Tengo que aclarar que la historia no me pertenece si no que pertenece a Jennie Adams yo solo la ocupo como adaptación de los personajes.

Capítulo 10

El trabajo. La panacea para todos los males. O eso decían. Rosalie estaba inmersa en él a las siete y media de la mañana del lunes. Pero no había conseguido el efecto de anestesia que deseaba.

Cada vez que se giraba y veía la oficina vacía de Emmett, pensaba en cómo habían hecho el amor la noche anterior. Cada vez que la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la oficina, recordaba su aroma en su piel cuando había llegado empapado de la tormenta, y cómo la había tocado, casi como si la amara. Pero eso entraba dentro de los límites de la fantasía, un lugar al que no tenía intención de ir.

Tenía que afrontarlo. Su vida personal era un desastre. ¿Por qué si no había salido de casa tan pronto ella sola? Y ahora encima tenía que ocuparse de asuntos de trabajo. Emmett se pondría furioso cuando descubriera lo que estaba ocurriendo con la instalación de Campbell, pero había que decírselo. Y cuanto antes, mejor.

Se quedó mirando el teléfono. Había esperado tener un poco de tiempo para ella antes de tener que enfrentarse a él, pero todo había cambiado. Necesitaba hablar con él, y no había sido capaz de despertarlo.

Descolgó el teléfono y probó de nuevo. Saltó el contestador. Otra vez. Ya había dejado un mensaje antes. Colgó y se quedó sentada con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia adelante, con los codos apoyados sobre la mesa mientras se masajeaba las sienes con los dedos.

«No deberías haber hecho el amor con él», se decía a sí misma.

Genial. La voz de su conciencia había vuelto a la vida. Se habría librado de ella durante, ¿cuánto? ¿Un minuto?

«Bien. Sé que he cometido un error, pero también sé lo que tengo que hacer ahora. Mantendré la distancia con Emmett hasta que haya terminado de pagar al chantajista, y luego me iré».

Era muy fácil decirlo, pero no tenía ni idea de cómo iba a conseguirlo.

No oyó el ascensor llegar, ni las pisadas aproximarse antes de que Emmett entrara en su despacho.

—Entra, Rosalie. Háblame del problema con Campbell —dijo él, dejó su maletín en una de las sillas y se sentó en la que había frente a su escritorio.

—¿Has recibido mi mensaje?

—Estaba en la ducha cuando llamaste. Te has marchado muy pronto esta mañana. Esperaba encontrarte aún a mi lado cuando me despertara. ¿Es éste el archivo? Dime lo que ha ocurrido mientras le echo un vistazo.

—Bien —dijo Rosalie, ansiosa por meterse con los negocios, sobre todo si significaba poder evitar esa mirada—. ¿Sabes que John Greaves se ocupa de esa cuenta? Lo he llamado a casa también y le he pedido que venga cuanto antes.

John Greaves no había sonado particularmente cooperativo.

—No le he dicho la razón, sólo que querías verlo cuanto antes.

—John examinó todos los lugares la semana pasada y no me entregó un informe de todos ellos. Dijo que los sistemas estaban listos para funcionar.

—Por desgracia había un error —dijo Rosalie, y explicó el problema lo más concisamente posible—. Todo fue bien al principio. Ocurrió cuando el grupo Campbell cambió los sistemas para la seguridad del fin de semana. Los problemas comenzaron a producirse en un lugar y luego en otro.

—¿Por qué no contactaron con nosotros? ¿Por qué mi propia gente no me dice que hay problemas?

—Los Campbell dicen que han estado en contacto con John, y con nuestros empleados de seguridad.

—¿Sí?

—Nuestros empleados dicen que recibieron instrucciones para decírselo sólo a John Greaves.

Emmett apretó un botón de su interfono, y dijo:

—John. Me alegra que hayas llegado. Ven cuando puedas, por favor —hizo una pausa—. Sí, ahora está bien.

Rosalie se levantó para abandonar el despacho.

—Por cierto —dijo él.

—¿Sí?

—Tú y yo también tenemos que discutir de algo —dijo él con mirada de halcón. Rosalie sintió un escalofrío—. Pero tendrá que esperar hasta que este otro problema se resuelva.

—Bien. Entonces seguiré trabajando —dio ella tratando de parecer calmada, aunque por dentro estaba temblando.

Después del sexo de la otra noche, se sentía incapaz de hablar de cualquier cosa que tuviera que ver con su relación. Él le había proporcionado una experiencia maravillosa. Iba a tener que durarle toda la vida. Y esa idea le partía el corazón.

