Capítulo 11
Emmett regresó pronto de su viaje con un solo pensamiento en la cabeza. Quería ver a Rosalie. A veces iba al parque que había enfrente de la oficina en sus descansos, y por suerte la había encontrado allí, de pie junto a uno de los bancos. Ella se lanzó a sus brazos y él la abrazó con fuerza, disfrutando del roce de sus brazos alrededor de su cintura.
—Emmett, ¿Estás bien? Me alegro mucho de verte.
—Estoy bien. No ha habido tormentas esta vez —dijo él—. Te he echado de menos.
—Yo también te he echado de menos —dijo ella poniéndole las manos sobre los hombros. Lo miró a la cara como para asegurarse de que realmente estuviera allí—. Ha sido una semana muy larga. Me alegro de tenerte de vuelta sano y salvo.
—Tan a salvo como si tuviera un sistema de seguridad McCarthy —dijo él, y eso no la hizo sonreír como esperaba. En vez de eso, comenzaron a temblarle los labios. ¿De qué iba todo eso?
La besó con suavidad al principio, pero al ver que ella respondía, el beso se hizo más ardiente. Antes de olvidarse por completo de sus alrededores, se apartó.
—Ven de vuelta a la oficina. Hay demasiada gente por aquí.
—Estoy de acuerdo. No deberíamos quedarnos aquí —dijo ella, lo tomó del brazo y no dejó de mirar a todos lados mientras se dirigían de vuelta al edificio.
Emmett se encogió de hombros. Se sentía satisfecho de poder disfrutar de su cercanía. Saludó con la cabeza a varios trabajadores que los saludaron dentro del edificio, pero él sólo estaba pendiente de la mujer que llevaba a su lado.
En otras circunstancias le habría sugerido a Rosalie que le pusiera al día de las novedades en el trabajo, y él le habría puesto al corriente de sus progresos. Pero en ese momento no había nada más lejos de su mente. Lo que deseaba era quedarse a solas con él.
En el momento en que cerró la puerta de su oficina tras ellos, la acercó más a él y la besó.
El calor comenzó a crecer en espirales hasta que todo su cuerpo quedó consumido por él. ¿Respondería ella a su desesperación?
Algo dentro de su corazón necesitaba estar con ella. Tan cerca como fuese humanamente posible. Quizá entonces el ardor que sentía dentro cesara y podría encontrar algo de paz.
—Déjame tocarte —dijo él mientras le desabrochaba los botones de la blusa. Momentos después tenía las manos sobre ella y podía sentir su piel de seda bajo sus dedos.
—No deberíamos hacer esto. ¿Qué pasa si alguien entra? —preguntó ella mientras le quitaba la chaqueta y la camisa.
—He cerrado la puerta —contestó él llevándola hacia el escritorio, negándose a dejarla marchar. Con una mano tiró del cable del teléfono hasta que lo descolgó—. Con eso solucionamos cualquier otra posible interrupción.
El gemido de Rosalie fue mitad anhelo y mitad protesta, pero su boca parecía desesperada y hambrienta mientras se juntaba con la de él.
La habitación estaba tranquila, y el murmullo del aire acondicionado era el único sonido, aparte de los jadeos y suspiros. Si no la penetraba en segundos, se volvería loco.
Le agarró la falda con la intención de apartarla de en medio lo más rápido posible. Luego tomó aliento y se obligó a ir más despacio.
Parecía que Rosalie no quería nada de eso.
—Deprisa, deprisa —exclamó ella mientras llevaba las manos a su cinturón. Luego le llevó las suyas hasta la cremallera de la falda para ayudarle a quitarse la prenda.
Su necesidad lo llenaba con una inmensa sensación de poder, y multiplicaba su necesidad por ella. Con un gemido sofocado, le quitó el resto de la ropa y se desnudó él.
—Protección —murmuró ella.
La otra noche se habían mostrado tan apasionados que no habían usado protección de ningún tipo, y cuando después él le había preguntado, Rosalie había dicho que, con el momento del ciclo en el que estaba, no suponía que hubiese problema alguno.
—Me ocuparé de eso —dijo él colocándola en el sofá para luego sacar la cartera de los pantalones. Momentos después ya estaba colocado sobre ella, dispuesto a alargar el placer todo lo que fuese posible para ambos.
