le tocó el pecho con las manos, Emmett se olvidó por completo de la tormenta. Tomó aliento y buscó en sus ojos la seguridad de que realmente quisiera hacer eso.
Y estaba allí. El deseo. El permiso. La aceptación. La confianza. ¿El amor?
Su corazón dio un brinco ante tal perspectiva. Entonces le levantó la camisa para sacársela por encima de la cabeza. Ella lo ayudó, siguiendo después con su sujetador.
—Eres preciosa. Perfecta. Te deseo tanto.
Sus bocas se fusionaron una vez más. Y entonces encontró a la otra Rosalie. La otra en la que había estado pensando. La que se olvidaba del control y se dejaba llevar por el momento.
Emmett se sintió satisfecho del descubrimiento y, poco después, tenía a su mujer desnuda, tumbada en su cama junto a él.
—Eres un regalo para mí —dijo Emmett.
El cuerpo de Rosalie ardía. Y cada parte de su cuerpo pedía lo mismo. Deseaba a Emmett. En ese momento. Quería aprovechar esa oportunidad para entregarse a él y no guardarse nada. Amarlo con todo su cuerpo, su corazón y su alma. «Por esta noche soy suya y él es mío».
Cualquier otro pensamiento racional la abandonó mientras levantaba los brazos, rindiéndose ante él.
—Hazme el amor.
—Voy a amarte hasta que te duela —dijo él deslizando las manos por sus costados, bordeando su cintura y la curva de sus caderas.
—Ya me duele —dijo ella riéndose—. No puedo pensar en nada más.
La sonrisa de Emmett era triunfante y tierna, y muy dulce. Le producía cosquilleos en el estómago.
Emmett comenzó entonces a colmar de atenciones cada pequeña parte de su cuerpo, hasta que no quedó un solo centímetro que no hubiera sido reverenciado.
Su ternura era un contraste directo con la furia de la tormenta de fuera. Rosalie intentó salir del remolino en que la estaba sumiendo para poder adorar su cuerpo del mismo modo, pero enseguida él la detuvo.
—La próxima vez —dijo Emmett con una sonrisa—. Quiero hacer que esto dure. Que sea especial. Si me tocas de ese modo, no te prometo que pueda controlarme.
Aquella admisión le produjo algo a Rosalie. Con un gemido de deseo, ella se arqueó invitándolo. Fuera lo que fuera lo que quisiera hacer con ella, ella también quería. Así que comenzó a repetir la misma letanía en susurros entrecortados. Hazme el amor.
Mientras la tormenta descendía, su pasión aumentaba. Hacer el amor con Emmett era la experiencia más exquisita de su vida. Cuando él alcanzó el clímax dentro de ella, Rosalie se agarró con fuerza a sus hombros, aún absorta en su propio placer y con los ojos llenos de lágrimas.
Él la miró por un momento y le secó las lágrimas con besos. Aunque estaba sin aliento, con los brazos temblando, tumbado sobre ella, volvió a sonreír de nuevo.
—Gracias por la más memorable y dulce experiencia de mi vida.
Pareció que iba a decir más, pero se detuvo, y simplemente bajó la cabeza y la besó en el cuello.
En ese momento el corazón de Rosalie abandonó su cuerpo y se posó en Emmett. Ella nunca volvería a ser la misma.
—Gracias, Emmett —dijo acariciándole la espalda sudorosa. Ansiaba decirle que lo amaba, pero no podía decir esas palabras. En vez de eso, se lo dijo con su tacto, con el roce de su boca sobre su piel.
Se quedaron dormidos el uno en brazos del otro, sus cuerpos unidos en la oscuridad, mientras, afuera, la tormenta cesaba por completo.