Rosalie estaba tratando de ser fuerte, pero se sentía rota por dentro. Arrancada de todos sus mecanismos de defensa. Necesitaba tiempo para recuperar sus recursos de nuevo, y sin embargo parecía que sólo iba a disponer de unos minutos.

John Greaves estuvo con Emmett durante casi una hora. Claro que Rosalie no se sintió mejor con ese tiempo para ella. Sus pensamientos simplemente se movieron en círculos, yendo a ninguna parte.

A veces escuchaba la voz alterada de John tras la puerta de Emmett, pero en ningún momento escuchó la de Emmett. Ese hecho la preocupó más que si hubiese estado gritando todo el tiempo.

¿Adoptaría ese tono frío cuando hablase con ella? ¿Iría a decirle que su periodo de abstinencia ya había terminado y que esperaba poder disfrutar de su cuerpo cada vez que quisiera?

«No es un bárbaro».

No, pero era fuerte, decidido y, cuando quería, era muy difícil resistirse a él.

Cuando John Greaves salió del despacho, Rosalie lo miró brevemente y luego siguió con su trabajo. Pero con esa breve mirada, vio su cara pálida y su boca seria. Obviamente la reunión no había ido bien.

Emmett hizo un par de llamadas antes de llamarla a su despacho. Se preparó para lo peor.

En vez de la ira que esperaba, él simplemente se levantó y la abrazó, hundiendo la cara en su pelo y quedándose así durante un rato antes de soltarla.

—Quería asegurarme de que no tienes ningún problema esta mañana, pero no hay tiempo. Tengo que irme, Rosalie. El asunto de Campbell es urgente, y confío en ti para que te ocupes de todo mientras yo estoy fuera.

—¿Qué quieres que haga? ¿Qué ocurre con John Greaves?

—Está despedido. Hay pocas cosas que no soporto en esta vida, pero la mentira encabeza la lista. Es inexcusable. Greaves sustituyó algunos de los componentes de la obra de Campbell por materiales inferiores —dijo, y su voz siguió inflexible mientras enumeraba los errores de Greaves—. Luego se guardó para sí la diferencia de los costes. Cuentas con corredores de apuestas, al parecer. Me había mentido a la cara en innumerables ocasiones. Y el hombre se lamenta de que lo hayamos pillado, pero no muestra verdadero remordimiento.

Cada palabra que pronunciaba se clavaba como una uña en el corazón de Rosalie, porque era como si estuviera describiendo su propio comportamiento hacia él. Abrió la boca, pero no supo qué decir.

—Lo único que me podría tranquilizar ahora —prosiguió Emmett—, es no tener que verlo más.

—Lo siento, Emmett.

—Normalmente se me da mejor controlar mi furia —dijo él—. Pero hablar contigo es tan fácil que me olvido de todo.

—Emmett, tengo que decirte que…

—Éstas son las cosas que quiero que hagas —dijo él al mismo tiempo, y entonces se detuvo—. ¿Tienes algún problema?

—No —dijo ella negando con la cabeza. Era demasiado tarde para confesar. Menos mal que la había detenido antes de que fuera demasiado lejos—. No, no tengo ningún problema, excepto que quiero ayudarte a solucionar lo de Campbell. Dime lo que tengo que hacer mientras estés fuera.

Le dio una lista que la mantendría ocupada durante días.

—No te llamaré —dijo él tras darle un beso—. Los dos estaremos ocupados y será mejor que yo me concentre en solucionar las cosas y regresar, pero me llevaré el recuerdo de haber hecho el amor contigo. Espero que tú también.

Ella cerró los ojos y presionó la cara contra su pecho, sobrecogida porque su corazón estuviera tan lleno y a la vez tan destrozado.

—Nunca lo olvidaré.

Emmett se quedó quieto durante un momento y finalmente la soltó y miró su reloj.

—Tengo que irme.

—Sí —dijo Rosalie tras tomar aliento—. Buena suerte. Haré lo que pueda con lo que me has dado.

—Rosalie, cuando vuelva…

—Instalaremos un jacuzzi en el balcón —dijo ella tratando de sonreír, pero jamás se había sentido tan vulnerable—. Y nos ocuparemos de las flores de tu jardín. Seguiremos adelante con nuestro matrimonio de cuento de hadas.

¿Por qué había dicho eso?

—Sí, lo haremos —dijo él tras dudar un instante. Metió unos documentos en su maletín y dejó la oficina sin mirar atrás.