—Cada vez que te miro eres más guapa —y sí que la miró, deleitándose con cada parte de su cuerpo, desde la cabeza a los pies.
Ella se sonrojó y sus manos se hundieron en su pelo cerca de la nuca.
—Tú también eres muy guapo. El hombre más guapo que jamás he conocido.
—Has conocido a muchos, ¿verdad?
—Ya sabes lo que quiero decir.
—Sí. Sé lo que quieres decir, y te agradezco el cumplido. Ahora deja que te muestre lo que quiero decir yo. Lo que pienso ahora mismo y lo que quiero hacer contigo.
La última vez que habían hecho el amor, había sido tierno, con la habitación casi a oscuras y la tormenta sonando fuera. No había sido capaz de verla claramente, ni de oír cada pequeño sonido que emitía.
Pero en esa ocasión podía verla y oírla con total claridad, y se aprovechó de eso, disfrutándolo al máximo. La piel de Rosalie era dorada como la miel y suave como la seda, con pequeñas pecas aquí y allá. Cuando le acarició las manos hasta llegar a los dedos, ella se quedó sin aliento.
Rosalie se estremeció, se arqueó y su deseo fue tan evidente como sus movimientos. La besó en el cuello, en la boca.
—Cae conmigo, Rosalie. Atraviesa la línea conmigo.
Los dos subieron hasta donde les fue posible, y una vez que alcanzaron la cumbre, se quedaron ahí, sin aliento, viviendo y muriendo al mismo tiempo.
El fin de semana pasó, pero no fue en absoluto tranquilo. Rosalie tenía tantos problemas que se preguntaba si podrían ir a peor.
Justo antes de la hora de la comida del lunes, cuando tenía que reunirse con James, puso una excusa para dejar la oficina, encontró a un vagabundo en el parque y le entregó una fotografía de James junto con un sobre y una nota que decía:
Necesito tiempo, no puedo pagar tanto dinero de una vez. Me reuniré contigo aquí dentro de un mes justo, con diez mil dólares. Hablaremos de nuevo entonces.
La campaña de intimidación de James comenzó al día siguiente. La llamó al trabajo y estuvo merodeando fuera del café donde ella iba a recoger la comida para los dos. Todas las amenazas iban dirigidas hacia la seguridad de su marido.
Rosalie cambió su rutina. Se mantuvo alejada de sus lugares habituales. Se negó a recibir llamadas en el trabajo a no ser que reconociera el nombre de la persona.
Cuando pasó el mes, en el día señalado, le pagó a James los diez mil dólares. Él tomó el dinero, pero estaba furioso porque Rosalie no le había pagado todo el dinero.
Ella cometió el error de rogar por la seguridad de su marido y él lo utilizó. En seis días, James esperaba recibir los sesenta y cinco mil dólares restantes o la vida de Emmett correría peligro.
Rosalie deseaba poder decírselo todo a Emmett. Confesar y pedirle ayuda. Pero, si lo hacía, sabría que había estado engañándolo desde el principio. La sacaría de su vida y entonces James tendría total acceso a él. Y James estaba tan furioso que Rosalie no dudaba que llevase a cabo su amenaza de matar a Emmett.
No podía arriesgarse. Sacaría todo el dinero que pudiera para pagarle. Lo convencería para pagarle cantidades más pequeñas durante más tiempo y también de que no hiciera daño a Emmett, jamás.
Al menos tenía un plan, pero las largas horas velando por la seguridad de Emmett y toda la ansiedad se estaban cobrando su precio. Llevaba cuatro días físicamente enferma por la preocupación.
Como consecuencia, su estómago comenzó a arderle. Si alguien le hubiese dicho que podía llegar a vomitar de la preocupación, se habría reído, pero había ocurrido. Hasta ese momento le había ocultado lo peor a Emmett, pero ese esfuerzo también la estaba agotando.
Ese día estaban los dos en el jardín a la luz del sol, ocupándose de las flores. Rosalie se sentía agradecida por esa oportunidad para relajarse.
—Me siento terriblemente culpable dejándote a ti hacer todo el trabajo duro mientras yo me siento aquí a observar —dijo ella desde la silla en la que estaba sentada mientras se abanicaba.
—No tienes por qué sentirte culpable. Tú has estado ocupándote durante mucho tiempo. Cuando te recuperes totalmente de esa gripe, yo demandaré todos mis derechos de esclavitud.