El teléfono sonó minutos después de que se hubiera marchado. Pensando aún en su marido, Rosalie descolgó.

—Aquí Rosalie.

—Tienes una llamada por la línea uno —dijo la voz de la recepcionista.

Ojalá no fuera algún vendedor telefónico otra vez. Las recepcionistas ya habían sido informadas de que tenían que filtrar las llamadas correctamente.

—Oficina del señor McCarthy —dijo ella tras apretar el botón—. Rosalie al habla.

—Qué agradable es escuchar tu dulce voz.

James. A Rosalie se le pusieron los pelos de punta.

—¿Qué quieres? ¿Cómo has conseguido este número? ¿Por qué me llamas?

El antiguo jefe de Alice se rio, y dijo:

—Las cosas han cambiado. Ahora estás casada con McCarthy. No es como si no pudieras pagarme, así que he decidido que lo harás. Este viernes. A la misma hora. En el mismo sitio. El mismo procedimiento.

Hubo una incómoda pausa durante la cual Rosalie pudo oírlo respirar al otro lado de la línea.

—Déjame tirado —prosiguió James— y lo lamentarás.

—No puedes hacer eso. No tengo el dinero. ¿Qué estás diciendo?

Pero era demasiado tarde. El chantajista había colgado. Rosalie también colgó el auricular con rapidez. Tenía la extraña sensación de que, si no tenía cuidado, James aparecería por el teléfono para hacerle daño.

Su parte racional le decía que era absurdo, pero estaba aterrorizada, y durante unos minutos se quedó sentada sin moverse, sintiendo el terror en el estómago.

No había elección. Tenía que conseguir el dinero de inmediato. Era irónico. Antes de la boda deseaba terminar de pagar el chantaje, pero no podía conseguir el dinero. Ahora, como era la esposa de Emmett, podría usar su nombre para conseguir un préstamo, y sin embargo no quería hacerlo.

Porque, cuando terminara de pagar a James, su matrimonio habría acabado.

El resto de la semana pasó muy deprisa. Antes casi de poder darse cuenta, Rosalie estaba en Greenhaul Park, al otro lado del edificio McCarthy.

Las calles rugían con el ajetreo del mediodía. Los viandantes, los corredores, las madres con niños pequeños, adolescentes jugando al hockey. Y todo tipo de trabajadores de oficina tomándose algo de tiempo para comer.

Rosalie iba ahí a menudo a comer. Un hecho que el chantajista sabía y del que se había aprovechado en el pasado. Aquel viernes observaba el ir y venir de la gente con el corazón hecho trizas.

Había conseguido el dinero. Había utilizado el hecho de ser la mujer de Emmett para conseguir un préstamo bancario que de otra forma no habría podido lograr. Si no podía devolver el dinero, el banco recurriría a su marido, así que parecía que iba a tener que devolver el préstamo incluso después de haber dejado McCarthy's.

Al menos tras ese día, el chantajista desaparecería de su vida. Rosalie se sentía aliviada con eso, porque con cada encuentro, él se volvía más aterrador.

Cuando lo sacara de su vida, Rosalie abandonaría McCarthy's para siempre. Ese mismo día, antes de que Emmett regresara. Él se pondría furioso al verla salir de su vida, y eso le causaba un gran dolor, porque se había enamorado de él.

Algo muy estúpido por su parte. Él no había cambiado. No la amaba más que cuando le había propuesto que se casara con él. El sexo lo había satisfecho, pero sus emociones seguían sin aparecer. Eso nunca cambiaría.

«Es lo correcto. Me mataría quedarme con él sabiendo que no comparte mis sentimientos».

En cualquier caso, ¿cómo iba a quedarse sabiendo que lo había engañado desde el principio? Si trataba de explicárselo, la odiaría, y tampoco podría soportar eso.

Buscó a Gordon James y se prometió a sí misma que, según hiciera el pago, regresaría a la oficina directamente y redactaría su dimisión. Su dimisión tanto de empleada como de esposa. Era una carta que aún no había podido escribir, a pesar de todos sus esfuerzos por aceptar el hecho de que tenía que irse.

Al menos se había ocupado de todo en su ausencia, atando todos los cabos sueltos. Emmett regresaría a un McCarthy's en orden, al menos en lo que a su parte del negocio respectaba.

Rosalie incluso le había echado el ojo a una posible sucesora como ayudante personal. La mujer que había entrado la semana en que ellos se habían prometido probablemente saltaría de alegría ante la posibilidad de poder ocupar el puesto hasta que regresara la ayudante oficial de Emmett, tras su periodo de baja.