—Oh. Como si fuera yo a ser tu esclava.
La teoría de la gripe era tan buena como cualquier otra. Por esa razón, cuando él la había sugerido, ella había dicho que se trataba de eso.
—¿Ni siquiera aunque te pidiera que hicieras tus deberes en el jacuzzi? ¿Qué me frotaras la espalda? ¿Qué me llevaras champán? Eso no sería tan horrible, ¿verdad?
—Supongo que también esperarías fresas —dijo ella sin pensar, y su corazón dio un vuelco al recordar su primera visita a aquel lugar, cuando Emmett le había mostrado el balcón y ella había soltado todas esas ideas—. Pero el jacuzzi no está listo todavía. Nos dijeron que esperáramos unos días para comprobar que los bordes se adaptaban correctamente.
—Sí, lo sé —dijo él mientras metía la última planta en tierra para regarla después con la manguera—. Échale la culpa al día caluroso y al ejercicio. La idea de hundirme hasta el cuello en agua fría me parece sumamente apetecible en este momento —se levantó y añadió—. ¿Qué es lo que te haría sentir bien ahora mismo? ¿Una copa? ¿Un helado? Tiene que haber algo. Dímelo.
«Tu seguridad y un beso», pensó ella, recordando que habían compartido mucho más que besos en las últimas semanas.
—Sorbete de fruta —dijo finalmente—. Quizá tome algo de zumo cuando entremos dentro.
—O quizá podamos salir y comprar sorbete —dijo él levantándola de la silla para abrazarla.
El contacto fue amistoso, tierno, dulce. Él era muchas cosas que Rosalie jamás había imaginado poder llegar a conocer. Justo en ese momento, mientras la miraba, pudo ver que en sus ojos brillaba el buen humor, y algo más que no podía distinguir.
—Dame un par de minutos para lavarme y cambiarme de zapatos —dijo él, y nos iremos.
Ella no podía rogarle que se quedara en casa, donde sentía que podía protegerlo, pero estaría vigilándolo.
—De acuerdo —dijo ella, y para cuando comenzó a seguirlo, él ya estaba a medio camino hacia la casa—. ¿Dónde vamos exactamente? No estoy segura de donde podremos encontrar sorbete por aquí.
—Ya se nos ocurrirá algo —dijo Emmett encogiéndose de hombros.
Cumpliendo con su palabra, estuvo listo en pocos minutos, con unos mocasines casi iguales a los que ella llevaba y una camisa que se ajustaba a la perfección sobre su pecho musculoso.
Ella conocía muy bien ese pecho, sabía lo firme y sólido que era y cómo el corazón que había debajo llegaba a latir cuando su deseo por ella era mayor.
Rosalie tuvo que contener un gemido y tratar de pensar en otra cosa. La calle estaba tranquila y no se veía ningún coche fuera. Rosalie quería protegerlo a toda costa, pero tuvo que obligarse a parecer tranquila.
Cuando llegaron al garaje doble, él abrió otra puerta diferente a la habitual, dejando ver un deportivo verde oscuro en su interior. Ella se echó atrás sorprendida, pero luego se adelantó para examinar el vehículo.
—Vaya. Es un coche increíble. ¿De quién es? ¿De dónde ha salido?
Emmett simplemente la miró con una sonrisa. Tras un momento comenzó a reírse y le tomó la mano, colocando en ella un juego de llaves.
—Sorpresa. Es tuyo. De mi parte. Espero que te guste de verdad.
¿Le estaba regalando un coche? ¿Así, sin más? Cada vez que pensaba que había llegado al límite, la sorprendía con algo más. No estaba segura de cuántas sorpresas más podría aguantar.
—No habías dicho ni una palabra de esto —dijo ella sin saber qué decir. Lo miró y luego se quedó mirando el deportivo—. No puedes comprarme un coche.
—Sí. Puedo. Es tan fácil como salir a comprar sorbete en un sábado soleado. Ésa es la idea de una sorpresa, por cierto. Mantenerlo en secreto hasta que llegue el momento. Entra —dijo señalando el asiento del conductor—. Vamos a hacerle el rodaje.
Lentamente, Rosalie entró en el coche, se abrochó el cinturón de seguridad, localizó el claxon, los limpiaparabrisas, etcétera. En medio de todo eso se giró hacia él y dijo:
—Emmett…
—Lo sé. Soy un gran tipo y estás muy contenta de haberte casado conmigo —contestó él justo antes de darle un suave beso—. Yo también estoy contento de haberme casado contigo.
Más dinero gastado en ella. Más culpa con la que cargar a sus espaldas. Para tratar de ignorar el dolor que sentía, puso el coche en marcha y lo sacó del garaje.
—Bueno, vamos a comprar sorbete —dijo—. ¿Qué camino debemos seguir?
Mientras conducía camino de la ciudad, miraba constantemente a los coches que había a su alrededor, comprobando que James no estuviera siguiéndolos. Finalmente llegaron a salvo y aparcó el coche aliviada.
Salieron y comenzaron a caminar. Rosalie se mantenía alerta mientras Emmett la guiaba hasta un restaurante tranquilo. Cuando entraron y vio la elegancia del lugar, levantó las cejas asombrada y miró a Emmett.
—Ni siquiera estoy segura de que nos dejen entrar aquí. No vamos vestidos para la ocasión.
En realidad había muy pocos clientes. La multitud de la hora de la comida hacía tiempo que se había marchado, y los de la cena todavía no habían empezado a llegar.
Cuando se hubieron sentado, alejados de los ventanales de la entrada, Rosalie sonrió a Emmett, sentado al otro lado de la pequeña mesa.
—Ha sido mi camisa de falsa seda la que ha hecho que nos dejen entrar. Yo estoy preparada para suplir tu falta de elegancia.
—¿Estás diciendo que no ha sido por mi encantadora sonrisa? —preguntó él, y le dirigió dicha sonrisa a la camarera que se acercaba. La chica enseguida se sonrojó.
—Sorbete de melocotón, por favor —dijo Rosalie cuando la chica le preguntó.
—Yo tomaré lo mismo, gracias —dijo Emmett.
Cuando la chica se hubo marchado, Rosalie sacudió la cabeza y dijo:
—Eso no ha sido muy agradable. Tu sonrisa es letal, lo sabes. Utilizándola con ella probablemente la hayas dejado tartamudeando.
—Eres buena para mí, Rosalie —dijo él tras unos segundos—, ¿pero no se te ha ocurrido pensar que, a lo mejor, sobreestimas mis encantos?
Ella comenzó a reírse y luego se dio cuenta de que hablaba en serio.
—Eres un hombre muy atractivo, Emmett, y lo digo en serio. Cuando sonríes de esa manera, me quedo sin opciones. Me derrito a tus pies. Así de simple. Confía en mí. Sé de lo que hablo.
Rosalie no había pretendido llevar la conversación a un nivel tan sensual, pero la oscuridad en los ojos de Emmett y su propia respiración entrecortada confirmaron que había ocurrido.
Con un esfuerzo tomó aliento y trató de controlar sus emociones. Estaba enamorada de ese hombre, y según iban pasando las semanas, él también parecía acercarse más a ella.
Pero había demasiadas cosas entre ellos. Demasiadas mentiras. Emmett valoraba la honestidad y la claridad, y de ella no había obtenido ninguna de las dos cosas desde el principio. Y nunca la amaría. Jamás.
—No soy más interesante que cualquier otro hombre.
—Supongo que eso es verdad —dijo ella tratando de concentrarse en la conversación. ¿Cómo podría describir su atractivo? Quizá el hecho de estar enamorada de él colaboraba.
—Tu carácter se revela en tu sonrisa, en tus expresiones. Eres fuerte, amable, generoso, y eso se nota. Mira el modo en que me has malcriado estos últimos diez días.
—Vale la pena malcriarte —dio él levantándole la mano para besarle los dedos.
Para ser un hombre que no creía en el amor, se le daba bastante bien hacer que se sintiera deseada.
Los sorbetes llegaron y ella tomó aliento, liberando la mano lentamente y volviendo a la conversación sobre el asunto del coche. Emmett pareció sentir su necesidad de aclarar las cosas y enseguida se adaptó al nuevo tema.
Mientras hablaban, Rosalie se relajó. Le era agradable ver las expresiones de su cara mientras hablaba de coches. Sonreía hasta que de pronto él se detuvo.