Las lágrimas se acumulaban en los ojos de Rosalie, pero las controló. No debía llorar. No en ese momento. Porque James se aproximaba.

Cuando estuvieron frente a frente, Rosalie levantó la bolsa de plástico con el logo de una librería cercana. El dinero estaba oculto dentro de un libro vacío en la bolsa. Trató de no mirarlo a los ojos, pero podía sentir su mirada.

—Aquí está, envuelto como la última vez.

James tomó la bolsa, miró dentro y se rio con satisfacción. Luego se metió la bolsa en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y cerró la cremallera.

—Muy bien —dijo el hombre—. Sabía que no tendrías ningún problema en conseguirlo tan rápido.

—Tú no tienes ni idea de lo que he hecho o he dejado de hacer para conseguir tu regalito —dijo ella decidida a terminar con la conversación—. Tómalo y vete. Ya he hecho lo que me pediste. Te he dado cada centavo que pedías para dejar a mi hermana en paz. Ahora se acabó.

Se dio la vuelta, deseando alejarse de él y de su presencia corrupta e inquietante, para poder seguir adelante con su vida. Sólo que no estaba segura de si podría seguir adelante en absoluto.

—No tan deprisa —dijo James con un claro tono de amenaza. No trató de ocultarlo, pero fue su mano sobre su brazo lo que le hizo sentir a Rosalie un escalofrío horrible.

—Quítame la mano de encima —susurró ella con los dientes apretados.

Él la soltó tras unos segundos, durante los cuales la observó con lo que Rosalie calificó de odio.

¿Qué había hecho ella para que se sintiera así?

—Que no te entre el pánico, señora McCarthy —dijo él con una sonrisa—. Es sólo que no hemos acabado con nuestros negocios.

—Hemos acabado por completo —dijo ella dando un paso atrás—. Ya he pagado tu silencio y no tengo nada más que decirte.

—Lo cual me viene bien, porque prefiero que escuches, y que escuches con atención. Porque lo que tengo que decirte, te concierne.

—Lo dudo.

—¿Eso crees?

—¿Qué quieres? Te escucho.

—Tú y tu hermana os habéis acomodado bastante bien —dijo él inclinándose hacia delante—. La pequeña Alice, casada con un senador, y ahora tú, la esposa de McCarthy, nada menos.

—¿Vas a llegar a alguna parte?

—Yo he tenido una vida dura, Rosalie, y quiero una recompensa. Tú me la vas a dar.

—No. Hemos terminado. Teníamos un trato. Ya te he dado lo que querías.

James se acercó más aún, hasta que Rosalie pudo sentir su aliento en la nariz.

—Mi negocio no va bien, Rosalie. Nadie aprecia los buenos servicios hoy en día. Estoy harto. Quiero retirarme a un lugar agradable, dejar de preocuparme. Setecientos cincuenta mil dólares podrían conseguirme una casa agradable en la costa. Diez pagos mensuales de setenta y cinco mil dólares cada uno. Harás el primer pago aquí, el lunes a la hora de comer.

—No puedo pagarlo. Es imposible.

—Haz que sea posible —dijo él agarrándola por los hombros y mirándola a los ojos.

—¿O qué? —preguntó Rosalie, temblando por dentro—. ¿Me harás daño?

Él se rio y la soltó.

—Oh, no, Rosalie. No te haré daño a ti. Le haré daño a tu marido, el hombre que está tras el dinero. Un tiro desde un coche, quizá. Cada vez son más comunes en ciertas zonas de Sydney. O quizá vaya a cruzar la calle un día y un coche lo atropelle. Menuda tragedia sería. Sería una perdida terrible.

Lo decía en serio. Ella no quería creerlo, pero la verdad era visible en sus ojos. Ese hombre no tenía escrúpulos. Pensaba que todos los problemas se solucionaban con dinero. Rosalie se rio en silencio. Ella había aprendido por sí misma que no era así.

—Por favor…

—El lunes —la interrumpió James—. Asegúrate de hacerlo.

Se alejó entre la multitud y Rosalie se quedó mirándolo, temblando por dentro. Había amenazado con matar a Emmett. ¿Cómo iba a conseguir ella semejante cantidad de dinero? ¿Qué podría hacer?

No supo cuánto tiempo se quedó ahí, mirando a la nada, antes de que una voz la sacara de su ensimismamiento. Una voz muy familiar. Una voz que había imaginado que no volvería a escuchar.

Se dio la vuelta y exclamó:

—¡Emmett!