—No tienes ni idea de lo que estoy hablando, ¿verdad?
—No. Ni idea.
—Ni te importa.
—Sí me importa —dijo ella, y trató de explicar la diferencia entre preocuparse por un coche, y preocuparse por un coche como hacían los hombres—. Es sólo que no…
—No te importa. Lo pillo —dijo él, y parecía dispuesto a seguir tomándole el pelo, pero entonces sonó su móvil—. Es Forrester.
—Contesta —dijo ella—. Puede ser importante.
Emmett sonrió y apretó el botón.
—McCarthy —la conversación no fue larga, pero el tono era evidente. En cuanto Emmett colgó el teléfono, la levantó de golpe—. ¡Hemos sellado el trato! ¡Lo conseguimos!
Los pocos clientes que había en el restaurante giraron la cabeza y algunos de ellos sonrieron. Ella los ignoró y tomó las manos de Emmett con fuerza.
—Estoy muy orgullosa. Sabía que elegirían McCarthy's, porque es la mejor. Eres el mejor. ¿No te lo había dicho, eh?
—Sí, me lo dijiste —dijo Emmett con una sonrisa—. Creo que ya hemos terminado aquí. Vamos a casa —añadió. Dejó varios billetes sobre la mesa y la condujo hasta la puerta.
Un sentimiento de felicidad inundaba su cuerpo. No porque hubiera cerrado finalmente el trato con Forrester, sino porque por primera vez, Rosalie sonreía sin tristeza en la mirada.
Las pasadas semanas habían sido duras para ella. No estaba muy seguro de por qué. ¿Sería sólo por su salud? ¿O habría algo más que la inquietase? No quería creer que Rosalie no fuera feliz, porque eso lo llevaría a preguntarse si no sería feliz por su culpa.
Con el tiempo se había convertido en algo importante el que ella fuese feliz. Total y completamente feliz. Él no había imaginado sentirse así con respecto a ello. A veces se preguntaba si eso no implicaría la posibilidad de que saliese herido, como le había pasado a su padre.
Pero siempre sacudía la cabeza y apartaba esas ideas de su mente. Rosalie era totalmente honesta, amable y directa. No era una manipuladora como su madre. Él había conseguido hacer las paces con su madre durante los años, pero las cicatrices permanecían.
—¿Quieres conducir hasta casa? —preguntó ella.
—Sería fácil persuadirme —dijo él, y extendió la mano para que le entregara las llaves.
De camino a casa, Rosalie adoptó esa mirada de ojos muy abiertos que ponía cuando trataba de mantenerse despierta.
—Puedes dormirte si quieres. No sería la primera vez que te llevo en coche mientras estás dormida.
—Me quedaré despierta y te haré compañía —dijo ella enderezándose de pronto.
Era evidente que no iba a cambiar de opinión, y Emmett se prometió a sí mismo que, cuando llegaran a casa, la convencería para que se echara un rato. Incluso si eso significaba acostarse con ella.
Su cuerpo respondió al instante ante tal idea y tuvo que sacudir la cabeza para apartarlo de su mente. «Sólo dormir», pensó. «Estará muy cansada para cualquier otra cosa en este momento».
Se tumbaría junto a Rosalie mientras durmiese y disfrutaría de la experiencia. De hecho ya había hecho lo mismo en un par de ocasiones, cuando se había despertado temprano. Por supuesto, luego esperaría a que comenzara a estirarse y a despertarse y…
—Una mente con una única dirección.
—¿Mmm? —dijo ella girando la cabeza para mirarlo.
Rosalie durmió. Cuando se despertó, Emmett estaba observándola. La besó, y un beso llevó a otro, hasta que se encontraron haciendo el amor lenta y tiernamente.
Después de eso, ella se quedó acurrucada sobre su espalda con el brazo alrededor de su cintura y la cara apoyada sobre sus omóplatos. Aquél era su hogar, el lugar y el sentimiento que había esperado toda su vida. Sería suyo durante muy poco tiempo y luego desaparecería. Pero de momento, lo disfrutaría y sería feliz.
La respiración de Emmett se hizo más profunda hasta que se durmió, y sólo entonces Rosalie abrió la boca para susurrar:
—Te quiero, Emmett. Al menos debes saber que te quiero.
Luego suspiró y volvió a dormirse.
